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lunes, 2 de abril de 2018

El Pueblo


Vivimos una época en la que el vocablo “pueblo” está presente de forma machacona y recurrente en el discurso político. Cotidianamente asistimos a la utilización del mismo, oportunamente adjetivado con objeto de dotarlo de una cierta legitimación geográfica, cultural o tribal, en un sinfín de mensajes que incluyen la atribución colectiva de deseos, convicciones o preferencias, la posesión de derechos históricos inalienables, la exigencia de reconocimiento de los mismos, la denuncia de inacabables memoriales de agravios y ofensas y, por acabar, la llamada a la ejecución de acciones varias formalmente pacíficas que, una vez ejecutadas, en algunos casos no lo son tanto, benévolamente justificadas por la comprensible “indignación” del susodicho “pueblo”.

Resulta evidente que los utilizadores del término dan por supuesto que se trata de un vocablo normalizador e inclusivo que abarca a la totalidad del universo o población¹ situado bajo su égida², sinónimo del vocablo alternativo y para ellos intercambiable “país” utilizado, preferentemente en compañía de una preposición posesiva, en llamadas a la acción: “parada de país”, huelga de país”, etc., y en su forma plural para hacer referencia a imposibles ensoñaciones imperiales³.

Sin entrar en el fondo del asunto, fondo que por turbio y hondo es poco menos que invisible e inalcanzable, el objeto de este artículo es exponer mi punto de vista personal e intransferible sobre la forma, es decir, sobre la oportunidad o validez de la utilización del término “pueblo” en las circunstancias o situaciones expuestas en la introducción, así como mi identificación (o no) con la asignación implícita a determinados colectivos (“pueblo”, “país”) por el mero hecho de su ubicación geográfica o lugar de nacimiento, hecho que por su reiteración ha provocado el hartazgo que a su vez ha sido la causa objetiva de su publicación.

El problema puede plantearse en los siguientes términos: Se dice que el “pueblo”⁴ piensa, exige, reclama, desea, sufre, lamenta, etc., etc. (la lista sería interminable) algo. Esto es inaceptable. Incumple la acepción 5 (aquí aparece la bicha) pero cumple la 3. O sea, estamos hablando de un “Conjunto de personas de un lugar, región o país”. Sigamos. Obviemos “lugar” y “región” (ningunean el mayestático concepto que le otorgan los esgrimidores del término) y nos quedamos con que “un conjunto de personas de un país hace algo”. Tratemos en primer lugar el vocablo “país”⁵. Descartamos la acepción 1 (mal que les pese) y la 2 (en ambas, convendrán conmigo que los territorios⁶ no pueden hacer nada) y aceptamos la 3 que refiere a los “habitantes”, término más específico que el genérico “personas”. Por lo tanto, la situación, expresada en su forma más detallada, es ésta: “el conjunto de habitantes de un territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado, hace algo”.

Volvamos a la versión abreviada. Esto es: “El conjunto de habitantes del país hace algo”. Esta elemental oración nos identifica el sujeto⁷ de la acción o acciones (cualesquiera que ellas sean) como “el conjunto de habitantes del país”. ¿Acaso este sujeto es un ser? No. Descartado que sea el sujeto, seamos un poco más flexibles, haciendo abstracción del rigor gramatical, y en aras de la comprensión de la perseverancia de los apelantes al protagonismo del “pueblo”, asignemos al “conjunto de habitantes del país” el papel de agente⁸ o actor⁹ de las supuestas acciones que se le atribuyen o demandan. Pues bien, tampoco puede ser un agente porque “el conjunto” no puede ser una “persona o cosa” (acepción 6) ni, obviamente, “la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo” (acepción 7). Por último, ¿será un actor? Tampoco. Indudablemente, parte del conjunto participa. Pero… ¿el conjunto? No, el conjunto no. En absoluto.

Entonces ¿Cuál es su papel? ¿Cuál es el papel del "conjunto de habitantes del país"? Ni sujeto, ni agente, ni actor. Espectador. Todos lo somos. Todos asistimos al espectáculo, el cual, según la exposición de principios del artículo, me abstendré de calificar. Todos somos espectadores. El "conjunto de habitantes" (incluso muchos de los no habitantes) lo somos.

Resumiendo, las referencias al “pueblo” como detentador de derechos o ejecutor de acciones pasadas, presentes o futuras son inaceptables desde un punto de vista objetivamente gramatical, representando una grosera simplificación tan evidente que me hace dudar sea desconocida por quienes las utilizan de forma recurrente, por lo que me inclino a considerar que se realizan con objetivos espurios¹⁰.

Para terminar, mi posición personal es no sentirme identificado con (ni miembro de) “pueblo” o “país” alguno, fruto de mi profunda convicción en anteponer los derechos individuales a los colectivos, excepción hecha del Estado y de asociaciones, colegios, clubes u organizaciones de adhesión voluntaria y, a poder ser, con cuota de miembro. Eso sí que da derechos 😃.

NOTAS:
(todas las definiciones son del Diccionario R.A.E.)
  1. Ambos términos en terminología estadística.
  2. égida: 3. f. Protección, defensa.
  3. Por su alcance “multinacional” (Francia, Italia) y “multiautonómico” (Aragón, Valencia, Islas Baleares). 
  4. pueblo: 3. m. Conjunto de personas de un lugar, región o país. 5. m. País con gobierno independiente.
  5. país: 1. m. Territorio constituido en Estado soberano. 2. m. Territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado. 3. m. Conjunto de los habitantes de un país.
  6. En mi humilde opinión los territorios son un conjunto de campos, árboles, pedruscos y demás accidentes geográficos o elementos vegetales y minerales, los cuales ni piensan ni detentan derechos históricos ni pueden sentir herida su dignidad ni...
  7. sujeto: 6. m. Fil. Ser del cual se predica o enuncia algo.
  8. agente: 6. m. Persona o cosa que produce un efecto. 7. m. Gram. Expresión gramatical que designa la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo;
  9. actor: 1. m. y f. Participante en una acción o suceso.
  10. espurio: 1. adj. bastardo (‖ que degenera de su origen o naturaleza). 2. adj. falso (‖ fingido).



domingo, 21 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre La Confianza

«La confianza ni se compra ni se vende: se regala. Pero hay que merecerla». 

Además, resulta más fácil de perder que de ganar.
Estos últimos días he tenido oportunidad de experimentar en carne propia el grado de veracidad de la frase de cabecera, frase que pertenece a la categoría de «frases casi propias», debido a que, en tanto no se me corrija, asumo su paternidad con todas las reservas, reconociendo que todo está escrito y que, con toda probabilidad, en algún momento, esta idea, expresada de una u otra forma, habrá quedado alojada en alguna recóndita y polvorienta colección de mis neuronas.

No corresponde publicar aquí y ahora las circunstancias vitales que me han proporcionado tema, pero sí que resulta oportuno aprovechar la inesperada inspiración para desarrollar y justificar la idea que subyace en tan corta y lapidaria frase, idea que, por descontado, suscribo absolutamente.

Empecemos aceptando que la confianza, tal y como la entiendo, y con más frecuencia de la deseada, está mercantilizada. Quizá debido a un error de concepto, de conocimiento o de interpretación de su significado, dadas sus numerosas acepciones. Por lo tanto, empezaremos por aquí:

confianza.
(de confiar).
1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo.
2. f. Seguridad que alguien tiene en sí mismo.
3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo.
4. f. Ánimo, aliento, vigor para obrar.
5. f. familiaridad (‖ en el trato).
6. f. Familiaridad o libertad excesiva. U. m. en pl.
7. f. desus. Pacto o convenio hecho oculta y reservadamente entre dos o más personas, particularmente si son tratantes o del comercio.

de ~.
1. loc. adj. Dicho de una persona: Con quien se tiene trato íntimo o familiar.
2. loc. adj. Dicho de una persona: En quien se puede confiar.
3. loc. adj. Dicho de una cosa: Que posee las cualidades recomendables para el fin a que se destina.

confiar.
(del lat. *confidāre, por confidĕre).
1. tr. Encargar o poner al cuidado de alguien algún negocio u otra cosa.
2. tr. Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa. U. t. c. prnl.
3. tr. Dar esperanza a alguien de que conseguirá lo que desea.
4. intr. Esperar con firmeza y seguridad. U. t. c. prnl.

De esta confianza es de la que hablamos, de la segunda locución adjetiva, de la resaltada en rojo. Y a esta confianza es a la que nos referimos cuando aseguramos que, desgraciadamente, está bastante mercantilizada. Esto no quiere decir que rechacemos el resto de acepciones (en especial la 3, también llamada “del pavo real”), sino que no son tema de hoy. Y para que quede claro, reformulemos (con el permiso de la R.A.E.) la sintética frase de cabecera:

«Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa, ni se compra ni se vende, se regala. Pero hay que merecerlo».

Y ya podríamos acabar. Quien crea que esta confianza es mercantilizable, no sólo no se la merece, sino que no merece más que una profunda compasión. Y dado que es una característica bi-direccional (de hecho, debe ser mutua), quien no sea «depositario» de alguien y «depositante» en alguien —en ambos casos, gratis—, también. Afortunadamente, aunque suene un tanto presuntuoso (acepciones 2 y 3), no es mi caso. A pesar de los frecuentes intentos de interesada «mercantilización» que siempre me he dado el gustazo de rechazar. 

Y hoy sí que el tema entra de lleno en el alcance del blog: Calidad, Excelencia y Ética personal a raudales. Ya tenía ganas.

Buenas Fiestas.

jueves, 12 de junio de 2014

Compromiso no es Intención

«A los efectos de poseer conocimientos, es mucho mejor estar en el error que en la confusión. El error te permite rectificar si te convencen nuevos argumentos. En cambio, la confusión implica siempre un desorden mental que te recluye en un laberinto sin salida.» (Francesc de Carreras)(1).

Esta es la imagen del verdadero compromiso
Las causas que llevan a una publicación pueden ser varias, pero creo que se pueden resumir en dos: a) introspección pura, y en este caso resulta casi imposible establecer el origen real de la misma, y b) un hecho desencadenante, circunstancia en la que hoy me encuentro y que agradezco, porque me evita el estrés de convocar a las musas y esperar a que llegue la inspiración.

El hecho desencadenante ha sido una afirmación vertida por mi interlocutor en el curso de un debate virtual sobre un tema que no viene al caso, porque lo verdaderamente determinante es el propio hecho de mi participación, vulnerando lo que creía un compromiso (2) cuando en realidad se trataba de una intención. Y con esta introducción creo que queda claro que, para mí, ambos términos no son lo mismo.

Y esto es lo que mantenía mi interlocutor, el cual, refutando mi opinión señalando la debilidad de manifestar la intención frente a declarar el compromiso, argumentaba que eran sinónimos. Y para ello, recurría al diccionario, de la siguiente guisa:

«Recurramos a la RAE como Germán hace con la palabra “manifiesto”
intención.
(Del lat. intentĭo, -ōnis).
1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.»

Y concluye:

«Intención, determinación, compromiso… son sinónimos.»

Como se puede apreciar, reforzaba su argumento con un pretendidamente equitativo «como hace Germán», argumento que no veo que soporte realmente su conclusión, porque lo de que son sinónimos no lo dice la RAE, lo dice él. En cualquier caso, esto, por la debilidad de la argumentación (3), no es lo realmente importante. Lo realmente importante es la omisión en su análisis de lo que dice la RAE del término «compromiso», que es precisamente ésto:

compromiso.
(Del lat. compromissum).
1. m. Obligación contraída.
2. m. Palabra dada.

De lo que se deduce que, según mi interlocutor, la «determinación de la voluntad con respecto a un fin» es sinónimo de una «obligación contraída» o de una «palabra dada». Pues para mí, no lo son (4).

Pero quiero dejar muy claro que esta publicación no trata, cual un Mourinho cualquiera, de meter el dedo en el ojo a mi oponente, sino de profundizar en la enorme diferencia existente entre ambos términos y en la facilidad con la que, aun quien tiene las cosas claras, puede caer en la trampa, como ha sido mi caso.

Siempre he definido la ética como la colección de compromisos adoptados con el entorno próximo y lejano, lo que deja meridianamente clara la importancia que le concedo al término. Porque la ética se nutre de compromisos, no de intenciones, porque «de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno»(5). Pienso honestamente que declarar tener intención de hacer algo es una proposición débil, que deja siempre vías de escape o justificación para no hacer ese algo. Convenientemente justificado, claro. No siempre de forma premeditada —aunque creo que la mayoría de políticos comen aparte—, pero, qué duda cabe que una declaración de intenciones es más cómoda que una declaración de compromisos.

Porque es muy distinto declarar un compromiso y no cumplirlo que el hecho de no cumplir una intención, porque, volviendo a la RAE —atento interlocutor, si lees este artículo—, siempre tenemos la coartada de argumentar que el fin ha cambiado (6). En cambio, el compromiso es incondicional. Y de esto se deduce también que existe una condición, sólo una, para que se puede defender su similitud: que el fin al que se aplica la intención sea berroqueño e inamovible. En cualquier caso, para qué complicarlo: Compromiso no es Intención.

Por lo tanto, llenemos nuestra ética de compromisos, no de intenciones. Y si el compromiso no se cumple, aceptemos las consecuencias. Porque tanto si el compromiso ha sido externo como interno, las tendrá. Y no olvidemos que la Calidad es el grado de cumplimiento de nuestros compromisos, no de nuestras intenciones. Y que la Excelencia representa hacerlo de la forma más sencilla, sin exteriorización, sin exigencia de medallas ni reconocimientos.

Y no me gustaría terminar sin hacer referencia a una definición paradigmática de lo que significa comprometerse. Hace ya muchos años, en uno de los primeros seminarios a los que asistí como ingeniero, se nos hizo a los bisoños asistentes esta pregunta:

En un plato de huevos fritos con jamón, ¿quién está más comprometido, la gallina o el cerdo? 

Tras risas y murmullos, surgieron respuestas discrepantes. Entonces llegó la solución por parte del ponente:

La gallina está simplemente «involucrada», pero quien está verdaderamente «comprometido» es el cerdo(7).

Notas:
  1. No es la primera vez que utilizo esta frase, pero creo que en pocas ocasiones habrá estado más justificada.
  2. Decidí tiempo ha —tomé el compromiso— no participar más en debates virtuales, tras llegar a la conclusión de la enorme dificultad (implícita y forzada) de establecer una verdadera comunicación.
  3. Que digo debilidad, ausencia.
  4. En este punto, comprendí que era una pérdida de tiempo continuar con el debate y, con el mayor de los respetos, lo abandoné, con lo que reafirmo mi compromiso.
  5. Anónimo.
  6. Excusa de mal pagador.
  7. Yo, normalmente, prefiero ser cerdo a gallina.

sábado, 31 de agosto de 2013

No decir No no es decir Sí

o «La vida no es sólo blanco o negro; la vida también es gris».

El sábado parece un día propicio para escribir. Probablemente, no será así para todo el mundo, pero, en mi caso, despierta esa especie de necesidad oculta que nos asalta en ocasiones y nos crea un cierto desasosiego, ligero, pero notable. Uno de estos sábados será cuestión de reflexionar sobre la causa, pero, en el día de hoy, aprovechando unos sucesos de lamentable actualidad, me voy a concentrar en un tema que creo merece cierta atención.

Por mi condición de clase pasiva, tengo una cierta limitación en el número y variedad de fuentes de información externa –en mi vida profesional activa mi entorno vital era mucho más amplio y heterogéneo–, que se resumen en mi entorno familiar, mis amistades –éstos de perfil más que conocido–, los medios –prensa (en mi caso, tres periódicos de línea discrepante), radio y TV– y las redes sociales, de las que, a los efectos de esta entrada, destaco Facebook. Dado que el ser humano –por lo menos, en mi caso– es como las esponjas, es decir, absorbe con facilidad la información, pero también se satura y su receptividad tiende a cero, resulta de lo más conveniente exprimir lo absorbido –lo que provoca inevitablemente la expulsión de lo sobrante– para hacer sitio. Y este juego de absorber y expulsar, esta bi-direccionalidad, no es más que lo que entendemos por comunicación, únicamente factible con personas reales y, como veremos, en mucha menor medida, virtuales. Con lo que llegamos a la cuestión de hoy: ¿son las redes sociales una verdadera herramienta de comunicación?

Cuando nos encontramos cara a cara con alguien real, la comunicación se establece a pesar del silencio. La entrada y salida de información provocada por la compleja gestualidad del rostro es enorme, haciendo, en ocasiones, innecesario el uso de la palabra. Y si hacemos uso de ella, sin que existan garantías de conseguir establecer línea, lo que resulta siempre cierto es que podemos llegar a conclusiones válidas –para nosotros, por supuesto– sobre la persona que tenemos enfrente.

La lamentable utilización por parte de indeterminadas «no personas» de un agente químico en Siria con el resultado de más de 1.400 víctimas y la persistente especulación sobre una eventual acción de castigo por parte de EEUU y otras potencias occidentales, con o sin el apoyo de la ONU, ha generado un sinfín de publicaciones en Facebook que contrasta con el silencio que han merecido las más de 100.000 víctimas por causas –o armas– más convencionales, es decir, simples bombas o balas. Pero esto no es lo determinante –a fin de cuentas, sucede más o menos lo mismo en el mundo real–. Lo determinante es el carácter de las publicaciones, en particular las imperativas, como un escueto y tronante: ¡¡¡No a la guerra!!!

No decir No no es decir Sí
Inevitablemente, al leerla, me imagino que me encuentro frente a frente con la persona que me la espeta y en la determinada expresión de su ceñudo rostro veo que está esperando mi contestación. ¿Qué hago? Si me callo... ¿otorgo? Algo me dice que esto es lo que piensa mi «interlocutor». ¿Cuál es el objetivo de esta obvia publicación? ¿Se refiere a la intervención de EEUU? ¿Qué descerebrado puede decir sí a la guerra? ¿Qué matices permite una publicación de este tipo? Por esto es por lo que pienso que las redes sociales son simples escaparates donde exponer nuestras fobias y filias, nuestras miserias, sin dejar el mínimo resquicio a la comunicación. Simples puertas de nevera llenas de mudas pegatinas que nos observan mientras preparamos el café. Y por esto es por lo que, tras repetidos intentos de conseguir verdadera comunicación, he desistido.

De hecho, a contrario sensu, podríamos equiparar sentencias como la comentada con un «¡¡¡Sí a la libertad!!!» o «¡¡¡Sí a la paz!!!» ¿Quién no las suscribe?

Ante publicaciones de este tipo mi reacción es de indiferencia aunque, probablemente, un día, a modo de experimento, me veré impelido a llenar mi muro de todo un catálogo de imaginativas obviedades, en este caso de valor bastante más absoluto, tales como «No a la violencia de género», «No a la violación», «No a la corrupción política», «No a la pederastia», «No a la homofobia», «No a la xenofobia», «No al maltrato animal», «No a ...» ¿Cuántos Nóes podríamos publicar? Esto, que no es en absoluto necesario en la vida real, donde, en nuestro entorno, todos nos conocemos, podría ser valorado positivamente por el batallón de iluminados y justicieros virtuales que, amparados en el incógnito, pueblan las redes en su interesada lucha por modificar su mundo –ellos le llamarían «mejorar»– aproximándolo a sus querencias, simpatías y necesidades. Todo ello, en el supuesto de que el carnet virtual que conceden sirviera para algo útil. No para mí.

Ni que decir tiene que estas reflexiones están dedicadas a un colectivo muy concreto y no son extensibles a muchos usuarios de las redes sociales y amigos virtuales que perseveran en su estéril intento de decantar el balance hacia los valores positivos que representan una verdadera y sincera comunicación sin ánimo de proselitismo ni atisbo de dogmatismo. Pero son los menos, aunque son los que dignifican el medio.

Reconduciendo el tema al propósito del blog: A pesar de la inadecuación de la herramienta, la comunicación virtual debería ser fiel reflejo de la comunicación real. Comportarse, sin trampa ni cartón, del mismo modo que lo haríamos en un cara a cara. Este compromiso, que quizá se cumple también en los casos criticados, es también un reflejo de nuestra ética personal. Aunque en un cara a cara, a veces, con algunos, acabásemos mal. En el fondo, la comunicación virtual –o su sucedáneo– no deja de ser una ventaja.

Y como guinda, una publicación propia (y calentita, de hoy):

«Asumiendo la indiscutible subjetividad que caracteriza las siguientes valoraciones cualitativas, pienso que un solo destello fugaz de autenticidad, originalidad, belleza, transparencia, ingenio, respeto, templanza o equilibrio –que no equidistancia–, es capaz de velar cientos de manifiestos o deposiciones exhibicionistas, superficiales, adocenadas, tendenciosas, intolerantes, crípticas, supuestamente eruditas o moralmente ejemplarizantes. Estos destellos son raros por infrecuentes, pero haberlos haylos y su brillo es tal que hacen innecesaria la tediosa tarea de separar el grano de la paja. Que duren..., porque son el principal signo de vida en esta selva virtual. ¿O quizá mejor, desierto?»

Nota: Por su indudable relación he aquí un enlace con Beatles, Facebook y derecho a decidir.

martes, 23 de julio de 2013

Las puertas de la Ética

¿Así nos vemos?
Siempre he apreciado la utilización de metáforas como refuerzo conceptual del conocimiento. Ignoro la causa, pero me inclino a atribuirlo a mis maestros de la escuela primaria, de los que recuerdo la utilización intensiva del ejemplo como una estrategia docente fundamental. Probablemente, gracias a esta formación básica y temprana, he desarrollado una enorme simpatía por los formadores, conferenciantes y autores practicantes de esta técnica, responsable y facilitadora de la comprensión conceptual de casi cualquier tema, por complejo y abstracto que sea. La utilización adecuada y eficaz del ejemplo metafórico –por descontado, no al alcance de cualquiera–, más allá de la innegable trivialización que representa, cumple la importante función de acercar el objeto de estudio –por definición, desconocido–, a áreas del conocimiento que, por ser familiares para el sujeto, estimulan la comprensión conceptual y relativizan la necesidad de memorizar de forma literal las enseñanzas en curso, literalidad que deviene en complemento del conocimiento, no en el sujeto. Esta técnica, cuya aplicación podría parecer de sentido común en el campo de las ciencias naturales, es aplicable a cualquier campo, como queda magistral y paradigmáticamente demostrado con la metáfora de la caverna de Platón. Veamos cómo se me da, esperando que el lector no termine dándome con la puerta ética en las narices.

Es ya un lugar común en este blog repetir que la ética viene representada por los compromisos que, racional y voluntariamente, hemos adquirido con nosotros mismos y con nuestro entorno próximo y lejano. Y aquí, en la interfaz con nuestro entorno, es donde hace su entrada la necesidad de una puerta, cuyas características son las que determinarán la forma en la que gestionaremos la aplicación –las entradas y salidas– de nuestros compromisos. Pero una puerta es algo más complejo de lo que parece. De hecho, sus características se pueden clasificar en tres grupos principales, capaces de generar 120 combinaciones distintas, todas ellas con clara e importante significación ética. Veamos:

Visibilidad (0-2)

  • Transparente (0): No importa que nos vean a su través. No tenemos nada que ocultar. De hecho, a los efectos de conocer nuestro interior, no importa si está abierta o cerrada. Si está cerrada, no podemos salir ni pueden entrar; no interaccionamos, pero nos ven, y nosotros vemos también.  
  • Con ventanita (1): No importa que nos vean, pero es necesario un impulso voluntario, una querencia. Hay que asomarse, y, en justa contrapartida, el observador se delata y nos apercibe de su presencia.
  • Opaca (2): Sin comentarios.  

Maniobra (0-3)

  • Corredera (0): Apropiada para quien desea, discrecionalmente, hacer desaparecer –literalmente– la puerta por el sencillo método de dejarla abierta. Con este tipo de maniobra, la transparencia selectiva está garantizada, sin necesidad de limpiacristales. Puedes aplicar la política de «puertas abiertas» cuando desees.
  • Doble sentido (1): Facilidad máxima de entrada y salida. Concede la misma importancia al interior y al exterior.
  • Hacia fuera (2): Potencia la importancia del entorno externo, quien, al tirar, siente que entra en terreno, si no propio, conocido. 
  • Hacia dentro (3): Tu interior es tuyo y sólo tuyo. Se abre hacia ti.

Seguridad (sí/no, 0/1)

  • Mirilla: Permite observar el entorno sin que se entere. Representa una ética sesgada y unilateral que nos permite aplicar nuestros compromisos de forma selectiva.
  • Blindaje: Aislamiento máximo. Por encima de cerraduras o pestillos, deseamos impedir el acceso no autorizado a nuestro interior, por parte de los taimados ladrones de emociones, que haberlos, haylos.
  • Cerradura: Por una parte, al cerrar por dentro, nos hace sentirnos más seguros en períodos especialmente sensibles. Por otra, mediante la entrega de llaves, permite un control fiable del entorno autorizado.
  • Pestillo: Versión personal light de la cerradura, solamente útil desde el interior. Permite asegurar discrecionalmente la puerta cerrada.
  • Retorno: La puerta, una vez abierta, retorna a la posición inicial (cerrada). Quien la quiera abrir, que se esfuerce un poco. Además, previene de las corrientes de aire, es decir, de invasiones inadvertidas y no deseadas de nuestra intimidad por parte de propios y extraños.

Veamos ahora las configuraciones extremas de la puerta ética:

  • Opaca, hacia dentro, con mirilla, con blindaje, con cerradura, con pestillo, con retorno = 10 puntos.
  • Transparente, corredera, sin mirilla, sin blindaje. sin cerradura, sin pestillo, sin retorno = 0 puntos.

Entre ambas, ciento dieciocho combinaciones distintas, las cuales determinan la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, característica personal e intransferible de nuestra ética. Porque esta puerta la hemos fabricado nosotros y puede resultar interesante y enriquecedor reflexionar un poco sobre sus características. Incluso, escribirlas y valorarlas. Creo firmemente que el ejercicio puede contribuir a conocernos mejor. No les pongo deberes, pero yo estoy en ello.

Nota: No se debe olvidar que la puerta ética es visible por ambos lados. Esta puerta –por su parte exterior– es la que ve y siente nuestro entorno y, consecuentemente, nos identifica éticamente. No la podemos ocultar. Ni cuando está abierta.

sábado, 1 de junio de 2013

¿Transparencia?

Esta liviana palabra ha sido la indiscutible protagonista de la semana. A pesar de su significado literal, la hemos visto y oído en los medios hasta la saciedad, ha reclamado y obtenido la atención constante de la clase política y, por último, ha sido capaz de suscitar un sospechoso, atípico e inusual consenso hasta el punto de que parece va a ser elevada a rango de Ley. Y con esto, me ha brindado tema de reflexión viniendo en ayuda de lo que se me antojaba abandono de musas y sequía semanal.

Pero, no siendo este un blog político –recuerdo que en el pasado intenté mantener uno, pero abandoné superado por los acontecimientos–, es preciso respetar su consistencia identificando y explotando su vertiente ética y su impacto en el comportamiento personal, por otra parte, perfectamente extrapolable a nuestros sufridos «representantes» –ya empezamos, no hay forma de evitar la ironía–. Ahí vamos, espero que no resulte demasiado forzado.  

Transparencia es la palabra. Tras la corta reflexión previa a la escritura –en esto me parezco a Aristóteles, quien, en opinión de Schopenhauer, «pensaba con la pluma»–, las principales cuestiones que me suscita son: a) dilucidar si el término desnudo, sin disfraces, es de aplicación universal o restringida; b) si su sentido metafórico se corresponde con el físico y c) si, en sí mismo, es portador de un significado unívoco, absoluto y objetivamente indiscutible para quien lo recibe y procesa, con independencia de juicio de valor alguno.

No se puede decir que sean pocas dudas para un término con un nombre tan diáfano. Sin eufemismos, aventuradas unas respuestas de alcance, se nos antoja todo menos transparente. Más bien traslúcido, incluso, en determinadas ocasiones, opaco. Vamos, todo un fraude de término, firme candidato a ser utilizado de forma aprovechada, sesgada, perversa o bastarda. Parece, pues, obvio, que debemos explicar el porqué de nuestras deplorables conclusiones. Y lo vamos a hacer, paradójicamente, sin transparencia alguna –es decir, de forma visible y patente–, con lo que ya adelantamos pistas sobre nuestras reticencias de uso del término.

Transparencia es poseer la cualidad de transparente, siendo transparente una característica que permite a los cuerpos que la incorporan permitir que a su través se pueda ver con claridad(1). Dicho de otro modo, el objeto de la transparencia se hace invisible para el observador. Evidentemente, esta es su acepción material y física, aplicándose también, por extensión, al ámbito inmaterial y social –empresas, organizaciones, partidos, etc.– o al espiritual y personal –carácter, conocimientos, ideas, pensamientos, etc.–.

Resumiendo, transparencia es una característica, un atributo, un rasgo diferenciador de aplicación prácticamente universal que se tiene o no se tiene, dando por sentado que cualquier término medio, cualquier limitación, representa no-transparencia. Por lo tanto, la transparencia es un estado binario. Y no ser transparente –así, sin más– no tiene en absoluto un sentido peyorativo. Existen multitud de objetos físicos que no lo son ni lo pueden ser –piedras, alcornoques, etc.– así como objetos no-físicos que tampoco –por ejemplo, un juzgado(2) velador de sumarios secretos (excepto en España y otros extraños países)–. En cambio, existen multitud de objetos físicos –p.e. el parabrisas de un automóvil– o no-físicos –p.e., un partido político(3)– que deberían serlo. Con esto hemos intentado definir qué o quién es el objeto que debe ser transparente, el que debe disfrutar de transparencia. Y esto nos lleva a analizarlo con algo más de detalle.
Envoltorio no-transparente

Trataremos ahora el concepto dualista forma-fondo o, en otras palabras, continente-contenido o lata-sardinas. Partiremos de la base de que cualquier cosa –en el sentido más amplio del término– está contenida en un envoltorio –real o virtual– que es el que establece sus límites y el que impide la invasión del espacio ajeno y la dota de esencia unívoca –la existencia la damos por descontada–. Aceptada esta premisa, se deduce que si nos interesa acceder al fondo de cualquier cosa, a su contenido, a la idea, si deseamos verlo con claridad, sin trampa ni cartón, resulta evidente la necesidad de transparencia del envoltorio, del continente, de la forma. Sólo así se hará realidad la metáfora de transparencia aplicada erróneamente al contenido. Porque si lo realmente transparente es el contenido, sencillamente, no veremos nada.

Por lo tanto, aunque sea en forma de Ley, que no nos den gato por liebre. La transparencia debe aplicarse a los envoltorios, a las corazas, a los blindajes, a las puertas y ventanas. Que no nos hagan transparentes las sardinas –o las cuentas–. Y esto, que es exigible a los demás, es también aplicable a nuestra ética personal. Apliquemos la opacidad con racionalidad y mesura y cuando decidamos ser transparentes con quien merezca nuestra confianza, hagámoslo sin condiciones.

(1) De forma un tanto sesgada, como licencia literaria, nos permitimos ignorar las acepciones 3 y 4 del Diccionario RAE, aplicables metafóricamente, pero que nos disgustan sobremanera al introducir un cierto perfume esotérico [3] o al descartar la universalidad reduciendo su alcance al ámbito de la comunicación y la comprensión del mensaje [4]. Las acepciones 5 y 6 son, simplemente, inaplicables.

Transparencia: cualidad de transparente.
Transparente:
(Del lat. trans-, a través, y parens, -entis, que aparece).
1. adj. Dicho de un cuerpo: A través del cual pueden verse los objetos claramente.
2. adj. Dicho de un cuerpo: translúcido.
3. adj. Que se deja adivinar o vislumbrar sin declararse o manifestarse.
4. adj. Claro, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad.
5. m. Tela o papel que, colocado a modo de cortina delante del hueco de ventanas o balcones, sirve para templar la luz, o ante una luz artificial, sirve para mitigarla o para hacer aparecer en él figuras o letreros.
6. m. Ventana de cristales que ilumina y adorna el fondo de un altar.

(2) Nótese que, en este caso, el objeto no-transparente es –debe ser– el juzgado, no el sumario.
(3) De nuevo, el objeto de transparencia es el partido político, no sus cuentas.