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domingo, 10 de junio de 2018

Ya me salto los semáforos


Ya me salto los semáforos. Y me refiero a los de peatones, claro (aunque espero y deseo -cualquiera sabe- que el futuro no me lleve a generalizar). Esto es un hecho, del cual me he apercibido de forma consciente hoy, hace un rato, en pleno paseo matutino, cuando sumido en lo más profundo de mis pensamientos, se ha superpuesto a los mismos la imagen progresivamente creciente de un monigote luminoso en forma de peatón estático de color rojo. Y me he dicho: caramba, estoy en plena calle, en el cruce de Diagonal con Numancia, cruzando en rojo.  Valga también citar que es domingo, las nueve de la mañana y que prácticamente no había tráfico automovilístico (ahora siempre hay que precisar, pues el adjetivo “rodado” ya no es unívoco ni concluyente). Pero claro, esto no es ningún atenuante, máxime cuando al protagonista se le ha llenado permanentemente la boca de llamadas al cumplimiento de todas las leyes, reglamentaciones y normativas aplicables, a las que les ha concedido siempre la categoría de requisitos establecidos por y para la sociedad, con objeto de garantizar un razonable grado de convivencia entre animales racionales, en oposición a la ley de la selva, sin duda más adecuada para los irracionales.

Y en ese momento, esfumado ya todo atisbo de abstracción mental, he tomado conciencia plena del hecho y, lo más importante, de que la decisión haya sido intuitiva, automática e irreflexiva. Y entonces, siguiendo mi camino (todavía me faltaban tres kilómetros) no he podido dejar de pensar en ello y ha empezado a aflorar en mis recuerdos la clara tendencia que comenzó con incumplimientos esporádicos, vagamente justificables, siguió con un lento y progresivo aumento de frecuencia, hasta llegar al día de hoy en el que he sido consciente de que “ya me salto los semáforos”. Como (casi) todos. Y aquí y ahora he sentido la necesidad de profundizar un poco en esta flagrante vulneración de la calidad (por incumplimiento de un requisito) y con ella, de la excelencia y de mi querida y publicitada ética personal.

Empezaremos por el elemental instinto de supervivencia, el cual doy por supuesto que sigue activo en mi caso. Es decir, aunque me haya encontrado de golpe (conscientemente) en medio de la calle Numancia pasando en rojo, creo que inconscientemente me habré apercibido con un cierto grado de fiabilidad de la ausencia de riesgo (realmente, en el momento del cruce pude verificar la inexistencia de amenaza alguna). Pero esto, más allá de definirme, a diferencia de muchos, como un cobarde que teme la ruleta rusa, tampoco es eximente de nada. Hace falta ir más lejos. Es necesario llegar a identificar una causa creíble que justifique este lamentable hecho, visto desde la perspectiva de mi ética “actual”. O, si es injustificable, cambiarla. Solo así podré saltarme otro semáforo.

Siempre he procurado “tomar decisiones basadas en hechos”, uno de los ocho principios de la calidad que por su simplicidad y lógica más me ha impactado. Y como creo que este principio lo tengo muy arraigado, aun aceptando que no siempre resulta fácil ni práctico, he reflexionado sobre cual o cuales pudieran ser los hechos que me han llevado a tomar la decisión de saltarme los semáforos peatonales. Y hurgando y hurgando en la memoria, me he visto de pie ante el semáforo en rojo en las incontables ocasiones que me he encontrado a lo largo de los casi 1.000 kilómetros que he caminado en los últimos once meses desde mi operación de cadera (aprovecho la ocasión para agradecer al Dr. Morales de Cano su pericia). Y ahí, parado como una estaca, recuerdo haber sido testigo de la infracción sistemática de personas andantes de todo tipo y condición (desde jóvenes imberbes a personas mayores con movilidad reducida), de personas montadas en VMP (vehículos de movilidad personal, según el ayuntamiento: ciclos mono-rueda, patinetes eléctricos, etc.), de usuarios de monopatines, skate-board y similares de tracción animal (nunca mejor dicho) y de los consabidos ciclistas fuera de su carril dedicado. Y recuerdo que a medida que se acumulaba el tiempo de espera semafórica y los kilómetros de paseo (1.000 kilómetros dan para mucho), mi percepción sobre la sociedad que me circundaba y que, obviamente, era una muestra perfectamente aleatoria y representativa de la sociedad en general, iba resultando más y más negativa. Y creo que en esta negativa percepción de la sociedad sobre la desobediencia semafórica peatonal (no peatonal semafórica, porque también la practican “no peatones”) puede residir la causa raíz del desaguisado.

Nos encontramos pues ante unos hechos reales, generalizados y experimentados en primera persona, que, más allá que sean extrapolables (que lo son) a otras actividades o valores de la sociedad, hacen que mi opinión sobre la misma, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales haya caído bajo mínimos. Y me pregunto: ¿puede ésta ser la causa de mi decisión? Creo que sí. ¿Debería haber tomado la decisión antes de proceder a un análisis crítico de los hechos? Creo que no. Pero para esto estoy escribiendo esta entrada. Para analizarlos y justificarla. Veremos si lo consigo.

El hilo principal del razonamiento es que cuando me salto (yo) un semáforo no lo hago porque me molesta que esté ahí, o porque me la refanfinfla, o porque las normas son para los idiotas, o porque mi tiempo es más importante que el de los demás pardillos, o porque “solo es un semáforo”, sino porque mi respeto por la sociedad actual (repito, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales) es cero. Y por ello, mi compromiso personal con el cumplimiento del contrato social representado, en este caso, por la prohibición de saltarse un semáforo, que era total, ha dejado de serlo. Reconozco que esto no me coloca en un plano superior. A buen seguro habrá quien criticará la decisión tildándola de acomodaticia o de vulgar alineamiento con la manada. Y acepto que se puede ver así. Pero no me importa lo más mínimo. Ahora sé porqué lo hago y deseo a todos lo mismo: que sean conscientes del porqué de su infracción, lo que les convertirá en seres semafórica y peatonalmente racionales.

Por lo tanto, en el tema específico que nos ocupa, mi compromiso con el cumplimiento semafórico-peatonal pasa a ser discrecional, quedando este compromiso (eso sí, un tanto atenuado y relativizado) incorporado al catálogo que conforma mi ética personal. O sea, que ya puedo saltármelo (el semáforo, no el compromiso) sin sentirme mal. Uf, que descanso.

martes, 1 de julio de 2014

La (des)Mejora Continua

«No esperes que las cosas cambien si sigues haciendo lo mismo» (Albert Einstein).

Para bien y para mal. Creo que estaremos todos de acuerdo en que somos animales de costumbres y que nuestra vida está condicionada por una multiplicidad de rutinas cuya ejecución llega, por repetición, a practicarse de un modo inconsciente, como algo intuitivo, casi como un reflejo condicionado. Y esta forma de actuar, profundamente humana, no es bien vista por muchos presuntos eruditos, detractores de lo que califican como una deshumanización robótica, que, como casi todo, solamente es nociva si se convierte en irreflexiva norma que presida todos nuestros actos. Porque existen rutinas ejemplares, en especial, las adoptadas tras una reflexiva consideración o como resultado de la aplicación del método de prueba y error, ambas rutinas «positivas» básicas. Con esto llegamos a la diferenciación entre dos tipos de rutinas opuestas, las «positivas», que son las que nos reportan un beneficio o mejora y, sensu contrario, las «negativas», es decir, las que nos producen un perjuicio, degradación o deterioro. Y el quid de la cuestión reside en su balance. Ni que decir tiene que me encuentro entre los fervientes defensores de la adopción de rutinas «positivas», lo que incluye una predisposición adquirida —indudablemente debida a mis padres y maestros— a aprender, experimentar y validar o descartar nuevos automatismos.

Dentro de las rutinas, también debemos distinguir entre las de simple ejecución —con inicio y final identificable— y los bucles de ejecución continua, lo que determina su alcance temporal, que, en el caso de las segundas, deviene en filosofía vital, en principio ético básico, en forma de vida. Y esto es aplicable indistintamente tanto a las «positivas» como a las «negativas».

Y de entre las rutinas «positivas» destaco especialmente la denominada «ciclo de mejora continua» (1), un bucle cerrado de aplicación universal que en sólo cuatro actividades encierra el secreto del éxito, pero cuya negación —sea por ignorancia, miopía o perversidad—, conduce al irreversible y permanente deterioro del proceso, actividad o empeño al que se le aplique, situación dominante en la actualidad, tanto en el plano individual como en el colectivo (2).

Mejora continua
En primer lugar, resulta obvio que un pre-requisito para la aplicación de este ciclo es definir los resultados (el producto, p.e., cocinar una paella) y los objetivos (p.e., que me felicite la familia) del proceso (3).

Dicho esto, veamos rápidamente su fases:

Rutina "positiva"
Planificar: En pocas palabras: «pensar antes». Por descontado, siempre y cuando se pueda —y se puede mucho más de lo que nos parece—, y a pesar de lo que nos digan los agoreros y maestros de nada, los cuales defienden que planificar no sirve por la simplista y simplificadora razón de que ningún plan se cumple. Benditos e incompetentes ilusos y, probablemente, ciegos. Pues claro, pero... ¿es que no han visto el bucle? 

Hacer: Es muy sencillo: «hacer lo previsto». Así de fácil y así de difícil. Mi experiencia me ha enseñado que la mayoría de individuos (4) nunca lo hacen. Las causas son múltiples, pero la más frecuente es por rebeldía y afirmación del individualismo, apoyados en un demoledor «yo yá sé lo que me hago» o «nadie me va a decir lo que he de hacer» o «nadie me va a enseñar cómo hacer mi trabajo».  

Verificar: En resumen: «ver si se cumple lo esperado». Más fácil, imposible.

Actuar: Hablando en plata: «actuar para mejorar». Si hay desviaciones, investigar las causas y eliminarlas, incorporando estas acciones a la planificación. Si se ha cumplido lo esperado, investigar posibles mejoras e incorporarlas a la planificación, es decir, modificarla. En ambos casos, pensar y vuelta a empezar.

Desmejora continua
Una imagen valdrá más que mil palabras:
Rutina "negativa"
No me negarán que, por lo menos a nivel colectivo (5), este ciclo les suena. Y tampoco me negarán que nuestro sistema social está desmejorando continuamente. Y que la incógnita es si también lo está haciendo irreversiblemente.

Conclusión
Incorporar esta simple rutina positiva a la máxima cantidad posible de nuestras actividades es de lo más recomendable. Enriquece y fortalece nuestra posición Ética y representa una mejora indudable de la Calidad, así como una notable aproximación a la Excelencia individual. Y si cunde el ejemplo, esta mejora podrá extenderse a la moral colectiva, que falta nos hace. Recordemos que la esencia de todo reside en un sencillo «cumplir lo prometido», con la no despreciable condición de que «lo prometido» sea también «lo esperado», condición más fácil de cumplir en el plano individual —lo lógico, si bien no descartable, es que no nos engañemos a nosotros mismos—, pero más difícil en el plano colectivo, donde las probabilidades de que nos engañen conscientemente son, desgraciadamente, mucho más elevadas (6). 

Notas:
  1. Ciclo de mejora de Deming (William Edwards), PDCA (Plan, Do, Check, Act) o el autóctono PHVA (Planificar, Hacer, Verificar, Actuar).
  2. A fin de cuentas, lo colectivo (moral, corrupción política, etc.) no es más que la media estadística de lo individual (ética, manga lo que puedas como ellos, etc.). Y esto es otro bucle realimentado negativo (los políticos salen del pueblo) que no conduce a nada bueno. Pero esto es otro tema.
  3. Es de aplicación universal, tanto en productos como en servicios.
  4. Olvídense del agravio de género. Es un término estadístico y en justa compensación, la estadística es femenina.
  5. No quería, pero no hay manera de sustraerse. Me refiero a la política.
  6. Y de nuevo pienso en la política, en especial, en los programas electorales.

miércoles, 18 de junio de 2014

Análisis y/o Síntesis

«Paradójicamente, alejarse es acercarse», vulgo (acepción 4) «Los árboles te impiden ver el bosque».


análisis.
(Del gr. ἀνάλυσις).
1. m. Distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos.
síntesis.
(Del lat. Synthĕsis, y este del gr. σύνθεσις).
1. f. Composición de un todo por la reunión de sus partes.
2. f. Suma y compendio de una materia u otra cosa.
vulgo.
(Del lat. vulgus).
1. m. El común de la gente popular.
2. m. Conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial.
3. m. germ. Mancebía (‖ casa de prostitución).
4. adv. m. vulgarmente (‖ comúnmente).

Y con esto —y con la ayuda inestimable del DRAE—, que creo resuelve con claridad el dilema planteado en el título, ya podríamos terminar. Pero voy a analizar un poco más el tema, con un enfoque especial en el vulgo, aunque en esta ocasión en su acepción 2.

El antecedente inmediato de esta entrada es, precisamente, un análisis publicado sobre un documento —cuyo contenido no es relevante aquí y ahora—, publicación que generó, como réplica o refutación, un análisis del análisis y como crítica constructiva, la contraposición del pensamiento analítico (es decir, el mío) con el sintético (es decir, el del crítico). En honor de la verdad, debo decir que se trata de dos personas distintas.

Puestos ya en materia, empezaré con el análisis del análisis. En mi opinión, cuando alguien desea refutar un análisis, lo que tiene que hacer es contraponer el suyo propio. Por lo menos, esto es lo que yo haría. Empezar de cero y proponer el mío, sin hacer mención ni referencia alguna al análisis que creo errado. Esta es la posición correcta, en especial, si el autor del análisis objeto de refutación (en este caso, yo) ha dejado muy claro de entrada que no desea polémica sino estimular análisis alternativos. Cuando se actúa de esta forma, que me parece una acción cómoda y seguidista absolutamente exenta de creatividad, uno se expone a ser objeto de un análisis al cubo (análisis de tu análisis del análisis), juego iterativo que, por estéril, me abstuve de practicar. En cualquier caso, esta primera consecuencia de mi análisis la considero absolutamente anecdótica y carente de valor, si la comparamos con la segunda, representada por  la contraposición conceptual de análisis y síntesis.

Empezaré por el final, declarando que me inclino por la conjunción copulativa (y) y descarto la disyuntiva (o). Y además, en el orden citado: primero análisis y después síntesis, lo cual no quiere decir en absoluto que siempre deban darse ambos en secuencia temporal continua. Lo que quiero decir es que no puede existir síntesis (composición de un todo por la reunión de sus partes) sin análisis (distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos). Y que quien actúa de forma distinta, entra en categoría de vulgo, es decir, del conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial.

En síntesis, «es imposible reunir las partes de algo sin conocerlas». Así de simple. Por lo tanto creo que todos somos a la vez, aunque en distinto grado, analíticos y sintéticos. Y los que lo niegan, los que se adscriben sin matices a una u otra categoría, pertenecen también a la negada, aunque de forma inconsciente. Y esta última proposición conduce inevitablemente a las conclusiones:

Un buen análisis es garantía de éxito, tanto en la toma de decisiones como en adquirir conocimiento en cualquier tema. Y este análisis —que siempre existe— debe ser consciente y racional, lo que tampoco quiere decir eterno, sino práctico, es decir orientado a un fin concreto. Creo que es un principio de calidad digno de incorporar a nuestra ética. En mi caso, me considero principalmente analítico, y dejo lo sintético para cuando hace falta.

 «Es bueno tener la mente abierta, pero no tanto como para que se te caiga el cerebro» (Richard Feynman).

«El exceso de análisis conduce a la parálisis» (aforismo que tengo gastado, del cual ignoro la fuente concreta, aunque lo atribuyo a uno de mis excelentes profesores).

sábado, 8 de febrero de 2014

(no)Romper la Baraja

«Romper la baraja es fácil, pero te quedas sin cartas».

Esta atracción mía por la síntesis y la metáfora me provoca sensaciones encontradas. Normalmente, acostumbro a resaltar y registrar físicamente todos los aforismos o declaraciones sucintas, ingeniosas o irónicas con las que me encuentro en mis lecturas, siempre que ostenten la virtud –evidentemente, subjetiva– de encapsular principios de mayor calado que espoleen el análisis y la reflexión. Y en este caso, en el de frases cortas de producción ajena, no existe mayor problema. Quedan archivadas físicamente –libretita o ".doc"– a la espera de su utilización o desarrollo, el cual, en la mayoría de casos, no llega nunca. Pero han cumplido su función: por el mero hecho de copiarlas, en algún lugar del cerebro permanece su recuerdo, quizá inconsciente, incorporadas al acervo del conocimiento en forma de pequeñas píldoras, de las que, por su reducido tamaño, podemos suponer que caben muchas. Es una extensión del sistema de apuntes que me enseñaron de niño mis excelentes maestros de primaria y que me ha acompañado toda mi vida con muy buenos resultados: resumir, destilar y registrar. Y, probablemente, ésta es la causa de mi afición por la frase corta, por la concreción, por la expresión minimalista de los conceptos, en un reduccionismo extremo que en ocasiones roza lo obsesivo y que no siempre es aceptado ni entendido.

Pero la sensación incómoda aparece en el caso de la «producción propia». Ya he explicado en alguna ocasión, que no soy capaz de empezar un escrito, sea artículo corto o libro extenso, sin consensuar conmigo mismo el título. Me parece imposible no hacerlo así. Esta práctica no es habitual y frecuentemente me ha sido criticada con el peregrino –para mí– argumento de «empezar la casa por el tejado». Pero no se trata aquí y ahora de justificarla, mas allá de declarar que me proporciona un excelente instrumento para «ver» mentalmente el escrito antes de su materialización física. Y qué duda cabe que un buen título debe ser capaz de expresar con rigor y precisión razonable el contenido que se esconde bajo su escueta y concisa redacción (1). Con todo, este caso particular de producción propia, siendo producto de la introspección voluntaria, de la búsqueda, en ocasiones, muy trabajosa, de un resumen válido, me resulta bastante gratificante. Entonces... ¿dónde está la incomodidad? Pues en los aforismos o frases cerradas de menor calado que, frecuentemente, «aparecen» de forma súbita sin ser –aparentemente– consecuencia inmediata de proceso reflexivo alguno o de hecho material acaecido. De repente, ahí están. Y entonces, es cuando empieza el «problema».

Porque, más allá de identificar sus orígenes, su causa –algo que no me parece especialmente práctico–, lo que me interesa inmediatamente es su potencial desarrollo, es decir, lo que se encuentra encapsulado en los estrechos límites de la corta frase y, paradójicamente, a pesar de ser el autor, lo más habitual es que en esta labor me encuentre con enormes dificultades, agravadas de forma radical si la frase es metafórica, lo que abre un abanico infinito de posibilidades.

Por lo menos, que te quede ésta.
Y con esto llegamos a la frase de hoy, donde la expresión «romper la baraja», resulta metafórica donde las haya. ¿De dónde sale? Tal y como he dicho, conscientemente no tengo ni idea (2). Algo la habrá desencadenado, quizá un refrito de estas píldoras almacenadas en recónditas neuronas cuyo recuerdo ha sido reactivado por algún acontecimiento cotidiano, de los que, hay que decir, no faltan. Porque ganas, lo que se dice ganas, de «romper la baraja», incluso de tirarle las cartas a la cara de alguien, me asaltan continuamente (y no creo ser el único).

Y aquí me quedo. Aceptando que, en ocasiones, resulta inevitable, pienso que no es bueno «romper la baraja», porque «te quedas sin cartas». Comprendo que hay casos y casos, pero la actuación predeterminada debe ser no hacerlo. Evidentemente, si te queda alguna carta, si no te las han quitado todas. Porque, en este caso, ya da lo mismo, porque no hay baraja.

Por lo tanto, lo inteligente es ser capaz de detectar tus cartas y saberlas jugar (las tuyas y las de los demás). En muchas ocasiones, nos parece que ya no hay salida (que no tenemos cartas) pero estamos equivocados. Hay baraja y hay cartas. Y si las rompes, se acabó el juego.

No me parece mal principio ético. Aplicar los principios ya tratados de tolerancia, ofensa y daño, afrontar las dificultades y no sucumbir a lo fácil: romper la baraja, tirar las fichas, pegar un puñetazo (en la mesa o en otro sitio más blando), etc., etc.. La alternativa: jugar bien tus cartas y estar preparado para el abandono –pasivo o activo– del oponente.

Hoy, el tema no da más de sí. Los ejemplos, a gusto del consumidor.

Notas:
1 - Un ejemplo paradigmático lo tenemos en «La Broma Infinita», broma inconmensurable, se mire como se mire. 
2 - Personalmente, a estas frases les llamo «frases (casi) propias», con lo que quiero reconocer que su remoto e ignorado origen siempre es ajeno, porque –tómese como una licencia literaria– también pienso que, en el fondo, «todo está escrito».

domingo, 3 de noviembre de 2013

Vocación, Motivación y Beneficiarios

«No se puede presumir de vocación de servicio sin declarar para qué o para quién. En cambio, quien la tiene realmente, por ser evidente, ni lo hace ni lo precisa».

Esta frase me ha venido a la cabeza tras cansarme de escuchar las recurrentes referencias a la «voluntad de servicio» con las que, en respuesta a nuestras críticas, nos obsequian los servidores en los que hemos delegado mediante sufragio universal y democrático nuestra representación en la gestión de la cosa pública, gestión que, de un tiempo a esta parte, por motivos que ahora no vienen al caso, se está tornando más y más beneficiosa para ellos, lesiva para nosotros y, por ende, contra natura, desagradable y molesta. Y aunque este es un caso paradigmático, no quisiera focalizar en él la atención –aunque ganas no me faltan– sino en el significado general del término vocación y en su relación con la ética y la satisfacción de nuestras necesidades personales, tema éste que se encuentra plenamente dentro del alcance del blog y que, sin duda, es perfectamente extrapolable a «los políticos», que –aunque alguien lo dude– son personas como nosotros.

Empezaremos, como es habitual, por acotar el significado que le vamos a dar al término. Si nos remitimos al diccionario RAE, descartaremos la acepción mística («Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión») y nos quedaremos con la coloquial, más aséptica y general: «Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera». Bien es cierto que, habitualmente, asociamos vocación con «voluntad de servicio», pero, en mi humilde opinión, no creo que sean sinónimos, sino la definición de un caso particular –y especialmente ejemplar– de motivación.

Vocación
Caramba, ¿dónde está la política?
Me inclino a pensar que todos hemos tenido, al menos, una. Y uso el tiempo pasado porque muchas vocaciones se pueden haber perdido en el camino, incluso se pueden haber satisfecho, lo que implica que ya no las tenemos, sino que las tuvimos. Y en la anterior reflexión dejo la puerta abierta a tener varias, probablemente con distintas motivaciones y distintos beneficiarios. Creo también que las primeras vocaciones se adquieren en nuestra más tierna infancia como reflejo primario, mimético y auténtico de nuestros juegos y entorno, adoptando la forma de reyes, príncipes, médicos, enfermeros, bomberos, policías, maestros o la profesión de los progenitores. Pero estas proto-vocaciones no siempre son perdurables, viéndose influenciadas continuamente durante nuestro desarrollo, hasta llegar el momento en el que empiezan los problemas en forma de toma de decisiones relacionadas con el estudio o el trabajo (o con su falta). Y es entonces cuando descubrimos cual es realmente nuestra vocación que, recordemos, significa «Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera». Ni más ni menos. Quitémosle trascendencia, porque hablamos de «inclinación», término equivalente a «afinidad» o «simpatía», nada más alejado de la enfermiza «obsesión» por su obtención o «frustración» por su carencia. Pero, claro está, esta reacción es personal e intransferible. Si la persona asocia su vocación con la cúspide de la pirámide de necesidades de Maslow, la «autorealización», tendrá todos los números para una insatisfacción de por vida.

Sucede también que hay vocaciones y vocaciones. Y que hay vocaciones legítimas –por auténticas– y bastardas –por falsas–. Y que muchas vocaciones, sean del tipo que sean, llevan implícita su motivación y su(s) beneficiario(s). Pensemos, por ejemplo, en las de abogado, médico, trompetista, ingeniero aeronáutico, físico teórico, sacerdote o misionero(1).

Motivación
Toda vocación tiene una, que no debe entenderse como causa sino como efecto. Es decir, como el resultado que esperamos obtener en caso de satisfacerla. Pero esta relación no es unívoca, sino personal. Por ejemplo, la vocación de cirujano plástico puede responder, entre otras muchas, a dos motivaciones: servir a los pacientes o llenarse los bolsillos. Ejemplo que –cambiando los pacientes por la sociedad; lo de los bolsillos no cambia– es extrapolable a la vocación de político(2). Estas motivaciones bastardas son las que determinan vocaciones bastardas y, consecuentemente, la necesidad de alardear de ellas, con objeto de desviar la atención de los teóricos beneficiarios sobre la perversión de objetivos del sujeto.

Ni que decir tiene que mi acusado escepticismo me hace dudar de la existencia de políticos vocacionales auténticos. Es decir, cuya motivación exclusiva sea verdaderamente la voluntad de servicio a la sociedad, más allá de cualquier otra prebenda social o pecuniaria –que las tienen–. Más bien creo que los que no persiguen perpetuación en el puesto, enriquecimiento personal o saqueo de fondos públicos, llegan a la «profesión» de forma sobrevenida o como salida útil a situaciones personales de déficit educacional o profesional en el entorno privado que, si se da la oportunidad, les brinda el agradecido entorno público. Por lo tanto, no son políticos «vocacionales», aunque su gestión pueda ser de lo más honorable. Nada que ver con «los otros», que son los que alardean permanentemente de su bastarda condición(3).

En cambio, determinadas vocaciones llevan implícita su motivación, generalmente consistente en una verdadera voluntad de servicio, lo que las reviste de una autenticidad tal que hace innecesaria la propaganda, sustituida inmejorablemente por los hechos. Piénsese en un bombero o en un médico rural –ambos vocacionales–, a los que difícilmente se podrá encontrar motivación más ejemplar.

Beneficiarios
Gracias a la motivación –sea la que sea en cada caso–, toda vocación tiene su(s) beneficiario(s). Y en este caso, la relación es unívoca. Entenderemos como tales, los receptores de las actividades ejecutadas en el ejercicio de nuestra vocación (estado, profesión o carrera), con la condición de que estas actividades representen un beneficio(4) reconocido. Y esto es lo verdaderamente difícil –por lo menos, cuando el beneficiario no es uno mismo–: que te lo reconozcan. Porque nuestras actividades –o desmanes– pueden ser también causa de desgracias sin fin. Y, claro está, en este caso no les hará ninguna gracia que les llamemos beneficiarios, aunque al «vocacional» de turno no le guste(5).

En contra de lo que pudiera parecer, resulta perfectamente lícito que tu vocación te tenga a ti mismo como beneficiario. Es más, siempre debería ser así. Pero no de forma exclusiva. Una vocación debe, en primer lugar, satisfacerte a ti y lo deseable es que esta satisfacción personal dependa –incluso, de forma directamente proporcional– de la satisfacción de otros beneficiarios. Lamentablemente, no siempre es así. La práctica totalidad de vocaciones bastardas se apoyan en una motivación basada exclusivamente en el beneficio propio, importándole un pimiento el resto de beneficiarios teóricos, cuyo papel se limita al de ingenuos espectadores, cuando no cómplices –por su pasividad–, de tan execrables prácticas.

Por el otro lado, el límite de beneficiarios se sitúa en lo que se da en llamar «la sociedad». Estas son las vocaciones candidatas a las mayores miserias y grandezas. Y entre ellas nos encontramos de nuevo con los políticos, cuyos beneficiarios son, en primer término, sus electores y, por elevación, la sociedad en general. Así como los médicos tienen –o deberían tener– como motivación y beneficiario principal la salud del paciente individual, los políticos deben –o deberían– preocuparse de la salud de la sociedad en su conjunto, tanto en su sentido literal como metafórico, incluyendo la salud democrática del sistema. Y aquí lo dejo. No me complico más.

Conclusiones
Podemos asociar el conjunto de términos analizado hoy (vocación, motivación, beneficiarios) con el concepto de función, concepto ya tratado en detalle en otra entrada del blog, entendiendo que nuestra vocación, por ser algo ambicionado, es una de las distintas funciones que deseamos ejercer en nuestra vida. Y el conjunto de funciones o compromisos que hemos adoptado voluntariamente, es lo que hemos definido como nuestra ética personal. Y que lo que verdaderamente cuenta, más que la propia consecución, la verdadera excelencia del compromiso, es la voluntad de cumplirlos. Y que, dada esta voluntad, su grado de cumplimiento afectará a la calidad, pero es accesorio. Porque, en muchas ocasiones, no depende de nosotros. Y esto es particularmente aplicable a las vocaciones. No siempre se cumplen. Especialmente, en el deplorable momento que nos ha tocado vivir, las de carácter laboral. Pero hay que tenerlas, poniendo especial atención en que los beneficiarios reales sean más de uno, porque si sólo pensamos en nosotros, además de ser moralmente impresentable, será imposible compartir las dificultades. Y perseverar. Y no olvidar que podemos tener vocaciones alternativas que, sin representar tu actividad principal, sean más accesibles y cumplan perfectamente nuestras expectativas éticas. Y si ya no podemos más, nos pasamos a la política (es broma).

«Un político es –o debería ser– un trabajador por cuenta ajena, es decir, al servicio de los electores que son los que le pagan. El problema –para nosotros, no para él– aparece cuando se convierte en un trabajador por cuenta propia (con perdón de los sufridos autónomos, también electores)».

Notas:
1 - La vocación de político no se ha incluido premeditadamente.
2 - Resalto el subrayado e hipotético «puede». 
3 - Por cierto, nunca he comprendido porqué no son erradicados y expulsados a las tinieblas exteriores por parte de sus compañeros –facción «vocacional auténtica»–, lo que exacerba mi escepticismo. 
4 - Entendido como «valor añadido»
5 - Una hiriente costumbre –especialmente utilizada por los políticos– es lamentarse de que no les «comprendemos».

sábado, 3 de agosto de 2013

Consecuencias y Valores

La desgraciada consecuencia de un "despiste"
Actualmente, tanto en los medios como en la opinión pública estamos asistiendo a un profundo y lógico debate sobre las causas del desgraciado accidente ferroviario que se ha saldado con el balance provisional de 79 víctimas mortales. Este lamentable suceso propicia toda suerte de comentarios y especulaciones que van desde la encomiable y sana preocupación por una determinación precisa y veraz de las mismas como condición indispensable para, mediante su eliminación, evitar su repetición, hasta la sesgada e interesada sarta de conclusiones precipitadas que no buscan otra cosa que la descalificación política atribuyendo la responsabilidad del accidente a decisiones coyunturales basadas en recortes presupuestarios exigiendo soluciones utópicas tales como la expresada por el presidente de un partido de la oposición –no el principal– que, para su vergüenza y escarnio de todos, finalizaba así su recuerdo a las víctimas: «que no quede un solo kilómetro de vía donde se pueda repetir este accidente por falta de seguridad por motivos económicos». Francamente, se podría haber ahorrado tan beatífico deseo.

Por descontado, no se trata de terciar en el debate, sino de utilizar este luctuoso hecho y su causa primera probable –un error humano– para reflexionar un poco sobre la causalidad y las consecuencias de nuestros actos, temas ambos que deberían presidir permanentemente nuestra escala de valores. Para ello empezaremos con el aforismo «actúo, luego existo», variante propia del original de Descartes, basada en que el antecedente –la causa– de todo acto racional debería ser un pensamiento. Esto nos lleva a enfatizar la importancia capital de considerar las consecuencias de nuestros actos, las cuales, ciertamente, son sólo conocidas, en su integridad, a posteriori, pero su consideración es éticamente exigible a priori. Sólo de esta forma se pueden aplicar las correspondientes acciones preventivas, en lugar de las siempre tardías acciones correctivas.

Esto nos lleva también a concluir que las consecuencias –efectos– de nuestros actos –causas– establecen diferencias abismales entre las personas, diferencias motivadas, principalmente, por su impacto social –por ejemplo, por su actividad profesional–, que deberían reflejarse en su ética personal o, lo que es lo mismo, en los compromisos adoptados con el entorno, receptor –y, en demasiadas ocasiones, sufridor– de sus actos. Al respecto, parece obvio que las consecuencias de los actos realizados en el ejercicio de la actividad profesional de un piloto de avión, de un comandante de crucero o de un maquinista de tren pertenecen a una categoría totalmente distinta que las de un cajero de supermercado. Todo esto sin juicio de valor alguno tanto sobre la importancia intrínseca de las mismas como por el acierto en su ejecución. Son muy distintas. Punto.

Y esta gran diferencia debe ser reconocida y asumida por el individuo, quien debe ser consecuente con ella y tenerla siempre presente, estableciendo adecuadamente su escala de valores, concediendo máxima importancia a las actividades cuyas consecuencias representen mayor impacto o riesgo en la sociedad, extremando la atención en su ejecución y erradicando su mayor enemigo: la rutina.

En línea con esta reflexión, las circunstancias conocidas hasta ahora me hacen llegar a la conclusión de que cuando un maquinista de un tren de alta velocidad circula –reglamentariamente– a casi 200 km/h por una vía plagada de túneles y viaductos, siguiendo un trayecto conocido, aproximándose a una curva, al parecer con muy mala fama, limitada a 80 km/h, debería tener todos sus sentidos alerta y concentrados en la tarea primaria –conducir a sus destinos a las casi 300 personas a su cargo con el confort y la seguridad máxima– y hacer caso omiso de la intempestiva e inoportuna llamada del teléfono móvil o, en el caso de atenderla, no descuidar el control de velocidad, prácticamente la única y crítica tarea a su cargo en estos momentos. Porque si una simple llamada telefónica es capaz de distraer a esta persona de sus responsabilidades y le hace olvidar las catastróficas y fatales consecuencias de un hipotético "despiste" es porque esta persona no estaba capacitada para desempeñar esta actividad profesional. Lo que nos lleva a interrogarnos sobre las causas de esta incapacidad, causas que, en mi humilde opinión, son únicamente atribuibles a una inadecuada categorización de la escala de valores del individuo, en especial en la posición relativa de las dos atenciones: la merecida por la conducción del tren o la de una llamada telefónica.

Deliberadamente he omitido cualquier referencia a aspectos técnicos o de infraestructura ferroviaria, aspectos que, por todos los indicios, dejan mucho que desear, pero que no vienen al caso. Durante un año, tres veces por semana, esta persona realizaba este trayecto sin que la criticada infraestructura –criticada, al parecer, con toda la razón– hubiese propiciado accidente alguno. Precisamente porque la seguridad de la misma se basaba en la competencia y la capacidad de los maquinistas, circunstancia perfectamente conocida y asumida –por lo menos hasta esta ocasión– por los profesionales a cargo del tren, incluido él mismo. Y si la causa no fue la llamada telefónica, peor que peor. Falta de atención. Incapacidad, en suma.

Concluyendo, resulta conveniente considerar a priori las consecuencias de nuestros actos y establecer adecuadamente nuestra escala de valores. Por descontado, no es lo mismo ponerse a los mandos de un avión, un barco o un tren que decidir sobre el helado de postre. Las consecuencias sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno son completamente distintas. Podemos banalizar la elección del helado, pero, por ejemplo, resultaría del todo inadecuado no prestar toda la atención a las dificultades, los problemas o la formación de nuestros hijos, con consecuencias a posteriori absolutamente imprevisibes y, probablemente, fatales para su desarrollo a corto, medio y largo plazo. Al igual que en el accidente ferroviario, cuando las consecuencias –los efectos– son evidentes, no hay nada que hacer, excepción hecha de las lamentaciones, del llanto y crujir de dientes y del reconocimiento de nuestra propia incapacidad, sin olvidar, si las teníamos asumidas, el cierre del círculo ético: la asunción de responsabilidades.

En resumen, la consideración preventiva –a priori– de las consecuencias de nuestros actos, su adecuada valoración y su integración en nuestros compromisos –nuestra ética– no evita los errores, simplemente –y esto no es baladí– disminuye enormemente la probabilidad de cometerlos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

(a)Normalidad

Tenemos tan interiorizado el uso del vocablo «normal» que lo utilizamos profusamente sin parar atención en su verdadero significado –con todas las reservas que requiere la también alegre y generalizada utilización de «verdad» y «verdadero»–, circunstancia que, en estos momentos de profunda crisis y mudanza de valores, creemos merece cierta atención. En cualquier caso, vamos a reflexionar sobre su significado desde una perspectiva estrictamente personal y, consecuentemente, subjetiva.

La existencia y la correspondiente utilización del término implica la obligada presencia, con mayor o menor peso cuantitativo, del resto de elementos que conforman el universo bajo atención, a los que se les califica, por exclusión, como «anormales». Por lo tanto, si la totalidad se divide entre normal y anormal, resulta obvio que debe existir una frontera o umbral de anormalidad sin cuyo conocimiento no se puede decir otra cosa que se habla «por boca de ganso». Y me parece «verdadero» que somos muchos gansos. O, expresado en los términos del tema que tratamos hoy, lo normal es ser un ganso.

Para avanzar en el tema quizá lo mejor sea plantearlo en forma de una serie de preguntas relevantes, para intentar –a pesar de su indudable interrelación– resolverlas una a una, sin garantía alguna, por esto, de dejar de ser un ganso. Intentémoslo:

¿Qué significa ser «normal»?
La primera respuesta, casi intuitiva, está relacionada con la «mayoría». Y es una respuesta perversa, porque encierra la misma incertidumbre que subyace en el término que pretende explicar: «mayoría» (normalidad) + «minoría» (anormalidad) = Totalidad. Además, visto así, toma cuerpo inmediatamente una pregunta complementaria no menos importante: ¿acaso es anormal la «minoría»?, cuya respuesta, en más ocasiones que las deseadas, es positiva.

Pero tenemos otra forma de verlo: lo normal es lo «habitual». Desde este punto de vista, por ser «habitual», la existencia de «minorías» sería de lo más normal. Como podemos apreciar, significados contrapuestos. Y, con toda seguridad, nos dejamos muchos en el tintero.

Entonces..., ¿existe una forma de objetivar la normalidad? Creemos que sí, pero para ello se deben cumplir dos premisas que no siempre se tienen en cuenta ni resultan fáciles de definir u obtener. En primer lugar, hay que acotar el alcance de la normalidad. Cuando decimos que algo o alguien es «normal», debemos puntualizar de forma inequívoca a qué característica nos estamos refiriendo. Evidentemente, resulta muy fácil referirse a variables tales como peso o altura, pero es mucho más difícil ponderar la «normalidad» del carácter o comportamiento de una persona. En segundo lugar, hay que establecer la frontera o umbral a que nos hemos referido anteriormente, que es, ni más ni menos, el porcentaje de la Totalidad que incluiremos en lo normal o que, complementariamente, excluiremos en lo anormal. Este porcentaje, cuando no se explicita, se cifra habitualmente en el 95%. Esto es lo que, técnicamente, significa ser «normal»: establecidas las dos premisas, estar dentro de este porcentaje.

¿Es la «normalidad» un valor inmutable?
Pues, rotundamente, no. En general, la normalidad es un concepto dinámico y volátil. Dependiendo de la característica tratada, su estabilidad puede ser mayor o menor, pero nunca permanente. Dado que la normalidad es una consecuencia –un efecto–, depende de los valores individuales de los elementos que la conforman –las causas–, sobre los que pesan todo tipo de factores que, al margen de previsibles tendencias evolutivas o similares, hacen el resultado totalmente imprevisible. Lo que hoy es «normal», mañana puede dejar de serlo. No nos debe extrañar, pues es normal que así sea –y ésta es una excepción a la regla–.

¿Cuál es la relación entre «normalidad», ética y moral?
Desde mi humilde punto de vista, la relación es íntima. Entendiendo la moral como el conjunto de normas mayoritariamente aceptadas como práctica habitual por el colectivo al que pertenecemos, moral y normalidad son equivalentes. En cuanto a la ética, considerándola como un caso particular de moral individual, resulta inconcebible adoptar compromisos con el entorno y con nosotros mismos –en definitiva, ésto es la ética– que sean auto-percibidos como anormales. Es decir, nuestra ética siempre nos parecerá «normal». Otra cosa bien distinta será la opinión de la sociedad, que dependerá de su ajuste con la moral colectiva en vigor o, en otras palabras, de la normalidad de nuestro comportamiento. Y si no, que se lo pregunten a Bárcenas.

¿Tenemos control sobre nuestra «normalidad»?
Sobre nuestra ética, todo. Sobre la percepción ajena, nada. A pesar de nuestro intento de objetivar la normalidad, cada individuo tiene su propia vara de medir. Esto, lamentablemente, incluye también a los garantes de las normas –entiéndase, leyes, códigos, etc.–, es decir, a los jueces, agentes y funcionarios. Podemos intentar aparentar –incluso exagerar– nuestra normalidad, pero, más allá de vulneraciones flagrantes, sin ninguna garantía de éxito. No depende de nosotros. Por lo tanto, la combinación de esta discrecionalidad individual con la mutante frontera del colectivo determina un no pequeño riesgo letal de ser expulsado al infierno de la anormalidad.

Conclusiones.
De las reflexiones anteriores se desprende que no conviene emplear el término normalidad con ligereza. Nada hay más relativo. Todos somos vistos de algún modo, o en algún momento, como normales o anormales. Antes de hablar «por boca de ganso», conviene asegurarse de que la supuesta normalidad es obvia, que se encuentra razonablemente próxima a «la media» y que, consecuentemente, está muy alejada de la eventual anormalidad. En caso contrario, mejor abstenerse. Y no conviene olvidar que

«Lo que hace normal a la normalidad es, precisamente, la diversidad»

y que,

«la ausencia de excepciones es, en sí misma, una anormalidad».

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Votar o No Votar?

Periódicamente (quizá sería mejor decir "de vez en cuando"), a los que (afortunadamente, pese a todo) disfrutamos de una democracia representativa, nuestros representantes nos enfrentan a una decisión importante: Votar o No Votar. Y esta es una decisión que debería afectar profundamente en nuestra ética personal. Digo "debería" porque no siempre lo hace. Hay quien, por causas -para él- plenamente justificadas, ha tomado ya, en su momento, una decisión sobre el tema, de tal forma que, llegado el momento de las urnas, no cree necesaria reflexión alguna en uno u otro sentido. Aún comprendiendo esta postura, debo decir que no la comparto. Y lo voy a justificar.

Pensar (reflexionar) antes de actuar (votar)
Hoy mismo, en el momento de escribir este artículo, me encuentro en "jornada de reflexión". Y empezaré por una paradoja: defendiendo la necesidad de reflexionar no estoy en absoluto de acuerdo con la susodicha "jornada". Me resulta incomprensible, incluso ofensivo, que nos digan qué día debemos reflexionar. Es como si durante la campaña (o la anterior legislatura) no hubiésemos tenido tiempo de hacerlo. No veo porqué no se puede intentar ganar el voto incluso a las puertas de los colegios electorales, como se hace en democracias mucho más longevas y, a pesar de ello, avanzadas. Otro tanto respecto a la prohibición de publicar encuestas electorales durante la última semana de campaña. ¿Porqué? ¿Piensan que somos tan maleables, inmaduros o sensibles a la memoria próxima que puede  tergiversarse el voto con los últimos mensajes recibidos? Por favor... Pero esta digresión no nos debe alejar del objetivo principal del artículo: ¿Votar o No Votar?

Empezaré afirmando que creo que siempre, en cada llamada a las urnas, es preciso reflexionar. Y que tras esta reflexión, toda decisión es buena, incluso no votar (el proceso de "pensar antes de actuar" lo hemos tratado en detalle en el artículo "Decidir es lo que importa"). Analicemos ambas opciones:
  • Votar: Es la opción predeterminada. Es decir, es la que hay que tomar a menos de que se den las circunstancias o connotaciones negativas que, racionalmente, nos lleven a decidir no hacerlo. Por lo tanto, en primera instancia, la reflexión debe girar en torno a una evaluación de la trayectoria histórica de la opción política correspondiente, los programas electorales (los requisitos) y la presunción de cumplimiento del programa (presunción de inocencia, a pesar de que, en muchas ocasiones, esto puede calificarse de acto de fe). Normalmente, esta reflexión debería concluir en la elección de una opción de voto. Y esta elección no debería responder a la rutina, la costumbre o el sesgo político que todos tenemos, sino a una decisión racional en los antípodas de quien defiende "yo siempre voto a los mismos porque soy de...". En mi opinión, votar rutinariamente, como un robot, es uno de los males de cualquier sistema democrático (claro está que nuestros representantes no dan precisamente ejemplo, siguiendo las consignas, en todas las votaciones, de su pastor o jefe de grupo). Y si ninguna opción nos parece válida, se debe votar en blanco. De esta forma, a pesar de su inocuidad práctica, podemos respetar nuestra posición ética de respaldo al sistema. Aunque, personalmente, creo que, tras la toma continuada de esta decisión (no sé establecer el número de repeticiones) se tienen todos los números para dejar de votar.
  • No Votar: La primera causa ha quedado recién explicada. Se cree en el sistema, pero dicho sistema no genera opciones "votables" para el individuo. Y el efecto es dejar de creer en el sistema. Pero también pienso que, en cada ocasión, hay que replantearse de nuevo esta opción. Hay que estar seguro de ella con objeto de no violentar nuestra ética. No deseo hacer de este artículo un manifiesto antipolítico. Pero sí me parece oportuno incidir en que resulta perfectamente lícito el no estar de acuerdo con "determinado" sistema político. Y que no votar no es una decisión incívica o insolidaria. Es una opción (si es racional, no pasotismo) que, convenientemente justificada, puede servir de ejemplo a tu entorno próximo y que si cundiera (imaginemos una abstención -o un voto en blanco- del 80%), probablemente tendría más efecto que cualquier otra. Entre otras cosas, porque, para la clase política, al ignorar las causas reales, representaría una evidente disfunción de la salud del sistema (en estado grave o terminal). Recuerdo al respecto la excelente novela "Ensayo sobre la lucidez" de José Saramago.
Por lo tanto, ante una llamada a las urnas, incorporemos la reflexión a nuestra ética personal. Pensemos que existen muchos países donde no hay ni siquiera urnas. Y tomemos, en cada ocasión, una decisión racional. Sea la que sea.

Hoy, las frases reparten a todos lados:

"Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería" (Otto Von Bismarck)

"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados" (Grouxo Marx)

"Para el que no tiene nada, la política es una tentación comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad" (Miguel Delibes)

"Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje" (Aldous Huxley)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Miopía y Cataratas

Recientemente, he sido protagonista de una experiencia extraordinaria que, a pesar de afectar exclusivamente a los aspectos físicos de mi persona, han causado mella en el compañero inmaterial que nunca nos abandona, como quiera que se le llame (conciencia, intelecto, espíritu, etc.). Por cierto, no deja de ser curioso que después de tantos años juntos, no nos pongamos de acuerdo ni su nombre ni en sus características. Pero esta es otra cuestión, vayamos al asunto.

Dado que no todo el mundo está aquejado de la disfuncionalidad física objeto de este artículo, dedicaré un poco de espacio a presentar el tema, desde el punto de vista (en principio, poca; ahora, bastante) del sujeto, por lo que pido comprensión a oculistas y optometristas.

Miopía es una afección bastante común que, en mayor o menor grado, provoca el desenfoque de objetos lejanos. Esto significa, lisa y llanamente, que de lejos, lo ves todo borroso. Curiosamente, quizá por una extraña ley de compensación de la madre naturaleza, un miope puede enfocar muy bien de cerca, lo que facilita extaodinariamente la visión próxima en personas de edad avanzada, sufridores naturales de la llamada "vista cansada".
Y además cataratas. Ufff. Pero es físico y resoluble.

Cataratas es la metafórica forma de llamar a una opacidad del cristalino que consigue que lo veas todo como a través de una cortina de agua o de una niebla más o menos espesa. Todo, tanto lo que está cerca como lo que está lejos.

Pues bien, comprenderemos que quien esté afectado por ambos problemas no lo tiene nada claro (en el sentido literal, no metafórico). Afortunadamente, la miopía tiene arreglo fácil. Ponerte gafas (en mi caso, desde los diez años). Otro método externo, las lentillas, a pesar de ser mínimamente invasivo, a mí nunca me han gustado. Y el tercer método, la cirugía, más o menos invasiva, mucho menos. Pero la catarata es un enemigo paciente y cauteloso. Empieza de forma inadvertida y su avance es implacable. Hasta que el extremo de ser invalidante. Y entonces (incluso antes), hay que tomar una decisión: extirparla. Y esto, señores, si que es invasivo. Te extraen una parte de tí (bueno, de tu ojo: el cristalino) y te ponen una lente (una microgafa) con filtro de ultravioletas y todo. Y la maravilla es que esta lente ¡¡corrige la miopía!!

Por lo tanto, en el plano físico, tras 57 años llevando gafas y casi 10 con una turbiedad progresiva en uno de mis ojos, me han reparado. Veo perfectamente claro, veo de lejos como una ave rapaz y necesito como cualquier viejecito una gafas para lectura (al dejar de ser miope, me he vuelto "normal").

Y me diréis ¿a qué viene todo este rollo? Pues a que este proceso me ha hecho reflexionar sobre el paralelismo entre la miopía y la catarata física y la mental.

Ya es un tópico que la realidad la crea el observador, siendo por lo tanto subjetiva. "Tú ves lo que ves, no lo que es". Esta frase propia resume el concepto. Evidentemente, un miope sin correción, con su percepción agravada por una catarata, tiene una visión parcial, borrosa e incompleta de la realidad que está al alcance de sus semejantes "normales". A pesar de que es una realidad ficticia. Pero igual de ficticia para la mayoría. Aunque, como hemos dicho, esto, afortunadamente, tiene arreglo.

Lo que no tiene fácil arreglo es la miopía mental. Esto significa que, a pesar de que tu percepción física funciona correctamente, el proceso que consiste en llevar las señales eléctricas desde el ojo al cerebro, grabarlas en las neuronas, procesarlas y pasarle la información a este compañero inmaterial del que hablábamos al principio, falla en algún punto. Desenfoca. Percibes una realidad sesgada. La causas pueden ser varias: prejuicios, egoísmo, equidistancia práctica, relativismo moral, etc. Pero, a fin de cuentas, eres un miope mental. El futuro (como no lo ves claro) no te importa. Eres un cortoplazista. No ves más allá de tus propias narices. Sólo te importa el hoy. Que triste.

En cuanto a la catarata, la cosa es todavía peor. Todo está borroso. Incluso lo más cercano, el hoy. Esto te lleva a imaginar una realidad ficticia. La frase ahora sería: "Tú ves lo que quieres ver". El cerebro y tu compañero inmaterial son muy eficientes. Pueden crear otras realidades. Y esto también es muy triste. La primera consecuencia es el aislamiento, el vivir en una burbuja. A pesar de que habíamos establecido que la realidad es subjetiva, personal e intransferible, tu realidad ficticia se ha alejado de la media, de la "normalidad", tanto en sentido literal como estadístico. Te has convertido en un bicho raro. En un perro verde. En un cisne negro.

¿Tiene arreglo? No tengo ni idea. Incluso ignoro si estoy afectado. Pero intuyo que, en mayor o menor grado, sí. Todos lo estamos. Y como siempre, la clave está en la identificación del problema. En el reconocimiento de su existencia. En la comparación de nuestro comportamiento con el de los demás. Pero, una vez detectado, no hay cirujano que valga. Es trabajo de nuestro compañero inmaterial. Suerte.

Por lo tanto, la calidad y la excelencia de nuestra ética personal, es fuertemente dependiente de nuestra miopía y de nuestras cataratas mentales. Si no las podemos erradicar totalmente (en el plano físico, que es lo fácil, han cifrado mi visión en el 90 %), hagamos el esfuerzo de minimizarlas.

"La realidad es simplemente una ilusión, aunque una muy persistente." (Albert Einstein)

Y yo añado: Sólo falta que esta ilusión, además esté borrosa.

lunes, 13 de agosto de 2012

Causalidad y Tiempos verbales

Se acostumbra a trivializar el concepto de causalidad con la socorrida frase 1) "toda causa produce un efecto" sin pararnos a pensar en el artículo indeterminado. Por si esto fuera poco, hay quien defiende que el artículo debería sustituirse por el posesivo, quedando así: 2) "toda causa produce su efecto", conclusión que establece una relación unívoca con la que, en principio, no estoy de acuerdo, a menos que especifiquemos el tiempo verbal desde el que hacemos esta afirmación. Los defensores a ultranza (es decir, sin matizaciones) de esta frase son partidarios de la escuela filosófica bautizada como "determinismo".

En cambio, yo prefiero invertir la proposición y formularla así: 3) "todo efecto tiene su causa". Y pienso que esta afirmación es unívoca e independiente del tiempo. Intentaré justificar esta convicción, evitando la indudable carga conceptual que subyace en el término, tanto desde el ámbito de la Ciencia como de la Filosofía, utilizando la imagen del chico saltador. Por lo tanto, la causa que analizamos es "el salto", la acción de "saltar por encima de un taburete". Esto significa que nos vamos a olvidar de la mecánica cuántica, de la incertidumbre, de los experimentos con gatos y de la mariposa que causa tornados en los antípodas.

1) "Toda causa produce UN efecto". La indeterminación indica que no sabemos si produce uno o muchos y la califico de cierta y atemporal. Expresada en estos estrictos términos, quiere decir que el salto del taburete "puede" provocar múltiples efectos en el niño. Y, antes de que se produzca, es imposible especular sobre ellos. Puede provocar, en el mejor de los casos, satisfacción por conseguirlo. Pero también se puede romper la nariz, un brazo o una pierna.

Esta reflexión me hace rechazar la causalidad "directa" o "inductiva", que proyectándose hacia el futuro, presenta un fuerte tufo a predicción. Esta causalidad la practican, entre otros, las pitonisas, los economistas y los políticos.

2) "Toda causa produce SU efecto". La considero válida únicamente cuando el efecto ya es conocido. Es decir, cuando el chico ya se ha roto la nariz. Podemos afirmar que la causa raíz (1) del estropicio reside en el salto del taburete. Las madres lo saben bien. También saben que, entre la rotura de la nariz y el momento previo al salto, pueden existir innumerables causas, las cuales, probablemente, quedarán sin determinar (poco impulso, resbalón previo, zapatos inadecuados, distancia inadecuada, suelo mojado, etc., etc.). Imaginemos la investigación de un accidente de aviación. Y con esta segunda frase, nos vamos a la tercera, a la que considero una simple variante, aunque más ajustada a la realidad.

3) "Todo efecto tiene su causa". Daremos por válidas todas las reflexiones dedicadas a la frase anterior, puntualizando que a esta forma de entender la causalidad la defino como "inversa " o "deductiva" porque se dirige hacia el pasado, implicando una investigación de los hechos consumados. Me gusta y la practicamos, entre otros, la policía y, con poco éxito, las comisiones del Senado.

Terminaremos con alguna reflexión sobre la importancia de conocer (investigar) las causas de los desaguisados. Equivocadamente, le concedemos más atención a los efectos que a las causas. Para preocuparnos de llevar al chico a Urgencias no se precisa demasiada sagacidad. Pero debemos conocer la causa. Si ignoramos que reside en saltar un taburete, difícilmente podremos intentar que nunca más se rompa la nariz por "saltar un taburete". Quizá se la romperá por otra causa, pero no por esa. Eliminar la causa es la única forma de evitar la recurrencia de un problema.

Como colofón, dedicado a rigurosos y detallistas (y a madres tolerantes), si hubiésemos "investigado" e identificado una causa intermedia entre el salto y el estropicio, en lugar de prohibirle saltar el taburete, prepararíamos el mejor entorno para el salto (suelo seco, zapatillas de salto, marcar la línea de salida, un buen bocadillo en el desayuno, etc.) y así facilitaríamos su autorealización y la ausencia de traumas futuros.

En resumen, frase propia:

"Desde el presente, no podemos conocer el efecto de una causa, pero sí podemos investigar la causa de un efecto"

1.- La causa raíz es la más alejada del efecto sobre la que tenemos control. Es decir, que la podemos eliminar.

lunes, 4 de junio de 2012

¿Tenemos clientes?

Una de las frases más tópicas en la Excelencia empresarial es “hacer las cosas bien a la primera”. Cuando la escuché por primera vez, probablemente en los años 70, no le dí más sentido que el literal, aunque ya entonces me pareció una expresión basada en el sentido común (1). Más o menos por la misma época, tomé contacto con el concepto “cero defectos”, el cual, obviamente, es consecuencia de la tópica frase anterior. Ya por entonces (todavía no habían despertado mis inquietudes filosóficas), empecé a considerar el “cero defectos” como un desiderátum: algo inalcanzable. Esto no significaba una descalificación, sino más bien un realismo que, ya entonces, empezó a chocar con los gurús de la Excelencia, los cuales defendían el concepto con un “trascendentalidad” digna del mejor filosófo. De hecho, creían en él y le atribuían, como al bálsamo de Fierabrás, todas las virtudes. A pesar de ello, siempre he procurado mantenerme lo más próximo a ambos tópicos, pero sin fundamentalismos: no siempre se puede “hacer las cosas bien a la primera” ni es posible conseguir los famosos “cero defectos”.

Viene todo esto a cuento porque ahora, con la perspectiva de la experiencia, creo que, como tantos otros, estos tópicos no lo son tanto y son perfectamente extrapolables a nuestra vida personal. Reflexionemos juntos:

En la entrada del blog empresarial “Valor versus Coste” proponemos la frase “quien no hace nada, no existe”(2), frase que aquí, en el ámbito personal, retomamos por su aplicación directa y natural. Por lo tanto, dado que existimos, hacemos cosas. Pero… ¿qué cosas hacemos?, ¿todas las cosas que hacemos son importantes? ¿todas deben ser hechas bien a la primera?

También hemos dicho que la percepción que tienen “los otros” de nosotros la tienen a través del efecto de nuestros actos, nuestras funciones, las cuales son, ni más ni menos, su causa, las cosas que hacemos.

También sabemos “Que hacer, Cómo hacer”, por lo tanto, creo llegado el momento de ponerle cara y ojos a “los otros”. Es decir, a los que disfrutarán de nuestros tópicos “hacer las cosas bien a la primera”, con “cero defectos”.

En línea con la definición “oficial”(3), llamamos cliente a la “persona que recibe un producto”. Por lo tanto, nuestros clientes son las personas u organizaciones que forman nuestro "entorno próximo y lejano", los que son objeto de nuestros compromisos, adquiridos racional y voluntariamente. El producto que les proporcionamos son nuestros actos. Éstos son nuestros clientes. Los de nuestra Empresa, Los de nuestra Vida. Procuremos entonces hacer las cosas bien y sin defectos.

Pero no debemos creer que con esto ya esté todo hecho. Falta lo más importante: preocuparnos de que los efectos de nuestros actos sean los esperados, tanto por nosotros como por nuestros clientes. Esto implica extremar la atención sobre estos efectos. Si no conocemos estos efectos, no podremos tomar acciones para corregir los “defectos” que, a pesar de ser ejecutados con la mejor de las intenciones, acompañan a todo acto humano.

Esta preocupación y el compromiso de corregir errores son característicos de la Calidad y la Excelencia y, ambos, deben ser incorporados a nuestra Ética personal. Nuestros clientes son lo más importante. Podría decirse que son todo lo que tenemos. Cuidémoslos.

“Los clientes no esperan que seas perfecto. Lo que esperan es que arregles las cosas cuando se complican” (Donald Porter)

(1) No lo puedo evitar: el menos común de los sentidos (aunque esto no sea un tópico, sino una verdad como un templo).
(2) Basada en “Pienso luego existo”. Pensar ya es hacer algo.
(3) ISO 9000: 2005, 3.3.5