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martes, 3 de junio de 2014

La Madre de Todas las Noticias

«Es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado».

A esta lúcida reflexión de Karl Popper le voy a añadir —eludo conscientemente el condicional «le añadiría» tan en boga— que ello es absolutamente independiente de tus esfuerzos, porque de quien depende realmente es de la voluntad de los otros, voluntad, en la mayoría de los casos, mala y en el resto de casos, condicionada por la ignorancia o la pereza mental.

Viene todo esto a cuento de la imparable hemorragia que sigue, sigue, sigue... de declaraciones en forma de chistes, chirigotas, frases supuestamente cultas, fotomontajes, llamadas a la lucha, reivindicaciones utópicas —por absolutamente irrealizables— y demás formas de pretendida comunicación (la mayoría, monólogos, deposiciones o manifiestos), servidas en todos los medios (redes sociales y mass media) por personal de toda clase y condición, incluyendo profesionales del periodismo y líderes políticos —clásicos y recién llegados— a los que, en mi humilde opinión, cabría exigir algo más de rigor y algo menos de oportunismo y demagogia, hemorragia motivada por la inopinada —a pesar de que ahora, casi todo el mundo lo sabía— noticia de ayer: la abdicación del Rey.

Ante esta situación y dado que no quiero ser malinterpretado, lo mejor es callarse. Por lo tanto, me voy a abstener de opinar. Porque también creo que, a diferencia de lo que se desprende de muchos de los mensajes enviados a quien quiera escuchar, la verdad absoluta no existe y, como la verdad no es opinable, todo es opinión. Y las opiniones, si no te las piden, lo mejor es guardártelas. Te ahorrarás muchos sinsabores

No quisiera terminar sin declarar que, con toda probabilidad, yo también he malinterpretado todas y cada una de las píldoras que me han llegado, algunas —pocas— realmente ingeniosas y gratificantes, pero el denominador común, la media de todas ellas, me ha resultado de muy baja Calidad y nula Excelencia (de la Ética, hoy, mejor no hablar). Pero claro, esto sí que es una opinión personal. Porque seguramente, no es verdad. Y con toda seguridad, también será malinterpretado.

NOTA: Esta efeméride marca el regreso a la actividad blogera, tras un largo período en el que ha coexistido una lacerante falta de inspiración con un aumento circunstancial de tareas que no favorecían en absoluto la introspección necesaria para «pensar antes de escribir» (cosa que no parece hayan practicado demasiado algunos de los autores mencionados).

sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

domingo, 9 de junio de 2013

¿Conservador o Progresista?

Pues no lo sé. Sorprende la facilidad con que se etiquetan comportamientos o perfiles vitales, dando por supuesto que una simple palabra encierra todos los infinitos matices que caracterizan el pensamiento humano y que acoge bajo su simple enunciado a un colectivo(1) por definición diverso y plural. Otro tanto se puede decir del persistente empleo de ambos términos contrapuestos, en un estéril e ingenuo intento de simplificar lo insimplificable, de reducir a un planteamiento discreto y binario la totalidad del espectro(2) político, el cual, si atendemos a los sufridos electores, cubre de forma continua toda la gama de grises(3) entre el también binario «blanco» y «negro» con el que se califican y agreden mutuamente(4) los líderes de cada bando.

El tercero no lo sé etiquetar.
Viene todo esto a cuento de que la actividad política de la semana se ha llenado de estas dos etiquetas, colgadas a los nuevos –y antiguos– miembros del renovado Tribunal Constitucional, garante de la pureza de nuestra Carta Magna, sometiéndoles a una perversa contabilidad, a mi modo de ver, simplista y, hasta cierto punto, denigrante. Y de nuevo, me ha brindado tema de reflexión. Será porque, a pesar de mi escepticismo, resulta imposible abdicar del efecto que la política causa en los administrados a los que todavía les queda un rescoldo(5) de interés. Y este interés, hoy por hoy, en mi caso, se limita a la extrapolación de los comportamientos de los políticos, de los que se supone son nuestros líderes, de los que debieran dar ejemplo, de los que hemos elegido para que nos gobiernen para bien de todos nosotros, a la ética personal, al comportamiento individual. Y claro está, si ellos se etiquetan de forma tan simplista, debo suponer que su distorsionada imagen de la sociedad les indica que sus miembros deben adscribirse a una u otra opción, lo que me lleva a la pregunta inicial: ¿Qué soy yo? ¿Conservador o Progresista? Pues no lo sé. Porque no sé lo que significa(6). Empecemos por los «conservadores».

Conservadores:
La primera duda que me asalta es qué es lo que conservan. Porque según sea me gustará o no. En principio, «conservar» es bueno. Evoca el paradigma de «sostenibilidad», modelo de lo hoy «políticamente correcto». Nadie me negará que todo lo sostenible debe conservarse. Por lo tanto, de una forma objetiva –si ésto fuese posible–, todos deberíamos ser conservadores. Pero se me antoja que la cosa no va por ahí. No estamos hablando de la Gaia de Lovelock, ni de la biodiversidad, ni del cambio climático, sino de las miserias humanas, de la política y, claro está, aquí la objetividad brilla por su ausencia. No se puede «conservar» lo malo, entendiendo como tal unas ideas periclitadas tendentes a perpetuar privilegios e injusticias sin fin sobre la humanidad(7). Todo esto desde la óptica sesgada y dogmática del bando «progresista».

Progresistas:
Tampoco está claro hacia donde orientan su «progreso». Porque esto es crucial para apuntarse o no. En principio, sorprende que este calificativo se lo autoasignen. Es decir, los progresistas presumen de serlo. Se ponen las medallas ellos mismos. Y, normalmente, son los que denostan a sus adversarios etiquetándolos de «conservadores»(8). También resulta sorprendente que sean acérrimos conservadores de sus logros con lo que se homologan a sus opuestos, en una suprema demostración de inconsistencia. En otro alarde de simplificación, su discurso tiende a asociar su «progreso» con la búsqueda del bien común, del bien de la mayoría, en contraposición a los «conservadores», perversas gentes de buen vivir únicamente preocupados por el bien de sí mismos.
   
Conclusión:
Menudo dilema. La verdad es que ayudan poco con su ejemplo diario, el cual contradice continuamente sus planteamientos teóricos. Y no iré más allá porque este no es un blog político. Terminaré intentando extraer algo positivo de la enorme duda. Creo que soy las dos cosas, lo que viene a ser lo mismo que no ser ninguna. Sin duda, esta posición puede parecer aséptica, acomodaticia o simplista, pero tras este análisis no puedo hacer otra cosa que reforzar mi escepticismo. En buena lógica, esta posición equidistante se podría calificar de «centrista», aunque no la acepto porque presupondría la existencia de los extremos defendidos por los simplificadores, los cuales –ambos– no tendrían ningún reparo en calificarla de «liberal» y tampoco tengo demasiado claro el significado de este nuevo término.

En resumen, nada de centros ni equidistancias. Una ética personal de calidad debería ser capaz de tomar lo bueno que existe en cada etiqueta y huir de generalizaciones. Conservar lo conservable y progresar en el buen sentido. Menudo descubrimiento. A ver si al final resultará que, a mi manera, soy «liberal», en el sentido de defender la libertad y los derechos individuales en la medida que no vulneren los de los demás. Norma única.

Karl Popper dijo sobre la limitación de la libertad:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo replica: «la libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino»
El juez... ¿Conservador o Progresista?

1 - Nótese que me he abstenido de emplear el término «rebaño».
2 - No se tome «espectro» en su acepción de «fantasma».
3 - Caramba con el lenguaje. ¿La política «gris»? Qué va!!!
4 - Evidentemente, ambos reclaman para sí el «blanco».
5 - En mi caso, ya muy frío.
6 - Y dudo que ellos lo sepan (ni les importe).
7 - Normalmente, se conforman con hablar de su pequeña tribu.
8 - Ignoro la causa por la que los conservadores no presumen –normalmente– de serlo. Quizá se deba un atávico complejo de culpabiidad nunca presente en el progresismo. Incomprensible, pues ambos tienen mucho de lo que olvidarse.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Valor del Lenguaje

Siguiendo con mi costumbre, empezaré con un análisis del título, el cual, como todo buen título, debería ser expresión condensada y relevante del contenido que titula. Antes de empezar su autopsia, probablemente, la primera reflexión que provoca su lectura es: ¿y qué puñetas tiene que ver "el valor del lenguaje" con la ética personal? Pues responderé que mucho. Y el propósito de este artículo es, precisamente, justificarlo. Empecemos:
  • Valor: ¿se puede añadir algo a lo ya tratado? En el blog empresarial analizábamos el término desde el punto de vista de la excelencia, diferenciándolo claramente del concepto "coste", con el que, frecuentemente, se confunde. Recordemos un poco: Valor es "la relación entre la satisfacción de las necesidades y los recursos utilizados". Por lo tanto, utilizando esta acepción, una vez conozcamos las necesidades del lenguaje (su función), podremos conocer su valor, el cual estará en función de los recursos utilizados en su producción (entendiendo como tal, los esfuerzos que hayamos empleado para generar un mensaje con él). 
  • Pero existen más acepciones. Utilizaremos también la bastarda: el coste. Porque el lenguaje mal utilizado puede representar un coste. Y un coste nunca se amortiza. Es un peso, una losa, que será tanto mayor cuanto peor haya sido su utilización. Y por último, consideraremos la acepción 6 del RAE: "Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos". En ocasiones, el lenguaje ha de ser "valiente". Aparquemos el tema hasta analizar de nuevo la frase completa.
  • Lenguaje: no voy a pavonear de erudición gratuita, entre otras cosas, porque no puedo. Pero si daré mi definición, decantada por mi escaso conocimiento y la experiencia adquirida. El lenguaje es una convención simbólica que pretende (y casi nunca consigue) ser una representación del pensamiento. Y su resultado, su producto, su función, es la comunicación. Cuando lo empleamos en su forma verbal, por la inmediatez (no es conveniente pensar demasiado las frases, para evitar la somnolencia del interlocutor), el riesgo de no expresar lo deseado es altísimo. Este riesgo baja cuando lo empleamos en forma escrita, pero nunca tenemos garantía de éxito (este artículo ya lo querría empezar de nuevo, pero soy muy perezoso ¿es esto poco ético?). En cualquier caso, en este punto, podría ser adecuado ampliar este tema consultando el artículo "Entendimiento y comprensión".

Una vez comentados los dos componentes del título, analicemos el objeto del artículo:

De poco sirve aquí el lenguaje.
Debemos ser muy sensibles al valor del lenguaje. Teniendo en cuenta que su único objetivo es la comunicación, y que esta comunicación debe ser de calidad (eficaz, conseguir totalmente este difícil resultado: que los dos interlocutores hablen de lo mismo, se entiendan y se comprendan) y excelente (primera acepción analizada: máximo resultado con mínimo esfuerzo), tenemos que maximizar este valor. Adicionalmente, debemos minimizar el coste que nos puede suponer un empleo inadecuado del lenguaje. En ocasiones, la popular regla de contar hasta diez antes de responder a  lo que nos parece una inconveniencia, puede ser acertada.
Y, por último, no debemos temer la utilización del lenguaje. Cuando la ocasión lo requiere, se ha de hacer una utilización valiente del mismo. Decir las cosas como son. Llamar a las cosas por su nombre.

Para finalizar, incorporemos la preocupación por el valor del lenguaje a nuestra ética personal. Y digo preocupación, porque, a fuer de rigurosos, no podemos quedarnos mudos. Es suficiente con el compromiso de formarnos permanentemente, hablar con propiedad, atender al interlocutor y asegurar la comunicación. En resumen, "pensar antes de hablar" y "pensar antes de escribir". Todo empieza en el pensamiento.

Wittgenstein dijo "los limites de mi mundo son los límites de mi lenguaje". Procuremos disponer de un lenguaje amplio y preciso, para aumentar los límites de nuestro mundo. También dijo: "de lo que no se puede hablar, mejor callar". Sabias palabras. No nos engañemos. Para poder hablar, debemos tener recursos de lenguaje. Si no, mejor callar. Aunque si esta práctica se generalizara, con total seguridad, el "ruido" del mundo se parecería al de una biblioteca.

Karl Popper afirmó "es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado". Hagámosle quedar mal.

Y una última frase, perteneciente a la película (absolutamente recomendable) “La herencia del viento”, pronunciada por Spencer Tracy, abogado defensor en el juicio a las teorías de Darwin: "El lenguaje es pobre para expresar las ideas. Sólo podemos utilizar las palabras que conocemos". Mejoremos entonces nuestro vocabulario.