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sábado, 5 de enero de 2013

Perder el Tiempo

Nuevo año. Primer artículo. Me digo a mi mismo: debería escribir algo representativo. Algo coherente con la efeméride. Porque acaba de empezar un nuevo año, lo que quiere decir también que acaba de terminar un viejo año. Y como soy (no sé si puedo decir "somos") absolutamente previsible, me están rondando por la cabeza los típicos y tópicos deseos para este nuevo año: la consabida retahila (que no pienso desvelar) de buenos propósitos. Y, la verdad, no recuerdo si me sucedió al año pasado, pero en este momento me asalta la preocupación por el deber cumplido (o incumplido). Por hacer balance. No es que me sienta empresario (en la empresa es -o debería ser- costumbre hacer presupuestos anuales y verificar su cumplimiento), pero me pregunto... ¿he aprovechado el año? O, mejor todavía, ¿he perdido el tiempo? Y ante esta sincera y lícita autopregunta, me quedo un poco confuso. ¿Cómo le puedo dar respuesta si no sé lo que significa exactamente? ¿Perder el tiempo? ¿Es eso posible? ¿No será otra frase tópica, vacía de contenido? Pues bien, ya tenemos tema. Pero, vayamos por partes:

El tiempo...
En primer lugar, deberíamos aclarar la acepción (o acepciones) que le damos al término. En primera aproximación, nos referimos al tiempo como dimensión. Es decir, como magnitud medible. Como algo que fluye con independencia de nuestros actos. Al que poco o nada le importa lo que hagamos o dejemos de hacer. En este momento tengo ante mí un reloj de péndulo y me he quedado un momento haciendo nada (bueno, mirando el péndulo) y no se ha parado. Ha continuado con su perpetua cadencia (mientras no se agote la pila, claro) de un segundo (más o menos). Resulta un ejemplo un poco burdo, pero ha resultado cómodo pues no me he debido mover del sofá. Otro ejemplo del incesante fluir del tiempo, en este caso de un período anual, es el número de oscilaciones pendulares de mi reloj entre las últimas campanadas del reloj de la Puerta del Sol y las del año anterior: 31.536.000 (les aseguro que no las he contado, tengo mejores maneras de "perder el tiempo"). Ni que decir tiene que, tanto mi reloj de péndulo como el de la Puerta del Sol, son meros accidentes a los que el tiempo ignora. Son simples instrumentos de medición que nos permiten "percibir" el paso del tiempo (otros, algo menos precisos, pueden ser nuestra calva o los achaques).

Una última reflexión: El flujo del tiempo discurre siempre hacia el futuro. Entonces, nuestro único contacto con el tiempo sería el presente, porque el pasado ya no está y el futuro todavía no ha llegado. Pero el presente también es una ilusión. Cuando nos apercibimos de él, ya es pasado. Estamos permanentemente en un instante a caballo entre los tres tiempos verbales: pasado, presente y futuro. A este respecto, viene al pelo la definición de Aristóteles: "El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes". Si un instante, por definición, es instantáneo, con esto está todo dicho.

Tener...
Pero, ¿tenemos tiempo? ¿Qué significa "tener tiempo"? Cuando nos preguntan cuantos años tenemos (menos mal que no nos lo preguntan en segundos) y respondemos, por ejemplo, 67... ¿los tenemos o no los tenemos? Pues claro que no. Estos son los que, precisamente, no tenemos. Los que ya se han ido. Tener, lo que se dice tener, tenemos los que nos faltan. Pero... ¿cuántos son?
Nacemos con un saco de tiempo a nuestras espaldas. Pero que nadie se ponga nervioso. Con esto no quiero decir que todo está escrito ni que el mundo esté regido por el determinismo newtoniano. Soy un ferviente defensor del libre albedrío, el cual es, precisamente, el que nos permite "perder el tiempo" a voluntad. El tiempo total del que disponemos no se conoce "a priori", pero existe. El saco es virtual, y contiene las oscilaciones del péndulo desde nuestro nacimiento hasta nuestro tránsito a dondequiera que sea que se pare, para el viajante, definitivamente. Por lo tanto, de lo único de que podemos estar seguros es de "tener" el tiempo que "ya hemos tenido" y de que lo que queda en el saco es algo indeterminado, lo que puede ser una buena razón para "no perderlo".

Gastar...
Entonces, ¿se gasta el tiempo? Analizado de forma superficial, diremos que sí. Todo el tiempo pasado se ha gastado. Y ahora mismo, estoy gastando mi tiempo escribiendo este artículo. Vamos, vaciando el saco. Pero si profundizamos un poco, deberíamos diferenciar entre gasto (consumo puro y duro) e inversión (expectativa de aprovechamiento posterior). ¿Hemos gastado o hemos invertido? Esta es la cuestión. La adecuada inversión de nuestro tiempo es una especie de viaje al futuro. Quizá nos permita hacer más cosas. El tiempo invertido (también, en menor medida, gastado) hace nuestra vida más eficiente que el tiempo únicamente gastado, el cual la podrá hacer eficaz, pero nunca eficiente.

Ganar...
¿Podemos "ganar tiempo"? Sí. Una de las formas la acabamos de tratar: invirtiendo (no gastando) el tiempo adecuadamente. La otra es haciendo las cosas más rápido. Esto no quiere decir "mover el culo" más rápido, sino estar por lo que se hace en cada momento, sin distracciones ni actividades múltiples. A pesar de que hay quien defiende que puede hacer "muchas cosas a la vez", esto es una soberana tontería. Quizá se lo parezca, pero las cosas se hacen de forma secuencial, una detrás de otra, y la simple ilusión de hacerlas simultáneamente ya es un lastre (en el caso del tiempo, lo que no se gana, se pierde). Esto es aplicable a cualquier actividad, aunque se trate de actividades a tiempo fijo. Por ejemplo, la jornada laboral es la que es. Se podría pensar que si uno no puede marcharse antes a casa, no "gana tiempo". Pues no es así. Piense un poco en ello. En cuanto a las actividades de tiempo variable (por ejemplo, pintar el comedor), la respuesta es obvia: pintar bien y rápido.
En cualquier caso, la ganancia siempre es relativa. El saco virtual tiene el tiempo que tiene. De lo que se trata es de "poder hacer más cosas buenas, satisfactorias y aprovechables" en el poco tiempo que nos queda (cada vez menos). En resumen: de no "perder el tiempo".

Perder...
La pregunta clave sería: si el tiempo de que disponemos es constante, ¿perdemos el tiempo que gastamos o invertimos? ¿Qué significa exactamente "perder el tiempo"? Para responder a la pregunta, utilizaré una lógica negativa: intentaré definir lo que "no es" perder el tiempo. Entonces, cualquier incumplimiento de los siguientes requisitos, será una forma más o menos velada de "perder el tiempo". Veamos:
  • Cumplir los compromisos con el entorno próximo y lejano, adoptados racional y voluntariamente, los cuales conforman nuestra ética personal.
  • Planificar nuevas actividades (no en contradicción con nuestra ética) con el propósito de propiciar la inversión en lugar del gasto, de tal forma que ocupen el máximo de tiempo previsiblemente disponible.
  • Como ampliación del punto anterior, digamos que una actividad planificada perfectamente válida puede ser "hacer nada" o, simplemente, "meditar".
  • Ejecutar todas las actividades, siguiendo las recomendaciones detalladas en el apartado "Ganar...".
Conclusión
El tiempo es lo más valioso que "tenemos". Suena a tópico, pero no lo es. No es posible comprar más. Dorian Gray sólo existió en la mente de Oscar Wilde. El saco está cada año, cada día y cada oscilación de péndulo (ahora mismo lo sigo viendo delante de mí) más vacío. Y esta evidencia se hace más patente a medida que el tiempo avanza (y sólo avanza). Por lo tanto, es un recurso insustituible.

Finalizó el tiempo del artículo. Ha llegado el momento de concluir de forma honrosa. Del mismo modo que siempre me cuesta empezar, siempre me cuesta terminar (supongo que cuando se acabe el tiempo no será distinto). Pero vamos a hacerlo fácil: Calidad (eficacia, hacer todo lo previsto), Excelencia (eficiencia, invertir bien, no despilfarrar) y Ética personal (incorporar la preocupación por no "perder el tiempo"). Siempre es lo mismo.

Espero no haberlo perdido.

"La mejor manera de no perder el tiempo es que no te sobre."

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Valor del Lenguaje

Siguiendo con mi costumbre, empezaré con un análisis del título, el cual, como todo buen título, debería ser expresión condensada y relevante del contenido que titula. Antes de empezar su autopsia, probablemente, la primera reflexión que provoca su lectura es: ¿y qué puñetas tiene que ver "el valor del lenguaje" con la ética personal? Pues responderé que mucho. Y el propósito de este artículo es, precisamente, justificarlo. Empecemos:
  • Valor: ¿se puede añadir algo a lo ya tratado? En el blog empresarial analizábamos el término desde el punto de vista de la excelencia, diferenciándolo claramente del concepto "coste", con el que, frecuentemente, se confunde. Recordemos un poco: Valor es "la relación entre la satisfacción de las necesidades y los recursos utilizados". Por lo tanto, utilizando esta acepción, una vez conozcamos las necesidades del lenguaje (su función), podremos conocer su valor, el cual estará en función de los recursos utilizados en su producción (entendiendo como tal, los esfuerzos que hayamos empleado para generar un mensaje con él). 
  • Pero existen más acepciones. Utilizaremos también la bastarda: el coste. Porque el lenguaje mal utilizado puede representar un coste. Y un coste nunca se amortiza. Es un peso, una losa, que será tanto mayor cuanto peor haya sido su utilización. Y por último, consideraremos la acepción 6 del RAE: "Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos". En ocasiones, el lenguaje ha de ser "valiente". Aparquemos el tema hasta analizar de nuevo la frase completa.
  • Lenguaje: no voy a pavonear de erudición gratuita, entre otras cosas, porque no puedo. Pero si daré mi definición, decantada por mi escaso conocimiento y la experiencia adquirida. El lenguaje es una convención simbólica que pretende (y casi nunca consigue) ser una representación del pensamiento. Y su resultado, su producto, su función, es la comunicación. Cuando lo empleamos en su forma verbal, por la inmediatez (no es conveniente pensar demasiado las frases, para evitar la somnolencia del interlocutor), el riesgo de no expresar lo deseado es altísimo. Este riesgo baja cuando lo empleamos en forma escrita, pero nunca tenemos garantía de éxito (este artículo ya lo querría empezar de nuevo, pero soy muy perezoso ¿es esto poco ético?). En cualquier caso, en este punto, podría ser adecuado ampliar este tema consultando el artículo "Entendimiento y comprensión".

Una vez comentados los dos componentes del título, analicemos el objeto del artículo:

De poco sirve aquí el lenguaje.
Debemos ser muy sensibles al valor del lenguaje. Teniendo en cuenta que su único objetivo es la comunicación, y que esta comunicación debe ser de calidad (eficaz, conseguir totalmente este difícil resultado: que los dos interlocutores hablen de lo mismo, se entiendan y se comprendan) y excelente (primera acepción analizada: máximo resultado con mínimo esfuerzo), tenemos que maximizar este valor. Adicionalmente, debemos minimizar el coste que nos puede suponer un empleo inadecuado del lenguaje. En ocasiones, la popular regla de contar hasta diez antes de responder a  lo que nos parece una inconveniencia, puede ser acertada.
Y, por último, no debemos temer la utilización del lenguaje. Cuando la ocasión lo requiere, se ha de hacer una utilización valiente del mismo. Decir las cosas como son. Llamar a las cosas por su nombre.

Para finalizar, incorporemos la preocupación por el valor del lenguaje a nuestra ética personal. Y digo preocupación, porque, a fuer de rigurosos, no podemos quedarnos mudos. Es suficiente con el compromiso de formarnos permanentemente, hablar con propiedad, atender al interlocutor y asegurar la comunicación. En resumen, "pensar antes de hablar" y "pensar antes de escribir". Todo empieza en el pensamiento.

Wittgenstein dijo "los limites de mi mundo son los límites de mi lenguaje". Procuremos disponer de un lenguaje amplio y preciso, para aumentar los límites de nuestro mundo. También dijo: "de lo que no se puede hablar, mejor callar". Sabias palabras. No nos engañemos. Para poder hablar, debemos tener recursos de lenguaje. Si no, mejor callar. Aunque si esta práctica se generalizara, con total seguridad, el "ruido" del mundo se parecería al de una biblioteca.

Karl Popper afirmó "es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado". Hagámosle quedar mal.

Y una última frase, perteneciente a la película (absolutamente recomendable) “La herencia del viento”, pronunciada por Spencer Tracy, abogado defensor en el juicio a las teorías de Darwin: "El lenguaje es pobre para expresar las ideas. Sólo podemos utilizar las palabras que conocemos". Mejoremos entonces nuestro vocabulario.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Nada

Si siempre lo es, creo que hoy resulta más que obligado justificar el título. En más de una ocasión he expuesto mi costumbre de empezar cualquier escrito pensando y decidiendo su título. Esta forma de proceder me ha sido frecuentemente criticada con el falaz argumento de que empezaba la casa por el tejado. En cambio yo defiendo que, gracias a este ejercicio de abstracción, empiezo a escribir con una visión esquemática, pero bastante aproximada, del contenido del escrito (sea artículo o libro). En pocas palabras, no empiezo a escribir si no sé sobre lo que voy a escribir. Esta obviedad, para mí absolutamente necesaria en cualquier disciplina, no siempre se da en la práctica. Me vienen a la memoria numerosos ejemplos de tirarse a la piscina sin mirar si había agua, tanto en el campo profesional (por ejemplo, empezar diseños de nuevos productos sin definir sus especificaciones) como en el político (ejemplo reciente en las elecciones catalanas). Evidentemente, uno puede equivocarse, pero el esfuerzo de introspección racional previo sólo puede reportar beneficios. Entonces, en el caso del escrito, se cambia el título (reconozco que en otras disciplinas la solución no es tan fácil. Que se lo digan al convocante accidental).

Siempre hay "algo".
¿Y que relación tiene todo esto con el título de hoy? Acuño una nueva variante del "cogito ergo sum" de Descartes: "Escribo, luego pienso". Esto significa que escribir es el resultado de un proceso que se inicia en el pensamiento. Y, siendo coherente con la disquisición del párrafo introductorio, primero se debe pensar el título. Y lo que ha sucedido es que, por más que me rompiera el coco, (no)1 se me ocurría NADA. Y me he dado cuenta que ya tenía el título. ¿"Nada"? ¿con lo que ya llevo escrito? Menuda incongruencia. Pero esta incongruencia me va a servir para reflexionar sobre la Nada y su existencia (o inexistencia).

Creo que la Nada no existe. Por lo menos, a nivel intelectual. Y la prueba es este artículo. Es imposible (no) pensar en NADA. Es más, creo firmemente que, por más que lo intentes, cada vez piensas en más cosas. Discrepo con las filosofías o religiones, generalmente orientales, que pregonan la abstracción absoluta y el nirvana, aunque esto no quiere decir que niegue su posibilidad. Sólo defiendo mi personal punto de vista, el cual me satisface plenamente. Pensar, pero siempre pensar en ALGO. Y "pensar antes de actuar". Por lo tanto, el pensamiento siempre precede a una acción(2). Y toda acción es ALGO. Por lo tanto, la Nada, no existe. Y si existe, entonces, será el preludio de algo, luego no es Nada, es Algo. Potencial, pero, al fin y al cabo, algo.

Ahora cobra sentido la doble negación: cuando decimos coloquialmente "no somos nada", lo que estamos diciendo realmente es: "somos algo". No lo olvidemos. Siempre somos algo. Esta es la moraleja que da de sí la corta inspiración de un sábado. Toda una tontería. Pero lo que no se me podrá negar es que he escrito Nada. Pido condescendencia a los lectores.  

"Nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos" (Aristóteles).

1 - La forma coloquialmente utilizada incluye la doble negación, lo que, en lógica, significa exactamente lo contrario: "se me ocurría ALGO". Lo cierto es que "se me ocurría NADA". Esta precisión lingüística pretende adelantarse a eventuales críticas de puritanos lógicos. Y también introducir algo de humor es mi sequía intelectual de hoy.
2 - No actuar, de forma deliberada, puede también ser una forma de acción.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El día después

En el último artículo me refería a un tema muy concreto: unas elecciones. El tema venía a pelo, porque el autor se encontraba inmerso en un mar de dudas, ante la necesidad inmediata de tomar una decisión: Votar o No Votar. Evidentemente, no desvelaré aquí cual fue mi decisión, la cual, con total seguridad, no fue determinante. Pero lo que si haré será aprovechar este hecho puntual (unas elecciones) para dedicar la atención a algo mucho más general: La poca atención que le prestamos a las consecuencias de nuestros actos. Y lo vamos a analizar desde dos puntos de vista: el preventivo y el correctivo. Y lo haremos apoyándonos en realidades objetivas: el resultado de las elecciones y las reacciones de sus actores principales, los antes candidatos y ahora electos.

Análisis preventivo: En este caso, nos referimos a "prever" las consecuencias. No al estilo de una pitonisa con su bola de cristal, sino con un análisis reflexivo y racional que nos permita estar preparados para las consecuencias de nuestros actos. A los lectores de este blog no les sonará extraña la máxima "Pensar antes de actuar". Aunque esta recomendable precaución no represente en absoluto garantía de éxito (esta obviedad es la que esgrimen los enemigos de la planificación), como mínimo, aporta (si se hace bien) una evaluación de riesgos que a su vez (si se hace bien) aporta una evaluación de beneficios u oportunidades, todo ello, en el caso que nos ocupa, aplicado (si se hace bien) tanto al candidato como a la sociedad en general (no sólo a los electores o a los votantes). Adicionalmente, el análisis de riesgos (si se hace bien) debe incluir algún que otro plan B, con objeto de evitar que se te quede cara de tonto (1). Extrapolo el ejemplo al plano general de la ética personal: El candidato es el sujeto (por ejemplo, yo mismo) y la sociedad es el entorno próximo y lejano del sujeto (el destinatario de nuestros compromisos personales).
  • Pues bien, volviendo al ejemplo, nada indica que el único responsable del proceso electoral (recordamos para lectores no locales, que se adelantaron las elecciones más de dos años) haya seguido las reflexiones anteriores. Y no crean que se trata de una impresión subjetiva. Ha aquí una frase textual del sujeto (dicho sin ánimo peyorativo): "Lo importante es el qué; el cómo ya lo veremos luego". Todo un prodigio de planificación. Claro que no tiene la exclusiva: He aquí otra frase impagable cuyo padre es otro presidente de comunidad autónoma: "No sé lo que voy a hacer hasta que tengo que hacerlo". Sabias palabras.
  • Sólo añadiré un consejo: A pesar de que ostentan la condición formal de líderes, no sigamos su ejemplo. Cualquier cosa que hagamos será mejor. Apliquemos el análisis preventivo. O, como mínimo, intentémoslo. También vale.

Análisis correctivo: Ya estamos en "el día después". Aquí es cuando cobra importancia la bondad de pensar antes de actuar. Lo que sea ya no tiene arreglo. Y sólo pueden suceder dos cosas: que se cumpla lo previsto o que no (evidentemente, si no se ha previsto nada, puede suceder cualquier cosa). Si se cumple lo previsto, con independencia de su valor ético o moral, nada que objetar. Pero si no se cumple, la alternativa es también binaria: Reconocer el error y obrar en consecuencia o no reconocerlo inventando una nueva realidad (ficticia, por supuesto).
Algunos no reconocen ni este error.
  • Asumiendo que la convencionalidad simbólica del lenguaje puede llegar a retorcer hasta niveles insospechados cualquier discurso (político o no), es responsabilidad de los analistas (este papel es el que me arrogo en este artículo) el destilar, como en un buen whisky de malta, la esencia. Y siguiendo con el ejemplo, la esencia es: a) antes de convocar elecciones, el sujeto (personificamos en él, tal y como él se ha vendido en la campaña) tenía 62 diputados; b) convoca para tener más fuerza para defender un cambio estructural profundo (observen la asepsia forzada) y c) consigue perder 12 diputados. Es decir, ahora tiene 50. No creo que se necesite ser un águila para concluir que el sujeto ha conseguido un fracaso estrepitoso. Lo dejo aquí. Pues bien, ni se ha puesto colorado.
  • De nuevo un ejemplo de lo que no hay que hacer. Recientemente, en un foro filosófico se debatía sobre la actitud ante las dificultades, desgracias o sufrimientos, llegando a la conclusión de que había que afrontarlas de cara. Pero claro, para ello hay que reconocer que la responsabilidad sobre las consecuencias de tus propios actos es tuya. No caer en el error de transferir la responsabilidad a los demás. De crear una realidad ficticia en la que caben infinitas causas ajenas a tu decisión (no te han entendido, intoxicación de los medios, etc.). Todo menos reconocer el error. Dado que éste no es un blog de crítica política, me abstendré de opinar sobre lo que se debería hacer en el caso de ejemplo, pero lo que no se puede negar es que el sujeto tiene posibilidades que nosotros, los simples mortales, tenemos vedadas. Me refiero, por poner otro ejemplo más próximo, a que ante un error palmario con nuestros hijos, nosotros no podemos dimitir de padres. Con esto queda todo dicho.
Concluyamos diciendo que "el día después" siempre llega. Y que lo olvidamos a menudo. Pensar antes de actuar ayuda, pero ante las dificultades y los errores, sólo vale el reconocimiento. Y de nuevo, pensar antes de actuar para resolver el problema. A esto, en terminología de calidad, se le llama mejora continua. No es mala incorporarla a nuestra ética.

"Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores" (Benjamín Franklin)

"Cuando el error se hace colectivo adquiere la fuerza de una verdad" (Gustave Le Bon)

"Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó, que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer" (Jonathan Swift)

1. Es la cara que se te queda (por lo menos es la que pones mirando a los que has impedido el paso) cuando entras con tu vehículo en una zona señalizada sin tener la salida garantizada. Y no será porque haya que pensar mucho para "planificar" correctamente tu decisión. ¿Qué hará este energúmeno ante decisiones más complicadas?

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Votar o No Votar?

Periódicamente (quizá sería mejor decir "de vez en cuando"), a los que (afortunadamente, pese a todo) disfrutamos de una democracia representativa, nuestros representantes nos enfrentan a una decisión importante: Votar o No Votar. Y esta es una decisión que debería afectar profundamente en nuestra ética personal. Digo "debería" porque no siempre lo hace. Hay quien, por causas -para él- plenamente justificadas, ha tomado ya, en su momento, una decisión sobre el tema, de tal forma que, llegado el momento de las urnas, no cree necesaria reflexión alguna en uno u otro sentido. Aún comprendiendo esta postura, debo decir que no la comparto. Y lo voy a justificar.

Pensar (reflexionar) antes de actuar (votar)
Hoy mismo, en el momento de escribir este artículo, me encuentro en "jornada de reflexión". Y empezaré por una paradoja: defendiendo la necesidad de reflexionar no estoy en absoluto de acuerdo con la susodicha "jornada". Me resulta incomprensible, incluso ofensivo, que nos digan qué día debemos reflexionar. Es como si durante la campaña (o la anterior legislatura) no hubiésemos tenido tiempo de hacerlo. No veo porqué no se puede intentar ganar el voto incluso a las puertas de los colegios electorales, como se hace en democracias mucho más longevas y, a pesar de ello, avanzadas. Otro tanto respecto a la prohibición de publicar encuestas electorales durante la última semana de campaña. ¿Porqué? ¿Piensan que somos tan maleables, inmaduros o sensibles a la memoria próxima que puede  tergiversarse el voto con los últimos mensajes recibidos? Por favor... Pero esta digresión no nos debe alejar del objetivo principal del artículo: ¿Votar o No Votar?

Empezaré afirmando que creo que siempre, en cada llamada a las urnas, es preciso reflexionar. Y que tras esta reflexión, toda decisión es buena, incluso no votar (el proceso de "pensar antes de actuar" lo hemos tratado en detalle en el artículo "Decidir es lo que importa"). Analicemos ambas opciones:
  • Votar: Es la opción predeterminada. Es decir, es la que hay que tomar a menos de que se den las circunstancias o connotaciones negativas que, racionalmente, nos lleven a decidir no hacerlo. Por lo tanto, en primera instancia, la reflexión debe girar en torno a una evaluación de la trayectoria histórica de la opción política correspondiente, los programas electorales (los requisitos) y la presunción de cumplimiento del programa (presunción de inocencia, a pesar de que, en muchas ocasiones, esto puede calificarse de acto de fe). Normalmente, esta reflexión debería concluir en la elección de una opción de voto. Y esta elección no debería responder a la rutina, la costumbre o el sesgo político que todos tenemos, sino a una decisión racional en los antípodas de quien defiende "yo siempre voto a los mismos porque soy de...". En mi opinión, votar rutinariamente, como un robot, es uno de los males de cualquier sistema democrático (claro está que nuestros representantes no dan precisamente ejemplo, siguiendo las consignas, en todas las votaciones, de su pastor o jefe de grupo). Y si ninguna opción nos parece válida, se debe votar en blanco. De esta forma, a pesar de su inocuidad práctica, podemos respetar nuestra posición ética de respaldo al sistema. Aunque, personalmente, creo que, tras la toma continuada de esta decisión (no sé establecer el número de repeticiones) se tienen todos los números para dejar de votar.
  • No Votar: La primera causa ha quedado recién explicada. Se cree en el sistema, pero dicho sistema no genera opciones "votables" para el individuo. Y el efecto es dejar de creer en el sistema. Pero también pienso que, en cada ocasión, hay que replantearse de nuevo esta opción. Hay que estar seguro de ella con objeto de no violentar nuestra ética. No deseo hacer de este artículo un manifiesto antipolítico. Pero sí me parece oportuno incidir en que resulta perfectamente lícito el no estar de acuerdo con "determinado" sistema político. Y que no votar no es una decisión incívica o insolidaria. Es una opción (si es racional, no pasotismo) que, convenientemente justificada, puede servir de ejemplo a tu entorno próximo y que si cundiera (imaginemos una abstención -o un voto en blanco- del 80%), probablemente tendría más efecto que cualquier otra. Entre otras cosas, porque, para la clase política, al ignorar las causas reales, representaría una evidente disfunción de la salud del sistema (en estado grave o terminal). Recuerdo al respecto la excelente novela "Ensayo sobre la lucidez" de José Saramago.
Por lo tanto, ante una llamada a las urnas, incorporemos la reflexión a nuestra ética personal. Pensemos que existen muchos países donde no hay ni siquiera urnas. Y tomemos, en cada ocasión, una decisión racional. Sea la que sea.

Hoy, las frases reparten a todos lados:

"Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería" (Otto Von Bismarck)

"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados" (Grouxo Marx)

"Para el que no tiene nada, la política es una tentación comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad" (Miguel Delibes)

"Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje" (Aldous Huxley)

martes, 20 de noviembre de 2012

Ser buenos Clientes

Empezábamos nuestro anterior artículo afirmando que "nuestra tendencia natural es la de considerarnos únicamente clientes. Cuando no estamos comprando, esperamos cosas de los demás: atenciones, parabienes, regalos. Y cuando compramos, nos encontramos como pez en el agua, en el líquido elemento: regateamos, exigimos, discutimos, ...". Y aprovechábamos esta introducción para recordar que también somos proveedores y analizar esta importante y frecuentemente olvidada condición. Pero la simpleza de esta introducción es patente. Parece que justifique los comportamientos citados como producto de una necesidad natural que no precise mayor atención ni reserva. Nada más falso. Resulta absolutamente asimétrico y descompensado dedicar un artículo a analizar nuestra condición de proveedores y no hacer lo mismo con nuestra condición de clientes. En este artículo vamos a intentar resolver esta simpleza.

¿Qué es un Cliente? Empecemos por el Diccionario de la Real Academia:
  1. com. Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa.
  2. com. Parroquiano (persona que acostumbra a ir a una misma tienda).
  3. com. Persona que está bajo la protección o tutela de otra.
Huelga decir que ninguna de ellas me parece apropiada. Ni remotamente definen lo que caracteriza a un cliente en un entorno eminentemente interactivo como es el de la ética personal. Son definiciones absolutamente pasivas (utilizar, ir a una tienda) y nada generalistas, en las que la relación es puramente mercantil (servicios de un profesional, empresa), mafiosa (protección) o dominante (tutela). Por lo tanto, no nos sirven.

Para resolverlo, adoptaremos una definición oficial que, curiosamente, corresponde a la norma ISO 9000, referente de calidad empresarial (en su momento ya defendimos que la vida podía ser considerada una empresa): Cliente es "la persona que recibe un producto".

Simple y elegante, aunque con un pequeño problema de lenguaje: ¿qué es un producto? También nos lo soluciona la norma. Un producto es el "resultado de un proceso". Y, por último, para los detallistas: ¿qué es un proceso"Una secuencia de actividades que convierte unas entradas determinadas en un resultado determinado". Una vez analizada, nos quedaremos esta definición de cliente por su generalismo: Los procesos (incluso mentales) siempre generan productos (un pensamiento lo es) y cada vez que recibimos un producto (un regalo, un beso, un insulto, una cerveza o un coche nuevo) lo hacemos en condición de clientes. Veamos ahora cómo se caracteriza un buen cliente.

El hecho de aceptar nuestra condición de clientes en abstracto (de todo lo que recibimos) nos convierte inmediatamente en un eslabón de lo que se ha venido en llamar la "cadena proveedor-cliente" ya que, como vimos en el anterior artículo, dedicado a los proveedores, todos nosotros somos, simultáneamente, ambas cosas. No aceptar formar parte de esta cadena nos sitúa fuera de la realidad y del entorno, con lo que nuestra existencia deja de ser algo armónico y fluido convirtiéndose en una sucesión de hechos puntuales, aislados e inconexos (compras y ventas; recepciones y entregas) fuente permanente de insatisfacción y frustración.

En una primera clasificación podemos distinguir entre dos clases de clientes: el cliente activo y el cliente pasivo. El cliente activo es el que participa de forma proactiva en la determinación de lo que espera recibir. Podríamos definirlo de forma coloquial como "el que sabe lo que quiere". Esto implica que, antes de recibir el producto, se ha preocupado de definir lo que espera. Hablando en propiedad, ha definido los requisitos y las necesidades y ha sabido diferenciarlos de las expectativas (estos importantes términos se analizan en esta entrada y en esta otra) Volveremos más adelante a este tipo de cliente. En cambio, el cliente pasivo no tiene formada opinión racional de lo que espera. Cuando le llega algo (sea lo que sea) es cuando dispara su mecanismo comparativo con no se sabe qué (normalmente, con expectativas irracionales y exageradas) y monta en cólera o entra en una espiral de depresión, alimentando su amplio catálogo de agravios. No creo que este tipo de cliente merezca mucha más atención.

Terminaremos analizando algo más en profundidad a nuestro tipo de cliente preferido: el cliente activo (al que también podríamos llamar proactivo). Preferido, pero no exento de riesgos. Algunos, incluso peores que los que puede conllevar una pasividad ingenua o ignorante. La iniciativa, el adelantarse a la producción, el definir con precisión nuestros requisitosnecesidades expectativas debe realizarse dentro de unos parámetros realistas, ajustados a las capacidades de nuestros proveedores. De nada servirá "pedirle peras al olmo". Por mucho que nuestro ego nos diga que nos lo merecemos. En esta vida hay lo que hay. Y pasarnos de rosca no conduce a nada bueno. Evidentemente, asegurar esto implica una importante tarea de recogida de datos para, una vez procesados, disponer de información fiable para la toma de decisiones. Y si, a pesar de esto, no conseguimos lo que queremos, no será por nuestra culpa. Habremos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. Afrontaremos y digeriremos el inconveniente y a otra cosa. No estamos trivializando. Porque, sea cual sea el tamaño o gravedad de la decepción (así puede llamarse a un incumplimiento visto desde el lado del cliente), la forma de afrontarlo es la misma. De cara. Pero debe tenerse en cuenta que una actitud proactiva realista siempre minimiza las decepciones. Sin ella, sin duda, tendríamos más. Esto es lo que nos debe importar. Y si recibimos más de lo esperado, aleluya. Satisfacción completa.

Un último apunte dedicado al nivel de exigencia. ¿Debemos ser exigentes? En la medida de que esperemos productos racionalmente suministrables, sí. Sin duda. Del mismo modo, en el caso de que nuestros proveedores se hayan comprometido formalmente a la entrega de un futurible sin historia previa. Tenemos un ejemplo paradigmático en los programas políticos en campaña electoral. Hoy mismo, en Cataluña, estamos en campaña. Si nos convencen los programas y decidimos ejercer nuestro derecho al voto, nos hemos convertido en clientes del partido (político, no de fútbol. Aunque a veces lo parezca). Y si después incumplen lo prometido, nuestro nivel de exigencia debe ser máximo. Y así con cualquier proveedor. Sea el lampista, el taller del coche o un familiar. También así se reconoce a un buen cliente. Y también así ponemos nuestro granito de arena para la mejora del proveedor. La cadena funciona.

En resumen, ser buenos clientes es una de las condiciones necesarias, aunque no suficientes, para conseguir nuestra satisfacción (Calidad) y felicidad (Excelencia). Incorporemos este sencillo principio a nuestra ética personal.

"El cliente: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses. El sastre: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón" (Samuel Beckett)

"El señor sólo exige de las personas aquello que está dentro de las posibilidades de cada uno" (Paulo Coelho)

domingo, 4 de noviembre de 2012

También somos Proveedores

Este importante hecho se olvida fácilmente. Nuestra tendencia natural es la de considerarnos únicamente Clientes. Cuando no estamos comprando, esperamos cosas de los demás: atenciones, parabienes, regalos. Y cuando compramos, nos encontramos como pez en el agua, en el líquido elemento: regateamos, exigimos, discutimos, ... Pero no somos conscientes de que también damos. Todos lo hacemos. Sería imposible la existencia (y la convivencia) sin un intercambio transaccional, sin esa especie de mercadeo constante que es la vida. Y esa condición de suministradores de cosas materiales e inmateriales es la que nos confiere la categoría de Proveedores.

Proveedor (y cliente) satisfecho
Acabamos de tratar la "Construcción de la realidad" a través de nuestros actos. Tengamos en cuenta que gran parte de estos actos tienen como destinatarios a nuestro entorno próximo y lejano. Y el resto, causan efecto sobre nosotros mismos.Y que la totalidad de nuestros actos representan nuestra producción como Proveedores. Proveemos al entorno y a nosotros mismos, de cosas  fundamentalmente necesarias y discrecionalmente deseables. De cosas importantes comprometidas en nuestra ética personal y de cosas, no menos importantes, que configuran nuestro día-a-día, las cuales requieren adecuada y, en ocasiones, inmediata respuesta. Todas estas cosas deben verse como consecuencia de los pedidos que nos llegan de nuestros Clientes y que debemos atender con la disposición de un buen Proveedor (en la entrada "Compromisos y Entorno" se abordan en detalle los conceptos requisito, necesidad y expectativa relacionados estrechamente con nuestra producción como Proveedores).

Una vez presentado y justificado el concepto de Proveedor aplicado a nuestra persona, me gustaría exponer otro concepto básico: "Todos somos a la vez Proveedores y Clientes",  y nuestra persona está en el medio. En un hipotético proceso, el diagrama de flujo sería muy simple:

Entorno -> Recibimos (Clientes) -> Nuestra persona -> Entregamos (Proveedores) -> Entorno

y, como se puede observar, recursivo: formamos parte del entorno, recibimos de él y aportamos a él. Por lo tanto, somos igualmente responsables de su mejora o de su degradación. Y esto me lleva a la última frase, que también puede ser calificada como un concepto, como una filosofía de vida:

"Hacer las cosas bien a la primera"

Esta es la base del éxito, de la calidad y de la excelencia. Si no podemos hacerlo (en ocasiones, resulta imposible), por lo menos, intentarlo. Tener esta preocupación como un norte, como una máxima vital. En múltiples ocasiones, conferencias y clases, he utilizado este ejemplo: Si te piden una fotocopia, que no salga torcida y que se pueda leer. Es lo mínimo que se le puede pedir. De esta forma, serás un buen Proveedor. Te evitarás broncas, malas caras y volverla a hacer. Extrapola este ejemplo a cualquiera de tus actos. Y, si piensas con detenimiento, hacer las cosas bien, no cuesta tanto.

Creo que, sentirse Proveedor y "hacer las cosas bien a la primera" son dos conceptos que deberían incorporarse a nuestra ética personal. Nos iría mejor a nosotros y a todos los demás. Porque, desde un punto de vista egoísta, ¡se siente uno tan bien al hacer las cosas bien!...

"El mundo se compone de los que dan y de los que reciben. Puede que los segundos coman mejor, pero duermen mejor los primeros" (Séneca).

"Da y tendrás en abundancia" (Lao-Tsé).

"No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita; y soporta luego la ingratitud" (Miguel De Unamuno)