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domingo, 29 de septiembre de 2013

Esterilización y talla intelectual

La mejor forma de apreciar tu talla intelectual es leyendo. Dependiendo de lo que leas te sentirás más o menos «alto». Obviamente, lo más recomendable y provechoso es sentirse un «enano».

Pensamiento esterilizado.
La lectura de una obra excepcional provoca inmediatamente sobre mi capacidad de escritura un efecto esterilizador de duración variable dependiendo del grado de excelencia percibido. Diríase que se activa en mí una especie de autocontrol que me impide entrar en liza con el excepcional escritor y con lo que ha escrito, fundamentalmente, por cómo lo ha escrito. Es inevitable. Me convierto en un «enano» intelectual. Frente al soporte en blanco –papel o pantalla–, el recuerdo de lo leído prevalece sobre cualquier intento creativo, llegándome a persuadir de que todo está escrito y que no tiene ningún sentido competir con la perfección, situación que me impide ligar pensamiento alguno y, consecuentemente, mancillar el virgen e inmaculado soporte con elementales letras y símbolos mal organizados en imperfectas y redundantes frases que, con toda seguridad, no interesarán a nadie, incluyendo, en estos tristes momentos, a mí mismo.

Después, una vez finalizada la lectura y transcurrido un cierto tiempo, los detalles –el cómo, las formas– se difuminan, persisten las platónicas ideas –el qué, el fondo–, va desapareciendo el efecto de la anestesia y empiezo de nuevo a pensar que existen variadas formas de escribir lo mismo y que, visto así, las esterilizantes lecturas excepcionales pueden llegar a ser una fuente de fertilidad. Porque lo que cuenta es la combinación de ambos conceptos, fondo y forma. Esto dignifica la frecuentemente denostada «apariencia» –la forma– frente a la exagerada importancia atribuida a la «esencia» –el fondo–. Y debo reconocer que, por lo menos en la escritura, esta conclusión socava fuertemente mis asentadas convicciones.

Y en estas estamos –leyendo un libro excepcional– cuando vence el plazo autoimpuesto de escribir, al menos, una entrada semanal en este blog. O sea, completamente esterilizado. Pero, paradójicamente, la pantalla no está en blanco. ¿Quiere esto decir que sólo he escrito tonterías que a nadie interesan? Probablemente. Pero no pienso vulnerar mi compromiso. De hecho, no he hecho más que transcribir reflexiones inmediatas, sin apelar en ningún caso a la mayor o menor fertilidad creativa de la que pueda disponer, tarea perfectamente compatible –creo– con mi estéril estado actual. Por lo tanto, lo escrito, escrito está. Sólo falta intentar cerrar dignamente el tema.

Me pregunto: Si una buena lectura afecta, aunque sea temporalmente, a tu capacidad de escribir... oír hablar bien, asistir a una excepcional conferencia, escuchar un excelente discurso ¿afecta a tu capacidad de expresión oral? Evidentemente, no me refiero al corto plazo. Doy por supuesto que, del mismo modo que es altamente dificultoso leer y escribir al mismo tiempo, resulta cuando menos inapropiado –aunque posible– arrancar a hablar en pleno discurso ajeno. Me refiero al medio y largo plazo. Al período en el que, literalmente, te han dejado sin habla. Y creo que las reflexiones sobre la temporal esterilización provocada sobre la escritura son perfectamente extrapolables a la expresión oral. Es más, probablemente, a cualquier expresión artística. En mi caso, aficionado a la música en general y mediocre practicante de guitarra, me encuentro en estado de esterilidad permanente, agravada tras la asistencia a algún concierto particularmente excepcional ejecutado por el(los) virtuoso(s) de turno –léase, por ejemplo, Eagles, Eric Clapton, Joe Bonamassa o Pat Metheny– en especial estado de gracia (que también tienen sus momentos bajos).

Porque nada nos viene de serie. A los efectos del tema tratado, todo nuestro conocimiento proviene de lo leído, lo visto o lo oído –si, lo sé, faltan tres sentidos–. Y, a menos que seas un loro, lo que te queda son las ideas, el fondo. Como mucho, por excepcional que sea, recordarás que te gustaron las formas, que te impactaron notablemente, pero poco más. Por lo tanto, cuando pretendas transmitir conocimiento, siempre deberás poner de tu parte. Es decir, explicarte, ya sea de forma oral o escrita, con tus propias palabras, exprimiendo tus circuitos mentales, desarrollando la esencia de lo aprendido. Y, con toda seguridad, a mayor excepcionalidad, a mayor perfección percibida en el momento de la adquisición del conocimiento, mayor esterilidad inmediata, pero también mayor fertilidad futura. Bienvenida sea pues la esterilización temporal. Sólo se precisa un poco de paciencia para digerir y destilar lo adquirido. En definitiva, para crear tu propia versión. Sin plagios.

Veamos ahora la aplicación de todo lo escrito al restringido dominio de este blog. Si no te comprenden, prueba a explicarte de otra forma, a ser imaginativo. La fertilidad propicia decir –o escribir– lo mismo con otras palabras, con otros giros gramaticales, con un vocabulario menos elitista, menos erudito. Si hace falta, baja tu nivel, la mejor forma de elevarlo*. Incorpora estos principios de actuación a tu ética personal. Explotando tu fertilidad, si logras que te comprendan, la calidad estará garantizada. Si además logras la excelencia, conseguirás esterilizar a tu interlocutor. Le harás sentirse un «enano». Y así seguirá la cadena.

* El tópico «ponerte a su altura» presupone que estás más alto y que bajas tu nivel. En realidad, el resultado es el contrario: siempre que lo haces elevas tu altura moral e intelectual.

martes, 10 de septiembre de 2013

Querencias manipuladas

«La mayor manipulación se da cuando consiguen que quieras lo que ellos quieren (y tú no querías)».

Porque lo consiguen. Por diversos métodos, pero lo consiguen. Y de paso, consiguen la legitimación de lo querido, transfiriendo a tu persona toda responsabilidad sobre las consecuencias –normalmente, buenas para ellos y malas para ti– de esta querencia.

Manipulado (quería seguir sentado)
andando...
Dada la íntima relación del tema con la ética de los sujetos implicados –en especial, la del manipulador–, el amplísimo espectro de actividades donde puede causar estragos –en especial, al manipulado– y la proximidad de acontecimientos que vienen al caso, vamos a dedicar la entrada de hoy a reflexionar un poco sobre esta constante vital, presente en todos nosotros, en mayor o menor grado, en uno u otro papel. Bueno será reconocerlo de partida.

Empezaremos estableciendo las premisas necesarias para poder hablar, en justa aplicación del término, de verdadera manipulación. En primer lugar, el potencial manipulador debe ser consciente de su condición. Es decir, debe tener la intención de doblegar la voluntad del manipulado, llevándola a desear lo que no desea. Porque no se trata de forzarle a aceptar algo no deseado, sino a desear lo no deseado, lo que caracteriza la sofisticada perversión que anida en toda manipulación que se precie.

Un plus de calidad se da cuando el manipulador no cree en lo que predica, caso más frecuente de lo que parece (en especial, en la clase política). Es en este caso cuando el manipulador adquiere su condición de maestro, rebajando a los creyentes a la categoría de simples aficionados, inducidos a fomentar el proselitismo por fuerzas no bastardas de índole natural, pudiéndose argumentar en su descargo que obran –mejor dicho, creen que obran– en beneficio del desnortado manipulado, al que, normalmente, una vez conseguido el objetivo, se refieren como un afortunado «converso».

Establecida la condición –necesaria, pero no suficiente– del impulso consciente, ha llegado el momento de comentar los métodos que caracterizan a la manipulación como tal. En primer lugar se debe tener en cuenta que no existen métodos universales, sino adecuados a las características del objetivo, el cual, no lo olvidemos –de nuevo, especialmente, en el ámbito político–, puede ser colectivo, lo que establece una relación cualitativa directa con su condición ética, cultural o intelectual. Dicho esto, en la primera posición del ranking se encuentran los métodos indetectables para el manipulado. La principal justificación de esta premisa de indetectabilidad reside en la propia condición humana, la cual, mayormente y de forma casi automática, rechaza que nos digan lo que tenemos que hacer. Esto implica utilizar una depurada técnica basada en mensajes subliminales que calan sin huella inmediata, pero que, por dosis acumulativa –ya tenemos el segundo método (éste general): la reiteración–, van minando inadvertidamente la voluntad del potencial manipulado.

Cuando, por dificultad real –extremada resistencia, cultura o sensibilidad del objetivo– o por incompetencia del manipulador, no es posible el mensaje subliminal, es necesario jugar la carta de la promesa de beneficios y ventajas sin fin, haciendo llamada a los elementales instintos primarios –no necesariamente perversos, como el de supervivencia– inherentes a la especie humana. La receptividad varía, pero, en principio, la ventana está abierta, y, en este caso, su cierre depende de la habilidad del manipulador. Por descontado, la veracidad –total o parcial– del argumento resulta del todo punto irrelevante, siendo lo único importante que «suene bien» y que se base en «conceptos» cuanto más generales y ambiguos, mejor. La clave reside en no propiciar análisis racional alguno. Ejemplos paradigmáticos (extraídos del mundo real) son: «nos roban», «ganaremos más» o «pagaremos menos». En el extremo detallista puede llegarse hasta el «viviremos más y mejor» por contar con «mejor sanidad» (no consta la promesa de «parecernos a George Clooney o a Charlize Theron», pero todo llegará).

Por insólito que parezca, estos métodos, aplicados con una reiteración obsesiva, consiguen un notable éxito, que va llevando, quizá por agotamiento, a la rendición del manipulado, quien finaliza el proceso convencido de la bondad de los argumentos exhibidos por el manipulador, al que, desde este momento y en los casos colectivos, reconoce como líder o «pastor del rebaño». Como se ha comentado anteriormente, se da también la circunstancia de que la conversión se ha producido de forma voluntaria e interesada, pasando al primer plano de interés la propia querencia, la cual cobra vida propia al margen del instigador. Llegado a este punto, el manipulado no es consciente del hecho y negará hasta la extenuación la existencia de manipulación alguna, lo que libera al manipulador de toda responsabilidad.

Ni que decir tiene que estas reflexiones, más allá del indudable tufillo político que destilan(1), son de aplicación a cualquier ámbito, sea personal, familiar, social o religioso y que deben ser leídas con mentalidad abierta, con la seguridad de que todos hemos protagonizado, en algún momento de la vida, ambos papeles. Tal y como se ha defendido en múltiples entradas de este blog, la ética colectiva, como tal, no existe, pues es siempre el reflejo estadístico de la ética personal de cada individuo, por lo que no consideramos adecuada la generalización de conductas. Esto viene a cuento, particularmente, por la extendida opinión que se tiene de la clase política, a la que los no se consideran «manipulados» califican, entre otras muchas lindezas, de «manipuladora». Nada más lejos de la realidad. Olvidan que, como hemos dicho, no sentirse «manipulado» es precisamente una prueba de manipulación. Y respecto a los «manipuladores» (sean del tipo que sean), el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Mañana, en la tribu, podremos (todos) hacer prácticas. Manipulación de calidad y excelente. Y paradójicamente, según se ha dicho, quien se sienta manipulado –yo mismo–, probablemente, no lo estará tanto.

1 - Me he abstenido conscientemente tanto de calificar la manipulación de «propaganda» como de recurrir al tópico de citar al personajillo de Goebbels como arquetipo histórico, a pesar de que alguna de mis reflexiones pueda –erróneamente– parecer inspirada en sus métodos y técnicas (interesados, consultar Wikipedia). Sinceramente, no estamos tan mal.

domingo, 30 de junio de 2013

El Verdadero Enemigo

Resulta verdaderamente cansino escuchar y leer constantemente sobre una supuesta conspiración universal cuyo único propósito consiste en fomentar y explotar nuestra ignorancia en su propio beneficio. A esta conspiración global, se la denomina frecuentemente El Poder –así, con dos mayúsculas– considerándola responsable de todos los males que aquejan a la humanidad. Este hipotético hecho, por supuesto absolutamente inverificable, es defendido hasta la saciedad por una cohorte de iluminados paranoicos a los que les concederé –no a todos– el beneficio de la duda, atribuyéndoles la mejor de las intenciones –el bien común–, lo que no les absuelve de su acusada ingenuidad y miopía intelectual, así como de su inocultable querencia por la filmografía de James Bond, fuente inagotable de conspiradores, entre los que destacan la pérfida y malvada organización Spectra(1).
El Poder

Por propia experiencia, resulta absolutamente imposible establecer un diálogo racional con ellos, los cuales, indefectiblemente, como corresponde a los poseedores de la Verdad Absoluta, se sitúan –algunos incluso se lo creen– en un plano intelectual y ético superior, además de derivar el discurso, en las raras ocasiones en que se avienen al debate, hacia un maniqueísmo político en el que siempre te etiquetan con el papel de «facha», retrógrado, miembro de la «derechona», representante del Mal, defensor de los privilegios de la Casta Dominante y lacayo del susodicho Poder, hasta el punto de que me han crecido callos mentales, a pesar de mi vetusta y desgastada por el uso chichonera virtual.

Dada la imposibilidad de ponerle cara y ojos al Poder único, acostumbran a definirlo como una federación de organizaciones –son particularmente sensibles a los G...x, aunque la UE está ganando muchos puntos–, foros –por ejemplo, el Foro Económico Mundial de Davos(2)– y personas físicas, entre las que destacan Angela Merkel y Barack Obama, al que empiezan a considerar un traidor, una fotocopia borrosa de George Bush, diablo por excelencia. Todo ello sin olvidar «el lado oscuro», «la fuerza», el «poder oculto», constituido por falsas identidades escondidas tras apariencias inocuas o ejemplares, es decir, buenas de solemnidad. De darles crédito, uno debería imaginarse a todos estos personajes juntos –físicamente o en tele-conferencia–, sonriendo malévolamente, frotándose las manos y contando los montones de dinero –en cash, por descontado– al estilo del Tío Gilito, ínclito personaje de los dibujos animados del Pato Donald.

Pero, desafortunadamente –enseguida veremos porqué–, nada más alejado de la realidad. La lógica, la razón, la triste condición humana y el realismo histórico nos lleva a concluir que cada uno de estos personajes –en realidad, la mayoría de los dirigentes y líderes de cualquier categoría– se representan a sí mismos y, como mucho e indirectamente, simulan servir a los intereses de sus dominios de poder –electores, accionistas, etc.–, con el perverso objetivo de asegurarse su posición dominante o la re-elección –vulgo, «poltrona»–, situándose, como hipotético grupo, en los antípodas de una organización coherente con una comunidad verdadera de intereses. Esto es lo que es El Poder universal: Nada. Sobra el mayestático artículo determinado. Lo más que les concedo es que cada uno de ellos representa «un poder» local (con dos minúsculas) y que la suma de todos ellos no sólo no genera sinergia alguna –de hecho, algunos incluso se anulan–, sino más bien un batiburrillo de intereses y deseos que, es de ley reconocer, pueden llegar a ser notablemente molestos –incluso tóxicos– para los simples mortales.

Abona la improbabilidad de su existencia como grupo y su egoísta individualismo la evidente desconfianza existente entre ellos –entre unos más que otros– patentizada por las escandalosas y no desmentidas informaciones de Assange y Snowden –a los que me resisto a calificar de altruistas hermanitas de la caridad– relativas al espionaje realizado por Obama y Cameron al G20 en 2009 –¿sólo?–, a la UE y, supongo, a todo lo que se pone a tiro. Por descontado, el hecho de que no conozcamos las mismas deleznables prácticas por parte de otros miembros del fantasmal Poder oculto no nos debe preocupar lo más mínimo: sin descartar el maniqueo sesgo político, defensor de que «el fin justifica los medios» sólo si viene del lado correcto –el suyo, por descontado–, si existen –la opción más probable– son más hábiles para ocultarlas y si no existen no es porque no lo deseen, sino porque no saben o no pueden(3). No nos engañemos: de escrúpulos morales, nada y menos.

Nos lamentábamos antes de la no existencia de El Poder. Veamos porqué. Ojalá existiese. Esto nos daría un objetivo al que apuntar. Nada es más difícil que luchar contra lo desconocido. Porque esto es lo que es. Incluso para los que defienden su existencia e incitan a luchar contra Él. Juegos florales. ¿Contra qué o quién? ¿Cómo? Mucha pose y mucho mover el culo. Pero nada de nada. Qué lejos están de los que realmente luchan, de los que actúan y no pregonan utópicas conspiraciones universales, sino que sufren en sus carnes el efecto de personajes de mínima catadura moral(4) que desde su parcela de poder –políticos, alcaldes, policías, jueces, funcionarios, chóferes de autobús, ventanilleros administrativos, cajeros de supermercado, etc. etc.– desde la proximidad, desde el día-a-día, te someten a sus arbitrarios designios con el único objetivo de reafirmar su ego y perpetuarse en el cargo. Éstos son El Enemigo. Ésta es la mayor agresión. Y no es colectiva ni se ejecuta desde alejados y ocultos foros de Poder, sino individual y ejecutada desde ahí mismo por personajes a los que, en muchos casos, hemos elegido nosotros mismos. Y esta extremada fragmentación es la que hace difícil la lucha. Demasiados mosquitos. O quizá mejor, cucarachas.

Ya vamos desbrozando el camino. El Enemigo se encuentra en la proximidad. En estas personas que por elección «democrática», suerte, designación interesada, pesebrismo o, porqué no, disputada y difícil oposición, han conquistado una parcela de poder y un sueldo + prebendas(5) que quieren mantener a toda costa, pasando por encima de lo que sea, incluso de los más elementales principios éticos. Caiga quien caiga. Y resulta que el que cae es siempre el otro. Me pregunto lo que les importa El Poder, Davos, Obama o Merkel. Nada. Pero hacen más daño objetivo que todos ellos juntos.

Hablemos ahora de «los otros». De los que sufren los desmanes de «los unos» y que callan o despotrican. De los que asisten impávidamente al cotidiano espectáculo que ofrecen políticos elegidos por ellos mismos discutiendo sobre el sexo de los ángeles o por lo que es casi lo mismo: unas décimas de nota de corte para becas, el número áureo de horas de enseñanza de lenguas no tribales o la formación de religión –aquí lo de los ángeles resulta especialmente apropiado–, cuando estamos a la cola de la OCDE, estos mismos políticos han gastado más, nuestros maestros cobran también más y tienen menos alumnos, todo ello referido a la media de esta organización. Estos mismos políticos que nos están mareando con constantes cambios de planes educativos y descalificaciones ad personam más propias de una taberna o de un patio de colegio. También esos «otros», son El Enemigo. Por su pasividad. Por pedir subvenciones. Por esperar que esta pandilla de interesados inútiles les resuelva los problemas o les conceda un momio. Y a pesar de lo cual, o precisamente por eso, les siguen votando.

Los «otros» también son los que ven un robo o un accidente de tráfico y, por no tener problemas, no se alteran y siguen como si tal cosa. Los que, si pueden, se cuelan en la cola del supermercado o del cine. Los que, conduciendo, invaden la zona de exclusión en los cruces y miran con cara de tonto al que se queja y que, por descontado, hace lo mismo –más tarde y en otro cruce, por supuesto– y que tocan el claxon si el idiota que les precede no hace lo mismo. Los que adelantan por el arcén. Los que no pagan en el transporte público. Los que ensucian los espacios públicos con detritos corporales y botellas vacías –enteras y rotas– entre los que chapotean con satisfacción, aunque no consta que se revuelquen. Los que no recogen la caca de su perro. Los que hacen todo eso delante de sus hijos. Los del «ande yo caliente, ríase la gente». Todos estos, y muchos más, son El Enemigo. Están cerca y por todas partes. Incluso dentro de nosotros mismos. Imposible tarea, inabordable desde una perspectiva individual. Porque la solución –es un decir– llegará a ser exigida y, si llega, será colectiva y traumática. La Historia nos ha dado muchos ejemplos. Será impuesta. Y, como tal, injusta. Pero esto es lo que hay. Es la propia condición humana. Nos gusta ser conducidos. Pero nunca nos gusta cómo nos conducen. Desagradecidos. Mientras tanto, procurar ser una anomalía estadística y dar ejemplo.

Por esto, desde el más profundo escepticismo, concluyo:

«Olvidémonos de conspiraciones. El Enemigo somos nosotros mismos». 

Notas:
1 - SPECTRE (SPecial Executive for Counter-intelligence, Terrorism, Revenge and Extortion; en español SPECTRA: Ejecutivo Especial para Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión) es una organización secreta terrorista que aparece en las novelas británicas escritas por Ian Fleming sobre el espía James Bond, y en las películas y videojuegos basados en esas mismas novelas. Dirigida por el malvado Ernst Stavro Blofeld, la organización apareció por primera vez en la novela Operación Trueno y en la película Dr. No (Wikipedia).
2 - No todo será malo. Entre 1928 y 1929 se realizó en la ciudad un encuentro entre los filósofos Martin Heidegger y Ernst Cassirer en el que debatieron acerca de la conveniencia en la continuidad o no del pensamiento kantiano, acontecimiento al que acudieron importantes personalidades como el pensador judío Emmanuel Lévinas, entre otros. (Wikipedia).
3 - Incluiremos en este grupo a los despechados, a los que como apestados son apartados de los foros del Mal, a los que los critican pero que, si pudiesen, les encantaría ser invitados y practicar el mismo jueguecito y que, mientras tanto, para entretenerse, montan minúsculos «grupitos» prácticamente inofensivos, excepto para sus «administrados», normalmente, a la fuerza. Suele darse el caso de que estos personajes excluidos son también fervientes defensores de la teoría de la conspiración universal y gozan de la simpatía de los poseedores de la Verdad, de los visionarios que tienen la suerte de verlo todo claro.
4 - Éstos y sólo éstos. Sin generalizaciones. También los hay ejemplares.
5 - Procedentes de corrupción o no.

lunes, 24 de junio de 2013

La Resurrección (virtual)

De nuevo viene la actualidad –en este caso, virtual– en ayuda de la inspiración, algo de agradecer cuando ésta se encuentra en un estado de profunda crisis creativa. Resulta que ayer he resucitado –hablando en propiedad, me han resucitado– virtualmente. Bien es verdad que se ha tratado de una resurrección light –empleo terminología inglesa para estar in en una red donde, en lengua castellana, se usan profusamente anglicismos tales como post o like–, pero, a pesar de ello, me ha sentado especialmente bien. Como efecto colateral, este hecho ha propiciado que me haya visto agraciado con un like en el post que ha propiciado mi resurrección, post de Agosto pasado, época en la que mi perfil virtual participaba de forma activa en varios grupos. Se da también la positiva y valiosa circunstancia de que este like proviene de un amigo virtual de reconocido prestigio –también virtual–, al que, obviamente, a menos que haya cambiado de opinión en estos once meses, le pasó inadvertido en su momento. Por lo tanto, vamos a sacarle punta a este, en mi opinión, interesante y atractivo tema: la resurrección.

La cuestión es... ¿cómo es posible resucitar virtualmente? La primera respuesta que se me antoja, casi intuitiva, está implícita en la propia pregunta: porque estamos en un entorno virtual. En una red (a)social donde, a diferencia del mundo real, resulta tan fácil cambiar de personalidad como cambiar de traje, a pesar de que, en la mayoría de los casos, estos cambios sólo son de forma o aspecto, porque, en el fondo, creo que la personalidad virtual es un fiel reflejo de la personalidad real, la del mundo físico, verdaderamente difícil de ocultar. Veamos las distintas formas en las que se puede dar esta resurrección: Por su carácter, la resurrección puede ser light y strong. Y por su causa, siempre desde el punto de vista del sujeto, por voluntad propia –este caso más frecuente en la strong– o ajena. O sea, tenemos cuatro tipos de resurrección.

Light, propia:
Sucede cuando cambiamos la "foto" de nuestro perfil, que creo que se le llama avatar, aunque me resisto a emplear este cursi término. Y como en todo, también aquí hay grados. La gradación tiene que ver con la frecuencia de cambio, que puede oscilar entre lo anecdótico y la reiteración obsesiva.
Cirugía plástica virtual.
Ignoro la utilidad o beneficio que le puede reportar al individuo el frecuente cambio de "foto", en especial cuando algunas de ellas aparecen de nuevo –es en este caso cuando se podría hablar propiamente de resurrección–, pero aquí no se trata de criticarlo, sino de dejar constancia de hecho tan peculiar, que, en ocasiones, debo reconocer que me sorprende y me desorienta, aunque lo considero inofensivo.
Una variante de ésta sucede cuando, en un grupo, el sujeto se dedica a llevar al primer plano de la actualidad –a resucitar– sus posts obsoletos, los cuales, por la propia dinámica del grupo, son efímeros y cuando dejan de suscitar interés en forma de comentarios, tienden a quedar sepultados por los nuevos, sumiéndolos rápidamente en el olvido. Esta es una práctica infantil y narcisista particularmente deleznable, tolerada frecuentemente por los administradores.

Strong, propia:
Aquí tenemos también dos variantes: a) la muerte propiamente dicha, escenificada con el abandono del mundo virtual y la desactivación voluntaria del perfil, y su correspondiente resurrección más o menos dilatada en el tiempo. De esta variante he asistido también ayer a un caso de muerte y resurrección virtual de sólo diecisiete horas, hasta ahora, récord absoluto; b) la muerte virtual y la resurrección –¿quizá mejor reencarnación?– en otro perfil, nuevo o durmiente, evidentemente, distinto al anterior. Una de estas enfermizas cabezas de hidra, que me persigue recurrentemente, es la que me ha hecho resucitar de forma light y la que ha propiciado estas reflexiones.

Light, ajena:
Se trata de la segunda variante anterior, pero aplicada por un sujeto virtual –descerebrado o paranoico– a otro. Esta, ejecutada por un perfil mutante, es la que vengo sufriendo en mis virtuales carnes de un tiempo a esta parte. Resulta que uno se encuentra tranquilamente en su muro –prefiero esta denominación a la inapropiada "biografía"–, procurando no molestar a nadie, asistiendo de forma pasiva al interesante espectáculo y de pronto, todos sus posts sumergidos en las profundidades del grupo, emergen a la superficie –resucitan– con lo que mi perfil aparece de nuevo en el top, alterando, sin hacer comentario alguno, de forma grave, perversa y torticera, la secuencia temporal de las publicaciones. Esto ha sucedido recientemente en un grupo de física cuántica, el cual he abandonado al observar que la cabeza de hidra, que adopta nombres y apellidos de lo más normal: Sánchez, López, Rodríguez, etc., tras ser detectada –no por denuncia mía– por el jueguecito, expulsada y vuelta a admitir, ha conseguido un crédito tal que ha conseguido ¡cambiar el nombre del grupo! Posteriormente, ayer, reencarnado en otra de sus personalidades –ésta nueva y recién incorporada a ambos grupos–, se ha permitido comentar un post mío de Agosto pasado en otro grupo –éste de filosofía, del cual todavía soy miembro pasivo–, preguntándome porqué había abandonado el grupo de física. Con esto, me ha resucitado y he vuelto a aparecer, por poco tiempo, afortunadamente, en el top del grupo, ganando, a pesar de ello, un valioso, por inesperado, like.

Strong, ajena:
La más genuina es la suplantación de personalidad por violación de contraseña y posterior cambio de la misma. Menuda resurrección. A ti te han matado y el resucitado es otro, pero tus amistades lo ignoran. Es como si te hubiesen trasplantado el cerebro –o el cuerpo, quién sabe–. Ante esto, si al fagocitado le quedan fuerzas y ganas, no le queda otra que resucitar de forma strong  y crear un nuevo perfil para luchar por su identidad. La versión menos dañina consiste en la creación de un perfil si no clónico, muy parecido al tuyo, con el mismo perverso y dañino propósito: suplantar tu personalidad, molestar y satisfacer su enfermiza vida virtual y, con toda seguridad, real. Un caso patológico.

Conclusión:
Facebook, tan criticado y denostado –incluso por mí–, es un mundo fascinante. Palabra de resucitado. Desde mi cómoda atalaya –sólo puedes ver ambos lados del muro si estás arriba– asisto a un interesantísimo espectáculo del que cada vez me interesan más las formas y menos el fondo, muy buscado, pero no encontrado –me cansé de bucear; nunca he sido bueno en esto–. Y considero que, a pesar de ello, moverte por la superficie –hoy sólo en búsqueda de ingenio a flote, no encriptado ni profundo–, es tremendamente formativo, por lo menos en mi caso. Nunca conseguiré agradecer lo suficiente a mis hijos la sugerencia de abrir una cuenta. No me cabe ninguna duda, que el perfil virtual, si se somete a un atento escrutinio, es fiel reflejo de la personalidad real. Y esto es válido tanto para los que pretenden ocultarlo, como para los que de forma ingenua o deliberada –éste es mi caso– se muestran tal como son. Pero lo que he aprendido, entre otras muchas cosas, es que manifestarte con sinceridad, con transparencia, con rigor, implica un coste que ya me he cansado de pagar. Pero sigo en la escuela, flotando, aprendiendo.

Frecuentemente establezco una correlación con el servicio militar, un mundo nada virtual también ampliamente denostado y criticado y que me enseñó mucho, hasta el punto que me siento muy satisfecho por haberlo "sufrido", ya que me dio una experiencia impropia de la edad, de la que carecen todos los que no lo han prestado y los que, habiéndolo hecho, no le han sabido sacar partido. Se trata de saber identificar y extraer lo positivo –siempre lo hay– de cualquier situación, por mala y perversa que sea. En este entorno, conocí personalidades –perfiles– nada virtuales, que a mi edad y en mi plácido entorno natural –eran otros tiempos– nunca hubiese conocido. Como casos extremos citaré al niño de 20 años que lloraba por la noche llamando a su madre, al alcohólico que robaba y se bebía la colonia de los demás y a pobres diablos que temían el teléfono porque nunca habían visto uno y que preferían servicio en la cocina antes de plantarse ante el mismo leyendo tranquilamente un libro –los que sabían–, para avisarme mientras yo estaba en la cantina. Anecdóticamente citaré a otro encantador personaje –un trozo de pan– que creía que cada vez que se efectuaba el coito se concebía un hijo. Pues bien, Facebook es una escuela parecida. Personalidades –perfiles– de todo tipo, sinceras, transparentes, rigurosas, superficiales, torticeras, paranoicas, malas de pura cepa, intolerantes, narcisistas, altruistas, aburridas, antipáticas, ignorantes, sabihondas... Todo un laboratorio social, del cual yo también soy cobaya. ¿Qué más se puede pedir? ¿Cómo me verán a mí?

Sólo puedo decir una cosa. Si muero, nunca resucitaré. Ni de forma light –nada de cirugía plástica ni botox– ni strong. Esto, que resulta obvio en el mundo real, lo aplico exactamente en el mundo virtual y es coherente, por coger el hilo del blog, con mi ética personal. Sinceridad, rigor y presentar sólo una cara. Porque, mal que nos pese, sólo tenemos una. Aunque a veces nos la rompan y debamos acudir, con la cabeza bien alta, al dentista.  

sábado, 11 de mayo de 2013

Pasotismo: el Qué y el Cómo

«Todos saben qué hacer, pero pocos cómo hacerlo». Esta tópica reflexión ha sido el detonante de la entrada de hoy. Me ha venido a la memoria tras llenárseme –con rebose–, el apéndice mental, depósito psíquico virtual equivalente al apéndice vermicular conectado al intestino ciego, de función no demasiado conocida, pero cuya inflamación resulta especialmente molesta precisando, generalmente, de una intervención expeditiva: su extirpación. Pero... ¿de qué se me ha llenado el apéndice?

De un tiempo a esta parte proliferan mensajes de todo tipo, cuyo denominador común es –o pretende ser– una llamada a nuestra conciencia, que nos hacen sentirnos profundamente incómodos, incluso, malas personas. Frecuentemente, se nos acusa implícita o explícitamente de insensibilidad ante la desgracia de personas, animales o cosas o de adoptar una postura acomodaticia frente a la corrupción y a las distintas crisis que nos asolan, entre las que destacan –en relación no exhaustiva ni jerárquica– la económica, política, educativa, sanitaria, familiar, deportiva, moral o de valores.

Puntualizaremos que todo mensaje es un proceso de comunicación con dos protagonistas: el emisor y el receptor, lo cuales se encuentran en los extremos del medio que vehicula el mensaje, sea prensa, radio, TV, internet o las redes sociales. Como emisores podemos citar –también como relación no exhaustiva– los políticos en el poder y en la oposición, los medios de comunicación desde su sesgo ideológico y apesebrado –todos lo tienen–, las organizaciones sindicales –también apesebradas–, las organizaciones y manifestaciones reivindicativas ciudadanas de generación espontánea –es un decir– y determinados miembros de las redes sociales –afortunadamente, no todos–. Como receptor, me sitúo yo, en primera persona, ya que no puedo ni quiero ponerme en el lugar de nadie ni especular sobre el efecto de estos mensajes en su propio apéndice.

Hablemos ahora un poco de los mensajes absorbidos por mi depósito mental de residuos no reciclables –de ahí la inflamación–. Y en cuanto a los mensajes, diferenciaré entre el contenido –su esencia– y la intención del emisor, entendiendo que es la combinación de ambos la que le da al proceso su verdadera dimensión venial o letal.

Sin entrar en los frecuentes eufemismos y metáforas a que nos tiene acostumbrados la clase política –hilos de plastilina, brotes verdes, retraimiento de la paga, crecimiento negativo, desaceleración positiva, adhesión al mecanismo de rescate, medidas de contención presupuestaria, optimización de la estructura impositiva, flexibilización de plantilla, ajustes con sensibilidad, fondo de liquidez autonómica, el que no hace nada por tiempo indefinido, etc.–, los cuales pueden ser considerados maldades menores, citaremos mensajes de mayor calado cualitativo y cuantitativo que voy, necesariamente, a generalizar. Se trata de mensajes explícitos –ruedas de prensa, mitines, publicaciones en Facebook, etc.– o implícitos –resultados o evaluaciones de manifestaciones con asistentes reales o espectrales, expropiaciones de alimentos y de viviendas para necesitados, «escraches» anti-deshaucio, etc.– que apelan a nuestra conciencia bajo los elementales e indiscutibles principios de dar de comer al hambriento, derecho a una vivienda digna, a la sanidad y a la educación pública, derechos todos ellos absolutamente deseables y suscribibles por la mayoría de la población que se considere civilizada y bien nacida. Incluyo también aquí la Declaración Universal de los Derechos Humanos –completa–, fotos de masacres, de violencia de género, de animales maltratados, manifiestos de pseudo-filósofos, coñas y chistes de mal gusto con moralina incluida  etc. etc., que se publican en Facebook con objeto, para mí, ignoto.

Pero, más allá de su enorme diversidad, en todos ellos subyace un denominador común que nos indica, exclusivamente, el «qué hacer». Como una pequeña muestra: proclamar la república, abolir la monarquía, conseguir la independencia, cambiar el gobierno, fomentar el crecimiento, la dación en pago, expropiar la banca, expropiar las viviendas vacías, no devolver la deuda, no despedir, no retrasar la jubilación, no reducir las pensiones, no cerrar consultas ni hospitales, no (co)pagar medicamentos, no reducir el gasto educativo, no frustrar a los estudiantes desaventajados –eufemismo que encierra múltiples significados–, no repetir cursos, no aumentar los impuestos (o subirlos), no practicar la violencia de género, no vulnerar los derechos humanos, no maltratar a los animales, no destruir el medio ambiente, no limitar la libertad, no robar, no matar, no masacrar, no, no, no...

Y, además,... de cabeza!!!
Pero todo esto, ¿cómo se hace? ¡Ah!, amigo mío, esto es otra cosa. Parece que de lo que se trata, lo que se nos pide, es tirarnos a la piscina sin agua, suscribir el qué sin importar el cómo, al modo de los niños, esos locos bajitos, con pataleta incluida. Y quien no suscribe ciegamente el qué, es acusado de pasotismo y también demonizado por esta cohorte ejemplarizante que parece ostentar el monopolio de los derechos humanos y del bien-pensar universal. Me pregunto si los emisores de mensajes de este tipo suponen que están en posesión de la verdad, actúan como garantes de los, lamentablemente desgastados por el uso, derechos humanos, y que los receptores son (somos) personas de baja estofa moral o intelectual, ignorantes alejados de la realidad sin un mal periódico o libro que llevarse a los ojos o personas erradas de tan débiles convicciones que serán convertidas al bien por el mero hecho de leer la verdad revelada en forma de mensaje ejemplar.

Quiero conceder, en la mayoría de casos, el beneficio de la duda, y atribuirle al emisor –los políticos comen aparte– la mejor buena voluntad e intención. Pero esto no es óbice para que el resultado final sea molesto, incómodo e irritante para mi apéndice mental. Ni para que me declare pasota a mucha honra, más preocupado por el cómo que por el qué. Un pasota que seguirá pensando que se consigue más con el ejemplo a su entorno, con los actos del rutinario y agobiante día-a-día que con pseudo-ejemplarizantes manifiestos, declaraciones, publicaciones y mensajes vacíos de tan llenos que se pretenden vender.

En cuanto a los suscribidores de mensajes o participantes en iniciativas colectivas, tras colocarme la coraza anti-epítetos desagradables, me tomo la libertad de proponer un consejo: asegúrense de no ser conducidos como un rebaño por un pastor. De no ser cómplices ingenuos de perversos o bastardos intereses. Intenten formar parte de un colectivo racional que comparta una unidad de propósito consistente y coherente. Y detecten y expulsen a las ovejas negras. Resulta muy difícil, pero hay que intentarlo. No será la primera vez –a mí me ha sucedido– que luego hay que lamentarse y repetir: no era eso, no era eso. Y esto, a mí, no me pasará más.

NOTA: Antes de que se me acuse de incoherencia, aceptaré que el último párrafo dice lo que hay que hacer, pero no cómo hacerlo. Pero, a diferencia de los mensajes de los ejemplarizantes, si no me hacen caso, no serán demonizados. Están en su derecho. Ustedes sabrán lo que hacen.

sábado, 4 de mayo de 2013

La importancia del Soporte

Un buen envoltorio para un buen contenido.
«Forma, cuerpo, continente y apariencia» son, entre otros muchos equivalentes, términos que se consideran «menores», de inferior categoría conceptual que sus contrapuestos «fondo, espíritu, contenido y realidad», olvidando que sin los primeros, los segundos serían conceptos sumamente volátiles, inaprensibles e incluso, en muchos casos, artificiales. A todos nos sonará la frase «lo importante es el fondo, no la forma», frase que he canibalizado con la mía propia: «lo importante son las sardinas, no la lata». Pues bien, no tengo clara la causa –probablemente, la edad es la mejor candidata–, pero la realidad es que mi percepción respecto al tema está cambiando, en el sentido de darle más importancia relativa al denostado «envoltorio». Y no creo que se deba solamente al, en mi caso, evidente e imparable agostamiento de uno de ellos: el cuerpo –incluso, siendo honestos, «la forma»–.    

Pienso que la desconsideración con que se tratan estos términos es debida a centrarse en su significado gramatical, aislado o intrínseco, cuando deberían ser siempre analizados como miembros indisolubles de la pareja que forman con su contrapuesto, es decir, como un conjunto específico. Y es así como creo que revelan su verdadera importancia. Permítaseme reflexionar un poco sobre este tema.

Me gustaría condensar el conjunto de términos minusvalorados en un único concepto: soporte. Con esto quizá ya se empieza a vislumbrar el camino que van a seguir mis reflexiones. Busquemos sinónimos:
En lo material: percha, agarradero, apoyo, sostén, base, cimiento, trípode, fundamento, pata, columna, arbotante, viga, pilar, poste; en lo inmaterial: amparo, auxilio, ayuda, socorro, aval.
En todos los casos, algo necesario, que no puede ser analizado en abstracto, aislado, sin relacionarlo con el objeto –material o inmaterial– que lo «necesita». Porque... ¿qué sería de cualquier objeto sin un soporte –por miserable que sea– que lo sustente? Desde este punto de vista, ¿es el soporte un mero accesorio? Creo que no. Si falla el soporte, lo que sea que soporta, por acción de la gravedad, se cae. Incluso si no pesa –obviamente, me estoy refiriendo a las ideas, a las construcciones mentales–.

Se argumentará que con la desaparición del soporte físico –la muerte del cuerpo– de un gran pensador no desaparecen sus ideas, su legado intelectual, pero esto es debido a que permanecen «soportadas» por su obra escrita. Si no fuera así, sus ideas, como las de la mayoría de los mortales, finalizado el volátil y perecedero recuerdo de su entorno –un soporte caduco–, faltadas de soporte perenne, desaparecerían con él.  

Por lo tanto, el soporte tiene gran importancia. Una misma sinfonía contenida en soportes distintos –por ejemplo, vinilo, CD o mp3– puede pasar de sonar como una fritura insufrible a ser una reproducción razonablemente fiel –incluidos los silencios, lo más difícil de reproducir– del sonido grabado originalmente.

Siguiendo con el soporte físico, podríamos hablar de los casos en que, a diferencia de la música, sin menoscabar su importancia capital, el tipo de soporte no es determinante. Un ejemplo claro es la literatura. El fondo, el contenido, es independiente del soporte. Haciendo abstracción del factor subjetivo y emocional –sin desmerecerlo–, el mensaje es el mismo en soporte papel o electrónico, en desvaídas fotocopias o en una presentación –un envoltorio– con lujosa piel y arabescos dorados en las tapas. Pero aún en estos casos, lo que siempre es cierto es que sin soporte, sin libro o sin los minúsculos dominios magnéticos de un disco duro orientados adecuadamente, no hay fondo, idea, espíritu, ni realidad alguna. No hay nada.  

Y qué decir del soporte inmaterial. Indudablemente, las personas podemos actuar como envoltorios de ideas, incluso como simientes o catalizadores. Este soporte es especialmente aconsejable proyectarlo u ofrecerlo a nuestro entorno próximo, con la absoluta seguridad de que si falta, la consecuencia puede ser la esterilización o enmascaramiento de muchas potencialidades. Todos necesitamos a alguien que nos escuche. Es la mejor fórmula para no sentirnos solos.

Por todo ello, tras estas reflexiones, llego a la conclusión de que el dicho popular que reza «las apariencias engañan» es bien cierto, pero que estas «apariencias» –forma, cuerpo, envoltorio, continente; en suma, soporte– distan mucho de ser irrelevantes. Importan y mucho. Y que esta consideración les restituye la justa cuota de importancia que les habíamos quitado al empezar.

Por último, en línea con el «espíritu» del blog, llevando la deformación profesional al límite, asociaré el «fondo» con la Calidad y, recordando que no puede existir Excelencia sin Calidad, asociaré el conjunto «forma + fondo» a la Excelencia. Esto quiere decir que, conseguida la Calidad –el cumplimiento de nuestros compromisos–, es recomendable guardar las formas, vestir la Calidad con un adecuado envoltorio. Es en estos casos cuando «además de serlo, debemos parecerlo». No sólo es lícito, sino excelente.

«La apariencia sin fondo, se cae. Lo que pudiera ser, queda vacío».

lunes, 25 de marzo de 2013

Ignorancia

"La máxima expresión de la ignorancia es no saber lo que se sabe ni saber lo que no se sabe".

¿Sabe lo que sabe? ¿Sabe lo que no sabe?
Esta frase, de recentísima producción propia -no tiene ni media hora de vida-, da pie para sacarle algo de punta en el blog. Resulta sorprendente cómo afloran los pensamientos, en especial cuando no estás buceando en la mente con un propósito definido. Indudablemente, existirá una explicación al hecho de que, sin proponérmelo, esta frase haya tomado cuerpo mental y algo me haya impulsado a publicarla. Debo reconocer que, en principio, me causó buena impresión estética. En cierto modo era simétrica y abarcaba los dos componentes que definen el conocimiento absoluto, tomado en su expresión más amplia: «lo que se sabe» y «lo que no se sabe». A fin de cuentas, la forma también tiene su importancia. Nos movemos mucho por el impacto de la primera impresión. Y la publiqué en mi página, no sin hacer constar mis reservas. Después, al leerla en su ubicación, enmarcada fría e impúdicamente para la posteridad, a la vista de todos los que la visitan, le empecé a encontrar fondo. Y también cierta justificación. A eso voy.

Pienso que es muy dañino «no saber lo que no se sabe» y que esta condición está más extendida de lo que pudiera parecer. Los afectados por este mal acostumbran a hablar de cosas sobre las que no tienen ni idea, pero el hecho de estar realmente en la ignorancia les disculpa. Obran de buena fe. No saben lo que no saben.

Ahora bien, quien «sabe lo que no sabe» y habla sobre ello hace bueno el popular aforismo de "hablar por boca de ganso". Este no es un ignorante. Es otra cosa. Y diría que la epidemia está más generalizada que en el caso anterior. Reproduzco aquí una explicación del aforismo que suscribo y que nos viene al pelo. La fuente es Wikipedia:
"Hablar por boca de ganso equivale a repetir algo de cuya constancia se carece. Quien así habla suele hacerlo con pedantería, respaldándose en el conocimiento de algún otro. No verifica lo que ha oído, ni lo piensa, ni lo critica. Simplemente habla. Por boca de ganso" (Héctor Zimmerman, Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato).
En cambio, «saber lo que se sabe» es de lo más recomendable y gratificante, ya que nos evita pisar charcos y meternos en pantanos de arenas movedizas. Por poco que sea, uno debe saber lo que sabe. Conocerlo realmente. Y sentirse satisfecho de ello. Siempre se puede aprender más. En lugar de parecer un ganso, callaremos y extraeremos del conocimiento de los demás lo que realmente nos enriquezca. Es lógico, todo lo que no sabes es, en principio, apetecible. Lo más adecuado es escuchar y aprender. Destaco el hecho de que lo que se sabe debe primar sobre lo que no se sabe. Lo que se sabe -y su alcance- no debe admitir dudas, mientras que lo que no se sabe debe ser tomado con toda clase de reservas. Pero ante la duda, mejor no hablar de ello.

Para concluir, existe una tierra de nadie de conocimientos situada entre ambos extremos. Lo deseable, lo que deberíamos incorporar a nuestra ética es el convencimiento sincero, riguroso y absoluto de «lo que se sabe» y de «lo que no se sabe». Del primer grupo, hablar cuanto se quiera. Del segundo, callar y, sobre todo, escuchar. Y en tierra de nadie -la situación más frecuente-, hacerlo saber y preguntar. Y, por encima de todo, leer. Leer mucho.

Todo lo anterior se ha inspirado en la frase de generación espontánea. Evidentemente, ahora comprendo que no lo fue tanto. Era el resumen de mi posición y la suscribo plenamente. Espero que haya quedado justificada.

Una última puntualización: Ignorancia no es sinónimo de incompetencia. La ignorancia no es un demérito. Es un característica diferenciadora. Y mi sincera opinión es que va en aumento. Debe minimizarse, pero esto, lamentablemente, no está al alcance de todos. Y el sistema cada vez ayuda menos. O, según como se mire..., más.

sábado, 19 de enero de 2013

De la Tribu al Cosmos (ida y vuelta)

Una aldea neolítica, hogar de la Tribu.
Como miembros del conjunto de la especie humana no podemos eludir la atávica tendencia al gregarismo cuyo origen se encuentra en el instinto de supervivencia que anida en las profundidades de nuestro sistema límbico (en ocasiones llamado también "cerebro reptiliano") anclado al tallo cerebral desde hace millones de años (la materialización de esta tendencia, en su expresión más primigenia y humana, dio en llamarse "tribu"). Esta tendencia, compartida por gran número de especies animales (con otro nombre, evidentemente), se ha incorporado, supongo, a nuestra dotación genética, lo que hace particularmente trabajoso el eludirla. Viene esto a cuento de los intentos efectuados por parte de determinados líderes políticos (es un decir), de reforzar esta tendencia genética (actualmente, residual) como reacción de defensa frente a determinadas circunstancias que desvelaremos más adelante. Este refuerzo se concreta en una exacerbación de estos instintos primitivos, materializado en la utilización cotidiana de una amplia colección de epítetos entre los que destacan robos, asfixias (económicas; la respiratoria se comenta más adelante), ofensas y agravios sin fin, recibidos desde las afueras del colectivo (al que llamaremos "enemigo exterior"), los cuales, de ser absolutamente ciertos, deberían haber terminado hace tiempo con todo vestigio de vida en el territorio objeto de tanta incuria e inquina. Como esperpento especialmente paradigmático e imaginativo citaremos la amenaza, detectada en algunas ocasiones, de que se nos prohibiría incluso ¡respirar en nuestro idioma! Esto, de concretarse, por asfixia pura y dura, podría ser calificado, incluso, de verdadero genocidio.

A pesar de la localidad del planteamiento y de su reducido alcance (una tribu es, por definición, una agrupación local), lo que pretendo analizar hoy es cómo afectan las hipotéticas interferencias de los dirigentes políticos a nuestra predisposición genética al gregarismo y como deberíamos afrontar estos hechos, si sucediesen, desde la perspectiva de nuestra ética personal, en el convencimiento de que estas reflexiones pueden ser de aplicación universal.

Hemos definido "tribu" como la expresión más genuina y primigenia de la agrupación de un reducido número de seres humanos con el objetivo de compartir la defensa de la supervivencia (impulso instintivo, no consciente) con el disfrute de una cierta coincidencia de intereses (impulso no instintivo, consciente) en un claro ejercicio de proto-sinergia, este concepto tan trillado (y desgastado) en la actualidad. En la tribu ya se dan, en estado embrionario, todos los símbolos o convencionalismos que podemos reconocer en las colectividades políticas actuales, más o menos desdibujados en función de la progresión a que han llegado (o a la que les han dejado llegar) en la escala evolutiva. En particular, nos remitiremos a las figuras de los miembros y a las del "jefe" de la tribu y del sumo sacerdote o "chamán".

El Cosmos, hogar que todo lo abarca.
En mi modesta opinión, un miembro del género humano siempre pertenece a un colectivo, independientemente de su posición vital, la cual, en un alarde de independencia absolutamente irreal, podría incluso negar su adscripción a colectivo alguno. Los límites los debemos situar entre la Tribu (en el sentido dado en este artículo) y el Cosmos, entendido como un concepto, como un albergue universal donde pueda sentirse cómodo quien manifieste independencia o incompatibilidad tribal absoluta. Entre ambos límites se encuentran las innumerables formas políticas de agrupación humana caracterizadas por una simbología específica, orientada principalmente a reforzar el sentido identitario y de pertenencia al grupo. Esta simbología puede ser de muchos tipos. En su extremo más deleznable puede ser antropométrica, racial o religiosa, pero lo más habitual es que se vista de trapo en forma de banderas o prendas de vestir autóctonas, convenientemente aderezada de grandes dosis de costumbrismo materializado en cánticos (conocidos como himnos), danzas rituales o competiciones de habilidad o fuerza (tres reminiscencias atávicas), exponentes todos ellos de los valores diferenciadores del afortunado colectivo respecto al resto de la desafortunada humanidad. Todo esto puede complementarse con suculentos y específicos productos alimenticios agrícolas o ganaderos, en crudo, manufacturados o cocinados siguiendo rituales tan sólo al alcance de los iniciados. Nunca viene mal echar mano de alguna batallita o efeméride histórica capaz de doblegar, llegado el caso, las voluntades de los remisos o indolentes. Si a esto se le une la existencia de un idioma propio, tenemos todos los números para conseguir manipular adecuadamente el proceso de regresión ¿Quién es el responsable de manejar y proyectar toda esta extensa simbología sobre los sufridos miembros de la tribu? Pues el "jefe" y el "chamán" (a los que les dedicaremos atención más adelante), convenientemente apoyados en un subconjunto de miembros o élites, no necesariamente políticos (en especial, los medios de comunicación), entregados a la causa (por idealismo o por conveniencia -vulgo, “apesebrados”-) sin los que tal ingente tarea resultaría del todo punto imposible.

De por sí, el miembro de a pie es particularmente refractario a metabolizar toda esta parafernalia. A pesar de la predisposición genética, el paso del tiempo, la tecnología, la globalización y el multiculturalismo van dejando su huella, en forma de pequeñas mutaciones que atemperan la tendencia natural al gregarismo ciego, redireccionándola hacia el exterior, en la dirección del Cosmos, de la pertenencia a un colectivo de mayor dimensión espacio-temporal y humana que la pequeña y provinciana tribu cargada de simbología identitaria castradora de la iniciativa personal y laminadora de la riqueza que reside en la combinación de personalidades diversas y, porque no, discrepantes. El anónimo miembro sólo desea que sus dirigentes ejerzan la función para la que los han nombrado y que no molesten demasiado. Que gestionen con eficacia y eficiencia la parte alícuota del esfuerzo de cada uno que se materializa en los impuestos y, sobre todo, que no roben. La inmensa mayoría de los miembros no se sienten "tribu". Es más, reniegan de este nombre. A menudo, se les llena la boca de expresiones cósmicas tales como "ciudadanos del mundo" o declarándose acérrimos simpatizantes del "multiculturalismo".

Pero, en ocasiones, todo esto se tuerce. Puede ser por factores exógenos, endógenos o por combinación de ambos (no es el momento de analizar ejemplos concretos que están en la mente de todos). Normalmente, el catalizador es una situación económica particularmente grave, la cual exige a los miembros del colectivo un ímprobo esfuerzo para subsistir, con lo que se despierta el cerebro reptiliano, los instintos de supervivencia nublan la razón y empiezan a criticar y amenazar la autoridad. No importa si, en un alarde de mala gestión, han gastado lo que no tenían (teníamos) y nos han dotado, además de un déficit monstruoso, de servicios e infraestructuras de nuevos ricos, nunca vistos en colectivos de nuestro entorno de democracia más longeva y de economía mucho más saludable. Como niños sin chupete, ante los recortes, lloramos y nos manifestamos en la calle, poniendo en crisis el sistema. Entonces, la actividad del "jefe" y sus adláteres empieza a subir de tono y, aprovechando su posición de privilegio, identifican un enemigo externo (esto es fundamental), activan la parafernalia simbólica, incluyendo la organización de manifestaciones populares, más o menos amañadas en sus objetivos, y empiezan una huida hacia adelante caracterizada por la "desinteresada", "humilde" y "generosa" transferencia del protagonismo del proceso a los miembros del colectivo, de los que se reclama (solicita) soporte mayoritario para "liderar" su justa, legítima (legitimada por la ahora omnipresente simbología) y "espontánea" protesta. Evidentemente, en todo este juego no se encuentra referencia alguna a mala gestión del "jefe" ni de los miembros del consejo de la tribu, gestión, como hemos visto antes, a todas luces criticable, sazonada, frecuentemente, por interminables procedimientos judiciales en curso y por un "runrún" social y mediático notable (cuando el río suena...) con la corrupción como monotema.

En este momento, la mente del "jefe" (conviene señalar que, por multiplicidad de intereses, bastardos o no, nunca está solo) arde en deseos de regresión. Él, que siempre los ha visto como tales, desearía ahora que la mayoría del colectivo que lidera, se sintiera, de nuevo, tribu. Que se envolvieran en cánticos y banderas y que le siguieran ciegamente hacia no se sabe dónde, pero siempre alejándose de la desagradable situación actual (probablemente, más desagradable para él que para el resto). En su huida, si se puede (y aunque no se pueda) intentará legitimar la regresión mediante una consulta, cuya redacción sea lo suficientemente confusa para permitir a la élite tribal salidas "elegantes" en caso de fiasco. Y lo que resulta imposible de predecir es el resultado final de todo esto. Porque no lo sabe ni el "jefe", el que nos debería liderar (de hecho, no lo puede saber nadie). Pero, estemos como estemos, se nos garantiza que seremos Tribu (ahora con mayúscula). Más pequeños, más identificables, con bandera, himno, cocina, embutidos, huertos y vegetales autóctonos (existen dudas razonables sobre el sector industrial), con hacienda, justicia y seguridad social propia (el ejército, además de caro, está mal visto) y, probablemente, dignos, engañados, asfixiados y robados. Pero ahora por los nuestros, por los de nuestra Tribu. Cuánto honor. Y, como se ha cambiado el escenario, vuelta a empezar.

Nos queda hablar un poco de la figura del "chamán", aunque, en esta triste historia, no se trata de un personaje imprescindible. Hay que tener en cuenta que no nos referimos a un personaje histórico (toda Tribu que se precie, los tiene), sino a alguien vivito y coleando que no siempre existe o que, existiendo, no está dispuesto a participar en todo este embrollo. Para que pueda jugar un papel en toda esta historia (repetimos, una historia de ficción), además de su disposición, es preciso que cumpla un serie de condiciones: a) Haber ostentado la condición de "jefe" y/o haber sufrido acoso, persecución o prisión (esto es el desiderátum) por parte del enemigo externo o por un "jefe" anterior, b) gozar de una imagen física venerable que despierte simpatía y proyecte una cierta seguridad y c) haber cambiado manifiestamente de posición respecto a la necesidad de llegar al "crítico" momento actual de regresión (perdón, transición liberadora) a la Tribu. Este personaje juega un importante papel de ascendente moral (mensaje típico: "las cosas han cambiado desde mis tiempos") que complementa de forma eficaz la simbología. De hecho, también es un símbolo.

Terminaremos con el efecto personal que puede causar el cuento para no dormir en que se ha convertido este artículo. Creo intrínsecamente mala la regresión, desde cualquier posición política, a la Tribu. En cualquier caso, somos seres racionales y, si, llegado el caso, tras un concienzudo proceso de reflexión, basado en hechos (no en creencias), llegamos a la conclusión de que es mejor pertenecer a una Tribu, gestada más o menos como se ha caricaturizado (un tanto esperpénticamente, lo reconozco) aquí, pues adelante. El problema reside en la calidad de los hechos que nos han de servir para tomar una decisión. Debemos exigir claridad en los planteamientos, análisis diáfanos, preguntas (y respuestas) concretas, ausencia de sesgo partidista, asepsia e imparcialidad en la presentación de hechos históricos y un etcétera tan largo que, en mi acusado escepticismo adquirido a pulso tras los permanentes "ensayos", me parece absolutamente inviable. Y, ante la duda, mejor abstenerse (esta posición aparentemente "pasota" también se hace visible para la élite, aunque dudo de sus efectos reales). Tampoco deberíamos permitir que nos lleven a decidir con el corazón, en lugar de con la cabeza. Deberíamos pensar en el aquí y ahora, no en lo sucedido hace siglos. Y si se sigue blandiendo el pasado, exigir una proyección racional de futuro, una proyección que posibilite la exigencia de responsabilidades. En resumen, no ser cómplices de un despropósito.

Olvidamos frecuentemente que debemos aceptar nuestra parte de responsabilidad en el comportamiento de los "jefes" y de la élite. Que esta responsabilidad debe presidir todos nuestros actos, incluso en la rutinaria "normalidad" previa a la regresión. Y que la sociedad no es más que un reflejo de todos sus componentes. Tenemos lo que nos merecemos. Nuestra ética debe ser coherente con ello. Personalmente, mientras me dejen, prefiero seguir sintiéndome cósmico, "ciudadano del universo". Sin banderas ni signos identitarios. Ni siquiera del planeta Tierra. Pero, a menos que te sientas un héroe o un quijote, se tome la decisión que se tome, y suceda lo que suceda, hay que aceptar la realidad próxima y local, aunque no nos guste. Y practicar, mientras nos dejen, la libertad de pensamiento, aportando nuestro granito personal al cambio mediante el ejemplo.  Porque... "las cosas son como son, no como quieres que sean". Creo que esta frase ya la utilicé en mi último artículo. Pero sigue siendo válida.

Nota importante: Los hechos descritos en este artículo son ficticios. Cualquier similitud con hechos reales debe ser tomada como una coincidencia circunstancial.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El día después

En el último artículo me refería a un tema muy concreto: unas elecciones. El tema venía a pelo, porque el autor se encontraba inmerso en un mar de dudas, ante la necesidad inmediata de tomar una decisión: Votar o No Votar. Evidentemente, no desvelaré aquí cual fue mi decisión, la cual, con total seguridad, no fue determinante. Pero lo que si haré será aprovechar este hecho puntual (unas elecciones) para dedicar la atención a algo mucho más general: La poca atención que le prestamos a las consecuencias de nuestros actos. Y lo vamos a analizar desde dos puntos de vista: el preventivo y el correctivo. Y lo haremos apoyándonos en realidades objetivas: el resultado de las elecciones y las reacciones de sus actores principales, los antes candidatos y ahora electos.

Análisis preventivo: En este caso, nos referimos a "prever" las consecuencias. No al estilo de una pitonisa con su bola de cristal, sino con un análisis reflexivo y racional que nos permita estar preparados para las consecuencias de nuestros actos. A los lectores de este blog no les sonará extraña la máxima "Pensar antes de actuar". Aunque esta recomendable precaución no represente en absoluto garantía de éxito (esta obviedad es la que esgrimen los enemigos de la planificación), como mínimo, aporta (si se hace bien) una evaluación de riesgos que a su vez (si se hace bien) aporta una evaluación de beneficios u oportunidades, todo ello, en el caso que nos ocupa, aplicado (si se hace bien) tanto al candidato como a la sociedad en general (no sólo a los electores o a los votantes). Adicionalmente, el análisis de riesgos (si se hace bien) debe incluir algún que otro plan B, con objeto de evitar que se te quede cara de tonto (1). Extrapolo el ejemplo al plano general de la ética personal: El candidato es el sujeto (por ejemplo, yo mismo) y la sociedad es el entorno próximo y lejano del sujeto (el destinatario de nuestros compromisos personales).
  • Pues bien, volviendo al ejemplo, nada indica que el único responsable del proceso electoral (recordamos para lectores no locales, que se adelantaron las elecciones más de dos años) haya seguido las reflexiones anteriores. Y no crean que se trata de una impresión subjetiva. Ha aquí una frase textual del sujeto (dicho sin ánimo peyorativo): "Lo importante es el qué; el cómo ya lo veremos luego". Todo un prodigio de planificación. Claro que no tiene la exclusiva: He aquí otra frase impagable cuyo padre es otro presidente de comunidad autónoma: "No sé lo que voy a hacer hasta que tengo que hacerlo". Sabias palabras.
  • Sólo añadiré un consejo: A pesar de que ostentan la condición formal de líderes, no sigamos su ejemplo. Cualquier cosa que hagamos será mejor. Apliquemos el análisis preventivo. O, como mínimo, intentémoslo. También vale.

Análisis correctivo: Ya estamos en "el día después". Aquí es cuando cobra importancia la bondad de pensar antes de actuar. Lo que sea ya no tiene arreglo. Y sólo pueden suceder dos cosas: que se cumpla lo previsto o que no (evidentemente, si no se ha previsto nada, puede suceder cualquier cosa). Si se cumple lo previsto, con independencia de su valor ético o moral, nada que objetar. Pero si no se cumple, la alternativa es también binaria: Reconocer el error y obrar en consecuencia o no reconocerlo inventando una nueva realidad (ficticia, por supuesto).
Algunos no reconocen ni este error.
  • Asumiendo que la convencionalidad simbólica del lenguaje puede llegar a retorcer hasta niveles insospechados cualquier discurso (político o no), es responsabilidad de los analistas (este papel es el que me arrogo en este artículo) el destilar, como en un buen whisky de malta, la esencia. Y siguiendo con el ejemplo, la esencia es: a) antes de convocar elecciones, el sujeto (personificamos en él, tal y como él se ha vendido en la campaña) tenía 62 diputados; b) convoca para tener más fuerza para defender un cambio estructural profundo (observen la asepsia forzada) y c) consigue perder 12 diputados. Es decir, ahora tiene 50. No creo que se necesite ser un águila para concluir que el sujeto ha conseguido un fracaso estrepitoso. Lo dejo aquí. Pues bien, ni se ha puesto colorado.
  • De nuevo un ejemplo de lo que no hay que hacer. Recientemente, en un foro filosófico se debatía sobre la actitud ante las dificultades, desgracias o sufrimientos, llegando a la conclusión de que había que afrontarlas de cara. Pero claro, para ello hay que reconocer que la responsabilidad sobre las consecuencias de tus propios actos es tuya. No caer en el error de transferir la responsabilidad a los demás. De crear una realidad ficticia en la que caben infinitas causas ajenas a tu decisión (no te han entendido, intoxicación de los medios, etc.). Todo menos reconocer el error. Dado que éste no es un blog de crítica política, me abstendré de opinar sobre lo que se debería hacer en el caso de ejemplo, pero lo que no se puede negar es que el sujeto tiene posibilidades que nosotros, los simples mortales, tenemos vedadas. Me refiero, por poner otro ejemplo más próximo, a que ante un error palmario con nuestros hijos, nosotros no podemos dimitir de padres. Con esto queda todo dicho.
Concluyamos diciendo que "el día después" siempre llega. Y que lo olvidamos a menudo. Pensar antes de actuar ayuda, pero ante las dificultades y los errores, sólo vale el reconocimiento. Y de nuevo, pensar antes de actuar para resolver el problema. A esto, en terminología de calidad, se le llama mejora continua. No es mala incorporarla a nuestra ética.

"Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores" (Benjamín Franklin)

"Cuando el error se hace colectivo adquiere la fuerza de una verdad" (Gustave Le Bon)

"Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó, que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer" (Jonathan Swift)

1. Es la cara que se te queda (por lo menos es la que pones mirando a los que has impedido el paso) cuando entras con tu vehículo en una zona señalizada sin tener la salida garantizada. Y no será porque haya que pensar mucho para "planificar" correctamente tu decisión. ¿Qué hará este energúmeno ante decisiones más complicadas?

domingo, 23 de septiembre de 2012

Miopía y Cataratas

Recientemente, he sido protagonista de una experiencia extraordinaria que, a pesar de afectar exclusivamente a los aspectos físicos de mi persona, han causado mella en el compañero inmaterial que nunca nos abandona, como quiera que se le llame (conciencia, intelecto, espíritu, etc.). Por cierto, no deja de ser curioso que después de tantos años juntos, no nos pongamos de acuerdo ni su nombre ni en sus características. Pero esta es otra cuestión, vayamos al asunto.

Dado que no todo el mundo está aquejado de la disfuncionalidad física objeto de este artículo, dedicaré un poco de espacio a presentar el tema, desde el punto de vista (en principio, poca; ahora, bastante) del sujeto, por lo que pido comprensión a oculistas y optometristas.

Miopía es una afección bastante común que, en mayor o menor grado, provoca el desenfoque de objetos lejanos. Esto significa, lisa y llanamente, que de lejos, lo ves todo borroso. Curiosamente, quizá por una extraña ley de compensación de la madre naturaleza, un miope puede enfocar muy bien de cerca, lo que facilita extaodinariamente la visión próxima en personas de edad avanzada, sufridores naturales de la llamada "vista cansada".
Y además cataratas. Ufff. Pero es físico y resoluble.

Cataratas es la metafórica forma de llamar a una opacidad del cristalino que consigue que lo veas todo como a través de una cortina de agua o de una niebla más o menos espesa. Todo, tanto lo que está cerca como lo que está lejos.

Pues bien, comprenderemos que quien esté afectado por ambos problemas no lo tiene nada claro (en el sentido literal, no metafórico). Afortunadamente, la miopía tiene arreglo fácil. Ponerte gafas (en mi caso, desde los diez años). Otro método externo, las lentillas, a pesar de ser mínimamente invasivo, a mí nunca me han gustado. Y el tercer método, la cirugía, más o menos invasiva, mucho menos. Pero la catarata es un enemigo paciente y cauteloso. Empieza de forma inadvertida y su avance es implacable. Hasta que el extremo de ser invalidante. Y entonces (incluso antes), hay que tomar una decisión: extirparla. Y esto, señores, si que es invasivo. Te extraen una parte de tí (bueno, de tu ojo: el cristalino) y te ponen una lente (una microgafa) con filtro de ultravioletas y todo. Y la maravilla es que esta lente ¡¡corrige la miopía!!

Por lo tanto, en el plano físico, tras 57 años llevando gafas y casi 10 con una turbiedad progresiva en uno de mis ojos, me han reparado. Veo perfectamente claro, veo de lejos como una ave rapaz y necesito como cualquier viejecito una gafas para lectura (al dejar de ser miope, me he vuelto "normal").

Y me diréis ¿a qué viene todo este rollo? Pues a que este proceso me ha hecho reflexionar sobre el paralelismo entre la miopía y la catarata física y la mental.

Ya es un tópico que la realidad la crea el observador, siendo por lo tanto subjetiva. "Tú ves lo que ves, no lo que es". Esta frase propia resume el concepto. Evidentemente, un miope sin correción, con su percepción agravada por una catarata, tiene una visión parcial, borrosa e incompleta de la realidad que está al alcance de sus semejantes "normales". A pesar de que es una realidad ficticia. Pero igual de ficticia para la mayoría. Aunque, como hemos dicho, esto, afortunadamente, tiene arreglo.

Lo que no tiene fácil arreglo es la miopía mental. Esto significa que, a pesar de que tu percepción física funciona correctamente, el proceso que consiste en llevar las señales eléctricas desde el ojo al cerebro, grabarlas en las neuronas, procesarlas y pasarle la información a este compañero inmaterial del que hablábamos al principio, falla en algún punto. Desenfoca. Percibes una realidad sesgada. La causas pueden ser varias: prejuicios, egoísmo, equidistancia práctica, relativismo moral, etc. Pero, a fin de cuentas, eres un miope mental. El futuro (como no lo ves claro) no te importa. Eres un cortoplazista. No ves más allá de tus propias narices. Sólo te importa el hoy. Que triste.

En cuanto a la catarata, la cosa es todavía peor. Todo está borroso. Incluso lo más cercano, el hoy. Esto te lleva a imaginar una realidad ficticia. La frase ahora sería: "Tú ves lo que quieres ver". El cerebro y tu compañero inmaterial son muy eficientes. Pueden crear otras realidades. Y esto también es muy triste. La primera consecuencia es el aislamiento, el vivir en una burbuja. A pesar de que habíamos establecido que la realidad es subjetiva, personal e intransferible, tu realidad ficticia se ha alejado de la media, de la "normalidad", tanto en sentido literal como estadístico. Te has convertido en un bicho raro. En un perro verde. En un cisne negro.

¿Tiene arreglo? No tengo ni idea. Incluso ignoro si estoy afectado. Pero intuyo que, en mayor o menor grado, sí. Todos lo estamos. Y como siempre, la clave está en la identificación del problema. En el reconocimiento de su existencia. En la comparación de nuestro comportamiento con el de los demás. Pero, una vez detectado, no hay cirujano que valga. Es trabajo de nuestro compañero inmaterial. Suerte.

Por lo tanto, la calidad y la excelencia de nuestra ética personal, es fuertemente dependiente de nuestra miopía y de nuestras cataratas mentales. Si no las podemos erradicar totalmente (en el plano físico, que es lo fácil, han cifrado mi visión en el 90 %), hagamos el esfuerzo de minimizarlas.

"La realidad es simplemente una ilusión, aunque una muy persistente." (Albert Einstein)

Y yo añado: Sólo falta que esta ilusión, además esté borrosa.

jueves, 9 de agosto de 2012

Filosofía, Ciencia, Metafísica, Física y Equilibrio

Empezaré calificando lo que sigue como una "reflexión de verano".

Reflexionando: ¿Realidad o Apariencia?
Si tomamos los cuatro primeros términos del título dos a dos, nos encontramos con conceptos que, frecuentemente, se contraponen, provocando filias y fobias que, a mi modesto entender, necesitan mucho "Equilibrio" (empleo este término por asociación con la Física, pero, en realidad, podría haber escrito "Tolerancia").

Siempre se me ha criticado una obsesiva tendencia al reduccionismo y la simplificación (tanto en temas "filosóficos" como en mis actividades profesionales), a lo que he contrapuesto mi argumento de que el secreto está en "lo simple" y que la búsqueda de esta "simpleza" pasa necesariamente por un análisis profundo de los conceptos que llevan a su "destilación". Esta "filosofía" personal es la que me llevó a congeniar rápidamente con Wittgenstein y su preocupación por el significado de las palabras y, consecuentemente, por la profundidad conceptual que puede residir en cada una de ellas y, particularmente, a la conclusión de su indigesto "Tractatus..." donde utiliza una metáfora (arrojar la escalera donde te has subido) y concluye con la lapidaria y conocida frase, nada metafórica, "De lo que no se puede hablar hay que callar".

Creo sinceramente que, para observar "lo simple", es preciso "subirse a la escalera" y ganar perspectiva y que el dicho "los árboles te impiden ver el bosque" es una verdad "absoluta" y que este alejamiento del campo de batalla dialéctico y de los, frecuentemente, extensos, dispersos y confusos discursos "filosóficos" es el que permite destilar el espíritu (la "esencia") de los conceptos contenidos en las simples palabras.

Sin más preámbulos (qué complejo y extenso puede ser defender la sencillez) paso a exponer una visión reduccionista y simplificadora (espero que no se tache de simplista) de términos tan complejos:

Doy como válida para la definición de "filosofía" la que se desprende del punto de partida siguiente (justificado en el Diccionario de Ferrater Mora): "la Filosofía nació cuando el hombre empezó a cuestionarse la realidad y a diferenciarla de la apariencia". Dicho de forma coloquial: cuando empezó a ser consciente de que "las apariencias engañan". Esto relacionaría la Filosofía más con las preguntas que con las respuestas ("cuestionarse la realidad").

Por lo tanto, la definición mas "simple" sería "La filosofía es cuestionarse la realidad".

Lo que nos lleva al primer término contrapuesto: la "apariencia". Realidad y Apariencia, serían pues, la primera pareja "filosófica". Y, consecuentemente, el embrión de la futura diferenciación entre Filosofía (realidad) y Ciencia (apariencia) y a la Metafísica (Filosofía) y la Física (Ciencia). Digo "futura", porque en la época de Platón y Aristóteles, a los sabios llamados "filósofos", hoy los llamaríamos también "científicos".

A continuación de esta "primera pareja", con el devenir y el consecuente desarrollo del pensamiento filosófico, han empezado a florecer nuevas parejas de términos que, en mi opinión, representan de forma "simple" la enorme complejidad de dicho pensamiento, pero que, en el fondo, son formas distintas de enfocar lo mismo: el origen, la diferencia entre el mundo real y el aparente.

Para terminar, propongo dos definiciones  (en interpretación libre, no exhaustiva, un punto irónica y sin orden de precedencia) para los términos Filosofía y Ciencia, utilizando los conceptos a los que creo dedican principalmente su atención, lo cual no significa, en ningún caso, que excluyan la consideración, aunque en menor grado, de sus términos contrapuestos (que no antónimos):

La Filosofía se dedica a la búsqueda de respuestas de alcance "Metafísico", mediante el estudio de las Ideas, la Realidad, lo Universal, lo Abstracto, lo Subjetivo, el Espíritu, la Voluntad, la Existencia, la Potencia, la Fe, lo Trascendente, los Noúmenos, las Sensaciones, la Eternidad, la Verdad, las Creencias y las Causas.

La Ciencia se dedica a la búsqueda de respuestas de alcance "Físico", mediante el estudio de las Formas, las Apariencias, lo Particular, lo Concreto, lo Objetivo, el Cuerpo, la Representación, la Esencia, los Actos, la Razón, lo Contingente, los Fenómenos, las Percepciones, el Tiempo, las Evidencias, la Certidumbre y los Efectos.

NOTA: Las definiciones anteriores no pretenden establecer "qué es" la cosa, sino su función ("qué hace").

En mi opinión, para llegar a un razonable conocimiento del significado de la filosofía, únicamente es preciso reducirla a "lo simple" y muchos de los conceptos citados en la definición "larga" son conceptos metidos con calzador en el zapato filosófico (a menudo, demasiado estrecho para calzárselo, en especial si se tienen los pies grandes como yo).

También he leído frecuentemente que los niños no filosofan. No estoy de acuerdo. Si la Filosofía es buscar respuestas, no hay mejor filósofo que un niño con sus machacones y continuos "porqués". Lamentablemente, con la pubertad y la juventud, dejamos de hacernos preguntas (porque creemos tener todas las respuestas) y es con la madurez cuando (algunos, no todos) regresan a la filosofía.

Terminemos con las preguntas básicas y su simplificadora correlación con el objeto de esta entrada: ¿Porqué? = Filosofía, ¿Qué, Cómo, Cuándo? = Ciencia.

Y como creo que son dos caras de la misma moneda (el conocimiento humano), defiendo el "equilibrio", el punto medio aristotélico, el respeto y la tolerancia entre los defensores y/o amantes de las cuatro disciplinas.
Si nos preocupan estos temas, sería muy adecuado incorporar esta tolerancia a nuestra ética personal.


"Se debe hacer todo tan sencillo como sea posible, pero no más sencillo" (Albert Einstein).
    
"Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas; y en cuanto que son ciertas, no tienen nada que ver con la realidad" (Albert Einstein).

"La realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen de engañarse nuestros sentidos" (Albert Einstein).

“La ciencia es lo que sabes, la filosofía es lo que no sabes” (Bertrand Russell).