Si visita este blog por PRIMERA VEZ, le recomendamos leer EN PRIMER LUGAR Empezando por el principio.


Mostrando entradas con la etiqueta Valor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valor. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de agosto de 2017

17-08-2017 Barcelona


17 de agosto de 2017


Qué es lo que hay que hacer
si es que eso puede ser,
si es que con lo que tú hagas
puedes algo resolver,
si es que tus pobres acciones
tienen aún razón de ser,
si es que no acaban hundidas
en un mar de insensatez.

Qué es lo que nos ha pasado
que nos lleva a padecer
esta suerte de barbarie,
esta maldad sin porqué,
esta irracional propuesta
en nombre de incierta fe,
cual macabra lotería
que nos golpea otra vez.

Qué es lo que lleva a muchachos
a creer que su papel
en esta vida terrena
es matar a fiel e infiel,
pues que nosotros sepamos
no les piden el carnet,
para tener como premio
cien huríes y el edén. 

Qué es lo que hace tan triste
vivir el día después,
asistir al espectáculo
que nos dan desde el poder,
observar con impotencia
su querer y no querer,
su cuidada equidistancia,
de sus miras la estrechez.

¿Alguien sabe lo que es?
¿alguien conoce la causa?
¿alguien conoce el porqué?
¿alguien tiene una vacuna?
¿alguien se siente culpable
de morirse a su placer?
¿alguien cree que algún día
los vamos a convencer?

Mientras tanto discutimos
si lo hago mejor que tú,
si tú me ocultas los datos,
si yo persigo otro fin,
primamos el enanismo,
la tribu y la acción local,
cuando es obvio que el problema
requiere visión global.

Mientras tanto no tengamos
una autoridad mundial,
unas leyes que superen
fronteras e identidad,
una sociedad que mame
igualdad y libertad,
este cáncer que sufrimos
crecerá y se extenderá.

Mientras tanto solo queda
nuestra solidaridad
con todos los fallecidos,
con familiares y heridos,
con treinta y ocho países,
con toda la humanidad,
con los que fueron culpables
de atreverse a ramblear.

Mientras tanto no se engañen,
si lo quieren arreglar,
viendo el perfil de los tipos
que nos deben liderar,
dado que los dirigentes
se extraen de esta sociedad,
será peor el remedio
que la propia enfermedad. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre La Confianza

«La confianza ni se compra ni se vende: se regala. Pero hay que merecerla». 

Además, resulta más fácil de perder que de ganar.
Estos últimos días he tenido oportunidad de experimentar en carne propia el grado de veracidad de la frase de cabecera, frase que pertenece a la categoría de «frases casi propias», debido a que, en tanto no se me corrija, asumo su paternidad con todas las reservas, reconociendo que todo está escrito y que, con toda probabilidad, en algún momento, esta idea, expresada de una u otra forma, habrá quedado alojada en alguna recóndita y polvorienta colección de mis neuronas.

No corresponde publicar aquí y ahora las circunstancias vitales que me han proporcionado tema, pero sí que resulta oportuno aprovechar la inesperada inspiración para desarrollar y justificar la idea que subyace en tan corta y lapidaria frase, idea que, por descontado, suscribo absolutamente.

Empecemos aceptando que la confianza, tal y como la entiendo, y con más frecuencia de la deseada, está mercantilizada. Quizá debido a un error de concepto, de conocimiento o de interpretación de su significado, dadas sus numerosas acepciones. Por lo tanto, empezaremos por aquí:

confianza.
(de confiar).
1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo.
2. f. Seguridad que alguien tiene en sí mismo.
3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo.
4. f. Ánimo, aliento, vigor para obrar.
5. f. familiaridad (‖ en el trato).
6. f. Familiaridad o libertad excesiva. U. m. en pl.
7. f. desus. Pacto o convenio hecho oculta y reservadamente entre dos o más personas, particularmente si son tratantes o del comercio.

de ~.
1. loc. adj. Dicho de una persona: Con quien se tiene trato íntimo o familiar.
2. loc. adj. Dicho de una persona: En quien se puede confiar.
3. loc. adj. Dicho de una cosa: Que posee las cualidades recomendables para el fin a que se destina.

confiar.
(del lat. *confidāre, por confidĕre).
1. tr. Encargar o poner al cuidado de alguien algún negocio u otra cosa.
2. tr. Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa. U. t. c. prnl.
3. tr. Dar esperanza a alguien de que conseguirá lo que desea.
4. intr. Esperar con firmeza y seguridad. U. t. c. prnl.

De esta confianza es de la que hablamos, de la segunda locución adjetiva, de la resaltada en rojo. Y a esta confianza es a la que nos referimos cuando aseguramos que, desgraciadamente, está bastante mercantilizada. Esto no quiere decir que rechacemos el resto de acepciones (en especial la 3, también llamada “del pavo real”), sino que no son tema de hoy. Y para que quede claro, reformulemos (con el permiso de la R.A.E.) la sintética frase de cabecera:

«Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa, ni se compra ni se vende, se regala. Pero hay que merecerlo».

Y ya podríamos acabar. Quien crea que esta confianza es mercantilizable, no sólo no se la merece, sino que no merece más que una profunda compasión. Y dado que es una característica bi-direccional (de hecho, debe ser mutua), quien no sea «depositario» de alguien y «depositante» en alguien —en ambos casos, gratis—, también. Afortunadamente, aunque suene un tanto presuntuoso (acepciones 2 y 3), no es mi caso. A pesar de los frecuentes intentos de interesada «mercantilización» que siempre me he dado el gustazo de rechazar. 

Y hoy sí que el tema entra de lleno en el alcance del blog: Calidad, Excelencia y Ética personal a raudales. Ya tenía ganas.

Buenas Fiestas.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

sábado, 3 de agosto de 2013

Consecuencias y Valores

La desgraciada consecuencia de un "despiste"
Actualmente, tanto en los medios como en la opinión pública estamos asistiendo a un profundo y lógico debate sobre las causas del desgraciado accidente ferroviario que se ha saldado con el balance provisional de 79 víctimas mortales. Este lamentable suceso propicia toda suerte de comentarios y especulaciones que van desde la encomiable y sana preocupación por una determinación precisa y veraz de las mismas como condición indispensable para, mediante su eliminación, evitar su repetición, hasta la sesgada e interesada sarta de conclusiones precipitadas que no buscan otra cosa que la descalificación política atribuyendo la responsabilidad del accidente a decisiones coyunturales basadas en recortes presupuestarios exigiendo soluciones utópicas tales como la expresada por el presidente de un partido de la oposición –no el principal– que, para su vergüenza y escarnio de todos, finalizaba así su recuerdo a las víctimas: «que no quede un solo kilómetro de vía donde se pueda repetir este accidente por falta de seguridad por motivos económicos». Francamente, se podría haber ahorrado tan beatífico deseo.

Por descontado, no se trata de terciar en el debate, sino de utilizar este luctuoso hecho y su causa primera probable –un error humano– para reflexionar un poco sobre la causalidad y las consecuencias de nuestros actos, temas ambos que deberían presidir permanentemente nuestra escala de valores. Para ello empezaremos con el aforismo «actúo, luego existo», variante propia del original de Descartes, basada en que el antecedente –la causa– de todo acto racional debería ser un pensamiento. Esto nos lleva a enfatizar la importancia capital de considerar las consecuencias de nuestros actos, las cuales, ciertamente, son sólo conocidas, en su integridad, a posteriori, pero su consideración es éticamente exigible a priori. Sólo de esta forma se pueden aplicar las correspondientes acciones preventivas, en lugar de las siempre tardías acciones correctivas.

Esto nos lleva también a concluir que las consecuencias –efectos– de nuestros actos –causas– establecen diferencias abismales entre las personas, diferencias motivadas, principalmente, por su impacto social –por ejemplo, por su actividad profesional–, que deberían reflejarse en su ética personal o, lo que es lo mismo, en los compromisos adoptados con el entorno, receptor –y, en demasiadas ocasiones, sufridor– de sus actos. Al respecto, parece obvio que las consecuencias de los actos realizados en el ejercicio de la actividad profesional de un piloto de avión, de un comandante de crucero o de un maquinista de tren pertenecen a una categoría totalmente distinta que las de un cajero de supermercado. Todo esto sin juicio de valor alguno tanto sobre la importancia intrínseca de las mismas como por el acierto en su ejecución. Son muy distintas. Punto.

Y esta gran diferencia debe ser reconocida y asumida por el individuo, quien debe ser consecuente con ella y tenerla siempre presente, estableciendo adecuadamente su escala de valores, concediendo máxima importancia a las actividades cuyas consecuencias representen mayor impacto o riesgo en la sociedad, extremando la atención en su ejecución y erradicando su mayor enemigo: la rutina.

En línea con esta reflexión, las circunstancias conocidas hasta ahora me hacen llegar a la conclusión de que cuando un maquinista de un tren de alta velocidad circula –reglamentariamente– a casi 200 km/h por una vía plagada de túneles y viaductos, siguiendo un trayecto conocido, aproximándose a una curva, al parecer con muy mala fama, limitada a 80 km/h, debería tener todos sus sentidos alerta y concentrados en la tarea primaria –conducir a sus destinos a las casi 300 personas a su cargo con el confort y la seguridad máxima– y hacer caso omiso de la intempestiva e inoportuna llamada del teléfono móvil o, en el caso de atenderla, no descuidar el control de velocidad, prácticamente la única y crítica tarea a su cargo en estos momentos. Porque si una simple llamada telefónica es capaz de distraer a esta persona de sus responsabilidades y le hace olvidar las catastróficas y fatales consecuencias de un hipotético "despiste" es porque esta persona no estaba capacitada para desempeñar esta actividad profesional. Lo que nos lleva a interrogarnos sobre las causas de esta incapacidad, causas que, en mi humilde opinión, son únicamente atribuibles a una inadecuada categorización de la escala de valores del individuo, en especial en la posición relativa de las dos atenciones: la merecida por la conducción del tren o la de una llamada telefónica.

Deliberadamente he omitido cualquier referencia a aspectos técnicos o de infraestructura ferroviaria, aspectos que, por todos los indicios, dejan mucho que desear, pero que no vienen al caso. Durante un año, tres veces por semana, esta persona realizaba este trayecto sin que la criticada infraestructura –criticada, al parecer, con toda la razón– hubiese propiciado accidente alguno. Precisamente porque la seguridad de la misma se basaba en la competencia y la capacidad de los maquinistas, circunstancia perfectamente conocida y asumida –por lo menos hasta esta ocasión– por los profesionales a cargo del tren, incluido él mismo. Y si la causa no fue la llamada telefónica, peor que peor. Falta de atención. Incapacidad, en suma.

Concluyendo, resulta conveniente considerar a priori las consecuencias de nuestros actos y establecer adecuadamente nuestra escala de valores. Por descontado, no es lo mismo ponerse a los mandos de un avión, un barco o un tren que decidir sobre el helado de postre. Las consecuencias sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno son completamente distintas. Podemos banalizar la elección del helado, pero, por ejemplo, resultaría del todo inadecuado no prestar toda la atención a las dificultades, los problemas o la formación de nuestros hijos, con consecuencias a posteriori absolutamente imprevisibes y, probablemente, fatales para su desarrollo a corto, medio y largo plazo. Al igual que en el accidente ferroviario, cuando las consecuencias –los efectos– son evidentes, no hay nada que hacer, excepción hecha de las lamentaciones, del llanto y crujir de dientes y del reconocimiento de nuestra propia incapacidad, sin olvidar, si las teníamos asumidas, el cierre del círculo ético: la asunción de responsabilidades.

En resumen, la consideración preventiva –a priori– de las consecuencias de nuestros actos, su adecuada valoración y su integración en nuestros compromisos –nuestra ética– no evita los errores, simplemente –y esto no es baladí– disminuye enormemente la probabilidad de cometerlos.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Valor del Lenguaje

Siguiendo con mi costumbre, empezaré con un análisis del título, el cual, como todo buen título, debería ser expresión condensada y relevante del contenido que titula. Antes de empezar su autopsia, probablemente, la primera reflexión que provoca su lectura es: ¿y qué puñetas tiene que ver "el valor del lenguaje" con la ética personal? Pues responderé que mucho. Y el propósito de este artículo es, precisamente, justificarlo. Empecemos:
  • Valor: ¿se puede añadir algo a lo ya tratado? En el blog empresarial analizábamos el término desde el punto de vista de la excelencia, diferenciándolo claramente del concepto "coste", con el que, frecuentemente, se confunde. Recordemos un poco: Valor es "la relación entre la satisfacción de las necesidades y los recursos utilizados". Por lo tanto, utilizando esta acepción, una vez conozcamos las necesidades del lenguaje (su función), podremos conocer su valor, el cual estará en función de los recursos utilizados en su producción (entendiendo como tal, los esfuerzos que hayamos empleado para generar un mensaje con él). 
  • Pero existen más acepciones. Utilizaremos también la bastarda: el coste. Porque el lenguaje mal utilizado puede representar un coste. Y un coste nunca se amortiza. Es un peso, una losa, que será tanto mayor cuanto peor haya sido su utilización. Y por último, consideraremos la acepción 6 del RAE: "Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos". En ocasiones, el lenguaje ha de ser "valiente". Aparquemos el tema hasta analizar de nuevo la frase completa.
  • Lenguaje: no voy a pavonear de erudición gratuita, entre otras cosas, porque no puedo. Pero si daré mi definición, decantada por mi escaso conocimiento y la experiencia adquirida. El lenguaje es una convención simbólica que pretende (y casi nunca consigue) ser una representación del pensamiento. Y su resultado, su producto, su función, es la comunicación. Cuando lo empleamos en su forma verbal, por la inmediatez (no es conveniente pensar demasiado las frases, para evitar la somnolencia del interlocutor), el riesgo de no expresar lo deseado es altísimo. Este riesgo baja cuando lo empleamos en forma escrita, pero nunca tenemos garantía de éxito (este artículo ya lo querría empezar de nuevo, pero soy muy perezoso ¿es esto poco ético?). En cualquier caso, en este punto, podría ser adecuado ampliar este tema consultando el artículo "Entendimiento y comprensión".

Una vez comentados los dos componentes del título, analicemos el objeto del artículo:

De poco sirve aquí el lenguaje.
Debemos ser muy sensibles al valor del lenguaje. Teniendo en cuenta que su único objetivo es la comunicación, y que esta comunicación debe ser de calidad (eficaz, conseguir totalmente este difícil resultado: que los dos interlocutores hablen de lo mismo, se entiendan y se comprendan) y excelente (primera acepción analizada: máximo resultado con mínimo esfuerzo), tenemos que maximizar este valor. Adicionalmente, debemos minimizar el coste que nos puede suponer un empleo inadecuado del lenguaje. En ocasiones, la popular regla de contar hasta diez antes de responder a  lo que nos parece una inconveniencia, puede ser acertada.
Y, por último, no debemos temer la utilización del lenguaje. Cuando la ocasión lo requiere, se ha de hacer una utilización valiente del mismo. Decir las cosas como son. Llamar a las cosas por su nombre.

Para finalizar, incorporemos la preocupación por el valor del lenguaje a nuestra ética personal. Y digo preocupación, porque, a fuer de rigurosos, no podemos quedarnos mudos. Es suficiente con el compromiso de formarnos permanentemente, hablar con propiedad, atender al interlocutor y asegurar la comunicación. En resumen, "pensar antes de hablar" y "pensar antes de escribir". Todo empieza en el pensamiento.

Wittgenstein dijo "los limites de mi mundo son los límites de mi lenguaje". Procuremos disponer de un lenguaje amplio y preciso, para aumentar los límites de nuestro mundo. También dijo: "de lo que no se puede hablar, mejor callar". Sabias palabras. No nos engañemos. Para poder hablar, debemos tener recursos de lenguaje. Si no, mejor callar. Aunque si esta práctica se generalizara, con total seguridad, el "ruido" del mundo se parecería al de una biblioteca.

Karl Popper afirmó "es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado". Hagámosle quedar mal.

Y una última frase, perteneciente a la película (absolutamente recomendable) “La herencia del viento”, pronunciada por Spencer Tracy, abogado defensor en el juicio a las teorías de Darwin: "El lenguaje es pobre para expresar las ideas. Sólo podemos utilizar las palabras que conocemos". Mejoremos entonces nuestro vocabulario.

sábado, 11 de agosto de 2012

Las Cuatro Tolerancias

En una reciente entrada hemos tratado el tema de la Tolerancia y sus límites con el objetivo de intentar definir el concepto y su caracterización como un Valor positivo. Sucede que, tras reflexionar sobre un tema, he experimentado que se abre una ventana de tiempo en la que su recuerdo se mantiene fresco en la memoria próxima y nuestro cerebro le presta, inconscientemente, una atención especial.

En esta corta ventana de tiempo, he sido protagonista de dos sucesos que han puesto a prueba, precisamente, mis propios límites de tolerancia. En especial, uno de ellos, ha despertado una reacción instintiva e instantánea, poniendo en cuestión mis propias convicciones y revelando el enorme peso que éstas pueden representar en nuestro día-a-día.

No creo oportuno exponer en detalle ambos casos, pero sí me gustaría reflexionar sobre ellos como complemento a la reciente entrada del blog a la que he hecho referencia.

Especifiquemos nuestra Tolerancia con precisión.
El primer caso es el que provocó una reacción inmediata, ya que se trataba de un cara-a-cara. Cuando uno tiene una convicción profundamente arraigada, puede considerar como una agresión a sus principios la explícita (o apenas velada) puesta en duda de los mismos. En la anterior entrada dedicada al tema, habíamos establecido la diferencia entre "ofensa" y "daño" y también habíamos defendido adoptar una actitud racional ante una ofensa moral, la cual nunca debería ser tratada como un puñetazo en las narices. Pues bien, tras esta experiencia, mi reflexión es que quizá existe una actitud intermedia que podría definir como Tolerancia "simétrica", concepto que analizaré en detalle más adelante.

En cambio, el segundo caso (un complejo caso de ofensa en un entorno virtual sin cara-a-cara físico) permitió una valoración racional previa, que creo cumplió con mis límites de tolerancia (o de intolerancia, que es lo mismo). Ni que decir tiene que resulta difícil comportarse del mismo modo en diálogos "virtuales" que en diálogos "presenciales", aunque hay quien tiene especial facilidad para repartir, si lo cree necesario, puñetazos literarios. En este caso, mi reacción creo que respondió a la Tolerancia "unilateral" de la que hacía gala, ostentosamente, mi "adversario".

Sin más preámbulos, voy a exponer las, a mi modo de ver, cuatro clases de Tolerancia:

Tolerancia absoluta: la que no necesitaría adjetivarse. Yo la definiría simplemente como La Tolerancia. Corresponde al "poner la otra mejilla" en cualquier circunstancia. Pertenecen a esta categoría (entre otros muchos, por suerte para los humanos) Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela y las Hermanitas de la Caridad.

Tolerancia relativa: Es una forma especial de Tolerancia "absoluta" y se caracteriza por tolerarlo todo, haciendo pública gala de ello, excepto cuando te afecta directamente. Un ejemplo podría ser tolerar (y defender) el robo de comida por parte de "no indigentes" bien alimentados (sólo hay que verlos) en un supermercado con la peregrina justificación de hacer de Robin Hood (o de Curro Jiménez, de actualidad por el deceso del gran Sancho Gracia) para "dar de comer al hambriento". En cambio, con total seguridad, la mayor parte de estos "tolerantes" no aceptarían que se les "expropiase" su propio carro de víveres una vez pagado. Estos individuos practican lo que defino como Tolerancia "relativa". Creo que se trata de la más inhumana, representando lo peor de lo peor.

Tolerancia simétrica: Se da esta categoría cuando aplicamos y esperamos los mismos límites (grandes, pequeños, selectivos, etc., los que hayamos establecido) a nosotros y al entorno. Dicho de otra forma, somos tan tolerantes como deseamos y esperamos que lo sean nuestros semejantes. En mi opinión, es la más humana de todas, lo que no quiere decir que, estadísticamente, sea la más frecuente.

Tolerancia unilateral: Corresponde a quien exige a (o espera de, por su exagerado yoísmo) sus semejantes una amplia tolerancia con "sus" principios, pero concede poca o nula a los de sus semejantes. En resumen, también la podríamos calificar de Tolerancia "asimétrica". Se da la particularidad de que, a menos de que se encuentre con un tolerante "absoluto", en la mayoría de casos, convierte temporalmente a su oponente en "unilateral" pero de signo contrario (por el elemental principio físico y psíquico de acción y reacción).

Elijamos con cuidado la clase de Tolerancia que incorporemos a nuestra Ética personal. Y hoy, para no repetirnos, no hay refranes.

martes, 7 de agosto de 2012

Tolerancia, Valores y Límites

En pocas palabras...
No creo que nadie esté en desacuerdo si afirmo que la tolerancia es un Valor, aplicando a este concepto una consideración objetiva, alejado de la subjetividad humana; como algo que "vale" en sí mismo y que lo hace "valioso" (este concepto está en absoluta oposición con la generalizada creencia de que es el Valor lo que hace a algo "deseable"). La concepción utilizada le confiere también al Valor una consideración "positiva". Algo que, si se incorpora a nuestra ética personal, lo hace de forma desinteresada, porque creemos que nos puede enriquecer como persona, sin tener en consideración factores mercantilistas o utilitaristas. Por lo tanto, resulta obvio que considero conveniente incorporar la tolerancia a nuestra ética personal.

Mi reflexión es que, a pesar del carácter objetivo que le he atribuído, resulta inevitable aplicar una cierta dosis de subjetividad. Esta subjetividad tiene tres componentes: a) su posición jerárquica en nuestra "escala de valores", b) los elementos que van a ser objeto de tolerancia y c) los límites en su aplicación.

Con la primera no hay mucho que discutir. Cada uno la puede situar donde crea conveniente (en cualquier caso, sería deseable no situarla muy abajo). Ya hemos definido que la tolerancia es un Valor.

Debemos también definir, en el ámbito de nuestra ética, el objeto de nuestra tolerancia. La tolerancia viene expresada como una reacción frente a algún elemento externo (acto, situación, circunstancia) del cual tenemos conocimiento. Y, en el caso de ser tolerante, la reacción es, precisamente, aceptarlo sin más. Es decir, no reaccionar.
Por lo tanto, debemos tener muy claros los hechos o situaciones que hemos decidido sean objeto de nuestra tolerancia. Tanto si hablamos de nuestra postura ante los grandes temas morales (derechos humanos, homofobia, religión, xenofobia, etc.) como los relacionados con nuestro "ego" (discrepancias de opinión, desplantes, etc.).
Resulta adecuado también reflexionar sobre la influencia de la moral dominante en nuestra colectividad sobre los objetos de nuestra tolerancia. Porque, a pesar de que hemos definido la tolerancia como un Valor "positivo", qué duda cabe que se puede ser tolerante con hechos o situaciones tan negativos como, por poner un ejemplo, la violencia (de género o general).

A este respecto, en el caso particular de los medios de comunicación, incluyo el siguiente extracto del ensayo "Tolerancia represiva" de Herbert Marcuse: "Si un periodista informa de la tortura y asesinato de defensores de los derechos civiles con el mismo tono carente de emoción que emplea para hablar del mercado de valores o del tiempo, o con el mismo tono que emplea para los anuncios comerciales, entonces tal objetividad es falsa, y aún más, ofende a la humanidad y la verdad al mostrar calma cuando debe sentirse indignación, al abstenerse de hacer acusación cuando la acusación está en los hechos mismos. La tolerancia expresada con tal imparcialidad sirve para minimizar e incluso absolver a la intolerancia y opresión que se dan en la realidad. Si la objetividad tiene algo que ver con la verdad, y si la verdad es algo más que una cuestión de lógica y ciencia, entonces tal clase de objetividad es falsa, y tal tolerancia inhumana".

Pero con el tercer componente subjetivo empiezan los problemas. Las preguntas que me asaltan son las siguientes:
  1. La tolerancia ¿Es un Valor binario? Es decir ¿Se es tolerante o se es intolerante?
  2. Si no es un Valor binario, ¿ésto significa que debe tener límites?
  3. Si debe tener límites, ¿obedecen a unas reglas personales racionales e inamovibles?
  4. O, por el contrario ¿es lícito o justificable que los límites dependan de las emociones como reacción instintiva?
Vamos a reflexionar sobre ellas:

1. Creo que la tolerancia sólo es un valor binario para determinados elementos. Por ejemplo, quien sea tolerante con la libertad religiosa, normalmente, será intolerante con el fundamentalismo. Esto significa que, en casos similares, no hay límites. En cualquier caso, será nuestra la resposabilidad de la aplicación de la dosis de "relativismo" que nos parezca oportuna.

2. Ha quedado parcialmente respondida en la cuestión anterior, la cual se refiere a los elementos de más importancia, los "trascendentales". Todos los elementos que no queden incluidos, pueden (y deben) tener establecidos unos límites de tolerancia (o de intolerancia).

3. Todos nuestros límites de tolerancia deberían haber sido establecidos tras un proceso de análisis racional. En resumen, se trata de establecer los límites de nuesta aceptación. El umbral que, si se supera, provoca nuestra reacción. Esto está muy bien, pero, ¿existen reacciones instintivas?

4. Si, pero, en mi opinión, se limitan a hechos que nos afectan directamente, en el entorno próximo, con el sujeto que los provoca claramente identificable. Nada que ver, por desgraciado ejemplo, con una masacre en Siria. Dado que afectan a nuestra persona, la reacción debería depender de si la acción sufrida representa una "ofensa" o un "daño". La "ofensa" está dirigida al componente mental o psíquico, que calificaremos como nuestro "ego" (ejemplo, un insulto o una discrepancia) y el "daño" debería quedar circunscrito al componente físico (un pisotón o un puñetazo).
Será bueno que adoptemos la sabia máxima de que "No ofende quien quiere sino quien puede". Y la llave de la ofensa está en nosotros. No se debe considerar como ofensa un simple daño a nuestro "ego" (puede ser adecuado consultar esta entrada relacionada). Si aplicamos este principio, la tolerancia no puede ser más racional.
En cambio (a menos que nuestra ética incorpore el principio de "poner la otra mejilla"), ante un daño, o la inmediatez del mismo, están justificadas tanto la tolerancia cero como las reacciones instintivas. Llamo la atención sobre el término "inmediatez". No resultaría adecuado el guardar la respuesta más allá de lo razonable, lo que la convertiría en una reacción racional, no instintiva.

"Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio" (Mahatma Gandhi)

"Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco, negro, judío o musulmán. Me basta con saber que es un ser humano" (Walt Whitman)

"Tolerancia significa disculpar los defectos de los demás; tacto, no reparar en ellos" (Arthur Schnitzler)

"Tolerancia es esa sensación molesta de que al final el otro pudiera tener razón" (anónimo)