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domingo, 28 de junio de 2015

Los sinIVA (por favor)

Este es un nuevo e interesante ejemplar que añadir a nuestra galería particular de estereotipos, al que el escueto y definitorio nombre escogido no le hace verdadero honor, ya que en su esencia concurre otra característica diferenciadora que desvelaremos en el transcurso del artículo. Digamos que para pertenecer a esta categoría de individuos, cumplir con el título es condición necesaria, pero no suficiente. Hace falta algo más.

En cuanto a la primera de las características (sinIVA) conviene puntualizar que se puede dar de forma pasiva o activa, siempre en respuesta al prosaico estímulo de tener que rascarse al bolsillo. Y conviene también recordar como premisa inicial que «el IVA» es parte importante de nuestra contribución personal a la caja común de la que nuestros representantes políticos (nuestros administradores, electos por nosotros mismos) sacan el dinero para, en teoría (1), satisfacer las necesidades de la comunidad y por ende, de los contribuyentes individuales. Porque, en el fondo, todo se reduce al individuo, por esto tratamos el tema aquí y no en el blog político. Y para terminar con la introducción, tampoco estará de más reafirmar algo que se olvida con frecuencia: política y economía son dos caras de la misma moneda (2)

Primera fase...
En primera instancia, entendemos por un sinIVA pasivo a quien acepta sin pestañear un papelote o no-factura en cualquiera de sus formas (simple hoja cuadriculada o pseudo albarán) a cambio de pagar algún producto o servicio. Ejemplos típicos: el fontanero o el dentista (3). Diremos también que si no se concurre en la segunda premisa (todavía no desvelada) ésta es una forma menor y desclasada del tipo (entre 1 y 3 puntos sobre 10, en función de importes y frecuencia), en absoluto disculpable, pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Nos encontramos ahora con el sinIVA activo, el que lo pide (normalmente, consciente de la malignidad intrínseca de su acción, por favor). Aquí, el grado de coincidencia con el estereotipo sube varios enteros (digamos que 5 sobre 10). El sujeto está incitando a su proveedor a cometer un delito (de hecho, a ser cómplice) del que se van a beneficiar ambos. Me imagino al sujeto con la boca adormecida por la reciente anestesia, balbuceando algo parecido a «sssiiiinn iba pofavo» y a la perversa sonrisa de la secretaria, recepcionista o becaria, tanto da, mientras el beneficiario de la dádiva (normalmente exigida en cash) se frota las manos prudentemente apartado del lugar de los hechos delictivos. 

Segunda fase...
En la secuencia acumulativa de méritos para la consecución del título, llegamos ahora a la segunda premisa, que vamos a denominar la «indignación por la corrupción política», la cual también puede ser activa o pasiva. Sólo los elementos en los que concurran ambas premisas en su modalidad activa merecen entrar en el Salón de la Fama con medalla. Veamos:

A diferencia de la primera, normalmente restringida al ámbito privado, el cumplimiento de esta segunda premisa se evidencia fácilmente por su exteriorización. Si se limita al entorno próximo (familiares y conocidos) la tipificaremos como “pasiva”, pero si se manifiesta públicamente con su presencia en actos reivindicativos o de protesta, aun cuando se esté calladito y no porte pancartas, la calificaremos de “activa”. Ésta es la forma tipica del estereotipo que podemos ahora definir como: «El individuo que compagina el sinIVA por favor con el activismo anticorrupción política». Diez sobre diez.

Caricaturizemos de nuevo:

   —Sin IVA, por favor,
   —Un momento...
   —Deprisa, tengo que ir a la «mani» anticorrupción.

Concluyamos: ¿Dónde estamos cada uno de nosotros? ¿Podemos puntuarnos? ¿Estarían igual de llenas las manifestaciones si se pidiese credencial de pureza? Deberíamos reflexionar sobre el hecho de que los políticos salen de la sociedad y que son fiel reflejo de la misma. Y que probablemente, la corrupción es una simple cuestión de oportunidad. Deprimente, pero cierto. Nadie está en condiciones de pontificar sobre la corrupción si no ha estado expuesto a ella. Y no me refiero sólo al ámbito politico sino al personal o profesional. Seas un Jefe de Compras o un presidente de Comunidad de Vecinos. Ya no digamos si eres un político con acceso a fondos públicos o con capacidad decisoria en contratos (aunque se trate de compra de papel higiénico).

Estas cuestiones también forman parte de nuestra Ética personal, componente indivisible de la Moral colectiva. La Calidad y la Excelencia vendrá determinada por la puntuación que nos demos, en el supuesto que nos hagamos el test. Por cierto, en este tema, el cero no existe

Notas:
  1. Corramos un tupido velo.
  2. Pocas veces se habrá utilizado un término de forma más apropiada.
  3. Nuestras más sinceras disculpas a los profesionales que puedan sentirse ofendidos. Evidentemente, las referencias son típicas y en clave de humor y no se deben tomar como genéricas sino como enfocadas exclusivamente en el subgrupo de no-profesionales (de éstas y otras especialidades) que practican los hechos mencionados.

miércoles, 10 de junio de 2015

Bucles y “Terminators”

Puede resultar paradójico que la misma persona que lamentaba y denostaba en su último escrito la indiferencia y el ninguneo, dedique la siguiente entrada a criticar su opuesto, la extremada e inacabable atención a la que te someten los individuos pertenecientes a esta nueva categoría que incluir en nuestra particular galería de tipos (1). Pero no lo es tanto. Quien es sensible a la indiferencia es naturalmente hipersensible a estos particulares elementos que también aúnan paradójicamente dos características contrapuestas: el bucle recursivo, potencialmente infinito, y el deseo irreprimible, recursivamente insatisfecho, de tener la última palabra, la que rompe el bucle, circunstancia que, mal que les pese (y les aseguro que les pesa mucho), no depende de ellos, sino de su interlocutor. Profundicemos un poco en esta peculiar y frustrante forma de vida.

Un Bucle en acción
Conviene empezar estableciendo que su coto de caza es amplio y cubre tanto el bosque de las palabras (allí donde hace tanto viento que se las lleva) como la selva de la escritura, donde no hay viento, pero su presumible indelebilidad y permanencia depende muy mucho del medio. Por ejemplo, piensen en WhatsApp o Facebook en contraposición con el e-mail o el antediluviano correo postal con las cartas liadas con cinta amorosamente archivadas en cajones y armarios. Y es precisamente esta amplitud de territorio la que nos lleva a acotarlo, con objeto de dejar el tamaño de este escrito en unas dimensiones razonables, lo que esperamos conseguir limitándonos a la comunicación oral y a la escrita (hoy, un eufemismo) en la red social por excelencia, Facebook (2).

También resulta conveniente —y con esto termina la introducción— reiterar que el único fin perseguido por estos especímenes es, en sentido literal, tener la última palabra y que esto es lo que les lleva al frustrante bucle, en tanto su interlocutor, por el motivo que sea, no tire la toalla, lo que les provoca una desagradable sensación de “coitus interruptus” y la lacerante duda de que el verdadero “Terminator” no sea el otro. Triste existencia, sin duda.

Y a pesar de que el disparador del articulo haya sido un reciente debate (otro eufemismo) en Facebook, empezaremos por la comunicación oral, presencial o telefónica, que abordaremos apoyados con algunos ejemplos arquetípicos y una experiencia personal:

Todos recordaremos con nostalgia o resignación los debates infantiles y su recurrente “y tú más”, bucle inacabable adoptado de forma generalizada por la clase política, exacerbado si cabe en campaña electoral, tan dilatado en el tiempo que parece una neverending story, también sin principio, donde el “Terminator” resulta inidentificable. Otro ejemplo paradigmático lo encontramos en la pareja de enamorados (supongo) y la persistente cadena de “cuelga tú” que termina (supongo también) cuando el precio de la llamada empieza a resultar preocupante, lo que introduce un elemento terrenal y prosaico en una conversación de tan alto nivel espiritual. Por último citaré una reciente conversación telefónica personal con un vendedor de servicios telefónicos en la que tras varios intentos razonados y bien educados de manifestarle mi desinterés por su oferta, le exhorté a colgar, trámite en el que mantuve fuerte y que conseguí tras no menos de diez minutos de tira y afloja, con lo que, tras mantener la última palabra, me autoiumpuse con gran satisfacción el título oficial de “Terminator” del día.  

Abandonemos ahora la calidez del contacto oral (3) y abordemos al debate virtual, el cual presenta alguna característica diferenciadora. En primer lugar, el factor de tipo siempre se carga más sobre uno de los interlocutores, al que definiremos como “ofensivo”, en contraposición de su víctima, que normalmente adopta una posición más defensiva y termina abandonando. Éste es el papel en el que más frecuentemente me he encontrado.

El perfil del individuo es un tanto retorcido y normalmente se oculta bajo un disfraz de tolerancia y equidad, a la espera que entres en su juego, cometas un desliz, incluso dándole la razón, para poner en tu boca palabras no escritas y empezar un bucle recursivo formado por su parte por humo y más humo y por la de la víctima (en este caso, yo) por llamadas a la razón, cada vez más tímidas y desenfocadas, a medida que el debate se aleja tanto de sus planteamientos iniciales que se vuelve irreconocible. En este momento, el tipo se encuentra en su salsa y escribas lo que escribas, aparece irremisiblemente su deposición (4), todo ello agravado por la latencia implícita del medio, sea técnica (mientras escribes tu defensa, él ya ha efectuado más deposiciones y ya no sabes qué es lo que estás respondiendo) o forzada (por ejemplo, se ha ido a tomar un café, a hacer una deposición orgánica o simplemente espera de forma taimada a que te suicides virtualmente). Por descontado, el desenlace racional es abandonar, justo cuando has cebado su interés.

Ahora toca la moraleja blogera:

¿Existe Calidad en la actitud de este tipo? Pues puede ser. En la medida que la Calidad es el grado de cumplimiento de los requisitos, tendrá más o menos Calidad según se ajuste a su ética (sus compromisos consigo mismo). Es decir, si esta actitud, realizada conscientemente, responde a sus principios y satisface sus expectativas, nos encontramos con un “Terminator” de alta Calidad. Si únicamente aparece de forma esporádica, instintiva y reactiva, su Calidad será baja. 

¿Puede su actitud ser excelente? Pues aquí tengo mis dudas. La Excelencia se define como una categoría superior de la Calidad. Representa, por tanto, un escalado, donde la eficacia cede protagonismo frente a la eficiencia, y me resulta difícil encontrar eficiencia en un “Terminator”, más allá de que consiga cabrear a sus víctimas en microsegundos, algo posible pero verdaderamente difícil de imaginar. 

Por último, un ejercicio de autocrítica: ¿mi ética incluye algo de “Terminator”? No soy consciente, aunque reconozco que en ocasiones puedo comportarme como tal, aunque de Calidad muy baja. En cualquier caso, esto no lo tengo que juzgar yo.

NOTAS:
  1. Quisiera puntualizar que el propio hecho de identificarlos lleva implícito el reconocimiento de que en mayor o menor grado, todos tenemos algo de ellos, incluido, por descontado, el autor, y que no existe mayor antídoto para el yoísmo que la autocrítica y tomársela (la propia y la ajena) con deportividad.
  2. Twitter no parece del agrado de la especie y WhatsApp y su universo de emoticones merece entrada propia.
  3. Olvídense de toda connotación sexual, también propensa a Bucles (malos por su eternización) y “Terminators” (un tanto más gratificantes).
  4. Tómenselo en el sentido que quieran, incluso en el de cagada.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Los Superiores

Un Superior en acción.
Pertenece este artículo a la galería de tipos iniciada con los Destructores y los Privilegiados, pudiéndose considerar como un subtipo de los Yoístas (que no egoístas), todos ellos —a pesar del elevado número de algunos— anormales estadísticos. Y como resulta habitual, voy a dedicar las primeras líneas a justificar el tema de hoy:

Hace ya tiempo que he dejado de preocuparme por la ausencia de inspiración para acudir a esta cita de una forma periódica. Creo que es una pérdida de tiempo —sobre todo, cuando, por ley de vida, empieza a ser escaso—, el emplearlo en una estéril búsqueda de tema cuando es la propia realidad la que, en forma de estímulo, nos provee de los mismos, eso sí, de forma un tanto imprevista y aleatoria, lo que no deja de tener su atractivo. Y así ha sido esta vez.

A lo largo de mi existencia he participado en innumerables reuniones de trabajo, en las que, mayormente, los participantes se sentían felices y afortunados protagonistas de un hecho colectivo que superaba el ámbito individual. Y cuando así no ha sido, el conductor de la reunión (1), ante una actitud manifiestamente displicente o ausente, ha llamado al sujeto al orden o le ha invitado a dejar la reunión. A este respecto, siempre he defendido que «si quieres formar parte de un equipo, deberás dar algo de ti, porque si no lo haces, serás como un socio de club de fútbol que ve el partido desde la general (con prismáticos) (2)».

Esta actitud de displicencia viene acompañada, en la mayoría de ocasiones, por la suficiencia, y, ahora entramos ya en harina, por la superioridad, manifestándose de muy distintas formas, entre las que destaco dar golpecitos en la mesa con el boli (o el smartphone), mirar al techo frecuentemente, poner los ojos en blanco, adoptar una postura excesivamente relajada y, ésta es constante, una participación verbal nula o escasa (monosílabos o frases cortas un tanto crípticas, ignoro si de forma premeditada o porque no tienen realmente nada que decir).

Como he dicho antes, todo esto forma parte de mi acervo de experiencias y, hasta ahora, lo había metabolizado sin daño aparente, dando por sentado que formaba parte de la normalidad, hasta el punto de no considerarlo tema objeto de mayor atención. Pero hete aquí que nunca se aprende demasiado y que, también en este caso, existen displicencias de nuevo cuño —en este caso, tecnológico— que, en mis últimas dos reuniones, me han agredido como un mazazo y que espero evacuar —porque son desechos— con este artículo.

Imagínense un participante que se pasa la reunión sentado en pose desmadejada, jugando ostentosamente con una tablet a un juego al que llamaremos «Candy Crush», por llamarle algo, ya que no soy experto en juegos de este tipo y éste me suena. Su aportación, una vez requerido, se resume en un «me dais dolor de cabeza» y «estáis hablando del sexo de los ángeles», un mensaje por cada reunión, la primera de nueve horas, y la segunda de tres. Ni que decir tiene que esto es nuevo para mí. Por descontado, el tema de la reunión —que no viene a cuento— no versaba sobre juegos, sino sobre cosas un poco más importantes, por lo menos, para el resto de participantes, ninguneados por el sujeto.

Para concluir, no se me antoja otra explicación que ésta: el sujeto pertenece al tipo de Los Superiores, parte de la especie humana que está siempre de vuelta de todo (en mi caso, prefiero estar siempre de ida) y que manifiesta su superioridad mental permanentemente, aunque no se lo soliciten. Normalmente, ante discrepancias de criterio, empiezan la argumentación con un «Yo...» seguido de «he hecho esto, he hecho lo otro, etc.». Además, rehuyen el debate, de nuevo debido a una creída superioridad cognitiva, a una ignorancia supina (la peor, no saber que no se sabe) o a la dificultad de articular un discurso mínimamente entendible, pero, en cualquier caso, evidenciando una soledad extrema y una absoluta incapacidad para trabajar en equipo.

Y finalizaré con un acto de contrición No voy a negar que, en ocasiones, me he sentido Superior, en especial frente a sujetos de estas características, pero exclusivamente en temas en los que, objetivamente y de forma demostrable, me siento formado y experto, que no son muchos, pero los que son, son. Y cuando no es así, cuando reconozco a personajes de mayor nivel o maestros en disciplinas que no domino, normalmente prefiero el silencio, escuchar atentamente (que no oír) y aprender, siempre aprender. Una de las actividades, en mi opinión, junto con enseñar, más gratificantes. Pero con Los Superiores, no. Rotundamente no. Ni tienen nada que enseñarme ni desean aprender. Esta posición vital forma parte de mi ética personal, y procuro respetarla, con la pretensión de mantener una actitud, como mínimo, de Calidad. Hoy, de nuevo, la Excelencia queda para mejor ocasión.

Notas:
  1. Sí, no hablamos de asambleas igualitarias. Siempre debe existir un conductor, llámese moderador, boss o como sea.
  2. Los «cultivados» pueden sustituir el fútbol por el Liceo.

viernes, 23 de agosto de 2013

Los Privilegiados

Pocas veces estará más justificado el uso de la mayúscula, porque mayúsculo me parece el cambio acontecido en el limitado espacio temporal de tres generaciones y mayúscula me parece también la diferencia entre la calidad –entendida en su sentido más amplio– de mi particular existencia y la que les ha tocado vivir a las generaciones anterior y posterior. En cuanto al plural, al margen del alcance local y personal de estas reflexiones, puntualizar que se debe a mi impresión de que, sin entrar en detalles particulares, el fondo de lo que aquí se expresa puede ser suscrito por más de una persona. Y si no es así, tómese como un cuento o un ensayo con todas las licencias literarias admisibles y la típica salvaguarda de que todos los hechos descritos son ficticios y no responden a realidad alguna.

Generación -1 (perdedores)
Su nacimiento se sitúa en el entorno de la primera Guerra Mundial (1914-1918), hecho quizá premonitorio que marca su juventud consumida –nunca mejor dicho– en una sangrante y fratricida guerra civil que, a los del bando perdedor –te tocaba donde te tocaba–, les lleva, en emigración forzada, a refugiarse en Francia, donde les hacinan en campos de concentración en las playas de Argelès (hoy, Argelès-sur-Mer, villa turística) donde, quizá por ahorro de costes, las alambradas estaban sustituídas por simples postes enfilados por las ametralladoras de «los senegaleses». Obviamos detalles de la estancia y regreso –darían para una buena novela–, pero lo que no podemos obviar es la justificada calificación de «juventud perdida», no sé si cualitativamente mejor o peor que la de la juventud actual, pero me permitirán que la califique, benévolamente, de «distinta».
Saltamos a la madurez, donde lo más destacable es renacer desde menos que cero (sanbenito de «rojo», racionamiento, etc., etc.), encontrar un trabajo –en muchos casos, precursor de los actuales «autónomos»–, formar una familia –el papel de las madres se circunscribía al tópico «sus labores»–, dar formación a sus hijos y trabajar, trabajar duro y muchas horas, cada uno –padre y madre (ésta, todas las horas)– en los papeles que les había tocado vivir.
De la vejez, destacar solamente la vulneración del proverbial comportamiento con el que se etiqueta a todo anciano digno de tal nombre: contar «batallitas». Y no sería por falta de ellas. Nada de eso. Su discurso recurrente era «no permitáis que esto se repita». Estaban tan cansados que no les quedaba resuello ni para el afán de revancha. Perdieron casi todo –no sólo la guerra– y punto. En su momento –sólo una vez–, cuando creyeron que sus hijos estaban preparados, contaron hechos ciertos –vívidos y vividos– y esto fue todo. Después, en silencio, sin lamentaciones, se marcharon y, en muchos casos, sin percibir atisbo alguno de gratitud, con la decepcionante impresión de que su existencia había sido estéril. Esto, que nos puede parecer normal –sólo apreciamos lo que teníamos cuando nos falta–, resulta especialmente sangrante en esta generación de perdedores, si aceptamos el hecho incontrovertible de que son los responsables físicos de la siguiente generación, la del autor.

Generación 0 (privilegiados)
Existieron... De verdad.
Nace en el entorno del fin de la segunda Guerra Mundial (1945), bomba atómica incluida. Piso de 40 m2 (comedor, 2 habitaciones sin baño), disciplina paterna –algún cachete, de vez en cuando–, juguetes de fabricación propia (cajas de zapatos, pinzas de tender la ropa, botes de ColaCao), pollo y cava sólo en Navidad, colegio de pago –con palmetazos en el culo y lanzamiento de reglas–, primaria, secundaria, trabajar (y fumar) desde los catorce años –se empezaba de pinche–, formación profesional –también nos cansábamos de estudiar–, ingeniería, correr delante de los grises, servicio militar –experiencia absolutamente gratificante–, dos canales de TV, cambio de trabajo cuando querías, camping y relaciones internacionales en la Costa Brava, fiestas y verbenas domiciliarias, montones de clubs con música en vivo, los Beatles, matrimonio –era ya habitual el trabajo femenino–, emancipación, piso de alquiler, hipoteca, piso propio, un 600, buenos empleos, tres hijos, asistir a su crecimiento y evolución sin demasiados tropiezos, cambios de coche y de piso, vida laboral continuada –51 años de cotización sin bajas–, matrimonio estable –con sus más y sus menos, como todos–, jubilación con pensión –escasa, pero real–. ¿Es una película? No. Es la descripción de la vulgar y vegetativa existencia de un miembro de la generación de los «privilegiados». Quizá algo sesgada, pero lo escrito, fue y está siendo. Lo no escrito –lo malo, que lo hubo– también, pero no resulta relevante para el tema que nos ocupa. Lo único relevante es que si un miembro de esta privilegiada generación se queja, deberíamos meterle en la máquina del tiempo y ponerle en la playa de Argelès con «los senegaleses» o en el Alto de Los Leones guardándose una bala en previsión de la llegada de «los moros». Por cierto, cómo cambian los tiempos. Antes mercenarios o súbditos coloniales y ahora aspiran a participar de nuestro «paraíso».

Generación +1 (???)
Lo fácil es recurrir a lo que no teníamos (ni falta que nos hacía): paro, fracaso escolar, consumismo, playstations, tablets, teléfonos móviles, internet, redes sociales, botellones, deportivas de marca, cientos de canales de TV, AVE, líneas aéreas low-cost, etc., etc. Pero, indudablemente, el problema es mucho más complejo que lo que les sobra y les falta y excede del limitado espacio de una entrada de blog. En qué medida la responsabilidad de lo que les sucede es achacable a la generación de los «privilegiados» es difícil de establecer, pero una parte alícuota, no pequeña, nos corresponde. Muchos de los actuales políticos corruptos e incompetentes pertenecen a esta generación –la nuestra– y poco se puede esperar de su ejemplo (como se demuestra con sus retoños). Estos políticos han dilapidado el crédito y las expectativas con las que se inició la transición y han conseguido el desapego de la política y el adocenamiento de gran parte de la población, así como el abandono de la cultura del esfuerzo que aprendimos de nuestros padres, los «perdedores». Pero ahora, lo que tenga que llegar, depende de los descendientes de los «privilegiados». Es su responsabilidad. Difícil camino, no envidiable. Hasta donde llega mi conocimiento, muchos, en una suerte de suicidio generacional, han decidido no contribuir a la Generación +2. Les comprendo. Es una postura ética racional y perfectamente defendible. Yo, hoy, en su caso, hubiera hecho lo mismo.

Nota: Antes de que los héroes de salón o los fundamentalistas de la memoria histórica me adviertan de la falta de referencias a la dictadura –o la dictablanda que conocí–, les diré que es deliberada. Y es así, en memoria y honor de mi progenitor, un perdedor que me enseñó a afrontar la vida tal como llega, y el hecho de que a nuestra generación nos haya llegado de cara no es culpa nuestra. Nadie que no haya vivido –o conocido de primera mano– los acontecimientos relatados está en condiciones de criticarlos. Ni de opinar siquiera. Sobre todo los defensores de la manida y recurrente frase «mejor morir de pie que vivir de rodillas». Que piensen en la enorme cantidad de mujeres-madres-perdedoras (quizá las suyas) que así fregaban el suelo. Porque no había otra forma. Y había que hacerlo.

domingo, 9 de junio de 2013

¿Conservador o Progresista?

Pues no lo sé. Sorprende la facilidad con que se etiquetan comportamientos o perfiles vitales, dando por supuesto que una simple palabra encierra todos los infinitos matices que caracterizan el pensamiento humano y que acoge bajo su simple enunciado a un colectivo(1) por definición diverso y plural. Otro tanto se puede decir del persistente empleo de ambos términos contrapuestos, en un estéril e ingenuo intento de simplificar lo insimplificable, de reducir a un planteamiento discreto y binario la totalidad del espectro(2) político, el cual, si atendemos a los sufridos electores, cubre de forma continua toda la gama de grises(3) entre el también binario «blanco» y «negro» con el que se califican y agreden mutuamente(4) los líderes de cada bando.

El tercero no lo sé etiquetar.
Viene todo esto a cuento de que la actividad política de la semana se ha llenado de estas dos etiquetas, colgadas a los nuevos –y antiguos– miembros del renovado Tribunal Constitucional, garante de la pureza de nuestra Carta Magna, sometiéndoles a una perversa contabilidad, a mi modo de ver, simplista y, hasta cierto punto, denigrante. Y de nuevo, me ha brindado tema de reflexión. Será porque, a pesar de mi escepticismo, resulta imposible abdicar del efecto que la política causa en los administrados a los que todavía les queda un rescoldo(5) de interés. Y este interés, hoy por hoy, en mi caso, se limita a la extrapolación de los comportamientos de los políticos, de los que se supone son nuestros líderes, de los que debieran dar ejemplo, de los que hemos elegido para que nos gobiernen para bien de todos nosotros, a la ética personal, al comportamiento individual. Y claro está, si ellos se etiquetan de forma tan simplista, debo suponer que su distorsionada imagen de la sociedad les indica que sus miembros deben adscribirse a una u otra opción, lo que me lleva a la pregunta inicial: ¿Qué soy yo? ¿Conservador o Progresista? Pues no lo sé. Porque no sé lo que significa(6). Empecemos por los «conservadores».

Conservadores:
La primera duda que me asalta es qué es lo que conservan. Porque según sea me gustará o no. En principio, «conservar» es bueno. Evoca el paradigma de «sostenibilidad», modelo de lo hoy «políticamente correcto». Nadie me negará que todo lo sostenible debe conservarse. Por lo tanto, de una forma objetiva –si ésto fuese posible–, todos deberíamos ser conservadores. Pero se me antoja que la cosa no va por ahí. No estamos hablando de la Gaia de Lovelock, ni de la biodiversidad, ni del cambio climático, sino de las miserias humanas, de la política y, claro está, aquí la objetividad brilla por su ausencia. No se puede «conservar» lo malo, entendiendo como tal unas ideas periclitadas tendentes a perpetuar privilegios e injusticias sin fin sobre la humanidad(7). Todo esto desde la óptica sesgada y dogmática del bando «progresista».

Progresistas:
Tampoco está claro hacia donde orientan su «progreso». Porque esto es crucial para apuntarse o no. En principio, sorprende que este calificativo se lo autoasignen. Es decir, los progresistas presumen de serlo. Se ponen las medallas ellos mismos. Y, normalmente, son los que denostan a sus adversarios etiquetándolos de «conservadores»(8). También resulta sorprendente que sean acérrimos conservadores de sus logros con lo que se homologan a sus opuestos, en una suprema demostración de inconsistencia. En otro alarde de simplificación, su discurso tiende a asociar su «progreso» con la búsqueda del bien común, del bien de la mayoría, en contraposición a los «conservadores», perversas gentes de buen vivir únicamente preocupados por el bien de sí mismos.
   
Conclusión:
Menudo dilema. La verdad es que ayudan poco con su ejemplo diario, el cual contradice continuamente sus planteamientos teóricos. Y no iré más allá porque este no es un blog político. Terminaré intentando extraer algo positivo de la enorme duda. Creo que soy las dos cosas, lo que viene a ser lo mismo que no ser ninguna. Sin duda, esta posición puede parecer aséptica, acomodaticia o simplista, pero tras este análisis no puedo hacer otra cosa que reforzar mi escepticismo. En buena lógica, esta posición equidistante se podría calificar de «centrista», aunque no la acepto porque presupondría la existencia de los extremos defendidos por los simplificadores, los cuales –ambos– no tendrían ningún reparo en calificarla de «liberal» y tampoco tengo demasiado claro el significado de este nuevo término.

En resumen, nada de centros ni equidistancias. Una ética personal de calidad debería ser capaz de tomar lo bueno que existe en cada etiqueta y huir de generalizaciones. Conservar lo conservable y progresar en el buen sentido. Menudo descubrimiento. A ver si al final resultará que, a mi manera, soy «liberal», en el sentido de defender la libertad y los derechos individuales en la medida que no vulneren los de los demás. Norma única.

Karl Popper dijo sobre la limitación de la libertad:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo replica: «la libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino»
El juez... ¿Conservador o Progresista?

1 - Nótese que me he abstenido de emplear el término «rebaño».
2 - No se tome «espectro» en su acepción de «fantasma».
3 - Caramba con el lenguaje. ¿La política «gris»? Qué va!!!
4 - Evidentemente, ambos reclaman para sí el «blanco».
5 - En mi caso, ya muy frío.
6 - Y dudo que ellos lo sepan (ni les importe).
7 - Normalmente, se conforman con hablar de su pequeña tribu.
8 - Ignoro la causa por la que los conservadores no presumen –normalmente– de serlo. Quizá se deba un atávico complejo de culpabiidad nunca presente en el progresismo. Incomprensible, pues ambos tienen mucho de lo que olvidarse.

lunes, 25 de febrero de 2013

Los Destructores

El artefacto que representa de forma perfecta el tema de hoy es su homónimo naval: creado para destruir. Por descontado, un destructor sirve para más cosas, pero todas ellas son efectos colaterales derivados de su función principal, que es «destruir».  Nos vamos a referir a los destructores humanos, bautizados por la industria cinematográfica como «Terminators».

Destructor en acción.
Siguiendo con el bosquejo de su perfil, diríamos que se trata de personas que disfrutarían manejando una bola de demolición, una herramienta que de forma legal, incluso remunerada, reduce a escombros el objeto de su atención. Aunque lo más frecuente es que se trate de simples aficionados que practican la destrucción en sus ratos libres de forma totalmente desinteresada y altruista, excepción hecha de la enorme satisfacción que les reporta y del aumento de su autoestima.

Dediquemos ahora la atención al objeto de sus preocupaciones, el cual no es físico sino intelectual. Se dedican a destruir ideas, normalmente vertidas en formato físico (literatura o arte), aunque también actúan en formato verbal. En una aproximación un tanto simplista, los podríamos catalogar como practicantes de la crítica «destructiva», disfrazada normalmente de «sinceridad» valiente e independiente. Además, les caracteriza una actitud reservada que les lleva a aparecer solo cuando detectan oportunidad de "hacer sangre". Es decir, cuando creen que su crítica hará especial daño al criticado. Esto se debe a una especial sensibilidad para sentir la satisfacción ajena, la cual les provoca unas molestias insoportables que sólo pueden ser mitigadas con la destrucción de la idea responsable y el correspondiente bajón mental del criticado. Ni que decir tiene que prefieren el combate corto, es decir, el que les permite «vivir» en directo la reacción a su deposición intelectual. Y si esta reacción es visceral, mejor que mejor.

Podrá argumentarse que a nadie le gusta la crítica y que es humano tildar de energúmenos a los que nos critican, pero vamos a intentar rebatir este argumento. El factor diferenciador es el mensaje -en el caso que exista-  que subyace en la propia crítica. Consideramos como mensaje, algo (sea idea, propuesta o reflexión) que represente una alternativa a lo destruido. Si no existe mensaje, si no nos queda más que cascotes o tierra calcinada, nos encontramos ante un destructor de tomo y lomo. Y resulta legítimo tomar medidas correctivas y preventivas frente al mismo. En cambio, no es de recibo el rechazar críticas «constructivas», críticas que propongan alternativas o puntos de vista divergentes, de cuyo análisis, a pesar de hipotéticos desacuerdos, no pueden desprenderse más que ventajas y enriquecimiento del conocimiento.

Ignoro si la condición de «destructor» es genética, hereditaria o adquirida. Lo que si puedo asegurar, tras una ya larga experiencia, es que su aparición no es dependiente de la edad y que, una vez aparecida, no solo no se pierde sino que se acentúa. Ilustraré el tema con una situación real -no sé si calificarla de anécdota- que me marcó y representó mi primer contacto profesional con un destructor "pata negra".
Yo era un imberbe ingeniero sin demasiada experiencia que acababa de ser empleado en una venerable empresa familiar como "adjunto a dirección industrial" con la expectativa de sustituir al venerable director industrial próximo a la jubilación. La reiteración del término "venerable" es del todo premeditada. Las instalaciones, la dirección general (la propiedad) y la dirección industrial eran provectas y venerables, hasta el punto de llamar a gritos una renovación, aconsejable además por una larga crisis empresarial que empezaba también a ser venerable (hablamos de tiempos felices donde no se sabía lo que era una crisis económica o de mercado). Uno de los problemas más importantes era que se desconocían las existencias en el almacén (hay que decir que se trataba de un almacén con más de 10.000 referencias) lo que provocaba un desbarajuste tanto en la producción interna como en las entregas a clientes. Me propuse resolverlo y apliqué unos elementales criterios basados en Pareto (regla 80/20) y en una clasificación ABC, determinando una tabla de muestreo que, con un nivel de confianza del 95%, redujese el tiempo de recuento físico y mejorase de forma determinante la fiabilidad de las existencias. Finalizado el trabajo, salí de mi despacho con el listado actualizado bajo el brazo y me encontré en el pasillo -oscuro, como casi todo en la empresa- con el provecto director industrial -quien, digámoslo ya, había asistido impávido al deterioro de la situación del almacén- y me apresuré a manifestar mi alegría mostrándole el resultado de mis esfuerzos y los del personal de almacén que se había apuntado con entusiasmo a la tarea. Al momento el pasillo empezó a iluminarse con un resplandor amarillento y cadavérico que emanaba de una especie de aura que flotaba en torno al destructor, quien, tras buscar una referencia determinada de entre los cientos de hojas del listado, la apuntó y sonriendo aviesamente sentenció: "esto está mal". Estas fueron las únicas palabras pronunciadas. Acto seguido, me devolvió el objeto destruido y, convencido de su triunfo, prosiguió imperturbable su camino.
Este ha sido para mí, el paradigma de un «destructor». Desde entonces, y ya ha llovido, he experimentado en innumerables ocasiones experiencias semejantes, tanto en la vida profesional como en el resto de ámbitos, en especial en las redes sociales, como respuesta a iniciativas constructivas cuyo objetivo -quizá egoísta- es fomentar el diálogo y el intercambio de opiniones con objeto de aumentar el conocimiento (y vaya si se aumenta). En estos ámbitos, los destructores se caracterizan también por frases lapidarias (yo las califico de deposiciones) que no dejan lugar alguno a la controversia, a modo de verdades absolutas e incontestables.

Creo que queda claro que no comparto este estilo de actuación, aunque a veces el contagio reactivo acecha. En cualquier caso, en un esquema ético de calidad y excelente, debe estar erradicado. En particular, creo que el mejor antídoto consiste en disfrutar de los logros de nuestros interlocutores y hacérselo saber. Esta actitud representa la mejor vacuna. Respecto a actitudes preventivas no hay nada que hacer. Están agazapados y aparecen cuando uno menos se lo espera. La parte positiva es que el destructor queda retratado de por vida. Aprendamos a convivir con ellos.

Terminamos dedicándoles un consejo:

"Cuando quedas atrapado en la destrucción, debes abrir una puerta a la creación" (Anais Nin)