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sábado, 21 de febrero de 2015

Indiferencia

(Estar sin Estar II)

indiferencia.
(Del lat. indifferentĭa).
1. f. Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados 

indiferencia.
impasibilidad, insensibilidad, neutralidad, desinterés, apatía, indolencia, desgana, tibieza, desprecio, displicencia, despego, desafecto, desamor, desdén, despegue, frialdad, fastidio.
Diccionario de sinónimos y antónimos © 2005 Espasa-Calpe

Una alegoría de la indiferencia: todo entra, nada sale.
No se me ha ocurrido mejor manera de empezar que dejando claro, incluso para mí, de qué va la cosa. ¿Porqué? Porque resulta que mi último artículo me dejó bastante insatisfecho. No tanto por su planteamiento —que también— como por el aroma de prepotencia y absolutismo que pudiera desprenderse de algunos de los resaltados (por ejemplo, la imagen “Aquí estoy” y la maximalista declaración final “estar siempre”. Nada más alejado de la realidad. Y tras repetidas lecturas, llegué a la conclusión de que lo más importante se había quedado en el tintero, perdido entre los intrincados circuitos neuronales, incapaces —en mi caso, con más frecuencia de la deseada—  de presentar con claridad el resultado concreto de un proceso mental. Y resulta que este resultado se resumía en una sola palabra: indiferencia, palabra que, estando todo el tiempo flotando en mi mente, no apareció ni una sola vez en el texto.

Por lo tanto, vamos a intentar subsanar este importante fallo, sin abjurar en ningún caso de nada de lo escrito en “Estar sin Estar”, que puede considerarse como un aperitivo un tanto presuntuoso al meollo de la cuestión, que no es otro que la indiferencia, tratada desde los dos puntos de vista, el del proveedor y el del cliente. Es decir, la indiferencia entregada y la indiferencia recibida.  

Y establecido (o identificado) el objeto del artículo, la primera acción ha consistido en asegurar con un grado suficientemente razonable que la palabra resume, condensa o, como mínimo, está relacionada con el Estar o, más propiamente, con el No Estar. Por ello, hemos empezado con la formalidad lingüística, certificando esta relación tanto en su acepción única como en la práctica totalidad de los sinónimos.

Nos referimos pues a un «estado de ánimo» binario (de hecho, una puerta NOR) en el que no se experimenta «inclinación»(1) o «repugnancia»(2) alguna hacia una «persona, objeto o negocio» determinado. Esto significa que si sentimos «algo», por minúsculo que sea, de «inclinación» o «repugnancia» por algo o alguien ya no se puede hablar de indiferencia.

Una vez aclarado lo que estamos hablando, es absolutamente imprescindible establecer el nexo con el Estar sin Estar, que no es otro que el hacerlo (o dejarlo de hacer) bajo demanda. Es decir, cuando te han pedido Estar o, lo que es lo mismo, cuando te han pedido explícitamente No Ser Indiferente (por ejemplo, opinar). En estos casos, cuando alguien espera de ti lo contrario, No Estar o, lo que es lo mismo, mostrar indiferencia, es, para mi ética, tanto en el papel de proveedor como en el de cliente, absolutamente inaceptable.

Si soy el proveedor (es decir, si me han pedido Estar), mi respuesta nunca es la indiferencia, y si soy el cliente (es decir, si lo he pedido yo) la indiferencia es la última de las respuestas esperadas. No diré que sea una ofensa (dejémoslo en una descortesía, falta de respeto o de educación), pero se le parece mucho.

Resumiendo, para Estar sin Estar, con no mostrar indiferencia es suficiente. Así de simple. Así de económico. Por esto es por lo que aplicar la indiferencia como respuesta a un requerimiento explícito representa un «ni fu ni fa» clamoroso, un mensaje de negación de la esencia y existencia del solicitante, que, al no ser ni estar, obviamente no merece respuesta alguna.

Siempre ha presidido mi trayectoria vital el convencimiento que todos somos a la vez proveedores y clientes, por lo que mantengo que la indiferencia es uno de los peores enemigos tanto de la cadena de suministro presente en todas nuestras actividades (de hecho, la rompe) como de la comunicación entre personas, máxime cuando esta comunicación no es tácitamente esperada, sino explícitamente solicitada.

Destilado final: «La mejor forma (quizá la única) de Estar sin Estar es no mostrar indiferencia».

Notas:
  1. inclinación (RAE): 3. f. Afecto, amor, propensión a algo.
  2. repugnancia (RAE):  2. f. Tedio, aversión a alguien o algo; 4. f. Aversión que se siente o resistencia que se opone a consentir o hacer algo.

viernes, 13 de febrero de 2015

Estar sin Estar

De nuevo frente al reto de escribir un artículo. Algo ha sucedido. De pronto, uno se encuentra tan tranquilo en su devenir rutinario, intentando llenar con actos tangibles, físicos, trazables y con huella (por pequeña que sea) el día-a-día, cuando aparece el irrefrenable impulso de que una de esas acciones sea plasmar por escrito ese algo o, mejor dicho, su causa raíz. Puede ser también que, por el motivo que sea, decaiga la carga estándar de trabajo y uno se vuelva más sensible a las circunstancias desencadenantes, las cuales, nunca faltan. En cualquier caso, de nuevo, aquí estamos.

Empecemos por las cuestiones que ahora mismo nos preocupan y que vamos a intentar resolver:
  1. ¿Se puede estar sin estar?
  2. ¿Se puede ser sin estar?
La verdad es que vistas así, llevadas a negro sobre blanco, hasta a mí me parecen una soberana estupidez, pero vamos a correr el riesgo de extender la estupidez a todo el artículo. Espero fallar en el intento.

De una u otra forma
Quien haya seguido con cierta asiduidad mis escritos conocerá mi convicción, expresada recurrentemente, de que la esencia (el Ser) sólo se demuestra (o se evidencia) por los efectos de nuestros actos (1). Quien no hace nada, o, mejor expresado, quien no proyecta en su entorno ningún efecto de sus actos (aunque haga algo, por ejemplo, pensar), para ese entorno, sencillamente, no está. Y si no está, en ese momento, no existe. Y si no está nunca, no existe nunca. Esto implica que no existe esencia sin existencia. O lo que es lo mismo: NO se puede ser sin estar, con lo que, de momento, damos respuesta lógica a la segunda pregunta.

Respecto a la primera pregunta, que parece en si misma un sinsentido, responderé de entrada que , rotundamente . Veamos porqué. Y para ello, recurriremos a un ejemplo práctico y frecuente:

Supongamos que te convocan a algo, sea una reunión física, una respuesta escrita o cualquier tipo de evento en el que se espere implícitamente o se requiera explícitamente, una acción por tu parte. Tal y como hemos justificado anteriormente, sin acción no hay efecto. Y si no hay efecto, sencillamente, para el convocante, no existes. Puedes pensar todo lo que quieras, pero si sólo piensas, no estás. Y si no estás, no existes. Evidentemente, esto se ve considerablemente agravado si el evento consiste en un encuentro físico, porque al no ocupar un lugar en el espacio, tu bulto, tu humanidad, no es perceptible. No estás.

Pero puedes estar sin estar. Sólo es necesario que quieras. Y aquí, sí que querer es poder: con avisar de tu incomparecencia, resuelto. Y si no se trataba de un encuentro físico, es lo mismo. Con un simple acuse de recibo, resuelto.

Esta es la forma de Estar sin Estar. Y como, de esta forma, estás, das muestra de tu existencia. Y esto nos lleva a corregir la respuesta a la segunda pregunta: SÍ se puede ser sin estar. Porque sin estar, estás.

Extrapolando estas reflexiones a la política (que no es otra cosa que la ética colectiva), es muy parecido al voto en blanco. Si te abstienes, no estás, luego no existes. Si votas en blanco, estás sin estar, luego existes. Y aún mejor, si votas a un partido como Escaños en Blanco, que promete dejar los escaños vacíos, la evidencia ya es abrumadora: Sin estar sentado, estás.

Para terminar: mi ética me lleva, de una u otra forma, a estar siempre. Si no puedo asistir, aviso. Y, si el compromiso es por escrito, doy siempre acuse de recibo. Porque me gusta existir. Porque así me siento vivo. Porque me gusta que los demás se aperciban de ello. Porque cumpliendo con este compromiso personal, la eficacia, o, lo que es lo mismo, la calidad, aumenta. Y porque, como el coste es muy bajo, contribuye a aumentar notablemente la eficiencia, es decir, la excelencia.

Notas:

1 - http://www.microfilosofia.com/2012/12/actuo-luego-existo.html

domingo, 21 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre La Confianza

«La confianza ni se compra ni se vende: se regala. Pero hay que merecerla». 

Además, resulta más fácil de perder que de ganar.
Estos últimos días he tenido oportunidad de experimentar en carne propia el grado de veracidad de la frase de cabecera, frase que pertenece a la categoría de «frases casi propias», debido a que, en tanto no se me corrija, asumo su paternidad con todas las reservas, reconociendo que todo está escrito y que, con toda probabilidad, en algún momento, esta idea, expresada de una u otra forma, habrá quedado alojada en alguna recóndita y polvorienta colección de mis neuronas.

No corresponde publicar aquí y ahora las circunstancias vitales que me han proporcionado tema, pero sí que resulta oportuno aprovechar la inesperada inspiración para desarrollar y justificar la idea que subyace en tan corta y lapidaria frase, idea que, por descontado, suscribo absolutamente.

Empecemos aceptando que la confianza, tal y como la entiendo, y con más frecuencia de la deseada, está mercantilizada. Quizá debido a un error de concepto, de conocimiento o de interpretación de su significado, dadas sus numerosas acepciones. Por lo tanto, empezaremos por aquí:

confianza.
(de confiar).
1. f. Esperanza firme que se tiene de alguien o algo.
2. f. Seguridad que alguien tiene en sí mismo.
3. f. Presunción y vana opinión de sí mismo.
4. f. Ánimo, aliento, vigor para obrar.
5. f. familiaridad (‖ en el trato).
6. f. Familiaridad o libertad excesiva. U. m. en pl.
7. f. desus. Pacto o convenio hecho oculta y reservadamente entre dos o más personas, particularmente si son tratantes o del comercio.

de ~.
1. loc. adj. Dicho de una persona: Con quien se tiene trato íntimo o familiar.
2. loc. adj. Dicho de una persona: En quien se puede confiar.
3. loc. adj. Dicho de una cosa: Que posee las cualidades recomendables para el fin a que se destina.

confiar.
(del lat. *confidāre, por confidĕre).
1. tr. Encargar o poner al cuidado de alguien algún negocio u otra cosa.
2. tr. Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa. U. t. c. prnl.
3. tr. Dar esperanza a alguien de que conseguirá lo que desea.
4. intr. Esperar con firmeza y seguridad. U. t. c. prnl.

De esta confianza es de la que hablamos, de la segunda locución adjetiva, de la resaltada en rojo. Y a esta confianza es a la que nos referimos cuando aseguramos que, desgraciadamente, está bastante mercantilizada. Esto no quiere decir que rechacemos el resto de acepciones (en especial la 3, también llamada “del pavo real”), sino que no son tema de hoy. Y para que quede claro, reformulemos (con el permiso de la R.A.E.) la sintética frase de cabecera:

«Depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa, ni se compra ni se vende, se regala. Pero hay que merecerlo».

Y ya podríamos acabar. Quien crea que esta confianza es mercantilizable, no sólo no se la merece, sino que no merece más que una profunda compasión. Y dado que es una característica bi-direccional (de hecho, debe ser mutua), quien no sea «depositario» de alguien y «depositante» en alguien —en ambos casos, gratis—, también. Afortunadamente, aunque suene un tanto presuntuoso (acepciones 2 y 3), no es mi caso. A pesar de los frecuentes intentos de interesada «mercantilización» que siempre me he dado el gustazo de rechazar. 

Y hoy sí que el tema entra de lleno en el alcance del blog: Calidad, Excelencia y Ética personal a raudales. Ya tenía ganas.

Buenas Fiestas.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Saber de lo que hablas, Hablar de lo que sabes

Para centrar el tiro y enfocar de entrada el alcance del artículo, empezaremos con una enumeración resumida, no exhaustiva, de situaciones verídicas sufridas en carne y mente propias:
  • Conocer en más detalle las características de un coche que el propio vendedor: evidentemente, me habia preparado antes, pero su ignorancia sobre los detalles que a mí me interesaban realmente, más allá de los colores y el consumo era hiriente;
  • Idem de un vendedor de electrodomésticos (televisor, nevera, lavadora): por ejemplo, ventajas de la pantalla de led sobre plasma, diferencias competitivas entre varios modelos de mi interés, mantenibilidad, etc.;
  • Idem de todos los vendedores de servicios telefónicos / internet: dado que me vendían “más megas”, preguntados por el significado del término “mega”, balbucean estrepitosamente;
  • Idem de todos los vendedores de electricidad (impropiamente llamada "corriente" o "luz"): tras confirmar que los electrones comprados me llegarán por el mismo cable, son incapaces de explicarme si son mejores y cómo diferencian los míos de los del vecino;
  • Idem de todos los vendedores de gas: igual que en el caso anterior, pero con moléculas de gas y tubería en lugar de cable;
  • Idem de un servicio de mantenimiento de gas: ignora el significado de “monóxido de carbono” y me hace deletrear C... O... (creo recordar que antes me pregunta ¿GO?);
Además, normalmente, no piden turno.
Frecuentemente, me he preguntado si el problema reside en mí o en el resto del mundo, siendo la primera opción la que prevalece en mi entorno próximo, convencido que soy lo que en términos coloquiales se entiende como un “tocapelotas”, opinión que, en cierto modo, comprendo y que, reconozco, se ha agravado con el paso del tiempo. Pero, más allá de estos festivos e inofensivos ejemplos —afortunadamente, el criterio propio y la asunción responsable de errores todavía funcionan—, subyace una situación mucho más grave que, en mi modesta opinión, empeora a pasos agigantados. Pienso, que, en demasiadas ocasiones no triviales, la gente no sabe de lo que habla o, lo que es lo mismo, habla de lo que no sabe. Éste es el tema de hoy.

Reconozco que no se trata de aplicar de forma generalizada el método socrático a todos mis interlocutores, pero sí entiendo que en determinadas ocasiones, es absolutamente necesario. Porque ya no estamos ante la inevitable y omnipresente incertidumbre del lenguaje —tema que, como he expresado en múltiples ocasiones, me apasiona—, ni ante problemas de contexto —la cómoda escapatoria de todo cultivado incomprendido—, sino ante la ignorancia más supina, llevada de muy mala manera, porque ni es aceptada ni, en muchos casos —y esto es lo peor—, conocida. Es decir, no saben que no saben. Y eso es saber bien poco.

Por descontado, eximo de responsabilidad primaria al ignorante víctima de un sistema educativo cada vez más degradado, pero no puedo dejar pasar la intolerancia que impregna a muchos de ellos, incapaces de reconocer a interlocutores más preparados y aprender de ellos. Por no enseñar, el sistema no les ha enseñado ni eso. Y es con estos con los que aplico lo que he definido como “Tolerancia simétrica”, lo que implica una intolerancia equivalente a la diferencia entre la mía (mayor) y la suya (menor), diferencia, normalmente muy grande.

Un ejemplo particular es la omisión de las fuentes en los aforismos o citas con las que nos bombardean las redes sociales, omisión, siempre voluntaria, porque si el publicador tuviese una mínima sensibilidad ante la exigencia de “saber de lo que se habla” y proporcionar verdadero valor añadido al lector, se abstendría de publicar citas, a todos los efectos, de dudosa, por omitida, procedencia. Citaré que jamás se me ha respondido a mis solicitudes de fuente, realizadas con la mayor educación y con el interés real (no “tocapelotas”) de aprender y mejorar mi conocimiento. De nuevo: la gente “no sabe de lo que habla (o escribe)”.

Y para terminar, no digamos de los debates virtuales, donde se utilizan con profusión y ligereza términos tan absolutistas como “todo”, “nada”, “todos”, “nadie”, “siempre”, “nunca” etc., sin justificar mínimamente su empleo. Y encima, si preguntas, se enfadan.

De nuevo, mi querido y nunca bien ponderado Wittgenstein: «De lo que no se puede hablar, mejor callar» (1). El problema es la falta de criterio, por ignorancia o engreimiento, para sustituir el término «puede» por «debe». Y quien actúa de este modo, quien “no sabe de lo que habla” o “habla de lo que no sabe” demuestra muy poca Calidad, ninguna Excelencia, y revela su Ética, que, como siempre hemos defendido, no es mejor ni peor, sino la personal e intransferible, la de cada uno.

Antes de que me critiquen: Hablo mucho, pero también callo mucho. Y cuando hablo, procuro hablar siempre con rigor y propiedad, lo que no siempre consigo. Y esta preocupación por el rigor pasa factura. Pero se lleva con satisfacción.

Nota 1: Tractatus logico-philosophicus, Punto 7. 

sábado, 22 de noviembre de 2014

Los Superiores

Un Superior en acción.
Pertenece este artículo a la galería de tipos iniciada con los Destructores y los Privilegiados, pudiéndose considerar como un subtipo de los Yoístas (que no egoístas), todos ellos —a pesar del elevado número de algunos— anormales estadísticos. Y como resulta habitual, voy a dedicar las primeras líneas a justificar el tema de hoy:

Hace ya tiempo que he dejado de preocuparme por la ausencia de inspiración para acudir a esta cita de una forma periódica. Creo que es una pérdida de tiempo —sobre todo, cuando, por ley de vida, empieza a ser escaso—, el emplearlo en una estéril búsqueda de tema cuando es la propia realidad la que, en forma de estímulo, nos provee de los mismos, eso sí, de forma un tanto imprevista y aleatoria, lo que no deja de tener su atractivo. Y así ha sido esta vez.

A lo largo de mi existencia he participado en innumerables reuniones de trabajo, en las que, mayormente, los participantes se sentían felices y afortunados protagonistas de un hecho colectivo que superaba el ámbito individual. Y cuando así no ha sido, el conductor de la reunión (1), ante una actitud manifiestamente displicente o ausente, ha llamado al sujeto al orden o le ha invitado a dejar la reunión. A este respecto, siempre he defendido que «si quieres formar parte de un equipo, deberás dar algo de ti, porque si no lo haces, serás como un socio de club de fútbol que ve el partido desde la general (con prismáticos) (2)».

Esta actitud de displicencia viene acompañada, en la mayoría de ocasiones, por la suficiencia, y, ahora entramos ya en harina, por la superioridad, manifestándose de muy distintas formas, entre las que destaco dar golpecitos en la mesa con el boli (o el smartphone), mirar al techo frecuentemente, poner los ojos en blanco, adoptar una postura excesivamente relajada y, ésta es constante, una participación verbal nula o escasa (monosílabos o frases cortas un tanto crípticas, ignoro si de forma premeditada o porque no tienen realmente nada que decir).

Como he dicho antes, todo esto forma parte de mi acervo de experiencias y, hasta ahora, lo había metabolizado sin daño aparente, dando por sentado que formaba parte de la normalidad, hasta el punto de no considerarlo tema objeto de mayor atención. Pero hete aquí que nunca se aprende demasiado y que, también en este caso, existen displicencias de nuevo cuño —en este caso, tecnológico— que, en mis últimas dos reuniones, me han agredido como un mazazo y que espero evacuar —porque son desechos— con este artículo.

Imagínense un participante que se pasa la reunión sentado en pose desmadejada, jugando ostentosamente con una tablet a un juego al que llamaremos «Candy Crush», por llamarle algo, ya que no soy experto en juegos de este tipo y éste me suena. Su aportación, una vez requerido, se resume en un «me dais dolor de cabeza» y «estáis hablando del sexo de los ángeles», un mensaje por cada reunión, la primera de nueve horas, y la segunda de tres. Ni que decir tiene que esto es nuevo para mí. Por descontado, el tema de la reunión —que no viene a cuento— no versaba sobre juegos, sino sobre cosas un poco más importantes, por lo menos, para el resto de participantes, ninguneados por el sujeto.

Para concluir, no se me antoja otra explicación que ésta: el sujeto pertenece al tipo de Los Superiores, parte de la especie humana que está siempre de vuelta de todo (en mi caso, prefiero estar siempre de ida) y que manifiesta su superioridad mental permanentemente, aunque no se lo soliciten. Normalmente, ante discrepancias de criterio, empiezan la argumentación con un «Yo...» seguido de «he hecho esto, he hecho lo otro, etc.». Además, rehuyen el debate, de nuevo debido a una creída superioridad cognitiva, a una ignorancia supina (la peor, no saber que no se sabe) o a la dificultad de articular un discurso mínimamente entendible, pero, en cualquier caso, evidenciando una soledad extrema y una absoluta incapacidad para trabajar en equipo.

Y finalizaré con un acto de contrición No voy a negar que, en ocasiones, me he sentido Superior, en especial frente a sujetos de estas características, pero exclusivamente en temas en los que, objetivamente y de forma demostrable, me siento formado y experto, que no son muchos, pero los que son, son. Y cuando no es así, cuando reconozco a personajes de mayor nivel o maestros en disciplinas que no domino, normalmente prefiero el silencio, escuchar atentamente (que no oír) y aprender, siempre aprender. Una de las actividades, en mi opinión, junto con enseñar, más gratificantes. Pero con Los Superiores, no. Rotundamente no. Ni tienen nada que enseñarme ni desean aprender. Esta posición vital forma parte de mi ética personal, y procuro respetarla, con la pretensión de mantener una actitud, como mínimo, de Calidad. Hoy, de nuevo, la Excelencia queda para mejor ocasión.

Notas:
  1. Sí, no hablamos de asambleas igualitarias. Siempre debe existir un conductor, llámese moderador, boss o como sea.
  2. Los «cultivados» pueden sustituir el fútbol por el Liceo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Comunicación: Tipología Geométrica

Después de un largo período de descanso desde mi último y musical artículo, abordo de nuevo un tema que siempre me ha preocupado: la comunicación. Y lo voy a hacer estableciendo una correlación metafórica entre las figuras elementales de la geometría plana y el proceso de comunicación, correlación que, espero demostrar, va más allá de la epidérmica forma y define con precisión el fondo de la cuestión.

En primer lugar, estableceremos las premisas que acotan el alcance de este escrito:
  • Por “comunicación” entendemos un proceso que transmite un mensaje entre dos sujetos, a los que llamaremos emisor y receptor; Esto incluye los tres modos típicos: unidireccional (simplex, por ejemplo, una conferencia de Sheldon Lee Cooper o una rueda de prensa de Mariano Rajoy), bidireccional alternativa (half-duplex, por ejemplo, un debate del Congreso o en FaceBook) y bidireccional simultánea (full-duplex, por ejemplo, una conversación telefónica);
  • Se entiende que existe comunicación en tanto ambos sujetos se reconocen como conectados, lo que implica siempre un inicio y un final de conexión identificable;
  • Esto significa que quedan excluidos, por ejemplo, clamar en el desierto o gritar desde la cumbre de un fiordo noruego y discusiones eternas y filosóficas como debatir sobre el sexo de los ángeles;
  • Además de tener límites temporales identificables, nuestra comunicación deberá tener un propósito, aceptado por ambas partes;
  • Por último, la comunicación en modo uno-a-muchos (broadcast, por ejemplo, un programa de radio), a nuestros efectos, siempre se tratará como una suma de uno-a-uno (simplex);
  • En cuanto a su final, se producirá por desconexión voluntaria del emisor o del receptor, ya sea por haber alcanzado su propósito, por la convicción de su imposibilidad o por puro aburrimiento.
Distintos tipos de comunicación geométrica.

Espiral:
Distinguiremos dos tipos, la repulsiva y la atractiva. Ambas se caracterizan porque los sujetos se sienten conceptualmente próximos y mantienen la conexión durante el tiempo suficiente para dar varias vueltas completas a la argumentación, sin lograr coincidencia plena en cada giro. Si se produce alejamiento de posturas, tenemos una espiral repulsiva. Si, por el contrario, se produce acercamiento, tenemos una espiral atractiva.

En el primer caso, la comunicación cesa cuando el alejamiento de posturas la impide, ya sea de modo real (no se escuchan) o figurado (uno, otro o ambos, se agotan).

En el segundo caso, la comunicación finaliza cuando la densidad del mensaje compartido se ha hecho tan masiva, que, a modo de agujero negro, se concentra en un punto (una singularidad) e impide la salida a la luz de toda discrepancia: en resumen, por ejemplo, en una discusión, los sujetos se han puesto de acuerdo o, en una conferencia, tras las dudas iniciales, hay coincidencia plena. Este es el modo más noble de resolver diferencias: el método de aproximaciones sucesivas.

Círculo:
Caso particular del anterior, en el que pueden suceder dos cosas: que estén completamente de acuerdo o que discrepen totalmente. En ambos casos, dar más de un giro al mismo mensaje resulta de una ineficacia absoluta, lo cual no impide que existan sujetos que disfrutan dando vueltas al tio-vivo conceptual sin más beneficio que la pérdida de tiempo, probablemente, porque les sobra. Si el final del proceso se produce en el primer giro, se trata de una decisión racional que honra a quien la toma. Si no es así, qué duda cabe de que se producirá por agotamiento físico o mental.

Parábola:
Consideraremos parabólica toda comunicación simétrica que está bien enfocada, es decir que el(los) mensaje(s) que intervienen convergen en el propósito, también llamado foco de atención de los sujetos. Por lo tanto, una comunicación parabólica está en los antípodas de una comunicación dispersa, de difícil, sino imposible, representación geométrica. Del mismo modo que la espiral, por tratarse de una figura abierta, el sentido del desplazamiento es significativo. Si nos aproximamos al vértice (discrepancia mínima) existe acercamiento de posturas y si nos alejamos, todo lo contrario.

Hipérbola:
La característica principal de una comunicación hiperbólica es que coexisten dos focos y dos vértices y que el desarrollo del proceso puede ser asintótico, es decir, tender a infinito. Por lo tanto, aunque existen, no son comunicaciones demasiado recomendables, porque requieren discutir de dos cosas a la vez. Aunque no debe confundirse con el término «hipérbole», su significado académico (RAE) nos viene al pelo: «Figura que consiste en aumentar o disminuir excesivamente aquello de que se habla; exageración de una circunstancia, relato o noticia». Más claro, el agua.

Línea:
Una comunicación lineal es la que presenta un inicio y final claro y meridiano. Empieza y termina de forma contundente, con independencia del resultado. Puede ser recta, curva, quebrada o sinuosa, cuyos significados son autoexplicativos. Pero lo que no se le puede negar es concreción y, si cumple el propósito, eficacia y eficiencia máxima.

Conclusiones:
Llegados a este punto, creo que la correlación geométrica de la comunicación es algo que puede sostenerse con cierto fundamento. Por descontado, pueden existir más figuras, en especial, las cerradas, de las que únicamente hemos tratado el círculo, el cual no es más que un polígono de infinitos lados. Pero su propia forma, ya sea elipse o polígono regular o irregular, nos dice claramente el tipo de comunicación que representan (abrupta, errática, desordenada, etc.). Por lo tanto, objetivo cumplido.

Ahora sólo resta justificar qué pinta toda esta digresión geométrica en este blog. Vamos a intentarlo también: Personalmente, intento practicar, prefiero y recomiendo la comunicación espiral atractiva y la rectilínea. Creo que son las de más Calidad (ambas) y Excelencia (la segunda).

miércoles, 9 de julio de 2014

2004: seis meses con Alan Parsons

Hace diez años, entre Enero y Junio, me encerré —literalmente— en un «estudio» de cuatro metros cuadrados, con dos sintetizadores, un PC y mucho software, y me propuse crear mi propia versión del que en mi opinión es uno de los mejores álbumes de la historia: «The turn of a friendly card» de Alan Parsons. Fue mi primer y último contacto con la auto-producción musical, probablemente debido al agotamiento físico y psíquico con el que llegué a Julio, un tanto decepcionado por el resultado.

He aquí el engendro, donde la Calidad y la Excelencia le corresponden a Alan Parsons y la Ética personal podría entrar con calzador si considero cumplido el compromiso que tomé conmigo mismo. Y ahora, diez años después, creo que quedó razonablemente bien. Debo decir que esta producción, nacida como proyecto y reto estrictamente personal, solo ha tenido recorrido en mi entorno próximo, y que hacía más de cinco años que no lo escuchaba de nuevo. Ayer me topé con el CD en mi discoteca y se me ocurrió compartirlo. Solicito comprensión a los oyentes con formación musical (yo no la tengo, soy un analfabeto académico, toco algo la guitarra de oído) y a los fans de Alan Parsons, pero lo que garantizo es su autenticidad. Gracias por la paciencia. Y, por favor, no dejen de (o vuelvan a) escuchar el original.