«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».
El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de
Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la
libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la
Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como
Valor Universal, NO EXISTE.
Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de
Karl Popper sobre la limitación de la
libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
 |
| Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido). |
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de
límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la
libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.
Por lo tanto, la
libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus
límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de
libertad, como
clientes de nuestros
proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de
libertad:
Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las
expectativas y representa nuestros
límites. Evidentemente, incluye las
necesidades básicas y de supervivencia.
Libertad percibida: A menos que nuestra
satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la
libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la
deseada y experimenten la misma dosis de
libertad tendrán
percepciones distintas.
Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los
límites formales.
De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de
libertad, que ésta tiene
límites, que estos
límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto
cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto
proveedor y que la
libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta
Libertad Absoluta, si tuviese este
Valor Universal, debería existir un
Proveedor único –llamémosle
Dios,
Gran Juez(1) o
Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el
Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la
libertad, aún siendo absoluta, tendría
límites, ergo SIEMPRE los tiene.
Porque, en mi opinión,
no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.
Y no podría terminar sin la moraleja
ética que justifique el artículo: como
proveedores, concedamos la máxima y como
clientes, reclamemos la razonable y suficiente.
«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».
1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.