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sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

sábado, 12 de octubre de 2013

Solución, Disolución

Sin palabras...
De nuevo enfrentado al compromiso semanal de practicar el noble arte de la escritura llega el momento de elegir tema. Y debo decir que en esta ocasión me ha resultado muy fácil, circunstancia que, paradójicamente, también me ha resultado sumamente molesta y lamentable. De hecho, dado que he adoptado la cómoda fórmula de encontrar inspiración en sucesos recientes de cierta relevancia, hubiese preferido la rutinaria incertidumbre provocada, indistintamente, tanto por su ausencia como por su exceso. Pero esta semana, uno de ellos destaca de forma desmesurada. No por su brillo, sino por su oscuridad, por el profundo abismo negro, salado y húmedo, destino final de cientos de seres humanos que han encontrado, en una suerte de trágico ballet perfectamente sincronizado –éste es el verdadero hecho diferenciador–, la única verdad absoluta que nos ofrece la vida, que es, precisamente, la muerte. Y, perversamente, la han encontrado como respuesta a su búsqueda de una vida más larga y mejor, en un intento frustrado de prorrogar este momento inevitable, huyendo de las inhumanas condiciones de supervivencia en sus lugares de origen (llamarles países o naciones sería un eufemismo). Este suceso es el que, desde la cómoda posición de mi sofá y ejerciendo la parte alícuota de hipocresía que me corresponde como miembro de la especie –todavía– humana, ha actuado de catalizador de mi inspiración.

Pero como todo catalizador, en sí mismo no es el responsable del proceso mental desencadenado. Lo ha acelerado, a pesar de que, sin él, más tarde o más temprano, la cotidiana acumulación de sucesos de menor enjundia cualitativa y cuantitativa lo hubiera justificado plenamente. Otra cosa muy distinta es que, probablemente, no hubiesen despertado mi atención, pero ahora lo han hecho y es tal la avalancha de reflexiones que afloran que me obligan a adoptar un estilo forzosamente esquemático de enumeración no exhaustiva de hechos y comentarios, aparentemente inconexos, reflejados con la mayor fidelidad y espontaneidad.

Conviene también puntualizar de entrada que el indudable desahogo que representa verter por escrito estas reflexiones no ejerce papel alguno de antídoto sobre mi escepticismo vital, es más, refuerza mi convicción de que nos encaminamos a una especie de abismo indeterminado del cual será imposible salir a menos que se produzca el milagro –retórica pura– de una regeneración de los valores individuales –los colectivos son una simple consecuencia estadística– por uno de los dos únicos medios posibles: a) generación espontánea (autogestión, iluminación mística, instinto de supervivencia, etc.) o b) conducidos por pastores o líderes que ni están ni se les espera (opción de muy mal ver entre el sector progresista). En ambos casos, en mi humilde opinión, pintan bastos. ¿Tenemos, como especie humana, solución?
  • A finales de siglo –mañana mismo– seremos unos 10.000.000.000 (diez mil millones) de habitantes(1) en el sufrido planeta Tierra. Para hacernos una idea, unas diez veces los actuales usuarios de FaceBook. O sea, que faltan 87 años, que son los que han transcurrido desde 1926, es decir, ayer mismo. Pensemos en todo lo que ha pasado, en el enorme desarrollo científico y tecnológico –cuántica, genética, neurociencia, internet, etc.–, y, basados en ello, aceptemos que no tenemos ni la más remota idea de lo que pasará entonces ni de lo que pasará hasta entonces, pero que, indudablemente, visto lo visto, sin un giro social copernicano, no será nada bueno.
  • Nuestros líderes políticos(2) presentan un trastorno bipolar acusado, patentizado por la coexistencia de preocupaciones a cortísimo plazo futuro –unos pocos años– y a medio plazo pasado –unos pocos siglos–. Localmente, tenemos un ejemplo en la nueva ley de educación que, en un alarde de coherencia, ya han decidido eliminar tras las próximas elecciones y en la enfermiza conmemoración anual y explotación sentimental de antiguos acontecimientos –hoy mismo tenemos uno, el 12-O– ocurridos hace siglos, grave trastorno que les impide ver más allá de sus propias narices y consensuar medidas de largo alcance que trasciendan del miserable período electoral. ¿Cómo vamos a esperar que piensen en la imparable superpoblación mundial, si están preocupados exclusivamente por sus cuatro años de permanencia al frente de sus pequeñas tribus?
  • El espectáculo de la sala llena de ataúdes visitada por los próceres de la UE, abucheados por los habitantes de la pequeña isla, complementado por el teatral acto de contrición ante las cámaras y la promesa de solución del problema de la inmigración ilegal(3) es otro ejemplo de miopía política –en este caso, europea– ante el imparable fenómeno de la globalización propiciada por el aumento de la población y la consiguiente –y lógica– búsqueda de recursos de supervivencia. Huelga también comentar la falta de atención dedicada a este problema concreto –quizá el mayor al que nos enfrentamos como especie, incluso superior al manido calentamiento global– por la máxima organización supranacional, la ONU.
  • Existe un consenso generalizado en que la calidad de la educación es muy baja y está empeorando –ahora volvemos a nuestra pequeña tribu– y también observamos que nuestros líderes no consiguen el más mínimo acuerdo para poner solución a esta cuestión estratégica. Esto me lleva a concluir que, dado que los políticos se extraen de la sociedad y que la cultura de la sociedad empeora, estamos en una espiral decadente en la que nuestros líderes, los que nos deben conducir a buen puerto, son y serán cada vez más incompetentes. Todo esto sin considerar corruptelas o déficits morales, no dependientes del nivel cultural.
  • Se aprecia también una creciente corriente de opinión favorable a transferir –el término más utilizado es "devolver"– a la sociedad la responsabilidad de la toma de decisiones, haciendo gala de una fe sin límites en la capacidad de la misma de autogobernarse, capacidad sobre la que albergo dudas superlativas, en especial en un mundo global superpoblado. Por descontado, el argumento se podría resumir en el siguiente eslogan: «la solución es la disolución», teniendo un ejemplo local paradigmático y en cierto modo justificado, en la evidente inoperancia –ganada a pulso– del Senado.
  • También resulta sintomática la ceguera –más que miopía– de los políticos locales de medio pelo, los cuales, con sus esfuerzos centrifugadores y desintegradores, prefieren hacer tabla rasa y lanzar a sus comunidades a una piscina –más pequeña– sin agua en lugar de mejorar lo existente. De nuevo, «la solución es la disolución». Todo lo contrario a la globalización, que es concentración, y a la anticipación ante un imparable y, en mi opinión, deseable, futuro próximo sin fronteras.
Y en el supuesto de que, con diez mil millones de habitantes, persistan las fronteras –lo cual no es en absoluto descartable–, el escenario que se dibuja es escalofriante. Un verdadero quebradero de cabeza para progresistas y conservadores. La fronteras delimitarán guetos autodefensivos a modo de las murallas de la ciudades medievales –con sus señores feudales y todo–, que pretenderán defender a la sumisa y agradecida colectividad de la invasión de las hordas de hambrientos y menesterosos que serán los que estén «fuera». Lampedusa elevado a la máxima potencia. Triste futuro y también triste conclusión: Escepticismo y Pesimismo, ambos referidos a la especie humana y a su subconjunto de líderes, dirigentes y, en suma, políticos (por favor, leer de nuevo el párrafo anterior a la enumeración).

La mejor «solución».
Hoy pues, mucha Política y, en consecuencia, poca Calidad, poca Excelencia y poca Ética. Ya está escrito. Aunque, con objeto de terminar con algo mejor sabor de boca, se me antoja interesante jugar un poco con el lenguaje y explorar las distintas acepciones que nos ofrece el título. Hasta ahora los hemos utilizado en su forma social, entendiendo por solución la «acción y efecto de resolver una duda o dificultad» y por disolución «relajación y rompimiento de los lazos o vínculos existentes entre varias personas». Pero su acepción físico-química es algo más optimista: solución y disolución son sinónimos y significan «una mezcla sólida y homogénea de dos o más sustancias». Quizá por mi formación más técnica que humanística, me quedo con esta última. Porque, en el fondo, todos somos iguales.

«Muchos saben «qué» hacer, pero pocos «cómo» hacerlo.¿Para qué sirven los diagnósticos si no se aplican las terapias adecuadas?».

«Todo plan digno de tal nombre nace para ser modificado. Esto es sistemáticamente ignorado por los políticos que, de forma ingenua o perversa –que más nos da–, siempre nos venden sus planes como si fueran fórmulas mágicas inmutables».

«Los mayores crímenes son los que suelen expresarse mediante estadísticas, diluyendo la quemazón del horror en la insensibilización provocada por los fríos números».

Notas:
1 - Este es el nombre más apropiado. Personas, hombres, humanos, etc. admiten mucha controversia.
2 - Locales, autonómicos, nacionales, europeos y mundiales.
3 - ¿Acaso la van a legalizar?  

sábado, 18 de mayo de 2013

Esponjas o Adoquines


Esponja, siempre esponja.
De eso se trata: de si preferimos ser esponjas o adoquines. Y el juego propuesto consiste en elegir entre ser una u otra cosa, a pesar de que puede que ninguna de las dos nos satisfaga plenamente. Podríamos dejar la puerta abierta a un término medio, a la virtud aristotélica, pero en el tema que tratamos –el conocimiento– pienso que no cabe. En este caso, la equidistancia, el equilibrio o la indiferencia son equivalentes al más duro de los adoquines. Por lo tanto, lo dejamos en el título dual. Veamos pues el significado de cada una de las dos opciones, empezando por el Diccionario de la Real Academia.


Esponja:
1. f. Zool. Animal espongiario.
2. f. Esqueleto de ciertos Espongiarios, formado por fibras córneas entrecruzadas en todas direcciones, y cuyo conjunto constituye una masa elástica llena de huecos y agujeros que, por capilaridad, absorbe fácilmente los líquidos. U. t. en sent. fig.
3. f. Cuerpo que, por su elasticidad, porosidad y suavidad, sirve como utensilio de limpieza.
4. f. Persona que con maña atrae y chupa la sustancia o bienes de alguien.

Adoquín:
1. m. Piedra labrada en forma de prisma rectangular para empedrados y otros usos.
2. m. Caramelo de gran tamaño y de forma parecida al adoquín de piedra.
3. m. coloq. Persona torpe o ignorante.
4. m. Perú. Cubo de hielo azucarado, para el uso doméstico.

Si elegimos las acepciones que asocian los términos a una característica personal, debo reconocer –en el ámbito del tema tratado– que prefiero ser quien «chupa la sustancia a alguien» a ser «torpe o ignorante». Y si nos centramos en el significado metafórico, definiremos como persona «esponja» a quien está en condiciones y disposición de absorber conocimiento –la sustancia– y como persona «adoquín» a lo opuesto, a alguien macizo, impenetrable, totalmente impermeable al enriquecimiento cultural, a alguien que, quizá por creer que ya lo sabe todo, no desea o no necesita aprender, lo cual, ciertamente, es una torpeza y lo caracteriza como un ignorante integral.

Viene todo esto a cuento de que tengo la creciente impresión de que la mayoría de la gente está de vuelta de todo, piensa que se encuentra en posesión de la verdad y se molesta cuando se encuentra frente a alguien que manifiesta o deja traslucir un cierto conocimiento en el tema en el que supuestamente son –o se creen– expertos. Esto es extensible a casi todos los órdenes: vendedores de lo que sea, instaladores, pintores, electricistas, dependientes de supermercados, gasolineras, policías, abogados, tertulianos de radio o TV, miembros de las redes sociales, etc., etc. Normalmente, su enfado o molestia se complementa con un manifiesto aplastante e incontestable y con la negación de todo crédito al presunto «listillo», debidamente sazonado, en comunicación presencial, con una mueca de suficiencia o, en el caso de comunicación telefónica, con un tono sarcástico de voz (especialmente, vendedores de gas, luz, teléfono o humo, qué más da). En suma, «adoquines».

Contrasta esto fuertemente con mi permanente disposición a reconocer el talento, la preparación y el mayor conocimiento de mis interlocutores, con el egoísta objetivo de aprender. En definitiva, de ser una «esponja». Hay que tener en cuenta que «chupar la sustancia» de tu interlocutor es gratis, lo tienes ahí mismo, a tu lado. No tienes que matricularte, ni pagar derechos, ni hacer nada más que reconocer su autoridad en la materia y estar en disposición de escuchar, preguntar y aprender. Pero, claro está, para ello son condiciones necesarias: saber qué es lo que no se sabe, reconocer las propias limitaciones, proceder con humildad y aceptar que siempre hay quien sabe más que tú. Y esto es lo que me parece cada vez más difícil de encontrar.  

Seamos «esponjas». Cuando nos saturemos, exprimamos la memoria temporal en la memoria definitiva y volvamos a ponernos en disposición permanente de absorber conocimiento del entorno. Siempre se aprende algo. No tiene nada que ver con el nivel cultural de tu interlocutor, sino con tu receptividad, tu disposición favorable, tu apertura a lo desconocido. Y si resulta que tu interlocutor sabe más que tú de un tema en el que te consideras fuerte, te ha tocado la lotería. Bienvenido sea: «chupa su sustancia»; no seas «adoquín»; no te sepa mal reconocer «lo que no sabes».

«Estar de vuelta de todo debe ser muy aburrido; yo prefiero divertirme»

miércoles, 9 de mayo de 2012

Necesidades personales

Las necesidades de Maslow
Vamos ahora a llevar las Necesidades y las Expectativas, términos analizados conceptualmente en el blog empresarial, al ámbito que nos ocupa. El personal.

Le debemos a Abraham Maslow (1908-1970) esta elegante teoría, publicada en su obra “Una teoría sobre la motivación humana” (1943), la cual se ilustra (sobran las palabras) con lo que se ha dado en llamar “la pirámide de Maslow” o “jerarquía de las necesidades humanas”. Quien desee profundizar, además de la obra mencionada, puede acceder al enlace de la figura. Por lo tanto, vamos simplemente a esbozar sus cinco niveles y relacionarlos con los conceptos citados.
La idea básica de esta jerarquía es que las necesidades más altas ocupan sólo nuestra atención (nos preocupan) cuando se han satisfecho las necesidades inferiores de la pirámide. Las fuerzas (propias o del entorno) positivas dan lugar a un movimiento ascendente en la jerarquía, mientras que las negativas empujan las necesidades hacia abajo. En orden ascendente:
  • Fisiológicas: Son las necesidades básicas y de supervivencia, las cuales, lógicamente, prevalecen sobre todas las demás (respirar, comer, beber, vestir, dormir, descansar, evitar el dolor y tener relaciones sexuales).
  • Seguridad: Como su nombre indica, representan la necesidad de afirmar lo conseguido, estableciendo límites y extendiendo el alcance al entorno próximo (seguridad física, de la salud, del empleo, de los ingresos y recursos, de la familia y de la propiedad privada).
  • Afiliación: Relacionadas con el desarrollo afectivo del individuo (actividades deportivas, culturales y recreativas, amistad, compañerismo, afecto y amor).
  • Reconocimiento: La necesidad de respeto a uno mismo (confianza, competencia, maestría, logros, independencia y libertad) y de los demás (atención, aprecio, reconocimiento, reputación, estatus, dignidad, fama y gloria) cuya merma se refleja en una baja autoestima y en complejo de inferioridad. Representa la necesidad del equilibrio en el ser humano, lo que le permite convertirse en el hombre de éxito que siempre ha soñado, o en un hombre abocado hacia el fracaso, el cual no puede lograr nada por sus propios medios.
  • Autorrealización: Es la necesidad psicológica más elevada del ser humano. Con su satisfacción se encuentra una justificación o un sentido válido a la vida mediante el desarrollo potencial de una actividad. Se llega a ésta cuando todos los niveles anteriores han sido alcanzados y completados, al menos, hasta cierto punto.
En nuestra particular apreciación, consideraríamos requisitos (de obligado cumplimiento) a los dos primeros niveles (fisiológicas y de seguridad), necesidades a los dos siguientes (afiliación y reconocimiento) y expectativas a la cúspide de la jerarquía, la autorrealización. 

Una vez llevadas las necesidades y expectativas al ámbito personal, estamos en condiciones de reflexionar sobre la satisfacción y su complemento humano: la felicidad. Seguiremos...

domingo, 29 de abril de 2012

¿Personal o human@?

Estaba reflexionando sobre el título de esta entrada y me han asaltado tal aluvión de dudas que me han dejado prácticamente paralizado (físicamente, no mentalmente). Quien haya tenido la fortuna o la oportunidad de escribir (con el objetivo de publicar) me comprenderá. Los títulos siempre son el resultado de un ejercicio de abstracción con la loable pretensión de condensar en una frase el contenido de lo que se titula. Bien es cierto que no es lo mismo titular una entrada de blog que un libro técnico o una novela, pero independientemente de la extensión del texto, la tarea siempre es la misma: pensar y sintetizar.

Como consecuencia de mi formación técnica y de mi experiencia empresarial, tengo fuertemente arraigado el concepto de planificación. Para mí, “planificar es pensar antes” (tómese esta frase como un ejemplo de síntesis), aunque no me atribuyo paternidad alguna sobre la misma. Fue Platón quien nos enseñó que “sólo puede crearse algo si previamente se tiene la idea o forma de la cosa que se va a crear” y que “las formas o las ideas preceden a las cosas” (en aras de la precisión y la objetividad, evidentemente, en esta frase y en muchas de las que nos encontraremos en el futuro, el entrecomillado no representa literalidad. Yo no estaba).

Pues bien, cuando buscaba un título para esta entrada, pretendía dedicarla a la extrapolación de los conceptos Calidad y Excelencia (empleados fundamentalmente en el ámbito empresarial) al ámbito personal. Y digo pretendía porque su búsqueda me ha llevado a esta digresión, cuya extensión le ha dado entidad suficiente para protagonizar su propia entrada.

A diferencia de quien pone el título una vez escrito el libro, como yo no tenía escrita la entrada (es mi forma de trabajar, buscar un título me ayuda a clarificar ideas para su posterior desarrollo), bullían en mi mente multitud de términos que chocaban con lo que se ha dado en llamar “políticamente correcto”. Como se pueden imaginar, me refiero al tratamiento del género.

Y he pensado que mal empezaríamos un blog dedicado a la Calidad, la Excelencia y la Ética personal si abjurásemos de nuestros principios en aras de ajustarnos al modelo de conducta socialmente aceptado. En resumen, nos dedicásemos a “quedar bien”.

Con el riesgo de provocar de entrada rechazo o incomodidad en los lectores, declaro desde aquí que no voy a ser sensible a esta corriente, cada vez más extendida tanto en la comunicación hablada como en la escrita. Es decir, nunca escribiré “hombres y mujeres”, “obreros y obreras”, “lectores y lectoras”, “políticos y políticas” (hasta aquí, ejemplos que no agreden la gramática) o “miembros y miembras” (probablemente Word comparte mis criterios porque subraya en rojo la última palabra).

Llamo la atención sobre el hecho de que tanto la Calidad como la Excelencia y la Ética son términos de género femenino, al igual que la Empresa o la Política (lo cual me parece estupendo) y que cuando extendemos su aplicación a las personas (también femenino) nos referimos a todo el género humano (masculino). Convendrán conmigo que “personas y personos” hubiese sonado francamente mal.

Terminaré diciendo que, a diferencia mía, algunos autores se han caracterizado por hacer equilibrios en la cuerda floja de lo “políticamente correcto” en materia de género. Me refiero concretamente a Jesús Mosterín, filósofo del cual me manifiesto ferviente seguidor, quien ha acuñado el término “humán” (plural “humanes”) para referirse indistintamente a los “humanos y humanas” sin herir susceptibilidades (El Pensamiento arcaico, Alianza Editorial, 2006). Loable intento, aunque difícil de mantener a lo largo de sus libros. Véase “La cultura humana” (Espasa Calpe, 2009), gran libro, por cierto, donde ya no hace distinción alguna de género (”especie humana”, “género humano”, “la humanidad”, etc.). Debe ser verdaderamente agotador, además de escribir, atender a estos convencionalismos.

NOTA: el empleo del carácter @ en el título es transitorio y no se repetirá.

sábado, 28 de abril de 2012

Empezando por el principio

No podía ser de otro modo. El título del blog obliga mucho. Dos sustantivos de peso (Calidad y Excelencia) acompañados de un término adjetivado que, afortunadamente, limita su alcance (en este blog, a la ética personal). Resulta pues de lo más conveniente, empezar justificando este ambicioso título, con un doble objetivo: obligar al autor a concretar sus ideas y comprometerse, aquí y ahora, a plasmarlas fielmente y prevenir al lector de lo que le espera.

Antes de empezar la autopsia del título, es preciso concretar que este blog forma parte de un trío coherente de blogs, los cuales únicamente difieren en su alcance. Los dos blogs complementarios se dedican a los ámbitos de la Empresa y de la Política.

En primer lugar, es preciso resaltar la tradicional vinculación de los conceptos Calidad y Excelencia con el ámbito empresarial. No es frecuente encontrar referencias a la Calidad o a la Excelencia personal (no me refiero a calificaciones profesionales como "un cirujano excelente") ni mucho menos (incluso nos suena mal) a la Calidad o a la Excelencia política.

Ha sido en este ámbito empresarial donde el autor ha convivido, durante su dilatada vida profesional (reconozco que esto, en sí mismo, no es ningún mérito), con ambos conceptos, habiendo sido testigo impotente del enorme descrédito que han adquirido así como su innegable trivialización. Esta es mi percepción: Hoy, la Calidad y, en mucho mayor grado, la Excelencia son conceptos exóticos y prácticamente muertos en el imaginario de la mayoría de los empresarios. Reflexionar sobre esta situación es el objeto del blog dedicado a la Empresa.

Ahora bien, la Empresa en sí misma, más allá de su personalidad jurídica, no es nada sin las personas. Tengo la convicción de que la Calidad y Excelencia de la Empresa es directamente proporcional a la Calidad y la Excelencia de las personas que la componen. Reconozco que en el ámbito empresarial, existen componentes específicos relacionados con el conocimiento del sector o con la competencia en el puesto de trabajo. Pero, en último término, todo se reduce a la persona.

En cierto modo, todo lo dicho es extensible a la Política. Para ello, asimilaremos la Empresa (concepto genérico) con el Gobierno (central o autonómico), con los Partidos de la oposición y con las administraciones, empresas y entes públicos (ayuntamientos, diputaciones, etc.). En el blog dedicado a la Política lo argumentaremos con todo grado de detalle.

Pero…¿qué pinta la Ética en todo esto? Consciente de que las entradas de un blog deben tener un tamaño contenido, no lo vamos a desarrollar ahora. Tendrá su entrada específica, pero podemos adelantar, a modo de aperitivo, que entendemos que la Calidad y la Excelencia de nuestros actos son consecuencia de nuestra Ética personal.

Este blog publica mis reflexiones orientadas a proponer la sistemática básica para definir nuestros principios éticos y alcanzar la satisfacción gracias a su adecuada aplicación. Dejamos para la sociedad, juzgar si ésta ética personal es o no moral, entendida como ajustada al modelo ideal de buena conducta socialmente aceptada (implícita, no declarada) o formalmente establecida (obligatoria).

Continuará…