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lunes, 20 de febrero de 2023

Nudismo Comunitario

 El Supremo dice que no se puede imponer el nudismo en la piscina de una comunidad¹


"El Tribunal Supremo ha determinado que una comunidad de propietarios no puede imponer el nudismo en las áreas comunes² de la urbanización –incluida la piscina o los jardines– y ha explicado que privar a los vecinos que quieren disfrutar con ropa de dichos espacios vulnera el derecho de igualdad³ y el derecho a la intimidad, entre otros.

Los magistrados se han pronunciado sobre un caso que tuvo lugar en Almería, en el que la comunidad de propietarios declaró como indispensable⁴ la práctica nudista para el acceso a los elementos comunes² de la finca. Estos incluso contrataron un servicio de seguridad⁵ para velar por el nudismo en dichas zonas.

En una sentencia, la Sala de lo Civil ha dado la razón a los propietarios que querían ir vestidos a la piscina y a los jardines de la urbanización. Los magistrados han corregido al juzgado y a la Audiencia Provincial que desestimaron las demandas⁶ de estos propietarios.

El Supremo ha apreciado un error patente en la valoración de las pruebas que sustentaban que se habían aprobado por unanimidad⁷ unos estatutos en los que se fijaba la obligatoriedad de la práctica nudista en las áreas comunes². El Alto Tribunal ha subrayado que la lectura de las actas de la comunidad demuestra que dichos estatutos no fueron aprobados.

Asimismo, ha incidido en que, ante la falta⁸ de unos estatutos que justifiquen⁸ la medida, se aprecia una vulneración del derecho de igualdad³ de aquellos vecinos que querían disfrutarlos vestidos.

Según el tribunal, dicha prohibición supone una discriminación de estos vecinos por razón de sus ideas y pensamientos y atenta a su libertad de movimientos⁹ y a su derecho a la intimidad. Así las cosas, los magistrados han precisado que ir desnudos a la piscina y los jardines es “una opción personal perfectamente respetable y legítima”, pero han insistido en que no se puede obligar a los vecinos a hacerlo¹⁰. El tribunal, al considerar vulnerados los derechos fundamentales de los ocho demandantes, ha fijado una indemnización¹¹ por daños morales de 1.000 euros para cada uno de ellos."

No cabe duda que la noticia es sorprendente. No tanto por las diversas incoherencias implícitas sino por el propio hecho de que un asunto así llegue al Tribunal Supremo. Divertido imaginar el día-a-día de la comunidad cuasinudista: todo el personal desnudo en jardín y piscina mientras los guardias de seguridad impiden el acceso a personas no desnudas. Para verlo. 

NOTAS:
  1. La Vanguardia - viernes, 17 de febrero de 2023
  2. Entendido en su sentido más amplio. P.e. El vestíbulo o el ascensor. Me pregunto: al volver de la calle ¿hay que desnudarse antes sacar la llave y entrar?
  3. Más bien de "desigualdad".
  4. Un poco exagerado ¿no?
  5. voyeurs abstenerse.
  6. Sorprendente. Juzgado y Audiencia avalan la desnudez en el ascensor.
  7. Absurdo dado que hay comunitarios no nudistas.
  8. Es decir, si los estatutos aprobados la incluyeran, la medida "estaría justificada": todos desnudos. Curioso.
  9. De hecho, les impide entrar en el vestíbulo y, por ende, en su casa.
  10. Pero... ¿no habíamos quedado que se puede?
  11. ¿Quién la paga? Porque si se paga de los fondos comunitarios, parte la sufragan los propios no nudistas.

lunes, 21 de agosto de 2017

17-08-2017 Barcelona


17 de agosto de 2017


Qué es lo que hay que hacer
si es que eso puede ser,
si es que con lo que tú hagas
puedes algo resolver,
si es que tus pobres acciones
tienen aún razón de ser,
si es que no acaban hundidas
en un mar de insensatez.

Qué es lo que nos ha pasado
que nos lleva a padecer
esta suerte de barbarie,
esta maldad sin porqué,
esta irracional propuesta
en nombre de incierta fe,
cual macabra lotería
que nos golpea otra vez.

Qué es lo que lleva a muchachos
a creer que su papel
en esta vida terrena
es matar a fiel e infiel,
pues que nosotros sepamos
no les piden el carnet,
para tener como premio
cien huríes y el edén. 

Qué es lo que hace tan triste
vivir el día después,
asistir al espectáculo
que nos dan desde el poder,
observar con impotencia
su querer y no querer,
su cuidada equidistancia,
de sus miras la estrechez.

¿Alguien sabe lo que es?
¿alguien conoce la causa?
¿alguien conoce el porqué?
¿alguien tiene una vacuna?
¿alguien se siente culpable
de morirse a su placer?
¿alguien cree que algún día
los vamos a convencer?

Mientras tanto discutimos
si lo hago mejor que tú,
si tú me ocultas los datos,
si yo persigo otro fin,
primamos el enanismo,
la tribu y la acción local,
cuando es obvio que el problema
requiere visión global.

Mientras tanto no tengamos
una autoridad mundial,
unas leyes que superen
fronteras e identidad,
una sociedad que mame
igualdad y libertad,
este cáncer que sufrimos
crecerá y se extenderá.

Mientras tanto solo queda
nuestra solidaridad
con todos los fallecidos,
con familiares y heridos,
con treinta y ocho países,
con toda la humanidad,
con los que fueron culpables
de atreverse a ramblear.

Mientras tanto no se engañen,
si lo quieren arreglar,
viendo el perfil de los tipos
que nos deben liderar,
dado que los dirigentes
se extraen de esta sociedad,
será peor el remedio
que la propia enfermedad. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Indiferencia

(Estar sin Estar II)

indiferencia.
(Del lat. indifferentĭa).
1. f. Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados 

indiferencia.
impasibilidad, insensibilidad, neutralidad, desinterés, apatía, indolencia, desgana, tibieza, desprecio, displicencia, despego, desafecto, desamor, desdén, despegue, frialdad, fastidio.
Diccionario de sinónimos y antónimos © 2005 Espasa-Calpe

Una alegoría de la indiferencia: todo entra, nada sale.
No se me ha ocurrido mejor manera de empezar que dejando claro, incluso para mí, de qué va la cosa. ¿Porqué? Porque resulta que mi último artículo me dejó bastante insatisfecho. No tanto por su planteamiento —que también— como por el aroma de prepotencia y absolutismo que pudiera desprenderse de algunos de los resaltados (por ejemplo, la imagen “Aquí estoy” y la maximalista declaración final “estar siempre”. Nada más alejado de la realidad. Y tras repetidas lecturas, llegué a la conclusión de que lo más importante se había quedado en el tintero, perdido entre los intrincados circuitos neuronales, incapaces —en mi caso, con más frecuencia de la deseada—  de presentar con claridad el resultado concreto de un proceso mental. Y resulta que este resultado se resumía en una sola palabra: indiferencia, palabra que, estando todo el tiempo flotando en mi mente, no apareció ni una sola vez en el texto.

Por lo tanto, vamos a intentar subsanar este importante fallo, sin abjurar en ningún caso de nada de lo escrito en “Estar sin Estar”, que puede considerarse como un aperitivo un tanto presuntuoso al meollo de la cuestión, que no es otro que la indiferencia, tratada desde los dos puntos de vista, el del proveedor y el del cliente. Es decir, la indiferencia entregada y la indiferencia recibida.  

Y establecido (o identificado) el objeto del artículo, la primera acción ha consistido en asegurar con un grado suficientemente razonable que la palabra resume, condensa o, como mínimo, está relacionada con el Estar o, más propiamente, con el No Estar. Por ello, hemos empezado con la formalidad lingüística, certificando esta relación tanto en su acepción única como en la práctica totalidad de los sinónimos.

Nos referimos pues a un «estado de ánimo» binario (de hecho, una puerta NOR) en el que no se experimenta «inclinación»(1) o «repugnancia»(2) alguna hacia una «persona, objeto o negocio» determinado. Esto significa que si sentimos «algo», por minúsculo que sea, de «inclinación» o «repugnancia» por algo o alguien ya no se puede hablar de indiferencia.

Una vez aclarado lo que estamos hablando, es absolutamente imprescindible establecer el nexo con el Estar sin Estar, que no es otro que el hacerlo (o dejarlo de hacer) bajo demanda. Es decir, cuando te han pedido Estar o, lo que es lo mismo, cuando te han pedido explícitamente No Ser Indiferente (por ejemplo, opinar). En estos casos, cuando alguien espera de ti lo contrario, No Estar o, lo que es lo mismo, mostrar indiferencia, es, para mi ética, tanto en el papel de proveedor como en el de cliente, absolutamente inaceptable.

Si soy el proveedor (es decir, si me han pedido Estar), mi respuesta nunca es la indiferencia, y si soy el cliente (es decir, si lo he pedido yo) la indiferencia es la última de las respuestas esperadas. No diré que sea una ofensa (dejémoslo en una descortesía, falta de respeto o de educación), pero se le parece mucho.

Resumiendo, para Estar sin Estar, con no mostrar indiferencia es suficiente. Así de simple. Así de económico. Por esto es por lo que aplicar la indiferencia como respuesta a un requerimiento explícito representa un «ni fu ni fa» clamoroso, un mensaje de negación de la esencia y existencia del solicitante, que, al no ser ni estar, obviamente no merece respuesta alguna.

Siempre ha presidido mi trayectoria vital el convencimiento que todos somos a la vez proveedores y clientes, por lo que mantengo que la indiferencia es uno de los peores enemigos tanto de la cadena de suministro presente en todas nuestras actividades (de hecho, la rompe) como de la comunicación entre personas, máxime cuando esta comunicación no es tácitamente esperada, sino explícitamente solicitada.

Destilado final: «La mejor forma (quizá la única) de Estar sin Estar es no mostrar indiferencia».

Notas:
  1. inclinación (RAE): 3. f. Afecto, amor, propensión a algo.
  2. repugnancia (RAE):  2. f. Tedio, aversión a alguien o algo; 4. f. Aversión que se siente o resistencia que se opone a consentir o hacer algo.

sábado, 8 de febrero de 2014

(no)Romper la Baraja

«Romper la baraja es fácil, pero te quedas sin cartas».

Esta atracción mía por la síntesis y la metáfora me provoca sensaciones encontradas. Normalmente, acostumbro a resaltar y registrar físicamente todos los aforismos o declaraciones sucintas, ingeniosas o irónicas con las que me encuentro en mis lecturas, siempre que ostenten la virtud –evidentemente, subjetiva– de encapsular principios de mayor calado que espoleen el análisis y la reflexión. Y en este caso, en el de frases cortas de producción ajena, no existe mayor problema. Quedan archivadas físicamente –libretita o ".doc"– a la espera de su utilización o desarrollo, el cual, en la mayoría de casos, no llega nunca. Pero han cumplido su función: por el mero hecho de copiarlas, en algún lugar del cerebro permanece su recuerdo, quizá inconsciente, incorporadas al acervo del conocimiento en forma de pequeñas píldoras, de las que, por su reducido tamaño, podemos suponer que caben muchas. Es una extensión del sistema de apuntes que me enseñaron de niño mis excelentes maestros de primaria y que me ha acompañado toda mi vida con muy buenos resultados: resumir, destilar y registrar. Y, probablemente, ésta es la causa de mi afición por la frase corta, por la concreción, por la expresión minimalista de los conceptos, en un reduccionismo extremo que en ocasiones roza lo obsesivo y que no siempre es aceptado ni entendido.

Pero la sensación incómoda aparece en el caso de la «producción propia». Ya he explicado en alguna ocasión, que no soy capaz de empezar un escrito, sea artículo corto o libro extenso, sin consensuar conmigo mismo el título. Me parece imposible no hacerlo así. Esta práctica no es habitual y frecuentemente me ha sido criticada con el peregrino –para mí– argumento de «empezar la casa por el tejado». Pero no se trata aquí y ahora de justificarla, mas allá de declarar que me proporciona un excelente instrumento para «ver» mentalmente el escrito antes de su materialización física. Y qué duda cabe que un buen título debe ser capaz de expresar con rigor y precisión razonable el contenido que se esconde bajo su escueta y concisa redacción (1). Con todo, este caso particular de producción propia, siendo producto de la introspección voluntaria, de la búsqueda, en ocasiones, muy trabajosa, de un resumen válido, me resulta bastante gratificante. Entonces... ¿dónde está la incomodidad? Pues en los aforismos o frases cerradas de menor calado que, frecuentemente, «aparecen» de forma súbita sin ser –aparentemente– consecuencia inmediata de proceso reflexivo alguno o de hecho material acaecido. De repente, ahí están. Y entonces, es cuando empieza el «problema».

Porque, más allá de identificar sus orígenes, su causa –algo que no me parece especialmente práctico–, lo que me interesa inmediatamente es su potencial desarrollo, es decir, lo que se encuentra encapsulado en los estrechos límites de la corta frase y, paradójicamente, a pesar de ser el autor, lo más habitual es que en esta labor me encuentre con enormes dificultades, agravadas de forma radical si la frase es metafórica, lo que abre un abanico infinito de posibilidades.

Por lo menos, que te quede ésta.
Y con esto llegamos a la frase de hoy, donde la expresión «romper la baraja», resulta metafórica donde las haya. ¿De dónde sale? Tal y como he dicho, conscientemente no tengo ni idea (2). Algo la habrá desencadenado, quizá un refrito de estas píldoras almacenadas en recónditas neuronas cuyo recuerdo ha sido reactivado por algún acontecimiento cotidiano, de los que, hay que decir, no faltan. Porque ganas, lo que se dice ganas, de «romper la baraja», incluso de tirarle las cartas a la cara de alguien, me asaltan continuamente (y no creo ser el único).

Y aquí me quedo. Aceptando que, en ocasiones, resulta inevitable, pienso que no es bueno «romper la baraja», porque «te quedas sin cartas». Comprendo que hay casos y casos, pero la actuación predeterminada debe ser no hacerlo. Evidentemente, si te queda alguna carta, si no te las han quitado todas. Porque, en este caso, ya da lo mismo, porque no hay baraja.

Por lo tanto, lo inteligente es ser capaz de detectar tus cartas y saberlas jugar (las tuyas y las de los demás). En muchas ocasiones, nos parece que ya no hay salida (que no tenemos cartas) pero estamos equivocados. Hay baraja y hay cartas. Y si las rompes, se acabó el juego.

No me parece mal principio ético. Aplicar los principios ya tratados de tolerancia, ofensa y daño, afrontar las dificultades y no sucumbir a lo fácil: romper la baraja, tirar las fichas, pegar un puñetazo (en la mesa o en otro sitio más blando), etc., etc.. La alternativa: jugar bien tus cartas y estar preparado para el abandono –pasivo o activo– del oponente.

Hoy, el tema no da más de sí. Los ejemplos, a gusto del consumidor.

Notas:
1 - Un ejemplo paradigmático lo tenemos en «La Broma Infinita», broma inconmensurable, se mire como se mire. 
2 - Personalmente, a estas frases les llamo «frases (casi) propias», con lo que quiero reconocer que su remoto e ignorado origen siempre es ajeno, porque –tómese como una licencia literaria– también pienso que, en el fondo, «todo está escrito».

sábado, 11 de agosto de 2012

Las Cuatro Tolerancias

En una reciente entrada hemos tratado el tema de la Tolerancia y sus límites con el objetivo de intentar definir el concepto y su caracterización como un Valor positivo. Sucede que, tras reflexionar sobre un tema, he experimentado que se abre una ventana de tiempo en la que su recuerdo se mantiene fresco en la memoria próxima y nuestro cerebro le presta, inconscientemente, una atención especial.

En esta corta ventana de tiempo, he sido protagonista de dos sucesos que han puesto a prueba, precisamente, mis propios límites de tolerancia. En especial, uno de ellos, ha despertado una reacción instintiva e instantánea, poniendo en cuestión mis propias convicciones y revelando el enorme peso que éstas pueden representar en nuestro día-a-día.

No creo oportuno exponer en detalle ambos casos, pero sí me gustaría reflexionar sobre ellos como complemento a la reciente entrada del blog a la que he hecho referencia.

Especifiquemos nuestra Tolerancia con precisión.
El primer caso es el que provocó una reacción inmediata, ya que se trataba de un cara-a-cara. Cuando uno tiene una convicción profundamente arraigada, puede considerar como una agresión a sus principios la explícita (o apenas velada) puesta en duda de los mismos. En la anterior entrada dedicada al tema, habíamos establecido la diferencia entre "ofensa" y "daño" y también habíamos defendido adoptar una actitud racional ante una ofensa moral, la cual nunca debería ser tratada como un puñetazo en las narices. Pues bien, tras esta experiencia, mi reflexión es que quizá existe una actitud intermedia que podría definir como Tolerancia "simétrica", concepto que analizaré en detalle más adelante.

En cambio, el segundo caso (un complejo caso de ofensa en un entorno virtual sin cara-a-cara físico) permitió una valoración racional previa, que creo cumplió con mis límites de tolerancia (o de intolerancia, que es lo mismo). Ni que decir tiene que resulta difícil comportarse del mismo modo en diálogos "virtuales" que en diálogos "presenciales", aunque hay quien tiene especial facilidad para repartir, si lo cree necesario, puñetazos literarios. En este caso, mi reacción creo que respondió a la Tolerancia "unilateral" de la que hacía gala, ostentosamente, mi "adversario".

Sin más preámbulos, voy a exponer las, a mi modo de ver, cuatro clases de Tolerancia:

Tolerancia absoluta: la que no necesitaría adjetivarse. Yo la definiría simplemente como La Tolerancia. Corresponde al "poner la otra mejilla" en cualquier circunstancia. Pertenecen a esta categoría (entre otros muchos, por suerte para los humanos) Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela y las Hermanitas de la Caridad.

Tolerancia relativa: Es una forma especial de Tolerancia "absoluta" y se caracteriza por tolerarlo todo, haciendo pública gala de ello, excepto cuando te afecta directamente. Un ejemplo podría ser tolerar (y defender) el robo de comida por parte de "no indigentes" bien alimentados (sólo hay que verlos) en un supermercado con la peregrina justificación de hacer de Robin Hood (o de Curro Jiménez, de actualidad por el deceso del gran Sancho Gracia) para "dar de comer al hambriento". En cambio, con total seguridad, la mayor parte de estos "tolerantes" no aceptarían que se les "expropiase" su propio carro de víveres una vez pagado. Estos individuos practican lo que defino como Tolerancia "relativa". Creo que se trata de la más inhumana, representando lo peor de lo peor.

Tolerancia simétrica: Se da esta categoría cuando aplicamos y esperamos los mismos límites (grandes, pequeños, selectivos, etc., los que hayamos establecido) a nosotros y al entorno. Dicho de otra forma, somos tan tolerantes como deseamos y esperamos que lo sean nuestros semejantes. En mi opinión, es la más humana de todas, lo que no quiere decir que, estadísticamente, sea la más frecuente.

Tolerancia unilateral: Corresponde a quien exige a (o espera de, por su exagerado yoísmo) sus semejantes una amplia tolerancia con "sus" principios, pero concede poca o nula a los de sus semejantes. En resumen, también la podríamos calificar de Tolerancia "asimétrica". Se da la particularidad de que, a menos de que se encuentre con un tolerante "absoluto", en la mayoría de casos, convierte temporalmente a su oponente en "unilateral" pero de signo contrario (por el elemental principio físico y psíquico de acción y reacción).

Elijamos con cuidado la clase de Tolerancia que incorporemos a nuestra Ética personal. Y hoy, para no repetirnos, no hay refranes.