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martes, 31 de julio de 2012

La Felicidad y sus estados

La Felicidad ¿es una excepción?
Independientemente de lo que el interesado entienda por ella (de hecho, es al único que le interesa), la felicidad es un estado. Somos felices o no lo somos. La felicidad, a diferencia de la satisfacción, no admite grados (se puede estar muy satisfecho o poco satisfecho). Pero no es un estado binario. Es un estado trinario. Cuando no somos felices, no significa que seamos infelices. Existe un estado intermedio, que podemos llamar estado de indiferencia. Se trata del estado en el que, estadísticamente hablando, se encuentra la mayoría de los individuos durante la mayor parte de su vida. Se le podría llamar también, estado "normal".

Creo también que la felicidad, al igual que la infelicidad, no es un estado permanente (con la excepción de la felicidad "mística", la cual, al decir de los que la disfrutan, puede llegar a serlo).

Por lo tanto, uno es feliz hasta que deja de serlo. Y entonces cambia de estado a indiferencia (normalidad) o infelicidad.

Del mismo modo, la infelicidad permanente también es bastante improbable. En uno u otro momento, por una u otra circunstancia, uno deja de ser infeliz. Aunque sea por poco tiempo.

Entonces, podríamos definir la vida como una sucesión aleatoria de los tres estados. Y la clave reside en disfrutar plenamente los momentos de felicidad y aceptar con racionalidad (no me gusta el término “resignación”) los de infelicidad.

“La felicidad no existe en la vida. Sólo existen momentos felices” (Jacinto Benavente)

“Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace” (Jean Paul Sartre)

“Nunca serás feliz si sigues buscando el origen de la felicidad. Nunca vivirás si le buscas el sentido a la vida.” (Albert Camus)
y no podía faltar...
“La felicidad del hombre tiene por nombre ‘yo quiero’” (Friedrich Nietzsche)

miércoles, 25 de julio de 2012

Egoísmo, Yoísmo y Creatividad

Un yoísta en acción
Empezaremos diciendo que el término "yoísmo" no está reconocido por la Real Academia, a pesar de lo cual su utilización es bastante frecuente, lo que no descarta su futura homologación, ya que el significado aplicado por "la calle", difiere notablemente del etimológicamente muy próximo "egoísmo". Por lo tanto, aventuraremos una definición propia: "una preocupación desmesurada y enfermiza por exaltar públicamente el yo (ego)". Pienso que, aunque difícil, yoísmo y egoísmo pueden darse por separado. El yoísmo se manifiesta por la necesidad de que los demás perciban nuestra condición superior, mientras que el egoísmo implica pensar en nosotros mismos antes que en el prójimo. Por lo tanto, el egoísmo puede darse aunque nos sintamos inferiores, lo cual es, en mi opinión, absolutamente incompatible con el yoísmo. Es esta convicción de nuestra superioridad la que induce, en los aquejados de yoísmo, a su compulsiva exteriorización. Por lo tanto, repito: "Yoísmo no es egoísmo".

También conviene fijar las coordenadas espacio-temporales en las que se genera esta entrada: Tras dos semanas de convalecencia de una intervención de cataratas, leo (con zoom en el iPad) una entrevista a Moisés Fernández Via, joven compositor y multi-instrumentista, una persona que tiene todos los números para sentirse autorealizado, con un subidón de autoestima y una cierta justificación para ser candidato a egocéntrico. En esta entrevista suelta una frase que me impacta: "El proceso creativo me saca del yoísmo". Como se puede apreciar, el término "inexistente" en su propia boca.
Paralelamente, en uno de los foros de filosofía donde participo (ahora muy poco) se mantiene un cierto debate sobre el egocentrismo con acusaciones cruzadas y descalificaciones constantes, nada filosóficas, por cierto. Esta conveniente y oportuna combinación es la que me ha llevado a las reflexiones publicadas en esta entrada del blog, con el propósito de que sirvan para recapacitar sobre el tema. A mí, me ha servido.

Hecha esta aclaración, empecemos con mis reflexiones:

La creatividad es el mejor antídoto contra el yoísmo. Y la monotonía, en cambio, lo alimenta. El afán de éxito, satisfacción y excelencia personal es perfectamente digno, pero debe mantenerse en el plano personal (en el de la autorealización o autoestima, cúspide de la pirámide de Maslow). La repetición voluntaria y consciente del mismo discurso, con la pretensión de ilustrar al entorno de la verdad (de nuestra verdad) únicamente tiene sentido como una necesidad de afirmación del yo, evidenciando, paradójicamente, una notable inseguridad en sí mismo.

Sensu contrario, la constante búsqueda de respuestas alternativas, lo que implica la aceptación de planteamientos y pensamientos ajenos (el cambio, la creatividad, en suma), es la mejor vacuna contra los ataques de yoísmo.

El convencimiento de haber alcanzado la excelencia personal es perfectamente lícito, pero no es preciso publicitarlo, ya que hacerlo puede resultar contraproducente.

No estamos hablando de llevar un cartel pegado en el pecho, pero debemos ser conscientes de que a través de la actitud, de la rotundidad de las sentencias, de la tasada combinación de onomatopeyas, frases cortas y exposiciones eruditas, de la ausencia de respuesta y consideración de las posiciones del interlocutor y, en suma, de dar la impresión de ostentar la verdad absoluta, se es mas explícito que disfrazándose de hombre-anuncio.

Esta actitud es apropiada (incluso adecuada) en clases magistrales, conferencias o turnos de preguntas, pero absolutamente inapropiada en mesas redondas, tertulias o debates, ya que, en este caso, el entorno tiene voz y, como humano que es, corazoncito, por lo que necesita percibir atención y consideración a sus propios planteamientos. Esto es lo que diferencia un diálogo de un monólogo.

Pero para ello, se necesita una mentalidad abierta y creativa, dispuesta a considerar alternativas a los planteamientos propios, los cuales, no lo olvidemos, pueden no ser los más acertados (observemos que no he dicho "erróneos"). Cada uno tiene "su verdad", y si le sirve, buena es. Pero lo que no es de recibo es querer imponerla a los demás. Y si este no es el propósito, ignorar los plantamientos ajenos y desautorizarlos con "nuestra verdad" no consigue otro resultado que irritar al contrario y, como efecto colateral, afirmar el yo, en una clara demostración de egocentrismo.

Cualquiera que haya hablado en público con frecuencia habrá experimentado la importancia de la actitud, incluso postural, para conseguir una razonable empatía entre el parlante y el auditorio. Esta necesidad se ve acrecentada en diálogos virtuales, donde no tienes realimentación visual y cuentan hasta los segundos, minutos, horas o días que tardan las respuestas, tardanza que puede interpretarse de variadas formas, incluyendo el propósito de "ningunear" al oponente. Por esto resulta importantísimo "ponerse en la piel" de tu interlocutor, al cual, en este momento, debes verlo como tu cliente, y, por lo tanto, tu obligación es mantenerlo satisfecho. Lo que implica pensar en él. Todo lo contrario al yoísmo. Y la mejor manera es atender sus reflexiones y aceptar que pueden ser acertadas. Y si estamos convencidos que no lo son (puede ser que argumente que 2 + 2 son 5) hacérselo ver educadamente, sin prepotencia ni frases lapidarias. Poniéndonos a su altura intelectual (en el caso de suponer que es inferior, aunque, frecuentemente, el yoísta se olvida de que su interlocutor puede ser superior).

A esto le llamo yo tener mentalidad abierta y creativa. Por muy fuertes que sean tus convicciones, siempre puedes modificarlas con aportaciones propias y de tu entorno. ¿Alguien es capaz de afirmar que sus convicciones más íntimas no se han modificado desde la pubertad? ¿incluso en el úitimo año? Nadie en su sano juicio. El Yo es personal e intransferible. No hace falta publicitarlo. Nuestros actos y nuestras omisiones lo evidenciarán mejor que la exposición explícita de nuestra "musculatura íntima". Percibirán nuestra excelencia de forma voluntaria y no impuesta. Mucho mejor. Pensemos en ello.

"El proceso creativo me saca del yoísmo" (Moisés Fernández Via. Compositor).

"No te vendas, deja que te compren. Aunque resulte paradójico, aumentará tu autoestima" (Germán Gallego)

"Cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta" (Pío Baroja).

"Un egoísta es aquel que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estás muriendo de ganas de hablarle de ti" (Jean Cocteau).

domingo, 1 de julio de 2012

Decidir es lo que importa

Muy bien. Hemos hablado de nuestra función en la vida, de los compromisos adquiridos, de satisfacer nuestras necesidades y las de nuestro entorno, de el “qué hacer” y el “cómo hacer” y de pensar antes de actuar. Pero nos hemos olvidado de que en el centro de todas nuestras actividades, las que dan sentido a nuestra existencia, se encuentra siempre el proceso de "toma de decisiones".

Entre pensar y actuar, siempre media una decisión, la cual puede significar, incluso, no actuar. Por lo tanto, en la decisión está la clave. Y, si queremos ser verdaderamente precisos, antes de pensar, percibimos. Entonces, el proceso que nos conduce a realizar algo, a actuar, a interaccionar con nuestro entorno podría expresarse así:

Percepción -> Pensamiento -> Decisión -> Acción

Analicemos brevemente este proceso:

Desde el punto de vista de la filosofía, la percepción es un concepto que admite múltiples interpretaciones. En un sentido general se entiende como la “adquisición” o “aprehensión” de algo que represente una realidad o situación objetiva (en el sentido de existente). Esto la diferencia claramente del concepto de “sensación” o de “intuición”. Es decir: “percibir” no es “sentir”. La percepción no es un sentimiento. Es la representación que nos llega de una realidad externa a nosotros. Nos quedamos con esta interpretación generalista que puede considerarse denominador común de las innumerables variantes a que se ha visto sometido el concepto por los distintos pensadores y escuelas filosóficas a lo largo de la historia.

Desde el punto de vista físico, la percepción empieza con la activación de alguno de nuestros sensores, por lo que la denominaremos percepción sensorial y la limitaremos a los cinco sentidos clásicos (1).

Estos sensores transforman la realidad objetiva (lo que verdaderamente "está ahí fuera") en imágenes, sonidos, sabores y olores tras el proceso de los fotones, vibración de moléculas del aire o reacciones químicas que los impactan, formando nuestra realidad subjetiva "recreada" por nuestro cerebro. Todos estos estímulos pueden determinar realidades distintas en distintas personas en función del estado de sus sensores (falla la adquisición) o del estado de su cerebro (falla el procesamiento de las señales de los sensores). Esta es la explicación del porqué, la realidad, para la persona, siempre es subjetiva. ¿Qué podemos hacer para minimizar la subjetividad inherente a toda percepción?: Mantener los sensores en estado de revista y en un estado de atención permanente (no obsesiva, pero activa). Esto es lo que está en nuestra mano.

Y es a partir de nuestra realidad, con su mayor o menor carga de subjetividad, y con su mayor o menor ajuste a la realidad objetiva, cuando empezamos a pensar. El pensamiento es la reacción del cerebro a una situación de realidad percibida (una agresión, el fallecimiento de un familiar, la crisis económica, etc.) y se trata fundamentalmente, de una evaluación de Fortalezas o Debilidades (impacto interno) y Oportunidades o Amenazas (impacto externo) (2).

Decidir "adecuadamente" es lo importante
Las conclusiones del pensamiento, que implican siempre una valoración, son las que nos llevan a la decisión de actuar o no. Por lo tanto, decidir es lo importante. Es lo que determinará las consecuencias de nuestra acción o inacción. Es por esto que “toda decisión debe basarse en hechos”. Subjetivos, como nuestra percepción, pero, a fin de cuentas, para nosotros, hechos. Debe basarse en nuestra realidad. No en nuestra intuición o en nuestro “olfato” para los negocios. Tampoco en nuestros sentimientos. Debe basarse en hechos.

Y una última puntualización. Decidir no es simplemente optar entre actuar o no actuar. Es la parte del proceso mental donde se decide “Qué hacer” y “Cómo hacer”. Por lo tanto, esto refuerza su importancia. Debemos decidir adecuadamente. No a tontas y a locas. Y si, reflexivamente, decidimos no actuar, bien está. Las consecuencias de una decisión equivocada o inadecuada, pueden ser irreparables. Por lo menos, no añadamos a esto, la mala conciencia de hacer actuado irreflexivamente.

Tomar las decisiones adecuadas debe ser un principio básico de nuestra ética personal, con impacto favorable en cualquier ámbito de nuestra vida.

“En cualquier momento de decisión lo mejor es hacer lo correcto, luego lo incorrecto, y lo peor es no hacer nada” (Theodore Roosevelt).

”Cuando tiene que decidir el corazón es mejor que decida la cabeza” (Jardiel Poncela)

"Ya lo decía un viejo proverbio chino: donde el gladiador ha de tomar decisiones es en la arena" (Séneca).

“Un hombre tiene que escoger. En esto reside su fuerza: en el poder de sus decisiones” (Paulo Coelho).


1 – Fueron definidos por Aristóteles. Al haber descartado la “intuición”, prescindimos de hipotéticos “sextos” sentidos o de otros tales como el sentido del equilibrio o el dolor, la fiabilidad de los cuales está íntimamente relacionada con la funcionalidad de los cinco clásicos.
2 – Método DAFO de análisis de situaciones, extrapolable al ámbito personal sustituyendo "empresa" y "mercado" por los términos equivalentes de "nuestra vida" y "nuestro entorno"

sábado, 23 de junio de 2012

Yo, mi propio líder

No descubriré nada si dejo aquí constancia del desprestigio en que se encuentra el término líder. Y no sólo el término, sino el concepto que subyace en el mismo. Mi opinión al respecto ya ha quedado fundamentada en la entrada “Líder o Caudillo” del blog Empresarial, por lo que no me voy a repetir. Todo lo que allí se dice es perfectamente extrapolable al ámbito que nos ocupa. También dejamos establecido que “la Vida es una Empresa”. Por lo tanto, veamos cómo podemos aplicar el liderazgo a la Empresa que es nuestra Vida,

Una vez establecida y aceptada (1) nuestra función en la vida, patentizada en los compromisos externos (qué hacer) e internos (cómo hacer), nos encontramos ante toda una colección de actividades ordinarias y extraordinarias que deben ejecutarse para dar satisfacción a nuestro entorno y, cómo no, a nuestra persona.

En mi opinión, nuestra existencia queda evidenciada por los efectos causados por nuestras acciones. Por lo tanto, “quien no hace nada, no existe”. De hecho, para hablar con propiedad (en filosofía, los términos todo o nada, así como las afirmaciones o negaciones absolutas no se sostienen) deberíamos matizar: “en el improbable supuesto de que existiese alguien que no ejecutase ninguna acción, nadie se apercibiría de su existencia”(2).

Dada la obviedad de nuestra existencia (en mi caso, como mínimo manifestada por la escritura de esta entrada, la cual espero que lea alguien) resulta indudable que estamos constantemente ejecutando actividades, cuyos efectos sobre nuestro entorno y sobre nuestra persona son los que dan sentido al Yo.

No voy a entrar en las profundas disquisiciones a que nos llevaría analizar en profundidad el significado del concepto, fundamentalmente por mi ignorancia en el tema, en absoluto paliada por el conocimiento superficial de las distintas corrientes de pensamiento que le han dedicado atención en la historia de la filosofía. Pero voy a exponer mi particular punto de vista que, con toda seguridad, será juzgado de simplificación extrema.

Yo, mi líder, cómodo
Entiendo el Yo como algo empírico, como el resultado de todas nuestras sensaciones y percepciones. Es lo que nos da conciencia de nuestra propia existencia y lo que nos convierte en el Sujeto de todos nuestros actos. Cuando decimos “Pienso, luego existo”, o mi variante “Actúo, luego existo” quien piensa y actúa soy Yo. No es egoísmo. Es realismo. En estos supuestos, soy El Sujeto. Y actuando en su nombre (que es el mío) es cuando interacciono con mi entorno. Por lo tanto, Yo soy lo más importante.

Pienso también que el equilibrio, la Excelencia del Yo reside en la adecuación del bucle recursivo Yo -> Actos -> Efectos -> Percepción -> Yo a los compromisos internos y externos adquiridos conscientemente y que definen nuestra función en la vida. En este ciclo recursivo permanente, resulta lógico que la percepción de los efectos de actos inadecuados (3) puede afectar, incluso desestabilizar, al Yo más pintado.

Ni que decir tiene, que una gestión adecuada (incluso defensiva) del Yo incluye la adaptación permanente de nuestros compromisos a la realidad de nuestro entorno. Esto no debe ser tomado como un planteamiento cómodo o posibilista. Es un planteamiento realista, situado en los antípodas de dogmatismos y fundamentalismos. Adaptación al medio y las antenas (nuestros sentidos) siempre atentas a los cambios que, inevitablemente, se producen. A título de ejemplo: de nada sirve seguir llevando a nuestro hijo a la escuela de tenis (se supone que en su día, le proporcionaba satisfacción) si ya no le satisface y no nos hemos dado cuenta de ello. Peor todavía es insistir en ello a sabiendas, con la peregrina justificación de que el pobre todavía no sabe lo que le conviene. Con el paso del tiempo nuestro Yo (y el de nuestro hijo) se verá afectado por sentimientos tales como la incomprensión, el desagradecimiento y muchos más. Ejemplos de este fundamentalismo o autismo los podemos ver constantemente en cualquier ámbito (personal, empresarial o político).

Quiero hacer también una reflexión sobre el desprestigio del Yo en determinados foros o ámbitos. Se argumenta que la conciencia del Yo es egoísta e insolidaria. Incluso se le atribuye el origen de todos los males que asolan a la humanidad. A esto únicamente argumentaré que no es el mismo Yo el de Hitler que el de Gandhi. Leamos atentamente la frase al pie y creo que sobran más palabras. Un ejemplo de Yo y de líder. De la humanidad, pero empezado por sí mismo. ¿Era Gandhi un egoísta?

Por lo tanto, el Yo debe ser gestionado adecuadamente. Sin olvidar que el término gestión incluye mejora. ¿Por quién? Por nosotros mismos. Yo debo ser mi propio líder. Controlar mis actos, procurar que respondan a mis compromisos (que deberían ser coherentes con mis convicciones). En resumen: mantener el Yo estable; asegurar la propia identidad.

"He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona, y esa persona soy yo mismo, y sé cuán difícil es conseguirlo" (Mahatma Gandhi)

1 – Este punto es de importancia capital. Implica el reconocimiento de nuestras capacidades y limitaciones con el objeto de descartar estados crónicos de frustración e insatisfacción.
2 – A pesar de todo, prefiero la primera afirmación. No hay forma de evitar la aparición de términos como “nadie” o “ninguna”. A pesar de la incongruencia lógica que representa la doble negación: “no hacer nada” es hacer algo. Deberíamos decir “hacer nada”. A pesar de ello, mantenemos la construcción gramatical al uso.
3 – Nos referimos a la adecuación a los compromisos vigentes en cada momento.

martes, 12 de junio de 2012

Pensar antes de actuar

De hecho, esta entrada debía titularse “Yo, mi propio líder” y debo reconocer que no me resultó fácil elegir el título, Ya he explicado que, a diferencia de muchos, yo empiezo por el título. Esto me ha valido muchas descalificaciones, entre las que destaco la más frecuente como la más alejada de la realidad: “Esto es empezar la casa por el tejado”. En mi opinión, esperar a terminar un escrito para decidir el título no tiene ningún mérito. Esta actitud es muy cómoda y puede (digo puede) indicar que se piensa con la pluma (o con el teclado del PC). Cito aquí una frase de Schopenhauer con la que, excepción notable, estoy de acuerdo: “Pensar con la pluma en la mano es una gran facilidad para el escritor, pero una gran dificultad para el lector”.

En mi caso, es muy difícil que empiece a escribir sin tener absolutamente claro el esquema, fondo o idea (como lo queramos llamar) del tema a desarrollar. Esto es lo que representa para mí la comodidad máxima. Nada peor para un escritor (por lo menos, para mí) que estar sentado y estático ante un papel (o un “doc”) en blanco. La pesadilla de un escritor (esto sí que lo reconocen todos).

Si al título le llamamos “el envase”, esta forma de trabajar diluye el tradicional sentido peyorativo que la atribuimos a la fachada y a la tópica (por frecuente) preocupación por la Forma (el título) frente al Fondo (las ideas, el contenido). Para mí, en este caso (1), tienen la misma importancia.

Evidentemente, no pretendo extender esta conclusión a todos los escritores que ponen el título tras terminar la obra. Si el título llega tras un consciente análisis de tu propia obra y llegas a la conclusión sincera que expresa lo mejor de ella, título y contenido se confunden en un todo. El título es la obra. Pero, esto no es demasiado frecuente. Pienso, por ejemplo, en los escritores que permiten poner el título al editor o a la sangrante y ofensiva traducción de títulos cinematográficos.

En cambio, el ejercicio de abstracción que representa “pensar” el título, es absolutamente necesario para saber lo que has de escribir. Es lo que en gestión de la Calidad, referido al diseño y desarrollo de nuevos productos, se llama definir “los elementos de entrada”, lo que, en resumen, viene a decir “no empieces a diseñar nada si no sabes lo que quieres diseñar”. Una obviedad, pero el mundo se ha llenado de malos productos (y de malas obras) por no respetar este sencillo y obvio principio.

Y llegado a este punto, con el esquema ya maduro en mi mente, decidí darle vida propia a la extensa introducción y cambiarle el título, dejando el tema original para la próxima publicación. Me pareció muy apropiado hacer un alto en el camino e introducir una reflexión clave en todos los ámbitos, pero, especialmente, en el ámbito personal (2).

Pensar es la clave
“Pensar antes de actuar”. Ignoro la paternidad, que no me atribuyo, pero la realidad es que esta frase (3) la he utilizado hasta la saciedad en mi experiencia profesional, tanto en el ámbito empresarial como en el docente. Llegué a esta frase, tras la compleja descripción que habitualmente se da del concepto “planificación”. Los alumnos se pierden entre terminología especializada (fase, actividad, camino crítico, gráfico de Gantt, gráfico Pert, etc.) que, sin enfatizar lo verdaderamente importante, les aleja de comprender la importancia de lo que se trata. Es decir, de “planificar” correctamente. Y esto, que nos lo enseñan en Gestión Empresarial, es absolutamente extrapolable al ámbito personal. En mi opinión, debería incorporarse a nuestra Ética.

Filosóficamente, incluye dos conceptos de gran carga: El pensamiento y el acto. Y los pone en secuencia. Es decir, se trata de un proceso (4) de dos actividades (su mínima expresión) pero de gran densidad. Un gran “destilado”.

No me voy a meter en berenjenales relacionados con el pensamiento. Maestros tiene la Iglesia (5). Pero si me permitiré, para terminar, algunas reflexiones sobre el acto.

“Acto” es un concepto aristotélico que nació contrapuesto al de “Potencia” en un intento, acertado a mi entender, de explicar el movimiento o el cambio. También veo en esto el embrión del principio de causalidad. Y dado que ya nos vamos alargando, resumiré, aún aceptando ser tildado de superficial.

La Potencia precede al Acto. Todo acto ejecutado, tenía, antes de ejecutarse, la condición de potencia (6). Tenía una potencialidad no manifestada en la realidad perceptible. Es decir, era una intención (un pensamiento), todavía no manifestada, cuya existencia, en sí misma, no era garantía de que el acto se ejecutara. Un ejemplo puede ser una central hidráulica. La energía almacenada en el pantano se llama “potencial” y no se convertirá en “cinética” (en este caso, “eléctrica”) hasta que la corriente de agua (ayudada por la gravedad) mueva los generadores y, esto, depende del simple acto de pulsar un interruptor. Causa y efecto.

Por lo tanto, el “pensar” es lo que crea la potencia en nuestra mente. Es un pre-requisito. Sin ella no habría acto. Y lo deseable es que este proceso sea racional y consciente. Dicho en pocas palabras: “hagamos lo que queremos hacer”. Lo que nosotros queremos hacer. Que nos lo dejen hacer o no es otro discurso. Así de fácil.

“Movimiento es el paso de la potencia al acto” (Aristóteles)
“Todo lo que se mueve es movido por otro” (Aristóteles)
“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado, fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos” (Buda).

1 - Evidentemente, esta reflexión no es aplicable a una lata (el continente) y las sardinas (el contenido).
2 – En repetidas ocasiones he manifestado mi convicción de que la Calidad y Excelencia de todo (la Empresa, la Política) es reflejo de la persona.
3 – Creo que es más que una frase.
4 – Aún no sé en que ámbito, pero “Procesos y Sistemas” es un serio candidato a una publicación.
5 – Licencia literaria. Pido perdón a ateos y agnósticos. Soy un simple mortal que también cae en el tópico.
6 – Abandono desde aquí la mayestática mayúscula. Bajamos al terreno del día-a-día.

lunes, 4 de junio de 2012

¿Tenemos clientes?

Una de las frases más tópicas en la Excelencia empresarial es “hacer las cosas bien a la primera”. Cuando la escuché por primera vez, probablemente en los años 70, no le dí más sentido que el literal, aunque ya entonces me pareció una expresión basada en el sentido común (1). Más o menos por la misma época, tomé contacto con el concepto “cero defectos”, el cual, obviamente, es consecuencia de la tópica frase anterior. Ya por entonces (todavía no habían despertado mis inquietudes filosóficas), empecé a considerar el “cero defectos” como un desiderátum: algo inalcanzable. Esto no significaba una descalificación, sino más bien un realismo que, ya entonces, empezó a chocar con los gurús de la Excelencia, los cuales defendían el concepto con un “trascendentalidad” digna del mejor filosófo. De hecho, creían en él y le atribuían, como al bálsamo de Fierabrás, todas las virtudes. A pesar de ello, siempre he procurado mantenerme lo más próximo a ambos tópicos, pero sin fundamentalismos: no siempre se puede “hacer las cosas bien a la primera” ni es posible conseguir los famosos “cero defectos”.

Viene todo esto a cuento porque ahora, con la perspectiva de la experiencia, creo que, como tantos otros, estos tópicos no lo son tanto y son perfectamente extrapolables a nuestra vida personal. Reflexionemos juntos:

En la entrada del blog empresarial “Valor versus Coste” proponemos la frase “quien no hace nada, no existe”(2), frase que aquí, en el ámbito personal, retomamos por su aplicación directa y natural. Por lo tanto, dado que existimos, hacemos cosas. Pero… ¿qué cosas hacemos?, ¿todas las cosas que hacemos son importantes? ¿todas deben ser hechas bien a la primera?

También hemos dicho que la percepción que tienen “los otros” de nosotros la tienen a través del efecto de nuestros actos, nuestras funciones, las cuales son, ni más ni menos, su causa, las cosas que hacemos.

También sabemos “Que hacer, Cómo hacer”, por lo tanto, creo llegado el momento de ponerle cara y ojos a “los otros”. Es decir, a los que disfrutarán de nuestros tópicos “hacer las cosas bien a la primera”, con “cero defectos”.

En línea con la definición “oficial”(3), llamamos cliente a la “persona que recibe un producto”. Por lo tanto, nuestros clientes son las personas u organizaciones que forman nuestro "entorno próximo y lejano", los que son objeto de nuestros compromisos, adquiridos racional y voluntariamente. El producto que les proporcionamos son nuestros actos. Éstos son nuestros clientes. Los de nuestra Empresa, Los de nuestra Vida. Procuremos entonces hacer las cosas bien y sin defectos.

Pero no debemos creer que con esto ya esté todo hecho. Falta lo más importante: preocuparnos de que los efectos de nuestros actos sean los esperados, tanto por nosotros como por nuestros clientes. Esto implica extremar la atención sobre estos efectos. Si no conocemos estos efectos, no podremos tomar acciones para corregir los “defectos” que, a pesar de ser ejecutados con la mejor de las intenciones, acompañan a todo acto humano.

Esta preocupación y el compromiso de corregir errores son característicos de la Calidad y la Excelencia y, ambos, deben ser incorporados a nuestra Ética personal. Nuestros clientes son lo más importante. Podría decirse que son todo lo que tenemos. Cuidémoslos.

“Los clientes no esperan que seas perfecto. Lo que esperan es que arregles las cosas cuando se complican” (Donald Porter)

(1) No lo puedo evitar: el menos común de los sentidos (aunque esto no sea un tópico, sino una verdad como un templo).
(2) Basada en “Pienso luego existo”. Pensar ya es hacer algo.
(3) ISO 9000: 2005, 3.3.5

jueves, 24 de mayo de 2012

Vida o Empresa

No vamos a ocultar que el embrión de este blog es la Calidad y la Excelencia Empresarial. La explicación es sencilla: en este ámbito es donde se han desarrollado con más profundidad ambos conceptos. Sin pretender sentar cátedra ni establecer conclusiones universales, creo que esta afirmación es, fundamentalmente, cierta.

Si a esto, le añadimos que, aproximadamente, un tercio del tiempo de nuestros años de vida laboral lo hemos dedicado a trabajar, podemos concluir que ambos conceptos no nos deberían resultar extraños y que, si lo son (o nos lo parecen) es que “algo” ha fallado en nuestra relación con el trabajo (1).

Ciertamente, el hecho de que mi vida profesional se haya desarrollado, en su mayor parte, como trabajador por cuenta ajena, en Empresas cuya actividad y cultura empresarial no eran ajenas a ambos conceptos (2), introduce un sesgo personal que podría distorsionar mi perspectiva. Pero no lo creo.

Creo firmemente que los principios de Calidad y Excelencia son perfectamente aplicables en su integridad a Empresas de todo tamaño y condición. Aquí incluyo, en relación no exhaustiva, a grandes multinacionales, PYMES, autónomos, comercio minorista, despachos profesionales, médicos, etc. En suma, al trabajo, por cuenta ajena o propia, desarrollado por cualquiera de nosotros.

Por lo tanto, de manera consciente o inconsciente, estos principios no nos deberían ser extraños. No se trata de ser un experto. Estamos hablando de reconocer los conceptos y tener formada opinión (indiferente, buena o mala) de los mismos. Si no es así, si nos suena a chino, decíamos que “algo” ha fallado.

Pero lo único que podemos saber de ese “algo” es que no hemos sido nosotros. No es nuestra culpa. Lo que ha sucedido es que, en nuestro periplo por la vida laboral, no hemos entrado en contacto con estos conceptos por causas diversas. Y éste es el problema: la escasa o nula “visibilidad” de la Calidad y la Excelencia.

Pues bien, nos resulten o no extraños, si aceptamos que son aplicables a Empresas de todo tipo (incluida un empresa personal, p.e. un taxista) y que su adecuada aplicación no reporta más que beneficios, mi postura es que nada impide su extrapolación al ámbito personal, conformando el soporte de una Ética que, en cierto modo, normalice (3) nuestra vida.

Hasta aquí, le hemos aplicado a la Empresa la definición “ortodoxa”:

“Unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de  prestación de servicios con fines lucrativos (4)” (RAE - 2)

Evidentemente, esta Empresa, a pesar de tomarla como ejemplo, no es en absoluto sinónimo de nuestra vida. Es más, resulta absolutamente letal llevártela a casa. Por lo tanto, esta Empresa no es nuestra vida. Es algo necesario, pero no lo es TODO. Este es el primer pre-requisito para nuestra Ética personal.

Por lo tanto, busquemos una acepción más próxima a nuestro entorno personal:

“Acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo” (RAE - 1)

Esta definición resulta más acorde con nuestra vida. Supongo que nadie negará que la vida entraña dificultad y requiere decisión y esfuerzo. Entonces, utilizando esta acepción, a riesgo de ser tildada de frase fácil, superficial y oportunista, podemos asegurar que “la Vida es una Empresa”. La única, la más importante.

Y a esta Empresa le vamos a aplicar Calidad y Excelencia. Vida o Empresa, ahora son lo mismo. Pero falta el segundo prerrequisito: deberemos trabajar 24 horas al día. Compromiso y auto-exigencia.

“No basta trabajar, es preciso agotarse todos los días en el trabajo” (Auguste Rodin)

NOTAS:
(1) Y, por extensión, con la sociedad.
(2) Sinceramente, más Calidad que Excelencia.
(3) En el sentido literal: “normalidad”, no “alienación” o “rebaño”.
(4) En los tiempos actuales de crisis, en muchos casos “de supervivencia”.