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lunes, 2 de abril de 2018

El Pueblo


Vivimos una época en la que el vocablo “pueblo” está presente de forma machacona y recurrente en el discurso político. Cotidianamente asistimos a la utilización del mismo, oportunamente adjetivado con objeto de dotarlo de una cierta legitimación geográfica, cultural o tribal, en un sinfín de mensajes que incluyen la atribución colectiva de deseos, convicciones o preferencias, la posesión de derechos históricos inalienables, la exigencia de reconocimiento de los mismos, la denuncia de inacabables memoriales de agravios y ofensas y, por acabar, la llamada a la ejecución de acciones varias formalmente pacíficas que, una vez ejecutadas, en algunos casos no lo son tanto, benévolamente justificadas por la comprensible “indignación” del susodicho “pueblo”.

Resulta evidente que los utilizadores del término dan por supuesto que se trata de un vocablo normalizador e inclusivo que abarca a la totalidad del universo o población¹ situado bajo su égida², sinónimo del vocablo alternativo y para ellos intercambiable “país” utilizado, preferentemente en compañía de una preposición posesiva, en llamadas a la acción: “parada de país”, huelga de país”, etc., y en su forma plural para hacer referencia a imposibles ensoñaciones imperiales³.

Sin entrar en el fondo del asunto, fondo que por turbio y hondo es poco menos que invisible e inalcanzable, el objeto de este artículo es exponer mi punto de vista personal e intransferible sobre la forma, es decir, sobre la oportunidad o validez de la utilización del término “pueblo” en las circunstancias o situaciones expuestas en la introducción, así como mi identificación (o no) con la asignación implícita a determinados colectivos (“pueblo”, “país”) por el mero hecho de su ubicación geográfica o lugar de nacimiento, hecho que por su reiteración ha provocado el hartazgo que a su vez ha sido la causa objetiva de su publicación.

El problema puede plantearse en los siguientes términos: Se dice que el “pueblo”⁴ piensa, exige, reclama, desea, sufre, lamenta, etc., etc. (la lista sería interminable) algo. Esto es inaceptable. Incumple la acepción 5 (aquí aparece la bicha) pero cumple la 3. O sea, estamos hablando de un “Conjunto de personas de un lugar, región o país”. Sigamos. Obviemos “lugar” y “región” (ningunean el mayestático concepto que le otorgan los esgrimidores del término) y nos quedamos con que “un conjunto de personas de un país hace algo”. Tratemos en primer lugar el vocablo “país”⁵. Descartamos la acepción 1 (mal que les pese) y la 2 (en ambas, convendrán conmigo que los territorios⁶ no pueden hacer nada) y aceptamos la 3 que refiere a los “habitantes”, término más específico que el genérico “personas”. Por lo tanto, la situación, expresada en su forma más detallada, es ésta: “el conjunto de habitantes de un territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado, hace algo”.

Volvamos a la versión abreviada. Esto es: “El conjunto de habitantes del país hace algo”. Esta elemental oración nos identifica el sujeto⁷ de la acción o acciones (cualesquiera que ellas sean) como “el conjunto de habitantes del país”. ¿Acaso este sujeto es un ser? No. Descartado que sea el sujeto, seamos un poco más flexibles, haciendo abstracción del rigor gramatical, y en aras de la comprensión de la perseverancia de los apelantes al protagonismo del “pueblo”, asignemos al “conjunto de habitantes del país” el papel de agente⁸ o actor⁹ de las supuestas acciones que se le atribuyen o demandan. Pues bien, tampoco puede ser un agente porque “el conjunto” no puede ser una “persona o cosa” (acepción 6) ni, obviamente, “la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo” (acepción 7). Por último, ¿será un actor? Tampoco. Indudablemente, parte del conjunto participa. Pero… ¿el conjunto? No, el conjunto no. En absoluto.

Entonces ¿Cuál es su papel? ¿Cuál es el papel del "conjunto de habitantes del país"? Ni sujeto, ni agente, ni actor. Espectador. Todos lo somos. Todos asistimos al espectáculo, el cual, según la exposición de principios del artículo, me abstendré de calificar. Todos somos espectadores. El "conjunto de habitantes" (incluso muchos de los no habitantes) lo somos.

Resumiendo, las referencias al “pueblo” como detentador de derechos o ejecutor de acciones pasadas, presentes o futuras son inaceptables desde un punto de vista objetivamente gramatical, representando una grosera simplificación tan evidente que me hace dudar sea desconocida por quienes las utilizan de forma recurrente, por lo que me inclino a considerar que se realizan con objetivos espurios¹⁰.

Para terminar, mi posición personal es no sentirme identificado con (ni miembro de) “pueblo” o “país” alguno, fruto de mi profunda convicción en anteponer los derechos individuales a los colectivos, excepción hecha del Estado y de asociaciones, colegios, clubes u organizaciones de adhesión voluntaria y, a poder ser, con cuota de miembro. Eso sí que da derechos 😃.

NOTAS:
(todas las definiciones son del Diccionario R.A.E.)
  1. Ambos términos en terminología estadística.
  2. égida: 3. f. Protección, defensa.
  3. Por su alcance “multinacional” (Francia, Italia) y “multiautonómico” (Aragón, Valencia, Islas Baleares). 
  4. pueblo: 3. m. Conjunto de personas de un lugar, región o país. 5. m. País con gobierno independiente.
  5. país: 1. m. Territorio constituido en Estado soberano. 2. m. Territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado. 3. m. Conjunto de los habitantes de un país.
  6. En mi humilde opinión los territorios son un conjunto de campos, árboles, pedruscos y demás accidentes geográficos o elementos vegetales y minerales, los cuales ni piensan ni detentan derechos históricos ni pueden sentir herida su dignidad ni...
  7. sujeto: 6. m. Fil. Ser del cual se predica o enuncia algo.
  8. agente: 6. m. Persona o cosa que produce un efecto. 7. m. Gram. Expresión gramatical que designa la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo;
  9. actor: 1. m. y f. Participante en una acción o suceso.
  10. espurio: 1. adj. bastardo (‖ que degenera de su origen o naturaleza). 2. adj. falso (‖ fingido).



sábado, 20 de enero de 2018

Diez segundos

Fue hace más de cinco años cuando publiqué un artículo donde reflexionaba un tanto filosofalmente sobre la importancia de “Pensar antes de actuar”, poniendo especial énfasis en la primera fase del proceso, fase que, aún en acciones aparentemente irreflexivas, existe en todos los casos. Defendía en este artículo que “lo deseable es que este proceso sea racional y consciente” lo que nos debía llevar a hacer “lo que nosotros queremos hacer”. No trataba sobre los actos reflejos o instintivos, en especial los producidos por el instinto básico de supervivencia, lo que en una interpretación literal podía llevar equivocadamente a calificar estos últimos como “indeseables”. Nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que esta primera fase, como todo en la vida, consume tiempo, y este tiempo, en el caso de acciones reflejas o instintivas es muy corto. Tan corto que no somos conscientes de su existencia. Pero bienvenido sea porque nos permite apartar instintivamente la cabeza, aparentemente sin pensar, para evitar un puñetazo (1).

Lo que se va a tratar en este artículo es un caso particular de este proceso (pensar > actuar) que gravita sobre gran parte de los miembros de nuestra pequeña tribu entre los que sin comerlo ni beberlo me encuentro. Y lo defino como particular porque, en este caso, la acción, que es un término genérico, consiste en hablar, conversar, opinar o debatir (2). Y es en este caso y en este momento también particular de nuestro devenir existencial (3) cuando creo que es más necesario y conveniente “pensar antes de hablar” huyendo de calentones de boca o respuestas irreflexivas o instintivas vulgarmente definidas como hacer “lo que nos pide el cuerpo”.

Esto determina la necesidad de “pensar antes”, es decir, dedicar un cierto tiempo a esta fase, llevándola al terreno de lo consciente, permitiéndonos aceptar de buen grado las potenciales consecuencias de nuestros actos. En este caso, nuestras palabras.

Y ¿qué decir de estas potenciales consecuencias? Pues que dependiendo de tu interlocutor (4), de tu grado de “reflexión” y de tu acierto, pueden ser muy reales y nada buenas. Incluso relativizando estos factores, el riesgo de chasco o destrozo anímico es notable. ¿Vale la pena correrlo? A la respuesta de esta importante pregunta nos dedicamos a continuación. Y adelanto la respuesta: NO. Veamos porqué.

En línea con nuestra argumentación, se considera una buena práctica contar hasta 3 antes de dar respuesta a una cuestión importante. Y la que nos ocupa lo es. No puede ser menos puesto que divide a la sociedad. Ahora bien, en nuestro caso particular, debemos tener en cuenta que contar hasta tres sigue siendo muy rápido. No son los tres segundos que parece. Cronométrese y verá que le lleva un misérrimo segundo (otra cosa sería respirar profundamente y contar pausadamente a partir del 100: 101, 102, 103). En cualquier caso, incluso los tres segundos me parecen cortos. En el complejo y espinoso tema que nos ocupa me declaro incapaz de reflexionar e hilar argumentos mínimamente coherentes en menos de 10 segundos. Probablemente mucho más. Pero dejémoslo en estos diez. ¿Ustedes son conscientes de lo largos que son? Pruebe a mirar su reloj (obviamente, si tiene segundero) y suponga que durante todo este tiempo la conversación está suspendida, usted aparenta estar en babia, su interlocutor le dedica una mirada escrutadora y empieza a esbozar una sonrisa triunfante, dando por sentado que usted se ha quedado sin argumentos. ¿Puede haber algo más hiriente? A esto se suma el hecho de que los interlocutores lo tienen tan claro, tan interiorizado, tan asumido, que sus respuestas son inmediatas (diría que instintivas), invariablemente vestidas con trascendentes y aplastantes seudoargumentos de gran peso histórico, cultural o identitario, lo que hace que la ¿conversación? entre en una espiral que te lleva a aumentar tus tiempos de respuesta. ¿Qué sentido tiene seguir? Mejor dicho: ¿Qué sentido tiene empezar?

Me gustaría terminar con una figura metafórica. En la atmósfera terrestre la velocidad del sonido es de 343,2 m/s (a 20 °C de temperatura, con 50 % de humedad y a nivel del mar). Esto quiere decir que si mi interlocutor tarda 10 segundos en oír mi respuesta equivale a estar situado a una distancia de mí de 3.432 m (en las condiciones expuestas, a pesar de que la temperatura de la conversación, incluso la presión, con toda probabilidad subirá). Más de tres kilómetros. Indudablemente, en estas condiciones, resulta  humana y físicamente imposible mantener una conversación.

Diez segundos. Ésta es la distancia a que me encuentro de ellos. Física y conceptual. Por esto no converso: Pienso… y no actúo. Eso es lo que quiero hacer. Y esto es lo que hago.

NOTAS:
  1. Este tema se trata en mi canción “Mejor dudar”.
  2. Se excluye la palabra escrita. Es imposible escribir sin “pensar antes” (bueno, pensando en las redes sociales, la afirmación resulta excesivamente categórica).
  3. Me refiero ahora al otro “proceso”, al grande, al omnipresente, al absoluto, al …
  4. Deseo dejar muy claro que el “interlocutor” puede pertenecer a los dos Todos tratados en este artículo.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Todo(s)

¿Puede un elemento opinar sobre el Todo? ¿Puede un elemento independizarse del Todo y absolverse de toda responsabilidad en su crítica? ¿Tiene siempre el elemento su parte alícuota de todo en el Todo? ¿Existen responsabilidades específicas no proporcionales? ¿Responsabilidad es sinónimo de culpa? ¿Criticar el Todo es auto-crítica?

Los dos Todos
Estas son algunas de las cuestiones que me vienen asaltando desde hace tres días, fecha infausta en la que se confirmaron mis peores expectativas, acabando de forma abrupta con la remota y cándida esperanza de que la realidad¹ insuflase algo de racionalidad a los protagonistas de un proceso abducido por los sentimientos encontrados de un Todo que, en mi humilde opinión, ya son dos.

Y éste es el problema. Que deseo opinar, que deseo criticar, que me reconozco sin lugar a dudas como un elemento, pero que no soy capaz de identificar cuál es mi Todo, lo que me impide dar respuesta a estas cuestiones por la imposibilidad de fijar el blanco. Porque eso es lo que quiero hacer: disparar, pero… ¿a qué o a quién?

Empecemos por el asunto fundamental: ¿Un Todo? ¿Dos? ¿Tres? despojando al inclusivo vocablo de su pedigrí metafísico y asignándole, a los efectos de este artículo, el significado de colectivo o conjunto de elementos (en este caso, personas) habitualmente entendido como “la sociedad”. Y afirmaba que el Todo ya eran dos. Y resulta que esto no sólo lo digo yo, sino que es la opinión generalizada, opinión por otra parte de lo más objetiva si nos atenemos a la más elemental aritmética, vistos los resultados acumulados de las opiniones de cada uno de los elementos del Todo llamado a opinar por enésima vez en la infausta jornada anteriormente citada.

Pues bien, partimos de dos Todos. Pero, ¿qué sucede si alguien (en este caso, yo) no se considera miembro de uno ni del otro? ¿Significa esto que tenemos un tercer Todo? ¿Puede un solo elemento definirse como un Todo de algo? ¿No resulta extremadamente presuntuoso?

Debo reconocer que llegado a este punto ya no sé muy bien cómo continuar. Ni tan siquiera si vale la pena, aunque quizá sea oportuno recalcar que los dos Todos son permanentemente identificables por su obsesiva presencia en la realidad cotidiana, en los medios, en la familia, en los amigos, en las fachadas, en los balcones, en las aceras, en los pasos de peatones, en las farolas, en los estadios, en el deporte y, por acabar, en los lugares más insospechados, dándole significación relevante incluso a un simple color elemental, el amarillo, el cual, paradójicamente, comparten las enseñas identitarias de ambos. Lo que ya no resulta tan fácil de detectar es la hipotética existencia de un tercer Todo significativo, reducido aquí y ahora a su mínima expresión: mi persona, espacio donde, la verdad sea dicha, me encuentro de lo más a gusto.

Conviene también destacar que mi aversión atávica por los tribalismos², heredada de mi progenitor, me lleva a:
  • a) no sentir el menor interés por la búsqueda de “socios”, que indudablemente los habrá;
  • b) revalidar mi escepticismo político, heredado del gran Bertrand Russell y
  • c) reafirmar la existencia de un bucle tóxico perpetuado por la extracción (en la mayoría de ocasiones por sorpresa) de representantes de todos los Todos, en una permanente confirmación del dicho, expresado en genuina lengua autóctona, “d'on no n'hi ha no en pot rajar”³.
Es imposible pensar de forma distinta si nos atenemos a la contumaz insistencia de uno de los Todos en otorgar su representación a los mismos elementos que han fracasado estrepitosamente en llevar a cabo factualmente sus promesas, dejándolas en “simbólicas” (sic), simbolismo que, a pesar de ello, ha provocado consecuencias muy negativas y, éstas sí, muy factuales, para todos los Todos. Extraño caso de toma de decisiones basada en hechos, el ABC de la gestión eficaz y de la racionalidad. Extraño, pero, visto lo visto, no para todos: razón contra sentimientos⁴, la batalla eterna.

Y con esto finalizo mi intento de dar respuesta a la sarta de cuestiones iniciales. He opinado sobre el Todo, no me he absuelto, me aplico la parte alícuota de responsabilidad (incluso culpa) en el desaguisado y, por descontado, esto es también una auto-crítica. Muy poca Calidad, nula Excelencia de todos los Todos y, especialmente, de sus representantes.

Pero todo esto no impide que permanezca en mi personal, intransferible y minimalista cápsula, mi “tercer Todo”, donde juego el cómodo papel de representarme a mí mismo. Para bien o para mal.

NOTAS:
  1. No tomar en sentido conceptual o abstracto. Entiéndase como los hechos o sucesos concretos, probados, indubitables, fehacientes y pertinentes al proceso que nos ocupa.
  2. Aunque lo parece no es una incongruencia.
  3. "De donde no hay, no se puede sacar".
  4. Conviene puntualizar que si el componente sentimental (no racional) predomina en uno de los Todos, no está en absoluto ausente en el otro. Respecto al componente racional, sospecho maliciosamente que es usado de modo espurio por parte de los representantes de ambos Todos, con objeto de satisfacer sus inconfesables intereses partidistas o, más prosaicamente, de conservar sus prebendas y sillones.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Cajas con agujerito


Pedir lo imposible
solo es comprensible
cuando sabes que lo es.

Pues si no lo sabes
puede ser posible,
imposible ya no es.

Y si no es posible
pero tu lo haces creer…

Tu fin es perverso,
le pasas el muerto
a quien no lo puede hacer.

Como no lo puede hacer,
lo que tu sabes muy bien,
cargas contra él,
la gente también,
cerebros lavados en seco.

Solo hace falta un papel,
cajas con agujerito,
la pregunta express,
promesas y miel,
agravios, falacias y mitos.

Y si la pregunta es
¿puedo matar mi vecino?
mira TV3,
le huelen los pies,
si gano, las urnas lo han dicho.

Las urnas lo han dicho,
mato a mi vecino,
democracia es lo que es…

y si no le gusta
agua, ajo y vino,
democracia es lo que es.

Y si al intentarlo
va y te encarcela un juez,

no existe delito,
hubo un plebiscito ,
democracia es lo que es...

la coartada del sin ley...

Que importa el vecino…
democracia es lo que es…

Las urnas lo han dicho…
la coartada del sin ley…

Las urnas lo han dicho.


lunes, 21 de agosto de 2017

17-08-2017 Barcelona


17 de agosto de 2017


Qué es lo que hay que hacer
si es que eso puede ser,
si es que con lo que tú hagas
puedes algo resolver,
si es que tus pobres acciones
tienen aún razón de ser,
si es que no acaban hundidas
en un mar de insensatez.

Qué es lo que nos ha pasado
que nos lleva a padecer
esta suerte de barbarie,
esta maldad sin porqué,
esta irracional propuesta
en nombre de incierta fe,
cual macabra lotería
que nos golpea otra vez.

Qué es lo que lleva a muchachos
a creer que su papel
en esta vida terrena
es matar a fiel e infiel,
pues que nosotros sepamos
no les piden el carnet,
para tener como premio
cien huríes y el edén. 

Qué es lo que hace tan triste
vivir el día después,
asistir al espectáculo
que nos dan desde el poder,
observar con impotencia
su querer y no querer,
su cuidada equidistancia,
de sus miras la estrechez.

¿Alguien sabe lo que es?
¿alguien conoce la causa?
¿alguien conoce el porqué?
¿alguien tiene una vacuna?
¿alguien se siente culpable
de morirse a su placer?
¿alguien cree que algún día
los vamos a convencer?

Mientras tanto discutimos
si lo hago mejor que tú,
si tú me ocultas los datos,
si yo persigo otro fin,
primamos el enanismo,
la tribu y la acción local,
cuando es obvio que el problema
requiere visión global.

Mientras tanto no tengamos
una autoridad mundial,
unas leyes que superen
fronteras e identidad,
una sociedad que mame
igualdad y libertad,
este cáncer que sufrimos
crecerá y se extenderá.

Mientras tanto solo queda
nuestra solidaridad
con todos los fallecidos,
con familiares y heridos,
con treinta y ocho países,
con toda la humanidad,
con los que fueron culpables
de atreverse a ramblear.

Mientras tanto no se engañen,
si lo quieren arreglar,
viendo el perfil de los tipos
que nos deben liderar,
dado que los dirigentes
se extraen de esta sociedad,
será peor el remedio
que la propia enfermedad. 

martes, 24 de diciembre de 2013

Mejor Rechazar que Aceptar

«La verdadera libertad no consiste en PODER HACER lo que quieras sino en PODER NO HACER lo que otros quieren que hagas»:

Nunca veo el discurso del Rey, pero me gusta que esté ahí, cada año, permitiéndome no verlo. Hoy, en la TV de mi tribu, han convocado una huelga que, de forma para mí pueril y para ellos –supongo– imaginativa, se anuncia para el período exacto (al minuto) previsto para el discurso. Pues se van a fastidiar, porque hoy lo voy a ver. No entienden nada. Espero que la repitan con el discurso del «president». Conseguirán que, por primera vez, también lo vea. Ya me las arreglaré. 

La frase de apertura (1) y el párrafo anterior, me han asaltado tras escuchar —durante el aseo matinal— la noticia. Y la reacción en caliente ha sido publicarlas en Facebook, programa, aplicación o red social —que más da— que se está convirtiendo a pasos agigantados en mi particular muro de las lamentaciones, el cual, a modo de terapia y desahogo, cumple con la inestimable función de permitirme clamar en el desierto (2). Pero sucede que mi paseo matinal — como es habitual, pienso con los pies— me ha servido para desarrollar el tema que seguía martilleando en mi cabeza, hasta el punto de obligarme a aumentar el ritmo de zancada con objeto de verter el resultado en este artículo antes de que se disipase el recuerdo. Y con esto se acaba la introducción y empieza el desarrollo, el fondo del cual queda resumido fielmente en el título.

Aceptar o Rechazar. Ésta es la cuestión.

¿Cuál es la decisión correcta?
Partimos de la base de que la vida (3) nos somete a una continua exigencia de toma de decisiones y que las decisiones tomadas son las que, en un bucle cerrado y continuo, configuran y determinan nuestra vida particular presente y futura. Y que estas decisiones representan siempre una elección entre diversas opciones —normalmente muchas—, lo que la hace, en principio, difícil. Resulta pues obvio que nuestra vida se construye a partir de un sinnúmero de aceptaciones, el cual, siendo enormemente grande, resulta enormemente pequeño si lo comparamos con el infinitamente mayor número de rechazos que a lo largo de nuestra vida hemos practicado. Este planteamiento revela la mayor importancia cuantitativa y cualitativa del rechazo: como rechazamos mucho más que aceptamos, debemos asegurarnos de que rechazamos bien. Esta condición es la que, por sí misma, resulta necesaria y suficiente para asegurar una aceptación de calidad.

Justificada la importancia del buen rechazo en que es el que hace buena la aceptación, conviene dedicar ahora la atención a la sistemática que nos va a facilitar la toma de la decisión adecuada. En mi opinión, la clave está en la reducción de la variedad de opciones a dos. Y esto se consigue también mediante el rechazo. En tanto no nos quedemos con dos opciones, no hay ni que pensar en aceptar. Sólo debemos concentrarnos en rechazar. De forma racional y tras el oportuno análisis, pero rechazar, siempre rechazar.

Y si lo vemos desde la lógica, cuando ya sólo nos queden dos opciones, aceptar también es rechazar, porque si elegimos la opción que rechazamos rechazar, la aceptamos.

Valgan estas reflexiones para intentar revertir el tradicional sentido negativo que se asocia al rechazo y reivindicar para él un papel preponderante en la toma de decisiones, mucho mayor que la aceptación, mucho más propensa al clientelismo, el seguidismo y la comodidad derivada de la natural aversión de la especie humana hacia el esfuerzo y las dificultades que a menudo se ocultan tras el descarte de las opciones que se nos proponen (4).

Pero, claro está, este ejercicio retórico no pasaría de (mala) anécdota literaria si no se establecieran algunas condiciones para validarlo. El rechazo debe siempre responder a un análisis «razonablemente» racional, totalmente desprovisto de emotividad, sentimiento más que frecuente cuando nos encontramos en alguna disyuntiva. Debe estar apoyado en hechos, completamente exento de pueril pataleo, de afirmaciones de ego, de acción «reactiva» o «punitiva» frente a personas o ideas, debiéndose limitar de forma estricta al dominio o alcance de la decisión a tomar, con el objetivo de conseguir el máximo beneficio vital sin vulnerar los principios o compromisos representados en nuestra ética personal.

Sólo si se dan estas condiciones, el(los) rechazo(s) determinará(n) automáticamente la aceptación. Por lo tanto, repito, en este caso: Mejor Rechazar que Aceptar.

¡Qué gozada, un escenario en el que te pasas la vida sin aceptar nada. Sólo rechazando!

Notas:
1 – Perteneciente a mi catálogo de frases (casi) propias.
2 – Un desierto, la verdad sea dicha, con algunos oasis excepcionales.
3 – Entendida aquí de forma general, como un compendio de la existencia, el entorno, la sociedad, etc., etc.
4 – Ni que decir tiene que, frecuentemente, la aceptación irreflexiva de las propuestas tiene consecuencias mucho peores que el rechazo.

sábado, 12 de octubre de 2013

Solución, Disolución

Sin palabras...
De nuevo enfrentado al compromiso semanal de practicar el noble arte de la escritura llega el momento de elegir tema. Y debo decir que en esta ocasión me ha resultado muy fácil, circunstancia que, paradójicamente, también me ha resultado sumamente molesta y lamentable. De hecho, dado que he adoptado la cómoda fórmula de encontrar inspiración en sucesos recientes de cierta relevancia, hubiese preferido la rutinaria incertidumbre provocada, indistintamente, tanto por su ausencia como por su exceso. Pero esta semana, uno de ellos destaca de forma desmesurada. No por su brillo, sino por su oscuridad, por el profundo abismo negro, salado y húmedo, destino final de cientos de seres humanos que han encontrado, en una suerte de trágico ballet perfectamente sincronizado –éste es el verdadero hecho diferenciador–, la única verdad absoluta que nos ofrece la vida, que es, precisamente, la muerte. Y, perversamente, la han encontrado como respuesta a su búsqueda de una vida más larga y mejor, en un intento frustrado de prorrogar este momento inevitable, huyendo de las inhumanas condiciones de supervivencia en sus lugares de origen (llamarles países o naciones sería un eufemismo). Este suceso es el que, desde la cómoda posición de mi sofá y ejerciendo la parte alícuota de hipocresía que me corresponde como miembro de la especie –todavía– humana, ha actuado de catalizador de mi inspiración.

Pero como todo catalizador, en sí mismo no es el responsable del proceso mental desencadenado. Lo ha acelerado, a pesar de que, sin él, más tarde o más temprano, la cotidiana acumulación de sucesos de menor enjundia cualitativa y cuantitativa lo hubiera justificado plenamente. Otra cosa muy distinta es que, probablemente, no hubiesen despertado mi atención, pero ahora lo han hecho y es tal la avalancha de reflexiones que afloran que me obligan a adoptar un estilo forzosamente esquemático de enumeración no exhaustiva de hechos y comentarios, aparentemente inconexos, reflejados con la mayor fidelidad y espontaneidad.

Conviene también puntualizar de entrada que el indudable desahogo que representa verter por escrito estas reflexiones no ejerce papel alguno de antídoto sobre mi escepticismo vital, es más, refuerza mi convicción de que nos encaminamos a una especie de abismo indeterminado del cual será imposible salir a menos que se produzca el milagro –retórica pura– de una regeneración de los valores individuales –los colectivos son una simple consecuencia estadística– por uno de los dos únicos medios posibles: a) generación espontánea (autogestión, iluminación mística, instinto de supervivencia, etc.) o b) conducidos por pastores o líderes que ni están ni se les espera (opción de muy mal ver entre el sector progresista). En ambos casos, en mi humilde opinión, pintan bastos. ¿Tenemos, como especie humana, solución?
  • A finales de siglo –mañana mismo– seremos unos 10.000.000.000 (diez mil millones) de habitantes(1) en el sufrido planeta Tierra. Para hacernos una idea, unas diez veces los actuales usuarios de FaceBook. O sea, que faltan 87 años, que son los que han transcurrido desde 1926, es decir, ayer mismo. Pensemos en todo lo que ha pasado, en el enorme desarrollo científico y tecnológico –cuántica, genética, neurociencia, internet, etc.–, y, basados en ello, aceptemos que no tenemos ni la más remota idea de lo que pasará entonces ni de lo que pasará hasta entonces, pero que, indudablemente, visto lo visto, sin un giro social copernicano, no será nada bueno.
  • Nuestros líderes políticos(2) presentan un trastorno bipolar acusado, patentizado por la coexistencia de preocupaciones a cortísimo plazo futuro –unos pocos años– y a medio plazo pasado –unos pocos siglos–. Localmente, tenemos un ejemplo en la nueva ley de educación que, en un alarde de coherencia, ya han decidido eliminar tras las próximas elecciones y en la enfermiza conmemoración anual y explotación sentimental de antiguos acontecimientos –hoy mismo tenemos uno, el 12-O– ocurridos hace siglos, grave trastorno que les impide ver más allá de sus propias narices y consensuar medidas de largo alcance que trasciendan del miserable período electoral. ¿Cómo vamos a esperar que piensen en la imparable superpoblación mundial, si están preocupados exclusivamente por sus cuatro años de permanencia al frente de sus pequeñas tribus?
  • El espectáculo de la sala llena de ataúdes visitada por los próceres de la UE, abucheados por los habitantes de la pequeña isla, complementado por el teatral acto de contrición ante las cámaras y la promesa de solución del problema de la inmigración ilegal(3) es otro ejemplo de miopía política –en este caso, europea– ante el imparable fenómeno de la globalización propiciada por el aumento de la población y la consiguiente –y lógica– búsqueda de recursos de supervivencia. Huelga también comentar la falta de atención dedicada a este problema concreto –quizá el mayor al que nos enfrentamos como especie, incluso superior al manido calentamiento global– por la máxima organización supranacional, la ONU.
  • Existe un consenso generalizado en que la calidad de la educación es muy baja y está empeorando –ahora volvemos a nuestra pequeña tribu– y también observamos que nuestros líderes no consiguen el más mínimo acuerdo para poner solución a esta cuestión estratégica. Esto me lleva a concluir que, dado que los políticos se extraen de la sociedad y que la cultura de la sociedad empeora, estamos en una espiral decadente en la que nuestros líderes, los que nos deben conducir a buen puerto, son y serán cada vez más incompetentes. Todo esto sin considerar corruptelas o déficits morales, no dependientes del nivel cultural.
  • Se aprecia también una creciente corriente de opinión favorable a transferir –el término más utilizado es "devolver"– a la sociedad la responsabilidad de la toma de decisiones, haciendo gala de una fe sin límites en la capacidad de la misma de autogobernarse, capacidad sobre la que albergo dudas superlativas, en especial en un mundo global superpoblado. Por descontado, el argumento se podría resumir en el siguiente eslogan: «la solución es la disolución», teniendo un ejemplo local paradigmático y en cierto modo justificado, en la evidente inoperancia –ganada a pulso– del Senado.
  • También resulta sintomática la ceguera –más que miopía– de los políticos locales de medio pelo, los cuales, con sus esfuerzos centrifugadores y desintegradores, prefieren hacer tabla rasa y lanzar a sus comunidades a una piscina –más pequeña– sin agua en lugar de mejorar lo existente. De nuevo, «la solución es la disolución». Todo lo contrario a la globalización, que es concentración, y a la anticipación ante un imparable y, en mi opinión, deseable, futuro próximo sin fronteras.
Y en el supuesto de que, con diez mil millones de habitantes, persistan las fronteras –lo cual no es en absoluto descartable–, el escenario que se dibuja es escalofriante. Un verdadero quebradero de cabeza para progresistas y conservadores. La fronteras delimitarán guetos autodefensivos a modo de las murallas de la ciudades medievales –con sus señores feudales y todo–, que pretenderán defender a la sumisa y agradecida colectividad de la invasión de las hordas de hambrientos y menesterosos que serán los que estén «fuera». Lampedusa elevado a la máxima potencia. Triste futuro y también triste conclusión: Escepticismo y Pesimismo, ambos referidos a la especie humana y a su subconjunto de líderes, dirigentes y, en suma, políticos (por favor, leer de nuevo el párrafo anterior a la enumeración).

La mejor «solución».
Hoy pues, mucha Política y, en consecuencia, poca Calidad, poca Excelencia y poca Ética. Ya está escrito. Aunque, con objeto de terminar con algo mejor sabor de boca, se me antoja interesante jugar un poco con el lenguaje y explorar las distintas acepciones que nos ofrece el título. Hasta ahora los hemos utilizado en su forma social, entendiendo por solución la «acción y efecto de resolver una duda o dificultad» y por disolución «relajación y rompimiento de los lazos o vínculos existentes entre varias personas». Pero su acepción físico-química es algo más optimista: solución y disolución son sinónimos y significan «una mezcla sólida y homogénea de dos o más sustancias». Quizá por mi formación más técnica que humanística, me quedo con esta última. Porque, en el fondo, todos somos iguales.

«Muchos saben «qué» hacer, pero pocos «cómo» hacerlo.¿Para qué sirven los diagnósticos si no se aplican las terapias adecuadas?».

«Todo plan digno de tal nombre nace para ser modificado. Esto es sistemáticamente ignorado por los políticos que, de forma ingenua o perversa –que más nos da–, siempre nos venden sus planes como si fueran fórmulas mágicas inmutables».

«Los mayores crímenes son los que suelen expresarse mediante estadísticas, diluyendo la quemazón del horror en la insensibilización provocada por los fríos números».

Notas:
1 - Este es el nombre más apropiado. Personas, hombres, humanos, etc. admiten mucha controversia.
2 - Locales, autonómicos, nacionales, europeos y mundiales.
3 - ¿Acaso la van a legalizar?  

domingo, 30 de junio de 2013

El Verdadero Enemigo

Resulta verdaderamente cansino escuchar y leer constantemente sobre una supuesta conspiración universal cuyo único propósito consiste en fomentar y explotar nuestra ignorancia en su propio beneficio. A esta conspiración global, se la denomina frecuentemente El Poder –así, con dos mayúsculas– considerándola responsable de todos los males que aquejan a la humanidad. Este hipotético hecho, por supuesto absolutamente inverificable, es defendido hasta la saciedad por una cohorte de iluminados paranoicos a los que les concederé –no a todos– el beneficio de la duda, atribuyéndoles la mejor de las intenciones –el bien común–, lo que no les absuelve de su acusada ingenuidad y miopía intelectual, así como de su inocultable querencia por la filmografía de James Bond, fuente inagotable de conspiradores, entre los que destacan la pérfida y malvada organización Spectra(1).
El Poder

Por propia experiencia, resulta absolutamente imposible establecer un diálogo racional con ellos, los cuales, indefectiblemente, como corresponde a los poseedores de la Verdad Absoluta, se sitúan –algunos incluso se lo creen– en un plano intelectual y ético superior, además de derivar el discurso, en las raras ocasiones en que se avienen al debate, hacia un maniqueísmo político en el que siempre te etiquetan con el papel de «facha», retrógrado, miembro de la «derechona», representante del Mal, defensor de los privilegios de la Casta Dominante y lacayo del susodicho Poder, hasta el punto de que me han crecido callos mentales, a pesar de mi vetusta y desgastada por el uso chichonera virtual.

Dada la imposibilidad de ponerle cara y ojos al Poder único, acostumbran a definirlo como una federación de organizaciones –son particularmente sensibles a los G...x, aunque la UE está ganando muchos puntos–, foros –por ejemplo, el Foro Económico Mundial de Davos(2)– y personas físicas, entre las que destacan Angela Merkel y Barack Obama, al que empiezan a considerar un traidor, una fotocopia borrosa de George Bush, diablo por excelencia. Todo ello sin olvidar «el lado oscuro», «la fuerza», el «poder oculto», constituido por falsas identidades escondidas tras apariencias inocuas o ejemplares, es decir, buenas de solemnidad. De darles crédito, uno debería imaginarse a todos estos personajes juntos –físicamente o en tele-conferencia–, sonriendo malévolamente, frotándose las manos y contando los montones de dinero –en cash, por descontado– al estilo del Tío Gilito, ínclito personaje de los dibujos animados del Pato Donald.

Pero, desafortunadamente –enseguida veremos porqué–, nada más alejado de la realidad. La lógica, la razón, la triste condición humana y el realismo histórico nos lleva a concluir que cada uno de estos personajes –en realidad, la mayoría de los dirigentes y líderes de cualquier categoría– se representan a sí mismos y, como mucho e indirectamente, simulan servir a los intereses de sus dominios de poder –electores, accionistas, etc.–, con el perverso objetivo de asegurarse su posición dominante o la re-elección –vulgo, «poltrona»–, situándose, como hipotético grupo, en los antípodas de una organización coherente con una comunidad verdadera de intereses. Esto es lo que es El Poder universal: Nada. Sobra el mayestático artículo determinado. Lo más que les concedo es que cada uno de ellos representa «un poder» local (con dos minúsculas) y que la suma de todos ellos no sólo no genera sinergia alguna –de hecho, algunos incluso se anulan–, sino más bien un batiburrillo de intereses y deseos que, es de ley reconocer, pueden llegar a ser notablemente molestos –incluso tóxicos– para los simples mortales.

Abona la improbabilidad de su existencia como grupo y su egoísta individualismo la evidente desconfianza existente entre ellos –entre unos más que otros– patentizada por las escandalosas y no desmentidas informaciones de Assange y Snowden –a los que me resisto a calificar de altruistas hermanitas de la caridad– relativas al espionaje realizado por Obama y Cameron al G20 en 2009 –¿sólo?–, a la UE y, supongo, a todo lo que se pone a tiro. Por descontado, el hecho de que no conozcamos las mismas deleznables prácticas por parte de otros miembros del fantasmal Poder oculto no nos debe preocupar lo más mínimo: sin descartar el maniqueo sesgo político, defensor de que «el fin justifica los medios» sólo si viene del lado correcto –el suyo, por descontado–, si existen –la opción más probable– son más hábiles para ocultarlas y si no existen no es porque no lo deseen, sino porque no saben o no pueden(3). No nos engañemos: de escrúpulos morales, nada y menos.

Nos lamentábamos antes de la no existencia de El Poder. Veamos porqué. Ojalá existiese. Esto nos daría un objetivo al que apuntar. Nada es más difícil que luchar contra lo desconocido. Porque esto es lo que es. Incluso para los que defienden su existencia e incitan a luchar contra Él. Juegos florales. ¿Contra qué o quién? ¿Cómo? Mucha pose y mucho mover el culo. Pero nada de nada. Qué lejos están de los que realmente luchan, de los que actúan y no pregonan utópicas conspiraciones universales, sino que sufren en sus carnes el efecto de personajes de mínima catadura moral(4) que desde su parcela de poder –políticos, alcaldes, policías, jueces, funcionarios, chóferes de autobús, ventanilleros administrativos, cajeros de supermercado, etc. etc.– desde la proximidad, desde el día-a-día, te someten a sus arbitrarios designios con el único objetivo de reafirmar su ego y perpetuarse en el cargo. Éstos son El Enemigo. Ésta es la mayor agresión. Y no es colectiva ni se ejecuta desde alejados y ocultos foros de Poder, sino individual y ejecutada desde ahí mismo por personajes a los que, en muchos casos, hemos elegido nosotros mismos. Y esta extremada fragmentación es la que hace difícil la lucha. Demasiados mosquitos. O quizá mejor, cucarachas.

Ya vamos desbrozando el camino. El Enemigo se encuentra en la proximidad. En estas personas que por elección «democrática», suerte, designación interesada, pesebrismo o, porqué no, disputada y difícil oposición, han conquistado una parcela de poder y un sueldo + prebendas(5) que quieren mantener a toda costa, pasando por encima de lo que sea, incluso de los más elementales principios éticos. Caiga quien caiga. Y resulta que el que cae es siempre el otro. Me pregunto lo que les importa El Poder, Davos, Obama o Merkel. Nada. Pero hacen más daño objetivo que todos ellos juntos.

Hablemos ahora de «los otros». De los que sufren los desmanes de «los unos» y que callan o despotrican. De los que asisten impávidamente al cotidiano espectáculo que ofrecen políticos elegidos por ellos mismos discutiendo sobre el sexo de los ángeles o por lo que es casi lo mismo: unas décimas de nota de corte para becas, el número áureo de horas de enseñanza de lenguas no tribales o la formación de religión –aquí lo de los ángeles resulta especialmente apropiado–, cuando estamos a la cola de la OCDE, estos mismos políticos han gastado más, nuestros maestros cobran también más y tienen menos alumnos, todo ello referido a la media de esta organización. Estos mismos políticos que nos están mareando con constantes cambios de planes educativos y descalificaciones ad personam más propias de una taberna o de un patio de colegio. También esos «otros», son El Enemigo. Por su pasividad. Por pedir subvenciones. Por esperar que esta pandilla de interesados inútiles les resuelva los problemas o les conceda un momio. Y a pesar de lo cual, o precisamente por eso, les siguen votando.

Los «otros» también son los que ven un robo o un accidente de tráfico y, por no tener problemas, no se alteran y siguen como si tal cosa. Los que, si pueden, se cuelan en la cola del supermercado o del cine. Los que, conduciendo, invaden la zona de exclusión en los cruces y miran con cara de tonto al que se queja y que, por descontado, hace lo mismo –más tarde y en otro cruce, por supuesto– y que tocan el claxon si el idiota que les precede no hace lo mismo. Los que adelantan por el arcén. Los que no pagan en el transporte público. Los que ensucian los espacios públicos con detritos corporales y botellas vacías –enteras y rotas– entre los que chapotean con satisfacción, aunque no consta que se revuelquen. Los que no recogen la caca de su perro. Los que hacen todo eso delante de sus hijos. Los del «ande yo caliente, ríase la gente». Todos estos, y muchos más, son El Enemigo. Están cerca y por todas partes. Incluso dentro de nosotros mismos. Imposible tarea, inabordable desde una perspectiva individual. Porque la solución –es un decir– llegará a ser exigida y, si llega, será colectiva y traumática. La Historia nos ha dado muchos ejemplos. Será impuesta. Y, como tal, injusta. Pero esto es lo que hay. Es la propia condición humana. Nos gusta ser conducidos. Pero nunca nos gusta cómo nos conducen. Desagradecidos. Mientras tanto, procurar ser una anomalía estadística y dar ejemplo.

Por esto, desde el más profundo escepticismo, concluyo:

«Olvidémonos de conspiraciones. El Enemigo somos nosotros mismos». 

Notas:
1 - SPECTRE (SPecial Executive for Counter-intelligence, Terrorism, Revenge and Extortion; en español SPECTRA: Ejecutivo Especial para Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión) es una organización secreta terrorista que aparece en las novelas británicas escritas por Ian Fleming sobre el espía James Bond, y en las películas y videojuegos basados en esas mismas novelas. Dirigida por el malvado Ernst Stavro Blofeld, la organización apareció por primera vez en la novela Operación Trueno y en la película Dr. No (Wikipedia).
2 - No todo será malo. Entre 1928 y 1929 se realizó en la ciudad un encuentro entre los filósofos Martin Heidegger y Ernst Cassirer en el que debatieron acerca de la conveniencia en la continuidad o no del pensamiento kantiano, acontecimiento al que acudieron importantes personalidades como el pensador judío Emmanuel Lévinas, entre otros. (Wikipedia).
3 - Incluiremos en este grupo a los despechados, a los que como apestados son apartados de los foros del Mal, a los que los critican pero que, si pudiesen, les encantaría ser invitados y practicar el mismo jueguecito y que, mientras tanto, para entretenerse, montan minúsculos «grupitos» prácticamente inofensivos, excepto para sus «administrados», normalmente, a la fuerza. Suele darse el caso de que estos personajes excluidos son también fervientes defensores de la teoría de la conspiración universal y gozan de la simpatía de los poseedores de la Verdad, de los visionarios que tienen la suerte de verlo todo claro.
4 - Éstos y sólo éstos. Sin generalizaciones. También los hay ejemplares.
5 - Procedentes de corrupción o no.

domingo, 9 de junio de 2013

¿Conservador o Progresista?

Pues no lo sé. Sorprende la facilidad con que se etiquetan comportamientos o perfiles vitales, dando por supuesto que una simple palabra encierra todos los infinitos matices que caracterizan el pensamiento humano y que acoge bajo su simple enunciado a un colectivo(1) por definición diverso y plural. Otro tanto se puede decir del persistente empleo de ambos términos contrapuestos, en un estéril e ingenuo intento de simplificar lo insimplificable, de reducir a un planteamiento discreto y binario la totalidad del espectro(2) político, el cual, si atendemos a los sufridos electores, cubre de forma continua toda la gama de grises(3) entre el también binario «blanco» y «negro» con el que se califican y agreden mutuamente(4) los líderes de cada bando.

El tercero no lo sé etiquetar.
Viene todo esto a cuento de que la actividad política de la semana se ha llenado de estas dos etiquetas, colgadas a los nuevos –y antiguos– miembros del renovado Tribunal Constitucional, garante de la pureza de nuestra Carta Magna, sometiéndoles a una perversa contabilidad, a mi modo de ver, simplista y, hasta cierto punto, denigrante. Y de nuevo, me ha brindado tema de reflexión. Será porque, a pesar de mi escepticismo, resulta imposible abdicar del efecto que la política causa en los administrados a los que todavía les queda un rescoldo(5) de interés. Y este interés, hoy por hoy, en mi caso, se limita a la extrapolación de los comportamientos de los políticos, de los que se supone son nuestros líderes, de los que debieran dar ejemplo, de los que hemos elegido para que nos gobiernen para bien de todos nosotros, a la ética personal, al comportamiento individual. Y claro está, si ellos se etiquetan de forma tan simplista, debo suponer que su distorsionada imagen de la sociedad les indica que sus miembros deben adscribirse a una u otra opción, lo que me lleva a la pregunta inicial: ¿Qué soy yo? ¿Conservador o Progresista? Pues no lo sé. Porque no sé lo que significa(6). Empecemos por los «conservadores».

Conservadores:
La primera duda que me asalta es qué es lo que conservan. Porque según sea me gustará o no. En principio, «conservar» es bueno. Evoca el paradigma de «sostenibilidad», modelo de lo hoy «políticamente correcto». Nadie me negará que todo lo sostenible debe conservarse. Por lo tanto, de una forma objetiva –si ésto fuese posible–, todos deberíamos ser conservadores. Pero se me antoja que la cosa no va por ahí. No estamos hablando de la Gaia de Lovelock, ni de la biodiversidad, ni del cambio climático, sino de las miserias humanas, de la política y, claro está, aquí la objetividad brilla por su ausencia. No se puede «conservar» lo malo, entendiendo como tal unas ideas periclitadas tendentes a perpetuar privilegios e injusticias sin fin sobre la humanidad(7). Todo esto desde la óptica sesgada y dogmática del bando «progresista».

Progresistas:
Tampoco está claro hacia donde orientan su «progreso». Porque esto es crucial para apuntarse o no. En principio, sorprende que este calificativo se lo autoasignen. Es decir, los progresistas presumen de serlo. Se ponen las medallas ellos mismos. Y, normalmente, son los que denostan a sus adversarios etiquetándolos de «conservadores»(8). También resulta sorprendente que sean acérrimos conservadores de sus logros con lo que se homologan a sus opuestos, en una suprema demostración de inconsistencia. En otro alarde de simplificación, su discurso tiende a asociar su «progreso» con la búsqueda del bien común, del bien de la mayoría, en contraposición a los «conservadores», perversas gentes de buen vivir únicamente preocupados por el bien de sí mismos.
   
Conclusión:
Menudo dilema. La verdad es que ayudan poco con su ejemplo diario, el cual contradice continuamente sus planteamientos teóricos. Y no iré más allá porque este no es un blog político. Terminaré intentando extraer algo positivo de la enorme duda. Creo que soy las dos cosas, lo que viene a ser lo mismo que no ser ninguna. Sin duda, esta posición puede parecer aséptica, acomodaticia o simplista, pero tras este análisis no puedo hacer otra cosa que reforzar mi escepticismo. En buena lógica, esta posición equidistante se podría calificar de «centrista», aunque no la acepto porque presupondría la existencia de los extremos defendidos por los simplificadores, los cuales –ambos– no tendrían ningún reparo en calificarla de «liberal» y tampoco tengo demasiado claro el significado de este nuevo término.

En resumen, nada de centros ni equidistancias. Una ética personal de calidad debería ser capaz de tomar lo bueno que existe en cada etiqueta y huir de generalizaciones. Conservar lo conservable y progresar en el buen sentido. Menudo descubrimiento. A ver si al final resultará que, a mi manera, soy «liberal», en el sentido de defender la libertad y los derechos individuales en la medida que no vulneren los de los demás. Norma única.

Karl Popper dijo sobre la limitación de la libertad:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo replica: «la libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino»
El juez... ¿Conservador o Progresista?

1 - Nótese que me he abstenido de emplear el término «rebaño».
2 - No se tome «espectro» en su acepción de «fantasma».
3 - Caramba con el lenguaje. ¿La política «gris»? Qué va!!!
4 - Evidentemente, ambos reclaman para sí el «blanco».
5 - En mi caso, ya muy frío.
6 - Y dudo que ellos lo sepan (ni les importe).
7 - Normalmente, se conforman con hablar de su pequeña tribu.
8 - Ignoro la causa por la que los conservadores no presumen –normalmente– de serlo. Quizá se deba un atávico complejo de culpabiidad nunca presente en el progresismo. Incomprensible, pues ambos tienen mucho de lo que olvidarse.

domingo, 10 de marzo de 2013

(in)Competencia

Henos aquí de nuevo ante el papel en blanco (metáfora). Y con un tema que retumba constantemente en la cabeza de los sufridos seres humanos que deben soportarla, repartida generosamente por quienes ostentan el papel (delegado o no) de conductores del rebaño o de líderes/gestores de la tribu. Y no se trata de recurrencia en la crítica política sino de simple constatación de un hecho que nos puede dar pie para extrapolar el concepto desde el ámbito de la política (empresa de todos) al de la ética personal, que es, en último término, el que nos importa. Empecemos pues.

Requisito: clavar el clavo.
En su día ya justificamos que la vida (incluso la política) puede ser vista como una empresa, ámbito donde –al margen de su pésima fama- se han desarrollado y aplicado –menos de lo deseable- los dos principales conceptos que dan título a este blog, afirmación que se puede hacer extensiva a la competencia. Quien haya seguido sus distintas entradas también habrá percibido un denominador común en mi pensamiento: la necesidad de gestionar los tres ámbitos (personal, político y empresarial) con un criterio basado en la Calidad y en la Excelencia, a los que ahora vamos a añadir la Competencia, profundamente relacionada con ambas. A definir el concepto y a establecer su relación es a lo que nos vamos a dedicar hoy.

Pero… ¿qué significa Competencia? Según la segunda acepción del RAE, «Pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado». Según la norma ISO 9000:2005 (3.1.6), «Aptitud demostrada para aplicar los conocimientos y habilidades». Por último, ISO 9001:2008 en 6.2.1 establece «El personal que realice trabajos que puedan afectar a la conformidad con los requisitos del producto debe ser competente en base a la educación, formación, habilidades y experiencia apropiadas» y el 6.2.2 a) «Se debe determinar la competencia necesaria...». Por lo tanto, podemos concluir lo siguiente:
  • La «conformidad con los requisitos del producto» es aplicable a cualquier actividad. Todo producto es el resultado de un proceso y, consecuentemente, debe tener requisitos, concepto que hemos dejado claro en multitud de ocasiones: en el ámbito político, el primer requisito debe ser el cumplimiento del programa electoral y en el personal, el cumplimiento de los compromisos adquiridos voluntariamente y que conforman nuestra ética;
  • Para conseguir dicho cumplimiento se debe ser «competente»;
  • Que la «competencia» se apoya en una o más de estas cuatro patas: educación, formación, habilidades y experiencia;
  • Que esta «competencia» nunca es absoluta y universal sino que es relativa y particular. Es decir, debe «determinarse» para cada ámbito, trabajo o actividad específica. Todos somos o no somos competentes «en algo».
Sabiendo ya de qué estamos hablando, entremos en sus aspectos cualitativos y cuantitativos. La primera impresión es que competencia e incompetencia son complementarias. O, lo que es lo mismo, que su suma es una constante. Nada más lejos de la realidad. En primer lugar, vamos a establecer la relación existente entre competencia y calidad. Y como calidad es eficacia, entre competencia y eficacia. Así como la eficacia -y la calidad- es un grado y puede medirse en una escala de cero a cien, entendemos que la competencia es un estado. Que «se es» o «no se es». En otras palabras, se es «competente» o «incompetente», en la medida en que cumplas o no los requisitos o los compromisos adquiridos voluntariamente.

Ahora bien, establecida la definición de incompetencia como la falta de aptitud o de capacidad para cumplir con los compromisos adquiridos, vamos a profundizar un poco en la competencia, en especial en su relación con el campo de la excelencia o, lo que es lo mismo, con la eficiencia. Una vez somos «competentes» (eficacia 100%) podemos avanzar en la mejora gracias a la optimización –o reducción- de los recursos empleados. Por lo tanto, dentro de la competencia, siendo un estado, pueden darse grados. Así como un «incompetente» bastante tiene sin adjetivos, se puede ser «simplemente» competente, «muy» competente o «extremadamente» competente. Todo ello en función de la eficiencia –que no eficacia- demostrada en el cumplimiento de sus obligaciones (requisitos, compromisos, etc.)

Y para terminar, volvamos al principio. Todos tenemos una función que desempeñar en cada momento. Y la calidad y excelencia en el desempeño de esta función (el producto) esta determinada por nuestra (in) competencia. Esto es aplicable a cualquier persona y cualquier función, incluidos los líderes y gestores de la tribu. Ya sea por la indeterminación de la competencia necesaria –en la tribu, cualquiera puede ser «jefe»- como por incompetencia congénita o voluntaria –que la hay-, los resultados son desastrosos en todos los ámbitos (político, económico, educativo, sanitario, judicial, etc.). ¿Qué podemos hacer desde nuestro pequeño oasis personal? Además de gestionar adecuadamente nuestro voto (o no-voto), procurar no caer en los mismos errores:
  • No adquirir compromisos más allá de nuestras capacidades o de nuestra competencia;
  • Si resulta inevitable, aumentar nuestra competencia (educación, formación, habilidades, experiencia) con las acciones que estén a nuestro alcance;
  • Dar ejemplo. Como dijo Einstein: «Dar ejemplo no es la mejor forma de influir en los demás. Es la única».
Una última reflexión: No resulta fácil detectar la incompetencia, ni aún en nosotros mismos (los incompetentes «pata negra» son especialistas del camuflaje). La clave está en el (re)conocimiento de los compromisos adquiridos y en la evaluación de su cumplimiento. En el caso de la política, lo más evidente –por situarse en el primer nivel– es el incumplimiento del programa electoral, pero en otros ámbitos, incluido el personal, no resulta demasiado fácil. No conviene repartir etiquetas de incompetencia sin mirarnos detenidamente al espejo. Para minimizar el riesgo, definamos y tengamos claros nuestros compromisos. Aunque sean pocos. Pero seamos coherentes y procuremos cumplirlos. Seamos «competentes». A ser posible, con adjetivo.

«Incompetencia más incompetencia es igual a incompetencia» (Teorema de Peter).

«El vidrio caliente tiene la misma apariencia que el vidrio frío» (Primera ley del laboratorio).

domingo, 3 de febrero de 2013

La inacción activa

"Así como el silencio puede ser estruendoso, no actuar puede ser la acción más potente". Así finalizaba, ayer mismo, mi último artículo: negándome a actuar de forma rotunda ante una solicitud concreta respecto a los líderes de la tribu. Me gustaría empezar hoy justificando brevemente el porqué de abordar este tema aquí y ahora. La explicación radica en una especie de mal sabor de boca que no me ha abandonado desde su redacción y publicación. Esta sensación de incomodidad, en principio difusa, se fue concretando al mezclarse mi "inacción", probablemente mal expresada y, consecuentemente, mal entendida, con la lamentable y aguda crisis que está sufriendo el colectivo "nacional", influenciada en mayor o menor medida, en su faceta económica, por factores externos y con la evidencia objetiva de que la enfermedad se ha extendido de forma virulenta y cancerígena -en ambos casos, autóctona- a las esferas judicial y política. Entonces, el detonante de este artículo es el deseo de que esta "inacción" quede debidamente justificada y arropada en el marco de la ética personal. Conviene también indicar que, al margen del hecho concreto y local que se aborda, el artículo pretende adoptar un enfoque de aplicación general a colectivos de características similares.

Justicia, Economía, Política
Estos tres conceptos representan la interfaz entre el individuo y la colectividad. Son las tres patas en las que se sustenta un colectivo, con independencia de su alcance. Así como los conceptos citados determinan los aspectos cualitativos que caracterizan y cohesionan el colectivo (en otras palabras, su moral), el alcance establece su dimensión cuantitativa y responde a criterios convencionales de agrupación universalmente aceptados. De menor a mayor (con sus variantes nominales), los definiremos como familia, municipio (pueblo, ciudad), supermunicipio (región, país, autonomía, cantón), estado (nación, reino, república), superestado (federación, confederación) y, con alcance universal, la Organización de las Naciones Unidas.

En todo colectivo es preciso gestionar adecuadamente los tres conceptos citados, siendo la calidad y la excelencia de esta gestión la que caracterizará el nivel de satisfacción, incluso la felicidad, de los miembros del conjunto. Continuando con la introducción del tema, nos aventuramos a establecer incluso el orden de precedencia entre ellos, que corresponde al establecido en el título, orden que justificaremos adecuadamente y que, en ningún caso, anula o atenúa la fuerte correlación entre ellos.    

Creemos que la justicia o, más bien expresado, la necesidad de administrar justicia, fue la primera en aparecer. Cuando los individuos formaron la primera colectividad, fue preciso establecer unas reglas de convivencia que mantuvieran la cohesión del grupo en orden a asegurar su supervivencia, tanto frente a problemas internos como a peligros externos. Una administración equitativa e imparcial de la justicia, tanto a nivel familiar como tribal, sería entonces el cemento que asegurase la permanencia y la estabilidad como grupo. Por lo tanto, creemos que la justicia es el bien primordial que debe primar sobre los demás. A continuación, parece lógico que un colectivo que asuma su condición de buen grado, encuentre la forma de gestionar adecuadamente los bienes personales y la contribución de la "riqueza" individual al mantenimiento de la colectividad, con lo que queda inventada la economía. Esto nos deja en último término -quizá es sintomático- a la política, a la que definiremos como un sistema creado para establecer las responsabilidades en la determinación y administración de las normas que deberían aplicarse en los ámbitos judicial y económico.  

Este escrito pretende reflexionar de forma bidireccional: por una parte, sobre la relación del individuo con la colectividad, analizando su capacidad de influenciar, incluso determinar, la calidad de los tres conceptos y, en sentido contrario, el impacto de la calidad y la excelencia de la gestión judicial, económica y política del colectivo sobre el propio individuo, conformando un sistema de bucle cerrado que gira siempre en torno al mismo. Esta circunstancia se olvida con frecuencia y es la que vamos a abordar desde la óptica de nuestra ética personal, la cual, como hemos repetido hasta la saciedad, está representada por nuestros compromisos adquiridos voluntaria y racionalmente con el entorno próximo y lejano.

¿Cómo afrontar la grave situación colectiva desde la ética personal?
Resulta evidente que la justicia, la economía y la política son conceptos que aparecen y adquieren su dimensión efectiva cuando se aplican a nivel colectivo. Los conceptos de autojusticia, autoeconomía o autopolítica son inaplicables por el hecho elemental de que gestor y gestionado son la misma persona. Podemos pues afirmar que todo empieza por la relación del individuo con el colectivo de menor dimensión, con su entorno próximo, con la familia. A nivel general, todo individuo que ostente la condición de líder debe asumir la responsabilidad de gestionar adecuadamente al colectivo sobre el que tiene influencia directa. Esto implica aplicar justicia de forma imparcial y equitativa, gestionar la economía con eficacia y conducirse de forma políticamente satisfactoria. Es en el entorno familiar, debido al reducido número de individuos, donde debería ser más fácil respetar estos principios. Pero esta facilidad teórica es engañosa ya que se ve mediatizada por el efecto rebote que presiona desde la moral del colectivo de orden superior. Esta moral colectiva, la percepción de una justicia ineficaz e "injusta", de una economía despilfarradora y de una política corruptora, corrupta, endógena y de clase, es capaz de contaminar los mejores esfuerzos y voluntades a nivel individual, transmitiéndose a los individuos la sensación de que "todo el monte es orégano" y el deseo de participar en el reparto.

No conviene olvidar que en colectivos de orden superior, justicia, economía y política se gestionan también por personas, por individuos que, si aplicasen los mismos principios que deberían aplicar a nivel familiar, no se comportarían de forma despótica, no se gastarían más de lo que tienen ni antepondrian su interés personal al de su propia familia. Y si lo hicieran, darían la justa medida de su mezquindad, justificando la deplorable situación en la que nos encontramos.

Por lo tanto, todo se reduce al individuo. El mismo individuo que se queja violentamente y sale a la calle cuando ve recortadas sus prebendas, las cuales, en muchos casos le han sido dadas por los individuos que, formalmente, le representan, en un intento nada camuflado de asegurar su permanencia en el gratificante puesto. Es necesario resaltar que a nadie le amarga un dulce y que los ahora indignados no protestaban en absoluto cuando los individuos ahora criticados les ponían al lado de casa un aeropuerto, un hospital, una autopista con salida privada o un AVE con apeadero. De hecho, respondían a estas iniciativas con los adecuados votos a estos eficaces y eficientes gestores, repartidores de caramelos. Aunque esta situación, aún siendo mala, sería digerible si a esta ineficacia e ineficiencia no se sumara una sensación de corrupción generalizada no aclarada de forma mínimamente creíble, azuzada por intereses bastardos cuya única motivación, disfrazada de indignación legítima, es "darle la vuelta a la tortilla". La pata de la justicia, formada también por individuos, juega también su papel de tortuga agotando la paciencia de quien todavía mantiene una cierta confianza en su teórica imparcialidad, independencia y equidad.

Las causas
De la pata política ya hemos hablado, aunque añadiremos que la imagen que proyecta es que no se siente responsable respecto a los electores, sino al sub-colectivo al que pertenece, que es el que realmente le nombra al incluirlo en las listas electorales. Esta es la causa principal y sólo la eliminación de la causa podrá evitar la repetición del problema. Esta es la base, el ABC de la mejora de la calidad. Cambio de ley electoral, listas abiertas, circunscripciones de electores y responsabilidad ante ellos. Si no es así, tendremos más de lo mismo: un sistema cerrado que se autoalimenta en su ineficacia, ineficiencia y servicio a intereses bastardos y perversos.

Las acciones
Me molesta leer que ha llegado el momento de pasar a la acción, que debemos salir a la calle, que los filósofos, intelectuales y pensadores deben tomar partido por exigir la dimisión, por acabar con la corrupción, por... Pues no estoy de acuerdo. Y no acepto acusaciones de pasotismo. La primera acción individual es dar ejemplo permanente al entorno con una conducta ejemplar. A continuación, hay que evitar contribuir a la algarabía, a la confusión, al aumento del deterioro de la convivencia, al alboroto del gallinero, a las manifestaciones manipuladas por intereses bastardos. En lugar de solicitar dimisiones y nuevas elecciones que no harían otra cosa que perpetuar el sistema, me gustaría que individuos racionales, inteligentes, independientes y no contaminados propugnasen un verdadero cambio de paradigma. Que, en lugar de solicitar dimisiones, hablasen de los medios sesgados y apesebrados. De la utilización selectiva de filtraciones. De la falta de análisis independientes e inteligentes. De la presencia pasiva de los periodistas a lecturas de comunicados sin permitirles formular preguntas. De atriles tras los que se escudan políticos de mirada altiva dirigiéndose a públicos cautivos. De ser acusados de no comprender a los gestores. De individuos que ingresan desde bebés en la versión actual (siglo XXI) del Frente de Juventudes y medran en sus organizaciones hasta alcanzar su límite de incompetencia. De individuos sentados en una cámara con su libertad de opinión y de voto anulada, que les lleva a obedecer en las votaciones a signos del portavoz como marionetas de guiñol. De individuos que no representan ni se sienten responsables ante los individuos teóricamente representados. De... ¿Dimisión? ¿Para qué?

La inacción
El sentido común nos lleva a no ser cómplices de tamaña patraña. Por lo tanto, defiendo como posición ética personal, ante unas elecciones, no votar. Y así lo he venido haciendo de un tiempo a esta parte. Y lo dice quien ha vivido la dictadura, quien ha corrido delante de los caballos, quien ha visitado amistades detenidas -todo esto en los tiempos del Frente de Juventudes auténtico- y quien había depositado en el sistema todas sus esperanzas y expectativas. Por lo tanto, defiendo la inacción para que todo cambie. Que nadie vote a nadie. Colegios vacíos todo el día. Quiero oir esto a los individuos racionales a los que me refería anteriormente. A los intelectuales, filósofos y pensadores que exigen dimisiones. Que den ejemplo a su entorno con su conducta ejemplar y que, llegado el caso de votar, que no voten. Que llamen a no votar. Y después, que no hagan nada. Que no escriban. Que no hablen. Que ni siquiera reflexionen. Silencio, indiferencia, estatismo, ausencia de movimiento, parálisis, encefalograma plano. Quizá entonces, el colectivo se aplique un tratamiento de choque, una reacción de los individuos no contaminados, quizá desde dentro de los propios partidos. ¿Una segunda transición? Y vuelta a empezar el ciclo. Con la herencia encontrada, no será fácil. Se trata de la regeneración de toda una sociedad. De la mayoría de los individuos que la componen. De una nueva moral, basada en una nueva gestión judicial, económica y política. A fin y al cabo, todo se reduce a una cuestión de ética personal. Al individuo y al reconocimiento de su responsabilidad en todo lo que sucede al colectivo. Me permitirán que sea escéptico. Y que, mientras tanto, ni vote ni solicite dimisiones.

"Por eso vivo según la naturaleza si me entrego a ella por completo, si soy su admirador y venerador. Y la naturaleza ha querido que yo haga las dos cosas: actuar y entregarme a la contemplación. Hago las dos cosas, puesto que tampoco la contemplación existe sin acción".
(Lucio Anneo Séneca)

NOTA: Es importante destacar que nos hemos dirigido exclusivamente a colectivos cuyo sistema político puede calificarse de "democrático", en la más amplia acepción del término. Es decir, que participen mediante voto en la elección de sus representantes, a los que se les delega la gestión colectiva de sus intereses. Y que esta recomendación de "inacción activa" la consideramos de aplicación general a estos colectivos ante situaciones tan extremas como la comentada. Lo cual no impide que también la consideremos utópica, pero defendible.