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miércoles, 18 de junio de 2014

Análisis y/o Síntesis

«Paradójicamente, alejarse es acercarse», vulgo (acepción 4) «Los árboles te impiden ver el bosque».


análisis.
(Del gr. ἀνάλυσις).
1. m. Distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos.
síntesis.
(Del lat. Synthĕsis, y este del gr. σύνθεσις).
1. f. Composición de un todo por la reunión de sus partes.
2. f. Suma y compendio de una materia u otra cosa.
vulgo.
(Del lat. vulgus).
1. m. El común de la gente popular.
2. m. Conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial.
3. m. germ. Mancebía (‖ casa de prostitución).
4. adv. m. vulgarmente (‖ comúnmente).

Y con esto —y con la ayuda inestimable del DRAE—, que creo resuelve con claridad el dilema planteado en el título, ya podríamos terminar. Pero voy a analizar un poco más el tema, con un enfoque especial en el vulgo, aunque en esta ocasión en su acepción 2.

El antecedente inmediato de esta entrada es, precisamente, un análisis publicado sobre un documento —cuyo contenido no es relevante aquí y ahora—, publicación que generó, como réplica o refutación, un análisis del análisis y como crítica constructiva, la contraposición del pensamiento analítico (es decir, el mío) con el sintético (es decir, el del crítico). En honor de la verdad, debo decir que se trata de dos personas distintas.

Puestos ya en materia, empezaré con el análisis del análisis. En mi opinión, cuando alguien desea refutar un análisis, lo que tiene que hacer es contraponer el suyo propio. Por lo menos, esto es lo que yo haría. Empezar de cero y proponer el mío, sin hacer mención ni referencia alguna al análisis que creo errado. Esta es la posición correcta, en especial, si el autor del análisis objeto de refutación (en este caso, yo) ha dejado muy claro de entrada que no desea polémica sino estimular análisis alternativos. Cuando se actúa de esta forma, que me parece una acción cómoda y seguidista absolutamente exenta de creatividad, uno se expone a ser objeto de un análisis al cubo (análisis de tu análisis del análisis), juego iterativo que, por estéril, me abstuve de practicar. En cualquier caso, esta primera consecuencia de mi análisis la considero absolutamente anecdótica y carente de valor, si la comparamos con la segunda, representada por  la contraposición conceptual de análisis y síntesis.

Empezaré por el final, declarando que me inclino por la conjunción copulativa (y) y descarto la disyuntiva (o). Y además, en el orden citado: primero análisis y después síntesis, lo cual no quiere decir en absoluto que siempre deban darse ambos en secuencia temporal continua. Lo que quiero decir es que no puede existir síntesis (composición de un todo por la reunión de sus partes) sin análisis (distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos). Y que quien actúa de forma distinta, entra en categoría de vulgo, es decir, del conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial.

En síntesis, «es imposible reunir las partes de algo sin conocerlas». Así de simple. Por lo tanto creo que todos somos a la vez, aunque en distinto grado, analíticos y sintéticos. Y los que lo niegan, los que se adscriben sin matices a una u otra categoría, pertenecen también a la negada, aunque de forma inconsciente. Y esta última proposición conduce inevitablemente a las conclusiones:

Un buen análisis es garantía de éxito, tanto en la toma de decisiones como en adquirir conocimiento en cualquier tema. Y este análisis —que siempre existe— debe ser consciente y racional, lo que tampoco quiere decir eterno, sino práctico, es decir orientado a un fin concreto. Creo que es un principio de calidad digno de incorporar a nuestra ética. En mi caso, me considero principalmente analítico, y dejo lo sintético para cuando hace falta.

 «Es bueno tener la mente abierta, pero no tanto como para que se te caiga el cerebro» (Richard Feynman).

«El exceso de análisis conduce a la parálisis» (aforismo que tengo gastado, del cual ignoro la fuente concreta, aunque lo atribuyo a uno de mis excelentes profesores).

jueves, 12 de junio de 2014

Compromiso no es Intención

«A los efectos de poseer conocimientos, es mucho mejor estar en el error que en la confusión. El error te permite rectificar si te convencen nuevos argumentos. En cambio, la confusión implica siempre un desorden mental que te recluye en un laberinto sin salida.» (Francesc de Carreras)(1).

Esta es la imagen del verdadero compromiso
Las causas que llevan a una publicación pueden ser varias, pero creo que se pueden resumir en dos: a) introspección pura, y en este caso resulta casi imposible establecer el origen real de la misma, y b) un hecho desencadenante, circunstancia en la que hoy me encuentro y que agradezco, porque me evita el estrés de convocar a las musas y esperar a que llegue la inspiración.

El hecho desencadenante ha sido una afirmación vertida por mi interlocutor en el curso de un debate virtual sobre un tema que no viene al caso, porque lo verdaderamente determinante es el propio hecho de mi participación, vulnerando lo que creía un compromiso (2) cuando en realidad se trataba de una intención. Y con esta introducción creo que queda claro que, para mí, ambos términos no son lo mismo.

Y esto es lo que mantenía mi interlocutor, el cual, refutando mi opinión señalando la debilidad de manifestar la intención frente a declarar el compromiso, argumentaba que eran sinónimos. Y para ello, recurría al diccionario, de la siguiente guisa:

«Recurramos a la RAE como Germán hace con la palabra “manifiesto”
intención.
(Del lat. intentĭo, -ōnis).
1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.»

Y concluye:

«Intención, determinación, compromiso… son sinónimos.»

Como se puede apreciar, reforzaba su argumento con un pretendidamente equitativo «como hace Germán», argumento que no veo que soporte realmente su conclusión, porque lo de que son sinónimos no lo dice la RAE, lo dice él. En cualquier caso, esto, por la debilidad de la argumentación (3), no es lo realmente importante. Lo realmente importante es la omisión en su análisis de lo que dice la RAE del término «compromiso», que es precisamente ésto:

compromiso.
(Del lat. compromissum).
1. m. Obligación contraída.
2. m. Palabra dada.

De lo que se deduce que, según mi interlocutor, la «determinación de la voluntad con respecto a un fin» es sinónimo de una «obligación contraída» o de una «palabra dada». Pues para mí, no lo son (4).

Pero quiero dejar muy claro que esta publicación no trata, cual un Mourinho cualquiera, de meter el dedo en el ojo a mi oponente, sino de profundizar en la enorme diferencia existente entre ambos términos y en la facilidad con la que, aun quien tiene las cosas claras, puede caer en la trampa, como ha sido mi caso.

Siempre he definido la ética como la colección de compromisos adoptados con el entorno próximo y lejano, lo que deja meridianamente clara la importancia que le concedo al término. Porque la ética se nutre de compromisos, no de intenciones, porque «de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno»(5). Pienso honestamente que declarar tener intención de hacer algo es una proposición débil, que deja siempre vías de escape o justificación para no hacer ese algo. Convenientemente justificado, claro. No siempre de forma premeditada —aunque creo que la mayoría de políticos comen aparte—, pero, qué duda cabe que una declaración de intenciones es más cómoda que una declaración de compromisos.

Porque es muy distinto declarar un compromiso y no cumplirlo que el hecho de no cumplir una intención, porque, volviendo a la RAE —atento interlocutor, si lees este artículo—, siempre tenemos la coartada de argumentar que el fin ha cambiado (6). En cambio, el compromiso es incondicional. Y de esto se deduce también que existe una condición, sólo una, para que se puede defender su similitud: que el fin al que se aplica la intención sea berroqueño e inamovible. En cualquier caso, para qué complicarlo: Compromiso no es Intención.

Por lo tanto, llenemos nuestra ética de compromisos, no de intenciones. Y si el compromiso no se cumple, aceptemos las consecuencias. Porque tanto si el compromiso ha sido externo como interno, las tendrá. Y no olvidemos que la Calidad es el grado de cumplimiento de nuestros compromisos, no de nuestras intenciones. Y que la Excelencia representa hacerlo de la forma más sencilla, sin exteriorización, sin exigencia de medallas ni reconocimientos.

Y no me gustaría terminar sin hacer referencia a una definición paradigmática de lo que significa comprometerse. Hace ya muchos años, en uno de los primeros seminarios a los que asistí como ingeniero, se nos hizo a los bisoños asistentes esta pregunta:

En un plato de huevos fritos con jamón, ¿quién está más comprometido, la gallina o el cerdo? 

Tras risas y murmullos, surgieron respuestas discrepantes. Entonces llegó la solución por parte del ponente:

La gallina está simplemente «involucrada», pero quien está verdaderamente «comprometido» es el cerdo(7).

Notas:
  1. No es la primera vez que utilizo esta frase, pero creo que en pocas ocasiones habrá estado más justificada.
  2. Decidí tiempo ha —tomé el compromiso— no participar más en debates virtuales, tras llegar a la conclusión de la enorme dificultad (implícita y forzada) de establecer una verdadera comunicación.
  3. Que digo debilidad, ausencia.
  4. En este punto, comprendí que era una pérdida de tiempo continuar con el debate y, con el mayor de los respetos, lo abandoné, con lo que reafirmo mi compromiso.
  5. Anónimo.
  6. Excusa de mal pagador.
  7. Yo, normalmente, prefiero ser cerdo a gallina.

domingo, 8 de junio de 2014

Abstención «ejecutiva», Libertad y Responsabilidad

«Lo peor que podemos hacer los que nos inventamos las mentiras es creérnoslas». 

La lectura de esta frase en un excelente artículo de Gregorio Morán en relación con la Madre de Todas las Noticias me ha hecho reflexionar sobre los tres conceptos que titulan este artículo, quizá activados en mi memoria por la recurrrencia con la que determinadas fuerzas políticas reclaman una consulta popular sobre la forma del estado.

Con frecuencia caemos en la tentación de practicar un discurso ejemplarizante mediante el cual intentamos justificar el popular aforismo, atribuido a Winston Churchill, de que «todo pueblo tiene los gobernantes que se merece». Y cuando lo hacemos, por el mero hecho de hacerlo, abjuramos implícitamente de responsabilidad alguna en ello, en una suerte de coartada o blindaje para nuestra ética —quizá en este caso sería mejor hablar de ego—, atribuyéndonos el papel de bichos raros, de excepciones estadísticas que confirman la regla, es decir, el aforismo, olvidando que si preguntásemos, nadie aceptaría de buen grado su condición de borrego (facción ecológico-naturalista) o de robot tele-dirigido (facción tecnológica), lo que nos lleva a concluir que, en realidad, somos miembros normales de un universo muy poco estadístico, compuesto en su totalidad por ciudadanos que, pretendidamente, se tienen a sí mismos como libres y responsables.

Ya me está bien... ¡Pero quiero que TODO siga igual!
Y es que, a pesar de contravenir nuestras convicciones más intimas, nuestra pretendida condición de poseedores de certezas absolutas —por lo menos, en el tema que nos ocupa—, nuestra elitista y distante actitud producto de nuestra envidiable clarividencia, no hace más que abonar la veracidad del aforismo. Y esto es porque la postura que defienden estos privilegiados del conocimiento frente a las consultas a la ciudadanía es la abstención, eso sí, convenientemente vestida como abstención «consciente» o, mejor aún, «racional», en un perverso intento de distanciarse del pobre rebaño que se mantiene en su miserable reducto de ignorancia o indiferencia. Yo mismo era un defensor impenitente y radical de esta posición (ver «La inacción activa»), si bien —en mi defensa— con el objetivo ejemplarizante de extender este no-voto a todo el electorado, en un utópico nadie-vota-a-nadie, el cual, se supone, actuaría de revulsivo definitivo. Ya no pienso así. He cambiado de utopía y ahora participo, es decir, voto. Pero éste es otro tema, que no viene ahora al caso. Lo que interesa es no perder el hilo del título. Y aviso que lo que sigue tiene mucho de política-ficción, porque se va a centrar en lo que llamaré abstención «ejecutiva», lo que, en cierto modo, no es más que una forma especialmente radical de «inacción activa».

Todos estaremos de acuerdo en el dicho popular «el que calla otorga» y en que, según se dice, la principal consecuencia de la abstención es que las cosas «sigan como estaban» porque a los que no votan, la cosa «ya les está bien». Pero nada más alejado de la realidad. En la mayoría de ocasiones —un ejemplo caliente lo tenemos en las recientes elecciones europeas—, la abstención es responsable de cambios notables en la aritmética parlamentaria y, consecuentemente, en el equilibrio del poder real, lo que puede provocar consecuencias políticamente sísmicas, tales como, también se dice, la abdicación de un rey.

Pero claro está, la falta de reglamentación de las consecuencias de la abstención, hace de éstas mismas algo aleatorio e imprevisible, lo que, en mi modesta opinión, confiere al sistema un grado de inestabilidad absolutamente inaceptable. Por todo ello, abogo por una institucionalización electoral de la abstención, que se puede resumir en garantizar la correcta y estricta aplicación de que el que se abstiene lo hace porque «lo que está le parece bien» o, dicho de otra forma, porque «no quiere cambios». Así de claro y así de democrático. Porque si no piensa así, si quiere cambiar o reforzar sus preferencias, tiene a su alcance una amplia panoplia de acciones, tales como votar a un partido, votar nulo, o votar en blanco.

Debemos considerar que, en la reglamentación electoral actual, una consulta siempre representa escoger una opción (en unas elecciones, entre varias; en un referéndum, entre dos; y en lo que sea la prometida e hipotética consulta catalana, 1 + 1), pero no existe forma alguna de expresar que se quiere seguir exactamente igual a como se está en el momento de la consulta (ya hemos visto que la abstención no lo garantiza), lo cual, a mi entender, es un déficit democrático fundamental, porque condiciona la libertad (no están claras las reglas del juego de todas las opciones) y ningunea la responsabilidad (no se conocen las consecuencias reales de la decisión de abstenerse). En cambio, la abstención «ejecutiva» lo resolvería. Veamos cómo:
  • Elecciones: el número de abstenciones se repartiría proporcionalmente a la representación actual entre todos los partidos del arco parlamentario.
  • Referéndums: dado que un referéndum se convoca para refrendar (obvia tautología) una opción de cambio, el número de abstenciones se computaría en su totalidad como "NO", es decir, seguir como hasta ahora.
  • Consulta catalana: a pesar de su peculiar y retorcido planteamiento, toda la abstención se asignaría al NO a la primera pregunta, lo que haría innecesaria la respuesta a la segunda (creo).
Con esta regulación, la abstención «ejecutiva» se convertiría en un paradigma de libertad y responsabilidad, enfrentaría a la clase política con la realidad «real» (otra tautología), ejercería un efecto pedagógico y ejemplarizante sobre la sociedad y, en el plano individual, la ética personal de los que se abstienen –lo que ya no es mi caso– se vería libre de los complejos de culpabilidad y de elitismo intelectual que ahora les agobian, lo que redundaría en un notable aumento de su calidad y excelencia. Todo son ventajas. Ahí queda la propuesta.

martes, 3 de junio de 2014

La Madre de Todas las Noticias

«Es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado».

A esta lúcida reflexión de Karl Popper le voy a añadir —eludo conscientemente el condicional «le añadiría» tan en boga— que ello es absolutamente independiente de tus esfuerzos, porque de quien depende realmente es de la voluntad de los otros, voluntad, en la mayoría de los casos, mala y en el resto de casos, condicionada por la ignorancia o la pereza mental.

Viene todo esto a cuento de la imparable hemorragia que sigue, sigue, sigue... de declaraciones en forma de chistes, chirigotas, frases supuestamente cultas, fotomontajes, llamadas a la lucha, reivindicaciones utópicas —por absolutamente irrealizables— y demás formas de pretendida comunicación (la mayoría, monólogos, deposiciones o manifiestos), servidas en todos los medios (redes sociales y mass media) por personal de toda clase y condición, incluyendo profesionales del periodismo y líderes políticos —clásicos y recién llegados— a los que, en mi humilde opinión, cabría exigir algo más de rigor y algo menos de oportunismo y demagogia, hemorragia motivada por la inopinada —a pesar de que ahora, casi todo el mundo lo sabía— noticia de ayer: la abdicación del Rey.

Ante esta situación y dado que no quiero ser malinterpretado, lo mejor es callarse. Por lo tanto, me voy a abstener de opinar. Porque también creo que, a diferencia de lo que se desprende de muchos de los mensajes enviados a quien quiera escuchar, la verdad absoluta no existe y, como la verdad no es opinable, todo es opinión. Y las opiniones, si no te las piden, lo mejor es guardártelas. Te ahorrarás muchos sinsabores

No quisiera terminar sin declarar que, con toda probabilidad, yo también he malinterpretado todas y cada una de las píldoras que me han llegado, algunas —pocas— realmente ingeniosas y gratificantes, pero el denominador común, la media de todas ellas, me ha resultado de muy baja Calidad y nula Excelencia (de la Ética, hoy, mejor no hablar). Pero claro, esto sí que es una opinión personal. Porque seguramente, no es verdad. Y con toda seguridad, también será malinterpretado.

NOTA: Esta efeméride marca el regreso a la actividad blogera, tras un largo período en el que ha coexistido una lacerante falta de inspiración con un aumento circunstancial de tareas que no favorecían en absoluto la introspección necesaria para «pensar antes de escribir» (cosa que no parece hayan practicado demasiado algunos de los autores mencionados).

domingo, 23 de febrero de 2014

Un Equipo no es un Club


«Para ser miembro de un equipo deberás ceder una parte de ti. Si no estás dispuesto, podrás tener un carnet, pero no más que eso, que es bien poco».

Supongo que la proposición del título podrá ser reconocida como verdadera por la mayoría de personas. Resulta evidente que, por ejemplo, en el caso del fútbol, no es lo mismo el Equipo (1) que el Club (2). Por lo tanto, si esto es así, podría pensarse que la proposición, por obvia, no debería dar mucho más de sí. Podría quedarse en una simple declaración irrebatible, una perogrullada, una tautología retórica similar a tantas otras –p.e., el hielo no está caliente– que no precisan demostración alguna.

Pero de lo que ya no estoy tan seguro es que, aceptando su diferencia, la gente no confunda su significado. Es más, estoy seguro que muchas personas piensan –y defienden– que están en un Equipo y se comportan como si estuvieran en un Club. Y este es el núcleo de la entrada de hoy, resumido en la reflexión introductoria, con la que se pretende, de entrada, ir al fondo de la cuestión: la vinculación personal, la diferencia fundamental que existe entre integración (en un Equipo) y afiliación (a un Club). A eso vamos.

Dado que el género humano es gregario por naturaleza –los solitarios son etiquetados invariablemente de «bichos raros»– la adscripción vegetativa, voluntaria o forzada a un colectivo es la norma, por lo que la posición inteligente consiste en tener plena conciencia de ello, asumir, en cada caso, el papel adecuado, minimizar los inconvenientes y maximizar las ventajas de los largos períodos de «existencia colectiva».

Porque, de hecho, todos pertenecemos a algún colectivo. Incluso quien exhibe su individualismo con una diferenciación extremada –sea de fondo o de forma– olvida que se ha afiliado al mayor de los rebaños: el de los «distintos».      

Y, puestos a elegir, mi opinión es que el Equipo se sitúa en la cúspide cualitativa de todos los colectivos. Aunque para justificar esta afirmación es preciso detallar con precisión los rasgos diferenciadores que lo caracterizan:
  • Un Equipo –como un cuerpo humano– tiene miembros (un Club tiene socios, afiliados o simpatizantes).
  • Por la misma razón, uno debe sentir –y aceptar– que pertenece al Equipo, al que le ha cedido parte de su autonomía (en cambio, nadie le pertenece a un Club).
  • Un Equipo siempre está orientado a la producción de un resultado concreto (un Club está ahí, es una comunidad de simpatías, afinidades o intereses, pero nada más).
  • Como miembro de un Equipo debes ejecutar la(s) Tarea(s) asignada(s) por el Jefe (3), lo que le da una componente activa a tu participación (en un Club no se puede hablar propiamente de participación, más allá de actividades puramente pasivas o contemplativas, tales como asistir a un partido de fútbol –bueno, puedes desgañitarte o hacer la ola– o a la lectura de una obra literaria).
  • Del mismo modo, como miembro de un Equipo puedes –y debes– aportar sugerencias o conocimientos que enriquezcan el fin común, supeditándolas sin recelos al escrutinio de la mayoría y a la autoridad del Jefe (nada de esto tiene paralelismo en un Club).
  • Normalmente, la pertenencia a un Equipo se gana por méritos propios y el acceso se consigue por designación o invitación (a diferencia de un Club, nadie se afilia a un Equipo), con la confianza –interesada– de que tu aportación será beneficiosa para los fines del mismo.
  • Por último, el Jefe, antes que Jefe es otro miembro, cuya Tarea principal es conseguir una unidad de propósito y coherencia en el cumplimiento de los objetivos del Equipo.
Por todo ello, repito, puestos a elegir, prefiero pertenecer a Equipos que afiliarme a Clubs o a otros colectivos tales como Partidos (4), Pandillas (5) o Bandas (6), nombres bajo los que, frecuentemente, se ocultan verdaderos Equipos con fines perversos o bastardos, generalmente antisociales o ilegales.

Sólo quien ha disfrutado –literalmente– de la pertenencia plena a un Equipo –definido tal y como hemos hecho– puede comprender la bondad de esta práctica y la extrema satisfacción que representa ceder parte de tu libertad y autonomía en aras de la consecución de un objetivo común. Pienso, por ejemplo, en un grupo musical, en lo bien que suena cuando suena bien (cuando se siente la Calidad), en cómo se eriza el vello –lo que no siempre sucede, a pesar de «tocar como siempre»– al conseguir la Excelencia, al ser partícipe de ese quehacer colectivo en el que no siempre te toca hacer el papel que (como) te hubiese gustado. Pero el resultado final todo lo compensa. Nada que ver con la actividad pasiva de un Club.

Y esto es extrapolable a todas las actividades vitales, empresariales y laborales. Mejor formar Equipos (esto es particularmente gratificante). Mejor pertenecer a Equipos. Y siempre, trabajar en Equipo. Y los Clubs dejarlos para el entretenimiento y las actividades lúdicas. Que tampoco deben faltar.

«Un Equipo es absolutamente lo contrario a un Rebaño, del mismo modo de un Jefe de Equipo (vulgo, Líder) es absolutamente lo contrario de un Pastor».

Notas:
1 - Equipo (RAE): 2. m. Grupo de personas organizado para una investigación o servicio determinado.
2 - Club (RAE): 1. m. Sociedad fundada por un grupo de personas con intereses comunes y dedicada a actividades de distinta especie, principalmente recreativas, deportivas o culturales.
3 - Un «Jefe» (de Equipo) es socialmente más tolerable que un «Líder», asociado –en mi opinión, erróneamente– con actitudes más «totalitarias».
4 - Partido (RAE): 5. m. Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa.
5 - Banda (RAE):
     1. f. Grupo de gente armada.
     2. f. Parcialidad o número de gente que favorece y sigue el partido de alguien.
     3. f. Bandada, manada.
     4. f. Pandilla juvenil con tendencia al comportamiento agresivo.
6 - Pandilla (RAE):
     3. f. Liga que forman algunos para engañar a otros o hacerles daño.
     4. f. Bando, bandería.
     5. f. Grupo de amigos que suelen reunirse para divertirse en común.

sábado, 8 de febrero de 2014

(no)Romper la Baraja

«Romper la baraja es fácil, pero te quedas sin cartas».

Esta atracción mía por la síntesis y la metáfora me provoca sensaciones encontradas. Normalmente, acostumbro a resaltar y registrar físicamente todos los aforismos o declaraciones sucintas, ingeniosas o irónicas con las que me encuentro en mis lecturas, siempre que ostenten la virtud –evidentemente, subjetiva– de encapsular principios de mayor calado que espoleen el análisis y la reflexión. Y en este caso, en el de frases cortas de producción ajena, no existe mayor problema. Quedan archivadas físicamente –libretita o ".doc"– a la espera de su utilización o desarrollo, el cual, en la mayoría de casos, no llega nunca. Pero han cumplido su función: por el mero hecho de copiarlas, en algún lugar del cerebro permanece su recuerdo, quizá inconsciente, incorporadas al acervo del conocimiento en forma de pequeñas píldoras, de las que, por su reducido tamaño, podemos suponer que caben muchas. Es una extensión del sistema de apuntes que me enseñaron de niño mis excelentes maestros de primaria y que me ha acompañado toda mi vida con muy buenos resultados: resumir, destilar y registrar. Y, probablemente, ésta es la causa de mi afición por la frase corta, por la concreción, por la expresión minimalista de los conceptos, en un reduccionismo extremo que en ocasiones roza lo obsesivo y que no siempre es aceptado ni entendido.

Pero la sensación incómoda aparece en el caso de la «producción propia». Ya he explicado en alguna ocasión, que no soy capaz de empezar un escrito, sea artículo corto o libro extenso, sin consensuar conmigo mismo el título. Me parece imposible no hacerlo así. Esta práctica no es habitual y frecuentemente me ha sido criticada con el peregrino –para mí– argumento de «empezar la casa por el tejado». Pero no se trata aquí y ahora de justificarla, mas allá de declarar que me proporciona un excelente instrumento para «ver» mentalmente el escrito antes de su materialización física. Y qué duda cabe que un buen título debe ser capaz de expresar con rigor y precisión razonable el contenido que se esconde bajo su escueta y concisa redacción (1). Con todo, este caso particular de producción propia, siendo producto de la introspección voluntaria, de la búsqueda, en ocasiones, muy trabajosa, de un resumen válido, me resulta bastante gratificante. Entonces... ¿dónde está la incomodidad? Pues en los aforismos o frases cerradas de menor calado que, frecuentemente, «aparecen» de forma súbita sin ser –aparentemente– consecuencia inmediata de proceso reflexivo alguno o de hecho material acaecido. De repente, ahí están. Y entonces, es cuando empieza el «problema».

Porque, más allá de identificar sus orígenes, su causa –algo que no me parece especialmente práctico–, lo que me interesa inmediatamente es su potencial desarrollo, es decir, lo que se encuentra encapsulado en los estrechos límites de la corta frase y, paradójicamente, a pesar de ser el autor, lo más habitual es que en esta labor me encuentre con enormes dificultades, agravadas de forma radical si la frase es metafórica, lo que abre un abanico infinito de posibilidades.

Por lo menos, que te quede ésta.
Y con esto llegamos a la frase de hoy, donde la expresión «romper la baraja», resulta metafórica donde las haya. ¿De dónde sale? Tal y como he dicho, conscientemente no tengo ni idea (2). Algo la habrá desencadenado, quizá un refrito de estas píldoras almacenadas en recónditas neuronas cuyo recuerdo ha sido reactivado por algún acontecimiento cotidiano, de los que, hay que decir, no faltan. Porque ganas, lo que se dice ganas, de «romper la baraja», incluso de tirarle las cartas a la cara de alguien, me asaltan continuamente (y no creo ser el único).

Y aquí me quedo. Aceptando que, en ocasiones, resulta inevitable, pienso que no es bueno «romper la baraja», porque «te quedas sin cartas». Comprendo que hay casos y casos, pero la actuación predeterminada debe ser no hacerlo. Evidentemente, si te queda alguna carta, si no te las han quitado todas. Porque, en este caso, ya da lo mismo, porque no hay baraja.

Por lo tanto, lo inteligente es ser capaz de detectar tus cartas y saberlas jugar (las tuyas y las de los demás). En muchas ocasiones, nos parece que ya no hay salida (que no tenemos cartas) pero estamos equivocados. Hay baraja y hay cartas. Y si las rompes, se acabó el juego.

No me parece mal principio ético. Aplicar los principios ya tratados de tolerancia, ofensa y daño, afrontar las dificultades y no sucumbir a lo fácil: romper la baraja, tirar las fichas, pegar un puñetazo (en la mesa o en otro sitio más blando), etc., etc.. La alternativa: jugar bien tus cartas y estar preparado para el abandono –pasivo o activo– del oponente.

Hoy, el tema no da más de sí. Los ejemplos, a gusto del consumidor.

Notas:
1 - Un ejemplo paradigmático lo tenemos en «La Broma Infinita», broma inconmensurable, se mire como se mire. 
2 - Personalmente, a estas frases les llamo «frases (casi) propias», con lo que quiero reconocer que su remoto e ignorado origen siempre es ajeno, porque –tómese como una licencia literaria– también pienso que, en el fondo, «todo está escrito».

jueves, 30 de enero de 2014

La Broma Infinita

«Contra más lees, menos escribes. Pero esta obviedad no se debe al simple reparto aritmético del tiempo disponible, sino a la progresiva toma de conciencia sobre tus propias limitaciones».

¿DEBOLSILLO?... Será una broma ¿no?
Esta reflexión propia ilustra a la perfección las circunstancias que concurren en la decisión, en primer término, de volver a escribir –tras prácticamente un mes en el dique seco– y, en segundo término, en la elección del tema. Sucede que he terminado la lectura de la obra de David Foster Wallace que da título a esta entrada, lectura que, además de imposibilitar la escritura por la obvia incapacidad cerebral multitarea, me absorbió de tal forma que mi mente se negó a desconectar incluso en los momentos de no-lectura. Por lo tanto, liberado estoy, aunque no sin una fuerte resaca.

Y antes de que se disipen los vapores de la borrachera literaria que todavía sufro, ha creído que resultaría apropiado –intentar– registrar por escrito un resumen de la obra y de mis conclusiones, a modo de un destilado esencial y aromático, muy alejado de lo que se pudiera entender como crítica literaria al uso, desprovisto de toda subjetividad, en un intento –que antes de empezar ya califico de frustrado– de objetivar la obra y de esquivar mi opinión sobre ella, en parte por el lamentable hecho de que todavía no la he formado, ni creo que lo consiga.

Terminaré esta introducción adelantando la íntima relación entre la obra y la Calidad, la Excelencia y la Ética personal, relación que, espero, quede justificada al final del artículo.

Características físicas
  • 14 x 21 x 5,5 cm = 1,617 litros (1);
  • 1.208 páginas con caja de letra pequeña, aprox. 600 palabras por página, 720.000 palabras;
  • 388 notas numeradas, al final de la obra (2) ocupando 115 páginas;
  • Incontables subnotas, éstas letras –a, b, c...–, de dimensión tan diminuta que, fácilmente, pasan inadvertidas, resueltas ahora a pie de página de la nota madre (3);
  • 1.200 gramos de peso, gramaje aproximado: 34 gr/m2.
Importante: Se recomienda encarecidamente superar la incomodidad que representa el elevado peso y el reducido tipo de letra, la cual es despreciable comparada con la lectura en ebook y el martirio insufrible que representa el frecuente cambio de página (4), los marcadores y los constantes viajes de ida y vuelta entre texto y notas. Personalmente, me vi obligado a comprar el ladrillo físico y proceder con dos puntos de lectura tradicionales.

Estilo y estructura
  • En secciones descriptivas –no diálogos–, absoluto desprecio por los puntos (seguidos y aparte), configurando mastodónticas exposiciones con frecuentes saltos en el tiempo y en el espacio que exigen una atención desmesurada que no siempre consigue seguir el hilo;
  • Omnipresencia de acrónimos no siempre explicados –o así me lo parece–, tales como AFR: Assassins des Fauteils Roulants (sic); UHID: Unión de los Horrible e Inverosímilmente Deformes;  OSNE: Oficina de Servicios No Especificados –una especie de nueva CIA– u ONAN, no aclarado, pero que el lector debe imaginar significa Organización de Naciones de América del Norte (México, EEUU y Canadá);
  • Uso y abuso de motes (la Gran Pitonisa, la Oscuridad) y de referencias distintas para la misma persona (p.e., CT, C.T., C. Tavis, Charles T., Charles Tavis) en un patrón aleatorio impredecible y, habida cuenta de la coral, abrumadora y exagerada cantidad de protagonistas, fuente de permanente confusión, indudablemente voluntad del bromista autor;
  • Escamoteo de cualquier referencia temporal por el expeditivo método de darles nombre a los años (p.e. ARIAD: Año de la Ropa Interior de Adultos Depend), lo que, malévolamente combinado con las frecuentes digresiones y llamadas a notas, exige al lector un titánico esfuerzo para relacionar hechos, esfuerzo frecuentemente baldío;
  • Hasta la página 700 (aprox.) no se intuye –por lo menos, en mi caso– de qué va la cosa, cosa a la que apenas se hace referencia en el resto de la obra, incluyendo el inexistente desenlace al uso (5);
  • En multitud de ocasiones, las notas (algunas de diez páginas) tienen más contenido que el propio texto, lo que, reconozco, es de agradecer, salvedad hecha de que, en estos casos, llegas a olvidarte del motivo de la llamada y del porqué la estás leyendo;
  • No existe nada que pueda asimilarse a una estructura por capítulos.
Temas comunes (protagonistas)
  • Alienación infantil de «superdotados» (en la obra, promesas y alevines de tenistas suavemente depositados por sus progenitores en un internado) y sus consecuencias;
  • Crítica mordaz y despiadada de las instituciones de regeneración de adicciones (alcohol y drogas; genéricamente, «Sustancias»);
  • Normalización del «Entretenimiento» televisivo;
  • Mercantilización integral de la sociedad que llega hasta el patrocinio de los años;
  • Tratamiento irreverente del Ecologismo y de la Gestión de Residuos;
  • Esperpéntica visión de la política y de la incompetencia de los políticos y sus instituciones (OSNE);
  • Afortunado hallazgo del concepto «Reconfiguración Territorial», aplicable indistintamente a asociaciones (ONAN) o separaciones (independentismo québécois);
  • Cómica y estrafalaria imagen de los supra-nacionalismos (ONAN), de los nacionalismos (Canadá) y de los separatismos (Quebec), así como del terrorismo (AFR), resistencia o insurgencia asociados, fácilmente extrapolables a entornos geográficos más próximos;
  • Detallismo forense –en ocasiones, grotesco, incluso obsceno– en la descripción de minusvalías físicas o éticas;
  • Todos, absolutamente todos, los personajes –hasta los niños–, tienen un «lado oscuro». O muchos. Además, cuesta encontrar en ellos –yo no lo he conseguido– una virtud, faceta o condición positiva respecto a la moral al uso. La panoplia de incompetencias, maldades, debilidades, lacras y vicios materiales o espirituales es tan extensa, que EMMHO (6) se erige en la verdadera protagonista de la obra.
Impacto en el lector
  • Montaña rusa que te lleva sin solución de continuidad desde las más altas crestas de banalidad, hilaridad y sorpresa hasta los profundos y deprimentes abismos de la miseria humana más mísera;
  • Profunda admiración por el rico, culto, extenso, apropiado e ingenioso uso del vocabulario, sus excepcionales –por escasas y eruditas– digresiones filosóficas o científicas y la facilidad para hilar mega-extensas oraciones que dejan al lector –literalmente– sin respiración;
  • Extensivo conocimiento de las técnicas del tenis y del entrenamiento deportivo de élite en sus aspectos físico y mental;
  • Doctorado en narcóticos, tranquilizantes, ansiolíticos y sus denominaciones «de calle» y farmacológicas, incluidas sus presentaciones comerciales;
  • Por encima de la caótica incoherencia –indudablemente voluntaria– de la obra, no decae el interés por seguir leyendo. Esto me ha parecido especialmente sorprendente.
Conclusión
No sé si me ha gustado o no. Y, probablemente, no lo sabré nunca. Pero creo que vale la pena leerla. Es toda una experiencia, una Broma Infinita que hay que tomarse con deportividad y que un amante de la lectura no debería perderse. Respecto al objeto del blog, a la obra no se le puede negar su Calidad y Excelencia (me guste o no, cumple mis requisitos y expectativas, que no iban más allá de pasar un buen rato leyendo). Y respecto a la Ética, con NO SEGUIR el ejemplo de los personajes, será suficiente. Su trayectoria vital, de la que algunos –pocos– reniegan abiertamente (7), podría ser buena para ellos, pero no para nosotros.

Y tampoco conviene olvidar que David Foster Wallace se suicidó. Terminaré con dos frases extraídas del libro –la verdad es que no he conseguido sacar más– que pueden ser consideradas como premonitorias:

 «La verdad es lo que te hará libre. Pero no hasta que haya acabado contigo».

«Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender ese terror muy superior al de la caída».

Con toda seguridad, DFW estuvo «personalmente atrapado» por Ello. Así se comprende mejor su obra.

Notas:
1 - Edición en papel «de bolsillo» (ver foto): primera broma (ni me imagino la edición «chachi» en tapa dura).
2 - No a pie de página: broma particularmente molesta.
3 - Doy fe que he detectado –pocas– llamadas a subnota sin subnota y subnotas sin llamada. ¿otra broma?
4 - Con el tipo de letra que usualmente utilizo, hablamos de más de ¡3.000 páginas virtuales!
5 - Me ha transmitido la inevitable sensación de que se cansó de escribir.
6 - En Mi Muy Humilde Opinión.
7 - Esta es la única y sutil concesión a la ejemplaridad –en modo alguno preponderante– que subyace en la obra.