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sábado, 20 de enero de 2018

Diez segundos

Fue hace más de cinco años cuando publiqué un artículo donde reflexionaba un tanto filosofalmente sobre la importancia de “Pensar antes de actuar”, poniendo especial énfasis en la primera fase del proceso, fase que, aún en acciones aparentemente irreflexivas, existe en todos los casos. Defendía en este artículo que “lo deseable es que este proceso sea racional y consciente” lo que nos debía llevar a hacer “lo que nosotros queremos hacer”. No trataba sobre los actos reflejos o instintivos, en especial los producidos por el instinto básico de supervivencia, lo que en una interpretación literal podía llevar equivocadamente a calificar estos últimos como “indeseables”. Nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que esta primera fase, como todo en la vida, consume tiempo, y este tiempo, en el caso de acciones reflejas o instintivas es muy corto. Tan corto que no somos conscientes de su existencia. Pero bienvenido sea porque nos permite apartar instintivamente la cabeza, aparentemente sin pensar, para evitar un puñetazo (1).

Lo que se va a tratar en este artículo es un caso particular de este proceso (pensar > actuar) que gravita sobre gran parte de los miembros de nuestra pequeña tribu entre los que sin comerlo ni beberlo me encuentro. Y lo defino como particular porque, en este caso, la acción, que es un término genérico, consiste en hablar, conversar, opinar o debatir (2). Y es en este caso y en este momento también particular de nuestro devenir existencial (3) cuando creo que es más necesario y conveniente “pensar antes de hablar” huyendo de calentones de boca o respuestas irreflexivas o instintivas vulgarmente definidas como hacer “lo que nos pide el cuerpo”.

Esto determina la necesidad de “pensar antes”, es decir, dedicar un cierto tiempo a esta fase, llevándola al terreno de lo consciente, permitiéndonos aceptar de buen grado las potenciales consecuencias de nuestros actos. En este caso, nuestras palabras.

Y ¿qué decir de estas potenciales consecuencias? Pues que dependiendo de tu interlocutor (4), de tu grado de “reflexión” y de tu acierto, pueden ser muy reales y nada buenas. Incluso relativizando estos factores, el riesgo de chasco o destrozo anímico es notable. ¿Vale la pena correrlo? A la respuesta de esta importante pregunta nos dedicamos a continuación. Y adelanto la respuesta: NO. Veamos porqué.

En línea con nuestra argumentación, se considera una buena práctica contar hasta 3 antes de dar respuesta a una cuestión importante. Y la que nos ocupa lo es. No puede ser menos puesto que divide a la sociedad. Ahora bien, en nuestro caso particular, debemos tener en cuenta que contar hasta tres sigue siendo muy rápido. No son los tres segundos que parece. Cronométrese y verá que le lleva un misérrimo segundo (otra cosa sería respirar profundamente y contar pausadamente a partir del 100: 101, 102, 103). En cualquier caso, incluso los tres segundos me parecen cortos. En el complejo y espinoso tema que nos ocupa me declaro incapaz de reflexionar e hilar argumentos mínimamente coherentes en menos de 10 segundos. Probablemente mucho más. Pero dejémoslo en estos diez. ¿Ustedes son conscientes de lo largos que son? Pruebe a mirar su reloj (obviamente, si tiene segundero) y suponga que durante todo este tiempo la conversación está suspendida, usted aparenta estar en babia, su interlocutor le dedica una mirada escrutadora y empieza a esbozar una sonrisa triunfante, dando por sentado que usted se ha quedado sin argumentos. ¿Puede haber algo más hiriente? A esto se suma el hecho de que los interlocutores lo tienen tan claro, tan interiorizado, tan asumido, que sus respuestas son inmediatas (diría que instintivas), invariablemente vestidas con trascendentes y aplastantes seudoargumentos de gran peso histórico, cultural o identitario, lo que hace que la ¿conversación? entre en una espiral que te lleva a aumentar tus tiempos de respuesta. ¿Qué sentido tiene seguir? Mejor dicho: ¿Qué sentido tiene empezar?

Me gustaría terminar con una figura metafórica. En la atmósfera terrestre la velocidad del sonido es de 343,2 m/s (a 20 °C de temperatura, con 50 % de humedad y a nivel del mar). Esto quiere decir que si mi interlocutor tarda 10 segundos en oír mi respuesta equivale a estar situado a una distancia de mí de 3.432 m (en las condiciones expuestas, a pesar de que la temperatura de la conversación, incluso la presión, con toda probabilidad subirá). Más de tres kilómetros. Indudablemente, en estas condiciones, resulta  humana y físicamente imposible mantener una conversación.

Diez segundos. Ésta es la distancia a que me encuentro de ellos. Física y conceptual. Por esto no converso: Pienso… y no actúo. Eso es lo que quiero hacer. Y esto es lo que hago.

NOTAS:
  1. Este tema se trata en mi canción “Mejor dudar”.
  2. Se excluye la palabra escrita. Es imposible escribir sin “pensar antes” (bueno, pensando en las redes sociales, la afirmación resulta excesivamente categórica).
  3. Me refiero ahora al otro “proceso”, al grande, al omnipresente, al absoluto, al …
  4. Deseo dejar muy claro que el “interlocutor” puede pertenecer a los dos Todos tratados en este artículo.

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