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lunes, 8 de diciembre de 2014

Saber de lo que hablas, Hablar de lo que sabes

Para centrar el tiro y enfocar de entrada el alcance del artículo, empezaremos con una enumeración resumida, no exhaustiva, de situaciones verídicas sufridas en carne y mente propias:
  • Conocer en más detalle las características de un coche que el propio vendedor: evidentemente, me habia preparado antes, pero su ignorancia sobre los detalles que a mí me interesaban realmente, más allá de los colores y el consumo era hiriente;
  • Idem de un vendedor de electrodomésticos (televisor, nevera, lavadora): por ejemplo, ventajas de la pantalla de led sobre plasma, diferencias competitivas entre varios modelos de mi interés, mantenibilidad, etc.;
  • Idem de todos los vendedores de servicios telefónicos / internet: dado que me vendían “más megas”, preguntados por el significado del término “mega”, balbucean estrepitosamente;
  • Idem de todos los vendedores de electricidad (impropiamente llamada "corriente" o "luz"): tras confirmar que los electrones comprados me llegarán por el mismo cable, son incapaces de explicarme si son mejores y cómo diferencian los míos de los del vecino;
  • Idem de todos los vendedores de gas: igual que en el caso anterior, pero con moléculas de gas y tubería en lugar de cable;
  • Idem de un servicio de mantenimiento de gas: ignora el significado de “monóxido de carbono” y me hace deletrear C... O... (creo recordar que antes me pregunta ¿GO?);
Además, normalmente, no piden turno.
Frecuentemente, me he preguntado si el problema reside en mí o en el resto del mundo, siendo la primera opción la que prevalece en mi entorno próximo, convencido que soy lo que en términos coloquiales se entiende como un “tocapelotas”, opinión que, en cierto modo, comprendo y que, reconozco, se ha agravado con el paso del tiempo. Pero, más allá de estos festivos e inofensivos ejemplos —afortunadamente, el criterio propio y la asunción responsable de errores todavía funcionan—, subyace una situación mucho más grave que, en mi modesta opinión, empeora a pasos agigantados. Pienso, que, en demasiadas ocasiones no triviales, la gente no sabe de lo que habla o, lo que es lo mismo, habla de lo que no sabe. Éste es el tema de hoy.

Reconozco que no se trata de aplicar de forma generalizada el método socrático a todos mis interlocutores, pero sí entiendo que en determinadas ocasiones, es absolutamente necesario. Porque ya no estamos ante la inevitable y omnipresente incertidumbre del lenguaje —tema que, como he expresado en múltiples ocasiones, me apasiona—, ni ante problemas de contexto —la cómoda escapatoria de todo cultivado incomprendido—, sino ante la ignorancia más supina, llevada de muy mala manera, porque ni es aceptada ni, en muchos casos —y esto es lo peor—, conocida. Es decir, no saben que no saben. Y eso es saber bien poco.

Por descontado, eximo de responsabilidad primaria al ignorante víctima de un sistema educativo cada vez más degradado, pero no puedo dejar pasar la intolerancia que impregna a muchos de ellos, incapaces de reconocer a interlocutores más preparados y aprender de ellos. Por no enseñar, el sistema no les ha enseñado ni eso. Y es con estos con los que aplico lo que he definido como “Tolerancia simétrica”, lo que implica una intolerancia equivalente a la diferencia entre la mía (mayor) y la suya (menor), diferencia, normalmente muy grande.

Un ejemplo particular es la omisión de las fuentes en los aforismos o citas con las que nos bombardean las redes sociales, omisión, siempre voluntaria, porque si el publicador tuviese una mínima sensibilidad ante la exigencia de “saber de lo que se habla” y proporcionar verdadero valor añadido al lector, se abstendría de publicar citas, a todos los efectos, de dudosa, por omitida, procedencia. Citaré que jamás se me ha respondido a mis solicitudes de fuente, realizadas con la mayor educación y con el interés real (no “tocapelotas”) de aprender y mejorar mi conocimiento. De nuevo: la gente “no sabe de lo que habla (o escribe)”.

Y para terminar, no digamos de los debates virtuales, donde se utilizan con profusión y ligereza términos tan absolutistas como “todo”, “nada”, “todos”, “nadie”, “siempre”, “nunca” etc., sin justificar mínimamente su empleo. Y encima, si preguntas, se enfadan.

De nuevo, mi querido y nunca bien ponderado Wittgenstein: «De lo que no se puede hablar, mejor callar» (1). El problema es la falta de criterio, por ignorancia o engreimiento, para sustituir el término «puede» por «debe». Y quien actúa de este modo, quien “no sabe de lo que habla” o “habla de lo que no sabe” demuestra muy poca Calidad, ninguna Excelencia, y revela su Ética, que, como siempre hemos defendido, no es mejor ni peor, sino la personal e intransferible, la de cada uno.

Antes de que me critiquen: Hablo mucho, pero también callo mucho. Y cuando hablo, procuro hablar siempre con rigor y propiedad, lo que no siempre consigo. Y esta preocupación por el rigor pasa factura. Pero se lleva con satisfacción.

Nota 1: Tractatus logico-philosophicus, Punto 7. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Mientras pueda...

¿Qué dice?
¿Habéis pensado alguna vez en las infinitas formas de terminar la frase?  En mi caso, es una frase que siempre me ha fascinado. Convenientemente formulada se convierte en una afirmación que, formalmente, compromete mucho, ya que se completa con dos formas verbales que, por naturaleza, implican acción: un infinitivo y un futuro. Aunque se trata de una afirmación con trampa, ya que incluye una premisa inicial un tanto acomodaticia o, quizá mejor expresado, posibilista. Además, admite dos interpretaciones contrapuestas: en su interpretación negativa lleva implícita una especie de coartada justificativa, con una clara intención preventiva ante el fracaso. En esta interpretación, quien la pronuncia pretende disponer de una cláusula de descargo que esgrimir en su momento, tras encontrar una justificación (real o ficticia) que le exima del compromiso formulado, argumentando un patético y conveniente «yo ya lo dije». Por contra, en su interpretación positiva implica determinación. El compromiso de ejecutar la acción sorteando todos los obstáculos sorteables, entendiendo como tales todos los que estén dentro de nuestras capacidades. Me gustaría hoy, domingo lluvioso, sacarle un poco de punta a estas frases. Empiezo con esta: «Mientras pueda escribir, escribiré» (aseguro que la podéis tomar en su interpretación positiva).

Una afirmación de este tipo puede darse en dos ámbitos: el interno y el externo. Evidentemente, en el primer caso, a menos que nos engañemos a nosotros mismos (algo no siempre descartable), nos estamos refiriendo a reflexiones que representan compromisos reales –o convicciones– que conforman el núcleo duro de nuestra ética personal. Nadie tiene acceso a estos compromisos, aunque puede deducirlos claramente a partir de nuestros actos. En el segundo caso –ámbito externo–, las afirmaciones de este tipo son públicas, a pesar de lo cual sigue sin ser accesible su carácter. Nadie está en condiciones de descubrir las verdaderas intenciones de quien las formula. Por lo tanto, en este caso, nunca está de más aplicar una cierta dosis de prevención ante una repentina epidemia de «mientras pueda...».  

La colección de verbos es tan amplia como nuestro vocabulario, lo que le confiere subjetividad al tema: no todos nos podemos comprometer a las mismas cosas, haciendo bueno el aforismo de Wittgenstein que afirma «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (TLP, 5.6). Como ejemplo de los más al uso podemos citar: hablar, leer, escribir (intrascendentes), engañar, robar, estafar, corromper, copiar (normalmente internos, en alza, muy extendidos), ayudar, enseñar, compartir, tolerar (en franca recesión).

Resulta también interesante explorar la relación existente entre los «mientras pueda...», la ética y la moral. Siempre hemos defendido que la ética es personal e intransferible y que la conforman nuestros compromisos, representados por nuestro catálogo de «mientras pueda...», tomadas todas las afirmaciones en su interpretación positiva, es decir, sincera. Y que esto es independiente del juicio de valor que nos merezca, el cual depende de la moral al uso, la cual siempre es colectiva y estadística. Debemos suponer que Al Capone (por no tomar ejemplos más próximos y sangrantes) obraba según su propia ética (sus propios «mientras pueda...») la cual, evidentemente chocaba de frente, por excepcional, con la moral de la época. Esto quiere decir que el número de mafiosos respecto a la población total de EEUU era muy pequeño, lo que estadísticamente le hacía ser un cisne negro. Probablemente, en la época actual y en determinados países (no quiero señalar), la situación es bien distinta. La evidencia cotidiana nos dice que la campana de Gauss estadística se va ensanchando, lo que indica claramente una moral más amplia (no quisiera emplear al calificativo de relajada), dando cabida dentro de la normalidad a una mayor cantidad (que no calidad) de «mientras pueda...». A eso vamos, a pesar de la hipócrita pose formal cada vez más extendida de rasgarse las vestiduras ante acciones que serán más y más frecuentes a medida que los «mientras pueda...» más habituales se vayan incorporando a la ética personal de los miembros de la colectividad: «a fin de cuentas, si lo hacen todos..., mientras pueda, lo haré».

Por lo tanto, como escribí al principio, sólo me comprometo a ésto: «Mientras pueda escribir, escribiré». Del resto de «mientras pueda...» no informo. Pero tengo mi catálogo. Revisen los suyos.

sábado, 16 de febrero de 2013

Calidad y Ruido

Ruido, mucho ruido... Esta es la sensación que me rodea de un tiempo a esta parte. Pero, ahora que lo he escrito, no estoy tan seguro de que sea una sensación. No sé muy bien como calificarlo, pero "sensación" es el primer término que ha generado mi mente en el proceso pensar->escribir. Dejémoslo pues ahí. No me voy a hacer un feo a mí mismo. Aunque se me antoja que de sensación no tiene nada. Que es real y muy real. Pero para avanzar realmente en el tema, todavía quedan dudas. ¿Qué debemos entender -o, como mínimo, que entiendo yo- por ruido? Con esto nos hemos situado de nuevo en la frontera entre el pensamiento y su difícil e incierta traducción al convencionalismo del lenguaje. Mientras sólo piensas, no hay ningún problema. Formas tus imágenes mentales y te sientes de lo más cómodo. Tu mente toma todo tipo de atajos y te comprendes perfectamente -faltaría más- sin necesidad de dar explicaciones de nada ni a nadie. Incluso puedes llegar a conclusiones satisfactorias mientras te tomas un café. Pero cuando tienes que explicarte o escribir sobre ello empiezan los problemas. Y eso que escribir, a diferencia de hablar, te permite recapacitar y corregir cuanto sea necesario ¿Y cuánto es eso? ¿Cuándo un escritor queda satisfecho con lo escrito? Pero volvamos al inicio: "Tengo la sensación de estar rodeado de ruido, mucho ruido". Sigamos. Todavía debemos explicar que pinta la Calidad en todo esto.

Calidad
A los lectores de mi blog no les vendrá de nuevo: "Calidad es el grado de cumplimiento de las necesidades establecidas", lo que se puede resumir como "Calidad es eficacia". Y la Calidad, como la eficacia, es medible y se valora -en porcentaje- en una escala de 0 a 100. Dado que todas nuestras actividades tienen -o deberían tener- un propósito, resulta razonable concluir que consideramos necesario su cumplimiento -de otro modo, no nos lo hubiéramos propuesto- y que lo deseamos conseguir totalmente. Es decir, con la máxima Calidad. Éste es nuestro objetivo, el cual la realidad ya se encarga de malograr (en este momento puede ser conveniente recordar lo aburrida que sería la vida si consiguiésemos siempre todos nuestros objetivos).

Ruido
En su significado más general, entiendo el ruido como una «perturbación». El ruido «perturba». Perturba la consecución de algún propósito específico, en particular si se trata de algo sobre lo que estamos prestando atención. Si descendemos de lo general a lo particular se nos viene a la cabeza inmediatamente su vertiente acústica: el vecino de arriba arrastrando muebles o las toses en el cine. En el primer caso perturba nuestro propósito de estar tranquilo en casa y en el segundo el escuchar la película. Pero tenemos otras muchas clases de ruido: electromagnético, cultural, intelectual, ideológico, moral, informativo, etc.. Incluso existe el ruido «interior», probablemente el más difícil de neutralizar. En todos los casos, el ruido afecta a la calidad. A más ruido, menos calidad. Si el ruido impide totalmente el propósito que nos hemos fijado, ruido cien, calidad cero. Si no apreciamos ruido alguno, ruido cero, calidad cien. Por lo tanto, definiremos el ruido como la medida de la ineficacia de un proceso. Y, como no podría ser de otro modo, el ruido es subjetivo. Lo que le perturba a uno no tiene porqué perturbar a otro (por ejemplo, un concierto de heavy-metal).

Vamos al asunto
Aceptando ya que lo que tengo es una sensación -subjetiva- que me rodea y me perturba mucho, de lo que se trata ahora es de intentar transmitir al lector el género de esta perturbación, el cual, adelanto, que no tiene nada que ver (por lo menos en este momento, mientras escribo) con el vecino de arriba. El detonador de este artículo, el ruido, es la imparable avalancha de datos, vendidos con el perverso nombre de información, que resuena atronador y que perturba enormemente mi razonable propósito de enterarme realmente de lo que pasa (los datos sobre los meteoritos de ayer o el asteroide han resultado un ejemplo paradigmático).

Semáforo político (la libertad)
Esto sucede en todos los ámbitos y medios, ya sea en el de la política, en el de la información general, en Internet, en Facebook, en TV, en radio, por teléfono, en el supermercado, en las etiquetas de los alimentos y bebidas, en los prospectos de las medicinas, en los diagnósticos preventivos, etc., etc. En todos ellos, encontramos datos, muchos datos. Ruido, mucho ruido. Pero información, lo que se dice información, poca o nada.  Recordemos que la información son "datos con significado". Y sin poner en duda la veracidad de muchos de ellos, su utilidad real se mezcla en un todo de forma íntima con la proliferación de afirmaciones falsas, cuando no contradictorias (los políticos son verdaderos especialistas en afirmar una cosa y la contraria), amalgama absolutamente pesada e indigesta para una mente mínimamente estructurada. Esto es lo que me perturba. Ruido, mucho ruido, el cual provoca como reacción un aumento notable del ruido «interior», el cual perturba el propio proceso mental. Y esto sí que es malo.

Antídotos
Para aumentar la calidad de la información es preciso reducir el ruido. Este es un principio básico de ingeniería radioeléctrica. Existe un parámetro que lo expresa muy bien: la «relación señal/ruido», siendo la señal los datos transmitidos (recordemos que los datos se convierten en información en la medida que tengan algún significado para el receptor). Pero no existe ningún antídoto universal, ningún bálsamo de Fierabrás. A nivel general, creo suficientemente eficaz llegar al simple convencimiento de que, en la mayoría de casos, pretenden tomarnos el pelo. Esto hará florecer en nuestro interior un saludable escepticismo cuyo balance será siempre positivo. Si tratamos de medios de comunicación o información política, puede ser beneficioso diversificar las fuentes, a fin y efecto de procesarlas -escépticamente- como un todo y extraer la media. Siempre estaremos más próximos a la verdad que con fuente única. En el otro extremo, tampoco conviene leer, por ejemplo, las contraindicaciones de las aspirinas. Esto último puede ser absolutamente dañino, pues seguirás con -o aumentará tu- mal de cabeza. En cualquier caso, está absolutamente contraindicado el aislamiento total -no TV, no radio, no teléfono, no internet, no...-, por ser peor el remedio que la enfermedad. No se trata de conseguir el silencio de los cementerios. Debemos aprender a convivir con el ruido, con la perturbación y, consecuentemente, con una deficiente calidad de vida.

Ruido y ética
Hasta aquí hemos abordado el tema como meros sujetos pasivos, como espectadores de una pésima obra de teatro, pero no debemos olvidar que también somos actores y que, en mayor o menor medida, somos contribuyentes netos a la ceremonia de la confusión representada por el ruido universal. Dado que el blog tiene como propósito general el fomentar la Calidad y la Excelencia en el ámbito de la Ética personal, parece indicado minimizar el ruido que, inevitablemente, aportamos. Esto aumentará la Calidad. Para ello, será suficiente con intentar comunicarnos con rigor, sin engaños, alardes ni pavoneos, siguiendo el sabio consejo de Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar, mejor callar". Y si lo pensamos bien, tenemos mucho de lo que no podemos hablar, porque no sabemos lo suficiente. En este caso, mejor escuchar, aunque sea ruido.  

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Valor del Lenguaje

Siguiendo con mi costumbre, empezaré con un análisis del título, el cual, como todo buen título, debería ser expresión condensada y relevante del contenido que titula. Antes de empezar su autopsia, probablemente, la primera reflexión que provoca su lectura es: ¿y qué puñetas tiene que ver "el valor del lenguaje" con la ética personal? Pues responderé que mucho. Y el propósito de este artículo es, precisamente, justificarlo. Empecemos:
  • Valor: ¿se puede añadir algo a lo ya tratado? En el blog empresarial analizábamos el término desde el punto de vista de la excelencia, diferenciándolo claramente del concepto "coste", con el que, frecuentemente, se confunde. Recordemos un poco: Valor es "la relación entre la satisfacción de las necesidades y los recursos utilizados". Por lo tanto, utilizando esta acepción, una vez conozcamos las necesidades del lenguaje (su función), podremos conocer su valor, el cual estará en función de los recursos utilizados en su producción (entendiendo como tal, los esfuerzos que hayamos empleado para generar un mensaje con él). 
  • Pero existen más acepciones. Utilizaremos también la bastarda: el coste. Porque el lenguaje mal utilizado puede representar un coste. Y un coste nunca se amortiza. Es un peso, una losa, que será tanto mayor cuanto peor haya sido su utilización. Y por último, consideraremos la acepción 6 del RAE: "Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos". En ocasiones, el lenguaje ha de ser "valiente". Aparquemos el tema hasta analizar de nuevo la frase completa.
  • Lenguaje: no voy a pavonear de erudición gratuita, entre otras cosas, porque no puedo. Pero si daré mi definición, decantada por mi escaso conocimiento y la experiencia adquirida. El lenguaje es una convención simbólica que pretende (y casi nunca consigue) ser una representación del pensamiento. Y su resultado, su producto, su función, es la comunicación. Cuando lo empleamos en su forma verbal, por la inmediatez (no es conveniente pensar demasiado las frases, para evitar la somnolencia del interlocutor), el riesgo de no expresar lo deseado es altísimo. Este riesgo baja cuando lo empleamos en forma escrita, pero nunca tenemos garantía de éxito (este artículo ya lo querría empezar de nuevo, pero soy muy perezoso ¿es esto poco ético?). En cualquier caso, en este punto, podría ser adecuado ampliar este tema consultando el artículo "Entendimiento y comprensión".

Una vez comentados los dos componentes del título, analicemos el objeto del artículo:

De poco sirve aquí el lenguaje.
Debemos ser muy sensibles al valor del lenguaje. Teniendo en cuenta que su único objetivo es la comunicación, y que esta comunicación debe ser de calidad (eficaz, conseguir totalmente este difícil resultado: que los dos interlocutores hablen de lo mismo, se entiendan y se comprendan) y excelente (primera acepción analizada: máximo resultado con mínimo esfuerzo), tenemos que maximizar este valor. Adicionalmente, debemos minimizar el coste que nos puede suponer un empleo inadecuado del lenguaje. En ocasiones, la popular regla de contar hasta diez antes de responder a  lo que nos parece una inconveniencia, puede ser acertada.
Y, por último, no debemos temer la utilización del lenguaje. Cuando la ocasión lo requiere, se ha de hacer una utilización valiente del mismo. Decir las cosas como son. Llamar a las cosas por su nombre.

Para finalizar, incorporemos la preocupación por el valor del lenguaje a nuestra ética personal. Y digo preocupación, porque, a fuer de rigurosos, no podemos quedarnos mudos. Es suficiente con el compromiso de formarnos permanentemente, hablar con propiedad, atender al interlocutor y asegurar la comunicación. En resumen, "pensar antes de hablar" y "pensar antes de escribir". Todo empieza en el pensamiento.

Wittgenstein dijo "los limites de mi mundo son los límites de mi lenguaje". Procuremos disponer de un lenguaje amplio y preciso, para aumentar los límites de nuestro mundo. También dijo: "de lo que no se puede hablar, mejor callar". Sabias palabras. No nos engañemos. Para poder hablar, debemos tener recursos de lenguaje. Si no, mejor callar. Aunque si esta práctica se generalizara, con total seguridad, el "ruido" del mundo se parecería al de una biblioteca.

Karl Popper afirmó "es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado". Hagámosle quedar mal.

Y una última frase, perteneciente a la película (absolutamente recomendable) “La herencia del viento”, pronunciada por Spencer Tracy, abogado defensor en el juicio a las teorías de Darwin: "El lenguaje es pobre para expresar las ideas. Sólo podemos utilizar las palabras que conocemos". Mejoremos entonces nuestro vocabulario.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Entendimiento y Comprensión

Tras el obligado paréntesis motivado por mi incapacidad temporal de relacionarme con el teclado y la pantalla, retomamos la publicación con un tema recurrente en mi imaginario, catalizado por unos hechos recientes que no describiré y que, podríamos decir, han representado la gota que colma el vaso.

A los efectos de asentar conceptos generales, empezaremos con una obviedad: en una publicación anterior planteo que no somos nada (no existimos) si no nos relacionamos con nuestro entorno. Es más, acuño una variante del clásico de Descartes que proclama: "Actúo, luego existo". A partir de este supuesto, resulta evidente que el pre-requisito indispensable para que nuestra relación con el entorno sea adecuada consiste en una comunicación fiable y de calidad. Esto, por descontado, es una condición necesaria, aunque no suficiente. Pero si no establecemos comunicación, no nos relacionamos. Y, por si fuera poco, dado que la comunicación debe ser bidireccional, su inadecuación puede devolvernos información del entorno absolutamente sesgada y, en el peor de los casos, errónea.

Entender y comprender no siempre es fácil.
Y aquí aparece el título. Entendimiento y Comprensión son dos conceptos estrechamente ligados a la comunicación. Para conseguir una adecuada comunicación, es absolutamente necesario entender y comprender al interlocutor (una adecuada entrada de información, no controlada por nosotros) y esforzarte en hacer entender y comprender tus planteamientos (una adecuada salida de información, sobre la que tenemos todo el control).

Empecemos, como siempre, dejando claro el significado, en mi humilde opinión, de ambos términos. Mal iría desarrollar todo un artículo dedicado al entendimiento y la comprensión sin saber de qué puñetas estamos hablando (1).

Deberíamos tener bastante claro que no es lo mismo "entender" que "comprender". Porque, supongo que entiendes lo que escribo, pero... ¿lo comprendes?

"Entender" es percibir el significado de algo, aunque no se comprenda, mientras que "Comprender" es hacer propio lo que se entiende y asumirlo, lo que te permite actuar de forma coherente y congruente con ello. La diferencia entre "entender" y "comprender" se puede apreciar en los siguientes ejemplos:
  1. Se puede "entender" un idioma y "no entender" otro. Además, una frase en el primer idioma (el que se entiende) se puede o no "comprender". En cambio, una frase en el segundo idioma (el que no se entiende) resultará siempre imposible de "comprender".
  2. Por lo tanto, es posible "entender" una frase pero no "comprender" lo que significa. Por ejemplo: “lo obvio es invisible” (esto es incomprensible, aunque muy bien podría formar parte del paródico artículo de Alan Sokal "Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica").
  3. Es distinto "entender" que fumar perjudica la salud de uno mismo y de quienes nos rodean, que "comprenderlo", pues éste es el primer paso para dejar de fumar.
  4. En una conversación, no es lo mismo que te respondan “te entiendo, pero…” (no te comprendo) que “te comprendo” (si "se comprende" no hay “pero” alguno detrás).
  5. Entendemos que en el mundo miles de personas mueren diariamente debido a malnutrición o víctimas de guerras, ¿pero lo comprendemos?
Pues bien, aclarado el significado, volvemos a reiterar la necesidad de que nos entiendan y comprendan (aunque no estén de acuerdo con nuestros planteamientos) y que entendamos y comprendamos los planteamientos de nuestro interlocutor (aunque no estemos de acuerdo con ellos). Esto podrá parecer reiterativo, pero, por su extrema importancia, creemos que es absolutamente recomendable incorporar esta preocupación, en forma de compromiso, a nuestra ética personal.

Por lo tanto, en primer lugar, entendimiento. Si nuestro interlocutor no está a nuestra altura cultural o intelectual, intentemos nivelarnos. Si su nivel es más bajo, nos debería resultar fácil (viene al pelo la frase de Aristóteles: "las enseñanzas orales deben acomodarse a los hábitos de los oyentes"). Si su nivel es más alto, no nos duelan prendas de manifestar nuestra incapacidad para entenderle y solicitar un léxico menos formal o "erudito". Y si no conseguimos establecer en la comunicación un nivel aceptable de entendimiento, no vale la pena seguir.

En segundo lugar, una vez entendido el mensaje, pasamos a la comprensión. En este caso, debe quedar claro que, en este artículo, estamos hablando de comunicación, no de proselitismo ni de adoctrinamiento, conceptos que, no necesariamente precisan comprensión. Puede ser suficiente con un adecuado "lavado de cerebro".

Por lo tanto, debemos intentar (esforzarnos en) comprender y que nos comprendan, con total independencia de compartir o no los planteamientos mutuos. Sin comprensión, tampoco hay comunicación. Y si, tras repetidos esfuerzos, la comprensión no es posible, será porque el mensaje (en uno, otro o ambos sentidos), mal que nos pese, es incomprensible. Entonces, mejor dejarlo ("De lo que no se puede hablar, mejor callarse", Wittgenstein).

Por último, resumiremos los principales enemigos de la comunicación y, consecuentemente, de nuestra relación con el entorno:
  1. Falta de entendimiento por errores gramaticales o de sintaxis o por la utilización de terminología no explicada o demasiado erudita,
  2. Falta de entendimiento por ausencia de esfuerzo de nivelar las partes,
  3. Falta de comprensión por la utilización de conceptos inusuales o novedosos en extremo a los que, por definición, no tiene acceso la otra parte,
  4. Falta de comprensión por ausencia de esfuerzo en explicar lo inexplicable o incomprensible para la otra parte.
A estos cuatro habría que sumar la dificultad inherente (y omnipresente) de exponer nuestros pensamientos mediante el lenguaje oral o escrito (en este caso, menor, por cuanto nos permite la reflexión y la corrección del texto) el cual, a fin de cuentas, no es más que una convención simbólica. Aunque, a pesar de su capital importancia, este tema, objeto de gran atención filosófica, queda fuera del alcance de este artículo.

Por lo tanto, si deseamos una relación adecuada, enriquecedora y mutuamente beneficiosa con nuestro entorno, desterremos de nuestra conducta los cuatro enemigos anteriores e incorporemos a nuestra ética personal las buenas prácticas de una comunicación bidireccional oral o escrita de calidad y excelencia.

"Ayúdame a comprender lo que os digo y os lo explicaré mejor" (Antonio Machado)

"Los hombres son siempre más propensos a creer lo que no entienden, y las cosas oscuras y misteriosas tienen más atractivo a sus ojos que las claras y fáciles de comprender" (Cayo Cornelio Tácito)

"Nada comprende el que una parte no comprende" (Séneca)

1 - La falta de preocupación por clarificar el significado de la terminología o de los conceptos objeto de diálogo o debate (incluso de publicación) es, a mi modo de ver, una de las mayores lacras del discurso filosófico y la causa principal de la deficiente comunicación en cualquier disciplina.

jueves, 9 de agosto de 2012

Filosofía, Ciencia, Metafísica, Física y Equilibrio

Empezaré calificando lo que sigue como una "reflexión de verano".

Reflexionando: ¿Realidad o Apariencia?
Si tomamos los cuatro primeros términos del título dos a dos, nos encontramos con conceptos que, frecuentemente, se contraponen, provocando filias y fobias que, a mi modesto entender, necesitan mucho "Equilibrio" (empleo este término por asociación con la Física, pero, en realidad, podría haber escrito "Tolerancia").

Siempre se me ha criticado una obsesiva tendencia al reduccionismo y la simplificación (tanto en temas "filosóficos" como en mis actividades profesionales), a lo que he contrapuesto mi argumento de que el secreto está en "lo simple" y que la búsqueda de esta "simpleza" pasa necesariamente por un análisis profundo de los conceptos que llevan a su "destilación". Esta "filosofía" personal es la que me llevó a congeniar rápidamente con Wittgenstein y su preocupación por el significado de las palabras y, consecuentemente, por la profundidad conceptual que puede residir en cada una de ellas y, particularmente, a la conclusión de su indigesto "Tractatus..." donde utiliza una metáfora (arrojar la escalera donde te has subido) y concluye con la lapidaria y conocida frase, nada metafórica, "De lo que no se puede hablar hay que callar".

Creo sinceramente que, para observar "lo simple", es preciso "subirse a la escalera" y ganar perspectiva y que el dicho "los árboles te impiden ver el bosque" es una verdad "absoluta" y que este alejamiento del campo de batalla dialéctico y de los, frecuentemente, extensos, dispersos y confusos discursos "filosóficos" es el que permite destilar el espíritu (la "esencia") de los conceptos contenidos en las simples palabras.

Sin más preámbulos (qué complejo y extenso puede ser defender la sencillez) paso a exponer una visión reduccionista y simplificadora (espero que no se tache de simplista) de términos tan complejos:

Doy como válida para la definición de "filosofía" la que se desprende del punto de partida siguiente (justificado en el Diccionario de Ferrater Mora): "la Filosofía nació cuando el hombre empezó a cuestionarse la realidad y a diferenciarla de la apariencia". Dicho de forma coloquial: cuando empezó a ser consciente de que "las apariencias engañan". Esto relacionaría la Filosofía más con las preguntas que con las respuestas ("cuestionarse la realidad").

Por lo tanto, la definición mas "simple" sería "La filosofía es cuestionarse la realidad".

Lo que nos lleva al primer término contrapuesto: la "apariencia". Realidad y Apariencia, serían pues, la primera pareja "filosófica". Y, consecuentemente, el embrión de la futura diferenciación entre Filosofía (realidad) y Ciencia (apariencia) y a la Metafísica (Filosofía) y la Física (Ciencia). Digo "futura", porque en la época de Platón y Aristóteles, a los sabios llamados "filósofos", hoy los llamaríamos también "científicos".

A continuación de esta "primera pareja", con el devenir y el consecuente desarrollo del pensamiento filosófico, han empezado a florecer nuevas parejas de términos que, en mi opinión, representan de forma "simple" la enorme complejidad de dicho pensamiento, pero que, en el fondo, son formas distintas de enfocar lo mismo: el origen, la diferencia entre el mundo real y el aparente.

Para terminar, propongo dos definiciones  (en interpretación libre, no exhaustiva, un punto irónica y sin orden de precedencia) para los términos Filosofía y Ciencia, utilizando los conceptos a los que creo dedican principalmente su atención, lo cual no significa, en ningún caso, que excluyan la consideración, aunque en menor grado, de sus términos contrapuestos (que no antónimos):

La Filosofía se dedica a la búsqueda de respuestas de alcance "Metafísico", mediante el estudio de las Ideas, la Realidad, lo Universal, lo Abstracto, lo Subjetivo, el Espíritu, la Voluntad, la Existencia, la Potencia, la Fe, lo Trascendente, los Noúmenos, las Sensaciones, la Eternidad, la Verdad, las Creencias y las Causas.

La Ciencia se dedica a la búsqueda de respuestas de alcance "Físico", mediante el estudio de las Formas, las Apariencias, lo Particular, lo Concreto, lo Objetivo, el Cuerpo, la Representación, la Esencia, los Actos, la Razón, lo Contingente, los Fenómenos, las Percepciones, el Tiempo, las Evidencias, la Certidumbre y los Efectos.

NOTA: Las definiciones anteriores no pretenden establecer "qué es" la cosa, sino su función ("qué hace").

En mi opinión, para llegar a un razonable conocimiento del significado de la filosofía, únicamente es preciso reducirla a "lo simple" y muchos de los conceptos citados en la definición "larga" son conceptos metidos con calzador en el zapato filosófico (a menudo, demasiado estrecho para calzárselo, en especial si se tienen los pies grandes como yo).

También he leído frecuentemente que los niños no filosofan. No estoy de acuerdo. Si la Filosofía es buscar respuestas, no hay mejor filósofo que un niño con sus machacones y continuos "porqués". Lamentablemente, con la pubertad y la juventud, dejamos de hacernos preguntas (porque creemos tener todas las respuestas) y es con la madurez cuando (algunos, no todos) regresan a la filosofía.

Terminemos con las preguntas básicas y su simplificadora correlación con el objeto de esta entrada: ¿Porqué? = Filosofía, ¿Qué, Cómo, Cuándo? = Ciencia.

Y como creo que son dos caras de la misma moneda (el conocimiento humano), defiendo el "equilibrio", el punto medio aristotélico, el respeto y la tolerancia entre los defensores y/o amantes de las cuatro disciplinas.
Si nos preocupan estos temas, sería muy adecuado incorporar esta tolerancia a nuestra ética personal.


"Se debe hacer todo tan sencillo como sea posible, pero no más sencillo" (Albert Einstein).
    
"Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas; y en cuanto que son ciertas, no tienen nada que ver con la realidad" (Albert Einstein).

"La realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen de engañarse nuestros sentidos" (Albert Einstein).

“La ciencia es lo que sabes, la filosofía es lo que no sabes” (Bertrand Russell).