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lunes, 21 de agosto de 2017

17-08-2017 Barcelona


17 de agosto de 2017


Qué es lo que hay que hacer
si es que eso puede ser,
si es que con lo que tú hagas
puedes algo resolver,
si es que tus pobres acciones
tienen aún razón de ser,
si es que no acaban hundidas
en un mar de insensatez.

Qué es lo que nos ha pasado
que nos lleva a padecer
esta suerte de barbarie,
esta maldad sin porqué,
esta irracional propuesta
en nombre de incierta fe,
cual macabra lotería
que nos golpea otra vez.

Qué es lo que lleva a muchachos
a creer que su papel
en esta vida terrena
es matar a fiel e infiel,
pues que nosotros sepamos
no les piden el carnet,
para tener como premio
cien huríes y el edén. 

Qué es lo que hace tan triste
vivir el día después,
asistir al espectáculo
que nos dan desde el poder,
observar con impotencia
su querer y no querer,
su cuidada equidistancia,
de sus miras la estrechez.

¿Alguien sabe lo que es?
¿alguien conoce la causa?
¿alguien conoce el porqué?
¿alguien tiene una vacuna?
¿alguien se siente culpable
de morirse a su placer?
¿alguien cree que algún día
los vamos a convencer?

Mientras tanto discutimos
si lo hago mejor que tú,
si tú me ocultas los datos,
si yo persigo otro fin,
primamos el enanismo,
la tribu y la acción local,
cuando es obvio que el problema
requiere visión global.

Mientras tanto no tengamos
una autoridad mundial,
unas leyes que superen
fronteras e identidad,
una sociedad que mame
igualdad y libertad,
este cáncer que sufrimos
crecerá y se extenderá.

Mientras tanto solo queda
nuestra solidaridad
con todos los fallecidos,
con familiares y heridos,
con treinta y ocho países,
con toda la humanidad,
con los que fueron culpables
de atreverse a ramblear.

Mientras tanto no se engañen,
si lo quieren arreglar,
viendo el perfil de los tipos
que nos deben liderar,
dado que los dirigentes
se extraen de esta sociedad,
será peor el remedio
que la propia enfermedad. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

La (in)mutabilidad de los Principios

«Todos tenemos nuestros Principios, pero lo realmente importante son nuestros Finales».

Esta es la cuestión. Se trata del permanente antagonismo entre teoría y práctica, entre expectativas y necesidades, entre idealismo y pragmatismo, entre apariencia y realidad, entre convicciones y hechos consumados o, por terminar, entre tantos y tantos elevados conceptos hasta que dejan de serlo, se desploman sobre nuestras cabezas y aparecen ante nuestros ojos como una evidencia concreta, objetiva y, frecuentemente, desagradable.

Un mal Final.
Como hago frecuentemente en temas espinosos —y este creo que lo es—, empezaré, a modo de cobarde mecanismo de autodefensa, con una declaración de principios que, por considerarla fuertemente arraigada, espero no termine mal: Toda generalización es injusta. Pero también considero que las excepciones confirman la regla. Por lo tanto, las reflexiones siguientes no son de aplicación a la parte excepcional de la especie humana que es coherente con sus Principios y que los mantiene hasta el Final, salvo causas de fuerza mayor o exigencias de supervivencia que justifiquen lo contrario, porque la condición de héroe o mártir es una opción personal e intransferible no exigible por nadie ajeno al propio sujeto. En cambio, debe aplicarse exclusivamente a quienes se pasan los Principios por el forro cuando se les presenta la mínima oportunidad o, dicho de otra forma, a quienes no los cambian porque no pueden. Espero que quede claro.

Con esta introducción hemos llegado al meollo del asunto: la oportunidad. Nadie conoce el camino a tomar hasta que se le presenta la disyuntiva. Y quien crea sinceramente lo contrario, está errado. Por lo tanto, únicamente está legitimado para presumir de Principios quien los ha puesto a prueba y —hecha la salvedad anterior— los ha mantenido. Refuerzan esta tesis los famosos experimentos de Milgram en la Universidad de Yale y  Zimbardo en la cárcel de Stanford.

Este planteamiento es de aplicación general, válido para todas las circunstancias, desde la nimiedad de saltarse la cola del cine hasta alargar la mano en comisiones fraudulentas. La única seguridad que tenemos sobre su no violación es que no se presente la oportunidad. En cambio, si se presenta, es cuando aparece la incertidumbre, estrechamente dependiente de la ética del individuo. Y dado que, debido a la galopante crisis que estamos viviendo en todos los órdenes de la sociedad, la bandera de los Principios se saca frecuentemente del cajón para criticar legítimamente actitudes inmorales o ilegales punibles desde todo punto de vista, resulta verdaderamente lamentable tener la impresión de que muchos de los que se quejan, lo que echan realmente en falta es el Principio de Igualdad de Oportunidades, porque... ¿si todos lo hacen, porqué no yo?

Y, como hemos visto en los experimentos citados anteriormente, a pesar de que éste sea el tema estrella del momento, no hablamos solamente de corrupción. Para demostrar que siempre ha existido, citaré un caso experimentado en carne propia: hace más de 40 años, siendo Director de Operaciones y responsable de Compras en una empresa privada abrimos un concurso para dotarnos de un sistema informático que incluía el Hardware y Software necesario para un MRP (Planificación de recursos de fabricación) al que concurrieron tres empresas punteras que no citaré (aunque en aquel tiempo no había tantas). Pues bien, en las oficinas de la más importante —un edificio de siete pisos— se me transmitió información nada subliminal en el sentido que, de elegir su oferta, habría una sustanciosa contraprestación económica para el «elegidor». Ni que decir tiene que elegí a otra. Valga la ocasión para comentar que en aquel tiempo —no hablo de ahora, porque lo desconozco— era frecuente «obsequiar» a los responsables de Compras con gabelas dinerarias u obsequios en especias, los cuales siempre rechacé exigiendo el descuento equivalente en los precios que se nos cobraban. Con esto no quiero alardear de ejemplaridad, sino enfatizar el hecho de que hasta que no te pruebas —o te prueban— no conoces tu reacción. En el servicio militar he conocido a militares de reemplazo —no profesionales— que cobraban por asignar buenos servicios a sus «compañeros». También he conocido a presidentes de comunidad de vecinos a los que le arreglaban el jardín y le pintaban el piso los afortunados subcontratistas. Es lo que hay. Los numerosos nombres propios hoy presuntamente imputados por corrupción —no cabrían todos en el artículo— no lo hubiesen sido sin presentarse la oportunidad. Y a poco que reflexionemos, oportunidades no faltan.
 
Personalmente, soy pesimista. La moral colectiva es pura estadística, fiel reflejo de la moral de cada uno de sus miembros —en realidad, de su ética— a la que realimenta en un sistema dinámico que, en mi escéptica opinión, no hace sino empeorar con el tiempo. Creo firmemente que pertenezco a la generación de los Privilegiados, en el sentido de que —en comparación con la generación anterior y con la actual— no se nos ha puesto verdaderamente a prueba, pero esto no es óbice para considerar que el Verdadero Enemigo somos nosotros, todos nosotros y que sería bueno, en coincidencia con la reciente desaparición de Nelson Mandela y en su honor, adoptar el sabio aforismo de Albert Einstein:

«Dar ejemplo no es la mejor forma de influir en los demás. Es la única».

domingo, 24 de noviembre de 2013

Derecho(?) al pataleo

Hoy es uno de estos días en los que tienes la casi total seguridad de que, escribiendo, te vas a complicar la vida, lo que sucede indefectiblemente cuando no eres capaz de transmitir con una fidelidad razonable lo que piensas sobre un tema que, sin lugar a dudas, puede calificarse como «políticamente incorrecto». Pero, a pesar de todo, vamos a intentarlo.

Ya se cansó de «patalear» 
Conviene puntualizar de entrada que resulta imposible no reaccionar ante el reciente amontonamiento de sucesos(1) relacionados con los poderes en los que directa o indirectamente hemos delegado el buen gobierno de la sociedad. Estos sucesos, representados tanto por acciones como por omisiones, convenientemente amplificados por los medios, provocan un escándalo considerable, el cual, una vez convertido en «alarma social», deviene el preámbulo lógico de una justificada «indignación» ciudadana. Es entonces cuando aparece el tema de hoy: el derecho al pataleo(2). Porque no se puede negar que es un derecho indiscutible, máxime cuando la sociedad «indignada» ha llegado a la acertada conclusión de que resulta el único cauce que le permite visibilizar esta «indignación».

Una vez reconocido este principio básico –la existencia y justificación de este derecho social– ha llegado el momento de entrar en faena, y lo vamos a hacer identificando las cuatro patas sobre las que nos vamos a apoyar: opinión, criterio, opciones e información, términos extraídos de la siguiente cadena de proposiciones que, a mi modo de ver, representan las condiciones iniciales necesarias –aunque no suficientes– para ejercer este derecho con la máxima calidad.
Formular una opinión exige tener independencia de criterio, para lo que se precisa, necesariamente, tener criterio, el cual no existe sin disponer de una mínima diversidad de opciones, algo imposible de conseguir sin tener acceso a una información razonablemente veraz y, lo que es más importante, sin someterla a un análisis racional. De todo ello se deduce que una buena opinión debe basarse en una buena información.
Porque ejercer este derecho es, en principio, opinar. Y, a pesar de que habitualmente se ejerce de forma colectiva, no se debe olvidar que representa la expresión de una opinión individual, ejercida de forma distinta por el sujeto según las posibilidades a su alcance(3) y que, por lo tanto, ambas –tanto la opinión (el fondo) como su manifestación (la forma)– entran de lleno en el ámbito de la ética personal. Ahora bien, no se puede hablar de individualidad sin independencia, representada por la libertad de elección entre diversas opciones. Ambas –diversidad y libertad– son las que permiten a la persona la aplicación de un criterio racional, cuyo resultado, si es negativo, es el que dispara la necesidad del «pataleo». Pero de nada serviría todo lo antedicho si las opciones manejadas no respondieran a la realidad, algo directamente dependiente de una información razonablemente veraz. Y subrayamos «razonablemente» porque ésta es la pata débil del sistema, sobre la que tenemos menos control. Resolver este problema es difícil, pero puede ser paliado en parte con una receptividad no sesgada hacia medios de información de ambos lados del espectro político, una extrema sensibilidad para la detección de intentos de manipulación, dogmatismos o adoctrinamientos subliminales o encubiertos y un esfuerzo sincero de síntesis(4) que nos deje «razonablemente» satisfechos.

Con esto hemos caracterizado el derecho al pataleo, que quedaría definido así:
La imposibilidad de vehicular una opinión negativa(5) formada a partir de criterios racionales e informados.
Por lo tanto, a contrario sensu, si se puede vehicular o no se apoya en criterios racionales o informados, NO EXISTE tal derecho. Estas son las causas de deslegitimación. Porque el ejercicio de un derecho no tiene por que ser siempre legítimo, lo que nos lleva a terminar con la parte «políticamente incorrecta» de esta entrada.

Por descontado no me voy a meter en terreno pantanoso, deslegitimando explícitamente las muchas expresiones de derecho al pataleo –principalmente colectivas– que me apetecería, pero si que voy a decir que, no compartiéndolas, las comprendo(6). En cambio, dedicaré algo de atención a algunas expresiones individuales de este derecho que considero especialmente ilegítimas. Y me refiero a personajes públicos –principalmente políticos en ejercicio– a los que se les supone(...) estar adecuadamente informados, los cuales –a diferencia de la sociedad de a pie– disponen de múltiples canales y foros para visibilizar su descontento en el pleno ejercicio de la función para la que han sido delegados. Incluyo aquí, su participación en manifestaciones públicas –frecuentemente parapetados tras un bastardo y acomodaticio «a título personal»–, su continua descalificación a las gestiones de «los otros», su olvido sistemático de la desidia o incompetencia en su gestión que es la que propicia el legítimo «derecho al pataleo» de sus mal representados, derecho que, echándose al monte como cabras, deslegitiman –incluso manipulan– con su poco ético apoyo o presencia física. Ejemplos no faltan.

Resumiendo: Derecho al pataleo SÍ, pero legítimo, de calidad(7).

Notas:
1 - Instrucciones, filtraciones y sentencias judiciales (autóctonas y foráneas), excarcelaciones, recortes, titubeos, incontinencia verbal o simple incompetencia ministerial, desahucios, corrupción –presunta y no tanto– a todos los niveles (desde la familia real hasta los sindicatos), etc., etc.
2 - Chusco término bajo el que vamos a acoger las mil y una formas de visibilizar esta «indignación», entre las que destacan las manifestaciones en la vía pública –me abstengo de emplear el peyorativo «callejeras»– y las declaraciones –más o menos grandilocuentes– en los medios.
3 - Indudablemente, los políticos o personajes de relevancia pública, además de la manifestación colectiva, tienen otros canales para ejercer su derecho de forma individual. Otra cosa es que estén o no legitimados para hacerlo. Pero este tema –la legitimación– lo trataremos más adelante.
4 - En términos matemáticos hablaríamos de una «media estadística».
5 - Vulgo: reclamación o queja.
6 - No es falso paternalismo, pero obvio las causas que me inducen a ello.
7 - Desgraciadamente, en este tema, la excelencia tampoco es aplicable.

sábado, 26 de octubre de 2013

El Gran Fallo

Lenta, aunque no siempre...
En el inmenso abrevadero de hechos consumados de donde extraemos temas de interés para el alcance del blog, destaca, por su escasa Calidad y menor Excelencia, así como por su fuerte impacto en la Ética de un amplio sector de la población –en el que me incluyo–, lo que se ha dado en llamar «el fallo de Estrasburgo». Y es que este fallo –como a muchos de mis congéneres– me parece un fallo enorme o, sin jueguecitos de palabras: esta sentencia me parece un enorme error. Habida cuenta de que el fallo –en sus dos acepciones– ha sido analizado del derecho y del revés por parte de destacados políticos y juristas, nada más lejos de mi intención que abundar en este hecho específico, fallo puntual que, a pesar de su gravedad intrínseca, me tomaré la licencia de considerar menor –con el máximo respeto a las víctimas del terrorismo–, si lo comparamos con el Gran Fallo estructural gestado, alimentado y perpetuado precisamente por sus dos protagonistas principales, los que más lo han criticado: los políticos, como los creadores de leyes, y los jueces, en su papel de interpretadores y ejecutores.

Soy consciente del riesgo de entrar en planteamientos que puedan ser tachados de demagógicos, pero, en este caso, es un riesgo que considero hay que correr. Y lo voy a hacer con una enumeración no exhaustiva y un tanto desordenada de los principales fallos –acepción «errores»– y hechos relevantes que, en mi humilde y simplificadora opinión conforman y confirman el Gran Fallo citado.
  • Los jueces son nombrados por los políticos aplicando criterios de afinidad y de torticera aritmética decisoria;
  • Dada la incapacidad, el cortoplacismo y el sectarismo demostrados ampliamente por la clase política, el punto anterior resulta especialmente preocupante;
  • La pereza, la desavenencia partidaria y el punto anterior, impiden el mantenimiento eficaz de nuestras leyes –entendiendo como tal, su ágil ajuste a las exigencias de la sociedad–, lo que propicia la aplicación de principios jurídicos periclitados o inapropiados a la realidad social;
  • Esta obsolescencia o inadaptación es la que propicia por parte de los jueces la búsqueda y aplicación de interpretaciones que, normalmente, por presión social, intentan paliar situaciones aberrantes (de hecho y de derecho). Es en una de estas «interpretaciones» –para más inri, retroactiva–, convenientemente respaldada por el Constitucional y el Supremo, donde se encuentra la semilla del deplorable «fallo de Estrasburgo»;
  • Resulta tragicómico e incoherente que se impongan condenas de miles de años y que estas condenas puedan redimirse –con o sin fallo– con unas decenas de años;
  • También resulta tragicómico que –según nos ha informado la prensa– por cada tres días en prisión se aplique un «beneficio penitenciario» de un día, sin exigir el arrepentimiento ni nada más dificultoso que no enredar y quedarse en la cama todo el día (ignoramos el catálogo de requisitos exigibles para aumentar estos ya de por sí suculentos «beneficios» básicos);
  • Tampoco comprendo la existencia del juez instructor, hurtando de esta responsabilidad a los fiscales, que son los que, en mi opinión, como vemos en las películas anglosajonas, deberían pilotar la investigación de la policía. Aunque probablemente, todo este extraño e ineficaz montaje responde al sesgo político de todos los cargos –fiscales incluidos–, a su endogamia y corporativismo y a la escasa responsabilidad de todos ellos frente a sus electores en particular y la sociedad en general.
  • ... 
Dije enumeración no exhaustiva y lo ha sido. Me quedan en el tintero muchos ejemplos no ejemplares de miembros de ambas clases que están en la mente de todos y que caracterizan este Gran Fallo al que me refiero y que no circunscribo a la judicatura sino a un fallo sistémico generalizado. Tenemos numerosos políticos y jueces corruptos y prevaricadores en diferentes estados: presuntos, condenados, imputados, en fase de instrucción y en pleno juicio. Tenemos jueces «estrella» que solicitan ayuda económica a sus encausados para dar conferencias en el extranjero, tenemos «justicieros» errantes que, en base a no se sabe qué criterio, se dedican a perseguir a algunos dictadores extranjeros, tenemos jueces, aspirantes a «estrella», cuya esposa escribe libros sobre los juicios de su marido, tenemos jueces metidos a políticos que, despechados por no ser nombrados ministros, abandonan la política y se dedican a abrir cajones interesadamente cerrados por ellos mismos, tenemos dos jueces –uno de ellos entonces ministro de justicia, es decir, político– que, presunta y sospechosamente, se van juntos de cacería en vísperas de la inmediata declaración ante el magistrado de imputados en un caso de gran trascendencia política, tenemos secretos sumariales retransmitidos en directo por los medios, tenemos un retraso incomprensible en la aplicación de la justicia, retraso que, discrecionalmente, se encoge –como se ha visto en la meteórica aplicación del «fallo de Estrasburgo»– o alarga, tenemos, tenemos... Y la conclusión, quizá demagógica, es que tenemos lo que nos merecemos.

Terminaré con una anécdota personal, afortunadamente única: yo me las tuve que ver con el Gran Fallo. En mi ya lejana actividad profesional me vi indebidamente –sí, ya sé que es un tópico– imputado en un lío de patentes y de propiedad industrial entre empresas en un tema de tecnología punta –para la época– relacionada con el sector espacial y las telecomunicaciones. O sea, que allí estoy yo –entre el resto del equipo directivo– con traje y corbata, convenientemente duchado y peinado, sentado ante la juez y se me ocurre cruzar una pierna por encima de la otra (apoyada, no desplegada en horizontal). No lo olvidaré nunca. Su señoría me llamó la atención, me reconvino el gesto y me exigió con mucha seriedad que me comportara con respeto y no adoptara posturas displicentes, negligentes ni ofensivas (creo que estas fueron sus palabras). Es decir, que me pasé el resto del juicio muy quieto y con las dos rodillas juntas. No sé muy bien qué tiene que ver con el tema de hoy, pero me ha aflorado inopinadamente y aquí queda reflejado. Perdón, ahora veo la relación: he visto muchos juicios de presuntos asesinos múltiples por la tele y, francamente, lo que me pasó a mí me parece un absoluto despropósito. Se sientan y visten como quieren y ningún juez –o jueza– les llama la atención.

Hoy, como en todo Gran Fallo, poca calidad, poca excelencia y poca ética (en los actores del fallo, por supuesto).

NOTA: Me olvidé de citar en mi anécdota a mi (nuestro) carísimo (afortunadamente, pagaba la empresa) abogado, famoso y prestigioso en su momento, el cual –quizá todos actúan así– ignoraba todo sobre nuestro caso y cambiaba impresiones con nosotros 5 minutos (sí, cinco) antes de entrar en la sala. Posteriormente, este prestigioso –y temido– abogado fue condenado y cumplió prisión por prevaricación e implicación en una trama judicial corrupta.

domingo, 3 de febrero de 2013

La inacción activa

"Así como el silencio puede ser estruendoso, no actuar puede ser la acción más potente". Así finalizaba, ayer mismo, mi último artículo: negándome a actuar de forma rotunda ante una solicitud concreta respecto a los líderes de la tribu. Me gustaría empezar hoy justificando brevemente el porqué de abordar este tema aquí y ahora. La explicación radica en una especie de mal sabor de boca que no me ha abandonado desde su redacción y publicación. Esta sensación de incomodidad, en principio difusa, se fue concretando al mezclarse mi "inacción", probablemente mal expresada y, consecuentemente, mal entendida, con la lamentable y aguda crisis que está sufriendo el colectivo "nacional", influenciada en mayor o menor medida, en su faceta económica, por factores externos y con la evidencia objetiva de que la enfermedad se ha extendido de forma virulenta y cancerígena -en ambos casos, autóctona- a las esferas judicial y política. Entonces, el detonante de este artículo es el deseo de que esta "inacción" quede debidamente justificada y arropada en el marco de la ética personal. Conviene también indicar que, al margen del hecho concreto y local que se aborda, el artículo pretende adoptar un enfoque de aplicación general a colectivos de características similares.

Justicia, Economía, Política
Estos tres conceptos representan la interfaz entre el individuo y la colectividad. Son las tres patas en las que se sustenta un colectivo, con independencia de su alcance. Así como los conceptos citados determinan los aspectos cualitativos que caracterizan y cohesionan el colectivo (en otras palabras, su moral), el alcance establece su dimensión cuantitativa y responde a criterios convencionales de agrupación universalmente aceptados. De menor a mayor (con sus variantes nominales), los definiremos como familia, municipio (pueblo, ciudad), supermunicipio (región, país, autonomía, cantón), estado (nación, reino, república), superestado (federación, confederación) y, con alcance universal, la Organización de las Naciones Unidas.

En todo colectivo es preciso gestionar adecuadamente los tres conceptos citados, siendo la calidad y la excelencia de esta gestión la que caracterizará el nivel de satisfacción, incluso la felicidad, de los miembros del conjunto. Continuando con la introducción del tema, nos aventuramos a establecer incluso el orden de precedencia entre ellos, que corresponde al establecido en el título, orden que justificaremos adecuadamente y que, en ningún caso, anula o atenúa la fuerte correlación entre ellos.    

Creemos que la justicia o, más bien expresado, la necesidad de administrar justicia, fue la primera en aparecer. Cuando los individuos formaron la primera colectividad, fue preciso establecer unas reglas de convivencia que mantuvieran la cohesión del grupo en orden a asegurar su supervivencia, tanto frente a problemas internos como a peligros externos. Una administración equitativa e imparcial de la justicia, tanto a nivel familiar como tribal, sería entonces el cemento que asegurase la permanencia y la estabilidad como grupo. Por lo tanto, creemos que la justicia es el bien primordial que debe primar sobre los demás. A continuación, parece lógico que un colectivo que asuma su condición de buen grado, encuentre la forma de gestionar adecuadamente los bienes personales y la contribución de la "riqueza" individual al mantenimiento de la colectividad, con lo que queda inventada la economía. Esto nos deja en último término -quizá es sintomático- a la política, a la que definiremos como un sistema creado para establecer las responsabilidades en la determinación y administración de las normas que deberían aplicarse en los ámbitos judicial y económico.  

Este escrito pretende reflexionar de forma bidireccional: por una parte, sobre la relación del individuo con la colectividad, analizando su capacidad de influenciar, incluso determinar, la calidad de los tres conceptos y, en sentido contrario, el impacto de la calidad y la excelencia de la gestión judicial, económica y política del colectivo sobre el propio individuo, conformando un sistema de bucle cerrado que gira siempre en torno al mismo. Esta circunstancia se olvida con frecuencia y es la que vamos a abordar desde la óptica de nuestra ética personal, la cual, como hemos repetido hasta la saciedad, está representada por nuestros compromisos adquiridos voluntaria y racionalmente con el entorno próximo y lejano.

¿Cómo afrontar la grave situación colectiva desde la ética personal?
Resulta evidente que la justicia, la economía y la política son conceptos que aparecen y adquieren su dimensión efectiva cuando se aplican a nivel colectivo. Los conceptos de autojusticia, autoeconomía o autopolítica son inaplicables por el hecho elemental de que gestor y gestionado son la misma persona. Podemos pues afirmar que todo empieza por la relación del individuo con el colectivo de menor dimensión, con su entorno próximo, con la familia. A nivel general, todo individuo que ostente la condición de líder debe asumir la responsabilidad de gestionar adecuadamente al colectivo sobre el que tiene influencia directa. Esto implica aplicar justicia de forma imparcial y equitativa, gestionar la economía con eficacia y conducirse de forma políticamente satisfactoria. Es en el entorno familiar, debido al reducido número de individuos, donde debería ser más fácil respetar estos principios. Pero esta facilidad teórica es engañosa ya que se ve mediatizada por el efecto rebote que presiona desde la moral del colectivo de orden superior. Esta moral colectiva, la percepción de una justicia ineficaz e "injusta", de una economía despilfarradora y de una política corruptora, corrupta, endógena y de clase, es capaz de contaminar los mejores esfuerzos y voluntades a nivel individual, transmitiéndose a los individuos la sensación de que "todo el monte es orégano" y el deseo de participar en el reparto.

No conviene olvidar que en colectivos de orden superior, justicia, economía y política se gestionan también por personas, por individuos que, si aplicasen los mismos principios que deberían aplicar a nivel familiar, no se comportarían de forma despótica, no se gastarían más de lo que tienen ni antepondrian su interés personal al de su propia familia. Y si lo hicieran, darían la justa medida de su mezquindad, justificando la deplorable situación en la que nos encontramos.

Por lo tanto, todo se reduce al individuo. El mismo individuo que se queja violentamente y sale a la calle cuando ve recortadas sus prebendas, las cuales, en muchos casos le han sido dadas por los individuos que, formalmente, le representan, en un intento nada camuflado de asegurar su permanencia en el gratificante puesto. Es necesario resaltar que a nadie le amarga un dulce y que los ahora indignados no protestaban en absoluto cuando los individuos ahora criticados les ponían al lado de casa un aeropuerto, un hospital, una autopista con salida privada o un AVE con apeadero. De hecho, respondían a estas iniciativas con los adecuados votos a estos eficaces y eficientes gestores, repartidores de caramelos. Aunque esta situación, aún siendo mala, sería digerible si a esta ineficacia e ineficiencia no se sumara una sensación de corrupción generalizada no aclarada de forma mínimamente creíble, azuzada por intereses bastardos cuya única motivación, disfrazada de indignación legítima, es "darle la vuelta a la tortilla". La pata de la justicia, formada también por individuos, juega también su papel de tortuga agotando la paciencia de quien todavía mantiene una cierta confianza en su teórica imparcialidad, independencia y equidad.

Las causas
De la pata política ya hemos hablado, aunque añadiremos que la imagen que proyecta es que no se siente responsable respecto a los electores, sino al sub-colectivo al que pertenece, que es el que realmente le nombra al incluirlo en las listas electorales. Esta es la causa principal y sólo la eliminación de la causa podrá evitar la repetición del problema. Esta es la base, el ABC de la mejora de la calidad. Cambio de ley electoral, listas abiertas, circunscripciones de electores y responsabilidad ante ellos. Si no es así, tendremos más de lo mismo: un sistema cerrado que se autoalimenta en su ineficacia, ineficiencia y servicio a intereses bastardos y perversos.

Las acciones
Me molesta leer que ha llegado el momento de pasar a la acción, que debemos salir a la calle, que los filósofos, intelectuales y pensadores deben tomar partido por exigir la dimisión, por acabar con la corrupción, por... Pues no estoy de acuerdo. Y no acepto acusaciones de pasotismo. La primera acción individual es dar ejemplo permanente al entorno con una conducta ejemplar. A continuación, hay que evitar contribuir a la algarabía, a la confusión, al aumento del deterioro de la convivencia, al alboroto del gallinero, a las manifestaciones manipuladas por intereses bastardos. En lugar de solicitar dimisiones y nuevas elecciones que no harían otra cosa que perpetuar el sistema, me gustaría que individuos racionales, inteligentes, independientes y no contaminados propugnasen un verdadero cambio de paradigma. Que, en lugar de solicitar dimisiones, hablasen de los medios sesgados y apesebrados. De la utilización selectiva de filtraciones. De la falta de análisis independientes e inteligentes. De la presencia pasiva de los periodistas a lecturas de comunicados sin permitirles formular preguntas. De atriles tras los que se escudan políticos de mirada altiva dirigiéndose a públicos cautivos. De ser acusados de no comprender a los gestores. De individuos que ingresan desde bebés en la versión actual (siglo XXI) del Frente de Juventudes y medran en sus organizaciones hasta alcanzar su límite de incompetencia. De individuos sentados en una cámara con su libertad de opinión y de voto anulada, que les lleva a obedecer en las votaciones a signos del portavoz como marionetas de guiñol. De individuos que no representan ni se sienten responsables ante los individuos teóricamente representados. De... ¿Dimisión? ¿Para qué?

La inacción
El sentido común nos lleva a no ser cómplices de tamaña patraña. Por lo tanto, defiendo como posición ética personal, ante unas elecciones, no votar. Y así lo he venido haciendo de un tiempo a esta parte. Y lo dice quien ha vivido la dictadura, quien ha corrido delante de los caballos, quien ha visitado amistades detenidas -todo esto en los tiempos del Frente de Juventudes auténtico- y quien había depositado en el sistema todas sus esperanzas y expectativas. Por lo tanto, defiendo la inacción para que todo cambie. Que nadie vote a nadie. Colegios vacíos todo el día. Quiero oir esto a los individuos racionales a los que me refería anteriormente. A los intelectuales, filósofos y pensadores que exigen dimisiones. Que den ejemplo a su entorno con su conducta ejemplar y que, llegado el caso de votar, que no voten. Que llamen a no votar. Y después, que no hagan nada. Que no escriban. Que no hablen. Que ni siquiera reflexionen. Silencio, indiferencia, estatismo, ausencia de movimiento, parálisis, encefalograma plano. Quizá entonces, el colectivo se aplique un tratamiento de choque, una reacción de los individuos no contaminados, quizá desde dentro de los propios partidos. ¿Una segunda transición? Y vuelta a empezar el ciclo. Con la herencia encontrada, no será fácil. Se trata de la regeneración de toda una sociedad. De la mayoría de los individuos que la componen. De una nueva moral, basada en una nueva gestión judicial, económica y política. A fin y al cabo, todo se reduce a una cuestión de ética personal. Al individuo y al reconocimiento de su responsabilidad en todo lo que sucede al colectivo. Me permitirán que sea escéptico. Y que, mientras tanto, ni vote ni solicite dimisiones.

"Por eso vivo según la naturaleza si me entrego a ella por completo, si soy su admirador y venerador. Y la naturaleza ha querido que yo haga las dos cosas: actuar y entregarme a la contemplación. Hago las dos cosas, puesto que tampoco la contemplación existe sin acción".
(Lucio Anneo Séneca)

NOTA: Es importante destacar que nos hemos dirigido exclusivamente a colectivos cuyo sistema político puede calificarse de "democrático", en la más amplia acepción del término. Es decir, que participen mediante voto en la elección de sus representantes, a los que se les delega la gestión colectiva de sus intereses. Y que esta recomendación de "inacción activa" la consideramos de aplicación general a estos colectivos ante situaciones tan extremas como la comentada. Lo cual no impide que también la consideremos utópica, pero defendible.