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sábado, 20 de enero de 2018

Diez segundos

Fue hace más de cinco años cuando publiqué un artículo donde reflexionaba un tanto filosofalmente sobre la importancia de “Pensar antes de actuar”, poniendo especial énfasis en la primera fase del proceso, fase que, aún en acciones aparentemente irreflexivas, existe en todos los casos. Defendía en este artículo que “lo deseable es que este proceso sea racional y consciente” lo que nos debía llevar a hacer “lo que nosotros queremos hacer”. No trataba sobre los actos reflejos o instintivos, en especial los producidos por el instinto básico de supervivencia, lo que en una interpretación literal podía llevar equivocadamente a calificar estos últimos como “indeseables”. Nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que esta primera fase, como todo en la vida, consume tiempo, y este tiempo, en el caso de acciones reflejas o instintivas es muy corto. Tan corto que no somos conscientes de su existencia. Pero bienvenido sea porque nos permite apartar instintivamente la cabeza, aparentemente sin pensar, para evitar un puñetazo (1).

Lo que se va a tratar en este artículo es un caso particular de este proceso (pensar > actuar) que gravita sobre gran parte de los miembros de nuestra pequeña tribu entre los que sin comerlo ni beberlo me encuentro. Y lo defino como particular porque, en este caso, la acción, que es un término genérico, consiste en hablar, conversar, opinar o debatir (2). Y es en este caso y en este momento también particular de nuestro devenir existencial (3) cuando creo que es más necesario y conveniente “pensar antes de hablar” huyendo de calentones de boca o respuestas irreflexivas o instintivas vulgarmente definidas como hacer “lo que nos pide el cuerpo”.

Esto determina la necesidad de “pensar antes”, es decir, dedicar un cierto tiempo a esta fase, llevándola al terreno de lo consciente, permitiéndonos aceptar de buen grado las potenciales consecuencias de nuestros actos. En este caso, nuestras palabras.

Y ¿qué decir de estas potenciales consecuencias? Pues que dependiendo de tu interlocutor (4), de tu grado de “reflexión” y de tu acierto, pueden ser muy reales y nada buenas. Incluso relativizando estos factores, el riesgo de chasco o destrozo anímico es notable. ¿Vale la pena correrlo? A la respuesta de esta importante pregunta nos dedicamos a continuación. Y adelanto la respuesta: NO. Veamos porqué.

En línea con nuestra argumentación, se considera una buena práctica contar hasta 3 antes de dar respuesta a una cuestión importante. Y la que nos ocupa lo es. No puede ser menos puesto que divide a la sociedad. Ahora bien, en nuestro caso particular, debemos tener en cuenta que contar hasta tres sigue siendo muy rápido. No son los tres segundos que parece. Cronométrese y verá que le lleva un misérrimo segundo (otra cosa sería respirar profundamente y contar pausadamente a partir del 100: 101, 102, 103). En cualquier caso, incluso los tres segundos me parecen cortos. En el complejo y espinoso tema que nos ocupa me declaro incapaz de reflexionar e hilar argumentos mínimamente coherentes en menos de 10 segundos. Probablemente mucho más. Pero dejémoslo en estos diez. ¿Ustedes son conscientes de lo largos que son? Pruebe a mirar su reloj (obviamente, si tiene segundero) y suponga que durante todo este tiempo la conversación está suspendida, usted aparenta estar en babia, su interlocutor le dedica una mirada escrutadora y empieza a esbozar una sonrisa triunfante, dando por sentado que usted se ha quedado sin argumentos. ¿Puede haber algo más hiriente? A esto se suma el hecho de que los interlocutores lo tienen tan claro, tan interiorizado, tan asumido, que sus respuestas son inmediatas (diría que instintivas), invariablemente vestidas con trascendentes y aplastantes seudoargumentos de gran peso histórico, cultural o identitario, lo que hace que la ¿conversación? entre en una espiral que te lleva a aumentar tus tiempos de respuesta. ¿Qué sentido tiene seguir? Mejor dicho: ¿Qué sentido tiene empezar?

Me gustaría terminar con una figura metafórica. En la atmósfera terrestre la velocidad del sonido es de 343,2 m/s (a 20 °C de temperatura, con 50 % de humedad y a nivel del mar). Esto quiere decir que si mi interlocutor tarda 10 segundos en oír mi respuesta equivale a estar situado a una distancia de mí de 3.432 m (en las condiciones expuestas, a pesar de que la temperatura de la conversación, incluso la presión, con toda probabilidad subirá). Más de tres kilómetros. Indudablemente, en estas condiciones, resulta  humana y físicamente imposible mantener una conversación.

Diez segundos. Ésta es la distancia a que me encuentro de ellos. Física y conceptual. Por esto no converso: Pienso… y no actúo. Eso es lo que quiero hacer. Y esto es lo que hago.

NOTAS:
  1. Este tema se trata en mi canción “Mejor dudar”.
  2. Se excluye la palabra escrita. Es imposible escribir sin “pensar antes” (bueno, pensando en las redes sociales, la afirmación resulta excesivamente categórica).
  3. Me refiero ahora al otro “proceso”, al grande, al omnipresente, al absoluto, al …
  4. Deseo dejar muy claro que el “interlocutor” puede pertenecer a los dos Todos tratados en este artículo.

sábado, 18 de noviembre de 2017

¿Actualidad?

actualidad

1. f. Tiempo presente.
2. f. Cosa o suceso que atrae y ocupa la atención del común de las gentes en un momento dado.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados.


Esta es la proposición: Tengo enormes dudas de que la actualidad sea actual.

Pues bien, la decisión de publicar un nuevo artículo en mi blog después de más de dos años se debe precisamente a esta extraña actualidad no actual y su acusado impacto en la vida cotidiana, invadiendo incluso el ámbito familiar. Y ahí me quedo, resaltando la precisión quirúrgica de la segunda acepción; es decir, que la "cosa o suceso" que nos invade de forma omnipresente (1) "atrae y ocupa la atención del común de las gentes", donde me incluyo.

Y siguiendo con la proposición, voy a intentar su demostración evitando el esfuerzo y la dificultad que representa el retomar la práctica de escribir de nuevo, mediante la cómoda transcripción de una colección de textos ajenos y propios que vienen a abundar en la escasa actualidad de la actualidad, con la esperanza de que de esta selección apresurada, vista con la mayor benevolencia y esfuerzo de integración, se puedan extraer conclusiones que ratifiquen o refuten dicha proposición, además de justificar mi posición personal y el hartazgo extremo en que me hallo.

Empecemos con una referencia a la identidad, sea del tipo que sea: cultural, étnica o tribal:

Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y los átomos de tu mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que los de tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la física: todos somos polvo de estrellas. Tú no podrías estar aquí si estrellas no hubieran estallado, porque los elementos –el carbón, el nitrógeno, el oxígeno, el hierro, todas las cosas que importan para la evolución– no fueron creados al principio del tiempo. Fueron creados en los hornos nucleares de estrellas y la única manera para que terminaran en tu cuerpo es el hecho de que esas estrellas fueron lo suficientemente amables para estallar”. Lawrence Krauss (2009).

Sigue parte de mi artículo “El día después” de 30 de noviembre de 2012. Más o menos, el principio de todo (bueno, eso quizá es mucho decir).

Pues bien, volviendo al ejemplo, nada indica que el único responsable del proceso electoral (recordamos para lectores no locales, que se adelantaron las elecciones más de dos años) haya seguido las reflexiones anteriores. Y no crean que se trata de una impresión subjetiva. He aquí una frase textual del sujeto (dicho sin ánimo peyorativo): "Lo importante es el qué; el cómo ya lo veremos luego". Todo un prodigio de planificación.
Asumiendo que la convencionalidad simbólica del lenguaje puede llegar a retorcer hasta niveles insospechados cualquier discurso (político o no), es responsabilidad de los analistas (este papel es el que me arrogo en este artículo) el destilar, como en un buen whisky de malta, la esencia. Y siguiendo con el ejemplo, la esencia es: a) antes de convocar elecciones, el sujeto (personificamos en él, tal y como él se ha vendido en la campaña) tenía 62 diputados; b) convoca para tener más fuerza para defender un cambio estructural profundo (observen la asepsia forzada) y c) consigue perder 12 diputados. Es decir, ahora tiene 50. No creo que se necesite ser un águila para concluir que el sujeto ha conseguido un fracaso estrepitoso. Lo dejo aquí. Pues bien, ni se ha puesto colorado”.

NOTA: Más información sobre "el sujeto" en "SÍ-SÍ" (23 de junio de 2015)

Beatles, Facebook y Derecho a decidir” (2 de febrero de 2013): Una glosa del concepto por excelencia.

Al igual que -por lo menos, todavía- el pensamiento es libre, y que para decidir es necesario pensar, el derecho a decidir también es innato y libre y no es necesario que venga ningún iluminado a defenderlo por nosotros. Toda nuestra vida ha estado trufada de decisiones mejores o peores consecuencia del devenir natural, en las que hemos ejercido nuestro derecho sin limitaciones. El problema aparece cuando te enfrentas, involuntariamente, a la exigencia ineludible de una respuesta binaria del tipo "estás conmigo o estás contra mí". Si además tienes una pistola en la sien, la cosa llega a su estadio máximo. Siempre me ha fascinado el éxito y la atención dispensada en Facebook a la frase "más vale morir de pie que vivir de rodillas". Me gustaría conocer la decisión que tomarían ante una tesitura real muchos de los ardientes defensores de esta ética ejemplar.

Por lo tanto, el problema real es que te pongan en la tesitura de decidir. Mi padre, actor y sufridor de la lamentable guerra civil, siempre me apercibía del enorme peligro de convertir el derecho a decidir en una obligación, deseando que nunca me tuviese de enfrentar a situaciones de este tipo. Mientras no te preguntan, vives tu vida y tomas decisiones continuamente, pero cuando suena la puerta, abres y te encuentras con un señor que te pregunta si quieres cambiar de suministrador de gas, todo cambia. Invaden tu intimidad. Imaginemos si se trata de una cuestión más espinosa como, por ejemplo, la independencia”.

Todos los textos que siguen pertenecen al gran Bertrand Russell (1872-1970), Premio Nobel de Literatura 1950, filósofo y mi escéptico de cabecera, extraídos de su obra “Ensayos escépticos”, la cual recomiendo fervientemente. Ya solo los títulos son esclarecedores.

Sueños y realidades

Puede que los sueños personales de un individuo o un grupo sean ridículos, pero los sueños colectivos humanos resultan, para quienes no nos permitimos rebasar el círculo de la humanidad, patéticos”.

¿Puede el hombre ser racional? 

“Los que se interesan en política se persuaden a sí mismos de que los jefes de su partido no emplearían nunca los medios bajos que emplean los contrarios”.

“Llamamos irracional a quien procede con apasionamiento, a quien se corta la nariz porque perjudica su cara”

La filosofía en el siglo XX

Las creencias son vagas y complejas, y se refieren no a un hecho preciso, sino a varias regiones indefinidas de los hechos”.

“Los que hablan con reverencia de la verdad harían mejor en hablar de hechos y darse cuenta de que las reverendas cualidades, ante las cuales se rinden, no se encuentran en las creencias humanas”

La necesidad del escepticismo político

 “Un hombre vota por un partido y sigue siendo desgraciado; deduce que el otro partido es el que le iba a dar la fortuna. Cuando se ha desilusionado de todos los partidos es ya viejo y la muerte le acecha; sus hijos conservan su fe de la juventud y el zigzag continúa. Soy de la opinión de que para poder hacer algo de provecho en la política tenemos que considerar las cuestiones políticas de un modo distinto”.

“La fuerza de un político en una democracia depende de que adopte las ideas que parezcan buenas al hombre normal. Será vano pretender que los políticos sean lo suficientemente elevados para defender las ideas consideradas como buenas por los genios, pues entonces los políticos serían relegados a segundo término”.

“Una medida que favorezca a todos los sectores por igual será probablemente una base común a todos los partidos y resultará inútil para el político de partido”.

“Una habilidad política especial consiste en saber qué pasiones pueden despertarse y cómo impedir que una vez despiertas puedan dirigirse contra uno mismo o contra sus partidarios. Y el que aspira a fines más elevados será expulsado”.

“No les interesa ninguna cosa difícil de explicar ni nada que implique división (ya sea entre naciones ni dentro de la nación), ni lo que pudiera restarle importancia a la política como clase”.

“Cualquier movimiento político que aspire al éxito apelará instintivamente a la envidia, a la rivalidad y al odio, y nunca a la necesidad de cooperación. Hay una propensión natural a atribuir nuestras desgracias a la malignidad de alguien”.

“Una medida que no daña a nadie no puede ganar adeptos, y una medida que gana muchos adeptos despierta también una oposición terrible”.

El librepensamiento y la propaganda oficial (Conferencia Moncure Conway. 1922).

“En todos los países avanzados la educación elemental está en manos del Estado. Los funcionarios que prescriben sus contenidos saben que algunas de las cosas que enseñan son falsas. Fijémonos en la historia. Toda nación se ocupa únicamente de rellenar los manuales escolares de historia con relatos que la ensalcen. En mi juventud, los libros de texto decían que los franceses eran malos y los alemanes virtuosos; hoy sostienen lo contrario”.

“No se desea que la gente ordinaria sea capaz de pensar por sí misma, ya que se tiene la percepción de que la gente que piensa por sí misma es más difícil de manejar, siendo además fuente de dificultades para la administración. Únicamente los guardianes, por emplear la terminología platónica, han de pensar; el resto ha de obedecer, o seguir a sus líderes como un rebaño de ovejas”. 

La libertad en sociedad

“En los asuntos relacionados con la opinión, la libre competencia es la única forma de llegar a la verdad. Lo que deseamos es la libre competencia en el terreno de las ideas, no en el de los negocios”.

“La libertad que nos debemos procurar no es aquella que se arroga la facultad de oprimir a los demás, sino la que fomenta el derecho a vivir como a uno le plazca, siempre que al hacerlo no impidamos a otros que disfruten del mismo privilegio”.

Libertad frente a autoridad en materia educativa

“Sin embargo, la democracia, según la conciben los políticos, es una forma de gobierno, es decir, un método para lograr que la gente haga lo que sus dirigentes desean que haga sin dejar de tener en ningún momento la impresión de no estar realizando sino sus propios deseos”.

“Es más fácil castigar a un muchacho por dejar traslucir su aburrimiento que esforzarse por resultarle interesante”.

“Lo que se necesita es que el niño o el joven sientan que vale la pena adquirir conocimientos”.

“No se debería permitir que nadie que no se muestre dispuesto a trabajar permanezca en la universidad”.

“En el estado de Nueva York ha sido ilegal hasta hace poco enseñar que el comunismo es bueno. En la Rusia soviética es ilegal explicar que el comunismo es malo. No hay duda de que una de esas opiniones será cierta y la otra falsa, pero nadie sabe cuál es cuál”.

“¿Quién ha oído jamás que un teólogo o un político afirme la probable existencia de un error en sus dogmas, o que admita siquiera que tal error sea al menos concebible?”.

“El método que habitualmente se emplea para que los demás compartan nuestras creencias consta de afirmaciones descaradamente rotundas y de prácticas hipnóticas”.

Psicología y política

“Pero si la clase gobernante se recluta en cada generación entre los más enérgicos y sube por sus propias fuerzas, la perspectiva para los comunes mortales es más bien negra. Parece que las personas pacíficas tendrán que aprender osadía y energía en su juventud para poder lograr alguna oportunidad en el mundo, donde el poder es la recompensa al que mejor mueve los codos”.

El peligro de las guerras ideológicas 

“Sería posible recurrir a formas de educar a las personas que les permitieran incrementar su capacidad de sopesar los datos disponibles y de formarse juicios racionales, pero en vez de esto se les inculca el patriotismo y la parcialidad clasista”.

Para finalizar, una entrevista de 1959: “Un mensaje para el futuro

Cuando estés estudiando cualquier tema o considerando cualquier filosofía pregúntate a ti mismo únicamente: ¿Cuáles son los hechos? ¿Y cuál es la verdad que los hechos sostienen? Nunca te dejes desviar ya sea por lo que tú deseas creer o por lo que tú crees que te traería beneficio si así fuese creído. Observa única e indudablemente sobre cuáles son los hechos. Eso es lo intelectual que quisiera decir. Lo moral que quisiera decirles es esto. Debo decir: el amor es sabio, el odio es estúpido. En este mundo que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros. Tenemos que aprender a aceptar el hecho de que alguien dirá cosas que no nos gustarán. Podemos solo vivir juntos de esa manera. Si vamos a vivir juntos y no a morir juntos, debemos aprender un tipo de caridad y un tipo de tolerancia que sea absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta.

Deseo terminar resaltando especialmente la llamada a la tolerancia de Russell y su sabio encargo: “Tenemos que aprender a aceptar el hecho de que alguien dirá cosas que no nos gustarán”. Pues eso. Espero y deseo que esta un tanto caótica y apresurada selección, percibida en su conjunto, haya reflejado la escasa actualidad del momento actual y que haya servido de algo más. Por poco que sea, habrá cumplido su función. A mí, personalmente, me ha servido para reafirmarme en mi hartazgo. Algo es algo.

NOTAS:
  1. Lo de "cosa o sujeto" me encanta, pero vulgarmente se entiende como "procés".


lunes, 21 de agosto de 2017

17-08-2017 Barcelona


17 de agosto de 2017


Qué es lo que hay que hacer
si es que eso puede ser,
si es que con lo que tú hagas
puedes algo resolver,
si es que tus pobres acciones
tienen aún razón de ser,
si es que no acaban hundidas
en un mar de insensatez.

Qué es lo que nos ha pasado
que nos lleva a padecer
esta suerte de barbarie,
esta maldad sin porqué,
esta irracional propuesta
en nombre de incierta fe,
cual macabra lotería
que nos golpea otra vez.

Qué es lo que lleva a muchachos
a creer que su papel
en esta vida terrena
es matar a fiel e infiel,
pues que nosotros sepamos
no les piden el carnet,
para tener como premio
cien huríes y el edén. 

Qué es lo que hace tan triste
vivir el día después,
asistir al espectáculo
que nos dan desde el poder,
observar con impotencia
su querer y no querer,
su cuidada equidistancia,
de sus miras la estrechez.

¿Alguien sabe lo que es?
¿alguien conoce la causa?
¿alguien conoce el porqué?
¿alguien tiene una vacuna?
¿alguien se siente culpable
de morirse a su placer?
¿alguien cree que algún día
los vamos a convencer?

Mientras tanto discutimos
si lo hago mejor que tú,
si tú me ocultas los datos,
si yo persigo otro fin,
primamos el enanismo,
la tribu y la acción local,
cuando es obvio que el problema
requiere visión global.

Mientras tanto no tengamos
una autoridad mundial,
unas leyes que superen
fronteras e identidad,
una sociedad que mame
igualdad y libertad,
este cáncer que sufrimos
crecerá y se extenderá.

Mientras tanto solo queda
nuestra solidaridad
con todos los fallecidos,
con familiares y heridos,
con treinta y ocho países,
con toda la humanidad,
con los que fueron culpables
de atreverse a ramblear.

Mientras tanto no se engañen,
si lo quieren arreglar,
viendo el perfil de los tipos
que nos deben liderar,
dado que los dirigentes
se extraen de esta sociedad,
será peor el remedio
que la propia enfermedad. 

jueves, 12 de junio de 2014

Compromiso no es Intención

«A los efectos de poseer conocimientos, es mucho mejor estar en el error que en la confusión. El error te permite rectificar si te convencen nuevos argumentos. En cambio, la confusión implica siempre un desorden mental que te recluye en un laberinto sin salida.» (Francesc de Carreras)(1).

Esta es la imagen del verdadero compromiso
Las causas que llevan a una publicación pueden ser varias, pero creo que se pueden resumir en dos: a) introspección pura, y en este caso resulta casi imposible establecer el origen real de la misma, y b) un hecho desencadenante, circunstancia en la que hoy me encuentro y que agradezco, porque me evita el estrés de convocar a las musas y esperar a que llegue la inspiración.

El hecho desencadenante ha sido una afirmación vertida por mi interlocutor en el curso de un debate virtual sobre un tema que no viene al caso, porque lo verdaderamente determinante es el propio hecho de mi participación, vulnerando lo que creía un compromiso (2) cuando en realidad se trataba de una intención. Y con esta introducción creo que queda claro que, para mí, ambos términos no son lo mismo.

Y esto es lo que mantenía mi interlocutor, el cual, refutando mi opinión señalando la debilidad de manifestar la intención frente a declarar el compromiso, argumentaba que eran sinónimos. Y para ello, recurría al diccionario, de la siguiente guisa:

«Recurramos a la RAE como Germán hace con la palabra “manifiesto”
intención.
(Del lat. intentĭo, -ōnis).
1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.»

Y concluye:

«Intención, determinación, compromiso… son sinónimos.»

Como se puede apreciar, reforzaba su argumento con un pretendidamente equitativo «como hace Germán», argumento que no veo que soporte realmente su conclusión, porque lo de que son sinónimos no lo dice la RAE, lo dice él. En cualquier caso, esto, por la debilidad de la argumentación (3), no es lo realmente importante. Lo realmente importante es la omisión en su análisis de lo que dice la RAE del término «compromiso», que es precisamente ésto:

compromiso.
(Del lat. compromissum).
1. m. Obligación contraída.
2. m. Palabra dada.

De lo que se deduce que, según mi interlocutor, la «determinación de la voluntad con respecto a un fin» es sinónimo de una «obligación contraída» o de una «palabra dada». Pues para mí, no lo son (4).

Pero quiero dejar muy claro que esta publicación no trata, cual un Mourinho cualquiera, de meter el dedo en el ojo a mi oponente, sino de profundizar en la enorme diferencia existente entre ambos términos y en la facilidad con la que, aun quien tiene las cosas claras, puede caer en la trampa, como ha sido mi caso.

Siempre he definido la ética como la colección de compromisos adoptados con el entorno próximo y lejano, lo que deja meridianamente clara la importancia que le concedo al término. Porque la ética se nutre de compromisos, no de intenciones, porque «de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno»(5). Pienso honestamente que declarar tener intención de hacer algo es una proposición débil, que deja siempre vías de escape o justificación para no hacer ese algo. Convenientemente justificado, claro. No siempre de forma premeditada —aunque creo que la mayoría de políticos comen aparte—, pero, qué duda cabe que una declaración de intenciones es más cómoda que una declaración de compromisos.

Porque es muy distinto declarar un compromiso y no cumplirlo que el hecho de no cumplir una intención, porque, volviendo a la RAE —atento interlocutor, si lees este artículo—, siempre tenemos la coartada de argumentar que el fin ha cambiado (6). En cambio, el compromiso es incondicional. Y de esto se deduce también que existe una condición, sólo una, para que se puede defender su similitud: que el fin al que se aplica la intención sea berroqueño e inamovible. En cualquier caso, para qué complicarlo: Compromiso no es Intención.

Por lo tanto, llenemos nuestra ética de compromisos, no de intenciones. Y si el compromiso no se cumple, aceptemos las consecuencias. Porque tanto si el compromiso ha sido externo como interno, las tendrá. Y no olvidemos que la Calidad es el grado de cumplimiento de nuestros compromisos, no de nuestras intenciones. Y que la Excelencia representa hacerlo de la forma más sencilla, sin exteriorización, sin exigencia de medallas ni reconocimientos.

Y no me gustaría terminar sin hacer referencia a una definición paradigmática de lo que significa comprometerse. Hace ya muchos años, en uno de los primeros seminarios a los que asistí como ingeniero, se nos hizo a los bisoños asistentes esta pregunta:

En un plato de huevos fritos con jamón, ¿quién está más comprometido, la gallina o el cerdo? 

Tras risas y murmullos, surgieron respuestas discrepantes. Entonces llegó la solución por parte del ponente:

La gallina está simplemente «involucrada», pero quien está verdaderamente «comprometido» es el cerdo(7).

Notas:
  1. No es la primera vez que utilizo esta frase, pero creo que en pocas ocasiones habrá estado más justificada.
  2. Decidí tiempo ha —tomé el compromiso— no participar más en debates virtuales, tras llegar a la conclusión de la enorme dificultad (implícita y forzada) de establecer una verdadera comunicación.
  3. Que digo debilidad, ausencia.
  4. En este punto, comprendí que era una pérdida de tiempo continuar con el debate y, con el mayor de los respetos, lo abandoné, con lo que reafirmo mi compromiso.
  5. Anónimo.
  6. Excusa de mal pagador.
  7. Yo, normalmente, prefiero ser cerdo a gallina.

martes, 31 de diciembre de 2013

de Vinilos y CD's

No me sentiría cómodo sin reconocer aquí y ahora que esta entrada resulta algo forzada. Resulta que hoy termina el año y parece que esta circunstancia es la que me ha impelido a ponerme ante el teclado y «escribir algo», respondiendo al tópico que nos hace conceder categoría de excepcionalidad al simple hecho de finalizar y comenzar un ciclo de 365 días, el cual viene aconteciendo rutinariamente desde tiempo inmemorial de forma absolutamente independiente de nuestras pequeñas grandezas y miserias. Dicho esto, mentiría si, una vez puesto, no le agradeciera al tiempo la oportunidad de plasmar algunas reflexiones relacionadas con la efeméride en particular y con su devenir general.

Lo estoy oyendo (en CD, por supuesto).
El tema de hoy aparece al relacionar la noche de Fin de Año con la música, en particular con la música que envejece, como un buen vino en una buena bodega, en mi discoteca —bueno, también en mi CDteca—, en un deseo oculto, no siempre exitoso, de cortocircuitar la omnipresente TV y sus insufribles fiestas pre y post al rito atávico de la toma de uvas, rito televisivo soportable que, tras encarnizadas deliberaciones sobre el canal idóneo, se mantiene, a riesgo de terminar-empezar el año de mala manera. Y el caso es que, ahora mismo, mientras escribo esto, todavía no tengo la seguridad de poder «degustar» sólo música. Pero no importa. La TV, bien escrutada, proporciona también grandes dosis de entretenimiento y, por otra parte, la mañana de Año Nuevo resulta muy tranquila y agradecida y por unas horas no nos vamos a enfadar. Pero voy a abandonar ya esta cansina queja y me voy a concentrar en el tema principal, que no es otro que lo que vinilos y CD's me evocan.

Ante ellos me encuentro en un dilema casi metafísico. Hay ocasiones en las que prefiero el vinilo, a pesar de sus carencias y servidumbres, y esta extraña —incluso para mí— circunstancia requiere una explicación que voy a intentar desarrollar, aunque presumo no será fácil. Empezaré estableciendo una correlación metafórica entre ambos soportes y la permanente disputa entre racionalidad y sentimiento, extensible a todos los órdenes de la vida. Y ahora ya me empiezo a sentir cómodo.

Desde el punto de vista racional y utilitarista, no hay color: el vinilo es una kaka. No es preciso ser un experto en la materia para considerar insufribles los agresivos chasquidos que provoca la más mínima mota de polvo alojada en el microsurco, por no citar el recurrente «clock, clock» con que nos obsequia cualquier raya que se extienda a varios surcos. En menor medida, molesta sacarlos de la funda, pasar el paño para sacarles el polvo, acertar al posicionar la aguja —en «platos» manuales, que son los buenos—, bajar la tapa con cuidado extremo —con 1gr. de peso del brazo, es toda una proeza que no salte—, darles la vuelta —hay que ver que pronto se acaba una cara— y unas cuantas más que me (se) las ahorro. Si entramos en aspectos menos prácticos y más técnicos, la diferencia respecto al CD es abismal: menor relación señal-ruido, menor rango de frecuencia, menor resistencia mecánica, técnica constructiva antediluviana, casi de picapedrero, con la música esculpida a cincel, etc., etc. Pero, esta última debilidad es la que le concede una superior fuerza sentimental: el vinilo «tiene» realmente la música que almacena. Con mayor o menor fidelidad, pero la «tiene». Hace lo que puede, pero cuando se mueve la aguja apoyada en el surco —en ocasiones, excavando, incluso, sacando virutas—, restaura —o, por lo menos, lo intenta— la fuente de sonido original. Sin saltos ni escalones. De forma continua. No le falta nada. En cambio al CD sí.

El formato de grabación de un CD divide cada segundo de señal —de música— en 44.100 rebanadas (44,1 kHz) y cada rebanada en una escala cuantificada de amplitud de 65.536 valores (16 bits). Esto significa que un segundo de música se compone de 44.100 pulsos, cada uno de ellos de amplitud variable entre el silencio (0) y el máximo (65.535). Nada existe más alejado de la fiel continuidad analógica que la «discretización» inherente a la técnica digital. Le falta información. Poca, pero el hecho objetivo es que le falta. Y entonces... en la restauración, se la inventa. Y, claro está, emocionalmente, para quien lo conoce, esto suena un poco a estafa y resulta un tanto desagradable. Lo que no es óbice para que le conceda mejor nota útil, práctica, como cliente. Porque el resultado, su calidad, la percepción del cliente —a pesar de ser un sucedáneo, una aproximación—, es enormemente mejor. Y mientras disfrutas de un CD, te olvidas del vinilo. Como en tantas otras circunstancias de la vida donde la apariencia prima sobre la realidad. Pero veamos ahora más ventajas sentimentales —y otras no tanto— del vinilo. Que las tiene.

El vinilo envejece con el uso —como nosotros— y el CD no. Un vinilo en estado comatoso sigue sonando, permitiendo al oyente aplicar sus filtros sensoriales para atenuar lo indeseable y disfrutar lo deseado (en muchos casos, insustituible). En cambio, un CD, un buen día dejará de funcionar de golpe (el tiempo medio de vida sin traumas ni hongos —uno de sus mayores enemigos— se estima en 10 años; a mí me ha sucedido con algún CD de 20 años).
Además, si el vinilo estaba rayado —situación más que habitual—, te levantabas y desplazabas la aguja un poco hacia adelante. En un CD deteriorado en el que se atasca una pista...¿cómo se hace?

Es el progreso. El triunfo de lo digital, lo discreto, lo cuántico, lo aproximado y lo racional sobre lo analógico, lo continuo, sobre el sentimiento, sobre la realidad percibida, distorsionada, pero más real, en suma, que la fría y aséptica «realidad» actual. Ahora las cosas funcionan o no funcionan. Lo vemos en la TV (ya no hay nieve, se ve o no se ve), los ordenadores (antes con el DOS, en blanco y negro, se hacían maravillas), los coches (al 600 siempre lo hacíamos arrancar) y tantas y tantas smart-cosas que mientras funcionen no nos importa cómo ni porqué lo hacen. Y cuando dejan de funcionar llega el llanto, el crujir de dientes y el mirarnos unos a otros con desolación. Paradójicamente, en la época de la típica y tópica sostenibilidad, predomina la obsolescencia programada y el despilfarro. Hoy todo es irreparable. A comprar una nueva cosa —que será mucho más smart— y listo.

Entiéndase: no es debilidad nostálgica ni crítica al progreso. Son simples reflexiones de quien ha vivido otra cotidianidad. Ni mejor ni peor, sino distinta. Esto es lo que me ha evocado mi repaso a la discoteca y la CDteca. Desde el punto de vista del cliente, la Calidad se la concedo al CD, pero la Excelencia al vinilo, el cual vive hoy, incomprensiblemente, una nueva primavera elitista y cool, a la que le doy, interesadamente, la bienvenida. En cuanto a la relación de todo esto con la Ética personal, ni idea, pero alguna tendrá.

Feliz Año Nuevo y bienvenidas sean muchas remasterizaciones en CD de los viejos vinilos. Que no se diga.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Esterilización y talla intelectual

La mejor forma de apreciar tu talla intelectual es leyendo. Dependiendo de lo que leas te sentirás más o menos «alto». Obviamente, lo más recomendable y provechoso es sentirse un «enano».

Pensamiento esterilizado.
La lectura de una obra excepcional provoca inmediatamente sobre mi capacidad de escritura un efecto esterilizador de duración variable dependiendo del grado de excelencia percibido. Diríase que se activa en mí una especie de autocontrol que me impide entrar en liza con el excepcional escritor y con lo que ha escrito, fundamentalmente, por cómo lo ha escrito. Es inevitable. Me convierto en un «enano» intelectual. Frente al soporte en blanco –papel o pantalla–, el recuerdo de lo leído prevalece sobre cualquier intento creativo, llegándome a persuadir de que todo está escrito y que no tiene ningún sentido competir con la perfección, situación que me impide ligar pensamiento alguno y, consecuentemente, mancillar el virgen e inmaculado soporte con elementales letras y símbolos mal organizados en imperfectas y redundantes frases que, con toda seguridad, no interesarán a nadie, incluyendo, en estos tristes momentos, a mí mismo.

Después, una vez finalizada la lectura y transcurrido un cierto tiempo, los detalles –el cómo, las formas– se difuminan, persisten las platónicas ideas –el qué, el fondo–, va desapareciendo el efecto de la anestesia y empiezo de nuevo a pensar que existen variadas formas de escribir lo mismo y que, visto así, las esterilizantes lecturas excepcionales pueden llegar a ser una fuente de fertilidad. Porque lo que cuenta es la combinación de ambos conceptos, fondo y forma. Esto dignifica la frecuentemente denostada «apariencia» –la forma– frente a la exagerada importancia atribuida a la «esencia» –el fondo–. Y debo reconocer que, por lo menos en la escritura, esta conclusión socava fuertemente mis asentadas convicciones.

Y en estas estamos –leyendo un libro excepcional– cuando vence el plazo autoimpuesto de escribir, al menos, una entrada semanal en este blog. O sea, completamente esterilizado. Pero, paradójicamente, la pantalla no está en blanco. ¿Quiere esto decir que sólo he escrito tonterías que a nadie interesan? Probablemente. Pero no pienso vulnerar mi compromiso. De hecho, no he hecho más que transcribir reflexiones inmediatas, sin apelar en ningún caso a la mayor o menor fertilidad creativa de la que pueda disponer, tarea perfectamente compatible –creo– con mi estéril estado actual. Por lo tanto, lo escrito, escrito está. Sólo falta intentar cerrar dignamente el tema.

Me pregunto: Si una buena lectura afecta, aunque sea temporalmente, a tu capacidad de escribir... oír hablar bien, asistir a una excepcional conferencia, escuchar un excelente discurso ¿afecta a tu capacidad de expresión oral? Evidentemente, no me refiero al corto plazo. Doy por supuesto que, del mismo modo que es altamente dificultoso leer y escribir al mismo tiempo, resulta cuando menos inapropiado –aunque posible– arrancar a hablar en pleno discurso ajeno. Me refiero al medio y largo plazo. Al período en el que, literalmente, te han dejado sin habla. Y creo que las reflexiones sobre la temporal esterilización provocada sobre la escritura son perfectamente extrapolables a la expresión oral. Es más, probablemente, a cualquier expresión artística. En mi caso, aficionado a la música en general y mediocre practicante de guitarra, me encuentro en estado de esterilidad permanente, agravada tras la asistencia a algún concierto particularmente excepcional ejecutado por el(los) virtuoso(s) de turno –léase, por ejemplo, Eagles, Eric Clapton, Joe Bonamassa o Pat Metheny– en especial estado de gracia (que también tienen sus momentos bajos).

Porque nada nos viene de serie. A los efectos del tema tratado, todo nuestro conocimiento proviene de lo leído, lo visto o lo oído –si, lo sé, faltan tres sentidos–. Y, a menos que seas un loro, lo que te queda son las ideas, el fondo. Como mucho, por excepcional que sea, recordarás que te gustaron las formas, que te impactaron notablemente, pero poco más. Por lo tanto, cuando pretendas transmitir conocimiento, siempre deberás poner de tu parte. Es decir, explicarte, ya sea de forma oral o escrita, con tus propias palabras, exprimiendo tus circuitos mentales, desarrollando la esencia de lo aprendido. Y, con toda seguridad, a mayor excepcionalidad, a mayor perfección percibida en el momento de la adquisición del conocimiento, mayor esterilidad inmediata, pero también mayor fertilidad futura. Bienvenida sea pues la esterilización temporal. Sólo se precisa un poco de paciencia para digerir y destilar lo adquirido. En definitiva, para crear tu propia versión. Sin plagios.

Veamos ahora la aplicación de todo lo escrito al restringido dominio de este blog. Si no te comprenden, prueba a explicarte de otra forma, a ser imaginativo. La fertilidad propicia decir –o escribir– lo mismo con otras palabras, con otros giros gramaticales, con un vocabulario menos elitista, menos erudito. Si hace falta, baja tu nivel, la mejor forma de elevarlo*. Incorpora estos principios de actuación a tu ética personal. Explotando tu fertilidad, si logras que te comprendan, la calidad estará garantizada. Si además logras la excelencia, conseguirás esterilizar a tu interlocutor. Le harás sentirse un «enano». Y así seguirá la cadena.

* El tópico «ponerte a su altura» presupone que estás más alto y que bajas tu nivel. En realidad, el resultado es el contrario: siempre que lo haces elevas tu altura moral e intelectual.

martes, 10 de septiembre de 2013

Querencias manipuladas

«La mayor manipulación se da cuando consiguen que quieras lo que ellos quieren (y tú no querías)».

Porque lo consiguen. Por diversos métodos, pero lo consiguen. Y de paso, consiguen la legitimación de lo querido, transfiriendo a tu persona toda responsabilidad sobre las consecuencias –normalmente, buenas para ellos y malas para ti– de esta querencia.

Manipulado (quería seguir sentado)
andando...
Dada la íntima relación del tema con la ética de los sujetos implicados –en especial, la del manipulador–, el amplísimo espectro de actividades donde puede causar estragos –en especial, al manipulado– y la proximidad de acontecimientos que vienen al caso, vamos a dedicar la entrada de hoy a reflexionar un poco sobre esta constante vital, presente en todos nosotros, en mayor o menor grado, en uno u otro papel. Bueno será reconocerlo de partida.

Empezaremos estableciendo las premisas necesarias para poder hablar, en justa aplicación del término, de verdadera manipulación. En primer lugar, el potencial manipulador debe ser consciente de su condición. Es decir, debe tener la intención de doblegar la voluntad del manipulado, llevándola a desear lo que no desea. Porque no se trata de forzarle a aceptar algo no deseado, sino a desear lo no deseado, lo que caracteriza la sofisticada perversión que anida en toda manipulación que se precie.

Un plus de calidad se da cuando el manipulador no cree en lo que predica, caso más frecuente de lo que parece (en especial, en la clase política). Es en este caso cuando el manipulador adquiere su condición de maestro, rebajando a los creyentes a la categoría de simples aficionados, inducidos a fomentar el proselitismo por fuerzas no bastardas de índole natural, pudiéndose argumentar en su descargo que obran –mejor dicho, creen que obran– en beneficio del desnortado manipulado, al que, normalmente, una vez conseguido el objetivo, se refieren como un afortunado «converso».

Establecida la condición –necesaria, pero no suficiente– del impulso consciente, ha llegado el momento de comentar los métodos que caracterizan a la manipulación como tal. En primer lugar se debe tener en cuenta que no existen métodos universales, sino adecuados a las características del objetivo, el cual, no lo olvidemos –de nuevo, especialmente, en el ámbito político–, puede ser colectivo, lo que establece una relación cualitativa directa con su condición ética, cultural o intelectual. Dicho esto, en la primera posición del ranking se encuentran los métodos indetectables para el manipulado. La principal justificación de esta premisa de indetectabilidad reside en la propia condición humana, la cual, mayormente y de forma casi automática, rechaza que nos digan lo que tenemos que hacer. Esto implica utilizar una depurada técnica basada en mensajes subliminales que calan sin huella inmediata, pero que, por dosis acumulativa –ya tenemos el segundo método (éste general): la reiteración–, van minando inadvertidamente la voluntad del potencial manipulado.

Cuando, por dificultad real –extremada resistencia, cultura o sensibilidad del objetivo– o por incompetencia del manipulador, no es posible el mensaje subliminal, es necesario jugar la carta de la promesa de beneficios y ventajas sin fin, haciendo llamada a los elementales instintos primarios –no necesariamente perversos, como el de supervivencia– inherentes a la especie humana. La receptividad varía, pero, en principio, la ventana está abierta, y, en este caso, su cierre depende de la habilidad del manipulador. Por descontado, la veracidad –total o parcial– del argumento resulta del todo punto irrelevante, siendo lo único importante que «suene bien» y que se base en «conceptos» cuanto más generales y ambiguos, mejor. La clave reside en no propiciar análisis racional alguno. Ejemplos paradigmáticos (extraídos del mundo real) son: «nos roban», «ganaremos más» o «pagaremos menos». En el extremo detallista puede llegarse hasta el «viviremos más y mejor» por contar con «mejor sanidad» (no consta la promesa de «parecernos a George Clooney o a Charlize Theron», pero todo llegará).

Por insólito que parezca, estos métodos, aplicados con una reiteración obsesiva, consiguen un notable éxito, que va llevando, quizá por agotamiento, a la rendición del manipulado, quien finaliza el proceso convencido de la bondad de los argumentos exhibidos por el manipulador, al que, desde este momento y en los casos colectivos, reconoce como líder o «pastor del rebaño». Como se ha comentado anteriormente, se da también la circunstancia de que la conversión se ha producido de forma voluntaria e interesada, pasando al primer plano de interés la propia querencia, la cual cobra vida propia al margen del instigador. Llegado a este punto, el manipulado no es consciente del hecho y negará hasta la extenuación la existencia de manipulación alguna, lo que libera al manipulador de toda responsabilidad.

Ni que decir tiene que estas reflexiones, más allá del indudable tufillo político que destilan(1), son de aplicación a cualquier ámbito, sea personal, familiar, social o religioso y que deben ser leídas con mentalidad abierta, con la seguridad de que todos hemos protagonizado, en algún momento de la vida, ambos papeles. Tal y como se ha defendido en múltiples entradas de este blog, la ética colectiva, como tal, no existe, pues es siempre el reflejo estadístico de la ética personal de cada individuo, por lo que no consideramos adecuada la generalización de conductas. Esto viene a cuento, particularmente, por la extendida opinión que se tiene de la clase política, a la que los no se consideran «manipulados» califican, entre otras muchas lindezas, de «manipuladora». Nada más lejos de la realidad. Olvidan que, como hemos dicho, no sentirse «manipulado» es precisamente una prueba de manipulación. Y respecto a los «manipuladores» (sean del tipo que sean), el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Mañana, en la tribu, podremos (todos) hacer prácticas. Manipulación de calidad y excelente. Y paradójicamente, según se ha dicho, quien se sienta manipulado –yo mismo–, probablemente, no lo estará tanto.

1 - Me he abstenido conscientemente tanto de calificar la manipulación de «propaganda» como de recurrir al tópico de citar al personajillo de Goebbels como arquetipo histórico, a pesar de que alguna de mis reflexiones pueda –erróneamente– parecer inspirada en sus métodos y técnicas (interesados, consultar Wikipedia). Sinceramente, no estamos tan mal.

viernes, 23 de agosto de 2013

Los Privilegiados

Pocas veces estará más justificado el uso de la mayúscula, porque mayúsculo me parece el cambio acontecido en el limitado espacio temporal de tres generaciones y mayúscula me parece también la diferencia entre la calidad –entendida en su sentido más amplio– de mi particular existencia y la que les ha tocado vivir a las generaciones anterior y posterior. En cuanto al plural, al margen del alcance local y personal de estas reflexiones, puntualizar que se debe a mi impresión de que, sin entrar en detalles particulares, el fondo de lo que aquí se expresa puede ser suscrito por más de una persona. Y si no es así, tómese como un cuento o un ensayo con todas las licencias literarias admisibles y la típica salvaguarda de que todos los hechos descritos son ficticios y no responden a realidad alguna.

Generación -1 (perdedores)
Su nacimiento se sitúa en el entorno de la primera Guerra Mundial (1914-1918), hecho quizá premonitorio que marca su juventud consumida –nunca mejor dicho– en una sangrante y fratricida guerra civil que, a los del bando perdedor –te tocaba donde te tocaba–, les lleva, en emigración forzada, a refugiarse en Francia, donde les hacinan en campos de concentración en las playas de Argelès (hoy, Argelès-sur-Mer, villa turística) donde, quizá por ahorro de costes, las alambradas estaban sustituídas por simples postes enfilados por las ametralladoras de «los senegaleses». Obviamos detalles de la estancia y regreso –darían para una buena novela–, pero lo que no podemos obviar es la justificada calificación de «juventud perdida», no sé si cualitativamente mejor o peor que la de la juventud actual, pero me permitirán que la califique, benévolamente, de «distinta».
Saltamos a la madurez, donde lo más destacable es renacer desde menos que cero (sanbenito de «rojo», racionamiento, etc., etc.), encontrar un trabajo –en muchos casos, precursor de los actuales «autónomos»–, formar una familia –el papel de las madres se circunscribía al tópico «sus labores»–, dar formación a sus hijos y trabajar, trabajar duro y muchas horas, cada uno –padre y madre (ésta, todas las horas)– en los papeles que les había tocado vivir.
De la vejez, destacar solamente la vulneración del proverbial comportamiento con el que se etiqueta a todo anciano digno de tal nombre: contar «batallitas». Y no sería por falta de ellas. Nada de eso. Su discurso recurrente era «no permitáis que esto se repita». Estaban tan cansados que no les quedaba resuello ni para el afán de revancha. Perdieron casi todo –no sólo la guerra– y punto. En su momento –sólo una vez–, cuando creyeron que sus hijos estaban preparados, contaron hechos ciertos –vívidos y vividos– y esto fue todo. Después, en silencio, sin lamentaciones, se marcharon y, en muchos casos, sin percibir atisbo alguno de gratitud, con la decepcionante impresión de que su existencia había sido estéril. Esto, que nos puede parecer normal –sólo apreciamos lo que teníamos cuando nos falta–, resulta especialmente sangrante en esta generación de perdedores, si aceptamos el hecho incontrovertible de que son los responsables físicos de la siguiente generación, la del autor.

Generación 0 (privilegiados)
Existieron... De verdad.
Nace en el entorno del fin de la segunda Guerra Mundial (1945), bomba atómica incluida. Piso de 40 m2 (comedor, 2 habitaciones sin baño), disciplina paterna –algún cachete, de vez en cuando–, juguetes de fabricación propia (cajas de zapatos, pinzas de tender la ropa, botes de ColaCao), pollo y cava sólo en Navidad, colegio de pago –con palmetazos en el culo y lanzamiento de reglas–, primaria, secundaria, trabajar (y fumar) desde los catorce años –se empezaba de pinche–, formación profesional –también nos cansábamos de estudiar–, ingeniería, correr delante de los grises, servicio militar –experiencia absolutamente gratificante–, dos canales de TV, cambio de trabajo cuando querías, camping y relaciones internacionales en la Costa Brava, fiestas y verbenas domiciliarias, montones de clubs con música en vivo, los Beatles, matrimonio –era ya habitual el trabajo femenino–, emancipación, piso de alquiler, hipoteca, piso propio, un 600, buenos empleos, tres hijos, asistir a su crecimiento y evolución sin demasiados tropiezos, cambios de coche y de piso, vida laboral continuada –51 años de cotización sin bajas–, matrimonio estable –con sus más y sus menos, como todos–, jubilación con pensión –escasa, pero real–. ¿Es una película? No. Es la descripción de la vulgar y vegetativa existencia de un miembro de la generación de los «privilegiados». Quizá algo sesgada, pero lo escrito, fue y está siendo. Lo no escrito –lo malo, que lo hubo– también, pero no resulta relevante para el tema que nos ocupa. Lo único relevante es que si un miembro de esta privilegiada generación se queja, deberíamos meterle en la máquina del tiempo y ponerle en la playa de Argelès con «los senegaleses» o en el Alto de Los Leones guardándose una bala en previsión de la llegada de «los moros». Por cierto, cómo cambian los tiempos. Antes mercenarios o súbditos coloniales y ahora aspiran a participar de nuestro «paraíso».

Generación +1 (???)
Lo fácil es recurrir a lo que no teníamos (ni falta que nos hacía): paro, fracaso escolar, consumismo, playstations, tablets, teléfonos móviles, internet, redes sociales, botellones, deportivas de marca, cientos de canales de TV, AVE, líneas aéreas low-cost, etc., etc. Pero, indudablemente, el problema es mucho más complejo que lo que les sobra y les falta y excede del limitado espacio de una entrada de blog. En qué medida la responsabilidad de lo que les sucede es achacable a la generación de los «privilegiados» es difícil de establecer, pero una parte alícuota, no pequeña, nos corresponde. Muchos de los actuales políticos corruptos e incompetentes pertenecen a esta generación –la nuestra– y poco se puede esperar de su ejemplo (como se demuestra con sus retoños). Estos políticos han dilapidado el crédito y las expectativas con las que se inició la transición y han conseguido el desapego de la política y el adocenamiento de gran parte de la población, así como el abandono de la cultura del esfuerzo que aprendimos de nuestros padres, los «perdedores». Pero ahora, lo que tenga que llegar, depende de los descendientes de los «privilegiados». Es su responsabilidad. Difícil camino, no envidiable. Hasta donde llega mi conocimiento, muchos, en una suerte de suicidio generacional, han decidido no contribuir a la Generación +2. Les comprendo. Es una postura ética racional y perfectamente defendible. Yo, hoy, en su caso, hubiera hecho lo mismo.

Nota: Antes de que los héroes de salón o los fundamentalistas de la memoria histórica me adviertan de la falta de referencias a la dictadura –o la dictablanda que conocí–, les diré que es deliberada. Y es así, en memoria y honor de mi progenitor, un perdedor que me enseñó a afrontar la vida tal como llega, y el hecho de que a nuestra generación nos haya llegado de cara no es culpa nuestra. Nadie que no haya vivido –o conocido de primera mano– los acontecimientos relatados está en condiciones de criticarlos. Ni de opinar siquiera. Sobre todo los defensores de la manida y recurrente frase «mejor morir de pie que vivir de rodillas». Que piensen en la enorme cantidad de mujeres-madres-perdedoras (quizá las suyas) que así fregaban el suelo. Porque no había otra forma. Y había que hacerlo.

lunes, 24 de junio de 2013

La Resurrección (virtual)

De nuevo viene la actualidad –en este caso, virtual– en ayuda de la inspiración, algo de agradecer cuando ésta se encuentra en un estado de profunda crisis creativa. Resulta que ayer he resucitado –hablando en propiedad, me han resucitado– virtualmente. Bien es verdad que se ha tratado de una resurrección light –empleo terminología inglesa para estar in en una red donde, en lengua castellana, se usan profusamente anglicismos tales como post o like–, pero, a pesar de ello, me ha sentado especialmente bien. Como efecto colateral, este hecho ha propiciado que me haya visto agraciado con un like en el post que ha propiciado mi resurrección, post de Agosto pasado, época en la que mi perfil virtual participaba de forma activa en varios grupos. Se da también la positiva y valiosa circunstancia de que este like proviene de un amigo virtual de reconocido prestigio –también virtual–, al que, obviamente, a menos que haya cambiado de opinión en estos once meses, le pasó inadvertido en su momento. Por lo tanto, vamos a sacarle punta a este, en mi opinión, interesante y atractivo tema: la resurrección.

La cuestión es... ¿cómo es posible resucitar virtualmente? La primera respuesta que se me antoja, casi intuitiva, está implícita en la propia pregunta: porque estamos en un entorno virtual. En una red (a)social donde, a diferencia del mundo real, resulta tan fácil cambiar de personalidad como cambiar de traje, a pesar de que, en la mayoría de los casos, estos cambios sólo son de forma o aspecto, porque, en el fondo, creo que la personalidad virtual es un fiel reflejo de la personalidad real, la del mundo físico, verdaderamente difícil de ocultar. Veamos las distintas formas en las que se puede dar esta resurrección: Por su carácter, la resurrección puede ser light y strong. Y por su causa, siempre desde el punto de vista del sujeto, por voluntad propia –este caso más frecuente en la strong– o ajena. O sea, tenemos cuatro tipos de resurrección.

Light, propia:
Sucede cuando cambiamos la "foto" de nuestro perfil, que creo que se le llama avatar, aunque me resisto a emplear este cursi término. Y como en todo, también aquí hay grados. La gradación tiene que ver con la frecuencia de cambio, que puede oscilar entre lo anecdótico y la reiteración obsesiva.
Cirugía plástica virtual.
Ignoro la utilidad o beneficio que le puede reportar al individuo el frecuente cambio de "foto", en especial cuando algunas de ellas aparecen de nuevo –es en este caso cuando se podría hablar propiamente de resurrección–, pero aquí no se trata de criticarlo, sino de dejar constancia de hecho tan peculiar, que, en ocasiones, debo reconocer que me sorprende y me desorienta, aunque lo considero inofensivo.
Una variante de ésta sucede cuando, en un grupo, el sujeto se dedica a llevar al primer plano de la actualidad –a resucitar– sus posts obsoletos, los cuales, por la propia dinámica del grupo, son efímeros y cuando dejan de suscitar interés en forma de comentarios, tienden a quedar sepultados por los nuevos, sumiéndolos rápidamente en el olvido. Esta es una práctica infantil y narcisista particularmente deleznable, tolerada frecuentemente por los administradores.

Strong, propia:
Aquí tenemos también dos variantes: a) la muerte propiamente dicha, escenificada con el abandono del mundo virtual y la desactivación voluntaria del perfil, y su correspondiente resurrección más o menos dilatada en el tiempo. De esta variante he asistido también ayer a un caso de muerte y resurrección virtual de sólo diecisiete horas, hasta ahora, récord absoluto; b) la muerte virtual y la resurrección –¿quizá mejor reencarnación?– en otro perfil, nuevo o durmiente, evidentemente, distinto al anterior. Una de estas enfermizas cabezas de hidra, que me persigue recurrentemente, es la que me ha hecho resucitar de forma light y la que ha propiciado estas reflexiones.

Light, ajena:
Se trata de la segunda variante anterior, pero aplicada por un sujeto virtual –descerebrado o paranoico– a otro. Esta, ejecutada por un perfil mutante, es la que vengo sufriendo en mis virtuales carnes de un tiempo a esta parte. Resulta que uno se encuentra tranquilamente en su muro –prefiero esta denominación a la inapropiada "biografía"–, procurando no molestar a nadie, asistiendo de forma pasiva al interesante espectáculo y de pronto, todos sus posts sumergidos en las profundidades del grupo, emergen a la superficie –resucitan– con lo que mi perfil aparece de nuevo en el top, alterando, sin hacer comentario alguno, de forma grave, perversa y torticera, la secuencia temporal de las publicaciones. Esto ha sucedido recientemente en un grupo de física cuántica, el cual he abandonado al observar que la cabeza de hidra, que adopta nombres y apellidos de lo más normal: Sánchez, López, Rodríguez, etc., tras ser detectada –no por denuncia mía– por el jueguecito, expulsada y vuelta a admitir, ha conseguido un crédito tal que ha conseguido ¡cambiar el nombre del grupo! Posteriormente, ayer, reencarnado en otra de sus personalidades –ésta nueva y recién incorporada a ambos grupos–, se ha permitido comentar un post mío de Agosto pasado en otro grupo –éste de filosofía, del cual todavía soy miembro pasivo–, preguntándome porqué había abandonado el grupo de física. Con esto, me ha resucitado y he vuelto a aparecer, por poco tiempo, afortunadamente, en el top del grupo, ganando, a pesar de ello, un valioso, por inesperado, like.

Strong, ajena:
La más genuina es la suplantación de personalidad por violación de contraseña y posterior cambio de la misma. Menuda resurrección. A ti te han matado y el resucitado es otro, pero tus amistades lo ignoran. Es como si te hubiesen trasplantado el cerebro –o el cuerpo, quién sabe–. Ante esto, si al fagocitado le quedan fuerzas y ganas, no le queda otra que resucitar de forma strong  y crear un nuevo perfil para luchar por su identidad. La versión menos dañina consiste en la creación de un perfil si no clónico, muy parecido al tuyo, con el mismo perverso y dañino propósito: suplantar tu personalidad, molestar y satisfacer su enfermiza vida virtual y, con toda seguridad, real. Un caso patológico.

Conclusión:
Facebook, tan criticado y denostado –incluso por mí–, es un mundo fascinante. Palabra de resucitado. Desde mi cómoda atalaya –sólo puedes ver ambos lados del muro si estás arriba– asisto a un interesantísimo espectáculo del que cada vez me interesan más las formas y menos el fondo, muy buscado, pero no encontrado –me cansé de bucear; nunca he sido bueno en esto–. Y considero que, a pesar de ello, moverte por la superficie –hoy sólo en búsqueda de ingenio a flote, no encriptado ni profundo–, es tremendamente formativo, por lo menos en mi caso. Nunca conseguiré agradecer lo suficiente a mis hijos la sugerencia de abrir una cuenta. No me cabe ninguna duda, que el perfil virtual, si se somete a un atento escrutinio, es fiel reflejo de la personalidad real. Y esto es válido tanto para los que pretenden ocultarlo, como para los que de forma ingenua o deliberada –éste es mi caso– se muestran tal como son. Pero lo que he aprendido, entre otras muchas cosas, es que manifestarte con sinceridad, con transparencia, con rigor, implica un coste que ya me he cansado de pagar. Pero sigo en la escuela, flotando, aprendiendo.

Frecuentemente establezco una correlación con el servicio militar, un mundo nada virtual también ampliamente denostado y criticado y que me enseñó mucho, hasta el punto que me siento muy satisfecho por haberlo "sufrido", ya que me dio una experiencia impropia de la edad, de la que carecen todos los que no lo han prestado y los que, habiéndolo hecho, no le han sabido sacar partido. Se trata de saber identificar y extraer lo positivo –siempre lo hay– de cualquier situación, por mala y perversa que sea. En este entorno, conocí personalidades –perfiles– nada virtuales, que a mi edad y en mi plácido entorno natural –eran otros tiempos– nunca hubiese conocido. Como casos extremos citaré al niño de 20 años que lloraba por la noche llamando a su madre, al alcohólico que robaba y se bebía la colonia de los demás y a pobres diablos que temían el teléfono porque nunca habían visto uno y que preferían servicio en la cocina antes de plantarse ante el mismo leyendo tranquilamente un libro –los que sabían–, para avisarme mientras yo estaba en la cantina. Anecdóticamente citaré a otro encantador personaje –un trozo de pan– que creía que cada vez que se efectuaba el coito se concebía un hijo. Pues bien, Facebook es una escuela parecida. Personalidades –perfiles– de todo tipo, sinceras, transparentes, rigurosas, superficiales, torticeras, paranoicas, malas de pura cepa, intolerantes, narcisistas, altruistas, aburridas, antipáticas, ignorantes, sabihondas... Todo un laboratorio social, del cual yo también soy cobaya. ¿Qué más se puede pedir? ¿Cómo me verán a mí?

Sólo puedo decir una cosa. Si muero, nunca resucitaré. Ni de forma light –nada de cirugía plástica ni botox– ni strong. Esto, que resulta obvio en el mundo real, lo aplico exactamente en el mundo virtual y es coherente, por coger el hilo del blog, con mi ética personal. Sinceridad, rigor y presentar sólo una cara. Porque, mal que nos pese, sólo tenemos una. Aunque a veces nos la rompan y debamos acudir, con la cabeza bien alta, al dentista.  

domingo, 16 de junio de 2013

Empatía física y virtual (II)

Finalizaba la anterior entrada con un petición de disculpas a los físicos e ingenieros por mi intromisión en su campo y por la superficialidad de mi argumentación. Pues bien, como medida preventiva, a modo de chichonera, quizá sea apropiado empezar extendiendo la petición a otros colectivos –psicólogos, neurocientíficos e, incluso, filósofos– que puedan sentirse invadidos o alarmados con lo que sigue. Declaro rotundamente que no se trata de un manifiesto. Es una opinión personal. Una reflexión. Sólo eso.

Conviene también reafirmar el objetivo, que no es otro que explorar la posibilidad de empatizar en el dominio de las redes sociales, de discutir la viabilidad de la empatía entre perfiles o avatares, de la empatía virtual. Y este objetivo, lógicamente, nos llevará a tratar también, por contraste, de la empatía física, presencial, cara a cara o, quizá mejor, mente a mente. Y para finalizar esta introducción, no estará de más dejar constancia de que, si queremos ser rigurosos, la diferenciación entre empatía física y virtual es artificial y retórica, porque la mente humana se encarga de transformar la realidad –cualquier cosa que ésta sea– percibida por nuestros sentidos y de presentárnosla convenientemente procesada, lo que nos sume en un estado de virtualidad permanente. Sirva la división propuesta como un simple convenio, únicamente válido en el contexto de este artículo.  
«La empatía no es otra cosa que “la habilidad para estar conscientes de reconocer, comprender y apreciar los sentimientos de los demás". En otras palabras, el ser empáticos es el ser capaces de “leer” emocionalmente a las personas».
Empatía no-humana. Están «en la onda»
En las definiciones plasmadas en la primera parte no quedaba demasiado claro, pero de la lectura de esta frase –extraída también de Wikipedia–, si se le da crédito, parece desprenderse que la empatía es un atributo personal. Que existen seres humanos –los empáticos– que son capaces de «leer emocionalmente a los demás». Esto introduce un nuevo factor a considerar y plantea la nueva cuestión de si la empatía es una relación uno-a-uno, propiciada por la afinidad o complementareidad tratadas anteriormente, limitándola a los que están "en nuestra onda", o una relación uno-a-todos, lo que crearía una preocupante categoría de videntes o mentalistas, una especie de receptores universales multibanda, de los que convendría apartarse lo más posible, empeño harto difícil habida cuenta de que no se les debe notar demasiado. En cualquier caso, dejo el tema abierto –quizá para otro día–, porque, en último término, en uno u otro caso, la relación empática, en un momento dado, siempre es cosa de dos: tú –el receptor– y la persona con la que empatizas –el emisor–, y éste es el objeto del artículo.

Abandonemos la digresión y cojamos de nuevo el hilo. Habíamos dejado aparcados tres conceptos, los cuales vamos a analizar desde los dos puntos de vista: el físico y el virtual.

Creencia
A pesar de que nos empeñemos en asegurar que tomamos nuestras decisiones de forma racional, de hecho, incluso en este caso, lo que sucede realmente es que creemos que así lo hacemos. Habida cuenta que todo proceso racional es un proceso mental y que, forzosamente, tiene que basarse en la virtualidad de la representación de la Realidad(1) confeccionada por la propia mente, en el fondo, la Razón es cuestión de Fe. Fe en la fiabilidad de nuestros sentidos (racionalidad típica) o de nuestra intuición (creencia pura), ambas, en mayor o menor grado, alejadas de la Realidad y basadas en una construcción mental que, nos guste o no, es intrínsecamente virtual.
Esto es perfectamente aplicable a la información en la que basamos nuestra empatía: creemos «reconocer, comprender y apreciar los sentimientos de los demás», creemos «ser capaces de “leer” emocionalmente a las personas».
Aunque, qué duda cabe, esta irracionalidad es mucho mayor en el caso de las redes sociales, donde, por partir ya de la virtualidad y de la limitación del medio, la comunicación y el mensaje están, por naturaleza, severamente alterados, cuando no falseados voluntariamente(2).

Comunicación
El concepto queda siempre caracterizado por la presencia de dos únicos actores, por tanto, protagonistas: el emisor y el receptor. Sin ellos no existe. Aún en el caso de la comunicación de uno a muchosbroadcast–, no es digna de este nombre si el sistema no considera al objetivo colectivo como la suma de muchos objetivos individuales y no los trata como tales. Por otra parte, la verdadera comunicación requiere bidireccionalidad. De otro modo, el emisor se convierte en una suerte de pregonero de pueblo(3).
Por lo tanto, la comunicación bien entendida implica un diálogo –de dos–, no dos monólogos. De nuevo, la dificultad de comunicarse es mayor –pero no exclusiva– en las redes sociales, donde se tiende más a actuar de pregonero que de tertuliano, lo que le pone más trabas a la posibilidad de empatizar. Y sin comunicación, sin un canal bidireccional abierto, no hay empatía que valga.

Mensaje
Establecido el canal, una vez tomado el compromiso de seguir las reglas de juego, hay que comunicarse. Y el mensaje es «lo que se comunica». Lo que se transfiere entre los protagonistas, los cuales representan alternativamente(4) el papel de emisor y receptor. El mensaje puede presentarse en varios formatos, siendo los más importantes el oral, el escrito y el gestual. A éstos cabe añadir el no-mensaje, es decir, su ausencia, inacción que, en determinadas situaciones y contextos, paradójicamente, resulta la acción más potente, el mensaje más claro y explícito. Ahora bien, con independencia del formato, el mensaje debe cumplir dos condiciones: entenderse y comprenderse. No vamos a abundar en ambos conceptos pues ya dedicamos una entrada al tema, pero sin ellos, no hay mensaje. Y, en el tema que nos ocupa, es imposible empatizar con quien no entiendes o, aún entendiéndole, no comprendes.
Y de nuevo, Facebook no ayuda. Su limitación al formato escrito prima, en el buen y mal sentido, aspectos formales como la ortografía y la sintaxis, barreras, en su aspecto negativo, del entendimiento y de la comprensión.

¿Cómo concluir ésto? Retomaré el principio, donde ya declaré que sí, que creo que la empatía virtual es posible. Pero que es algo exótico y difícil. Y que, probablemente, requiere de la voluntad del receptor. Esto quiere decir que exige algo de esfuerzo y la inquietud de buscar en la red social algo más que una puerta de frigorífico para colgar fotos, panfletos y manifiestos. Nada ayuda. En mi caso, tras dieciocho meses de práctica en los que he experimentado todas las variantes que Facebook ofrece(5), no puedo decir que haya empatizado con más de dos amigos virtuales (tampoco es que tenga muchos de donde elegir). Y es un balance realmente descorazonador. ¿Qué significa ésto? Que sólo en estos contados casos he creído «reconocer, comprender y apreciar sus sentimientos» porque he disfrutado de una verdadera comunicación, he identificado afinidad o complementareidad y he entendido y comprendido sus mensajes.

Ignoro si he estimulado empatía virtual en alguien(6). De hecho, debo reconocer que no me entusiasma ni tengo ningún interés en que «lean» mi mente. Pero no hago nada para ocultarla. Por lo menos, como emisor, procuro que se me entienda y se me comprenda –también ignoro si lo consigo–. Esto es lo que está en nuestra mano. Pero esto, siendo necesario, no es suficiente. Falta despertar afinidad o complementariedad, y esto no depende de nosotros, sino de los receptores del mensaje.

Moraleja: En el mundo físico, empatizo con muuuuchas más personas, cosa, por otra parte, cuantitativamente, nada difícil. Y en el mundo virtual, hay bastantes que me resultan, por motivos diversos, muy simpáticos. En resumen, (mi)Facebook es mucho más simpático que empático.

1 - Con mayúscula. La de verdad. La que está ahí fuera. La que se encuentra al otro lado de la mente. Miserables fotones o moléculas invadiendo nuestros ojos o fosas nasales.
2 - Generalmente –no siempre–, resulta mucho más fácil percibir que te están levantando la camisa si estás frente –o próximo– al levantador.
3 - O de político al uso (con todos mis respetos a ambos colectivos).
4 - No simultáneamente. Especialmente en formato oral (para evitar el efecto gallinero). Por escrito (típico de Facebook) también sucede, pero, más allá de perder el hilo de la conversación, no hay mayor problema.
5 - Muros, biografías, grupos ajenos y propios y páginas.
6 - Esto es lógico. El «empatizador» no recibe información directa del «empatizado». Sólo señales. La empatía –en especial la complementaria– no tiene que ser necesariamente mutua.