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sábado, 20 de junio de 2015

Cuando Perder es Ganar

Competir para ganar. Si no... ¿para qué?
No cabe duda de que nos encontramos en un mundo extremadamente competitivo y que esta realidad no es del agrado de todos. Unos se sienten más cómodos y otros menos. En un extremo tenemos los que agradecen la permanente oportunidad de reafirmar su ego y en el otro los menos combativos, los conformistas, los del “ya me está bien”. Y como siempre, entre ambos extremos se encuentra un amplia gama de personalidades que disfrutan o eluden la competitividad en una escala variable y circunstancial. Digamos que este escrito va dirigido a todos ellos, entre los que me incluyo. Quedan excluidos pues los competitivos por naturaleza, esta desafortunada clase (no es posible ganar siempre) que embiste ciegamente como un toro bravo aunque se enfrente a un muro de granito y los vacuos pasotas que se mantienen a la expectativa y se alimentan de los despojos del combate de otros.

Porque competir (1) es combatir en busca de la victoria y porque un cierto grado de competitividad es conveniente, incluso necesario, para sobrevivir. Y con esto me refiero a su frecuencia, no a su intensidad. No se puede estar siempre compitiendo (con la taurina excepción anteriormente mencionada), pero si se compite, se debe hacer sin grado, con convicción, con deseo de vencer. Y esto nos lleva en primer lugar a evaluar su necesidad: ¿cuándo, porqué, con quién o con qué competir

Empecemos descartando lo obvio: las competiciones necesarias para conseguir objetivos asumidos de forma premeditada y racional. Por ejemplo, unas oposiciones, donde además de contra nosotros mismos, competimos con el resto de opositores. O la superación de una marca atlética personal. En todos estos casos, la necesidad no se discute. 

El problema verdadero aparece con el día-a-día. Constantemente nos vemos sometidos a la tentación de competir: en la salida del semáforo, con quien se cuela en la cola del super, con quien alardea de ser más listo o más competente, con expertos del tres al cuarto, con vendedores de pacotilla, discutiendo con nuestra pareja, etc., etc. Y es en estos casos, cuando un impacto supera el filtro de nuestra sensibilidad natural, cuando debemos evitar reacciones instintivas, con toda la dificultad que esto representa. ¿Cómo se consigue? En mi caso, categorizando los estímulos y contrastándolos con mis compromisos éticos, lo que me permite generar un catálogo de reacciones que, comparado con el reflexivo análisis a que deberíamos someter cada estímulo puntual, las automatiza, reduciendo considerablemente el tiempo de respuesta (2).  

En segundo lugar, una vez decidida la contienda, de lo que se trata es de ganar. No tiene sentido competir si no se siente el deseo íntimo de vencer. Es importante puntualizar que el vocablo “competir” no tiene nada que ver con el conocido mantra «lo importante es participar», es algo diametralmente opuesto. Participar es gratificante en sí mismo (de otro modo no lo haríamos) mientras que competir sólo lo será —gratificante— en la medida de conseguir la victoria. Dicho de otro modo: «es posible participar sin competir, pero resulta imposible competir sin participar». A modo de ejemplo: en una carrera de 10 Km. podemos simplemente participar (en este caso, el objetivo es disfrutar y terminar la carrera) o, además, competir (ya sea por el primer puesto, si creemos está a nuestro alcance, o contra nuestra marca personal). Cuestión de objetivos, siempre fijados a priori.

Y si lo verdaderamente importante es ganar... ¿qué pasa si no se gana? ¿Existe una fórmula mágica para “ganar siempre”? Creo que sí. A poco que pensemos es bastante fácil: competir siempre con (o contra) nosotros mismos. Intentemos explicarlo.

La decisión de competir siempre es nuestra. Nada ni nadie nos puede obligar. Nosotros lo hemos decidido. Por lo tanto nos enfrentamos a nuestra propia decisión. El resultado, ganar o perder, es siempre consecuencia de nuestra voluntad. Si aceptamos esto, ganaremos siempre. Porque si compites contigo mismo y pierdes tú, también ganas tú. Por lo tanto, no nos debe preocupar en absoluto reconocer la inaccesibilidad del objetivo (el muro de granito a que nos referíamos al principio, fuente de frustración permanente de los competitivos por naturaleza) o la superioridad del adversario. Si no podemos ganar, reconozcamos nuestro error de apreciación, ahorremos esfuerzos para la próxima contienda, abandonemos, dejémoslo estar. Es la posición más inteligente. No nos debe importar que nuestro adversario formal crea haber ganado, porque es irrelevante. Nuestro verdadero adversario somos nosotros. Perder es Ganar. Y Ganar, también.

«Si no puedes ganarle (a él o a ello), gánate a ti mismo».

Notas: 
  1. Competir: «Dicho de dos o más personas: Contender entre sí, aspirando unas y otras con empeño a una misma cosa» (nos tomamos la libertad de extender la acepción 1 del RAE a su sentido más amplio: desde «contender» [sic] contigo mismo hasta hacerlo con colectivos organizados, con el objetivo de imponer tus tesis, tus planteamientos o tus puntos de vista).
  2. Conviene puntualizar que esta receta falla más que una escopeta de feria, pero el propio hecho de preparar un catálogo y considerarla mínimamente eficaz ya representa un gran avance.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre La Confianza

«La confianza ni se compra ni se vende: se regala. Pero hay que merecerla». 

Además, resulta más fácil de perder que de ganar.
Estos últimos días he tenido oportunidad de experimentar en carne propia el grado de veracidad de la frase de cabecera, frase que pertenece a la categoría de «frases casi propias», debido a que, en tanto no se me corrija, asumo su paternidad con todas las reservas, reconociendo que todo está escrito y que, con toda probabilidad, en algún momento, esta idea, expresada de una u otra forma, habrá quedado alojada en alguna recóndita y polvorienta colección de mis neuronas.

No corresponde publicar aquí y ahora las circunstancias vitales que me han proporcionado tema, pero sí que resulta oportuno aprovechar la inesperada inspiración para desarrollar y justificar la idea que subyace en tan corta y lapidaria frase, idea que, por descontado, suscribo absolutamente.

Empecemos aceptando que la confianza, tal y como la entiendo, y con más frecuencia de la deseada, está mercantilizada. Quizá debido a un error de concepto, de conocimiento o de interpretación de su significado, dadas sus numerosas acepciones. Por lo tanto, empezaremos por aquí:

confianza.
(de confiar).
1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo.
2. f. Seguridad que alguien tiene en sí mismo.
3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo.
4. f. Ánimo, aliento, vigor para obrar.
5. f. familiaridad (‖ en el trato).
6. f. Familiaridad o libertad excesiva. U. m. en pl.
7. f. desus. Pacto o convenio hecho oculta y reservadamente entre dos o más personas, particularmente si son tratantes o del comercio.

de ~.
1. loc. adj. Dicho de una persona: Con quien se tiene trato íntimo o familiar.
2. loc. adj. Dicho de una persona: En quien se puede confiar.
3. loc. adj. Dicho de una cosa: Que posee las cualidades recomendables para el fin a que se destina.

confiar.
(del lat. *confidāre, por confidĕre).
1. tr. Encargar o poner al cuidado de alguien algún negocio u otra cosa.
2. tr. Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa. U. t. c. prnl.
3. tr. Dar esperanza a alguien de que conseguirá lo que desea.
4. intr. Esperar con firmeza y seguridad. U. t. c. prnl.

De esta confianza es de la que hablamos, de la segunda locución adjetiva, de la resaltada en rojo. Y a esta confianza es a la que nos referimos cuando aseguramos que, desgraciadamente, está bastante mercantilizada. Esto no quiere decir que rechacemos el resto de acepciones (en especial la 3, también llamada “del pavo real”), sino que no son tema de hoy. Y para que quede claro, reformulemos (con el permiso de la R.A.E.) la sintética frase de cabecera:

«Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa, ni se compra ni se vende, se regala. Pero hay que merecerlo».

Y ya podríamos acabar. Quien crea que esta confianza es mercantilizable, no sólo no se la merece, sino que no merece más que una profunda compasión. Y dado que es una característica bi-direccional (de hecho, debe ser mutua), quien no sea «depositario» de alguien y «depositante» en alguien —en ambos casos, gratis—, también. Afortunadamente, aunque suene un tanto presuntuoso (acepciones 2 y 3), no es mi caso. A pesar de los frecuentes intentos de interesada «mercantilización» que siempre me he dado el gustazo de rechazar. 

Y hoy sí que el tema entra de lleno en el alcance del blog: Calidad, Excelencia y Ética personal a raudales. Ya tenía ganas.

Buenas Fiestas.

miércoles, 18 de junio de 2014

Análisis y/o Síntesis

«Paradójicamente, alejarse es acercarse», vulgo (acepción 4) «Los árboles te impiden ver el bosque».


análisis.
(Del gr. ἀνάλυσις).
1. m. Distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos.
síntesis.
(Del lat. Synthĕsis, y este del gr. σύνθεσις).
1. f. Composición de un todo por la reunión de sus partes.
2. f. Suma y compendio de una materia u otra cosa.
vulgo.
(Del lat. vulgus).
1. m. El común de la gente popular.
2. m. Conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial.
3. m. germ. Mancebía (‖ casa de prostitución).
4. adv. m. vulgarmente (‖ comúnmente).

Y con esto —y con la ayuda inestimable del DRAE—, que creo resuelve con claridad el dilema planteado en el título, ya podríamos terminar. Pero voy a analizar un poco más el tema, con un enfoque especial en el vulgo, aunque en esta ocasión en su acepción 2.

El antecedente inmediato de esta entrada es, precisamente, un análisis publicado sobre un documento —cuyo contenido no es relevante aquí y ahora—, publicación que generó, como réplica o refutación, un análisis del análisis y como crítica constructiva, la contraposición del pensamiento analítico (es decir, el mío) con el sintético (es decir, el del crítico). En honor de la verdad, debo decir que se trata de dos personas distintas.

Puestos ya en materia, empezaré con el análisis del análisis. En mi opinión, cuando alguien desea refutar un análisis, lo que tiene que hacer es contraponer el suyo propio. Por lo menos, esto es lo que yo haría. Empezar de cero y proponer el mío, sin hacer mención ni referencia alguna al análisis que creo errado. Esta es la posición correcta, en especial, si el autor del análisis objeto de refutación (en este caso, yo) ha dejado muy claro de entrada que no desea polémica sino estimular análisis alternativos. Cuando se actúa de esta forma, que me parece una acción cómoda y seguidista absolutamente exenta de creatividad, uno se expone a ser objeto de un análisis al cubo (análisis de tu análisis del análisis), juego iterativo que, por estéril, me abstuve de practicar. En cualquier caso, esta primera consecuencia de mi análisis la considero absolutamente anecdótica y carente de valor, si la comparamos con la segunda, representada por  la contraposición conceptual de análisis y síntesis.

Empezaré por el final, declarando que me inclino por la conjunción copulativa (y) y descarto la disyuntiva (o). Y además, en el orden citado: primero análisis y después síntesis, lo cual no quiere decir en absoluto que siempre deban darse ambos en secuencia temporal continua. Lo que quiero decir es que no puede existir síntesis (composición de un todo por la reunión de sus partes) sin análisis (distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos). Y que quien actúa de forma distinta, entra en categoría de vulgo, es decir, del conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial.

En síntesis, «es imposible reunir las partes de algo sin conocerlas». Así de simple. Por lo tanto creo que todos somos a la vez, aunque en distinto grado, analíticos y sintéticos. Y los que lo niegan, los que se adscriben sin matices a una u otra categoría, pertenecen también a la negada, aunque de forma inconsciente. Y esta última proposición conduce inevitablemente a las conclusiones:

Un buen análisis es garantía de éxito, tanto en la toma de decisiones como en adquirir conocimiento en cualquier tema. Y este análisis —que siempre existe— debe ser consciente y racional, lo que tampoco quiere decir eterno, sino práctico, es decir orientado a un fin concreto. Creo que es un principio de calidad digno de incorporar a nuestra ética. En mi caso, me considero principalmente analítico, y dejo lo sintético para cuando hace falta.

 «Es bueno tener la mente abierta, pero no tanto como para que se te caiga el cerebro» (Richard Feynman).

«El exceso de análisis conduce a la parálisis» (aforismo que tengo gastado, del cual ignoro la fuente concreta, aunque lo atribuyo a uno de mis excelentes profesores).

domingo, 23 de febrero de 2014

Un Equipo no es un Club


«Para ser miembro de un equipo deberás ceder una parte de ti. Si no estás dispuesto, podrás tener un carnet, pero no más que eso, que es bien poco».

Supongo que la proposición del título podrá ser reconocida como verdadera por la mayoría de personas. Resulta evidente que, por ejemplo, en el caso del fútbol, no es lo mismo el Equipo (1) que el Club (2). Por lo tanto, si esto es así, podría pensarse que la proposición, por obvia, no debería dar mucho más de sí. Podría quedarse en una simple declaración irrebatible, una perogrullada, una tautología retórica similar a tantas otras –p.e., el hielo no está caliente– que no precisan demostración alguna.

Pero de lo que ya no estoy tan seguro es que, aceptando su diferencia, la gente no confunda su significado. Es más, estoy seguro que muchas personas piensan –y defienden– que están en un Equipo y se comportan como si estuvieran en un Club. Y este es el núcleo de la entrada de hoy, resumido en la reflexión introductoria, con la que se pretende, de entrada, ir al fondo de la cuestión: la vinculación personal, la diferencia fundamental que existe entre integración (en un Equipo) y afiliación (a un Club). A eso vamos.

Dado que el género humano es gregario por naturaleza –los solitarios son etiquetados invariablemente de «bichos raros»– la adscripción vegetativa, voluntaria o forzada a un colectivo es la norma, por lo que la posición inteligente consiste en tener plena conciencia de ello, asumir, en cada caso, el papel adecuado, minimizar los inconvenientes y maximizar las ventajas de los largos períodos de «existencia colectiva».

Porque, de hecho, todos pertenecemos a algún colectivo. Incluso quien exhibe su individualismo con una diferenciación extremada –sea de fondo o de forma– olvida que se ha afiliado al mayor de los rebaños: el de los «distintos».      

Y, puestos a elegir, mi opinión es que el Equipo se sitúa en la cúspide cualitativa de todos los colectivos. Aunque para justificar esta afirmación es preciso detallar con precisión los rasgos diferenciadores que lo caracterizan:
  • Un Equipo –como un cuerpo humano– tiene miembros (un Club tiene socios, afiliados o simpatizantes).
  • Por la misma razón, uno debe sentir –y aceptar– que pertenece al Equipo, al que le ha cedido parte de su autonomía (en cambio, nadie le pertenece a un Club).
  • Un Equipo siempre está orientado a la producción de un resultado concreto (un Club está ahí, es una comunidad de simpatías, afinidades o intereses, pero nada más).
  • Como miembro de un Equipo debes ejecutar la(s) Tarea(s) asignada(s) por el Jefe (3), lo que le da una componente activa a tu participación (en un Club no se puede hablar propiamente de participación, más allá de actividades puramente pasivas o contemplativas, tales como asistir a un partido de fútbol –bueno, puedes desgañitarte o hacer la ola– o a la lectura de una obra literaria).
  • Del mismo modo, como miembro de un Equipo puedes –y debes– aportar sugerencias o conocimientos que enriquezcan el fin común, supeditándolas sin recelos al escrutinio de la mayoría y a la autoridad del Jefe (nada de esto tiene paralelismo en un Club).
  • Normalmente, la pertenencia a un Equipo se gana por méritos propios y el acceso se consigue por designación o invitación (a diferencia de un Club, nadie se afilia a un Equipo), con la confianza –interesada– de que tu aportación será beneficiosa para los fines del mismo.
  • Por último, el Jefe, antes que Jefe es otro miembro, cuya Tarea principal es conseguir una unidad de propósito y coherencia en el cumplimiento de los objetivos del Equipo.
Por todo ello, repito, puestos a elegir, prefiero pertenecer a Equipos que afiliarme a Clubs o a otros colectivos tales como Partidos (4), Pandillas (5) o Bandas (6), nombres bajo los que, frecuentemente, se ocultan verdaderos Equipos con fines perversos o bastardos, generalmente antisociales o ilegales.

Sólo quien ha disfrutado –literalmente– de la pertenencia plena a un Equipo –definido tal y como hemos hecho– puede comprender la bondad de esta práctica y la extrema satisfacción que representa ceder parte de tu libertad y autonomía en aras de la consecución de un objetivo común. Pienso, por ejemplo, en un grupo musical, en lo bien que suena cuando suena bien (cuando se siente la Calidad), en cómo se eriza el vello –lo que no siempre sucede, a pesar de «tocar como siempre»– al conseguir la Excelencia, al ser partícipe de ese quehacer colectivo en el que no siempre te toca hacer el papel que (como) te hubiese gustado. Pero el resultado final todo lo compensa. Nada que ver con la actividad pasiva de un Club.

Y esto es extrapolable a todas las actividades vitales, empresariales y laborales. Mejor formar Equipos (esto es particularmente gratificante). Mejor pertenecer a Equipos. Y siempre, trabajar en Equipo. Y los Clubs dejarlos para el entretenimiento y las actividades lúdicas. Que tampoco deben faltar.

«Un Equipo es absolutamente lo contrario a un Rebaño, del mismo modo de un Jefe de Equipo (vulgo, Líder) es absolutamente lo contrario de un Pastor».

Notas:
1 - Equipo (RAE): 2. m. Grupo de personas organizado para una investigación o servicio determinado.
2 - Club (RAE): 1. m. Sociedad fundada por un grupo de personas con intereses comunes y dedicada a actividades de distinta especie, principalmente recreativas, deportivas o culturales.
3 - Un «Jefe» (de Equipo) es socialmente más tolerable que un «Líder», asociado –en mi opinión, erróneamente– con actitudes más «totalitarias».
4 - Partido (RAE): 5. m. Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa.
5 - Banda (RAE):
     1. f. Grupo de gente armada.
     2. f. Parcialidad o número de gente que favorece y sigue el partido de alguien.
     3. f. Bandada, manada.
     4. f. Pandilla juvenil con tendencia al comportamiento agresivo.
6 - Pandilla (RAE):
     3. f. Liga que forman algunos para engañar a otros o hacerles daño.
     4. f. Bando, bandería.
     5. f. Grupo de amigos que suelen reunirse para divertirse en común.

sábado, 8 de febrero de 2014

(no)Romper la Baraja

«Romper la baraja es fácil, pero te quedas sin cartas».

Esta atracción mía por la síntesis y la metáfora me provoca sensaciones encontradas. Normalmente, acostumbro a resaltar y registrar físicamente todos los aforismos o declaraciones sucintas, ingeniosas o irónicas con las que me encuentro en mis lecturas, siempre que ostenten la virtud –evidentemente, subjetiva– de encapsular principios de mayor calado que espoleen el análisis y la reflexión. Y en este caso, en el de frases cortas de producción ajena, no existe mayor problema. Quedan archivadas físicamente –libretita o ".doc"– a la espera de su utilización o desarrollo, el cual, en la mayoría de casos, no llega nunca. Pero han cumplido su función: por el mero hecho de copiarlas, en algún lugar del cerebro permanece su recuerdo, quizá inconsciente, incorporadas al acervo del conocimiento en forma de pequeñas píldoras, de las que, por su reducido tamaño, podemos suponer que caben muchas. Es una extensión del sistema de apuntes que me enseñaron de niño mis excelentes maestros de primaria y que me ha acompañado toda mi vida con muy buenos resultados: resumir, destilar y registrar. Y, probablemente, ésta es la causa de mi afición por la frase corta, por la concreción, por la expresión minimalista de los conceptos, en un reduccionismo extremo que en ocasiones roza lo obsesivo y que no siempre es aceptado ni entendido.

Pero la sensación incómoda aparece en el caso de la «producción propia». Ya he explicado en alguna ocasión, que no soy capaz de empezar un escrito, sea artículo corto o libro extenso, sin consensuar conmigo mismo el título. Me parece imposible no hacerlo así. Esta práctica no es habitual y frecuentemente me ha sido criticada con el peregrino –para mí– argumento de «empezar la casa por el tejado». Pero no se trata aquí y ahora de justificarla, mas allá de declarar que me proporciona un excelente instrumento para «ver» mentalmente el escrito antes de su materialización física. Y qué duda cabe que un buen título debe ser capaz de expresar con rigor y precisión razonable el contenido que se esconde bajo su escueta y concisa redacción (1). Con todo, este caso particular de producción propia, siendo producto de la introspección voluntaria, de la búsqueda, en ocasiones, muy trabajosa, de un resumen válido, me resulta bastante gratificante. Entonces... ¿dónde está la incomodidad? Pues en los aforismos o frases cerradas de menor calado que, frecuentemente, «aparecen» de forma súbita sin ser –aparentemente– consecuencia inmediata de proceso reflexivo alguno o de hecho material acaecido. De repente, ahí están. Y entonces, es cuando empieza el «problema».

Porque, más allá de identificar sus orígenes, su causa –algo que no me parece especialmente práctico–, lo que me interesa inmediatamente es su potencial desarrollo, es decir, lo que se encuentra encapsulado en los estrechos límites de la corta frase y, paradójicamente, a pesar de ser el autor, lo más habitual es que en esta labor me encuentre con enormes dificultades, agravadas de forma radical si la frase es metafórica, lo que abre un abanico infinito de posibilidades.

Por lo menos, que te quede ésta.
Y con esto llegamos a la frase de hoy, donde la expresión «romper la baraja», resulta metafórica donde las haya. ¿De dónde sale? Tal y como he dicho, conscientemente no tengo ni idea (2). Algo la habrá desencadenado, quizá un refrito de estas píldoras almacenadas en recónditas neuronas cuyo recuerdo ha sido reactivado por algún acontecimiento cotidiano, de los que, hay que decir, no faltan. Porque ganas, lo que se dice ganas, de «romper la baraja», incluso de tirarle las cartas a la cara de alguien, me asaltan continuamente (y no creo ser el único).

Y aquí me quedo. Aceptando que, en ocasiones, resulta inevitable, pienso que no es bueno «romper la baraja», porque «te quedas sin cartas». Comprendo que hay casos y casos, pero la actuación predeterminada debe ser no hacerlo. Evidentemente, si te queda alguna carta, si no te las han quitado todas. Porque, en este caso, ya da lo mismo, porque no hay baraja.

Por lo tanto, lo inteligente es ser capaz de detectar tus cartas y saberlas jugar (las tuyas y las de los demás). En muchas ocasiones, nos parece que ya no hay salida (que no tenemos cartas) pero estamos equivocados. Hay baraja y hay cartas. Y si las rompes, se acabó el juego.

No me parece mal principio ético. Aplicar los principios ya tratados de tolerancia, ofensa y daño, afrontar las dificultades y no sucumbir a lo fácil: romper la baraja, tirar las fichas, pegar un puñetazo (en la mesa o en otro sitio más blando), etc., etc.. La alternativa: jugar bien tus cartas y estar preparado para el abandono –pasivo o activo– del oponente.

Hoy, el tema no da más de sí. Los ejemplos, a gusto del consumidor.

Notas:
1 - Un ejemplo paradigmático lo tenemos en «La Broma Infinita», broma inconmensurable, se mire como se mire. 
2 - Personalmente, a estas frases les llamo «frases (casi) propias», con lo que quiero reconocer que su remoto e ignorado origen siempre es ajeno, porque –tómese como una licencia literaria– también pienso que, en el fondo, «todo está escrito».

jueves, 30 de enero de 2014

La Broma Infinita

«Contra más lees, menos escribes. Pero esta obviedad no se debe al simple reparto aritmético del tiempo disponible, sino a la progresiva toma de conciencia sobre tus propias limitaciones».

¿DEBOLSILLO?... Será una broma ¿no?
Esta reflexión propia ilustra a la perfección las circunstancias que concurren en la decisión, en primer término, de volver a escribir –tras prácticamente un mes en el dique seco– y, en segundo término, en la elección del tema. Sucede que he terminado la lectura de la obra de David Foster Wallace que da título a esta entrada, lectura que, además de imposibilitar la escritura por la obvia incapacidad cerebral multitarea, me absorbió de tal forma que mi mente se negó a desconectar incluso en los momentos de no-lectura. Por lo tanto, liberado estoy, aunque no sin una fuerte resaca.

Y antes de que se disipen los vapores de la borrachera literaria que todavía sufro, ha creído que resultaría apropiado –intentar– registrar por escrito un resumen de la obra y de mis conclusiones, a modo de un destilado esencial y aromático, muy alejado de lo que se pudiera entender como crítica literaria al uso, desprovisto de toda subjetividad, en un intento –que antes de empezar ya califico de frustrado– de objetivar la obra y de esquivar mi opinión sobre ella, en parte por el lamentable hecho de que todavía no la he formado, ni creo que lo consiga.

Terminaré esta introducción adelantando la íntima relación entre la obra y la Calidad, la Excelencia y la Ética personal, relación que, espero, quede justificada al final del artículo.

Características físicas
  • 14 x 21 x 5,5 cm = 1,617 litros (1);
  • 1.208 páginas con caja de letra pequeña, aprox. 600 palabras por página, 720.000 palabras;
  • 388 notas numeradas, al final de la obra (2) ocupando 115 páginas;
  • Incontables subnotas, éstas letras –a, b, c...–, de dimensión tan diminuta que, fácilmente, pasan inadvertidas, resueltas ahora a pie de página de la nota madre (3);
  • 1.200 gramos de peso, gramaje aproximado: 34 gr/m2.
Importante: Se recomienda encarecidamente superar la incomodidad que representa el elevado peso y el reducido tipo de letra, la cual es despreciable comparada con la lectura en ebook y el martirio insufrible que representa el frecuente cambio de página (4), los marcadores y los constantes viajes de ida y vuelta entre texto y notas. Personalmente, me vi obligado a comprar el ladrillo físico y proceder con dos puntos de lectura tradicionales.

Estilo y estructura
  • En secciones descriptivas –no diálogos–, absoluto desprecio por los puntos (seguidos y aparte), configurando mastodónticas exposiciones con frecuentes saltos en el tiempo y en el espacio que exigen una atención desmesurada que no siempre consigue seguir el hilo;
  • Omnipresencia de acrónimos no siempre explicados –o así me lo parece–, tales como AFR: Assassins des Fauteils Roulants (sic); UHID: Unión de los Horrible e Inverosímilmente Deformes;  OSNE: Oficina de Servicios No Especificados –una especie de nueva CIA– u ONAN, no aclarado, pero que el lector debe imaginar significa Organización de Naciones de América del Norte (México, EEUU y Canadá);
  • Uso y abuso de motes (la Gran Pitonisa, la Oscuridad) y de referencias distintas para la misma persona (p.e., CT, C.T., C. Tavis, Charles T., Charles Tavis) en un patrón aleatorio impredecible y, habida cuenta de la coral, abrumadora y exagerada cantidad de protagonistas, fuente de permanente confusión, indudablemente voluntad del bromista autor;
  • Escamoteo de cualquier referencia temporal por el expeditivo método de darles nombre a los años (p.e. ARIAD: Año de la Ropa Interior de Adultos Depend), lo que, malévolamente combinado con las frecuentes digresiones y llamadas a notas, exige al lector un titánico esfuerzo para relacionar hechos, esfuerzo frecuentemente baldío;
  • Hasta la página 700 (aprox.) no se intuye –por lo menos, en mi caso– de qué va la cosa, cosa a la que apenas se hace referencia en el resto de la obra, incluyendo el inexistente desenlace al uso (5);
  • En multitud de ocasiones, las notas (algunas de diez páginas) tienen más contenido que el propio texto, lo que, reconozco, es de agradecer, salvedad hecha de que, en estos casos, llegas a olvidarte del motivo de la llamada y del porqué la estás leyendo;
  • No existe nada que pueda asimilarse a una estructura por capítulos.
Temas comunes (protagonistas)
  • Alienación infantil de «superdotados» (en la obra, promesas y alevines de tenistas suavemente depositados por sus progenitores en un internado) y sus consecuencias;
  • Crítica mordaz y despiadada de las instituciones de regeneración de adicciones (alcohol y drogas; genéricamente, «Sustancias»);
  • Normalización del «Entretenimiento» televisivo;
  • Mercantilización integral de la sociedad que llega hasta el patrocinio de los años;
  • Tratamiento irreverente del Ecologismo y de la Gestión de Residuos;
  • Esperpéntica visión de la política y de la incompetencia de los políticos y sus instituciones (OSNE);
  • Afortunado hallazgo del concepto «Reconfiguración Territorial», aplicable indistintamente a asociaciones (ONAN) o separaciones (independentismo québécois);
  • Cómica y estrafalaria imagen de los supra-nacionalismos (ONAN), de los nacionalismos (Canadá) y de los separatismos (Quebec), así como del terrorismo (AFR), resistencia o insurgencia asociados, fácilmente extrapolables a entornos geográficos más próximos;
  • Detallismo forense –en ocasiones, grotesco, incluso obsceno– en la descripción de minusvalías físicas o éticas;
  • Todos, absolutamente todos, los personajes –hasta los niños–, tienen un «lado oscuro». O muchos. Además, cuesta encontrar en ellos –yo no lo he conseguido– una virtud, faceta o condición positiva respecto a la moral al uso. La panoplia de incompetencias, maldades, debilidades, lacras y vicios materiales o espirituales es tan extensa, que EMMHO (6) se erige en la verdadera protagonista de la obra.
Impacto en el lector
  • Montaña rusa que te lleva sin solución de continuidad desde las más altas crestas de banalidad, hilaridad y sorpresa hasta los profundos y deprimentes abismos de la miseria humana más mísera;
  • Profunda admiración por el rico, culto, extenso, apropiado e ingenioso uso del vocabulario, sus excepcionales –por escasas y eruditas– digresiones filosóficas o científicas y la facilidad para hilar mega-extensas oraciones que dejan al lector –literalmente– sin respiración;
  • Extensivo conocimiento de las técnicas del tenis y del entrenamiento deportivo de élite en sus aspectos físico y mental;
  • Doctorado en narcóticos, tranquilizantes, ansiolíticos y sus denominaciones «de calle» y farmacológicas, incluidas sus presentaciones comerciales;
  • Por encima de la caótica incoherencia –indudablemente voluntaria– de la obra, no decae el interés por seguir leyendo. Esto me ha parecido especialmente sorprendente.
Conclusión
No sé si me ha gustado o no. Y, probablemente, no lo sabré nunca. Pero creo que vale la pena leerla. Es toda una experiencia, una Broma Infinita que hay que tomarse con deportividad y que un amante de la lectura no debería perderse. Respecto al objeto del blog, a la obra no se le puede negar su Calidad y Excelencia (me guste o no, cumple mis requisitos y expectativas, que no iban más allá de pasar un buen rato leyendo). Y respecto a la Ética, con NO SEGUIR el ejemplo de los personajes, será suficiente. Su trayectoria vital, de la que algunos –pocos– reniegan abiertamente (7), podría ser buena para ellos, pero no para nosotros.

Y tampoco conviene olvidar que David Foster Wallace se suicidó. Terminaré con dos frases extraídas del libro –la verdad es que no he conseguido sacar más– que pueden ser consideradas como premonitorias:

 «La verdad es lo que te hará libre. Pero no hasta que haya acabado contigo».

«Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender ese terror muy superior al de la caída».

Con toda seguridad, DFW estuvo «personalmente atrapado» por Ello. Así se comprende mejor su obra.

Notas:
1 - Edición en papel «de bolsillo» (ver foto): primera broma (ni me imagino la edición «chachi» en tapa dura).
2 - No a pie de página: broma particularmente molesta.
3 - Doy fe que he detectado –pocas– llamadas a subnota sin subnota y subnotas sin llamada. ¿otra broma?
4 - Con el tipo de letra que usualmente utilizo, hablamos de más de ¡3.000 páginas virtuales!
5 - Me ha transmitido la inevitable sensación de que se cansó de escribir.
6 - En Mi Muy Humilde Opinión.
7 - Esta es la única y sutil concesión a la ejemplaridad –en modo alguno preponderante– que subyace en la obra.

martes, 24 de diciembre de 2013

Mejor Rechazar que Aceptar

«La verdadera libertad no consiste en PODER HACER lo que quieras sino en PODER NO HACER lo que otros quieren que hagas»:

Nunca veo el discurso del Rey, pero me gusta que esté ahí, cada año, permitiéndome no verlo. Hoy, en la TV de mi tribu, han convocado una huelga que, de forma para mí pueril y para ellos –supongo– imaginativa, se anuncia para el período exacto (al minuto) previsto para el discurso. Pues se van a fastidiar, porque hoy lo voy a ver. No entienden nada. Espero que la repitan con el discurso del «president». Conseguirán que, por primera vez, también lo vea. Ya me las arreglaré. 

La frase de apertura (1) y el párrafo anterior, me han asaltado tras escuchar —durante el aseo matinal— la noticia. Y la reacción en caliente ha sido publicarlas en Facebook, programa, aplicación o red social —que más da— que se está convirtiendo a pasos agigantados en mi particular muro de las lamentaciones, el cual, a modo de terapia y desahogo, cumple con la inestimable función de permitirme clamar en el desierto (2). Pero sucede que mi paseo matinal — como es habitual, pienso con los pies— me ha servido para desarrollar el tema que seguía martilleando en mi cabeza, hasta el punto de obligarme a aumentar el ritmo de zancada con objeto de verter el resultado en este artículo antes de que se disipase el recuerdo. Y con esto se acaba la introducción y empieza el desarrollo, el fondo del cual queda resumido fielmente en el título.

Aceptar o Rechazar. Ésta es la cuestión.

¿Cuál es la decisión correcta?
Partimos de la base de que la vida (3) nos somete a una continua exigencia de toma de decisiones y que las decisiones tomadas son las que, en un bucle cerrado y continuo, configuran y determinan nuestra vida particular presente y futura. Y que estas decisiones representan siempre una elección entre diversas opciones —normalmente muchas—, lo que la hace, en principio, difícil. Resulta pues obvio que nuestra vida se construye a partir de un sinnúmero de aceptaciones, el cual, siendo enormemente grande, resulta enormemente pequeño si lo comparamos con el infinitamente mayor número de rechazos que a lo largo de nuestra vida hemos practicado. Este planteamiento revela la mayor importancia cuantitativa y cualitativa del rechazo: como rechazamos mucho más que aceptamos, debemos asegurarnos de que rechazamos bien. Esta condición es la que, por sí misma, resulta necesaria y suficiente para asegurar una aceptación de calidad.

Justificada la importancia del buen rechazo en que es el que hace buena la aceptación, conviene dedicar ahora la atención a la sistemática que nos va a facilitar la toma de la decisión adecuada. En mi opinión, la clave está en la reducción de la variedad de opciones a dos. Y esto se consigue también mediante el rechazo. En tanto no nos quedemos con dos opciones, no hay ni que pensar en aceptar. Sólo debemos concentrarnos en rechazar. De forma racional y tras el oportuno análisis, pero rechazar, siempre rechazar.

Y si lo vemos desde la lógica, cuando ya sólo nos queden dos opciones, aceptar también es rechazar, porque si elegimos la opción que rechazamos rechazar, la aceptamos.

Valgan estas reflexiones para intentar revertir el tradicional sentido negativo que se asocia al rechazo y reivindicar para él un papel preponderante en la toma de decisiones, mucho mayor que la aceptación, mucho más propensa al clientelismo, el seguidismo y la comodidad derivada de la natural aversión de la especie humana hacia el esfuerzo y las dificultades que a menudo se ocultan tras el descarte de las opciones que se nos proponen (4).

Pero, claro está, este ejercicio retórico no pasaría de (mala) anécdota literaria si no se establecieran algunas condiciones para validarlo. El rechazo debe siempre responder a un análisis «razonablemente» racional, totalmente desprovisto de emotividad, sentimiento más que frecuente cuando nos encontramos en alguna disyuntiva. Debe estar apoyado en hechos, completamente exento de pueril pataleo, de afirmaciones de ego, de acción «reactiva» o «punitiva» frente a personas o ideas, debiéndose limitar de forma estricta al dominio o alcance de la decisión a tomar, con el objetivo de conseguir el máximo beneficio vital sin vulnerar los principios o compromisos representados en nuestra ética personal.

Sólo si se dan estas condiciones, el(los) rechazo(s) determinará(n) automáticamente la aceptación. Por lo tanto, repito, en este caso: Mejor Rechazar que Aceptar.

¡Qué gozada, un escenario en el que te pasas la vida sin aceptar nada. Sólo rechazando!

Notas:
1 – Perteneciente a mi catálogo de frases (casi) propias.
2 – Un desierto, la verdad sea dicha, con algunos oasis excepcionales.
3 – Entendida aquí de forma general, como un compendio de la existencia, el entorno, la sociedad, etc., etc.
4 – Ni que decir tiene que, frecuentemente, la aceptación irreflexiva de las propuestas tiene consecuencias mucho peores que el rechazo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Ignorancia, Humildad, (in)Tolerancia

¿mejores megas?  ¿mejores voltios?
 ¿mejores electrones? ¿más fotones?
¿el color tiene fiebre?





«La máxima expresión de la ignorancia es no saber lo que sabes ni saber lo que no sabes. En pocas palabras:  (no) saber nada».








Situación 1:
Suena el teléfono (normalmente en día u hora intempestiva):
—Buenas señor... ¿tiene Internet?
—Usted ya lo sabe. ¿Porqué lo pregunta?
—Queremos hacerle una muy buena oferta ¿En qué compañía está?
—Usted ya lo sabe, pero no me interesa. Estoy contento con la mía.
—Pero señor...¿no desea usted ahorrarse mucho dinero?
—¿Qué me ofrece?
—50 megas.
—Pero... ¿usted sabe lo que es “un mega”? —enfatizo, olvidándome deliberadamente de los hercios y los segundos.
—...
—Además, ya tengo 100 —le digo, sabiendo que es objetivamente falso.
—Pero señor... los nuestros son mejores.
—¿En qué sentido? Dígame el ancho de banda típico que me garantizan.
—...

Situación 2:
Suena el teléfono (idem):
—Buenas señor... Somos su compañía de gas y deseamos presentarle una oferta para el suministro de la luz.
—Dirá usted de la electricidad.
—Bueno... Tendrá un considerable ahorro y factura unificada.
—Pero es que no me importa sólo el dinero. ¿Su “luz” es mejor?
—Por descontado —con un deje de triunfo y suficiencia.
—Entonces ¿tendrán que llevar su línea propia hasta mi casa?
—... Noooo... —responde dubitativo—, la línea es la misma.
—Entonces... ¿marcan “mis” electrones para que entren en “mi” casa?
—...
—¿Cómo me asegura que me entregan “su” luz, la que he comprado?
—...

Situación 3: Se desenvuelve en términos parecidos, cambiando gas por luz, con la variante de la tubería en lugar de la línea. Debo decir que fue bastante más divertida.

Situación 4:
En la tienda de material eléctrico, comprando una lámpara de bajo consumo:

— Buenos días, quiero una lámpara como esta.
La observa atentamente y desaparece en la trastienda. Tras unos segundos, reaparece y me entrega una.
—Pero la deseo de la misma temperatura de color.
—... —Silencio. Su cara es todo un poema.
—Vea. Este número y la letra K representa la temperatura de color en grados Kelvin. Quiero la misma o parecida.
Desaparece de nuevo y escucho una conversación con, supongo, el experto. Reaparece con la misma lámpara (6000 K).
— Es que esta es mejor. Hace más luz —argumenta satisfecho.
—No quiero más luz. Quiero una luz diferente. No quiero luz de quirófano, quiero una luz más amarillenta, más cálida —replico empleando un lenguaje metafórico y, forzosamente, inexacto.
—Ah, bueno... Acabáramos. De esas no tenemos.
—...
Ahora el que pone cara de tonto soy yo. Abandono el campo de batalla (conviene puntualizar que la lámpara de muestra que yo aportaba indicaba claramente 4000 K).

Situación 5:
Llamada al servicio técnico de la compañía que, tras una revisión rutinaria, me había instalado en verano (hace cinco meses y, lógicamente, no probamos la calefacción) un nuevo sistema de extracción (tubería y ventilación forzada) en la caldera, sobre una pequeña incidencia relacionada con la frecuente entrada automática en protección por insuficiente extracción de humos, tras una concienzuda investigación por mi parte que establecía una estrecha ventana de temperaturas de calefacción (precisamente la de confort para nosotros) donde aparecía el problema por falta de sensibilidad del sensor del extractor (con temperaturas más bajas o más altas todo funcionaba perfectamente).

—Buenos días señor ¿Qué desea?
Explico lo más detalladamente posible la parrafada anterior y solicito educadamente la presencia de un técnico en mi domicilio para verificar o no mi teoría —la instalación tenía 6 meses de garantía.
—Señor, el extractor no tiene nada que ver con la caldera. Deberá llamar al servicio de la caldera —argumenta con un tono monocorde y condescendiente.
—Señora, pues claro que están relacionados. ¿Podría pasarme con un técnico?
—Espere un momento —me espeta con sequedad forzada.
Tras casi cinco minutos...
—El técnico me confirma que si el extractor se pone en marcha, funciona bien y que el problema es de la caldera.
Les ahorro los casi cinco minutos de diálogo telefónico de sordos que concluyeron en esto, dicho ya con un tono abiertamente ofensivo:
—Pues si viene, sómo mirará el extractor, que es lo único que le instalamos.
—Pues que venga, pero mejor que mire más cosas, sino se dará contra la puerta.

Llegó un técnico (no el iluminado asesor de la simpática interlocutora) y, tras escuchar mi análisis —no se habían tomado la molestia de informarle—, coincidió totalmente conmigo, introdujo ligeramente el sensor en la caldera y, tras decirme que era algo frecuente, el problema quedó resuelto en 5 minutos (adicionalmente, extrajo trozos de cinta del interior que se habían dejado los instaladores de su propia empresa y atornilló debidamente la tapa —también se habían dejado de poner un tornillo— con lo que desparecieron unas molestas vibraciones a las que yo nunca me había referido). Con esto se confirma mi convicción de que los sistemas (en abstracto) no existen: los sistemas los hacen las personas. El mismo «sistema» ejecutado por personas distintas puede producir resultados absolutamente imprevisibles.

Y por hoy, ya está. Tengo más ejemplos, pero es suficiente. Lamentable y frecuentemente, la ignorancia viene exenta de humildad y henchida de suficiencia e intolerancia. Quiero dejar muy claro que no me refiero a todos los que no saben, sino a los que por su función, cargo o posición no saben y deberían saber. Y que además, no lo reconocen y te ningunean con escasa o nula tolerancia hacia tu pretendida ignorancia. Aquí caben desde los comerciales telefónicos, los vendedores presenciales y los servicios técnicos de los ejemplos anteriores —reales, por supuesto— , hasta los políticos y todos los cargos representativos puestos por nosotros para saber hacer las cosas para las que los hemos designado, como clientes que somos de todos ellos.

Moraleja ética: conviene reconocer con humildad la propia ignorancia y manifestar la máxima tolerancia hacia los que saben menos y lo reconocen(1).

«La ignorancia que se ignora a sí misma no tiene arreglo porque no lo sabe o no lo quiere saber».

1 – En caso contrario, lo reconozco, me resulta muy difícil. Debo ser un intolerante.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La (in)mutabilidad de los Principios

«Todos tenemos nuestros Principios, pero lo realmente importante son nuestros Finales».

Esta es la cuestión. Se trata del permanente antagonismo entre teoría y práctica, entre expectativas y necesidades, entre idealismo y pragmatismo, entre apariencia y realidad, entre convicciones y hechos consumados o, por terminar, entre tantos y tantos elevados conceptos hasta que dejan de serlo, se desploman sobre nuestras cabezas y aparecen ante nuestros ojos como una evidencia concreta, objetiva y, frecuentemente, desagradable.

Un mal Final.
Como hago frecuentemente en temas espinosos —y este creo que lo es—, empezaré, a modo de cobarde mecanismo de autodefensa, con una declaración de principios que, por considerarla fuertemente arraigada, espero no termine mal: Toda generalización es injusta. Pero también considero que las excepciones confirman la regla. Por lo tanto, las reflexiones siguientes no son de aplicación a la parte excepcional de la especie humana que es coherente con sus Principios y que los mantiene hasta el Final, salvo causas de fuerza mayor o exigencias de supervivencia que justifiquen lo contrario, porque la condición de héroe o mártir es una opción personal e intransferible no exigible por nadie ajeno al propio sujeto. En cambio, debe aplicarse exclusivamente a quienes se pasan los Principios por el forro cuando se les presenta la mínima oportunidad o, dicho de otra forma, a quienes no los cambian porque no pueden. Espero que quede claro.

Con esta introducción hemos llegado al meollo del asunto: la oportunidad. Nadie conoce el camino a tomar hasta que se le presenta la disyuntiva. Y quien crea sinceramente lo contrario, está errado. Por lo tanto, únicamente está legitimado para presumir de Principios quien los ha puesto a prueba y —hecha la salvedad anterior— los ha mantenido. Refuerzan esta tesis los famosos experimentos de Milgram en la Universidad de Yale y  Zimbardo en la cárcel de Stanford.

Este planteamiento es de aplicación general, válido para todas las circunstancias, desde la nimiedad de saltarse la cola del cine hasta alargar la mano en comisiones fraudulentas. La única seguridad que tenemos sobre su no violación es que no se presente la oportunidad. En cambio, si se presenta, es cuando aparece la incertidumbre, estrechamente dependiente de la ética del individuo. Y dado que, debido a la galopante crisis que estamos viviendo en todos los órdenes de la sociedad, la bandera de los Principios se saca frecuentemente del cajón para criticar legítimamente actitudes inmorales o ilegales punibles desde todo punto de vista, resulta verdaderamente lamentable tener la impresión de que muchos de los que se quejan, lo que echan realmente en falta es el Principio de Igualdad de Oportunidades, porque... ¿si todos lo hacen, porqué no yo?

Y, como hemos visto en los experimentos citados anteriormente, a pesar de que éste sea el tema estrella del momento, no hablamos solamente de corrupción. Para demostrar que siempre ha existido, citaré un caso experimentado en carne propia: hace más de 40 años, siendo Director de Operaciones y responsable de Compras en una empresa privada abrimos un concurso para dotarnos de un sistema informático que incluía el Hardware y Software necesario para un MRP (Planificación de recursos de fabricación) al que concurrieron tres empresas punteras que no citaré (aunque en aquel tiempo no había tantas). Pues bien, en las oficinas de la más importante —un edificio de siete pisos— se me transmitió información nada subliminal en el sentido que, de elegir su oferta, habría una sustanciosa contraprestación económica para el «elegidor». Ni que decir tiene que elegí a otra. Valga la ocasión para comentar que en aquel tiempo —no hablo de ahora, porque lo desconozco— era frecuente «obsequiar» a los responsables de Compras con gabelas dinerarias u obsequios en especias, los cuales siempre rechacé exigiendo el descuento equivalente en los precios que se nos cobraban. Con esto no quiero alardear de ejemplaridad, sino enfatizar el hecho de que hasta que no te pruebas —o te prueban— no conoces tu reacción. En el servicio militar he conocido a militares de reemplazo —no profesionales— que cobraban por asignar buenos servicios a sus «compañeros». También he conocido a presidentes de comunidad de vecinos a los que le arreglaban el jardín y le pintaban el piso los afortunados subcontratistas. Es lo que hay. Los numerosos nombres propios hoy presuntamente imputados por corrupción —no cabrían todos en el artículo— no lo hubiesen sido sin presentarse la oportunidad. Y a poco que reflexionemos, oportunidades no faltan.
 
Personalmente, soy pesimista. La moral colectiva es pura estadística, fiel reflejo de la moral de cada uno de sus miembros —en realidad, de su ética— a la que realimenta en un sistema dinámico que, en mi escéptica opinión, no hace sino empeorar con el tiempo. Creo firmemente que pertenezco a la generación de los Privilegiados, en el sentido de que —en comparación con la generación anterior y con la actual— no se nos ha puesto verdaderamente a prueba, pero esto no es óbice para considerar que el Verdadero Enemigo somos nosotros, todos nosotros y que sería bueno, en coincidencia con la reciente desaparición de Nelson Mandela y en su honor, adoptar el sabio aforismo de Albert Einstein:

«Dar ejemplo no es la mejor forma de influir en los demás. Es la única».

sábado, 30 de noviembre de 2013

Libertad (i)limitada

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

El goteo constante de liberaciones de encarcelados ha actuado como catalizador del tema de hoy, liberando antiguas reflexiones resumidas en la frase anterior, frase que ya fue publicada en la desaparecida página de Facebook "Conciencia y Sinciencia".
No pasa día sin que el tema de las excarcelaciones y su derivada conceptual, la libertad, no sean objeto de atención de todos los medios expresando opiniones, explotando el morbo colectivo con entrevistas a excarcelados de fuerte impacto mediático y provocando y aireando reacciones de rechazo absolutamente comprensibles desde el punto de vista emotivo, pero que no lo son tanto desde el racional.
Pero debe quedar claro de entrada que no se trata de poner el foco en el caso particular de las excarcelaciones ni en la actuación de los medios, temas ambos que merecerían páginas y páginas de atención crítica desde los ámbitos político y jurídico. Nada más lejos de mi intención y de mis capacidades. Por contra, vamos a centrar la atención en los aspectos conceptuales del término, en un intento de ponderar su indiscriminada, superficial y, en mi opinión, frecuentemente inadecuada utilización. Por lo tanto, nos vamos a centrar en la Libertad con mayúscula (sin adjetivos). Y la tesis que defiendo es que así, como concepto absoluto, como Valor Universal, NO EXISTE.

Y empezaré citando una ilustrativa metáfora de Karl Popper sobre la limitación de la libertad que, curiosamente, incluye a la judicatura:
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Versión «ocular» y deportiva de la metáfora de Popper (atento juez incluido).
Ya lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y la concreción, expresada magistralmente por la referencia a tus puños y a la nariz del vecino. Porque la libertad siempre se manifiesta en un dominio, ámbito o circunstancia concreta y, además, es subjetiva. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y, probablemente, la opinión del juez no coincide con la de ninguno de ellos.

Por lo tanto, la libertad no tiene sentido sin definir su ámbito –sus límites– ni establecer su relación con el sujeto que sufre su carencia o que la disfruta. Y es que, como sujetos, podemos definirnos como receptores de libertad, como clientes de nuestros proveedores, que son los que nos la administran o, en otras palabras, los que nos la conceden. Y este planteamiento revela tres tipos de libertad:

Libertad deseada: Es absolutamente personal e intransferible y es la que nos gustaría disfrutar. Puede asimilarse a las expectativas y representa nuestros límites. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia.

Libertad percibida: A menos que nuestra satisfacción sea total –caso más bien improbable–, siempre es un subconjunto de la anterior. Es la libertad más subjetiva. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma dosis de libertad tendrán percepciones distintas.

Libertad concedida: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

De lo antedicho se deduce que no todos los individuos tienen las mismas necesidades o expectativas de libertad, que ésta tiene límites, que estos límites los define –incluso, los puede exagerar– el sujeto cliente, que pueden ser constreñidos –frecuentemente, lo son– por el sujeto proveedor y que la libertad no es un valor absoluto que pueda ser expresado en mayúsculas y sin adjetivos. Porque si existiese esta Libertad Absoluta, si tuviese este Valor Universal, debería existir un Proveedor único –llamémosle Dios, Gran Juez(1) o Gran Arquitecto, tanto da–, el cual sería también el Gran Establecedor de Límites. Y, por lo tanto, incluso en este hipotético caso, la libertad, aún siendo absoluta, tendría límites, ergo SIEMPRE los tiene.

Porque, en mi opinión, no existe mayor cárcel que una libertad sin límites.

Y no podría terminar sin la moraleja ética que justifique el artículo: como proveedores, concedamos la máxima y como clientes, reclamemos la razonable y suficiente.

«La libertad no significa poder hacer todo lo que quieras, sino poder NO HACER lo que otros quieren que hagas».

1 - Con permiso de algún super-juez terrenal que está en la mente de todos.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Derecho(?) al pataleo

Hoy es uno de estos días en los que tienes la casi total seguridad de que, escribiendo, te vas a complicar la vida, lo que sucede indefectiblemente cuando no eres capaz de transmitir con una fidelidad razonable lo que piensas sobre un tema que, sin lugar a dudas, puede calificarse como «políticamente incorrecto». Pero, a pesar de todo, vamos a intentarlo.

Ya se cansó de «patalear» 
Conviene puntualizar de entrada que resulta imposible no reaccionar ante el reciente amontonamiento de sucesos(1) relacionados con los poderes en los que directa o indirectamente hemos delegado el buen gobierno de la sociedad. Estos sucesos, representados tanto por acciones como por omisiones, convenientemente amplificados por los medios, provocan un escándalo considerable, el cual, una vez convertido en «alarma social», deviene el preámbulo lógico de una justificada «indignación» ciudadana. Es entonces cuando aparece el tema de hoy: el derecho al pataleo(2). Porque no se puede negar que es un derecho indiscutible, máxime cuando la sociedad «indignada» ha llegado a la acertada conclusión de que resulta el único cauce que le permite visibilizar esta «indignación».

Una vez reconocido este principio básico –la existencia y justificación de este derecho social– ha llegado el momento de entrar en faena, y lo vamos a hacer identificando las cuatro patas sobre las que nos vamos a apoyar: opinión, criterio, opciones e información, términos extraídos de la siguiente cadena de proposiciones que, a mi modo de ver, representan las condiciones iniciales necesarias –aunque no suficientes– para ejercer este derecho con la máxima calidad.
Formular una opinión exige tener independencia de criterio, para lo que se precisa, necesariamente, tener criterio, el cual no existe sin disponer de una mínima diversidad de opciones, algo imposible de conseguir sin tener acceso a una información razonablemente veraz y, lo que es más importante, sin someterla a un análisis racional. De todo ello se deduce que una buena opinión debe basarse en una buena información.
Porque ejercer este derecho es, en principio, opinar. Y, a pesar de que habitualmente se ejerce de forma colectiva, no se debe olvidar que representa la expresión de una opinión individual, ejercida de forma distinta por el sujeto según las posibilidades a su alcance(3) y que, por lo tanto, ambas –tanto la opinión (el fondo) como su manifestación (la forma)– entran de lleno en el ámbito de la ética personal. Ahora bien, no se puede hablar de individualidad sin independencia, representada por la libertad de elección entre diversas opciones. Ambas –diversidad y libertad– son las que permiten a la persona la aplicación de un criterio racional, cuyo resultado, si es negativo, es el que dispara la necesidad del «pataleo». Pero de nada serviría todo lo antedicho si las opciones manejadas no respondieran a la realidad, algo directamente dependiente de una información razonablemente veraz. Y subrayamos «razonablemente» porque ésta es la pata débil del sistema, sobre la que tenemos menos control. Resolver este problema es difícil, pero puede ser paliado en parte con una receptividad no sesgada hacia medios de información de ambos lados del espectro político, una extrema sensibilidad para la detección de intentos de manipulación, dogmatismos o adoctrinamientos subliminales o encubiertos y un esfuerzo sincero de síntesis(4) que nos deje «razonablemente» satisfechos.

Con esto hemos caracterizado el derecho al pataleo, que quedaría definido así:
La imposibilidad de vehicular una opinión negativa(5) formada a partir de criterios racionales e informados.
Por lo tanto, a contrario sensu, si se puede vehicular o no se apoya en criterios racionales o informados, NO EXISTE tal derecho. Estas son las causas de deslegitimación. Porque el ejercicio de un derecho no tiene por que ser siempre legítimo, lo que nos lleva a terminar con la parte «políticamente incorrecta» de esta entrada.

Por descontado no me voy a meter en terreno pantanoso, deslegitimando explícitamente las muchas expresiones de derecho al pataleo –principalmente colectivas– que me apetecería, pero si que voy a decir que, no compartiéndolas, las comprendo(6). En cambio, dedicaré algo de atención a algunas expresiones individuales de este derecho que considero especialmente ilegítimas. Y me refiero a personajes públicos –principalmente políticos en ejercicio– a los que se les supone(...) estar adecuadamente informados, los cuales –a diferencia de la sociedad de a pie– disponen de múltiples canales y foros para visibilizar su descontento en el pleno ejercicio de la función para la que han sido delegados. Incluyo aquí, su participación en manifestaciones públicas –frecuentemente parapetados tras un bastardo y acomodaticio «a título personal»–, su continua descalificación a las gestiones de «los otros», su olvido sistemático de la desidia o incompetencia en su gestión que es la que propicia el legítimo «derecho al pataleo» de sus mal representados, derecho que, echándose al monte como cabras, deslegitiman –incluso manipulan– con su poco ético apoyo o presencia física. Ejemplos no faltan.

Resumiendo: Derecho al pataleo SÍ, pero legítimo, de calidad(7).

Notas:
1 - Instrucciones, filtraciones y sentencias judiciales (autóctonas y foráneas), excarcelaciones, recortes, titubeos, incontinencia verbal o simple incompetencia ministerial, desahucios, corrupción –presunta y no tanto– a todos los niveles (desde la familia real hasta los sindicatos), etc., etc.
2 - Chusco término bajo el que vamos a acoger las mil y una formas de visibilizar esta «indignación», entre las que destacan las manifestaciones en la vía pública –me abstengo de emplear el peyorativo «callejeras»– y las declaraciones –más o menos grandilocuentes– en los medios.
3 - Indudablemente, los políticos o personajes de relevancia pública, además de la manifestación colectiva, tienen otros canales para ejercer su derecho de forma individual. Otra cosa es que estén o no legitimados para hacerlo. Pero este tema –la legitimación– lo trataremos más adelante.
4 - En términos matemáticos hablaríamos de una «media estadística».
5 - Vulgo: reclamación o queja.
6 - No es falso paternalismo, pero obvio las causas que me inducen a ello.
7 - Desgraciadamente, en este tema, la excelencia tampoco es aplicable.

sábado, 12 de octubre de 2013

Solución, Disolución

Sin palabras...
De nuevo enfrentado al compromiso semanal de practicar el noble arte de la escritura llega el momento de elegir tema. Y debo decir que en esta ocasión me ha resultado muy fácil, circunstancia que, paradójicamente, también me ha resultado sumamente molesta y lamentable. De hecho, dado que he adoptado la cómoda fórmula de encontrar inspiración en sucesos recientes de cierta relevancia, hubiese preferido la rutinaria incertidumbre provocada, indistintamente, tanto por su ausencia como por su exceso. Pero esta semana, uno de ellos destaca de forma desmesurada. No por su brillo, sino por su oscuridad, por el profundo abismo negro, salado y húmedo, destino final de cientos de seres humanos que han encontrado, en una suerte de trágico ballet perfectamente sincronizado –éste es el verdadero hecho diferenciador–, la única verdad absoluta que nos ofrece la vida, que es, precisamente, la muerte. Y, perversamente, la han encontrado como respuesta a su búsqueda de una vida más larga y mejor, en un intento frustrado de prorrogar este momento inevitable, huyendo de las inhumanas condiciones de supervivencia en sus lugares de origen (llamarles países o naciones sería un eufemismo). Este suceso es el que, desde la cómoda posición de mi sofá y ejerciendo la parte alícuota de hipocresía que me corresponde como miembro de la especie –todavía– humana, ha actuado de catalizador de mi inspiración.

Pero como todo catalizador, en sí mismo no es el responsable del proceso mental desencadenado. Lo ha acelerado, a pesar de que, sin él, más tarde o más temprano, la cotidiana acumulación de sucesos de menor enjundia cualitativa y cuantitativa lo hubiera justificado plenamente. Otra cosa muy distinta es que, probablemente, no hubiesen despertado mi atención, pero ahora lo han hecho y es tal la avalancha de reflexiones que afloran que me obligan a adoptar un estilo forzosamente esquemático de enumeración no exhaustiva de hechos y comentarios, aparentemente inconexos, reflejados con la mayor fidelidad y espontaneidad.

Conviene también puntualizar de entrada que el indudable desahogo que representa verter por escrito estas reflexiones no ejerce papel alguno de antídoto sobre mi escepticismo vital, es más, refuerza mi convicción de que nos encaminamos a una especie de abismo indeterminado del cual será imposible salir a menos que se produzca el milagro –retórica pura– de una regeneración de los valores individuales –los colectivos son una simple consecuencia estadística– por uno de los dos únicos medios posibles: a) generación espontánea (autogestión, iluminación mística, instinto de supervivencia, etc.) o b) conducidos por pastores o líderes que ni están ni se les espera (opción de muy mal ver entre el sector progresista). En ambos casos, en mi humilde opinión, pintan bastos. ¿Tenemos, como especie humana, solución?
  • A finales de siglo –mañana mismo– seremos unos 10.000.000.000 (diez mil millones) de habitantes(1) en el sufrido planeta Tierra. Para hacernos una idea, unas diez veces los actuales usuarios de FaceBook. O sea, que faltan 87 años, que son los que han transcurrido desde 1926, es decir, ayer mismo. Pensemos en todo lo que ha pasado, en el enorme desarrollo científico y tecnológico –cuántica, genética, neurociencia, internet, etc.–, y, basados en ello, aceptemos que no tenemos ni la más remota idea de lo que pasará entonces ni de lo que pasará hasta entonces, pero que, indudablemente, visto lo visto, sin un giro social copernicano, no será nada bueno.
  • Nuestros líderes políticos(2) presentan un trastorno bipolar acusado, patentizado por la coexistencia de preocupaciones a cortísimo plazo futuro –unos pocos años– y a medio plazo pasado –unos pocos siglos–. Localmente, tenemos un ejemplo en la nueva ley de educación que, en un alarde de coherencia, ya han decidido eliminar tras las próximas elecciones y en la enfermiza conmemoración anual y explotación sentimental de antiguos acontecimientos –hoy mismo tenemos uno, el 12-O– ocurridos hace siglos, grave trastorno que les impide ver más allá de sus propias narices y consensuar medidas de largo alcance que trasciendan del miserable período electoral. ¿Cómo vamos a esperar que piensen en la imparable superpoblación mundial, si están preocupados exclusivamente por sus cuatro años de permanencia al frente de sus pequeñas tribus?
  • El espectáculo de la sala llena de ataúdes visitada por los próceres de la UE, abucheados por los habitantes de la pequeña isla, complementado por el teatral acto de contrición ante las cámaras y la promesa de solución del problema de la inmigración ilegal(3) es otro ejemplo de miopía política –en este caso, europea– ante el imparable fenómeno de la globalización propiciada por el aumento de la población y la consiguiente –y lógica– búsqueda de recursos de supervivencia. Huelga también comentar la falta de atención dedicada a este problema concreto –quizá el mayor al que nos enfrentamos como especie, incluso superior al manido calentamiento global– por la máxima organización supranacional, la ONU.
  • Existe un consenso generalizado en que la calidad de la educación es muy baja y está empeorando –ahora volvemos a nuestra pequeña tribu– y también observamos que nuestros líderes no consiguen el más mínimo acuerdo para poner solución a esta cuestión estratégica. Esto me lleva a concluir que, dado que los políticos se extraen de la sociedad y que la cultura de la sociedad empeora, estamos en una espiral decadente en la que nuestros líderes, los que nos deben conducir a buen puerto, son y serán cada vez más incompetentes. Todo esto sin considerar corruptelas o déficits morales, no dependientes del nivel cultural.
  • Se aprecia también una creciente corriente de opinión favorable a transferir –el término más utilizado es "devolver"– a la sociedad la responsabilidad de la toma de decisiones, haciendo gala de una fe sin límites en la capacidad de la misma de autogobernarse, capacidad sobre la que albergo dudas superlativas, en especial en un mundo global superpoblado. Por descontado, el argumento se podría resumir en el siguiente eslogan: «la solución es la disolución», teniendo un ejemplo local paradigmático y en cierto modo justificado, en la evidente inoperancia –ganada a pulso– del Senado.
  • También resulta sintomática la ceguera –más que miopía– de los políticos locales de medio pelo, los cuales, con sus esfuerzos centrifugadores y desintegradores, prefieren hacer tabla rasa y lanzar a sus comunidades a una piscina –más pequeña– sin agua en lugar de mejorar lo existente. De nuevo, «la solución es la disolución». Todo lo contrario a la globalización, que es concentración, y a la anticipación ante un imparable y, en mi opinión, deseable, futuro próximo sin fronteras.
Y en el supuesto de que, con diez mil millones de habitantes, persistan las fronteras –lo cual no es en absoluto descartable–, el escenario que se dibuja es escalofriante. Un verdadero quebradero de cabeza para progresistas y conservadores. La fronteras delimitarán guetos autodefensivos a modo de las murallas de la ciudades medievales –con sus señores feudales y todo–, que pretenderán defender a la sumisa y agradecida colectividad de la invasión de las hordas de hambrientos y menesterosos que serán los que estén «fuera». Lampedusa elevado a la máxima potencia. Triste futuro y también triste conclusión: Escepticismo y Pesimismo, ambos referidos a la especie humana y a su subconjunto de líderes, dirigentes y, en suma, políticos (por favor, leer de nuevo el párrafo anterior a la enumeración).

La mejor «solución».
Hoy pues, mucha Política y, en consecuencia, poca Calidad, poca Excelencia y poca Ética. Ya está escrito. Aunque, con objeto de terminar con algo mejor sabor de boca, se me antoja interesante jugar un poco con el lenguaje y explorar las distintas acepciones que nos ofrece el título. Hasta ahora los hemos utilizado en su forma social, entendiendo por solución la «acción y efecto de resolver una duda o dificultad» y por disolución «relajación y rompimiento de los lazos o vínculos existentes entre varias personas». Pero su acepción físico-química es algo más optimista: solución y disolución son sinónimos y significan «una mezcla sólida y homogénea de dos o más sustancias». Quizá por mi formación más técnica que humanística, me quedo con esta última. Porque, en el fondo, todos somos iguales.

«Muchos saben «qué» hacer, pero pocos «cómo» hacerlo.¿Para qué sirven los diagnósticos si no se aplican las terapias adecuadas?».

«Todo plan digno de tal nombre nace para ser modificado. Esto es sistemáticamente ignorado por los políticos que, de forma ingenua o perversa –que más nos da–, siempre nos venden sus planes como si fueran fórmulas mágicas inmutables».

«Los mayores crímenes son los que suelen expresarse mediante estadísticas, diluyendo la quemazón del horror en la insensibilización provocada por los fríos números».

Notas:
1 - Este es el nombre más apropiado. Personas, hombres, humanos, etc. admiten mucha controversia.
2 - Locales, autonómicos, nacionales, europeos y mundiales.
3 - ¿Acaso la van a legalizar?