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martes, 3 de septiembre de 2019

Incorrección oral

Bien. Ya estamos de nuevo aquí. Tras más de un año sin publicar, de nuevo ante una hoja virtual en blanco, síntoma indudable de la aparición de un desencadenante merecedor de tal atención.
Disponer de un blog y no utilizarlo puede ser debido a dos causas contrapuestas: a) no tener nada que decir (en este caso, que escribir) o b) tener demasiado, aunque en mi caso debo admitir que se dan ambas. O, expresado con más precisión, la causa b) es el antecedente de la causa a).
Entonces, ¿qué ha cambiado? ¿Porqué estoy estrujándome el cerebro para plasmar por escrito una introducción a esta anomalía? Reconozco que son cuestiones de difícil respuesta. Dejémoslo en que las cosas simplemente suceden (1) y en que con el inclemente paso del tiempo voy llegando al convencimiento de que la obsesión por la racionalidad, el determinismo y el método científico puede ser muy dañina. Por tanto, vamos al grano.

Creo que todos y todas estaremos de acuerdo en que vivimos tiempos en los que la exigencia de "corrección" (2) impera. Tanto en el discurso oral como en el escrito, si bien en este artículo nos vamos a centrar en las deposiciones orales, a pesar de que los errores o defectos que representan "inconformidad con las reglas" se dan también profusamente en otros ámbitos, en especial en el factual (yo mismo no estoy exento de culpa). Esta "corrección" impuesta y sobrevenida es omnipresente y en cierto modo, intimidante, pues obliga a una suerte de autocensura previa si te quieres ahorrar miradas o respuestas acusadoras o despectivas. En cualquier caso, la justificación que se da a esta exigencia de "corrección" oral es absolutamente irreprochable pues persigue (dicen) la búsqueda de la precisión de los términos expresados y la erradicación de numerosas generalizaciones admitidas históricamente, incluso sancionadas por la Real Academia. No vamos pues aquí a criticar este encomiable deseo, a pesar de la dificultad que me representa su aplicación y que me conduce a bastantes "incorrecciones" formales.

Pero lo que si es criticable es el cada vez más extendido incumplimiento de esta loable exigencia, que no es otra que "hablar con propiedad", es decir, hablar de tal modo que lo que dices sea entendible de forma explícita, directa y no inferida. Que no necesite esfuerzos interpretativos, incluso que no despierte hilaridad. Me refiero aquí al imparable aumento de la incorrección oral, comprensible en el caso de amplias capas de población víctimas de la degradación sistémica de los sistemas educativos, pero absolutamente inaceptable en el caso de personajes y representantes públicos que deberían ser ejemplo tanto para su episódica y sufrida audiencia como para la sociedad en general.

Sigue a continuación la transcripción literal de frases recogidas en el corto espacio de una semana depuestas (tomen la acepción que gusten) por ministros, ministras, vicepresidenta del gobierno, presentadores, presentadoras, tertulianos, tertulianas y profesionales de ambos géneros (por caridad, me abstengo de publicar sus nombres), en tribunas tales como informativos de radio y televisión.
  • Un ritmo no acelerado, pero tampoco pausado.
  • Están pasando más noticias.
  • La bomba ha cambiado sus parámetros.
  • Está adquiriendo más significancia y más relevancia.
  • El avión chocó con el mar.
  • Son noticias aquellos sucedidos que...
  • Unos menores fueron inundados y bloqueados por el agua.
  • Me crea una fuerza para no parar.
  • No se produjeron víctimas personales.
  • En lo que estamos pensando, en lo que estamos haciendo, es en entender...
  • Respecto al apunte de cual van a ser las evoluciones...
  • Unos que no serviría para nada, otros que sí serviría para nada.
  • No hay magia. Hubo unos gérmenes que crecieron, se identificaron y causaron una enfermedad.
  • Tras fuertes lluvias con pedriscos las uvas han quedado inservibles.
  • Se habla de un informe que no hay.
  • Se estaba pasando a informe escrito el informe verbal.
  • Tendría más porcentaje de culpa la empresa Magrudis.
  • No hay ningún lote de ningún producto, de ningún envase, de este producto erróneo.
  • Un puerto que va a hacer diferencias importantes en la clasificación.
  • Tenía una carencia, un instinto de comer carne.
  • Se reunirá, si ha lugar, con un programa fortalecido, ampliado, mejorado, con otros grupos, si hay lugar.
  • Procuran saltar cuando la marea no está completamente vacía.
  • Vi una explosión enorme hacia mi cara.
  • Ellos le están propiciando a sus ciudadanos una situación que ellos consideran inaceptable.
  • He ido muchas veces a comparecer.
  • Investiga la muerte de una persona que ha aparecido muerta.
  • Con el incendio todavía en llamas...
  • Tiene mucho que decir en catorce meses de lo que hemos hecho.
  • Le ha crecido abundante pelo en todas las partes de todo el cuerpo.
  • Había argumentos sólidos para haber hecho esta medida.
  • Es una cantidad muy similar también.
  • Los bares están regentados y destinados a ellos.
  • Él seguía negando que él no había sido.
  • Todavía queda calor.
  • Salvini denosta a los inmigrantes, justo lo contrario de lo que representa este Gobierno.
  • La base estaba en la rapidez de poner el tratamiento.
  • Colas kilométricas que en este momento ascienden a varios kilómetros.
  • Hay otra fecha marcada del calendario.
  • Todo induce a pensar de que entonces Unidas Podemos le daría el parabién.
  • Estamos conformados por representantes de...
  • Los conflictos que no se plantean con mediación no todos se solucionan.
  • Cuenta un poco los antecedentes previos de esta efeméride...
  • Está habiendo un debate bastante ya que de profundidad.
  • Lo que tiene limitado es ninguna actividad que interfiera en…
  • La importancia o la cuestión estriba en que…
  • A ningún profesional de la función pública hay que suponer una incapacidad…
  • Busco soluciones para solucionar una cuestión.
  • No ha habido ninguna capacidad ni ninguna actitud de colaborar.
  • Lo consiguió tras deshacerse al belga.
  • Están pasando muchos destrozos.
  • El auto dice que fue mucha esa responsabilidad.
  • Vientos que alcanzan los 237 kilómetros.
  • Forzar un retraso de la ruptura por 2 o 3 meses más.
  • El despliegue es impresionante. Humano y animal.

Por descontado, la mayoría de los autores de estas joyas lingüísticas, aplican la "corrección" sobrevenida, la puntual, la específica, con total pulcritud. Pero la "corrección" general, la de toda la vida, la aplican con escasa calidad y nula excelencia. Personalmente, preferiría que aplicaran la "corrección" lingüística en todos los casos. Si saben y pueden, que esta es otra.

NOTAS:
  1. Frase hecha: lo que sucede no son "cosas", son hechos.
  2. Empleada según la acepción 2 del diccionario RAE: "Cualidad de correcto", sustantivo que en su acepción 1 significa "Dicho del lenguaje, del estilo, del dibujo, etc.: Libre de errores o defectos, conforme a las reglas".

domingo, 10 de junio de 2018

Ya me salto los semáforos


Ya me salto los semáforos. Y me refiero a los de peatones, claro (aunque espero y deseo -cualquiera sabe- que el futuro no me lleve a generalizar). Esto es un hecho, del cual me he apercibido de forma consciente hoy, hace un rato, en pleno paseo matutino, cuando sumido en lo más profundo de mis pensamientos, se ha superpuesto a los mismos la imagen progresivamente creciente de un monigote luminoso en forma de peatón estático de color rojo. Y me he dicho: caramba, estoy en plena calle, en el cruce de Diagonal con Numancia, cruzando en rojo.  Valga también citar que es domingo, las nueve de la mañana y que prácticamente no había tráfico automovilístico (ahora siempre hay que precisar, pues el adjetivo “rodado” ya no es unívoco ni concluyente). Pero claro, esto no es ningún atenuante, máxime cuando al protagonista se le ha llenado permanentemente la boca de llamadas al cumplimiento de todas las leyes, reglamentaciones y normativas aplicables, a las que les ha concedido siempre la categoría de requisitos establecidos por y para la sociedad, con objeto de garantizar un razonable grado de convivencia entre animales racionales, en oposición a la ley de la selva, sin duda más adecuada para los irracionales.

Y en ese momento, esfumado ya todo atisbo de abstracción mental, he tomado conciencia plena del hecho y, lo más importante, de que la decisión haya sido intuitiva, automática e irreflexiva. Y entonces, siguiendo mi camino (todavía me faltaban tres kilómetros) no he podido dejar de pensar en ello y ha empezado a aflorar en mis recuerdos la clara tendencia que comenzó con incumplimientos esporádicos, vagamente justificables, siguió con un lento y progresivo aumento de frecuencia, hasta llegar al día de hoy en el que he sido consciente de que “ya me salto los semáforos”. Como (casi) todos. Y aquí y ahora he sentido la necesidad de profundizar un poco en esta flagrante vulneración de la calidad (por incumplimiento de un requisito) y con ella, de la excelencia y de mi querida y publicitada ética personal.

Empezaremos por el elemental instinto de supervivencia, el cual doy por supuesto que sigue activo en mi caso. Es decir, aunque me haya encontrado de golpe (conscientemente) en medio de la calle Numancia pasando en rojo, creo que inconscientemente me habré apercibido con un cierto grado de fiabilidad de la ausencia de riesgo (realmente, en el momento del cruce pude verificar la inexistencia de amenaza alguna). Pero esto, más allá de definirme, a diferencia de muchos, como un cobarde que teme la ruleta rusa, tampoco es eximente de nada. Hace falta ir más lejos. Es necesario llegar a identificar una causa creíble que justifique este lamentable hecho, visto desde la perspectiva de mi ética “actual”. O, si es injustificable, cambiarla. Solo así podré saltarme otro semáforo.

Siempre he procurado “tomar decisiones basadas en hechos”, uno de los ocho principios de la calidad que por su simplicidad y lógica más me ha impactado. Y como creo que este principio lo tengo muy arraigado, aun aceptando que no siempre resulta fácil ni práctico, he reflexionado sobre cual o cuales pudieran ser los hechos que me han llevado a tomar la decisión de saltarme los semáforos peatonales. Y hurgando y hurgando en la memoria, me he visto de pie ante el semáforo en rojo en las incontables ocasiones que me he encontrado a lo largo de los casi 1.000 kilómetros que he caminado en los últimos once meses desde mi operación de cadera (aprovecho la ocasión para agradecer al Dr. Morales de Cano su pericia). Y ahí, parado como una estaca, recuerdo haber sido testigo de la infracción sistemática de personas andantes de todo tipo y condición (desde jóvenes imberbes a personas mayores con movilidad reducida), de personas montadas en VMP (vehículos de movilidad personal, según el ayuntamiento: ciclos mono-rueda, patinetes eléctricos, etc.), de usuarios de monopatines, skate-board y similares de tracción animal (nunca mejor dicho) y de los consabidos ciclistas fuera de su carril dedicado. Y recuerdo que a medida que se acumulaba el tiempo de espera semafórica y los kilómetros de paseo (1.000 kilómetros dan para mucho), mi percepción sobre la sociedad que me circundaba y que, obviamente, era una muestra perfectamente aleatoria y representativa de la sociedad en general, iba resultando más y más negativa. Y creo que en esta negativa percepción de la sociedad sobre la desobediencia semafórica peatonal (no peatonal semafórica, porque también la practican “no peatones”) puede residir la causa raíz del desaguisado.

Nos encontramos pues ante unos hechos reales, generalizados y experimentados en primera persona, que, más allá que sean extrapolables (que lo son) a otras actividades o valores de la sociedad, hacen que mi opinión sobre la misma, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales haya caído bajo mínimos. Y me pregunto: ¿puede ésta ser la causa de mi decisión? Creo que sí. ¿Debería haber tomado la decisión antes de proceder a un análisis crítico de los hechos? Creo que no. Pero para esto estoy escribiendo esta entrada. Para analizarlos y justificarla. Veremos si lo consigo.

El hilo principal del razonamiento es que cuando me salto (yo) un semáforo no lo hago porque me molesta que esté ahí, o porque me la refanfinfla, o porque las normas son para los idiotas, o porque mi tiempo es más importante que el de los demás pardillos, o porque “solo es un semáforo”, sino porque mi respeto por la sociedad actual (repito, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales) es cero. Y por ello, mi compromiso personal con el cumplimiento del contrato social representado, en este caso, por la prohibición de saltarse un semáforo, que era total, ha dejado de serlo. Reconozco que esto no me coloca en un plano superior. A buen seguro habrá quien criticará la decisión tildándola de acomodaticia o de vulgar alineamiento con la manada. Y acepto que se puede ver así. Pero no me importa lo más mínimo. Ahora sé porqué lo hago y deseo a todos lo mismo: que sean conscientes del porqué de su infracción, lo que les convertirá en seres semafórica y peatonalmente racionales.

Por lo tanto, en el tema específico que nos ocupa, mi compromiso con el cumplimiento semafórico-peatonal pasa a ser discrecional, quedando este compromiso (eso sí, un tanto atenuado y relativizado) incorporado al catálogo que conforma mi ética personal. O sea, que ya puedo saltármelo (el semáforo, no el compromiso) sin sentirme mal. Uf, que descanso.

lunes, 2 de abril de 2018

El Pueblo


Vivimos una época en la que el vocablo “pueblo” está presente de forma machacona y recurrente en el discurso político. Cotidianamente asistimos a la utilización del mismo, oportunamente adjetivado con objeto de dotarlo de una cierta legitimación geográfica, cultural o tribal, en un sinfín de mensajes que incluyen la atribución colectiva de deseos, convicciones o preferencias, la posesión de derechos históricos inalienables, la exigencia de reconocimiento de los mismos, la denuncia de inacabables memoriales de agravios y ofensas y, por acabar, la llamada a la ejecución de acciones varias formalmente pacíficas que, una vez ejecutadas, en algunos casos no lo son tanto, benévolamente justificadas por la comprensible “indignación” del susodicho “pueblo”.

Resulta evidente que los utilizadores del término dan por supuesto que se trata de un vocablo normalizador e inclusivo que abarca a la totalidad del universo o población¹ situado bajo su égida², sinónimo del vocablo alternativo y para ellos intercambiable “país” utilizado, preferentemente en compañía de una preposición posesiva, en llamadas a la acción: “parada de país”, huelga de país”, etc., y en su forma plural para hacer referencia a imposibles ensoñaciones imperiales³.

Sin entrar en el fondo del asunto, fondo que por turbio y hondo es poco menos que invisible e inalcanzable, el objeto de este artículo es exponer mi punto de vista personal e intransferible sobre la forma, es decir, sobre la oportunidad o validez de la utilización del término “pueblo” en las circunstancias o situaciones expuestas en la introducción, así como mi identificación (o no) con la asignación implícita a determinados colectivos (“pueblo”, “país”) por el mero hecho de su ubicación geográfica o lugar de nacimiento, hecho que por su reiteración ha provocado el hartazgo que a su vez ha sido la causa objetiva de su publicación.

El problema puede plantearse en los siguientes términos: Se dice que el “pueblo”⁴ piensa, exige, reclama, desea, sufre, lamenta, etc., etc. (la lista sería interminable) algo. Esto es inaceptable. Incumple la acepción 5 (aquí aparece la bicha) pero cumple la 3. O sea, estamos hablando de un “Conjunto de personas de un lugar, región o país”. Sigamos. Obviemos “lugar” y “región” (ningunean el mayestático concepto que le otorgan los esgrimidores del término) y nos quedamos con que “un conjunto de personas de un país hace algo”. Tratemos en primer lugar el vocablo “país”⁵. Descartamos la acepción 1 (mal que les pese) y la 2 (en ambas, convendrán conmigo que los territorios⁶ no pueden hacer nada) y aceptamos la 3 que refiere a los “habitantes”, término más específico que el genérico “personas”. Por lo tanto, la situación, expresada en su forma más detallada, es ésta: “el conjunto de habitantes de un territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado, hace algo”.

Volvamos a la versión abreviada. Esto es: “El conjunto de habitantes del país hace algo”. Esta elemental oración nos identifica el sujeto⁷ de la acción o acciones (cualesquiera que ellas sean) como “el conjunto de habitantes del país”. ¿Acaso este sujeto es un ser? No. Descartado que sea el sujeto, seamos un poco más flexibles, haciendo abstracción del rigor gramatical, y en aras de la comprensión de la perseverancia de los apelantes al protagonismo del “pueblo”, asignemos al “conjunto de habitantes del país” el papel de agente⁸ o actor⁹ de las supuestas acciones que se le atribuyen o demandan. Pues bien, tampoco puede ser un agente porque “el conjunto” no puede ser una “persona o cosa” (acepción 6) ni, obviamente, “la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo” (acepción 7). Por último, ¿será un actor? Tampoco. Indudablemente, parte del conjunto participa. Pero… ¿el conjunto? No, el conjunto no. En absoluto.

Entonces ¿Cuál es su papel? ¿Cuál es el papel del "conjunto de habitantes del país"? Ni sujeto, ni agente, ni actor. Espectador. Todos lo somos. Todos asistimos al espectáculo, el cual, según la exposición de principios del artículo, me abstendré de calificar. Todos somos espectadores. El "conjunto de habitantes" (incluso muchos de los no habitantes) lo somos.

Resumiendo, las referencias al “pueblo” como detentador de derechos o ejecutor de acciones pasadas, presentes o futuras son inaceptables desde un punto de vista objetivamente gramatical, representando una grosera simplificación tan evidente que me hace dudar sea desconocida por quienes las utilizan de forma recurrente, por lo que me inclino a considerar que se realizan con objetivos espurios¹⁰.

Para terminar, mi posición personal es no sentirme identificado con (ni miembro de) “pueblo” o “país” alguno, fruto de mi profunda convicción en anteponer los derechos individuales a los colectivos, excepción hecha del Estado y de asociaciones, colegios, clubes u organizaciones de adhesión voluntaria y, a poder ser, con cuota de miembro. Eso sí que da derechos 😃.

NOTAS:
(todas las definiciones son del Diccionario R.A.E.)
  1. Ambos términos en terminología estadística.
  2. égida: 3. f. Protección, defensa.
  3. Por su alcance “multinacional” (Francia, Italia) y “multiautonómico” (Aragón, Valencia, Islas Baleares). 
  4. pueblo: 3. m. Conjunto de personas de un lugar, región o país. 5. m. País con gobierno independiente.
  5. país: 1. m. Territorio constituido en Estado soberano. 2. m. Territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado. 3. m. Conjunto de los habitantes de un país.
  6. En mi humilde opinión los territorios son un conjunto de campos, árboles, pedruscos y demás accidentes geográficos o elementos vegetales y minerales, los cuales ni piensan ni detentan derechos históricos ni pueden sentir herida su dignidad ni...
  7. sujeto: 6. m. Fil. Ser del cual se predica o enuncia algo.
  8. agente: 6. m. Persona o cosa que produce un efecto. 7. m. Gram. Expresión gramatical que designa la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo;
  9. actor: 1. m. y f. Participante en una acción o suceso.
  10. espurio: 1. adj. bastardo (‖ que degenera de su origen o naturaleza). 2. adj. falso (‖ fingido).



sábado, 20 de enero de 2018

Diez segundos

Fue hace más de cinco años cuando publiqué un artículo donde reflexionaba un tanto filosofalmente sobre la importancia de “Pensar antes de actuar”, poniendo especial énfasis en la primera fase del proceso, fase que, aún en acciones aparentemente irreflexivas, existe en todos los casos. Defendía en este artículo que “lo deseable es que este proceso sea racional y consciente” lo que nos debía llevar a hacer “lo que nosotros queremos hacer”. No trataba sobre los actos reflejos o instintivos, en especial los producidos por el instinto básico de supervivencia, lo que en una interpretación literal podía llevar equivocadamente a calificar estos últimos como “indeseables”. Nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que esta primera fase, como todo en la vida, consume tiempo, y este tiempo, en el caso de acciones reflejas o instintivas es muy corto. Tan corto que no somos conscientes de su existencia. Pero bienvenido sea porque nos permite apartar instintivamente la cabeza, aparentemente sin pensar, para evitar un puñetazo (1).

Lo que se va a tratar en este artículo es un caso particular de este proceso (pensar > actuar) que gravita sobre gran parte de los miembros de nuestra pequeña tribu entre los que sin comerlo ni beberlo me encuentro. Y lo defino como particular porque, en este caso, la acción, que es un término genérico, consiste en hablar, conversar, opinar o debatir (2). Y es en este caso y en este momento también particular de nuestro devenir existencial (3) cuando creo que es más necesario y conveniente “pensar antes de hablar” huyendo de calentones de boca o respuestas irreflexivas o instintivas vulgarmente definidas como hacer “lo que nos pide el cuerpo”.

Esto determina la necesidad de “pensar antes”, es decir, dedicar un cierto tiempo a esta fase, llevándola al terreno de lo consciente, permitiéndonos aceptar de buen grado las potenciales consecuencias de nuestros actos. En este caso, nuestras palabras.

Y ¿qué decir de estas potenciales consecuencias? Pues que dependiendo de tu interlocutor (4), de tu grado de “reflexión” y de tu acierto, pueden ser muy reales y nada buenas. Incluso relativizando estos factores, el riesgo de chasco o destrozo anímico es notable. ¿Vale la pena correrlo? A la respuesta de esta importante pregunta nos dedicamos a continuación. Y adelanto la respuesta: NO. Veamos porqué.

En línea con nuestra argumentación, se considera una buena práctica contar hasta 3 antes de dar respuesta a una cuestión importante. Y la que nos ocupa lo es. No puede ser menos puesto que divide a la sociedad. Ahora bien, en nuestro caso particular, debemos tener en cuenta que contar hasta tres sigue siendo muy rápido. No son los tres segundos que parece. Cronométrese y verá que le lleva un misérrimo segundo (otra cosa sería respirar profundamente y contar pausadamente a partir del 100: 101, 102, 103). En cualquier caso, incluso los tres segundos me parecen cortos. En el complejo y espinoso tema que nos ocupa me declaro incapaz de reflexionar e hilar argumentos mínimamente coherentes en menos de 10 segundos. Probablemente mucho más. Pero dejémoslo en estos diez. ¿Ustedes son conscientes de lo largos que son? Pruebe a mirar su reloj (obviamente, si tiene segundero) y suponga que durante todo este tiempo la conversación está suspendida, usted aparenta estar en babia, su interlocutor le dedica una mirada escrutadora y empieza a esbozar una sonrisa triunfante, dando por sentado que usted se ha quedado sin argumentos. ¿Puede haber algo más hiriente? A esto se suma el hecho de que los interlocutores lo tienen tan claro, tan interiorizado, tan asumido, que sus respuestas son inmediatas (diría que instintivas), invariablemente vestidas con trascendentes y aplastantes seudoargumentos de gran peso histórico, cultural o identitario, lo que hace que la ¿conversación? entre en una espiral que te lleva a aumentar tus tiempos de respuesta. ¿Qué sentido tiene seguir? Mejor dicho: ¿Qué sentido tiene empezar?

Me gustaría terminar con una figura metafórica. En la atmósfera terrestre la velocidad del sonido es de 343,2 m/s (a 20 °C de temperatura, con 50 % de humedad y a nivel del mar). Esto quiere decir que si mi interlocutor tarda 10 segundos en oír mi respuesta equivale a estar situado a una distancia de mí de 3.432 m (en las condiciones expuestas, a pesar de que la temperatura de la conversación, incluso la presión, con toda probabilidad subirá). Más de tres kilómetros. Indudablemente, en estas condiciones, resulta  humana y físicamente imposible mantener una conversación.

Diez segundos. Ésta es la distancia a que me encuentro de ellos. Física y conceptual. Por esto no converso: Pienso… y no actúo. Eso es lo que quiero hacer. Y esto es lo que hago.

NOTAS:
  1. Este tema se trata en mi canción “Mejor dudar”.
  2. Se excluye la palabra escrita. Es imposible escribir sin “pensar antes” (bueno, pensando en las redes sociales, la afirmación resulta excesivamente categórica).
  3. Me refiero ahora al otro “proceso”, al grande, al omnipresente, al absoluto, al …
  4. Deseo dejar muy claro que el “interlocutor” puede pertenecer a los dos Todos tratados en este artículo.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Todo(s)

¿Puede un elemento opinar sobre el Todo? ¿Puede un elemento independizarse del Todo y absolverse de toda responsabilidad en su crítica? ¿Tiene siempre el elemento su parte alícuota de todo en el Todo? ¿Existen responsabilidades específicas no proporcionales? ¿Responsabilidad es sinónimo de culpa? ¿Criticar el Todo es auto-crítica?

Los dos Todos
Estas son algunas de las cuestiones que me vienen asaltando desde hace tres días, fecha infausta en la que se confirmaron mis peores expectativas, acabando de forma abrupta con la remota y cándida esperanza de que la realidad¹ insuflase algo de racionalidad a los protagonistas de un proceso abducido por los sentimientos encontrados de un Todo que, en mi humilde opinión, ya son dos.

Y éste es el problema. Que deseo opinar, que deseo criticar, que me reconozco sin lugar a dudas como un elemento, pero que no soy capaz de identificar cuál es mi Todo, lo que me impide dar respuesta a estas cuestiones por la imposibilidad de fijar el blanco. Porque eso es lo que quiero hacer: disparar, pero… ¿a qué o a quién?

Empecemos por el asunto fundamental: ¿Un Todo? ¿Dos? ¿Tres? despojando al inclusivo vocablo de su pedigrí metafísico y asignándole, a los efectos de este artículo, el significado de colectivo o conjunto de elementos (en este caso, personas) habitualmente entendido como “la sociedad”. Y afirmaba que el Todo ya eran dos. Y resulta que esto no sólo lo digo yo, sino que es la opinión generalizada, opinión por otra parte de lo más objetiva si nos atenemos a la más elemental aritmética, vistos los resultados acumulados de las opiniones de cada uno de los elementos del Todo llamado a opinar por enésima vez en la infausta jornada anteriormente citada.

Pues bien, partimos de dos Todos. Pero, ¿qué sucede si alguien (en este caso, yo) no se considera miembro de uno ni del otro? ¿Significa esto que tenemos un tercer Todo? ¿Puede un solo elemento definirse como un Todo de algo? ¿No resulta extremadamente presuntuoso?

Debo reconocer que llegado a este punto ya no sé muy bien cómo continuar. Ni tan siquiera si vale la pena, aunque quizá sea oportuno recalcar que los dos Todos son permanentemente identificables por su obsesiva presencia en la realidad cotidiana, en los medios, en la familia, en los amigos, en las fachadas, en los balcones, en las aceras, en los pasos de peatones, en las farolas, en los estadios, en el deporte y, por acabar, en los lugares más insospechados, dándole significación relevante incluso a un simple color elemental, el amarillo, el cual, paradójicamente, comparten las enseñas identitarias de ambos. Lo que ya no resulta tan fácil de detectar es la hipotética existencia de un tercer Todo significativo, reducido aquí y ahora a su mínima expresión: mi persona, espacio donde, la verdad sea dicha, me encuentro de lo más a gusto.

Conviene también destacar que mi aversión atávica por los tribalismos², heredada de mi progenitor, me lleva a:
  • a) no sentir el menor interés por la búsqueda de “socios”, que indudablemente los habrá;
  • b) revalidar mi escepticismo político, heredado del gran Bertrand Russell y
  • c) reafirmar la existencia de un bucle tóxico perpetuado por la extracción (en la mayoría de ocasiones por sorpresa) de representantes de todos los Todos, en una permanente confirmación del dicho, expresado en genuina lengua autóctona, “d'on no n'hi ha no en pot rajar”³.
Es imposible pensar de forma distinta si nos atenemos a la contumaz insistencia de uno de los Todos en otorgar su representación a los mismos elementos que han fracasado estrepitosamente en llevar a cabo factualmente sus promesas, dejándolas en “simbólicas” (sic), simbolismo que, a pesar de ello, ha provocado consecuencias muy negativas y, éstas sí, muy factuales, para todos los Todos. Extraño caso de toma de decisiones basada en hechos, el ABC de la gestión eficaz y de la racionalidad. Extraño, pero, visto lo visto, no para todos: razón contra sentimientos⁴, la batalla eterna.

Y con esto finalizo mi intento de dar respuesta a la sarta de cuestiones iniciales. He opinado sobre el Todo, no me he absuelto, me aplico la parte alícuota de responsabilidad (incluso culpa) en el desaguisado y, por descontado, esto es también una auto-crítica. Muy poca Calidad, nula Excelencia de todos los Todos y, especialmente, de sus representantes.

Pero todo esto no impide que permanezca en mi personal, intransferible y minimalista cápsula, mi “tercer Todo”, donde juego el cómodo papel de representarme a mí mismo. Para bien o para mal.

NOTAS:
  1. No tomar en sentido conceptual o abstracto. Entiéndase como los hechos o sucesos concretos, probados, indubitables, fehacientes y pertinentes al proceso que nos ocupa.
  2. Aunque lo parece no es una incongruencia.
  3. "De donde no hay, no se puede sacar".
  4. Conviene puntualizar que si el componente sentimental (no racional) predomina en uno de los Todos, no está en absoluto ausente en el otro. Respecto al componente racional, sospecho maliciosamente que es usado de modo espurio por parte de los representantes de ambos Todos, con objeto de satisfacer sus inconfesables intereses partidistas o, más prosaicamente, de conservar sus prebendas y sillones.

domingo, 17 de diciembre de 2017

La Espera

Desde el andén

Estaba esperando. No podía ser de otra forma. Este era su estado natural. A medida que su edad avanzaba se iba afirmando su convicción de que la vida era una espera constante. No tenía clara la diferencia entre esperanza y expectativa, pero de lo que estaba seguro era que tras la espera siempre acechaba el deseo. Por lo tanto, llegó a la conclusión de que siempre había deseado algo. Y mientras esperaba, también le sorprendía el pensar en tiempo pasado. Le parecía una notable contradicción la coexistencia de estos recuerdos con el deseo, que no es otra cosa que una esperanza de futuro. Y entre ambos tiempos, la espera actual, fuese lo larga que fuese, representaba el fugaz presente. Plenamente consciente de ello, intentó amenizarla con una visita al archivo. Se vio esperando el tren de juguete pedido a los Reyes Magos, la bronca de su padre por llegar tarde, el nacimiento de sus hijos y la interminable sucesión de deseos no cumplidos que le habían llevado a su estado actual, que no era otro que la espera definitiva, la inevitable. Desde el andén, sintió su llegada. Porque siempre avisa. Y dio las gracias. Porque por una vez tuvo la seguridad de ver cumplido su deseo.

Sí, esperando,
sí, siempre esperando,
pues en su vida
él siempre ha esperado,
si toda esperanza
es expectativa,
siempre esperando
y deseando,
tiempo pasado,
tiempo futuro,
la espera actual
no es diferente,
entre ambos tiempos,
fugaz presente.

Y esperando,
él va recordando,
su larga vida,
sus deseos frustrados,
el tiempo pasado,
su actual estado,
su última espera,
su último llanto,
desde este andén,
bajo el asfalto,
ya está llegando,
que gran descanso,
se va a cumplir
lo deseado.

Cajas con agujerito


Pedir lo imposible
solo es comprensible
cuando sabes que lo es.

Pues si no lo sabes
puede ser posible,
imposible ya no es.

Y si no es posible
pero tu lo haces creer…

Tu fin es perverso,
le pasas el muerto
a quien no lo puede hacer.

Como no lo puede hacer,
lo que tu sabes muy bien,
cargas contra él,
la gente también,
cerebros lavados en seco.

Solo hace falta un papel,
cajas con agujerito,
la pregunta express,
promesas y miel,
agravios, falacias y mitos.

Y si la pregunta es
¿puedo matar mi vecino?
mira TV3,
le huelen los pies,
si gano, las urnas lo han dicho.

Las urnas lo han dicho,
mato a mi vecino,
democracia es lo que es…

y si no le gusta
agua, ajo y vino,
democracia es lo que es.

Y si al intentarlo
va y te encarcela un juez,

no existe delito,
hubo un plebiscito ,
democracia es lo que es...

la coartada del sin ley...

Que importa el vecino…
democracia es lo que es…

Las urnas lo han dicho…
la coartada del sin ley…

Las urnas lo han dicho.