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sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Vocación, Motivación y Beneficiarios

«No se puede presumir de vocación de servicio sin declarar para qué o para quién. En cambio, quien la tiene realmente, por ser evidente, ni lo hace ni lo precisa».

Esta frase me ha venido a la cabeza tras cansarme de escuchar las recurrentes referencias a la «voluntad de servicio» con las que, en respuesta a nuestras críticas, nos obsequian los servidores en los que hemos delegado mediante sufragio universal y democrático nuestra representación en la gestión de la cosa pública, gestión que, de un tiempo a esta parte, por motivos que ahora no vienen al caso, se está tornando más y más beneficiosa para ellos, lesiva para nosotros y, por ende, contra natura, desagradable y molesta. Y aunque este es un caso paradigmático, no quisiera focalizar en él la atención –aunque ganas no me faltan– sino en el significado general del término vocación y en su relación con la ética y la satisfacción de nuestras necesidades personales, tema éste que se encuentra plenamente dentro del alcance del blog y que, sin duda, es perfectamente extrapolable a «los políticos», que –aunque alguien lo dude– son personas como nosotros.

Empezaremos, como es habitual, por acotar el significado que le vamos a dar al término. Si nos remitimos al diccionario RAE, descartaremos la acepción mística («Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión») y nos quedaremos con la coloquial, más aséptica y general: «Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera». Bien es cierto que, habitualmente, asociamos vocación con «voluntad de servicio», pero, en mi humilde opinión, no creo que sean sinónimos, sino la definición de un caso particular –y especialmente ejemplar– de motivación.

Vocación
Caramba, ¿dónde está la política?
Me inclino a pensar que todos hemos tenido, al menos, una. Y uso el tiempo pasado porque muchas vocaciones se pueden haber perdido en el camino, incluso se pueden haber satisfecho, lo que implica que ya no las tenemos, sino que las tuvimos. Y en la anterior reflexión dejo la puerta abierta a tener varias, probablemente con distintas motivaciones y distintos beneficiarios. Creo también que las primeras vocaciones se adquieren en nuestra más tierna infancia como reflejo primario, mimético y auténtico de nuestros juegos y entorno, adoptando la forma de reyes, príncipes, médicos, enfermeros, bomberos, policías, maestros o la profesión de los progenitores. Pero estas proto-vocaciones no siempre son perdurables, viéndose influenciadas continuamente durante nuestro desarrollo, hasta llegar el momento en el que empiezan los problemas en forma de toma de decisiones relacionadas con el estudio o el trabajo (o con su falta). Y es entonces cuando descubrimos cual es realmente nuestra vocación que, recordemos, significa «Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera». Ni más ni menos. Quitémosle trascendencia, porque hablamos de «inclinación», término equivalente a «afinidad» o «simpatía», nada más alejado de la enfermiza «obsesión» por su obtención o «frustración» por su carencia. Pero, claro está, esta reacción es personal e intransferible. Si la persona asocia su vocación con la cúspide de la pirámide de necesidades de Maslow, la «autorealización», tendrá todos los números para una insatisfacción de por vida.

Sucede también que hay vocaciones y vocaciones. Y que hay vocaciones legítimas –por auténticas– y bastardas –por falsas–. Y que muchas vocaciones, sean del tipo que sean, llevan implícita su motivación y su(s) beneficiario(s). Pensemos, por ejemplo, en las de abogado, médico, trompetista, ingeniero aeronáutico, físico teórico, sacerdote o misionero(1).

Motivación
Toda vocación tiene una, que no debe entenderse como causa sino como efecto. Es decir, como el resultado que esperamos obtener en caso de satisfacerla. Pero esta relación no es unívoca, sino personal. Por ejemplo, la vocación de cirujano plástico puede responder, entre otras muchas, a dos motivaciones: servir a los pacientes o llenarse los bolsillos. Ejemplo que –cambiando los pacientes por la sociedad; lo de los bolsillos no cambia– es extrapolable a la vocación de político(2). Estas motivaciones bastardas son las que determinan vocaciones bastardas y, consecuentemente, la necesidad de alardear de ellas, con objeto de desviar la atención de los teóricos beneficiarios sobre la perversión de objetivos del sujeto.

Ni que decir tiene que mi acusado escepticismo me hace dudar de la existencia de políticos vocacionales auténticos. Es decir, cuya motivación exclusiva sea verdaderamente la voluntad de servicio a la sociedad, más allá de cualquier otra prebenda social o pecuniaria –que las tienen–. Más bien creo que los que no persiguen perpetuación en el puesto, enriquecimiento personal o saqueo de fondos públicos, llegan a la «profesión» de forma sobrevenida o como salida útil a situaciones personales de déficit educacional o profesional en el entorno privado que, si se da la oportunidad, les brinda el agradecido entorno público. Por lo tanto, no son políticos «vocacionales», aunque su gestión pueda ser de lo más honorable. Nada que ver con «los otros», que son los que alardean permanentemente de su bastarda condición(3).

En cambio, determinadas vocaciones llevan implícita su motivación, generalmente consistente en una verdadera voluntad de servicio, lo que las reviste de una autenticidad tal que hace innecesaria la propaganda, sustituida inmejorablemente por los hechos. Piénsese en un bombero o en un médico rural –ambos vocacionales–, a los que difícilmente se podrá encontrar motivación más ejemplar.

Beneficiarios
Gracias a la motivación –sea la que sea en cada caso–, toda vocación tiene su(s) beneficiario(s). Y en este caso, la relación es unívoca. Entenderemos como tales, los receptores de las actividades ejecutadas en el ejercicio de nuestra vocación (estado, profesión o carrera), con la condición de que estas actividades representen un beneficio(4) reconocido. Y esto es lo verdaderamente difícil –por lo menos, cuando el beneficiario no es uno mismo–: que te lo reconozcan. Porque nuestras actividades –o desmanes– pueden ser también causa de desgracias sin fin. Y, claro está, en este caso no les hará ninguna gracia que les llamemos beneficiarios, aunque al «vocacional» de turno no le guste(5).

En contra de lo que pudiera parecer, resulta perfectamente lícito que tu vocación te tenga a ti mismo como beneficiario. Es más, siempre debería ser así. Pero no de forma exclusiva. Una vocación debe, en primer lugar, satisfacerte a ti y lo deseable es que esta satisfacción personal dependa –incluso, de forma directamente proporcional– de la satisfacción de otros beneficiarios. Lamentablemente, no siempre es así. La práctica totalidad de vocaciones bastardas se apoyan en una motivación basada exclusivamente en el beneficio propio, importándole un pimiento el resto de beneficiarios teóricos, cuyo papel se limita al de ingenuos espectadores, cuando no cómplices –por su pasividad–, de tan execrables prácticas.

Por el otro lado, el límite de beneficiarios se sitúa en lo que se da en llamar «la sociedad». Estas son las vocaciones candidatas a las mayores miserias y grandezas. Y entre ellas nos encontramos de nuevo con los políticos, cuyos beneficiarios son, en primer término, sus electores y, por elevación, la sociedad en general. Así como los médicos tienen –o deberían tener– como motivación y beneficiario principal la salud del paciente individual, los políticos deben –o deberían– preocuparse de la salud de la sociedad en su conjunto, tanto en su sentido literal como metafórico, incluyendo la salud democrática del sistema. Y aquí lo dejo. No me complico más.

Conclusiones
Podemos asociar el conjunto de términos analizado hoy (vocación, motivación, beneficiarios) con el concepto de función, concepto ya tratado en detalle en otra entrada del blog, entendiendo que nuestra vocación, por ser algo ambicionado, es una de las distintas funciones que deseamos ejercer en nuestra vida. Y el conjunto de funciones o compromisos que hemos adoptado voluntariamente, es lo que hemos definido como nuestra ética personal. Y que lo que verdaderamente cuenta, más que la propia consecución, la verdadera excelencia del compromiso, es la voluntad de cumplirlos. Y que, dada esta voluntad, su grado de cumplimiento afectará a la calidad, pero es accesorio. Porque, en muchas ocasiones, no depende de nosotros. Y esto es particularmente aplicable a las vocaciones. No siempre se cumplen. Especialmente, en el deplorable momento que nos ha tocado vivir, las de carácter laboral. Pero hay que tenerlas, poniendo especial atención en que los beneficiarios reales sean más de uno, porque si sólo pensamos en nosotros, además de ser moralmente impresentable, será imposible compartir las dificultades. Y perseverar. Y no olvidar que podemos tener vocaciones alternativas que, sin representar tu actividad principal, sean más accesibles y cumplan perfectamente nuestras expectativas éticas. Y si ya no podemos más, nos pasamos a la política (es broma).

«Un político es –o debería ser– un trabajador por cuenta ajena, es decir, al servicio de los electores que son los que le pagan. El problema –para nosotros, no para él– aparece cuando se convierte en un trabajador por cuenta propia (con perdón de los sufridos autónomos, también electores)».

Notas:
1 - La vocación de político no se ha incluido premeditadamente.
2 - Resalto el subrayado e hipotético «puede». 
3 - Por cierto, nunca he comprendido porqué no son erradicados y expulsados a las tinieblas exteriores por parte de sus compañeros –facción «vocacional auténtica»–, lo que exacerba mi escepticismo. 
4 - Entendido como «valor añadido»
5 - Una hiriente costumbre –especialmente utilizada por los políticos– es lamentarse de que no les «comprendemos».

miércoles, 13 de marzo de 2013

La red (a)social

Comencemos con justificaciones. No se trata de desmontar paradigmas. No tengo suficiente conocimiento de «las» redes sociales como para permitirme la alegría de pontificar sobre ellas ni de emitir un juicio de valor colectivo. Me limitaré a escribir sobre una (Facebook) y quiero dejar muy claro que no se va a tratar de una generalización, sino de una presentación de hechos concretos, con su correspondiente valoración, limitados al exclusivo ámbito personal, dejando a los lectores su posible extrapolación al ámbito general. Empecemos.

Esta es la cuestión ¿social o personal?...
La tesis que pretendo defender queda apuntada en el propio título. No pongo en duda su condición de «red», aunque con minúscula, pero tengo todas las dudas respecto a que sea realmente «social». El prefijo entre paréntesis (significa no-social, no anti-social) desea patentizar una cierta reserva, justificada por el posible sesgo aportado por mi visión personal del asunto, aceptando que puedo estar equivocado y que mis números no son extrapolables, aunque mantengo serias reservas.

En primer lugar conviene declarar mis expectativas, esto es, lo que yo esperaba de una «red social»: Conocer personas con un cierto grado de afinidad intelectual y cultural, intercambiar conocimientos y aprender. En pocas palabras, comunicación bilateral activa. Se da la circunstancia que me encontraba (y me encuentro) en fase de aprendizaje filosófico, por lo que quizá sobrevaloraba dichas expectativas. Tras un año de participación activa y una sensación continua de incomodidad percibida en las distintas modalidades de uso que la red pone a mi disposición (amistades, grupos, páginas) que me han ido llevando progresivamente a una pasividad manifiesta, he decidido cuantificar mis impresiones con el propósito de objetivarlas y de ponerlas a disposición de quien pueda estar interesado, de lo cual declaro mi total y absoluta ignorancia. Como valor añadido (esto ya es egoísmo puro), me he entretenido mucho.

El estudio se ha llevado a cabo durante una semana completa, con objeto de considerar  también los festivos, sobre las publicaciones de mis 46 amistades virtuales, la gran mayoría de las cuales lo son por solicitud y voluntad propia. Los hechos y conclusiones son los siguientes:

Publicaciones:
Sólo publican 16 (35%) de los que sólo 10 (22%) lo hacen diariamente. Esto implica que no sé absolutamente nada del 65% de mis «amistades», ya que se da la circunstancia de que los que no publican tampoco pulsan "me gusta" ni, obviamente, comentan nada. Sencillamente, no están. Conviene señalar que 4 de los 10 superan las 10 publicaciones diarias.

Me gusta/publicación:
La media de todos es de 2,32, de los cuales 5 reciben menos de un "me gusta" y 3 superan los cinco. Como excepción que confirma la regla, uno de ellos ha conseguido 34!!! Felicitaciones.

Me gusta/amigo:
La «asocialidad» aumenta notablemente al ponderar los "me gusta" con el número de amigos que tiene el publicador, entre los que, lógicamente, me encuentro. La media absoluta es de cuatro entre diez mil, lo que quiere decir que para conseguir un simple “me gusta” deberías contar con dos mil quinientos amigos. El mínimo se sitúa en el doble (8/10000) y el más «socializado» consigue catorce “me gusta” por cada cien amigos. Felicitaciones de nuevo.

Comentarios/publicación:
Parece lógico esperar peores resultados. Comentar algo, además de exigir pensar lo que se ha de escribir, representa un considerable esfuerzo, si lo comparamos con un simple “click”, maniobra también cara para mis amigos y para los amigos de mis amigos. La media absoluta es de menos de un comentario por publicación (0,71). Cinco de los publicadores consiguen un cero patatero y sólo dos superan los cinco. El récord se lo lleva el mismo de antes con un fenomenal 20,8. Caramba.

Comentarios/amigo:
Esto es la traca final. La media nos dice que comenta ¡uno de cada diez mil “amigos”! Nuestro amigo excepcional consigue nueve comentarios de cada cien o, lo que es lo mismo, uno de cada diez de sus “amigos” comenta sus publicaciones. Y es todo un record!!!

Conclusiones generales:
Repito, estas conclusiones se refieren exclusivamente a la «sociabilidad» de la red, entendida como comunicación bilateral activa y se circunscriben al colectivo de “amistades” del autor. Por lo tanto, se debe entender que el indicador más representativo sea el de comentarios/amigo. Un comentario no es más que la expresión del deseo de comunicación por parte de quien lo realiza y representa la forma más elaborada de utilización del componente «social» de la red. Un “me gusta” es impreciso y ambiguo, por lo que es poco o nada representativo. Por lo tanto, basado en estos principios, debo concluir que una red que consigue la increíble proeza de generar un comentario por publicación entre diez mil amigos puede ser calificada de todo menos de «social». Podemos ver el indicador como queramos: un comentario por cada diez publicaciones para mil amigos o un comentario por cada cien publicaciones para cien amigos. En todos los casos, de lo más «asocial».

Ignoro el beneficio que reporta publicar sin retorno alguno. Indudablemente, debe satisfacer alguna necesidad o expectativa, pero yo no lo aprecio. Tampoco comprendo el acumular “amistades” mudas y sordas (informáticamente hablando). Me resulta mucho más beneficioso y enriquecedor suscribirme discrecionalmente a páginas interesantes y “digerir” su información. Pero esto no es comunicación bilateral y para ello no se necesita “amistad” ni “sociabilidad” alguna.

Veo también más coherente crear y mantener una página propia donde publicas lo que quieres y se apunta el que quiere sin necesidad de pedirte permiso. En tres meses, mi página, cuya preparación diaria me reporta indudables beneficios, cuenta con 400 seguidores (no lo comprendo), aunque los comentarios y los “me gusta” siguen siendo escasos. Pero, por lo menos, es más coherente, no se trata de mis “amigos”. Claro que cuando veo una página de filosofía con más 20.000 seguidores en la que conseguir 200 “me gusta” en una publicación es todo un éxito llego al convencimiento de que mis conclusiones son extrapolables al conjunto de la red.

Resumen: red «asocial» y escaparate de publicaciones (más bien manifiestos, en muchos casos, adoctrinadores), no de comentarios ni de comunicación. Prima el monólogo sobre el diálogo. Y, cuando lo hay (no analizado hoy, pero ya tratado con anterioridad en este blog), mucho dogmatismo, relativismo moral y tolerancia asimétrica.

¿Relación con la ética? Mucha. La red es adictiva. Reconozco que siempre he intentado ver más allá de la pantalla, intentando clonar mi conducta real en mi conducta virtual, en lo que se ha demostrado un ingenuo intento. Recuerdo que en mis primeros días algún “amigo” (por incompatibilidad dogmática, ha dejado de serlo) se disculpaba (quizá para quitárseme de encima) por tener que bajar a pasear el perro, lo cual me parecía de lo más humano. Y que, debido a los husos horarios, avisaba a mis interlocutores del otro lado del charco que me iba a descansar. Seguramente me debían ver como un perro verde o una anomalía estadística. Ahora ya me he normalizado. Por lo tanto, existe una ética virtual que mantiene el tronco básico de tus convicciones, pero que se reviste de una capa que todo lo tapa (y de chaleco antibalas y máscara para protegerse de muchas publicaciones) y que, sin agredir ni ofender a nadie, procura extraer de la red lo mejor para uno mismo. Ética «asocial», en suma.

Y la vida sigue, más allá de Facebook.

domingo, 13 de enero de 2013

Facebook...¿Gasto o Inversión?

En el último artículo trataba sobre la pérdida de tiempo, intentando darle un significado concreto al concepto, abstracto por naturaleza. Al margen del mayor o menor éxito en el intento, voy a utilizar este artículo como percha o trampolín para aplicar este concepto al tiempo consumido (¿gastado o invertido?) en las redes sociales. En particular, en Facebook (en adelante, FB).

Dejamos establecido que el tiempo es un recurso tan valioso que debería ser gestionado con eficacia y eficiencia o, lo que es lo mismo, con calidad y excelencia. También asociamos pérdida de tiempo con gasto (irrecuperable), preconizando como deseable una inversión adecuada del mismo con la esperanza de obtener un mejor aprovechamiento del que nos quede (lo gastado o invertido, consumido está). La idea fundamental era (y es) que si hoy "invierto" bien el tiempo en unas actividades determinadas, con toda seguridad tendré más tiempo disponible en el futuro para dedicarlo a otras actividades no relacionadas. Luego, he "ganado" tiempo.

Pero, en última instancia, ¿cuál es el criterio para juzgar si gastamos (despilfarramos) o invertimos (aprovechamos) nuestro tiempo en FB o en cualquier otra actividad? Pues depende de nuestras expectativas. Quien, por ejemplo, decide de forma racional que le conviene "desconectar" con una buena dosis de telebasura, él sabrá. Si esta actividad responde a sus expectativas y le sirve para "desconectar", no seré yo quien se lo discuta.Y aunque a mí me parezca una absoluta pérdida de tiempo, para el interesado será sin duda una buena inversión, ya que esta "desconexión" le permitirá abordar las tareas posteriores con mayor eficiencia. Esto demuestra la natural subjetividad del concepto, subjetividad a la que apelo si alguien se siente aludido o agraviado por el cuerpo y conclusión de esta reflexión en forma de artículo.

Tras diez meses de experiencia y como complemento al artículo "Ética y redes sociales" publicado en Octubre pasado, creo llegado el momento de efectuar un balance de la situación, sin esperar al cumplimiento del primer año, hito planificado en su momento. La causa de este adelantamiento reside en que mi percepción del tema (no nos vamos a engañar, desde el primer día, la cuestión era si se trataba o no de una pérdida de tiempo) se ha vuelto asintótica por lo que no espero grandes cambios en la misma. Lo que en alguna ocasión he calificado de experimento ha terminado. Y por lo tanto, ha llegado el momento de sacar conclusiones y utilizarlas como base de nuevas decisiones.

Empezaré declarando mis expectativas, las cuales serán más o menos ingenuas (esto lo veo ahora), pero eran las mías, y lo han seguido siendo hasta hoy: a) inter-acción, b) inter-cambio de ideas y c) enriquecimiento cultural. Resalto el prefijo "inter" como referente de diálogo y no de monólogo, que es lo que prima (con honrosas y contadas excepciones) en FB. Con objeto de no extenderme demasiado y en aras de la claridad, analizaré por separado los tres vectores de comunicación que nos brinda la herramienta:
  • Amistades: La alegoría del antiguo "muro" (hoy eufemísticamente bautizado como "biografía") resulta muy apropiada. De lo que se trata es de pegar en el muro "tus" pensamientos, reflexiones, fotos, tonterías o enlaces con la remota esperanza, en el mejor de los casos, de que al "compartirlo" con tus amigos (este es el concepto clave de FB, por cierto, nada interactivo) se beneficien de algún modo. En general, se trata de una difusión (broadcast), al modo de una emisora de radio o TV, separadora, no interactiva. De un escaparate donde se muestra el interesado, más o menos maquillado o vestido para la ocasión. Pero al fin y al cabo, un escaparate. Mis intentos de establecer comunicación real (bidireccional) a través del muro han resultado generalmente baldíos. En contadas ocasiones recoges algún golpecito en el cristal del escaparate (en forma de comentario, normalmente declarativo (sin dar pie a respuesta alguna) o de un "me gusta" de difícil interpretación) y aquí termina todo (repito, las excepciones, que las hay y muy buenas, no hacen más que confirmar la regla). Por mi parte, siempre he procurado publicar producción propia o enlaces que propiciasen el intercambio de opiniones, evitando (o intentándolo) herir la sensibilidad de mis "amigos" de los que, por la pura lógica inherente al carácter virtual de la amistad, ignoras sus sentimientos o afinidades, por ejemplo, políticos o religiosos, entendiendo, ingenuamente, que FB no debería ser un vehículo de adoctrinamiento de "amistades", sino un espacio de encuentro de "sensibilidades" afines. Debo decir que, muchas veces, este principio no es respetado. Y el hecho de que la solución sea fácil (desamigarte) no resuelve el fondo de la cuestión: no hay comunicación, hay difusión de manifiestos. Y algunos de ellos sin ninguna preocupación por herir la sensibilidad del potencial lector (y amigo).  Terminaré con una reflexión que tampoco deseo que se malinterprete: no sé cual es el umbral, pero no comprendo la utilidad de tener cientos (o miles) de amigos virtuales. Pero acepto que esta circunstancia (para mí, que leo todas las publicaciones de mis amigos, agobiante) cumpla las expectativas de alguien. Si es así, bien está. Pero yo no veo ninguna ventaja (a menos, claro está que se trate de una especie de competición o de una necesidad personal en la cúspide de la pirámide de Maslow). En cualquier caso, tampoco es (o no puede ser) comunicación bidireccional. Nadie puede comunicarse con cientos o miles de interlocutores. Evidentemente, para esto, lo mejor es Twitter, donde se les llama, sin complejos, "seguidores". Resumiendo: el vector "amistades" no cumple totalmente mis expectativas. Lo hace de forma parcial, dado que el escaso diálogo queda paliado en parte por la "sólo lectura" de las publicaciones (la mayoría enlaces o declarativas), de las cuales siempre se pueden extraer conclusiones positivas (1).
  • Grupos: Pensé, ésta es la solución. Al ser temáticos (Filosofía, Astrofísica, Física cuántica) la "afinidad" queda garantizada. Craso error. Al desaparecer el filtro de la "amistad" (alguna faceta buena tiene) aparece la fauna de FB en todo su esplendor: trolls, acomplejados, maníacos obsesivos monotema, etc., los cuales, aún siendo una minoría, contaminan de forma irreversible el grupo, sobre el que pende siempre la extraña ética de FB patentizada en un aplicación perversa de la tolerancia y de la libertad de expresión que solamente aparece cuando se manifiesta disconformidad o queja por alguna de sus intervenciones. Debo decir que esta tendencia es mayor (hablo de mi experiencia) en grupos de filosofía y no tan acusada en grupos de ciencia, donde parece que lo que prima es una especie de competición salvaje por publicar noticias y enlaces que lleva, en ocasiones, a la repetición de la misma noticia publicada por distintos medios, en una clara demostración de que, más que leer, lo que se pretende es publicar. Lo que sea, pero publicar. En ocasiones, un enlace se acompaña con el profundo mensaje "Interesante" o con un auto "me gusta", lo cual resulta obvio, ya que sólo faltaría publicar algo no interesante o que no te guste . Pues bien, tras las desagradables experiencias en dos de ellos (filosóficos, para más señas), comentadas anteriormente, intenté crear un Grupo con un alcance muy concreto (convivencia, cohabitación, continuidad Ciencia-Filosofía), el cual abandoné, previa justificación, a los dos meses, por considerar que se había pervertido su (mi) finalidad que era, precisamente, romper con el esquema de dependencia personal mediante una alta participación (es decir, ser un Grupo), decisión acertada y demostrada posteriormente con el languidecemiento del mismo tras mi abandono. Terminaré manifestando mi extrañeza respecto a la baja participación en los Grupos (esto es aplicable a todos ellos). Se comprende que no todos los temas pueden interesar a todos, pero aún así, el porcentaje de participantes activos no supera el 10%, quedándose en torno al 2% en grupos grandes (más de 1000 miembros). Entonces, debemos suponer que la gente se une (voluntariamente) sin ánimo de participar. Como mirones de escaparate. De nuevo: expectativas insatisfechas. Poca o nula comunicación. Ahora hablamos de "voyeurismo" (no nos engañemos, FB contagia; esto es lo que más o menos se hace también -y me incluyo- en el muro de las amistades).
  • Páginas: Como último intento, recientemente he puesto en marcha una página personal (Conciencia y Sinciencia), con lo que acepto de entrada la dependencia, donde publico lo que me gusta y que lo vea quien quiera. Esto es lo que parece funcionar en FB y lo que, al parecer, responde más a su espíritu. Aquí no me siento incómodo. Es como una revista o un libro. No esperas interactividad. No hay presión porque no es un Grupo y mientras le interese a alguien, por algo será (hay gente para todo). Es publicación pura y dura, tal y como es este blog o mis distintos libros publicados. En la página selecciono frases de pensadores (célebres o menos) que me han gustado, con una pequeña glosa y haciendo referencia siempre a las fuentes (sorprende también la infinidad de páginas de éxito y fotos en los muros con frases de famosos sin ningún valor añadido ni referencia a la fuente), una selección de noticias del día que creo de interés para el alcance de la página (o revista, como se quiera) y, en función del tiempo, algún tema propio. Curiosamente, al mes de vida cuento con más de 160 personas a las que "les gusta", pero la interactividad sigue brillando por su ausencia. Ninguna publicación ajena y muy pocos "me gusta" y comentarios. Por descontado, debate o intercambio de opiniones, cero patatero, aunque sufro la infantil y perversa “fagocitación” de algunas de mis publicaciones sin citar la procedencia. No se cumple la expectativa de diálogo, pero no estoy tratando con "amistades" ni en un Grupo, por lo que esperar diálogo es una inconsistencia. En buena lógica, no puedo decir que este vector de comunicación me cause insatisfacción porque su objetivo principal es publicar, no dialogar.
Conclusiones: Decepción profunda. Expectativas en gran parte frustradas. Pérdida de tiempo parcial en Amistades y total en Grupos. Mucho gasto y poca inversión. Decisión: minimizar el gasto (de hecho, mi participación en mi muro y en Grupos ya es testimonial) y maximizar la inversión extrayendo el máximo beneficio de la "pasividad", separando el grano (que lo hay) de la paja y disfrutando del indudable beneficio que me representa el auto compromiso (aquí entra en juego la calidad, la excelencia y la ética personal) de preparar publicaciones para mi página. ¿Hasta cuándo? Hoy no tengo respuesta.

Con total seguridad, alguien opinará que soy un ingenuo y que estas decisiones son como el descubrimiento de la rueda, que son el ABC de FB y que son las que todos practican. Pues me alegro mucho. A mí me ha costado diez meses aprenderlo y, en el ínterin, ha aprendido mucho sobre otras cosas. O sea, que tampoco he perdido el tiempo. Larga vida a Facebook. Y a todos a los que cumpla sus expectativas.

NOTAS:
1 - Pido indulgencia a mis "amigos" de FB. Decir lo que se siente puede aliviar al escritor pero también puede ofender al lector. Nada más lejos de mi intención.

martes, 20 de noviembre de 2012

Ser buenos Clientes

Empezábamos nuestro anterior artículo afirmando que "nuestra tendencia natural es la de considerarnos únicamente clientes. Cuando no estamos comprando, esperamos cosas de los demás: atenciones, parabienes, regalos. Y cuando compramos, nos encontramos como pez en el agua, en el líquido elemento: regateamos, exigimos, discutimos, ...". Y aprovechábamos esta introducción para recordar que también somos proveedores y analizar esta importante y frecuentemente olvidada condición. Pero la simpleza de esta introducción es patente. Parece que justifique los comportamientos citados como producto de una necesidad natural que no precise mayor atención ni reserva. Nada más falso. Resulta absolutamente asimétrico y descompensado dedicar un artículo a analizar nuestra condición de proveedores y no hacer lo mismo con nuestra condición de clientes. En este artículo vamos a intentar resolver esta simpleza.

¿Qué es un Cliente? Empecemos por el Diccionario de la Real Academia:
  1. com. Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa.
  2. com. Parroquiano (persona que acostumbra a ir a una misma tienda).
  3. com. Persona que está bajo la protección o tutela de otra.
Huelga decir que ninguna de ellas me parece apropiada. Ni remotamente definen lo que caracteriza a un cliente en un entorno eminentemente interactivo como es el de la ética personal. Son definiciones absolutamente pasivas (utilizar, ir a una tienda) y nada generalistas, en las que la relación es puramente mercantil (servicios de un profesional, empresa), mafiosa (protección) o dominante (tutela). Por lo tanto, no nos sirven.

Para resolverlo, adoptaremos una definición oficial que, curiosamente, corresponde a la norma ISO 9000, referente de calidad empresarial (en su momento ya defendimos que la vida podía ser considerada una empresa): Cliente es "la persona que recibe un producto".

Simple y elegante, aunque con un pequeño problema de lenguaje: ¿qué es un producto? También nos lo soluciona la norma. Un producto es el "resultado de un proceso". Y, por último, para los detallistas: ¿qué es un proceso? "Una secuencia de actividades que convierte unas entradas determinadas en un resultado determinado". Una vez analizada, nos quedaremos esta definición de cliente por su generalismo: Los procesos (incluso mentales) siempre generan productos (un pensamiento lo es) y cada vez que recibimos un producto (un regalo, un beso, un insulto, una cerveza o un coche nuevo) lo hacemos en condición de clientes. Veamos ahora cómo se caracteriza un buen cliente.

El hecho de aceptar nuestra condición de clientes en abstracto (de todo lo que recibimos) nos convierte inmediatamente en un eslabón de lo que se ha venido en llamar la "cadena proveedor-cliente" ya que, como vimos en el anterior artículo, dedicado a los proveedores, todos nosotros somos, simultáneamente, ambas cosas. No aceptar formar parte de esta cadena nos sitúa fuera de la realidad y del entorno, con lo que nuestra existencia deja de ser algo armónico y fluido convirtiéndose en una sucesión de hechos puntuales, aislados e inconexos (compras y ventas; recepciones y entregas) fuente permanente de insatisfacción y frustración.

En una primera clasificación podemos distinguir entre dos clases de clientes: el cliente activo y el cliente pasivo. El cliente activo es el que participa de forma proactiva en la determinación de lo que espera recibir. Podríamos definirlo de forma coloquial como "el que sabe lo que quiere". Esto implica que, antes de recibir el producto, se ha preocupado de definir lo que espera. Hablando en propiedad, ha definido los requisitos y las necesidades y ha sabido diferenciarlos de las expectativas (estos importantes términos se analizan en esta entrada y en esta otra) Volveremos más adelante a este tipo de cliente. En cambio, el cliente pasivo no tiene formada opinión racional de lo que espera. Cuando le llega algo (sea lo que sea) es cuando dispara su mecanismo comparativo con no se sabe qué (normalmente, con expectativas irracionales y exageradas) y monta en cólera o entra en una espiral de depresión, alimentando su amplio catálogo de agravios. No creo que este tipo de cliente merezca mucha más atención.

Terminaremos analizando algo más en profundidad a nuestro tipo de cliente preferido: el cliente activo (al que también podríamos llamar proactivo). Preferido, pero no exento de riesgos. Algunos, incluso peores que los que puede conllevar una pasividad ingenua o ignorante. La iniciativa, el adelantarse a la producción, el definir con precisión nuestros requisitos, necesidades y expectativas debe realizarse dentro de unos parámetros realistas, ajustados a las capacidades de nuestros proveedores. De nada servirá "pedirle peras al olmo". Por mucho que nuestro ego nos diga que nos lo merecemos. En esta vida hay lo que hay. Y pasarnos de rosca no conduce a nada bueno. Evidentemente, asegurar esto implica una importante tarea de recogida de datos para, una vez procesados, disponer de información fiable para la toma de decisiones. Y si, a pesar de esto, no conseguimos lo que queremos, no será por nuestra culpa. Habremos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. Afrontaremos y digeriremos el inconveniente y a otra cosa. No estamos trivializando. Porque, sea cual sea el tamaño o gravedad de la decepción (así puede llamarse a un incumplimiento visto desde el lado del cliente), la forma de afrontarlo es la misma. De cara. Pero debe tenerse en cuenta que una actitud proactiva realista siempre minimiza las decepciones. Sin ella, sin duda, tendríamos más. Esto es lo que nos debe importar. Y si recibimos más de lo esperado, aleluya. Satisfacción completa.

Un último apunte dedicado al nivel de exigencia. ¿Debemos ser exigentes? En la medida de que esperemos productos racionalmente suministrables, sí. Sin duda. Del mismo modo, en el caso de que nuestros proveedores se hayan comprometido formalmente a la entrega de un futurible sin historia previa. Tenemos un ejemplo paradigmático en los programas políticos en campaña electoral. Hoy mismo, en Cataluña, estamos en campaña. Si nos convencen los programas y decidimos ejercer nuestro derecho al voto, nos hemos convertido en clientes del partido (político, no de fútbol. Aunque a veces lo parezca). Y si después incumplen lo prometido, nuestro nivel de exigencia debe ser máximo. Y así con cualquier proveedor. Sea el lampista, el taller del coche o un familiar. También así se reconoce a un buen cliente. Y también así ponemos nuestro granito de arena para la mejora del proveedor. La cadena funciona.

En resumen, ser buenos clientes es una de las condiciones necesarias, aunque no suficientes, para conseguir nuestra satisfacción (Calidad) y felicidad (Excelencia). Incorporemos este sencillo principio a nuestra ética personal.

"El cliente: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses. El sastre: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón" (Samuel Beckett)

"El señor sólo exige de las personas aquello que está dentro de las posibilidades de cada uno" (Paulo Coelho)

domingo, 4 de noviembre de 2012

También somos Proveedores

Este importante hecho se olvida fácilmente. Nuestra tendencia natural es la de considerarnos únicamente Clientes. Cuando no estamos comprando, esperamos cosas de los demás: atenciones, parabienes, regalos. Y cuando compramos, nos encontramos como pez en el agua, en el líquido elemento: regateamos, exigimos, discutimos, ... Pero no somos conscientes de que también damos. Todos lo hacemos. Sería imposible la existencia (y la convivencia) sin un intercambio transaccional, sin esa especie de mercadeo constante que es la vida. Y esa condición de suministradores de cosas materiales e inmateriales es la que nos confiere la categoría de Proveedores.

Proveedor (y cliente) satisfecho
Acabamos de tratar la "Construcción de la realidad" a través de nuestros actos. Tengamos en cuenta que gran parte de estos actos tienen como destinatarios a nuestro entorno próximo y lejano. Y el resto, causan efecto sobre nosotros mismos.Y que la totalidad de nuestros actos representan nuestra producción como Proveedores. Proveemos al entorno y a nosotros mismos, de cosas  fundamentalmente necesarias y discrecionalmente deseables. De cosas importantes comprometidas en nuestra ética personal y de cosas, no menos importantes, que configuran nuestro día-a-día, las cuales requieren adecuada y, en ocasiones, inmediata respuesta. Todas estas cosas deben verse como consecuencia de los pedidos que nos llegan de nuestros Clientes y que debemos atender con la disposición de un buen Proveedor (en la entrada "Compromisos y Entorno" se abordan en detalle los conceptos requisito, necesidad y expectativa relacionados estrechamente con nuestra producción como Proveedores).

Una vez presentado y justificado el concepto de Proveedor aplicado a nuestra persona, me gustaría exponer otro concepto básico: "Todos somos a la vez Proveedores y Clientes",  y nuestra persona está en el medio. En un hipotético proceso, el diagrama de flujo sería muy simple:

Entorno -> Recibimos (Clientes) -> Nuestra persona -> Entregamos (Proveedores) -> Entorno

y, como se puede observar, recursivo: formamos parte del entorno, recibimos de él y aportamos a él. Por lo tanto, somos igualmente responsables de su mejora o de su degradación. Y esto me lleva a la última frase, que también puede ser calificada como un concepto, como una filosofía de vida:

"Hacer las cosas bien a la primera"

Esta es la base del éxito, de la calidad y de la excelencia. Si no podemos hacerlo (en ocasiones, resulta imposible), por lo menos, intentarlo. Tener esta preocupación como un norte, como una máxima vital. En múltiples ocasiones, conferencias y clases, he utilizado este ejemplo: Si te piden una fotocopia, que no salga torcida y que se pueda leer. Es lo mínimo que se le puede pedir. De esta forma, serás un buen Proveedor. Te evitarás broncas, malas caras y volverla a hacer. Extrapola este ejemplo a cualquiera de tus actos. Y, si piensas con detenimiento, hacer las cosas bien, no cuesta tanto.

Creo que, sentirse Proveedor y "hacer las cosas bien a la primera" son dos conceptos que deberían incorporarse a nuestra ética personal. Nos iría mejor a nosotros y a todos los demás. Porque, desde un punto de vista egoísta, ¡se siente uno tan bien al hacer las cosas bien!...

"El mundo se compone de los que dan y de los que reciben. Puede que los segundos coman mejor, pero duermen mejor los primeros" (Séneca).

"Da y tendrás en abundancia" (Lao-Tsé).

"No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita; y soporta luego la ingratitud" (Miguel De Unamuno)

sábado, 6 de octubre de 2012

Las Tres Calidades

Para quien haya seguido los artículos de este blog no le representará ninguna novedad que volvamos a centrar la atención en los dos atributos que caracterizan a la Ética que estamos desarrollando: la Calidad y la Excelencia. Hemos definido ambos conceptos de forma precisa y también los hemos considerado como los únicos indicadores válidos para valorar el grado de satisfacción de nuestro entorno en el cumplimiento de los compromisos adquiridos por nosotros mismos.

Resumiendo, hemos dicho también que "Calidad es compromiso" y que la Excelencia está más allá de la Calidad. Podríamos definirla como la "metacalidad". Estos temas se desarrollaban en el artículo específico Calidad y Excelencia personal y, posteriormente, han ido apareciendo de forma recurrente a lo largo del blog hasta llegar a donde estamos ahora.

Pero de lo que nunca habíamos hablado era de la existencia de tres calidades. Se podrá argumentar que si no teníamos bastante con una. Resulta comprensible, pero tengo la esperanza de que al terminar el artículo habrá quedado desvelado el misterio.

Para visionar adecuadamente el gráfico, se recomienda no padecer miopía mental.
De la definición de Excelencia se desprende que ésta no existe sin Calidad. Por lo tanto, la Calidad siempre será el punto de referencia de la Excelencia. Vamos a emplear una línea de argumentación que nos permita comprender gráficamente el significado de la Excelencia. Para ello nos serviremos del gráfico de las tres calidades, frecuentemente empleado en gestión empresarial para analizar el concepto de Calidad Total, aunque convenientemente adaptado a nuestros propósitos.

Si "Calidad es compromiso", cada uno de los círculos representa distintos conjuntos de compromisos. A saber:
  • La Calidad programada. Lo que has decidido dar. O lo que es lo mismo, tus compromisos contigo mismo y con el entorno. En definitiva, tu ética personal;
  • La Calidad entregada. Lo que das realmente. Tu producción. Tus actos;
  • La Calidad esperada. Lo que se espera de ti. Tanto tu entorno, como tú mismo. Los compromisos que a ambos les gustaría que fuesen asumidos como propios.
Pues bien, obviamente, la Excelencia únicamente se consigue cuando los tres círculos son concéntricos. Cuando coinciden exactamente las tres calidades. Por esto la Excelencia es un estado. Se tiene o no se tiene. Se es excelente o no se es. Y la Calidad admite seis categorías e infinitos grados, determinados por las áreas que encierran las intersecciones de los tres círculos. Pero la Calidad resultante, la que nos interesa, es la Zona Común, que deviene en máxima con la Excelencia.

Comentemos brevemente las seis áreas:
  • Compromisos inútiles: Te has comprometido a algo que ni cumples ni esperan de ti;
  • Satisfacción personal inútil: Estás cumpliendo compromisos adquiridos que nadie espera;
  • Esfuerzo inútil: Entregas algo que ni has asumido ni espera tu entorno;
  • Ética amenazada: Estás cumpliendo necesidades o expectativas de tu entorno no asumidas;
  • Entorno insatisfecho: No estás cumpliendo compromisos adquiridos y esperados;
  • Zona Común: La potencial Excelencia.    
Para conseguirla debemos cumplir algunas condiciones, necesarias, pero no suficientes: extremar nuestra sensibilidad para identificar las necesidades y expectativas de nuestro entorno (Calidad esperada), asumir como propias estas necesidades y convertirlas en compromisos (Calidad programada) y extremar el rigor en su cumplimiento (Calidad entregada). Cumplidas estas condiciones, podremos empezar el camino.

Por lo tanto, no resulta difícil presumir de cierto nivel de Calidad. Pero hablar de Excelencia son palabras mayores. En nuestras manos está. Intentemos conseguirlo. Busquemos la Excelencia.

"La vida es como una obra de teatro: no es la duración sino la excelencia de los actores lo que importa" (Séneca)

miércoles, 9 de mayo de 2012

Necesidades personales

Las necesidades de Maslow
Vamos ahora a llevar las Necesidades y las Expectativas, términos analizados conceptualmente en el blog empresarial, al ámbito que nos ocupa. El personal.

Le debemos a Abraham Maslow (1908-1970) esta elegante teoría, publicada en su obra “Una teoría sobre la motivación humana” (1943), la cual se ilustra (sobran las palabras) con lo que se ha dado en llamar “la pirámide de Maslow” o “jerarquía de las necesidades humanas”. Quien desee profundizar, además de la obra mencionada, puede acceder al enlace de la figura. Por lo tanto, vamos simplemente a esbozar sus cinco niveles y relacionarlos con los conceptos citados.
La idea básica de esta jerarquía es que las necesidades más altas ocupan sólo nuestra atención (nos preocupan) cuando se han satisfecho las necesidades inferiores de la pirámide. Las fuerzas (propias o del entorno) positivas dan lugar a un movimiento ascendente en la jerarquía, mientras que las negativas empujan las necesidades hacia abajo. En orden ascendente:
  • Fisiológicas: Son las necesidades básicas y de supervivencia, las cuales, lógicamente, prevalecen sobre todas las demás (respirar, comer, beber, vestir, dormir, descansar, evitar el dolor y tener relaciones sexuales).
  • Seguridad: Como su nombre indica, representan la necesidad de afirmar lo conseguido, estableciendo límites y extendiendo el alcance al entorno próximo (seguridad física, de la salud, del empleo, de los ingresos y recursos, de la familia y de la propiedad privada).
  • Afiliación: Relacionadas con el desarrollo afectivo del individuo (actividades deportivas, culturales y recreativas, amistad, compañerismo, afecto y amor).
  • Reconocimiento: La necesidad de respeto a uno mismo (confianza, competencia, maestría, logros, independencia y libertad) y de los demás (atención, aprecio, reconocimiento, reputación, estatus, dignidad, fama y gloria) cuya merma se refleja en una baja autoestima y en complejo de inferioridad. Representa la necesidad del equilibrio en el ser humano, lo que le permite convertirse en el hombre de éxito que siempre ha soñado, o en un hombre abocado hacia el fracaso, el cual no puede lograr nada por sus propios medios.
  • Autorrealización: Es la necesidad psicológica más elevada del ser humano. Con su satisfacción se encuentra una justificación o un sentido válido a la vida mediante el desarrollo potencial de una actividad. Se llega a ésta cuando todos los niveles anteriores han sido alcanzados y completados, al menos, hasta cierto punto.
En nuestra particular apreciación, consideraríamos requisitos (de obligado cumplimiento) a los dos primeros niveles (fisiológicas y de seguridad), necesidades a los dos siguientes (afiliación y reconocimiento) y expectativas a la cúspide de la jerarquía, la autorrealización. 

Una vez llevadas las necesidades y expectativas al ámbito personal, estamos en condiciones de reflexionar sobre la satisfacción y su complemento humano: la felicidad. Seguiremos...

viernes, 4 de mayo de 2012

Compromisos y Entorno

Si la ética personal la conforman nuestros compromisos y asumiendo que, para poder presumir de un comportamiento ético, debemos cumplirlos, resulta obligado reflexionar sobre los mismos y profundizar en el significado del término.

A pesar de que, tras una lectura rápida y no meditada, podría ser considerado una obviedad y una redundancia, “el primer compromiso debería ser cumplir nuestros compromisos” (patento la frase). A esto añadiremos que este compromiso es el más importante y lo contraemos con nosotros mismos (no es preciso hacer publicidad a nuestro entorno), por lo que se trata de un compromiso interno.

Por lo tanto, los compromisos pueden definirse también como “lo que debemos cumplir”, es decir (en terminología empresarial): los requisitos.

El análisis detallado del término se encuentra en las entradas del blog empresarial “Necesidades y Expectativas” y “Cumplir o No Cumplir” (si no los ha leído, o no están frescos en su memoria, le recomendamos tenerlos a mano). A partir de su definición general, sólo nos queda extrapolar su aplicación al ámbito de la Ética personal mediante unos ejemplos.

En el ejemplo empresarial nos referíamos a los “compromisos” adquiridos con un cliente (receptor de un producto o servicio) que deseaba adquirir un cuchillo (el producto). En nuestro caso, entenderemos como clientes a “las personas físicas u organizaciones que puedan verse afectadas (directa o indirectamente) por las acciones resultantes del cumplimiento de nuestros compromisos” (me ha quedado algo largo, pero no lo he conseguido resumir).

Al objeto de nuestros compromisos externos le llamamos entorno y lo vamos a dividir en dos tipos:
  • Entorno próximo: miembros de la familia y amistades con contacto directo, íntimo y frecuente con nuestra persona, de tal modo que podamos percibir el efecto de nuestros actos. Sus miembros lo son per se. No depende de nosotros. Por ejemplo: esposa, hijos, tíos, amigos íntimos.
  • Entorno lejano: personas (familia o no) y organizaciones de cualquier índole, cuya distancia (física o sentimental) o carácter (dimensión, objetivos, etc.) no permite percibir el efecto de nuestros actos. Por ejemplo: un cuñado en Argentina, la ONU o la Fundación “Intervida”. La composición del entorno lejano es consecuencia directa de nuestros compromisos externos. Si una persona u organización no es objeto de ningún compromiso, no forma parte de nuestro entorno (por ejemplo, en mi caso, la Federación Española de Actividades Subacuáticas).
Obviamente, los compromisos internos los adquirimos con nosotros mismos (no somos entorno, siempre estamos en la lista).

Veamos ahora unos ejemplos de compromisos con el entorno próximo (relación no exhaustiva): Con nuestro hijo:
  • requisitos (establecidos): darle la paga convenida, permitirle una hora de videojuegos, etc.
  • necesidades (inherentes): vestir de forma adecuada, comer variado y suficiente, relacionarse con sus amistades en la forma y tiempo adecuadas a la edad, etc.
  • expectativas (de estima): más atención por parte del padre, menos actividades extraescolares, montar a caballo, etc.
Conviene resaltar que el entorno próximo es impuesto (no voluntario), por lo que resulta de extrema importancia ser sensible a la satisfacción de todos sus miembros. Además, en particular, llamamos la atención sobre la dificultad que plantea la identificación de las expectativas. Los requisitos, por su condición de explícitos o establecidos, han sido negociados, convenidos y, en último término, comprometidos con nuestro hijo y las necesidades responden a los hábitos sociales o culturales al uso. Pero las expectativas no las va pregonando a los cuatro vientos. Son personales y, normalmente, íntimas (p.e. nuestro hijo puede desear menor atención). Es nuestra responsabilidad identificarlas con objeto de, en la medida de lo posible, atenderlas y aumentar la satisfacción del cliente (en esta caso, nuestro hijo) y, como efecto colateral, la nuestra.

Finalizaremos con los compromisos con el entorno lejano, los cuales, siempre son voluntarios (nadie nos obliga a colaborar con una ONG). Siguiendo con este ejemplo, suponemos que el cumplimiento de un requisito (de la ONG) tal como pagar el recibo mensual, satisface sus necesidades y expectativas (las estatutarias). Nunca sabremos si las cumple realmente ni, tan siquiera, si gestionan adecuadamente nuestra aportación. Pero no nos importa porque, en una extraña combinación de egoísmo y altruismo, satisface las nuestras, gracias al cumplimiento de un compromiso interno (p.e. contribuir a disminuir la pobreza en el mundo).