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domingo, 10 de junio de 2018

Ya me salto los semáforos


Ya me salto los semáforos. Y me refiero a los de peatones, claro (aunque espero y deseo -cualquiera sabe- que el futuro no me lleve a generalizar). Esto es un hecho, del cual me he apercibido de forma consciente hoy, hace un rato, en pleno paseo matutino, cuando sumido en lo más profundo de mis pensamientos, se ha superpuesto a los mismos la imagen progresivamente creciente de un monigote luminoso en forma de peatón estático de color rojo. Y me he dicho: caramba, estoy en plena calle, en el cruce de Diagonal con Numancia, cruzando en rojo.  Valga también citar que es domingo, las nueve de la mañana y que prácticamente no había tráfico automovilístico (ahora siempre hay que precisar, pues el adjetivo “rodado” ya no es unívoco ni concluyente). Pero claro, esto no es ningún atenuante, máxime cuando al protagonista se le ha llenado permanentemente la boca de llamadas al cumplimiento de todas las leyes, reglamentaciones y normativas aplicables, a las que les ha concedido siempre la categoría de requisitos establecidos por y para la sociedad, con objeto de garantizar un razonable grado de convivencia entre animales racionales, en oposición a la ley de la selva, sin duda más adecuada para los irracionales.

Y en ese momento, esfumado ya todo atisbo de abstracción mental, he tomado conciencia plena del hecho y, lo más importante, de que la decisión haya sido intuitiva, automática e irreflexiva. Y entonces, siguiendo mi camino (todavía me faltaban tres kilómetros) no he podido dejar de pensar en ello y ha empezado a aflorar en mis recuerdos la clara tendencia que comenzó con incumplimientos esporádicos, vagamente justificables, siguió con un lento y progresivo aumento de frecuencia, hasta llegar al día de hoy en el que he sido consciente de que “ya me salto los semáforos”. Como (casi) todos. Y aquí y ahora he sentido la necesidad de profundizar un poco en esta flagrante vulneración de la calidad (por incumplimiento de un requisito) y con ella, de la excelencia y de mi querida y publicitada ética personal.

Empezaremos por el elemental instinto de supervivencia, el cual doy por supuesto que sigue activo en mi caso. Es decir, aunque me haya encontrado de golpe (conscientemente) en medio de la calle Numancia pasando en rojo, creo que inconscientemente me habré apercibido con un cierto grado de fiabilidad de la ausencia de riesgo (realmente, en el momento del cruce pude verificar la inexistencia de amenaza alguna). Pero esto, más allá de definirme, a diferencia de muchos, como un cobarde que teme la ruleta rusa, tampoco es eximente de nada. Hace falta ir más lejos. Es necesario llegar a identificar una causa creíble que justifique este lamentable hecho, visto desde la perspectiva de mi ética “actual”. O, si es injustificable, cambiarla. Solo así podré saltarme otro semáforo.

Siempre he procurado “tomar decisiones basadas en hechos”, uno de los ocho principios de la calidad que por su simplicidad y lógica más me ha impactado. Y como creo que este principio lo tengo muy arraigado, aun aceptando que no siempre resulta fácil ni práctico, he reflexionado sobre cual o cuales pudieran ser los hechos que me han llevado a tomar la decisión de saltarme los semáforos peatonales. Y hurgando y hurgando en la memoria, me he visto de pie ante el semáforo en rojo en las incontables ocasiones que me he encontrado a lo largo de los casi 1.000 kilómetros que he caminado en los últimos once meses desde mi operación de cadera (aprovecho la ocasión para agradecer al Dr. Morales de Cano su pericia). Y ahí, parado como una estaca, recuerdo haber sido testigo de la infracción sistemática de personas andantes de todo tipo y condición (desde jóvenes imberbes a personas mayores con movilidad reducida), de personas montadas en VMP (vehículos de movilidad personal, según el ayuntamiento: ciclos mono-rueda, patinetes eléctricos, etc.), de usuarios de monopatines, skate-board y similares de tracción animal (nunca mejor dicho) y de los consabidos ciclistas fuera de su carril dedicado. Y recuerdo que a medida que se acumulaba el tiempo de espera semafórica y los kilómetros de paseo (1.000 kilómetros dan para mucho), mi percepción sobre la sociedad que me circundaba y que, obviamente, era una muestra perfectamente aleatoria y representativa de la sociedad en general, iba resultando más y más negativa. Y creo que en esta negativa percepción de la sociedad sobre la desobediencia semafórica peatonal (no peatonal semafórica, porque también la practican “no peatones”) puede residir la causa raíz del desaguisado.

Nos encontramos pues ante unos hechos reales, generalizados y experimentados en primera persona, que, más allá que sean extrapolables (que lo son) a otras actividades o valores de la sociedad, hacen que mi opinión sobre la misma, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales haya caído bajo mínimos. Y me pregunto: ¿puede ésta ser la causa de mi decisión? Creo que sí. ¿Debería haber tomado la decisión antes de proceder a un análisis crítico de los hechos? Creo que no. Pero para esto estoy escribiendo esta entrada. Para analizarlos y justificarla. Veremos si lo consigo.

El hilo principal del razonamiento es que cuando me salto (yo) un semáforo no lo hago porque me molesta que esté ahí, o porque me la refanfinfla, o porque las normas son para los idiotas, o porque mi tiempo es más importante que el de los demás pardillos, o porque “solo es un semáforo”, sino porque mi respeto por la sociedad actual (repito, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales) es cero. Y por ello, mi compromiso personal con el cumplimiento del contrato social representado, en este caso, por la prohibición de saltarse un semáforo, que era total, ha dejado de serlo. Reconozco que esto no me coloca en un plano superior. A buen seguro habrá quien criticará la decisión tildándola de acomodaticia o de vulgar alineamiento con la manada. Y acepto que se puede ver así. Pero no me importa lo más mínimo. Ahora sé porqué lo hago y deseo a todos lo mismo: que sean conscientes del porqué de su infracción, lo que les convertirá en seres semafórica y peatonalmente racionales.

Por lo tanto, en el tema específico que nos ocupa, mi compromiso con el cumplimiento semafórico-peatonal pasa a ser discrecional, quedando este compromiso (eso sí, un tanto atenuado y relativizado) incorporado al catálogo que conforma mi ética personal. O sea, que ya puedo saltármelo (el semáforo, no el compromiso) sin sentirme mal. Uf, que descanso.

lunes, 21 de agosto de 2017

17-08-2017 Barcelona


17 de agosto de 2017


Qué es lo que hay que hacer
si es que eso puede ser,
si es que con lo que tú hagas
puedes algo resolver,
si es que tus pobres acciones
tienen aún razón de ser,
si es que no acaban hundidas
en un mar de insensatez.

Qué es lo que nos ha pasado
que nos lleva a padecer
esta suerte de barbarie,
esta maldad sin porqué,
esta irracional propuesta
en nombre de incierta fe,
cual macabra lotería
que nos golpea otra vez.

Qué es lo que lleva a muchachos
a creer que su papel
en esta vida terrena
es matar a fiel e infiel,
pues que nosotros sepamos
no les piden el carnet,
para tener como premio
cien huríes y el edén. 

Qué es lo que hace tan triste
vivir el día después,
asistir al espectáculo
que nos dan desde el poder,
observar con impotencia
su querer y no querer,
su cuidada equidistancia,
de sus miras la estrechez.

¿Alguien sabe lo que es?
¿alguien conoce la causa?
¿alguien conoce el porqué?
¿alguien tiene una vacuna?
¿alguien se siente culpable
de morirse a su placer?
¿alguien cree que algún día
los vamos a convencer?

Mientras tanto discutimos
si lo hago mejor que tú,
si tú me ocultas los datos,
si yo persigo otro fin,
primamos el enanismo,
la tribu y la acción local,
cuando es obvio que el problema
requiere visión global.

Mientras tanto no tengamos
una autoridad mundial,
unas leyes que superen
fronteras e identidad,
una sociedad que mame
igualdad y libertad,
este cáncer que sufrimos
crecerá y se extenderá.

Mientras tanto solo queda
nuestra solidaridad
con todos los fallecidos,
con familiares y heridos,
con treinta y ocho países,
con toda la humanidad,
con los que fueron culpables
de atreverse a ramblear.

Mientras tanto no se engañen,
si lo quieren arreglar,
viendo el perfil de los tipos
que nos deben liderar,
dado que los dirigentes
se extraen de esta sociedad,
será peor el remedio
que la propia enfermedad. 

domingo, 28 de junio de 2015

Los sinIVA (por favor)

Este es un nuevo e interesante ejemplar que añadir a nuestra galería particular de estereotipos, al que el escueto y definitorio nombre escogido no le hace verdadero honor, ya que en su esencia concurre otra característica diferenciadora que desvelaremos en el transcurso del artículo. Digamos que para pertenecer a esta categoría de individuos, cumplir con el título es condición necesaria, pero no suficiente. Hace falta algo más.

En cuanto a la primera de las características (sinIVA) conviene puntualizar que se puede dar de forma pasiva o activa, siempre en respuesta al prosaico estímulo de tener que rascarse al bolsillo. Y conviene también recordar como premisa inicial que «el IVA» es parte importante de nuestra contribución personal a la caja común de la que nuestros representantes políticos (nuestros administradores, electos por nosotros mismos) sacan el dinero para, en teoría (1), satisfacer las necesidades de la comunidad y por ende, de los contribuyentes individuales. Porque, en el fondo, todo se reduce al individuo, por esto tratamos el tema aquí y no en el blog político. Y para terminar con la introducción, tampoco estará de más reafirmar algo que se olvida con frecuencia: política y economía son dos caras de la misma moneda (2)

Primera fase...
En primera instancia, entendemos por un sinIVA pasivo a quien acepta sin pestañear un papelote o no-factura en cualquiera de sus formas (simple hoja cuadriculada o pseudo albarán) a cambio de pagar algún producto o servicio. Ejemplos típicos: el fontanero o el dentista (3). Diremos también que si no se concurre en la segunda premisa (todavía no desvelada) ésta es una forma menor y desclasada del tipo (entre 1 y 3 puntos sobre 10, en función de importes y frecuencia), en absoluto disculpable, pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Nos encontramos ahora con el sinIVA activo, el que lo pide (normalmente, consciente de la malignidad intrínseca de su acción, por favor). Aquí, el grado de coincidencia con el estereotipo sube varios enteros (digamos que 5 sobre 10). El sujeto está incitando a su proveedor a cometer un delito (de hecho, a ser cómplice) del que se van a beneficiar ambos. Me imagino al sujeto con la boca adormecida por la reciente anestesia, balbuceando algo parecido a «sssiiiinn iba pofavo» y a la perversa sonrisa de la secretaria, recepcionista o becaria, tanto da, mientras el beneficiario de la dádiva (normalmente exigida en cash) se frota las manos prudentemente apartado del lugar de los hechos delictivos. 

Segunda fase...
En la secuencia acumulativa de méritos para la consecución del título, llegamos ahora a la segunda premisa, que vamos a denominar la «indignación por la corrupción política», la cual también puede ser activa o pasiva. Sólo los elementos en los que concurran ambas premisas en su modalidad activa merecen entrar en el Salón de la Fama con medalla. Veamos:

A diferencia de la primera, normalmente restringida al ámbito privado, el cumplimiento de esta segunda premisa se evidencia fácilmente por su exteriorización. Si se limita al entorno próximo (familiares y conocidos) la tipificaremos como “pasiva”, pero si se manifiesta públicamente con su presencia en actos reivindicativos o de protesta, aun cuando se esté calladito y no porte pancartas, la calificaremos de “activa”. Ésta es la forma tipica del estereotipo que podemos ahora definir como: «El individuo que compagina el sinIVA por favor con el activismo anticorrupción política». Diez sobre diez.

Caricaturizemos de nuevo:

   —Sin IVA, por favor,
   —Un momento...
   —Deprisa, tengo que ir a la «mani» anticorrupción.

Concluyamos: ¿Dónde estamos cada uno de nosotros? ¿Podemos puntuarnos? ¿Estarían igual de llenas las manifestaciones si se pidiese credencial de pureza? Deberíamos reflexionar sobre el hecho de que los políticos salen de la sociedad y que son fiel reflejo de la misma. Y que probablemente, la corrupción es una simple cuestión de oportunidad. Deprimente, pero cierto. Nadie está en condiciones de pontificar sobre la corrupción si no ha estado expuesto a ella. Y no me refiero sólo al ámbito politico sino al personal o profesional. Seas un Jefe de Compras o un presidente de Comunidad de Vecinos. Ya no digamos si eres un político con acceso a fondos públicos o con capacidad decisoria en contratos (aunque se trate de compra de papel higiénico).

Estas cuestiones también forman parte de nuestra Ética personal, componente indivisible de la Moral colectiva. La Calidad y la Excelencia vendrá determinada por la puntuación que nos demos, en el supuesto que nos hagamos el test. Por cierto, en este tema, el cero no existe

Notas:
  1. Corramos un tupido velo.
  2. Pocas veces se habrá utilizado un término de forma más apropiada.
  3. Nuestras más sinceras disculpas a los profesionales que puedan sentirse ofendidos. Evidentemente, las referencias son típicas y en clave de humor y no se deben tomar como genéricas sino como enfocadas exclusivamente en el subgrupo de no-profesionales (de éstas y otras especialidades) que practican los hechos mencionados.

jueves, 30 de enero de 2014

La Broma Infinita

«Contra más lees, menos escribes. Pero esta obviedad no se debe al simple reparto aritmético del tiempo disponible, sino a la progresiva toma de conciencia sobre tus propias limitaciones».

¿DEBOLSILLO?... Será una broma ¿no?
Esta reflexión propia ilustra a la perfección las circunstancias que concurren en la decisión, en primer término, de volver a escribir –tras prácticamente un mes en el dique seco– y, en segundo término, en la elección del tema. Sucede que he terminado la lectura de la obra de David Foster Wallace que da título a esta entrada, lectura que, además de imposibilitar la escritura por la obvia incapacidad cerebral multitarea, me absorbió de tal forma que mi mente se negó a desconectar incluso en los momentos de no-lectura. Por lo tanto, liberado estoy, aunque no sin una fuerte resaca.

Y antes de que se disipen los vapores de la borrachera literaria que todavía sufro, ha creído que resultaría apropiado –intentar– registrar por escrito un resumen de la obra y de mis conclusiones, a modo de un destilado esencial y aromático, muy alejado de lo que se pudiera entender como crítica literaria al uso, desprovisto de toda subjetividad, en un intento –que antes de empezar ya califico de frustrado– de objetivar la obra y de esquivar mi opinión sobre ella, en parte por el lamentable hecho de que todavía no la he formado, ni creo que lo consiga.

Terminaré esta introducción adelantando la íntima relación entre la obra y la Calidad, la Excelencia y la Ética personal, relación que, espero, quede justificada al final del artículo.

Características físicas
  • 14 x 21 x 5,5 cm = 1,617 litros (1);
  • 1.208 páginas con caja de letra pequeña, aprox. 600 palabras por página, 720.000 palabras;
  • 388 notas numeradas, al final de la obra (2) ocupando 115 páginas;
  • Incontables subnotas, éstas letras –a, b, c...–, de dimensión tan diminuta que, fácilmente, pasan inadvertidas, resueltas ahora a pie de página de la nota madre (3);
  • 1.200 gramos de peso, gramaje aproximado: 34 gr/m2.
Importante: Se recomienda encarecidamente superar la incomodidad que representa el elevado peso y el reducido tipo de letra, la cual es despreciable comparada con la lectura en ebook y el martirio insufrible que representa el frecuente cambio de página (4), los marcadores y los constantes viajes de ida y vuelta entre texto y notas. Personalmente, me vi obligado a comprar el ladrillo físico y proceder con dos puntos de lectura tradicionales.

Estilo y estructura
  • En secciones descriptivas –no diálogos–, absoluto desprecio por los puntos (seguidos y aparte), configurando mastodónticas exposiciones con frecuentes saltos en el tiempo y en el espacio que exigen una atención desmesurada que no siempre consigue seguir el hilo;
  • Omnipresencia de acrónimos no siempre explicados –o así me lo parece–, tales como AFR: Assassins des Fauteils Roulants (sic); UHID: Unión de los Horrible e Inverosímilmente Deformes;  OSNE: Oficina de Servicios No Especificados –una especie de nueva CIA– u ONAN, no aclarado, pero que el lector debe imaginar significa Organización de Naciones de América del Norte (México, EEUU y Canadá);
  • Uso y abuso de motes (la Gran Pitonisa, la Oscuridad) y de referencias distintas para la misma persona (p.e., CT, C.T., C. Tavis, Charles T., Charles Tavis) en un patrón aleatorio impredecible y, habida cuenta de la coral, abrumadora y exagerada cantidad de protagonistas, fuente de permanente confusión, indudablemente voluntad del bromista autor;
  • Escamoteo de cualquier referencia temporal por el expeditivo método de darles nombre a los años (p.e. ARIAD: Año de la Ropa Interior de Adultos Depend), lo que, malévolamente combinado con las frecuentes digresiones y llamadas a notas, exige al lector un titánico esfuerzo para relacionar hechos, esfuerzo frecuentemente baldío;
  • Hasta la página 700 (aprox.) no se intuye –por lo menos, en mi caso– de qué va la cosa, cosa a la que apenas se hace referencia en el resto de la obra, incluyendo el inexistente desenlace al uso (5);
  • En multitud de ocasiones, las notas (algunas de diez páginas) tienen más contenido que el propio texto, lo que, reconozco, es de agradecer, salvedad hecha de que, en estos casos, llegas a olvidarte del motivo de la llamada y del porqué la estás leyendo;
  • No existe nada que pueda asimilarse a una estructura por capítulos.
Temas comunes (protagonistas)
  • Alienación infantil de «superdotados» (en la obra, promesas y alevines de tenistas suavemente depositados por sus progenitores en un internado) y sus consecuencias;
  • Crítica mordaz y despiadada de las instituciones de regeneración de adicciones (alcohol y drogas; genéricamente, «Sustancias»);
  • Normalización del «Entretenimiento» televisivo;
  • Mercantilización integral de la sociedad que llega hasta el patrocinio de los años;
  • Tratamiento irreverente del Ecologismo y de la Gestión de Residuos;
  • Esperpéntica visión de la política y de la incompetencia de los políticos y sus instituciones (OSNE);
  • Afortunado hallazgo del concepto «Reconfiguración Territorial», aplicable indistintamente a asociaciones (ONAN) o separaciones (independentismo québécois);
  • Cómica y estrafalaria imagen de los supra-nacionalismos (ONAN), de los nacionalismos (Canadá) y de los separatismos (Quebec), así como del terrorismo (AFR), resistencia o insurgencia asociados, fácilmente extrapolables a entornos geográficos más próximos;
  • Detallismo forense –en ocasiones, grotesco, incluso obsceno– en la descripción de minusvalías físicas o éticas;
  • Todos, absolutamente todos, los personajes –hasta los niños–, tienen un «lado oscuro». O muchos. Además, cuesta encontrar en ellos –yo no lo he conseguido– una virtud, faceta o condición positiva respecto a la moral al uso. La panoplia de incompetencias, maldades, debilidades, lacras y vicios materiales o espirituales es tan extensa, que EMMHO (6) se erige en la verdadera protagonista de la obra.
Impacto en el lector
  • Montaña rusa que te lleva sin solución de continuidad desde las más altas crestas de banalidad, hilaridad y sorpresa hasta los profundos y deprimentes abismos de la miseria humana más mísera;
  • Profunda admiración por el rico, culto, extenso, apropiado e ingenioso uso del vocabulario, sus excepcionales –por escasas y eruditas– digresiones filosóficas o científicas y la facilidad para hilar mega-extensas oraciones que dejan al lector –literalmente– sin respiración;
  • Extensivo conocimiento de las técnicas del tenis y del entrenamiento deportivo de élite en sus aspectos físico y mental;
  • Doctorado en narcóticos, tranquilizantes, ansiolíticos y sus denominaciones «de calle» y farmacológicas, incluidas sus presentaciones comerciales;
  • Por encima de la caótica incoherencia –indudablemente voluntaria– de la obra, no decae el interés por seguir leyendo. Esto me ha parecido especialmente sorprendente.
Conclusión
No sé si me ha gustado o no. Y, probablemente, no lo sabré nunca. Pero creo que vale la pena leerla. Es toda una experiencia, una Broma Infinita que hay que tomarse con deportividad y que un amante de la lectura no debería perderse. Respecto al objeto del blog, a la obra no se le puede negar su Calidad y Excelencia (me guste o no, cumple mis requisitos y expectativas, que no iban más allá de pasar un buen rato leyendo). Y respecto a la Ética, con NO SEGUIR el ejemplo de los personajes, será suficiente. Su trayectoria vital, de la que algunos –pocos– reniegan abiertamente (7), podría ser buena para ellos, pero no para nosotros.

Y tampoco conviene olvidar que David Foster Wallace se suicidó. Terminaré con dos frases extraídas del libro –la verdad es que no he conseguido sacar más– que pueden ser consideradas como premonitorias:

 «La verdad es lo que te hará libre. Pero no hasta que haya acabado contigo».

«Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender ese terror muy superior al de la caída».

Con toda seguridad, DFW estuvo «personalmente atrapado» por Ello. Así se comprende mejor su obra.

Notas:
1 - Edición en papel «de bolsillo» (ver foto): primera broma (ni me imagino la edición «chachi» en tapa dura).
2 - No a pie de página: broma particularmente molesta.
3 - Doy fe que he detectado –pocas– llamadas a subnota sin subnota y subnotas sin llamada. ¿otra broma?
4 - Con el tipo de letra que usualmente utilizo, hablamos de más de ¡3.000 páginas virtuales!
5 - Me ha transmitido la inevitable sensación de que se cansó de escribir.
6 - En Mi Muy Humilde Opinión.
7 - Esta es la única y sutil concesión a la ejemplaridad –en modo alguno preponderante– que subyace en la obra.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La (in)mutabilidad de los Principios

«Todos tenemos nuestros Principios, pero lo realmente importante son nuestros Finales».

Esta es la cuestión. Se trata del permanente antagonismo entre teoría y práctica, entre expectativas y necesidades, entre idealismo y pragmatismo, entre apariencia y realidad, entre convicciones y hechos consumados o, por terminar, entre tantos y tantos elevados conceptos hasta que dejan de serlo, se desploman sobre nuestras cabezas y aparecen ante nuestros ojos como una evidencia concreta, objetiva y, frecuentemente, desagradable.

Un mal Final.
Como hago frecuentemente en temas espinosos —y este creo que lo es—, empezaré, a modo de cobarde mecanismo de autodefensa, con una declaración de principios que, por considerarla fuertemente arraigada, espero no termine mal: Toda generalización es injusta. Pero también considero que las excepciones confirman la regla. Por lo tanto, las reflexiones siguientes no son de aplicación a la parte excepcional de la especie humana que es coherente con sus Principios y que los mantiene hasta el Final, salvo causas de fuerza mayor o exigencias de supervivencia que justifiquen lo contrario, porque la condición de héroe o mártir es una opción personal e intransferible no exigible por nadie ajeno al propio sujeto. En cambio, debe aplicarse exclusivamente a quienes se pasan los Principios por el forro cuando se les presenta la mínima oportunidad o, dicho de otra forma, a quienes no los cambian porque no pueden. Espero que quede claro.

Con esta introducción hemos llegado al meollo del asunto: la oportunidad. Nadie conoce el camino a tomar hasta que se le presenta la disyuntiva. Y quien crea sinceramente lo contrario, está errado. Por lo tanto, únicamente está legitimado para presumir de Principios quien los ha puesto a prueba y —hecha la salvedad anterior— los ha mantenido. Refuerzan esta tesis los famosos experimentos de Milgram en la Universidad de Yale y  Zimbardo en la cárcel de Stanford.

Este planteamiento es de aplicación general, válido para todas las circunstancias, desde la nimiedad de saltarse la cola del cine hasta alargar la mano en comisiones fraudulentas. La única seguridad que tenemos sobre su no violación es que no se presente la oportunidad. En cambio, si se presenta, es cuando aparece la incertidumbre, estrechamente dependiente de la ética del individuo. Y dado que, debido a la galopante crisis que estamos viviendo en todos los órdenes de la sociedad, la bandera de los Principios se saca frecuentemente del cajón para criticar legítimamente actitudes inmorales o ilegales punibles desde todo punto de vista, resulta verdaderamente lamentable tener la impresión de que muchos de los que se quejan, lo que echan realmente en falta es el Principio de Igualdad de Oportunidades, porque... ¿si todos lo hacen, porqué no yo?

Y, como hemos visto en los experimentos citados anteriormente, a pesar de que éste sea el tema estrella del momento, no hablamos solamente de corrupción. Para demostrar que siempre ha existido, citaré un caso experimentado en carne propia: hace más de 40 años, siendo Director de Operaciones y responsable de Compras en una empresa privada abrimos un concurso para dotarnos de un sistema informático que incluía el Hardware y Software necesario para un MRP (Planificación de recursos de fabricación) al que concurrieron tres empresas punteras que no citaré (aunque en aquel tiempo no había tantas). Pues bien, en las oficinas de la más importante —un edificio de siete pisos— se me transmitió información nada subliminal en el sentido que, de elegir su oferta, habría una sustanciosa contraprestación económica para el «elegidor». Ni que decir tiene que elegí a otra. Valga la ocasión para comentar que en aquel tiempo —no hablo de ahora, porque lo desconozco— era frecuente «obsequiar» a los responsables de Compras con gabelas dinerarias u obsequios en especias, los cuales siempre rechacé exigiendo el descuento equivalente en los precios que se nos cobraban. Con esto no quiero alardear de ejemplaridad, sino enfatizar el hecho de que hasta que no te pruebas —o te prueban— no conoces tu reacción. En el servicio militar he conocido a militares de reemplazo —no profesionales— que cobraban por asignar buenos servicios a sus «compañeros». También he conocido a presidentes de comunidad de vecinos a los que le arreglaban el jardín y le pintaban el piso los afortunados subcontratistas. Es lo que hay. Los numerosos nombres propios hoy presuntamente imputados por corrupción —no cabrían todos en el artículo— no lo hubiesen sido sin presentarse la oportunidad. Y a poco que reflexionemos, oportunidades no faltan.
 
Personalmente, soy pesimista. La moral colectiva es pura estadística, fiel reflejo de la moral de cada uno de sus miembros —en realidad, de su ética— a la que realimenta en un sistema dinámico que, en mi escéptica opinión, no hace sino empeorar con el tiempo. Creo firmemente que pertenezco a la generación de los Privilegiados, en el sentido de que —en comparación con la generación anterior y con la actual— no se nos ha puesto verdaderamente a prueba, pero esto no es óbice para considerar que el Verdadero Enemigo somos nosotros, todos nosotros y que sería bueno, en coincidencia con la reciente desaparición de Nelson Mandela y en su honor, adoptar el sabio aforismo de Albert Einstein:

«Dar ejemplo no es la mejor forma de influir en los demás. Es la única».

sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

sábado, 11 de mayo de 2013

Pasotismo: el Qué y el Cómo

«Todos saben qué hacer, pero pocos cómo hacerlo». Esta tópica reflexión ha sido el detonante de la entrada de hoy. Me ha venido a la memoria tras llenárseme –con rebose–, el apéndice mental, depósito psíquico virtual equivalente al apéndice vermicular conectado al intestino ciego, de función no demasiado conocida, pero cuya inflamación resulta especialmente molesta precisando, generalmente, de una intervención expeditiva: su extirpación. Pero... ¿de qué se me ha llenado el apéndice?

De un tiempo a esta parte proliferan mensajes de todo tipo, cuyo denominador común es –o pretende ser– una llamada a nuestra conciencia, que nos hacen sentirnos profundamente incómodos, incluso, malas personas. Frecuentemente, se nos acusa implícita o explícitamente de insensibilidad ante la desgracia de personas, animales o cosas o de adoptar una postura acomodaticia frente a la corrupción y a las distintas crisis que nos asolan, entre las que destacan –en relación no exhaustiva ni jerárquica– la económica, política, educativa, sanitaria, familiar, deportiva, moral o de valores.

Puntualizaremos que todo mensaje es un proceso de comunicación con dos protagonistas: el emisor y el receptor, lo cuales se encuentran en los extremos del medio que vehicula el mensaje, sea prensa, radio, TV, internet o las redes sociales. Como emisores podemos citar –también como relación no exhaustiva– los políticos en el poder y en la oposición, los medios de comunicación desde su sesgo ideológico y apesebrado –todos lo tienen–, las organizaciones sindicales –también apesebradas–, las organizaciones y manifestaciones reivindicativas ciudadanas de generación espontánea –es un decir– y determinados miembros de las redes sociales –afortunadamente, no todos–. Como receptor, me sitúo yo, en primera persona, ya que no puedo ni quiero ponerme en el lugar de nadie ni especular sobre el efecto de estos mensajes en su propio apéndice.

Hablemos ahora un poco de los mensajes absorbidos por mi depósito mental de residuos no reciclables –de ahí la inflamación–. Y en cuanto a los mensajes, diferenciaré entre el contenido –su esencia– y la intención del emisor, entendiendo que es la combinación de ambos la que le da al proceso su verdadera dimensión venial o letal.

Sin entrar en los frecuentes eufemismos y metáforas a que nos tiene acostumbrados la clase política –hilos de plastilina, brotes verdes, retraimiento de la paga, crecimiento negativo, desaceleración positiva, adhesión al mecanismo de rescate, medidas de contención presupuestaria, optimización de la estructura impositiva, flexibilización de plantilla, ajustes con sensibilidad, fondo de liquidez autonómica, el que no hace nada por tiempo indefinido, etc.–, los cuales pueden ser considerados maldades menores, citaremos mensajes de mayor calado cualitativo y cuantitativo que voy, necesariamente, a generalizar. Se trata de mensajes explícitos –ruedas de prensa, mitines, publicaciones en Facebook, etc.– o implícitos –resultados o evaluaciones de manifestaciones con asistentes reales o espectrales, expropiaciones de alimentos y de viviendas para necesitados, «escraches» anti-deshaucio, etc.– que apelan a nuestra conciencia bajo los elementales e indiscutibles principios de dar de comer al hambriento, derecho a una vivienda digna, a la sanidad y a la educación pública, derechos todos ellos absolutamente deseables y suscribibles por la mayoría de la población que se considere civilizada y bien nacida. Incluyo también aquí la Declaración Universal de los Derechos Humanos –completa–, fotos de masacres, de violencia de género, de animales maltratados, manifiestos de pseudo-filósofos, coñas y chistes de mal gusto con moralina incluida  etc. etc., que se publican en Facebook con objeto, para mí, ignoto.

Pero, más allá de su enorme diversidad, en todos ellos subyace un denominador común que nos indica, exclusivamente, el «qué hacer». Como una pequeña muestra: proclamar la república, abolir la monarquía, conseguir la independencia, cambiar el gobierno, fomentar el crecimiento, la dación en pago, expropiar la banca, expropiar las viviendas vacías, no devolver la deuda, no despedir, no retrasar la jubilación, no reducir las pensiones, no cerrar consultas ni hospitales, no (co)pagar medicamentos, no reducir el gasto educativo, no frustrar a los estudiantes desaventajados –eufemismo que encierra múltiples significados–, no repetir cursos, no aumentar los impuestos (o subirlos), no practicar la violencia de género, no vulnerar los derechos humanos, no maltratar a los animales, no destruir el medio ambiente, no limitar la libertad, no robar, no matar, no masacrar, no, no, no...

Y, además,... de cabeza!!!
Pero todo esto, ¿cómo se hace? ¡Ah!, amigo mío, esto es otra cosa. Parece que de lo que se trata, lo que se nos pide, es tirarnos a la piscina sin agua, suscribir el qué sin importar el cómo, al modo de los niños, esos locos bajitos, con pataleta incluida. Y quien no suscribe ciegamente el qué, es acusado de pasotismo y también demonizado por esta cohorte ejemplarizante que parece ostentar el monopolio de los derechos humanos y del bien-pensar universal. Me pregunto si los emisores de mensajes de este tipo suponen que están en posesión de la verdad, actúan como garantes de los, lamentablemente desgastados por el uso, derechos humanos, y que los receptores son (somos) personas de baja estofa moral o intelectual, ignorantes alejados de la realidad sin un mal periódico o libro que llevarse a los ojos o personas erradas de tan débiles convicciones que serán convertidas al bien por el mero hecho de leer la verdad revelada en forma de mensaje ejemplar.

Quiero conceder, en la mayoría de casos, el beneficio de la duda, y atribuirle al emisor –los políticos comen aparte– la mejor buena voluntad e intención. Pero esto no es óbice para que el resultado final sea molesto, incómodo e irritante para mi apéndice mental. Ni para que me declare pasota a mucha honra, más preocupado por el cómo que por el qué. Un pasota que seguirá pensando que se consigue más con el ejemplo a su entorno, con los actos del rutinario y agobiante día-a-día que con pseudo-ejemplarizantes manifiestos, declaraciones, publicaciones y mensajes vacíos de tan llenos que se pretenden vender.

En cuanto a los suscribidores de mensajes o participantes en iniciativas colectivas, tras colocarme la coraza anti-epítetos desagradables, me tomo la libertad de proponer un consejo: asegúrense de no ser conducidos como un rebaño por un pastor. De no ser cómplices ingenuos de perversos o bastardos intereses. Intenten formar parte de un colectivo racional que comparta una unidad de propósito consistente y coherente. Y detecten y expulsen a las ovejas negras. Resulta muy difícil, pero hay que intentarlo. No será la primera vez –a mí me ha sucedido– que luego hay que lamentarse y repetir: no era eso, no era eso. Y esto, a mí, no me pasará más.

NOTA: Antes de que se me acuse de incoherencia, aceptaré que el último párrafo dice lo que hay que hacer, pero no cómo hacerlo. Pero, a diferencia de los mensajes de los ejemplarizantes, si no me hacen caso, no serán demonizados. Están en su derecho. Ustedes sabrán lo que hacen.

miércoles, 1 de mayo de 2013

(a)Normalidad

Tenemos tan interiorizado el uso del vocablo «normal» que lo utilizamos profusamente sin parar atención en su verdadero significado –con todas las reservas que requiere la también alegre y generalizada utilización de «verdad» y «verdadero»–, circunstancia que, en estos momentos de profunda crisis y mudanza de valores, creemos merece cierta atención. En cualquier caso, vamos a reflexionar sobre su significado desde una perspectiva estrictamente personal y, consecuentemente, subjetiva.

La existencia y la correspondiente utilización del término implica la obligada presencia, con mayor o menor peso cuantitativo, del resto de elementos que conforman el universo bajo atención, a los que se les califica, por exclusión, como «anormales». Por lo tanto, si la totalidad se divide entre normal y anormal, resulta obvio que debe existir una frontera o umbral de anormalidad sin cuyo conocimiento no se puede decir otra cosa que se habla «por boca de ganso». Y me parece «verdadero» que somos muchos gansos. O, expresado en los términos del tema que tratamos hoy, lo normal es ser un ganso.

Para avanzar en el tema quizá lo mejor sea plantearlo en forma de una serie de preguntas relevantes, para intentar –a pesar de su indudable interrelación– resolverlas una a una, sin garantía alguna, por esto, de dejar de ser un ganso. Intentémoslo:

¿Qué significa ser «normal»?
La primera respuesta, casi intuitiva, está relacionada con la «mayoría». Y es una respuesta perversa, porque encierra la misma incertidumbre que subyace en el término que pretende explicar: «mayoría» (normalidad) + «minoría» (anormalidad) = Totalidad. Además, visto así, toma cuerpo inmediatamente una pregunta complementaria no menos importante: ¿acaso es anormal la «minoría»?, cuya respuesta, en más ocasiones que las deseadas, es positiva.

Pero tenemos otra forma de verlo: lo normal es lo «habitual». Desde este punto de vista, por ser «habitual», la existencia de «minorías» sería de lo más normal. Como podemos apreciar, significados contrapuestos. Y, con toda seguridad, nos dejamos muchos en el tintero.

Entonces..., ¿existe una forma de objetivar la normalidad? Creemos que sí, pero para ello se deben cumplir dos premisas que no siempre se tienen en cuenta ni resultan fáciles de definir u obtener. En primer lugar, hay que acotar el alcance de la normalidad. Cuando decimos que algo o alguien es «normal», debemos puntualizar de forma inequívoca a qué característica nos estamos refiriendo. Evidentemente, resulta muy fácil referirse a variables tales como peso o altura, pero es mucho más difícil ponderar la «normalidad» del carácter o comportamiento de una persona. En segundo lugar, hay que establecer la frontera o umbral a que nos hemos referido anteriormente, que es, ni más ni menos, el porcentaje de la Totalidad que incluiremos en lo normal o que, complementariamente, excluiremos en lo anormal. Este porcentaje, cuando no se explicita, se cifra habitualmente en el 95%. Esto es lo que, técnicamente, significa ser «normal»: establecidas las dos premisas, estar dentro de este porcentaje.

¿Es la «normalidad» un valor inmutable?
Pues, rotundamente, no. En general, la normalidad es un concepto dinámico y volátil. Dependiendo de la característica tratada, su estabilidad puede ser mayor o menor, pero nunca permanente. Dado que la normalidad es una consecuencia –un efecto–, depende de los valores individuales de los elementos que la conforman –las causas–, sobre los que pesan todo tipo de factores que, al margen de previsibles tendencias evolutivas o similares, hacen el resultado totalmente imprevisible. Lo que hoy es «normal», mañana puede dejar de serlo. No nos debe extrañar, pues es normal que así sea –y ésta es una excepción a la regla–.

¿Cuál es la relación entre «normalidad», ética y moral?
Desde mi humilde punto de vista, la relación es íntima. Entendiendo la moral como el conjunto de normas mayoritariamente aceptadas como práctica habitual por el colectivo al que pertenecemos, moral y normalidad son equivalentes. En cuanto a la ética, considerándola como un caso particular de moral individual, resulta inconcebible adoptar compromisos con el entorno y con nosotros mismos –en definitiva, ésto es la ética– que sean auto-percibidos como anormales. Es decir, nuestra ética siempre nos parecerá «normal». Otra cosa bien distinta será la opinión de la sociedad, que dependerá de su ajuste con la moral colectiva en vigor o, en otras palabras, de la normalidad de nuestro comportamiento. Y si no, que se lo pregunten a Bárcenas.

¿Tenemos control sobre nuestra «normalidad»?
Sobre nuestra ética, todo. Sobre la percepción ajena, nada. A pesar de nuestro intento de objetivar la normalidad, cada individuo tiene su propia vara de medir. Esto, lamentablemente, incluye también a los garantes de las normas –entiéndase, leyes, códigos, etc.–, es decir, a los jueces, agentes y funcionarios. Podemos intentar aparentar –incluso exagerar– nuestra normalidad, pero, más allá de vulneraciones flagrantes, sin ninguna garantía de éxito. No depende de nosotros. Por lo tanto, la combinación de esta discrecionalidad individual con la mutante frontera del colectivo determina un no pequeño riesgo letal de ser expulsado al infierno de la anormalidad.

Conclusiones.
De las reflexiones anteriores se desprende que no conviene emplear el término normalidad con ligereza. Nada hay más relativo. Todos somos vistos de algún modo, o en algún momento, como normales o anormales. Antes de hablar «por boca de ganso», conviene asegurarse de que la supuesta normalidad es obvia, que se encuentra razonablemente próxima a «la media» y que, consecuentemente, está muy alejada de la eventual anormalidad. En caso contrario, mejor abstenerse. Y no conviene olvidar que

«Lo que hace normal a la normalidad es, precisamente, la diversidad»

y que,

«la ausencia de excepciones es, en sí misma, una anormalidad».

miércoles, 10 de abril de 2013

La vida es un pozo

Esta entrada está basada en un sueño que experimenté ayer y que viene a coincidir con varias circunstancias notables. La primera es que lo recuerdo con extrema precisión, palabra por palabra, lo cual no es nada frecuente. La segunda es la coincidencia en el tiempo con la tormenta mental en que me ha sumido el cuento de redsocial-ficción MindBook, el cual, inicialmente, debía resolverse en dos o tres capítulos y, en este momento, todavía no tengo claro cómo va a terminar –pero lo va a hacer, no lo duden–. Y en tercer lugar, la fuga de las musas, consecuencia directa, presumo, de su dedicación plena al cuento de marras, en cierto modo, también relacionado con el tema del blog.      

Entonces, debido a que mi recuerdo es fonográfico –no puede ser fotográfico, porque no se materializó ninguna imagen–, transcribo literalmente el sueño, para lo que no preciso consumir cuota de creatividad alguna ni recurrir a las musas –con todo, me permitiré la licencia de comentarlo brevemente–.

Ahí va, con la información adicional de que la voz sonaba a oráculo con entonación grave y convincente, resultando evidente que se estaba dirigiendo a mi persona, a modo de revelación trascendental:

Sin miedo, sólo es un sueño.
Tu tiempo es un pozo cuyo fondo es una fría losa y sobre cuya profundidad no tienes ningún control. Empieza cuando naces y termina, por lógica aplastante –aquí percibí un cierto tono sardónico–, cuando te estrellas en el fondo. Entre ambos extremos, tu vida –pausa.

Dispones de una cierta capacidad de configurar el recubrimiento de la fría losa, el cual está en función de tus actos y de tus creencias y, por dar un ejemplo, puede oscilar entre una capa mayor o menor de mierda (versión fosa séptica), nada (versión estándar, muerte rápida) o agua bendita (versión creyente) –he grafiado entre paréntesis lo que, por su cambio de tono, se me antojaron comentarios de ayuda realizados con la mejor voluntad clarificadora– . Ni que decir tiene que se pueden dar mezclas en cualquier dosis y que mueres en todos los casos –puntualizó gravemente.

Por causas que no te voy a desvelar, los pozos gozan de una cierta movilidad, por la cual se agrupan en conjuntos siguiendo reglas de afinidad familiar o sentimental, lo que te permite disfrutar de la ilusión de mantener comunicación con los moradores de los pozos próximos. Pero la situación es tremendamente dinámica e inestable, viéndose afectada tanto por tus sensaciones, acciones y creencias como por las de los demás –nueva  pausa, como si quisiera darme tiempo a digerir sus revelaciones.

Por último, debes tener en cuenta que el período de convivencia o de comunicación es fuertemente dependiente de la velocidad de caída, lo que te permite disfrutar de la sensación de acercamiento o de alejamiento, según el caso. Incluso puedes ser consciente de los nacimientos o muertes de tu entorno próximo, patentizados, respectivamente, por la súbita aparición de un pozo o el desagradable sonido o estruendo, según las características del fondo, del choque final. Y no tengo más que decir.

Os lo creeréis o no, pero esto es lo que soñé. Y desde ayer no he hecho otra cosa que pensar en ello, hasta el punto que creo lo he interiorizado llegándolo a considerar una metáfora muy acertada.

Y terminaré extrayendo alguna conclusión. Procuremos no llenar de mierda nuestro pozo. En mi caso, alguna habrá, pero no creo que sea demasiada. Y me quedó una duda. Ignoro si la situación del pozo es reversible. En otras palabras, ignoro si nos podemos redimir. Yo creo que sí. Pero el oráculo no tocó el tema. Deberé esperar a otro sueño para confirmarlo.

domingo, 17 de marzo de 2013

Mientras pueda...

¿Qué dice?
¿Habéis pensado alguna vez en las infinitas formas de terminar la frase?  En mi caso, es una frase que siempre me ha fascinado. Convenientemente formulada se convierte en una afirmación que, formalmente, compromete mucho, ya que se completa con dos formas verbales que, por naturaleza, implican acción: un infinitivo y un futuro. Aunque se trata de una afirmación con trampa, ya que incluye una premisa inicial un tanto acomodaticia o, quizá mejor expresado, posibilista. Además, admite dos interpretaciones contrapuestas: en su interpretación negativa lleva implícita una especie de coartada justificativa, con una clara intención preventiva ante el fracaso. En esta interpretación, quien la pronuncia pretende disponer de una cláusula de descargo que esgrimir en su momento, tras encontrar una justificación (real o ficticia) que le exima del compromiso formulado, argumentando un patético y conveniente «yo ya lo dije». Por contra, en su interpretación positiva implica determinación. El compromiso de ejecutar la acción sorteando todos los obstáculos sorteables, entendiendo como tales todos los que estén dentro de nuestras capacidades. Me gustaría hoy, domingo lluvioso, sacarle un poco de punta a estas frases. Empiezo con esta: «Mientras pueda escribir, escribiré» (aseguro que la podéis tomar en su interpretación positiva).

Una afirmación de este tipo puede darse en dos ámbitos: el interno y el externo. Evidentemente, en el primer caso, a menos que nos engañemos a nosotros mismos (algo no siempre descartable), nos estamos refiriendo a reflexiones que representan compromisos reales –o convicciones– que conforman el núcleo duro de nuestra ética personal. Nadie tiene acceso a estos compromisos, aunque puede deducirlos claramente a partir de nuestros actos. En el segundo caso –ámbito externo–, las afirmaciones de este tipo son públicas, a pesar de lo cual sigue sin ser accesible su carácter. Nadie está en condiciones de descubrir las verdaderas intenciones de quien las formula. Por lo tanto, en este caso, nunca está de más aplicar una cierta dosis de prevención ante una repentina epidemia de «mientras pueda...».  

La colección de verbos es tan amplia como nuestro vocabulario, lo que le confiere subjetividad al tema: no todos nos podemos comprometer a las mismas cosas, haciendo bueno el aforismo de Wittgenstein que afirma «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (TLP, 5.6). Como ejemplo de los más al uso podemos citar: hablar, leer, escribir (intrascendentes), engañar, robar, estafar, corromper, copiar (normalmente internos, en alza, muy extendidos), ayudar, enseñar, compartir, tolerar (en franca recesión).

Resulta también interesante explorar la relación existente entre los «mientras pueda...», la ética y la moral. Siempre hemos defendido que la ética es personal e intransferible y que la conforman nuestros compromisos, representados por nuestro catálogo de «mientras pueda...», tomadas todas las afirmaciones en su interpretación positiva, es decir, sincera. Y que esto es independiente del juicio de valor que nos merezca, el cual depende de la moral al uso, la cual siempre es colectiva y estadística. Debemos suponer que Al Capone (por no tomar ejemplos más próximos y sangrantes) obraba según su propia ética (sus propios «mientras pueda...») la cual, evidentemente chocaba de frente, por excepcional, con la moral de la época. Esto quiere decir que el número de mafiosos respecto a la población total de EEUU era muy pequeño, lo que estadísticamente le hacía ser un cisne negro. Probablemente, en la época actual y en determinados países (no quiero señalar), la situación es bien distinta. La evidencia cotidiana nos dice que la campana de Gauss estadística se va ensanchando, lo que indica claramente una moral más amplia (no quisiera emplear al calificativo de relajada), dando cabida dentro de la normalidad a una mayor cantidad (que no calidad) de «mientras pueda...». A eso vamos, a pesar de la hipócrita pose formal cada vez más extendida de rasgarse las vestiduras ante acciones que serán más y más frecuentes a medida que los «mientras pueda...» más habituales se vayan incorporando a la ética personal de los miembros de la colectividad: «a fin de cuentas, si lo hacen todos..., mientras pueda, lo haré».

Por lo tanto, como escribí al principio, sólo me comprometo a ésto: «Mientras pueda escribir, escribiré». Del resto de «mientras pueda...» no informo. Pero tengo mi catálogo. Revisen los suyos.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El día después

En el último artículo me refería a un tema muy concreto: unas elecciones. El tema venía a pelo, porque el autor se encontraba inmerso en un mar de dudas, ante la necesidad inmediata de tomar una decisión: Votar o No Votar. Evidentemente, no desvelaré aquí cual fue mi decisión, la cual, con total seguridad, no fue determinante. Pero lo que si haré será aprovechar este hecho puntual (unas elecciones) para dedicar la atención a algo mucho más general: La poca atención que le prestamos a las consecuencias de nuestros actos. Y lo vamos a analizar desde dos puntos de vista: el preventivo y el correctivo. Y lo haremos apoyándonos en realidades objetivas: el resultado de las elecciones y las reacciones de sus actores principales, los antes candidatos y ahora electos.

Análisis preventivo: En este caso, nos referimos a "prever" las consecuencias. No al estilo de una pitonisa con su bola de cristal, sino con un análisis reflexivo y racional que nos permita estar preparados para las consecuencias de nuestros actos. A los lectores de este blog no les sonará extraña la máxima "Pensar antes de actuar". Aunque esta recomendable precaución no represente en absoluto garantía de éxito (esta obviedad es la que esgrimen los enemigos de la planificación), como mínimo, aporta (si se hace bien) una evaluación de riesgos que a su vez (si se hace bien) aporta una evaluación de beneficios u oportunidades, todo ello, en el caso que nos ocupa, aplicado (si se hace bien) tanto al candidato como a la sociedad en general (no sólo a los electores o a los votantes). Adicionalmente, el análisis de riesgos (si se hace bien) debe incluir algún que otro plan B, con objeto de evitar que se te quede cara de tonto (1). Extrapolo el ejemplo al plano general de la ética personal: El candidato es el sujeto (por ejemplo, yo mismo) y la sociedad es el entorno próximo y lejano del sujeto (el destinatario de nuestros compromisos personales).
  • Pues bien, volviendo al ejemplo, nada indica que el único responsable del proceso electoral (recordamos para lectores no locales, que se adelantaron las elecciones más de dos años) haya seguido las reflexiones anteriores. Y no crean que se trata de una impresión subjetiva. Ha aquí una frase textual del sujeto (dicho sin ánimo peyorativo): "Lo importante es el qué; el cómo ya lo veremos luego". Todo un prodigio de planificación. Claro que no tiene la exclusiva: He aquí otra frase impagable cuyo padre es otro presidente de comunidad autónoma: "No sé lo que voy a hacer hasta que tengo que hacerlo". Sabias palabras.
  • Sólo añadiré un consejo: A pesar de que ostentan la condición formal de líderes, no sigamos su ejemplo. Cualquier cosa que hagamos será mejor. Apliquemos el análisis preventivo. O, como mínimo, intentémoslo. También vale.

Análisis correctivo: Ya estamos en "el día después". Aquí es cuando cobra importancia la bondad de pensar antes de actuar. Lo que sea ya no tiene arreglo. Y sólo pueden suceder dos cosas: que se cumpla lo previsto o que no (evidentemente, si no se ha previsto nada, puede suceder cualquier cosa). Si se cumple lo previsto, con independencia de su valor ético o moral, nada que objetar. Pero si no se cumple, la alternativa es también binaria: Reconocer el error y obrar en consecuencia o no reconocerlo inventando una nueva realidad (ficticia, por supuesto).
Algunos no reconocen ni este error.
  • Asumiendo que la convencionalidad simbólica del lenguaje puede llegar a retorcer hasta niveles insospechados cualquier discurso (político o no), es responsabilidad de los analistas (este papel es el que me arrogo en este artículo) el destilar, como en un buen whisky de malta, la esencia. Y siguiendo con el ejemplo, la esencia es: a) antes de convocar elecciones, el sujeto (personificamos en él, tal y como él se ha vendido en la campaña) tenía 62 diputados; b) convoca para tener más fuerza para defender un cambio estructural profundo (observen la asepsia forzada) y c) consigue perder 12 diputados. Es decir, ahora tiene 50. No creo que se necesite ser un águila para concluir que el sujeto ha conseguido un fracaso estrepitoso. Lo dejo aquí. Pues bien, ni se ha puesto colorado.
  • De nuevo un ejemplo de lo que no hay que hacer. Recientemente, en un foro filosófico se debatía sobre la actitud ante las dificultades, desgracias o sufrimientos, llegando a la conclusión de que había que afrontarlas de cara. Pero claro, para ello hay que reconocer que la responsabilidad sobre las consecuencias de tus propios actos es tuya. No caer en el error de transferir la responsabilidad a los demás. De crear una realidad ficticia en la que caben infinitas causas ajenas a tu decisión (no te han entendido, intoxicación de los medios, etc.). Todo menos reconocer el error. Dado que éste no es un blog de crítica política, me abstendré de opinar sobre lo que se debería hacer en el caso de ejemplo, pero lo que no se puede negar es que el sujeto tiene posibilidades que nosotros, los simples mortales, tenemos vedadas. Me refiero, por poner otro ejemplo más próximo, a que ante un error palmario con nuestros hijos, nosotros no podemos dimitir de padres. Con esto queda todo dicho.
Concluyamos diciendo que "el día después" siempre llega. Y que lo olvidamos a menudo. Pensar antes de actuar ayuda, pero ante las dificultades y los errores, sólo vale el reconocimiento. Y de nuevo, pensar antes de actuar para resolver el problema. A esto, en terminología de calidad, se le llama mejora continua. No es mala incorporarla a nuestra ética.

"Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores" (Benjamín Franklin)

"Cuando el error se hace colectivo adquiere la fuerza de una verdad" (Gustave Le Bon)

"Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó, que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer" (Jonathan Swift)

1. Es la cara que se te queda (por lo menos es la que pones mirando a los que has impedido el paso) cuando entras con tu vehículo en una zona señalizada sin tener la salida garantizada. Y no será porque haya que pensar mucho para "planificar" correctamente tu decisión. ¿Qué hará este energúmeno ante decisiones más complicadas?

miércoles, 2 de mayo de 2012

Ética personal

Respondamos a las preguntas que nos plantea el título de esta entrada: ¿qué es la ética?, ¿porqué el adjetivo?, ¿existe la ética colectiva?

El término ética proviene de la palabra griega ethos, que originariamente significaba "morada", "lugar donde se vive" y que, en la cultura latina, terminó por señalar el "carácter" o el "modo de ser" peculiar y adquirido de alguien; la costumbre (mos-moris: la moral). Fue Sócrates quien acuñó el término, referido a la ciencia que estudia el comportamiento humano.

Nada más alejado de nuestra intención que pontificar o sentar cátedra. En lugar de adentrarnos en el pantanoso terreno de la especulación, utilizaremos las dos asépticas definiciones del Diccionario de la Real Academia, la cuales suscribimos y comentamos:

“Parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre”

“Conjunto de normas morales que rigen la conducta humana”

De estas definiciones se desprende que, aunque estén íntimamente relacionados, y a menudo se confundan, los términos ética y moral no son sinónimos.

La moral es aquel conjunto de valores, principios, normas de conducta, prohibiciones, etc. de un colectivo que forma un sistema coherente dentro de una determinada época histórica y que sirve como modelo ideal de buena conducta socialmente aceptada y establecida. Añadiremos también que la moral es tremendamente dinámica y cambiante.

En cambio, la ética “se ocupa” (y se preocupa) de la moral, siendo personal e intransferible. Sea o no producto de una reflexión consciente, la ética personal representa siempre una elección, la cual puede estar (o no estar) alineada con la moral vigente. Por extensión, suele aplicarse el término a colectivos homogéneos empleando nombres genéricos (ética profesional, ética empresarial, ética política, ética médica, ética jurídica, etc.), los cuales expresan, en una perversión del término, el conjunto de normas (escritas o no) adecuadas a la moral que deben ser asumidas por los miembros del colectivo.

Por lo tanto, la ética colectiva no existe. Además, la ética personal no es buena ni mala. Es la que es. La que nos hemos dado. Al igual que la Excelencia, es un atributo binario: nuestro comportamiento “es o no es” ético. Corresponde al colectivo al que pertenecemos (sociedad, colegio de médicos, comunidad de propietarios, etc.) juzgar, a través de nuestros actos, si nuestra persona se comporta o no de forma ética (en el sentido de ajustarnos al modelo ideal de buena conducta).

Concluimos concretando que la ética personal la conforman nuestros compromisos. Los que hemos adquirido voluntariamente con nosotros mismos (compromisos internos) y con los demás (compromisos externos) y que su grado de cumplimiento determina nuestra Calidad personal y la forma en que los cumplimos, nuestra Excelencia.

Permítaseme, para asentar conceptos, una guinda de realismo: Si estamos engañando deliberadamente a "los demás", estaremos satisfechos internamente y la Calidad personal (desde el punto de vista del "sujeto") será máxima, aunque la opinión de "los demás" (si se aperciben) será muy negativa (pero al "sujeto" le puede importar un pimiento). Esta situación ejemplifica la diferencia entre ética y moral.

Con esta entrada finaliza el análisis del título del blog. A partir de aquí, entraremos en materia…