Empezábamos nuestro anterior artículo afirmando que
"nuestra tendencia natural es la de considerarnos únicamente clientes. Cuando no estamos comprando, esperamos cosas de los demás: atenciones, parabienes, regalos. Y cuando compramos, nos encontramos como pez en el agua, en el líquido elemento: regateamos, exigimos, discutimos, ...". Y aprovechábamos esta introducción para recordar que también somos
proveedores y analizar esta importante y frecuentemente olvidada condición. Pero la simpleza de esta introducción es patente. Parece que justifique los comportamientos citados como producto de una necesidad natural que no precise mayor atención ni reserva. Nada más falso. Resulta absolutamente asimétrico y descompensado dedicar un artículo a analizar nuestra condición de
proveedores y no hacer lo mismo con nuestra condición de
clientes. En este artículo vamos a intentar resolver esta simpleza.
¿Qué es un Cliente? Empecemos por el Diccionario de la Real Academia:
- com. Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa.
- com. Parroquiano (persona que acostumbra a ir a una misma tienda).
- com. Persona que está bajo la protección o tutela de otra.
Huelga decir que ninguna de ellas me parece apropiada. Ni remotamente definen lo que caracteriza a un
cliente en un
entorno eminentemente interactivo como es el de la
ética personal. Son definiciones absolutamente pasivas (utilizar, ir a una tienda) y nada generalistas, en las que la relación es puramente mercantil (servicios de un profesional, empresa), mafiosa (protección) o dominante (tutela). Por lo tanto, no nos sirven.
Para resolverlo, adoptaremos una definición oficial que, curiosamente, corresponde a la norma
ISO 9000, referente de calidad empresarial (
en su momento ya defendimos que la vida podía ser considerada una empresa):
Cliente es
"la persona que recibe un producto".
Simple y elegante, aunque con un pequeño problema de lenguaje: ¿qué es un
producto? También nos lo soluciona la norma. Un
producto es el
"resultado de un proceso". Y, por último, para los detallistas: ¿qué es un
proceso?
"Una secuencia de actividades que convierte unas entradas determinadas en un resultado determinado". Una vez analizada, nos quedaremos esta definición de
cliente por su generalismo: Los
procesos (incluso mentales) siempre generan
productos (un pensamiento lo es) y cada vez que recibimos un
producto (un regalo, un beso, un insulto, una cerveza o un coche nuevo) lo hacemos en condición de
clientes. Veamos ahora cómo se caracteriza un buen
cliente.
El hecho de aceptar nuestra condición de
clientes en abstracto (de
todo lo que recibimos) nos convierte inmediatamente en un eslabón de lo que se ha venido en llamar la "cadena
proveedor-
cliente" ya que, como vimos en el anterior artículo, dedicado a los proveedores, todos nosotros somos, simultáneamente, ambas cosas. No aceptar formar parte de esta cadena nos sitúa fuera de la
realidad y del
entorno, con lo que nuestra existencia deja de ser algo armónico y fluido convirtiéndose en una sucesión de hechos puntuales, aislados e inconexos (compras y ventas; recepciones y entregas) fuente permanente de insatisfacción y frustración.
En una primera clasificación podemos distinguir entre dos clases de
clientes: el
cliente activo y el
cliente pasivo. El cliente activo es el que participa de forma
proactiva en la determinación de lo que espera recibir. Podríamos definirlo de forma coloquial como
"el que sabe lo que quiere". Esto implica que, antes de recibir el
producto, se ha preocupado de definir lo que espera. Hablando en propiedad, ha definido los
requisitos y las
necesidades y ha sabido diferenciarlos de las
expectativas (
estos importantes términos se analizan en esta entrada y
en esta otra) Volveremos más adelante a este tipo de
cliente. En cambio, el
cliente pasivo no tiene formada opinión
racional de lo que espera. Cuando le llega algo (sea lo que sea) es cuando dispara su mecanismo comparativo con no se sabe qué (normalmente, con
expectativas irracionales y exageradas) y monta en cólera o entra en una espiral de depresión, alimentando su amplio catálogo de agravios. No creo que este tipo de
cliente merezca mucha más atención.
Terminaremos analizando algo más en profundidad a nuestro tipo de
cliente preferido: el
cliente activo (al que también podríamos llamar
proactivo). Preferido, pero no exento de riesgos. Algunos, incluso peores que los que puede conllevar una pasividad ingenua o ignorante. La iniciativa, el adelantarse a la producción, el definir con precisión nuestros
requisitos,
necesidades y
expectativas debe realizarse dentro de unos parámetros realistas, ajustados a las capacidades de nuestros
proveedores. De nada servirá
"pedirle peras al olmo". Por mucho que nuestro
ego nos diga que nos lo merecemos. En esta vida hay lo que hay. Y pasarnos de rosca no conduce a nada bueno. Evidentemente, asegurar esto implica una importante tarea de recogida de
datos para, una vez procesados, disponer de
información fiable para la
toma de decisiones. Y si, a pesar de esto, no conseguimos lo que queremos, no será por nuestra culpa. Habremos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. Afrontaremos y digeriremos el inconveniente y a otra cosa. No estamos trivializando. Porque, sea cual sea el tamaño o gravedad de la
decepción (así puede llamarse a un incumplimiento visto desde el lado del
cliente), la forma de afrontarlo es la misma. De cara. Pero debe tenerse en cuenta que una actitud
proactiva realista siempre
minimiza las decepciones. Sin ella, sin duda, tendríamos más. Esto es lo que nos debe importar. Y si recibimos más de lo esperado, aleluya.
Satisfacción completa.
Un último apunte dedicado al nivel de
exigencia. ¿Debemos ser exigentes? En la medida de que esperemos productos racionalmente suministrables, sí. Sin duda. Del mismo modo, en el caso de que nuestros
proveedores se hayan
comprometido formalmente a la entrega de un futurible sin historia previa. Tenemos un ejemplo paradigmático en los programas políticos en campaña electoral. Hoy mismo, en Cataluña, estamos en campaña. Si nos convencen los programas y decidimos ejercer nuestro derecho al voto, nos hemos convertido en
clientes del partido (político, no de fútbol. Aunque a veces lo parezca). Y si después incumplen lo prometido, nuestro nivel de
exigencia debe ser
máximo. Y así con cualquier
proveedor. Sea el lampista, el taller del coche o un familiar. También así se reconoce a un buen
cliente. Y también así ponemos nuestro granito de arena para la
mejora del
proveedor. La cadena funciona.
En resumen, ser buenos
clientes es una de las condiciones necesarias, aunque no suficientes, para conseguir nuestra
satisfacción (
Calidad) y
felicidad (
Excelencia). Incorporemos este sencillo principio a nuestra
ética personal.
"El cliente: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses. El sastre: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón" (Samuel Beckett)
"El señor sólo exige de las personas aquello que está dentro de las posibilidades de cada uno" (Paulo Coelho)