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martes, 23 de julio de 2013

Las puertas de la Ética

¿Así nos vemos?
Siempre he apreciado la utilización de metáforas como refuerzo conceptual del conocimiento. Ignoro la causa, pero me inclino a atribuirlo a mis maestros de la escuela primaria, de los que recuerdo la utilización intensiva del ejemplo como una estrategia docente fundamental. Probablemente, gracias a esta formación básica y temprana, he desarrollado una enorme simpatía por los formadores, conferenciantes y autores practicantes de esta técnica, responsable y facilitadora de la comprensión conceptual de casi cualquier tema, por complejo y abstracto que sea. La utilización adecuada y eficaz del ejemplo metafórico –por descontado, no al alcance de cualquiera–, más allá de la innegable trivialización que representa, cumple la importante función de acercar el objeto de estudio –por definición, desconocido–, a áreas del conocimiento que, por ser familiares para el sujeto, estimulan la comprensión conceptual y relativizan la necesidad de memorizar de forma literal las enseñanzas en curso, literalidad que deviene en complemento del conocimiento, no en el sujeto. Esta técnica, cuya aplicación podría parecer de sentido común en el campo de las ciencias naturales, es aplicable a cualquier campo, como queda magistral y paradigmáticamente demostrado con la metáfora de la caverna de Platón. Veamos cómo se me da, esperando que el lector no termine dándome con la puerta ética en las narices.

Es ya un lugar común en este blog repetir que la ética viene representada por los compromisos que, racional y voluntariamente, hemos adquirido con nosotros mismos y con nuestro entorno próximo y lejano. Y aquí, en la interfaz con nuestro entorno, es donde hace su entrada la necesidad de una puerta, cuyas características son las que determinarán la forma en la que gestionaremos la aplicación –las entradas y salidas– de nuestros compromisos. Pero una puerta es algo más complejo de lo que parece. De hecho, sus características se pueden clasificar en tres grupos principales, capaces de generar 120 combinaciones distintas, todas ellas con clara e importante significación ética. Veamos:

Visibilidad (0-2)

  • Transparente (0): No importa que nos vean a su través. No tenemos nada que ocultar. De hecho, a los efectos de conocer nuestro interior, no importa si está abierta o cerrada. Si está cerrada, no podemos salir ni pueden entrar; no interaccionamos, pero nos ven, y nosotros vemos también.  
  • Con ventanita (1): No importa que nos vean, pero es necesario un impulso voluntario, una querencia. Hay que asomarse, y, en justa contrapartida, el observador se delata y nos apercibe de su presencia.
  • Opaca (2): Sin comentarios.  

Maniobra (0-3)

  • Corredera (0): Apropiada para quien desea, discrecionalmente, hacer desaparecer –literalmente– la puerta por el sencillo método de dejarla abierta. Con este tipo de maniobra, la transparencia selectiva está garantizada, sin necesidad de limpiacristales. Puedes aplicar la política de «puertas abiertas» cuando desees.
  • Doble sentido (1): Facilidad máxima de entrada y salida. Concede la misma importancia al interior y al exterior.
  • Hacia fuera (2): Potencia la importancia del entorno externo, quien, al tirar, siente que entra en terreno, si no propio, conocido. 
  • Hacia dentro (3): Tu interior es tuyo y sólo tuyo. Se abre hacia ti.

Seguridad (sí/no, 0/1)

  • Mirilla: Permite observar el entorno sin que se entere. Representa una ética sesgada y unilateral que nos permite aplicar nuestros compromisos de forma selectiva.
  • Blindaje: Aislamiento máximo. Por encima de cerraduras o pestillos, deseamos impedir el acceso no autorizado a nuestro interior, por parte de los taimados ladrones de emociones, que haberlos, haylos.
  • Cerradura: Por una parte, al cerrar por dentro, nos hace sentirnos más seguros en períodos especialmente sensibles. Por otra, mediante la entrega de llaves, permite un control fiable del entorno autorizado.
  • Pestillo: Versión personal light de la cerradura, solamente útil desde el interior. Permite asegurar discrecionalmente la puerta cerrada.
  • Retorno: La puerta, una vez abierta, retorna a la posición inicial (cerrada). Quien la quiera abrir, que se esfuerce un poco. Además, previene de las corrientes de aire, es decir, de invasiones inadvertidas y no deseadas de nuestra intimidad por parte de propios y extraños.

Veamos ahora las configuraciones extremas de la puerta ética:

  • Opaca, hacia dentro, con mirilla, con blindaje, con cerradura, con pestillo, con retorno = 10 puntos.
  • Transparente, corredera, sin mirilla, sin blindaje. sin cerradura, sin pestillo, sin retorno = 0 puntos.

Entre ambas, ciento dieciocho combinaciones distintas, las cuales determinan la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, característica personal e intransferible de nuestra ética. Porque esta puerta la hemos fabricado nosotros y puede resultar interesante y enriquecedor reflexionar un poco sobre sus características. Incluso, escribirlas y valorarlas. Creo firmemente que el ejercicio puede contribuir a conocernos mejor. No les pongo deberes, pero yo estoy en ello.

Nota: No se debe olvidar que la puerta ética es visible por ambos lados. Esta puerta –por su parte exterior– es la que ve y siente nuestro entorno y, consecuentemente, nos identifica éticamente. No la podemos ocultar. Ni cuando está abierta.

sábado, 18 de mayo de 2013

Esponjas o Adoquines


Esponja, siempre esponja.
De eso se trata: de si preferimos ser esponjas o adoquines. Y el juego propuesto consiste en elegir entre ser una u otra cosa, a pesar de que puede que ninguna de las dos nos satisfaga plenamente. Podríamos dejar la puerta abierta a un término medio, a la virtud aristotélica, pero en el tema que tratamos –el conocimiento– pienso que no cabe. En este caso, la equidistancia, el equilibrio o la indiferencia son equivalentes al más duro de los adoquines. Por lo tanto, lo dejamos en el título dual. Veamos pues el significado de cada una de las dos opciones, empezando por el Diccionario de la Real Academia.


Esponja:
1. f. Zool. Animal espongiario.
2. f. Esqueleto de ciertos Espongiarios, formado por fibras córneas entrecruzadas en todas direcciones, y cuyo conjunto constituye una masa elástica llena de huecos y agujeros que, por capilaridad, absorbe fácilmente los líquidos. U. t. en sent. fig.
3. f. Cuerpo que, por su elasticidad, porosidad y suavidad, sirve como utensilio de limpieza.
4. f. Persona que con maña atrae y chupa la sustancia o bienes de alguien.

Adoquín:
1. m. Piedra labrada en forma de prisma rectangular para empedrados y otros usos.
2. m. Caramelo de gran tamaño y de forma parecida al adoquín de piedra.
3. m. coloq. Persona torpe o ignorante.
4. m. Perú. Cubo de hielo azucarado, para el uso doméstico.

Si elegimos las acepciones que asocian los términos a una característica personal, debo reconocer –en el ámbito del tema tratado– que prefiero ser quien «chupa la sustancia a alguien» a ser «torpe o ignorante». Y si nos centramos en el significado metafórico, definiremos como persona «esponja» a quien está en condiciones y disposición de absorber conocimiento –la sustancia– y como persona «adoquín» a lo opuesto, a alguien macizo, impenetrable, totalmente impermeable al enriquecimiento cultural, a alguien que, quizá por creer que ya lo sabe todo, no desea o no necesita aprender, lo cual, ciertamente, es una torpeza y lo caracteriza como un ignorante integral.

Viene todo esto a cuento de que tengo la creciente impresión de que la mayoría de la gente está de vuelta de todo, piensa que se encuentra en posesión de la verdad y se molesta cuando se encuentra frente a alguien que manifiesta o deja traslucir un cierto conocimiento en el tema en el que supuestamente son –o se creen– expertos. Esto es extensible a casi todos los órdenes: vendedores de lo que sea, instaladores, pintores, electricistas, dependientes de supermercados, gasolineras, policías, abogados, tertulianos de radio o TV, miembros de las redes sociales, etc., etc. Normalmente, su enfado o molestia se complementa con un manifiesto aplastante e incontestable y con la negación de todo crédito al presunto «listillo», debidamente sazonado, en comunicación presencial, con una mueca de suficiencia o, en el caso de comunicación telefónica, con un tono sarcástico de voz (especialmente, vendedores de gas, luz, teléfono o humo, qué más da). En suma, «adoquines».

Contrasta esto fuertemente con mi permanente disposición a reconocer el talento, la preparación y el mayor conocimiento de mis interlocutores, con el egoísta objetivo de aprender. En definitiva, de ser una «esponja». Hay que tener en cuenta que «chupar la sustancia» de tu interlocutor es gratis, lo tienes ahí mismo, a tu lado. No tienes que matricularte, ni pagar derechos, ni hacer nada más que reconocer su autoridad en la materia y estar en disposición de escuchar, preguntar y aprender. Pero, claro está, para ello son condiciones necesarias: saber qué es lo que no se sabe, reconocer las propias limitaciones, proceder con humildad y aceptar que siempre hay quien sabe más que tú. Y esto es lo que me parece cada vez más difícil de encontrar.  

Seamos «esponjas». Cuando nos saturemos, exprimamos la memoria temporal en la memoria definitiva y volvamos a ponernos en disposición permanente de absorber conocimiento del entorno. Siempre se aprende algo. No tiene nada que ver con el nivel cultural de tu interlocutor, sino con tu receptividad, tu disposición favorable, tu apertura a lo desconocido. Y si resulta que tu interlocutor sabe más que tú de un tema en el que te consideras fuerte, te ha tocado la lotería. Bienvenido sea: «chupa su sustancia»; no seas «adoquín»; no te sepa mal reconocer «lo que no sabes».

«Estar de vuelta de todo debe ser muy aburrido; yo prefiero divertirme»

lunes, 25 de febrero de 2013

Los Destructores

El artefacto que representa de forma perfecta el tema de hoy es su homónimo naval: creado para destruir. Por descontado, un destructor sirve para más cosas, pero todas ellas son efectos colaterales derivados de su función principal, que es «destruir».  Nos vamos a referir a los destructores humanos, bautizados por la industria cinematográfica como «Terminators».

Destructor en acción.
Siguiendo con el bosquejo de su perfil, diríamos que se trata de personas que disfrutarían manejando una bola de demolición, una herramienta que de forma legal, incluso remunerada, reduce a escombros el objeto de su atención. Aunque lo más frecuente es que se trate de simples aficionados que practican la destrucción en sus ratos libres de forma totalmente desinteresada y altruista, excepción hecha de la enorme satisfacción que les reporta y del aumento de su autoestima.

Dediquemos ahora la atención al objeto de sus preocupaciones, el cual no es físico sino intelectual. Se dedican a destruir ideas, normalmente vertidas en formato físico (literatura o arte), aunque también actúan en formato verbal. En una aproximación un tanto simplista, los podríamos catalogar como practicantes de la crítica «destructiva», disfrazada normalmente de «sinceridad» valiente e independiente. Además, les caracteriza una actitud reservada que les lleva a aparecer solo cuando detectan oportunidad de "hacer sangre". Es decir, cuando creen que su crítica hará especial daño al criticado. Esto se debe a una especial sensibilidad para sentir la satisfacción ajena, la cual les provoca unas molestias insoportables que sólo pueden ser mitigadas con la destrucción de la idea responsable y el correspondiente bajón mental del criticado. Ni que decir tiene que prefieren el combate corto, es decir, el que les permite «vivir» en directo la reacción a su deposición intelectual. Y si esta reacción es visceral, mejor que mejor.

Podrá argumentarse que a nadie le gusta la crítica y que es humano tildar de energúmenos a los que nos critican, pero vamos a intentar rebatir este argumento. El factor diferenciador es el mensaje -en el caso que exista-  que subyace en la propia crítica. Consideramos como mensaje, algo (sea idea, propuesta o reflexión) que represente una alternativa a lo destruido. Si no existe mensaje, si no nos queda más que cascotes o tierra calcinada, nos encontramos ante un destructor de tomo y lomo. Y resulta legítimo tomar medidas correctivas y preventivas frente al mismo. En cambio, no es de recibo el rechazar críticas «constructivas», críticas que propongan alternativas o puntos de vista divergentes, de cuyo análisis, a pesar de hipotéticos desacuerdos, no pueden desprenderse más que ventajas y enriquecimiento del conocimiento.

Ignoro si la condición de «destructor» es genética, hereditaria o adquirida. Lo que si puedo asegurar, tras una ya larga experiencia, es que su aparición no es dependiente de la edad y que, una vez aparecida, no solo no se pierde sino que se acentúa. Ilustraré el tema con una situación real -no sé si calificarla de anécdota- que me marcó y representó mi primer contacto profesional con un destructor "pata negra".
Yo era un imberbe ingeniero sin demasiada experiencia que acababa de ser empleado en una venerable empresa familiar como "adjunto a dirección industrial" con la expectativa de sustituir al venerable director industrial próximo a la jubilación. La reiteración del término "venerable" es del todo premeditada. Las instalaciones, la dirección general (la propiedad) y la dirección industrial eran provectas y venerables, hasta el punto de llamar a gritos una renovación, aconsejable además por una larga crisis empresarial que empezaba también a ser venerable (hablamos de tiempos felices donde no se sabía lo que era una crisis económica o de mercado). Uno de los problemas más importantes era que se desconocían las existencias en el almacén (hay que decir que se trataba de un almacén con más de 10.000 referencias) lo que provocaba un desbarajuste tanto en la producción interna como en las entregas a clientes. Me propuse resolverlo y apliqué unos elementales criterios basados en Pareto (regla 80/20) y en una clasificación ABC, determinando una tabla de muestreo que, con un nivel de confianza del 95%, redujese el tiempo de recuento físico y mejorase de forma determinante la fiabilidad de las existencias. Finalizado el trabajo, salí de mi despacho con el listado actualizado bajo el brazo y me encontré en el pasillo -oscuro, como casi todo en la empresa- con el provecto director industrial -quien, digámoslo ya, había asistido impávido al deterioro de la situación del almacén- y me apresuré a manifestar mi alegría mostrándole el resultado de mis esfuerzos y los del personal de almacén que se había apuntado con entusiasmo a la tarea. Al momento el pasillo empezó a iluminarse con un resplandor amarillento y cadavérico que emanaba de una especie de aura que flotaba en torno al destructor, quien, tras buscar una referencia determinada de entre los cientos de hojas del listado, la apuntó y sonriendo aviesamente sentenció: "esto está mal". Estas fueron las únicas palabras pronunciadas. Acto seguido, me devolvió el objeto destruido y, convencido de su triunfo, prosiguió imperturbable su camino.
Este ha sido para mí, el paradigma de un «destructor». Desde entonces, y ya ha llovido, he experimentado en innumerables ocasiones experiencias semejantes, tanto en la vida profesional como en el resto de ámbitos, en especial en las redes sociales, como respuesta a iniciativas constructivas cuyo objetivo -quizá egoísta- es fomentar el diálogo y el intercambio de opiniones con objeto de aumentar el conocimiento (y vaya si se aumenta). En estos ámbitos, los destructores se caracterizan también por frases lapidarias (yo las califico de deposiciones) que no dejan lugar alguno a la controversia, a modo de verdades absolutas e incontestables.

Creo que queda claro que no comparto este estilo de actuación, aunque a veces el contagio reactivo acecha. En cualquier caso, en un esquema ético de calidad y excelente, debe estar erradicado. En particular, creo que el mejor antídoto consiste en disfrutar de los logros de nuestros interlocutores y hacérselo saber. Esta actitud representa la mejor vacuna. Respecto a actitudes preventivas no hay nada que hacer. Están agazapados y aparecen cuando uno menos se lo espera. La parte positiva es que el destructor queda retratado de por vida. Aprendamos a convivir con ellos.

Terminamos dedicándoles un consejo:

"Cuando quedas atrapado en la destrucción, debes abrir una puerta a la creación" (Anais Nin)

domingo, 10 de febrero de 2013

La (des)Confianza

Para empezar, tenemos un título y una pantalla en blanco que se va llenando progresivamente con estas palabras. Y nada más. Debo reconocer que, a diferencia de otras ocasiones, no tengo en mi mente consciente mucho más. Supongo que la semana ha sido pródiga en acontecimientos que han interaccionado especialmente con las neuronas relacionadas con el concepto «confianza» y que esto me ha llevado a sintetizar mis conclusiones mentales en el título, con el que pretendo expresar el meollo de la cuestión: la posible complementariedad del concepto. Pero, curiosamente, no está desarrollado. Sólo tengo claro el título. El resto está ahí -de otra forma, difícilmente tendríamos título- oculto, difuminado entre neuronas y sinapsis, en una demostración de la fabulosa capacidad de la mente para la síntesis de información extensa y compleja. Empezaremos pues por lo único que tenemos: el título.

Atentos, sin obsesiones, pero atentos.
Desde que empecé a interesarme por la mecánica cuántica, he tenido que reconsiderar ideas y conceptos, para mí inamovibles, que ahora veo como prejuicios erróneos. Mi mundo aceptaba como «natural» lo continuo, aplicado, en primer lugar, a las variables fundamentales que nos relacionan con el entorno, es decir, las coordenadas espacio-temporales y, en segundo lugar, a todo lo demás. Por ejemplo, en mi pasado errado -diré que estoy hablando de casi medio siglo- denosté de forma permanente la música digital con el peregrino argumento de que hurtaba, en origen, información al oyente, olvidando la permanente y distorsionadora tarea de la percepción sensorial, presente, incluso, en la escucha de música en directo, superior, en todo caso, a la introducida por el muestreo digital. Hoy, gracias a la mecánica cuántica, sabemos que el mundo es discreto. Que la constante de Plank establece que existen límites inferiores que no se pueden rebasar y que esto es aplicable desde la energía -el cuanto- hasta las longitudes y el tiempo. Por lo tanto, la naturaleza es discreta y se compone de estados discretos, siendo la mínima -o máxima- expresión de esta discontinuidad el estado binario: sí o no, verdadero o falso (este tema ha merecido atención en la entrada "Ética cuántica, rampas y escaleras").

Quizá -especulo- que esto me haya llevado a una situación vital en la que tengo la inevitable tendencia a plantearme inicialmente las cosas de forma discreta y binaria. Esto implica pensar únicamente en los extremos, olvidando el sabio principio aristotélico de la excelencia del punto medio. Bien es verdad que, frecuentemente, tras una reflexión posterior, abandono el extremismo, pero, aún en estos casos, permanece la "cuantización". Ya no es un estado binario, sino una escala de grados, pero finita.

Entonces, el título creo que expresa, en primera aproximación, que la confianza - o la desconfianza- se tiene o no se tiene. Que da absolutamente lo mismo hablar de una cosa que de su opuesta. Y en este momento es cuando veo -pienso- con claridad que esta conclusión no desarrollada precisa justificación. A ello vamos. Ya tenemos proyecto de artículo.

Consensuemos el significado del término en el alcance del artículo. Adoptaremos la acepción del Diccionario RAE derivada de «confiar»: "Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa". Por lo tanto, diremos que la confianza es la que te faculta para «confiar» en alguien, a quien harías conocedor o depositario de cualquier cosa tuya. Por lo tanto, sólo estará en condiciones de ser sujeto de confianza quien, en nuestra opinión, lo merezca. Recíprocamente, sólo seremos merecedores de confianza si así le parece a alguien de nuestro entorno.

Ahora lo tenemos un poco más claro. Egoísticamente, nos gustaría estar rodeados de personas de confianza. Personas a las que se les pudiera «confiar» cualquier cosa (otra cosa muy distinta es que lo hagamos). Hasta aquí, nos movemos en el plano más vulgar y utilitarista del análisis: el de nuestros intereses, lógicamente humanos y absolutamente lícitos. Lo que le pedimos al entorno. Pero ¿y lo que le damos? ¿Le damos confianza? ¿Nos esforzamos en merecer su confianza? Aquí es cuando entra en juego la ética personal. Reflexionaremos sobre ello en las conclusiones. Sigamos.

La utilización en las cuestiones anteriores del verbo "dar" plantea otra de las incógnitas que intentaremos desvelar: ¿acaso la confianza puede ser objeto de mercadeo? ¿Podemos comprar y vender confianza? Creemos sinceramente que no. La confianza se regala. Se entrega gratis. Pero a quien se la merezca. Quien se la haya ganado. Ni me imagino la confianza que merece quien nos la vende. Quien nos dice que si le pagamos bien (con dinero, adulaciones, satisfacción de su ego, etc.) nos será fiel hasta... ¿cuándo?Ninguna.

Analicemos ahora si la confianza es un estado binario. ¿Podemos «confiar» sólo en algunas cosas? Evidentemente, la respuesta es subjetiva. Habrá quien responda afirmativamente. En cambio, en esto, prevalece mi tendencia extremista. Creo que no. La confianza se da cuando no existe desconfianza. Y cuando aparece la mínima traza de desconfianza, se retira. Resultaría absurdo «confiar» en parte y «desconfiar» en el resto. Por lo tanto, en mi humilde opinión, «desconfiar» es no «confiar». Sin términos medios.

Concluyendo, dedicaremos la atención a nuestra relación con la confianza. A su integración en los compromisos que conforman nuestra ética personal. Creo sinceramente que debemos asumir el compromiso de merecer confianza. Aunque no nos la otorguen. Y, por descontado, merecerla gratis. Sin exigir nada a cambio.Y esto se consigue con el ejemplo. Merecer para exigir. Veámoslo así: si le merecemos confianza a los demás, también estaremos más cómodos con nosotros mismos. Será más difícil que nos engañemos. Utilizando el concepto, «confiaremos» en nuestras fuerzas y capacidades para afrontar las dificultades. Tendremos confianza en nosotros mismos. En último término, llegado el caso, es lo único que tenemos.

NOTA: Al finalizar este escrito, me viene a la memoria el catalizador del título y del artículo: la (des)confianza en nuestros políticos. Queda abierta la pregunta: ¿la merecen?

"La confianza no se compra ni se vende: se regala. Pero hay que merecerla".

jueves, 11 de octubre de 2012

Ética y Redes sociales

La experiencia adquirida desde los aproximadamente seis meses de interacción con alguna de ellas (las de bajo nivel, después me explico) me ha llevado a plantearme seriamente la potencial o real incidencia de las mismas en nuestra ética personal. Durante este tiempo he tenido tiempo de asistir pasiva y activamente a toda una pléyade de hechos variopintos que en algunos casos simplemente me han divertido y en otros, la mayoría, me han despertado reflexiones de un cierto calado.

Me gustaría empezar con una puntualización sobre el significado del manido concepto de red "social". En principio, distingo entre tres tipos:
  • La red social por excelencia, Internet. Esta red se caracteriza porque no es necesario definir perfil personal alguno ni exige control de acceso. Es la red universal. Por el mero hecho de abrir un navegador ya estamos "socializados" y su "conciencia" oculta es la que se encarga de mantener adecuadamente actualizado, no sabemos para beneficio de quién, nuestro perfil personal. No debemos preocuparnos de nada más. Es la capa superior de la jerarquía de las sub-redes (también "sociales", por supuesto). Todas ellas la utilizan. Su perversa importancia radica en que registra todas nuestras actividades de forma absolutamente taimada y transparente para el usuario;
  • los buscadores, en particular el predominante: Google. A pesar de su querencia por competir con redes de tercer nivel (Google+), la creación de un perfil personal es voluntaria y su acceso es tan fácil como el acceso a la madre de todas las redes. Proporciona servicios de tan amplio espectro que resulta realmente difícil sustraerse a sus encantos. Y nuestra exposición a no se sabe cuales o cuantas bases de datos, de ignorado y no siempre deseable propósito, aumenta exponencialmente. Pero a este nivel, a menos de que nos declaremos "resistentes" tecnológicos, resulta realmente difícil sustraerse. Quiero decir con esto que las posibles consecuencias o impacto en nuestro día-a-día ético no nos deben preocupar demasiado porque son las mismas a que se enfrentan la mayoría de las personas, sino todas, que tienen y utilizan acceso a Internet. Lo tenemos metabolizado. Es "el progreso". Veamos ahora el tercer nivel; 
  • las propiamente dichas "redes sociales", entre las que destaco (son las únicas con las que he tonteado) Facebook y Twitter. Se caracterizan porque son de adscripción voluntaria, lo cual es lo que les confiere características muy especiales. Nos exigen la creación de un perfil personal así como una contraseña de acceso. Más voluntareidad, imposible. Y es en este momento cuando ya nos encontramos con la primera cuestión ética. ¿Nos desnudamos o creamos un perfil ficticio? Si decidimos desnudarnos, ¿hasta dónde? No son cuestiones baladíes. Y nos ponen rápidamente frente a nosotros mismos. Todavía no hemos empezado y ya estamos ante el espejo.
Una vez presentado el tema, resulta justificado y obvio que nos vamos a centrar en el tercer nivel y en la fuerte diferenciación existente entre las dos redes citadas y en su impacto en nuestra ética. A este respecto quiero dejar muy claro que el análisis que sigue se nutre de mi escasa experiencia en ambas y, lógicamente, estará sesgado. Pero, por lo menos, creo puede tener algún interés general. Concretamente, a mí me ha servido para estimular la reflexión y, en algún caso, para reconsiderar dogmas internos (que no desvelaré, por supuesto).

Facebook: Libro de caras. Tengo que aceptar que mi primer contacto con él fue descorazonador. No entendía nada. Que si el muro por aquí, que si no tienes ningún amigo por allá, que si quieres "buscar" amigos, etc., etc. Y lo más impresionante: esa cara sin cara omnipresente que te lleva a la convicción de que hasta que no resuelvas esta indefinición no eres nadie. Luego empiezas por tu familia y poco a poco le vas pillando el tranquillo. No tardas demasiado en apreciar una compleja simplicidad engañosa. En esta complejidad es donde me he sumergido en búsqueda de "valor añadido" respecto a los tiempos en los que no estaba socializado en red. Y la verdad es que los resultados han sido dispares. Un resumen de mi situación: pocos amigos, "me gustan" pocas páginas, pertenezco a dos grupos filosóficos donde ejerzo sólo de oyente (por agotamiento intelectual), a dos grupos de física cuántica donde participo realmente poco (por falta de conocimientos) y he creado recientemente un grupo donde pretendo "socializar" a la Ciencia y la Filosofía (ímproba tarea). Este es mi discreto bagaje. Y en todo este periplo es donde he coleccionado tal variedad de experiencias, todas positivas, que no puedo por menos que estar satisfecho (en el sentido de que no me arrepiento, que volvería a hacerlo). A pesar de la profunda insatisfacción puntual que he sentido en muchos momentos. Pero, sinceramente, aunque parezca una contradicción, "valor añadido", poco.

Por ejemplo, ha aprendido que existen coleccionistas de amigos "virtuales" (doy fe de quien tiene más de 2.000) y a los que "les gusta" más de 200 páginas. Este hecho me provocó (temporalmente) un grave complejo de inferioridad al no comprender cómo le podían prestar atención a todos estos estímulos voluntarios, habida cuenta de que cualquier nueva actividad de "tus amigos" y "tus páginas" aparece bajo el estimulante epígrafe de "Últimas noticias" (yo, con "sólo" 24 amigos y "sólo" 6 páginas me paso un buen rato cada mañana). Pero enseguida comprendí que uno mismo podía decidir lo que aparecía en las "últimas noticias". Por lo tanto, esto resolvía el problema de la avalancha de datos, pero me dejaba un tanto perplejo de porqué a la gente no le importaba conocer inmediatamente su actividad. Y entonces comprendí que el concepto de amigo "virtual" era muy polifacético. Que cada uno de nosotros establece en su ética personal lo que caracteriza a una amistad (sin adjetivos) y que, posteriormente, se trata de decidir cuales de estas características no son de aplicación (se excluyen) en el caso de una amistad "virtual". Por lo tanto, para mí, una amistad "virtual" es un subconjunto de una amistad. Por ello, una amistad virtual tiene siempre atributos positivos, menos que la amistad física, pero pertenece a la misma categoría. Esto es lo que me lleva a no comprender a los coleccionistas de amigos virtuales a los que califican, a mi modo de ver, peyorativamente, de "agregados". Para ellos, pertenecen a otra categoría. Ante esta disyuntiva, mi elección es clara: me quedo con mi ética.

Luego nos encontramos con los no "amigos". Normalmente, te los encuentras en los grupos. Aquí, al no haber filtro alguno, nos encontramos con la misma fauna no virtual, pero, en mi opinión, corregida y aumentada. Grandezas y miserias. Trolls, suplantadores de personalidad, ladrones de perfiles, maleducados, intolerantes, perfiles ocultos o inexistentes, destructores gratuitos de la convivencia amigable y muchos, pero muchos, espectadores pasivos. No me voy a olvidar de los educados, de los críticos constructivos, de los realmente interesados en intercambiar conocimientos y en el enriquecimiento mutuo. Pero pocos, muy pocos. Y a pesar de que la ética es una característica personal e intrasferible, gracias a mi estéril lucha contra los molinos de viento he llegado a la conclusión de que los grupos de Facebook tienen una suerte de ética colectiva propia en la que la tolerancia se manifiesta como un caso particular de "relativismo" (ver "Las Cuatro Tolerancias"). Veamos: normalmente participan muy pocos. En un ejemplo de un grupo con 2.000 miembros, no participan habitualmente más de 20. Nadie objeta nada a los insultos, desmanes y vejaciones de algún miembro, pero cuando montas en cólera y publicas razonamientos serios y educados solicitando reacción de la comunidad, incluso la expulsión del salvaje, lo único que consigues es que aparezcan inmediatamente los "invisibles" y te tilden, como poco, de intolerante y autoritario (como poco). Y de esto si que he aprendido. He modulado mi natural explosividad y he confirmado la bondad del principio asumido de "pensar antes de actuar". Y creo que es una buena adquisición ética. También para la vida real. Las cosas son como son. Hay que saber identificar los retos. El discurso en un grupo virtual no es más que un discurso virtual. Sólo tiene sentido si te enriquece. Creo que en este tema es aceptable adoptar un enfoque egoísta y utilitarista. Todos los miembros de una red social son voluntarios. Y cada uno se manifiesta como quiere. ¿Quién soy yo para pretender cambiarlo? Ahora bien, nuestro comportamiento debe responder a nuestra ética. Y el comportamiento de los demás evidencia la suya. Y ya está.

Por último ¿qué decir de los silencios y de los "me gusta"? Las consecuencias de la no actividad (silencio) y de la mínima actividad (pulsar "me gusta") son también dignas de atención. El silencio sólo tiene sentido en los grupos donde se dispone de un indicador que revela si un miembro ha "visto" una publicación. Si no la ha "visto", el miembro se encuentra más allá del silencio. A menos que no te dediques a una investigación de actividad en otros foros o en su muro, se encuentra en la misma situación que un usuario cualquiera, amigo o no. Nunca sabrás si está de vacaciones o si, sencillamente, pasa del grupo. Está en una especie de limbo, por lo que nos olvidaremos de él. Pero quien ha "visto" una publicación y no pulsa "me gusta", con su inacción está transmitiendo un mensaje claro. Esta publicación "vista" no le interesa lo más mínimo. Y esto puede hacer mella en el ego del publicador. No debe, pero puede. Si publicamos, debemos ser refractarios a esto. Es el equivalente a quien se pasea por una librería y no se interesa por ningún libro. Yo compararía un "me gusta" con coger un libro, leer la contraportada y volverlo a dejar o comprarlo. Hemos mostrado interés. Esto es lo que hago yo. Pienso en el publicador. Creo en su motivación. Y si el tema me parece interesante y bien planteado, "me gusta". Porque me ha hecho pensar. Bien mirado, el paralelismo con la vida real debería ser total. Cuando alguien te plantea algo, si lo hace educada, inteligente y adecuadamente, debería merecer tu atención. A pesar de que no lo compartas. Y él merece que se lo hagas saber. En la vida real, mirándole a los ojos, poniéndote a su altura, atendiéndole. En Facebook, pulsando "me gusta". Después hablaremos o no, debatiremos o no. Estaremos de acuerdo o no. Esto es lo que significa para mí "me gusta".

Twitter. Pío, pío. A mi modo de ver, simple y efectivo. Reglas de juego claras. Mensajes de longitud acotada. Tribunas y seguidores. Prácticamente no lo utilizo. Pero nada que ver con Facebook. En mi opinión impacta menos a la ética personal. Mi análisis será casi tan corto como un "twit": Estrellas de la música, del deporte, personajes populares, etc., tienen una herramienta inmejorable para difundir sus mensajes y sus seguidores de estar al día. Y además, es una herramienta simple y práctica para la comunicación entre usuarios. Más que Facebook. El riesgo principal es que sus estadísticas, rankings y tendencias puedan ser sobrevalorados, mas allá de lo que significan realmente, por parte de seguidores con déficit de información externa al propio Twitter. Se autoalimenta y creo que es fácilmente manipulable. Pero no más que otros medios, virtuales o no.

En resumen, las redes "sociales" nos brindan una excelente oportunidad para revisar y practicar muchos de nuestros principios éticos. Resultan espejos y, a la vez, escaparates de nuestra personalidad. A pesar del aparente anonimato, nuestras acciones y publicaciones nos delatan. Seamos coherentes con nuestra ética. No es bueno caer en un trastorno de personalidad y crear una ética "virtual".  No olvidemos que estamos en ellas de forma voluntaria y que nuestros "amigos" tienen el derecho de saber con quien están tratando. De otro modo, nos engañaremos a nosotros mismos.

"Una pantalla grande sólo hace el doble de mala a una mala película" (Samuel Goldwyn)

miércoles, 25 de julio de 2012

Egoísmo, Yoísmo y Creatividad

Un yoísta en acción
Empezaremos diciendo que el término "yoísmo" no está reconocido por la Real Academia, a pesar de lo cual su utilización es bastante frecuente, lo que no descarta su futura homologación, ya que el significado aplicado por "la calle", difiere notablemente del etimológicamente muy próximo "egoísmo". Por lo tanto, aventuraremos una definición propia: "una preocupación desmesurada y enfermiza por exaltar públicamente el yo (ego)". Pienso que, aunque difícil, yoísmo y egoísmo pueden darse por separado. El yoísmo se manifiesta por la necesidad de que los demás perciban nuestra condición superior, mientras que el egoísmo implica pensar en nosotros mismos antes que en el prójimo. Por lo tanto, el egoísmo puede darse aunque nos sintamos inferiores, lo cual es, en mi opinión, absolutamente incompatible con el yoísmo. Es esta convicción de nuestra superioridad la que induce, en los aquejados de yoísmo, a su compulsiva exteriorización. Por lo tanto, repito: "Yoísmo no es egoísmo".

También conviene fijar las coordenadas espacio-temporales en las que se genera esta entrada: Tras dos semanas de convalecencia de una intervención de cataratas, leo (con zoom en el iPad) una entrevista a Moisés Fernández Via, joven compositor y multi-instrumentista, una persona que tiene todos los números para sentirse autorealizado, con un subidón de autoestima y una cierta justificación para ser candidato a egocéntrico. En esta entrevista suelta una frase que me impacta: "El proceso creativo me saca del yoísmo". Como se puede apreciar, el término "inexistente" en su propia boca.
Paralelamente, en uno de los foros de filosofía donde participo (ahora muy poco) se mantiene un cierto debate sobre el egocentrismo con acusaciones cruzadas y descalificaciones constantes, nada filosóficas, por cierto. Esta conveniente y oportuna combinación es la que me ha llevado a las reflexiones publicadas en esta entrada del blog, con el propósito de que sirvan para recapacitar sobre el tema. A mí, me ha servido.

Hecha esta aclaración, empecemos con mis reflexiones:

La creatividad es el mejor antídoto contra el yoísmo. Y la monotonía, en cambio, lo alimenta. El afán de éxito, satisfacción y excelencia personal es perfectamente digno, pero debe mantenerse en el plano personal (en el de la autorealización o autoestima, cúspide de la pirámide de Maslow). La repetición voluntaria y consciente del mismo discurso, con la pretensión de ilustrar al entorno de la verdad (de nuestra verdad) únicamente tiene sentido como una necesidad de afirmación del yo, evidenciando, paradójicamente, una notable inseguridad en sí mismo.

Sensu contrario, la constante búsqueda de respuestas alternativas, lo que implica la aceptación de planteamientos y pensamientos ajenos (el cambio, la creatividad, en suma), es la mejor vacuna contra los ataques de yoísmo.

El convencimiento de haber alcanzado la excelencia personal es perfectamente lícito, pero no es preciso publicitarlo, ya que hacerlo puede resultar contraproducente.

No estamos hablando de llevar un cartel pegado en el pecho, pero debemos ser conscientes de que a través de la actitud, de la rotundidad de las sentencias, de la tasada combinación de onomatopeyas, frases cortas y exposiciones eruditas, de la ausencia de respuesta y consideración de las posiciones del interlocutor y, en suma, de dar la impresión de ostentar la verdad absoluta, se es mas explícito que disfrazándose de hombre-anuncio.

Esta actitud es apropiada (incluso adecuada) en clases magistrales, conferencias o turnos de preguntas, pero absolutamente inapropiada en mesas redondas, tertulias o debates, ya que, en este caso, el entorno tiene voz y, como humano que es, corazoncito, por lo que necesita percibir atención y consideración a sus propios planteamientos. Esto es lo que diferencia un diálogo de un monólogo.

Pero para ello, se necesita una mentalidad abierta y creativa, dispuesta a considerar alternativas a los planteamientos propios, los cuales, no lo olvidemos, pueden no ser los más acertados (observemos que no he dicho "erróneos"). Cada uno tiene "su verdad", y si le sirve, buena es. Pero lo que no es de recibo es querer imponerla a los demás. Y si este no es el propósito, ignorar los plantamientos ajenos y desautorizarlos con "nuestra verdad" no consigue otro resultado que irritar al contrario y, como efecto colateral, afirmar el yo, en una clara demostración de egocentrismo.

Cualquiera que haya hablado en público con frecuencia habrá experimentado la importancia de la actitud, incluso postural, para conseguir una razonable empatía entre el parlante y el auditorio. Esta necesidad se ve acrecentada en diálogos virtuales, donde no tienes realimentación visual y cuentan hasta los segundos, minutos, horas o días que tardan las respuestas, tardanza que puede interpretarse de variadas formas, incluyendo el propósito de "ningunear" al oponente. Por esto resulta importantísimo "ponerse en la piel" de tu interlocutor, al cual, en este momento, debes verlo como tu cliente, y, por lo tanto, tu obligación es mantenerlo satisfecho. Lo que implica pensar en él. Todo lo contrario al yoísmo. Y la mejor manera es atender sus reflexiones y aceptar que pueden ser acertadas. Y si estamos convencidos que no lo son (puede ser que argumente que 2 + 2 son 5) hacérselo ver educadamente, sin prepotencia ni frases lapidarias. Poniéndonos a su altura intelectual (en el caso de suponer que es inferior, aunque, frecuentemente, el yoísta se olvida de que su interlocutor puede ser superior).

A esto le llamo yo tener mentalidad abierta y creativa. Por muy fuertes que sean tus convicciones, siempre puedes modificarlas con aportaciones propias y de tu entorno. ¿Alguien es capaz de afirmar que sus convicciones más íntimas no se han modificado desde la pubertad? ¿incluso en el úitimo año? Nadie en su sano juicio. El Yo es personal e intransferible. No hace falta publicitarlo. Nuestros actos y nuestras omisiones lo evidenciarán mejor que la exposición explícita de nuestra "musculatura íntima". Percibirán nuestra excelencia de forma voluntaria y no impuesta. Mucho mejor. Pensemos en ello.

"El proceso creativo me saca del yoísmo" (Moisés Fernández Via. Compositor).

"No te vendas, deja que te compren. Aunque resulte paradójico, aumentará tu autoestima" (Germán Gallego)

"Cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta" (Pío Baroja).

"Un egoísta es aquel que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estás muriendo de ganas de hablarle de ti" (Jean Cocteau).

sábado, 23 de junio de 2012

Yo, mi propio líder

No descubriré nada si dejo aquí constancia del desprestigio en que se encuentra el término líder. Y no sólo el término, sino el concepto que subyace en el mismo. Mi opinión al respecto ya ha quedado fundamentada en la entrada “Líder o Caudillo” del blog Empresarial, por lo que no me voy a repetir. Todo lo que allí se dice es perfectamente extrapolable al ámbito que nos ocupa. También dejamos establecido que “la Vida es una Empresa”. Por lo tanto, veamos cómo podemos aplicar el liderazgo a la Empresa que es nuestra Vida,

Una vez establecida y aceptada (1) nuestra función en la vida, patentizada en los compromisos externos (qué hacer) e internos (cómo hacer), nos encontramos ante toda una colección de actividades ordinarias y extraordinarias que deben ejecutarse para dar satisfacción a nuestro entorno y, cómo no, a nuestra persona.

En mi opinión, nuestra existencia queda evidenciada por los efectos causados por nuestras acciones. Por lo tanto, “quien no hace nada, no existe”. De hecho, para hablar con propiedad (en filosofía, los términos todo o nada, así como las afirmaciones o negaciones absolutas no se sostienen) deberíamos matizar: “en el improbable supuesto de que existiese alguien que no ejecutase ninguna acción, nadie se apercibiría de su existencia”(2).

Dada la obviedad de nuestra existencia (en mi caso, como mínimo manifestada por la escritura de esta entrada, la cual espero que lea alguien) resulta indudable que estamos constantemente ejecutando actividades, cuyos efectos sobre nuestro entorno y sobre nuestra persona son los que dan sentido al Yo.

No voy a entrar en las profundas disquisiciones a que nos llevaría analizar en profundidad el significado del concepto, fundamentalmente por mi ignorancia en el tema, en absoluto paliada por el conocimiento superficial de las distintas corrientes de pensamiento que le han dedicado atención en la historia de la filosofía. Pero voy a exponer mi particular punto de vista que, con toda seguridad, será juzgado de simplificación extrema.

Yo, mi líder, cómodo
Entiendo el Yo como algo empírico, como el resultado de todas nuestras sensaciones y percepciones. Es lo que nos da conciencia de nuestra propia existencia y lo que nos convierte en el Sujeto de todos nuestros actos. Cuando decimos “Pienso, luego existo”, o mi variante “Actúo, luego existo” quien piensa y actúa soy Yo. No es egoísmo. Es realismo. En estos supuestos, soy El Sujeto. Y actuando en su nombre (que es el mío) es cuando interacciono con mi entorno. Por lo tanto, Yo soy lo más importante.

Pienso también que el equilibrio, la Excelencia del Yo reside en la adecuación del bucle recursivo Yo -> Actos -> Efectos -> Percepción -> Yo a los compromisos internos y externos adquiridos conscientemente y que definen nuestra función en la vida. En este ciclo recursivo permanente, resulta lógico que la percepción de los efectos de actos inadecuados (3) puede afectar, incluso desestabilizar, al Yo más pintado.

Ni que decir tiene, que una gestión adecuada (incluso defensiva) del Yo incluye la adaptación permanente de nuestros compromisos a la realidad de nuestro entorno. Esto no debe ser tomado como un planteamiento cómodo o posibilista. Es un planteamiento realista, situado en los antípodas de dogmatismos y fundamentalismos. Adaptación al medio y las antenas (nuestros sentidos) siempre atentas a los cambios que, inevitablemente, se producen. A título de ejemplo: de nada sirve seguir llevando a nuestro hijo a la escuela de tenis (se supone que en su día, le proporcionaba satisfacción) si ya no le satisface y no nos hemos dado cuenta de ello. Peor todavía es insistir en ello a sabiendas, con la peregrina justificación de que el pobre todavía no sabe lo que le conviene. Con el paso del tiempo nuestro Yo (y el de nuestro hijo) se verá afectado por sentimientos tales como la incomprensión, el desagradecimiento y muchos más. Ejemplos de este fundamentalismo o autismo los podemos ver constantemente en cualquier ámbito (personal, empresarial o político).

Quiero hacer también una reflexión sobre el desprestigio del Yo en determinados foros o ámbitos. Se argumenta que la conciencia del Yo es egoísta e insolidaria. Incluso se le atribuye el origen de todos los males que asolan a la humanidad. A esto únicamente argumentaré que no es el mismo Yo el de Hitler que el de Gandhi. Leamos atentamente la frase al pie y creo que sobran más palabras. Un ejemplo de Yo y de líder. De la humanidad, pero empezado por sí mismo. ¿Era Gandhi un egoísta?

Por lo tanto, el Yo debe ser gestionado adecuadamente. Sin olvidar que el término gestión incluye mejora. ¿Por quién? Por nosotros mismos. Yo debo ser mi propio líder. Controlar mis actos, procurar que respondan a mis compromisos (que deberían ser coherentes con mis convicciones). En resumen: mantener el Yo estable; asegurar la propia identidad.

"He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona, y esa persona soy yo mismo, y sé cuán difícil es conseguirlo" (Mahatma Gandhi)

1 – Este punto es de importancia capital. Implica el reconocimiento de nuestras capacidades y limitaciones con el objeto de descartar estados crónicos de frustración e insatisfacción.
2 – A pesar de todo, prefiero la primera afirmación. No hay forma de evitar la aparición de términos como “nadie” o “ninguna”. A pesar de la incongruencia lógica que representa la doble negación: “no hacer nada” es hacer algo. Deberíamos decir “hacer nada”. A pesar de ello, mantenemos la construcción gramatical al uso.
3 – Nos referimos a la adecuación a los compromisos vigentes en cada momento.

viernes, 18 de mayo de 2012

Qué hacer, Cómo hacer

Ha llegado el momento de ponernos trascendentes y preguntarnos por nuestra función en la vida. Lo que introduce un nuevo término en el blog: ¿qué significa función?

“Función es el efecto de un producto o de uno de sus componentes”(1)

Traduzcamos esta definición (propia del ámbito empresarial) al ámbito personal, sustituyendo “producto” por “resultado de un proceso” y “proceso” por “secuencia de actividades”:

“Función es el efecto causado por nuestras actividades”

Para Aristóteles todos los seres naturales (incluidos los humanos) tienden a cumplir la función que les es propia y están orientados a realizar completamente sus potencialidades. El bien, que es lo mismo que la perfección de un ser o la realización de sus capacidades, es cumplir su función propia, aquello que solo él puede realizar. Y añadimos que, en el ser humano, la excelencia, se consigue cuando coincide lo que se puede (nuestra capacidad) con lo que se quiere (nuestros deseos) y, además, se hace. Esto es la auténtica excelencia (probablemente, inalcanzable).

Se entra aquí en un terreno espinoso en el que entran en juego conceptos tan dispares como nuestras capacidades personales, el conocimiento y aceptación de nuestras limitaciones, las oportunidades que se nos brindan, la responsabilidad social, derechos personales y deberes frente a los demás, etc. En suma, un cóctel que puede llegar a indigestarse. Y el resultado de este cóctel, convenientemente agitado y diluído, es precisamente nuestra función en la vida: “lo que queremos hacer”.

Conviene resaltar que esta definición es esencialmente dinámica (“hacer” es sinónimo de acción), en contraposición con la desgastada frase “lo que queremos ser”, expresión estática y contemplativa habitualmente asociada con la autorrealización o la autoestima mal (o superficialmente) entendida.

De nosotros depende conseguir la fórmula (las proporciones adecuadas de los ingredientes) para establecer con realismo nuestras necesidades, ajustándolas a nuestras capacidades y oportunidades. En caso contrario, ni satisfacción ni felicidad. Sólo cosecharemos un memorial interminable de agravios e injusticias.

Repitamos: ¿Cual es nuestra función en la vida? “Lo que queremos hacer”.

Y resulta obvio que esta función se expresa mediante los compromisos adquiridos voluntariamente. Su cumplimiento y satisfacción es lo nos permitirá alcanzar (o aumentar) nuestra felicidad y la de nuestro entorno.

Pero además de saber “qué” hacer (lo que queremos hacer), debemos saber “cómo” hacerlo. Y aquí entramos en otro nivel de dificultad, porque las cosas pueden hacerse de muy distintas formas. Podemos decir que el mismo efecto (la misma función) puede ser producido por muchas causas.

Y, parecerá reiterativo, pero de nuevo podemos establecer correlaciones:

Qué hacer ↔ Cumplimiento ↔ Eficacia ↔ Calidad ↔ Satisfacción
Cómo hacer ↔ Cumplimiento ↔ Eficiencia ↔ Excelencia ↔ Felicidad

Esto conforma dos tipos de funciones íntimamente relacionadas:
  • Externas: son las que espera y percibe nuestro entorno. Establecen el “qué”. Esto es lo único que le interesa (el entorno es egoísta). Corresponden a los compromisos externos. Por ejemplo: Llevar a nuestros hijos al cine.
  • Internas: son las que debemos realizar para satisfacer las externas. Establecen el “cómo” (al entorno le importa un pimiento cómo lo hagamos). Corresponden a los compromisos internos. Por ejemplo: Terminando antes nuestras tareas para poder abandonar antes nuestro trabajo y poder llevar a nuestros hijos al cine.
Cerraremos el tema con una guinda filosófica. Nos vamos a olvidar del concepto absoluto aristotélico de la virtud (excelencia) y del bien y del mal. Sólo diremos que podemos definir la ética personal como el conjunto de nuestros compromisos(2) externos (el qué) e internos (el cómo). Este es nuestro bien y reitero que, si nuestros compromisos incluyen la felicidad de nuestro entorno, bienvenido sea nuestro egoísmo. La búsqueda y consecución a toda costa de nuestra felicidad será también la suya.

"No es feliz el que hace lo que quiere, sino el que quiere lo que hace” (anónimo)

NOTAS:
(1) Norma EN 1325-1 Vocabulario de la Gestión del Valor.
(2) Las funciones - los efectos que deseamos causar – que reconocemos como propias.  

domingo, 13 de mayo de 2012

Satisfacción y Felicidad

De entrada, conviene dejar clara la diferencia existente entre ambos términos:
  • La satisfacción es un efecto,
  • La felicidad es un estado.
Las razones de esta diferenciación residen en el hecho de que la satisfacción siempre tiene una causa. Cuando aseguramos que “estamos satisfechos” lo estamos respecto a algo, normalmente, el cumplimiento de alguno(s) de nuestros requisitos o necesidades. En cambio, no "estamos o no estamos" felices, sino que “somos o no somos” felices. Se trata de un estado de ánimo vital, difícilmente asimilable a una causa o situación específica. Por simplificar (y es mucho simplificar), si quisiéramos definir la felicidad como un efecto (formalmente, lo es), la causa sería haberse cumplido todas nuestras expectativas. Esta es la felicidad filosófica (con las implicaciones que representa el empleo del término “todas”). Más adelante volveremos sobre el tema. Sigamos con la satisfacción:

Apoyaremos nuestra reflexión recurriendo a la primera acepción proporcionada por la Real Academia Española. Satisfacción es: “efecto de satisfacer”. Y, “satisfacer” significa:“cumplir ciertos requisitos y exigencias”. Entonces, sustituyendo, tenemos como definición:

“efecto de cumplir ciertos requisitos y exigencias”

Queda confirmado. La satisfacción es un efecto. Y como todo efecto, tiene su(s) causa (s): el cumplimiento de nuestros compromisos. Pero no debemos olvidar que, en función de su alcance, el efecto (la satisfacción) se produce sobre nuestra persona (compromisos internos) y sobre nuestro entorno (compromisos externos) y que si nuestra satisfacción es conseguir la satisfacción de los demás, entonces, el egoísmo es una virtud.

Ahora bien, al igual que la Excelencia está más allá de la Calidad, ¿hay algo más allá de la Satisfacción?

Para Aristóteles, el fin (objeto) último del hombre es alcanzar la felicidad. Aun cuando la felicidad se puede también entender como placer o actividad contemplativa (mística), nosotros nos quedamos con su interpretación material (ética aristotélica o eudomonista) y la entendemos como un bien y como un fin (un objetivo, una meta, un deseo).

En esta interpretación, Aristóteles también establece que la felicidad tiene tres componentes: animal, racional y social, los cuales son absolutamente coherentes con las Necesidades personales de Maslow, recomendando para todos ellos, la búsqueda de la virtud. Es decir, el punto medio, el equilibrio, la moderación entre pasiones opuestas (en lenguaje coloquial: es tan malo no llegar como pasarse).

Vamos a complementar el enfoque aristotélico con el pragmatismo del diccionario:

“Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien (alcanzar una meta, o las metas vitales” (RAE)

Y terminamos con reflexiones de cosecha propia:

Si excelencia es más que calidad y calidad es satisfacción, entonces felicidad puede definirse como más que satisfacción: Satisfacción + Alegría. Mi reflexión es que, sin estar alegre, uno puede estar satisfecho pero difícilmente se puede ser feliz (no apto para masoquistas).

La felicidad se alcanza al conseguir (o creer que se ha conseguido) el bien al que se aspira. Es decir, nuestros compromisos. Nuestra ética. Aunque no se puede ser completamente feliz (la eficiencia infinita es imposible). Esto quizá se consigue (subrayo el quizá) en su acepción mística, pero seamos virtuosos, establezcamos compromisos razonables y conseguiremos una felicidad razonable.

Terminaremos estableciendo las equivalencias entre los términos clave:

Cumplimiento ↔ Eficacia ↔ Calidad ↔ Satisfacción
Cumplimiento ↔ Eficiencia ↔ Excelencia ↔ Felicidad

viernes, 4 de mayo de 2012

Compromisos y Entorno

Si la ética personal la conforman nuestros compromisos y asumiendo que, para poder presumir de un comportamiento ético, debemos cumplirlos, resulta obligado reflexionar sobre los mismos y profundizar en el significado del término.

A pesar de que, tras una lectura rápida y no meditada, podría ser considerado una obviedad y una redundancia, “el primer compromiso debería ser cumplir nuestros compromisos” (patento la frase). A esto añadiremos que este compromiso es el más importante y lo contraemos con nosotros mismos (no es preciso hacer publicidad a nuestro entorno), por lo que se trata de un compromiso interno.

Por lo tanto, los compromisos pueden definirse también como “lo que debemos cumplir”, es decir (en terminología empresarial): los requisitos.

El análisis detallado del término se encuentra en las entradas del blog empresarial “Necesidades y Expectativas” y “Cumplir o No Cumplir” (si no los ha leído, o no están frescos en su memoria, le recomendamos tenerlos a mano). A partir de su definición general, sólo nos queda extrapolar su aplicación al ámbito de la Ética personal mediante unos ejemplos.

En el ejemplo empresarial nos referíamos a los “compromisos” adquiridos con un cliente (receptor de un producto o servicio) que deseaba adquirir un cuchillo (el producto). En nuestro caso, entenderemos como clientes a “las personas físicas u organizaciones que puedan verse afectadas (directa o indirectamente) por las acciones resultantes del cumplimiento de nuestros compromisos” (me ha quedado algo largo, pero no lo he conseguido resumir).

Al objeto de nuestros compromisos externos le llamamos entorno y lo vamos a dividir en dos tipos:
  • Entorno próximo: miembros de la familia y amistades con contacto directo, íntimo y frecuente con nuestra persona, de tal modo que podamos percibir el efecto de nuestros actos. Sus miembros lo son per se. No depende de nosotros. Por ejemplo: esposa, hijos, tíos, amigos íntimos.
  • Entorno lejano: personas (familia o no) y organizaciones de cualquier índole, cuya distancia (física o sentimental) o carácter (dimensión, objetivos, etc.) no permite percibir el efecto de nuestros actos. Por ejemplo: un cuñado en Argentina, la ONU o la Fundación “Intervida”. La composición del entorno lejano es consecuencia directa de nuestros compromisos externos. Si una persona u organización no es objeto de ningún compromiso, no forma parte de nuestro entorno (por ejemplo, en mi caso, la Federación Española de Actividades Subacuáticas).
Obviamente, los compromisos internos los adquirimos con nosotros mismos (no somos entorno, siempre estamos en la lista).

Veamos ahora unos ejemplos de compromisos con el entorno próximo (relación no exhaustiva): Con nuestro hijo:
  • requisitos (establecidos): darle la paga convenida, permitirle una hora de videojuegos, etc.
  • necesidades (inherentes): vestir de forma adecuada, comer variado y suficiente, relacionarse con sus amistades en la forma y tiempo adecuadas a la edad, etc.
  • expectativas (de estima): más atención por parte del padre, menos actividades extraescolares, montar a caballo, etc.
Conviene resaltar que el entorno próximo es impuesto (no voluntario), por lo que resulta de extrema importancia ser sensible a la satisfacción de todos sus miembros. Además, en particular, llamamos la atención sobre la dificultad que plantea la identificación de las expectativas. Los requisitos, por su condición de explícitos o establecidos, han sido negociados, convenidos y, en último término, comprometidos con nuestro hijo y las necesidades responden a los hábitos sociales o culturales al uso. Pero las expectativas no las va pregonando a los cuatro vientos. Son personales y, normalmente, íntimas (p.e. nuestro hijo puede desear menor atención). Es nuestra responsabilidad identificarlas con objeto de, en la medida de lo posible, atenderlas y aumentar la satisfacción del cliente (en esta caso, nuestro hijo) y, como efecto colateral, la nuestra.

Finalizaremos con los compromisos con el entorno lejano, los cuales, siempre son voluntarios (nadie nos obliga a colaborar con una ONG). Siguiendo con este ejemplo, suponemos que el cumplimiento de un requisito (de la ONG) tal como pagar el recibo mensual, satisface sus necesidades y expectativas (las estatutarias). Nunca sabremos si las cumple realmente ni, tan siquiera, si gestionan adecuadamente nuestra aportación. Pero no nos importa porque, en una extraña combinación de egoísmo y altruismo, satisface las nuestras, gracias al cumplimiento de un compromiso interno (p.e. contribuir a disminuir la pobreza en el mundo).