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viernes, 5 de julio de 2013

Pensar (casi) con los pies

ó
«Cómo el dedo meñique puede afectar negativamente al pensamiento introspectivo, en especial a la producción de aforismos (pretendidamente) propios»

Debo reconocer que la producción de aforismos es un ejercicio intelectual que me agrada sobremanera. El hecho de conseguir declaraciones o proposiciones concisas que expresen con una cierta precisión conceptos de mucho mayor calado que el simple enunciado me resulta sumamente gratificante por su condición de estímulo sintetizador, especialmente apropiado para una mentalidad fundamentalmente analítica, sin menospreciar el fenomenal aprendizaje que representa para un novicio de Twitter.

Soy consciente de que, a estas alturas de la civilización, la gran mayoría de las frases pretendidamente –y en muchos casos, presuntuosamente– vendidas como propias, tienen su origen en una percepción sensorial, en una creación –artística, literaria o verbal– ajena que, por habernos impactado especialmente, se ha alojado inconscientemente en lo más recóndito de nuestra memoria. Después, de forma inopinada o en respuesta a un estímulo reflexivo, afloran a la superficie, convenientemente digeridas o adaptadas a nuestra personal forma de expresión. Por lo menos en mi caso, ya que, por suerte o por desgracia, dispongo de escasa o nula capacidad de retención literal, lo que me lleva a almacenar los conceptos, generalmente difusos, los cuales, cuando los preciso, debo concretar –a menudo empleo el término «destilar»– de nuevo. Lo mismo me sucede con las fuentes: tiendo a olvidarlas o a confundirlas, lo que es prácticamente lo mismo –aunque, en realidad, no pongo especial interés en retenerlas–. Valga esta introducción como pliego de descargo y justificación general para las frases (casi) propias que puedan ser acusadas de plagio. No es en absoluto mi intención. Puedo asegurar que su origen inmediato es propio –habitualmente en mis paseos; pienso mucho con los pies– y que se han transferido directamente desde el cerebro a mi mano y de ésta, rotulador mediante, a una libretita que tengo siempre a tiro. Si algún lector identifica un origen ajeno, se agradecerán referencias concretas del desaguisado. En cualquier caso, el que se sienta libre de pecado, que tire la primera piedra. Probablemente, todo está escrito y todos los que disfrutamos con la escritura de no-ficción no hacemos más que darle vueltas a lo mismo. ¿Copia? ¿Vulneración de algún principio moral o ético(1)? No lo creo. Por lo menos, si se dan las premisas expuestas.

Pero..., ¿cuándo y cómo se generan estos aforismos? Hemos ya adelantado que pienso mucho con los pies. Puntualicemos un poco. O más bien, especifiquemos el alcance del término «pensar», a pesar de que, en cierto modo, ya ha quedado explicitado en el subtítulo de este artículo: no nos estamos refiriendo a la acción previa a toda toma de decisiones, a la primera fase del cotidiano y fundamental proceso Pensar > Decidir > Actuar(2). Nos estamos refiriendo al pensamiento introspectivo, a la reflexión estéril, a la satisfacción de una necesidad que, en mi caso particular, en mi estado de clase pasiva, es de gran importancia para mi estabilidad emocional: pensar por pensar. Y resulta que me he dado cuenta que pienso(3) por (con) los pies. Veamos porqué:

¡¡¡ Qué horror !!!
Siempre me ha gustado andar. Y ando –como la mayoría– con los pies. También me ha gustado pensar mientras ando. Pero claro, ésto no quiere decir que piense con los pies. Lo que ha sucedido es que un reciente suceso me ha revelado que sólo pienso mientras ando. Lo que nos lleva a dos hechos que trataremos independientemente: a) me gusta pensar mientras ando y b) sólo pienso mientras ando(4). En cuanto al primero, sostengo el argumento con el hecho de que no consigo pensar sentado en el sillón mirando a la pared o, como se aconseja por los gurús de la búsqueda del «yo», cerrando los ojos y «mirando» mi interior reflejado en el revés de los párpados. Tampoco me motiva –para esta tarea– el silencio, lo que me lleva a pensar que si me encerrasen en una cámara de privación sensorial, el estruendo del torrente sanguíneo, el retumbar del pulso y los estertores intestinales representarían una tortura absolutamente esterilizadora, la negación de todo pensamiento creativo, la no-producción. En cambio, salgo a la calle a caminar y todo cambia. El tronante ruido del tráfico –normalmente camino unos seis kilómetros en el lateral de una avenida de tráfico denso–, el excitante –por peligroso– esquivar los slalom de las bicicletas y monopatines, el sortear a los vehículos que no respetan o que bloquean los pasos de peatones, el estentóreo graznido de las cotorras que han colonizado BCN, el altisonante monólogo de los usuarios callejeros de móviles –lamentablemente no se escucha al interlocutor–, el lacerante o gratificante sol –según estación; acostumbro a caminar al mediodía–, unidos al rítmico y cadencioso paso-a-paso, conforman, en mi caso, el escenario óptimo para la introspección. De forma progresiva, se despierta la mente, se aísla selectivamente del entorno y empiezan a fluir los pensamientos. Y digo selectivamente, porque sigue extremadamente atenta a cualquier input que merezca evaluación y reflexión. Y si no aparecen, sin duda, rebusca en el almacén de los recuerdos. Debe ser así porque siempre hay cosecha. Siempre regreso a casa con algo. Con alguna frase resumen de mis reflexiones, con algún tema para desarrollar. Por eso me gusta caminar: porque siempre pienso. Pero nunca había caído en el hecho b): en que sólo pienso mientras camino. Hasta hace poco. Hasta que me golpeé el dedo meñique del pie derecho en una pata de mesa y se convirtió en un pequeño globo rojo repleto de agujas punzantes. Y como consecuencia, casi dos meses de abstinencia mental que me han llevado a una absoluta sequía en la producción de aforismos. A pesar de las grandes dosis de sofá y de mis frustrados intentos de estimular mi imaginación. Porque he leído mucho, pero no es lo mismo. Si te obsesionas en conseguir algo, corres el riesgo de hacerte trampa y caer en el recurso fácil de alterar o disfrazar –con la mejor de las intenciones– lo leído. En cambio, caminar, y pensar caminando, te obliga a utilizar el entorno físico o los recuerdos, con lo que la garantía de originalidad y «propiedad intelectual» aumenta(5).

Y con esto queda explicado: pienso con los pies. Afortunadamente, el globo se ha deshinchado y las agujas han desaparecido, lo que me ha permitido de nuevo volver a la calle y reanudar la producción de aforismos y temas de reflexión. Y funciona. Hasta el punto de que –complementando la temática general– daré entrada en el blog a estas frases (casi) propias y a su desarrollo justificativo. Mientras pueda caminar y escribir.  

Notas:
1 - Ambos términos en su significado coloquial. A lo largo de mis publicaciones, he dejado bastante claro que, EMHO, ambos conceptos no tienen nada de absoluto o universal: el primero –la moral– encierra un relativismo colectivo y el segundo –la ética–, individual.
2 - Entra en este verbo genérico el «escribir», acción particularmente gratificante.
3 - En adelante, «pensar» siempre entendido como pensamiento introspectivo.
4 - En determinadas condiciones.
5 - La garantía absoluta nunca se tiene.

sábado, 11 de mayo de 2013

Pasotismo: el Qué y el Cómo

«Todos saben qué hacer, pero pocos cómo hacerlo». Esta tópica reflexión ha sido el detonante de la entrada de hoy. Me ha venido a la memoria tras llenárseme –con rebose–, el apéndice mental, depósito psíquico virtual equivalente al apéndice vermicular conectado al intestino ciego, de función no demasiado conocida, pero cuya inflamación resulta especialmente molesta precisando, generalmente, de una intervención expeditiva: su extirpación. Pero... ¿de qué se me ha llenado el apéndice?

De un tiempo a esta parte proliferan mensajes de todo tipo, cuyo denominador común es –o pretende ser– una llamada a nuestra conciencia, que nos hacen sentirnos profundamente incómodos, incluso, malas personas. Frecuentemente, se nos acusa implícita o explícitamente de insensibilidad ante la desgracia de personas, animales o cosas o de adoptar una postura acomodaticia frente a la corrupción y a las distintas crisis que nos asolan, entre las que destacan –en relación no exhaustiva ni jerárquica– la económica, política, educativa, sanitaria, familiar, deportiva, moral o de valores.

Puntualizaremos que todo mensaje es un proceso de comunicación con dos protagonistas: el emisor y el receptor, lo cuales se encuentran en los extremos del medio que vehicula el mensaje, sea prensa, radio, TV, internet o las redes sociales. Como emisores podemos citar –también como relación no exhaustiva– los políticos en el poder y en la oposición, los medios de comunicación desde su sesgo ideológico y apesebrado –todos lo tienen–, las organizaciones sindicales –también apesebradas–, las organizaciones y manifestaciones reivindicativas ciudadanas de generación espontánea –es un decir– y determinados miembros de las redes sociales –afortunadamente, no todos–. Como receptor, me sitúo yo, en primera persona, ya que no puedo ni quiero ponerme en el lugar de nadie ni especular sobre el efecto de estos mensajes en su propio apéndice.

Hablemos ahora un poco de los mensajes absorbidos por mi depósito mental de residuos no reciclables –de ahí la inflamación–. Y en cuanto a los mensajes, diferenciaré entre el contenido –su esencia– y la intención del emisor, entendiendo que es la combinación de ambos la que le da al proceso su verdadera dimensión venial o letal.

Sin entrar en los frecuentes eufemismos y metáforas a que nos tiene acostumbrados la clase política –hilos de plastilina, brotes verdes, retraimiento de la paga, crecimiento negativo, desaceleración positiva, adhesión al mecanismo de rescate, medidas de contención presupuestaria, optimización de la estructura impositiva, flexibilización de plantilla, ajustes con sensibilidad, fondo de liquidez autonómica, el que no hace nada por tiempo indefinido, etc.–, los cuales pueden ser considerados maldades menores, citaremos mensajes de mayor calado cualitativo y cuantitativo que voy, necesariamente, a generalizar. Se trata de mensajes explícitos –ruedas de prensa, mitines, publicaciones en Facebook, etc.– o implícitos –resultados o evaluaciones de manifestaciones con asistentes reales o espectrales, expropiaciones de alimentos y de viviendas para necesitados, «escraches» anti-deshaucio, etc.– que apelan a nuestra conciencia bajo los elementales e indiscutibles principios de dar de comer al hambriento, derecho a una vivienda digna, a la sanidad y a la educación pública, derechos todos ellos absolutamente deseables y suscribibles por la mayoría de la población que se considere civilizada y bien nacida. Incluyo también aquí la Declaración Universal de los Derechos Humanos –completa–, fotos de masacres, de violencia de género, de animales maltratados, manifiestos de pseudo-filósofos, coñas y chistes de mal gusto con moralina incluida  etc. etc., que se publican en Facebook con objeto, para mí, ignoto.

Pero, más allá de su enorme diversidad, en todos ellos subyace un denominador común que nos indica, exclusivamente, el «qué hacer». Como una pequeña muestra: proclamar la república, abolir la monarquía, conseguir la independencia, cambiar el gobierno, fomentar el crecimiento, la dación en pago, expropiar la banca, expropiar las viviendas vacías, no devolver la deuda, no despedir, no retrasar la jubilación, no reducir las pensiones, no cerrar consultas ni hospitales, no (co)pagar medicamentos, no reducir el gasto educativo, no frustrar a los estudiantes desaventajados –eufemismo que encierra múltiples significados–, no repetir cursos, no aumentar los impuestos (o subirlos), no practicar la violencia de género, no vulnerar los derechos humanos, no maltratar a los animales, no destruir el medio ambiente, no limitar la libertad, no robar, no matar, no masacrar, no, no, no...

Y, además,... de cabeza!!!
Pero todo esto, ¿cómo se hace? ¡Ah!, amigo mío, esto es otra cosa. Parece que de lo que se trata, lo que se nos pide, es tirarnos a la piscina sin agua, suscribir el qué sin importar el cómo, al modo de los niños, esos locos bajitos, con pataleta incluida. Y quien no suscribe ciegamente el qué, es acusado de pasotismo y también demonizado por esta cohorte ejemplarizante que parece ostentar el monopolio de los derechos humanos y del bien-pensar universal. Me pregunto si los emisores de mensajes de este tipo suponen que están en posesión de la verdad, actúan como garantes de los, lamentablemente desgastados por el uso, derechos humanos, y que los receptores son (somos) personas de baja estofa moral o intelectual, ignorantes alejados de la realidad sin un mal periódico o libro que llevarse a los ojos o personas erradas de tan débiles convicciones que serán convertidas al bien por el mero hecho de leer la verdad revelada en forma de mensaje ejemplar.

Quiero conceder, en la mayoría de casos, el beneficio de la duda, y atribuirle al emisor –los políticos comen aparte– la mejor buena voluntad e intención. Pero esto no es óbice para que el resultado final sea molesto, incómodo e irritante para mi apéndice mental. Ni para que me declare pasota a mucha honra, más preocupado por el cómo que por el qué. Un pasota que seguirá pensando que se consigue más con el ejemplo a su entorno, con los actos del rutinario y agobiante día-a-día que con pseudo-ejemplarizantes manifiestos, declaraciones, publicaciones y mensajes vacíos de tan llenos que se pretenden vender.

En cuanto a los suscribidores de mensajes o participantes en iniciativas colectivas, tras colocarme la coraza anti-epítetos desagradables, me tomo la libertad de proponer un consejo: asegúrense de no ser conducidos como un rebaño por un pastor. De no ser cómplices ingenuos de perversos o bastardos intereses. Intenten formar parte de un colectivo racional que comparta una unidad de propósito consistente y coherente. Y detecten y expulsen a las ovejas negras. Resulta muy difícil, pero hay que intentarlo. No será la primera vez –a mí me ha sucedido– que luego hay que lamentarse y repetir: no era eso, no era eso. Y esto, a mí, no me pasará más.

NOTA: Antes de que se me acuse de incoherencia, aceptaré que el último párrafo dice lo que hay que hacer, pero no cómo hacerlo. Pero, a diferencia de los mensajes de los ejemplarizantes, si no me hacen caso, no serán demonizados. Están en su derecho. Ustedes sabrán lo que hacen.

miércoles, 25 de julio de 2012

Egoísmo, Yoísmo y Creatividad

Un yoísta en acción
Empezaremos diciendo que el término "yoísmo" no está reconocido por la Real Academia, a pesar de lo cual su utilización es bastante frecuente, lo que no descarta su futura homologación, ya que el significado aplicado por "la calle", difiere notablemente del etimológicamente muy próximo "egoísmo". Por lo tanto, aventuraremos una definición propia: "una preocupación desmesurada y enfermiza por exaltar públicamente el yo (ego)". Pienso que, aunque difícil, yoísmo y egoísmo pueden darse por separado. El yoísmo se manifiesta por la necesidad de que los demás perciban nuestra condición superior, mientras que el egoísmo implica pensar en nosotros mismos antes que en el prójimo. Por lo tanto, el egoísmo puede darse aunque nos sintamos inferiores, lo cual es, en mi opinión, absolutamente incompatible con el yoísmo. Es esta convicción de nuestra superioridad la que induce, en los aquejados de yoísmo, a su compulsiva exteriorización. Por lo tanto, repito: "Yoísmo no es egoísmo".

También conviene fijar las coordenadas espacio-temporales en las que se genera esta entrada: Tras dos semanas de convalecencia de una intervención de cataratas, leo (con zoom en el iPad) una entrevista a Moisés Fernández Via, joven compositor y multi-instrumentista, una persona que tiene todos los números para sentirse autorealizado, con un subidón de autoestima y una cierta justificación para ser candidato a egocéntrico. En esta entrevista suelta una frase que me impacta: "El proceso creativo me saca del yoísmo". Como se puede apreciar, el término "inexistente" en su propia boca.
Paralelamente, en uno de los foros de filosofía donde participo (ahora muy poco) se mantiene un cierto debate sobre el egocentrismo con acusaciones cruzadas y descalificaciones constantes, nada filosóficas, por cierto. Esta conveniente y oportuna combinación es la que me ha llevado a las reflexiones publicadas en esta entrada del blog, con el propósito de que sirvan para recapacitar sobre el tema. A mí, me ha servido.

Hecha esta aclaración, empecemos con mis reflexiones:

La creatividad es el mejor antídoto contra el yoísmo. Y la monotonía, en cambio, lo alimenta. El afán de éxito, satisfacción y excelencia personal es perfectamente digno, pero debe mantenerse en el plano personal (en el de la autorealización o autoestima, cúspide de la pirámide de Maslow). La repetición voluntaria y consciente del mismo discurso, con la pretensión de ilustrar al entorno de la verdad (de nuestra verdad) únicamente tiene sentido como una necesidad de afirmación del yo, evidenciando, paradójicamente, una notable inseguridad en sí mismo.

Sensu contrario, la constante búsqueda de respuestas alternativas, lo que implica la aceptación de planteamientos y pensamientos ajenos (el cambio, la creatividad, en suma), es la mejor vacuna contra los ataques de yoísmo.

El convencimiento de haber alcanzado la excelencia personal es perfectamente lícito, pero no es preciso publicitarlo, ya que hacerlo puede resultar contraproducente.

No estamos hablando de llevar un cartel pegado en el pecho, pero debemos ser conscientes de que a través de la actitud, de la rotundidad de las sentencias, de la tasada combinación de onomatopeyas, frases cortas y exposiciones eruditas, de la ausencia de respuesta y consideración de las posiciones del interlocutor y, en suma, de dar la impresión de ostentar la verdad absoluta, se es mas explícito que disfrazándose de hombre-anuncio.

Esta actitud es apropiada (incluso adecuada) en clases magistrales, conferencias o turnos de preguntas, pero absolutamente inapropiada en mesas redondas, tertulias o debates, ya que, en este caso, el entorno tiene voz y, como humano que es, corazoncito, por lo que necesita percibir atención y consideración a sus propios planteamientos. Esto es lo que diferencia un diálogo de un monólogo.

Pero para ello, se necesita una mentalidad abierta y creativa, dispuesta a considerar alternativas a los planteamientos propios, los cuales, no lo olvidemos, pueden no ser los más acertados (observemos que no he dicho "erróneos"). Cada uno tiene "su verdad", y si le sirve, buena es. Pero lo que no es de recibo es querer imponerla a los demás. Y si este no es el propósito, ignorar los plantamientos ajenos y desautorizarlos con "nuestra verdad" no consigue otro resultado que irritar al contrario y, como efecto colateral, afirmar el yo, en una clara demostración de egocentrismo.

Cualquiera que haya hablado en público con frecuencia habrá experimentado la importancia de la actitud, incluso postural, para conseguir una razonable empatía entre el parlante y el auditorio. Esta necesidad se ve acrecentada en diálogos virtuales, donde no tienes realimentación visual y cuentan hasta los segundos, minutos, horas o días que tardan las respuestas, tardanza que puede interpretarse de variadas formas, incluyendo el propósito de "ningunear" al oponente. Por esto resulta importantísimo "ponerse en la piel" de tu interlocutor, al cual, en este momento, debes verlo como tu cliente, y, por lo tanto, tu obligación es mantenerlo satisfecho. Lo que implica pensar en él. Todo lo contrario al yoísmo. Y la mejor manera es atender sus reflexiones y aceptar que pueden ser acertadas. Y si estamos convencidos que no lo son (puede ser que argumente que 2 + 2 son 5) hacérselo ver educadamente, sin prepotencia ni frases lapidarias. Poniéndonos a su altura intelectual (en el caso de suponer que es inferior, aunque, frecuentemente, el yoísta se olvida de que su interlocutor puede ser superior).

A esto le llamo yo tener mentalidad abierta y creativa. Por muy fuertes que sean tus convicciones, siempre puedes modificarlas con aportaciones propias y de tu entorno. ¿Alguien es capaz de afirmar que sus convicciones más íntimas no se han modificado desde la pubertad? ¿incluso en el úitimo año? Nadie en su sano juicio. El Yo es personal e intransferible. No hace falta publicitarlo. Nuestros actos y nuestras omisiones lo evidenciarán mejor que la exposición explícita de nuestra "musculatura íntima". Percibirán nuestra excelencia de forma voluntaria y no impuesta. Mucho mejor. Pensemos en ello.

"El proceso creativo me saca del yoísmo" (Moisés Fernández Via. Compositor).

"No te vendas, deja que te compren. Aunque resulte paradójico, aumentará tu autoestima" (Germán Gallego)

"Cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta" (Pío Baroja).

"Un egoísta es aquel que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estás muriendo de ganas de hablarle de ti" (Jean Cocteau).

sábado, 23 de junio de 2012

Yo, mi propio líder

No descubriré nada si dejo aquí constancia del desprestigio en que se encuentra el término líder. Y no sólo el término, sino el concepto que subyace en el mismo. Mi opinión al respecto ya ha quedado fundamentada en la entrada “Líder o Caudillo” del blog Empresarial, por lo que no me voy a repetir. Todo lo que allí se dice es perfectamente extrapolable al ámbito que nos ocupa. También dejamos establecido que “la Vida es una Empresa”. Por lo tanto, veamos cómo podemos aplicar el liderazgo a la Empresa que es nuestra Vida,

Una vez establecida y aceptada (1) nuestra función en la vida, patentizada en los compromisos externos (qué hacer) e internos (cómo hacer), nos encontramos ante toda una colección de actividades ordinarias y extraordinarias que deben ejecutarse para dar satisfacción a nuestro entorno y, cómo no, a nuestra persona.

En mi opinión, nuestra existencia queda evidenciada por los efectos causados por nuestras acciones. Por lo tanto, “quien no hace nada, no existe”. De hecho, para hablar con propiedad (en filosofía, los términos todo o nada, así como las afirmaciones o negaciones absolutas no se sostienen) deberíamos matizar: “en el improbable supuesto de que existiese alguien que no ejecutase ninguna acción, nadie se apercibiría de su existencia”(2).

Dada la obviedad de nuestra existencia (en mi caso, como mínimo manifestada por la escritura de esta entrada, la cual espero que lea alguien) resulta indudable que estamos constantemente ejecutando actividades, cuyos efectos sobre nuestro entorno y sobre nuestra persona son los que dan sentido al Yo.

No voy a entrar en las profundas disquisiciones a que nos llevaría analizar en profundidad el significado del concepto, fundamentalmente por mi ignorancia en el tema, en absoluto paliada por el conocimiento superficial de las distintas corrientes de pensamiento que le han dedicado atención en la historia de la filosofía. Pero voy a exponer mi particular punto de vista que, con toda seguridad, será juzgado de simplificación extrema.

Yo, mi líder, cómodo
Entiendo el Yo como algo empírico, como el resultado de todas nuestras sensaciones y percepciones. Es lo que nos da conciencia de nuestra propia existencia y lo que nos convierte en el Sujeto de todos nuestros actos. Cuando decimos “Pienso, luego existo”, o mi variante “Actúo, luego existo” quien piensa y actúa soy Yo. No es egoísmo. Es realismo. En estos supuestos, soy El Sujeto. Y actuando en su nombre (que es el mío) es cuando interacciono con mi entorno. Por lo tanto, Yo soy lo más importante.

Pienso también que el equilibrio, la Excelencia del Yo reside en la adecuación del bucle recursivo Yo -> Actos -> Efectos -> Percepción -> Yo a los compromisos internos y externos adquiridos conscientemente y que definen nuestra función en la vida. En este ciclo recursivo permanente, resulta lógico que la percepción de los efectos de actos inadecuados (3) puede afectar, incluso desestabilizar, al Yo más pintado.

Ni que decir tiene, que una gestión adecuada (incluso defensiva) del Yo incluye la adaptación permanente de nuestros compromisos a la realidad de nuestro entorno. Esto no debe ser tomado como un planteamiento cómodo o posibilista. Es un planteamiento realista, situado en los antípodas de dogmatismos y fundamentalismos. Adaptación al medio y las antenas (nuestros sentidos) siempre atentas a los cambios que, inevitablemente, se producen. A título de ejemplo: de nada sirve seguir llevando a nuestro hijo a la escuela de tenis (se supone que en su día, le proporcionaba satisfacción) si ya no le satisface y no nos hemos dado cuenta de ello. Peor todavía es insistir en ello a sabiendas, con la peregrina justificación de que el pobre todavía no sabe lo que le conviene. Con el paso del tiempo nuestro Yo (y el de nuestro hijo) se verá afectado por sentimientos tales como la incomprensión, el desagradecimiento y muchos más. Ejemplos de este fundamentalismo o autismo los podemos ver constantemente en cualquier ámbito (personal, empresarial o político).

Quiero hacer también una reflexión sobre el desprestigio del Yo en determinados foros o ámbitos. Se argumenta que la conciencia del Yo es egoísta e insolidaria. Incluso se le atribuye el origen de todos los males que asolan a la humanidad. A esto únicamente argumentaré que no es el mismo Yo el de Hitler que el de Gandhi. Leamos atentamente la frase al pie y creo que sobran más palabras. Un ejemplo de Yo y de líder. De la humanidad, pero empezado por sí mismo. ¿Era Gandhi un egoísta?

Por lo tanto, el Yo debe ser gestionado adecuadamente. Sin olvidar que el término gestión incluye mejora. ¿Por quién? Por nosotros mismos. Yo debo ser mi propio líder. Controlar mis actos, procurar que respondan a mis compromisos (que deberían ser coherentes con mis convicciones). En resumen: mantener el Yo estable; asegurar la propia identidad.

"He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona, y esa persona soy yo mismo, y sé cuán difícil es conseguirlo" (Mahatma Gandhi)

1 – Este punto es de importancia capital. Implica el reconocimiento de nuestras capacidades y limitaciones con el objeto de descartar estados crónicos de frustración e insatisfacción.
2 – A pesar de todo, prefiero la primera afirmación. No hay forma de evitar la aparición de términos como “nadie” o “ninguna”. A pesar de la incongruencia lógica que representa la doble negación: “no hacer nada” es hacer algo. Deberíamos decir “hacer nada”. A pesar de ello, mantenemos la construcción gramatical al uso.
3 – Nos referimos a la adecuación a los compromisos vigentes en cada momento.