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jueves, 20 de febrero de 2020

a 60 de los 60



Es el final de una obsesión
cantar esta canción,
que sin letra se parió,
que sin letra envejeció,
que parida en los sesenta
sesenta cumplió.

Vueltas y vueltas al guión,
muerta la inspiración,
no sé si es la solución
confesar mi frustración,
expresada en estos versos
sin ningún valor.

Es el final de una obsesión
cantar esta canción.

Es el final de una obsesión
cantar esta canción.

sábado, 25 de enero de 2020

Más de lo mismo



Aluvión de progresismo,
vendaval de populismo,
borrachera de eufemismo,
simplismo y neolingüismo,

el retorno del frentismo,
la tensión y el extremismo,
muerto ya el racionalismo,
vivo y fuerte el sectarismo que…

alimentado,
exacerbado,
dogmatizado,
normalizado,

seguirá más de lo mismo,  
ismos, ismos y más ismos,
doctrinarios o fingidos,
convertidos en cuerpo de Ley.

Si el patético adanismo,
solipsismo y mesianismo
te llevan al derrotismo,
si te puede el pesimismo, tú…

tú eres el mismo,
tú eres tú mismo,
frente a los ismos,
más de ti mismo.

sábado, 14 de diciembre de 2019

El Calendario



Al mirar el calendario,
de verlo ahí cada día, 
no eres consciente, 
no tienes presente el hecho 
de que te mire y se ría, 
de que su paso te acorte la vida.

Y cuando caes en la cuenta, 
y te paras a pensar, 
no creas que con no verlo a diario 
la vida puedes alargar.

Pero existe una receta 
que no debes olvidar, 
el paso del calendario es un signo de vida 
y no puede parar.

Al mirar el calendario, 
lo veas o no lo veas, 
no debe importarte, 
no debe afectarte el hecho 
de que te mire y se ría, 
porque su paso te alarga la vida.

Suerte



Suerte, no es cuestión de azar.
Suerte, la tienes que buscar.
No se encuentra así sin más,
no la venden ni la dan.
Suerte, no es cuestión de azar.

Suerte, no es un don vital. 
Suerte, siempre, siempre es temporal.
Si te llega has de pensar
que después vuelta a empezar.
Suerte, no es cuestión de azar.

Esforzarte en conseguir
lo que es suerte para ti, 
hazlo sin dudar, puedes alcanzar
y recuperar las ganas de vivir.

Suerte, no es un don vital,
ni un combate existencial,
ni una lucha ocasional,
es un cuento sin final.

Arriesgarte es una opción,
esperar es la peor,
lamentarse es la canción
que llora la afición del bando perdedor,

Suerte, no es cuestión de azar.
Suerte, no es un don vital. 
Suerte, no es cuestión de azar.
Suerte, no es un don vital.

martes, 3 de septiembre de 2019

Incorrección oral

Bien. Ya estamos de nuevo aquí. Tras más de un año sin publicar, de nuevo ante una hoja virtual en blanco, síntoma indudable de la aparición de un desencadenante merecedor de tal atención.
Disponer de un blog y no utilizarlo puede ser debido a dos causas contrapuestas: a) no tener nada que decir (en este caso, que escribir) o b) tener demasiado, aunque en mi caso debo admitir que se dan ambas. O, expresado con más precisión, la causa b) es el antecedente de la causa a).
Entonces, ¿qué ha cambiado? ¿Porqué estoy estrujándome el cerebro para plasmar por escrito una introducción a esta anomalía? Reconozco que son cuestiones de difícil respuesta. Dejémoslo en que las cosas simplemente suceden (1) y en que con el inclemente paso del tiempo voy llegando al convencimiento de que la obsesión por la racionalidad, el determinismo y el método científico puede ser muy dañina. Por tanto, vamos al grano.

Creo que todos y todas estaremos de acuerdo en que vivimos tiempos en los que la exigencia de "corrección" (2) impera. Tanto en el discurso oral como en el escrito, si bien en este artículo nos vamos a centrar en las deposiciones orales, a pesar de que los errores o defectos que representan "inconformidad con las reglas" se dan también profusamente en otros ámbitos, en especial en el factual (yo mismo no estoy exento de culpa). Esta "corrección" impuesta y sobrevenida es omnipresente y en cierto modo, intimidante, pues obliga a una suerte de autocensura previa si te quieres ahorrar miradas o respuestas acusadoras o despectivas. En cualquier caso, la justificación que se da a esta exigencia de "corrección" oral es absolutamente irreprochable pues persigue (dicen) la búsqueda de la precisión de los términos expresados y la erradicación de numerosas generalizaciones admitidas históricamente, incluso sancionadas por la Real Academia. No vamos pues aquí a criticar este encomiable deseo, a pesar de la dificultad que me representa su aplicación y que me conduce a bastantes "incorrecciones" formales.

Pero lo que si es criticable es el cada vez más extendido incumplimiento de esta loable exigencia, que no es otra que "hablar con propiedad", es decir, hablar de tal modo que lo que dices sea entendible de forma explícita, directa y no inferida. Que no necesite esfuerzos interpretativos, incluso que no despierte hilaridad. Me refiero aquí al imparable aumento de la incorrección oral, comprensible en el caso de amplias capas de población víctimas de la degradación sistémica de los sistemas educativos, pero absolutamente inaceptable en el caso de personajes y representantes públicos que deberían ser ejemplo tanto para su episódica y sufrida audiencia como para la sociedad en general.

Sigue a continuación la transcripción literal de frases recogidas en el corto espacio de una semana depuestas (tomen la acepción que gusten) por ministros, ministras, vicepresidenta del gobierno, presentadores, presentadoras, tertulianos, tertulianas y profesionales de ambos géneros (por caridad, me abstengo de publicar sus nombres), en tribunas tales como informativos de radio y televisión.
  • Un ritmo no acelerado, pero tampoco pausado.
  • Están pasando más noticias.
  • La bomba ha cambiado sus parámetros.
  • Está adquiriendo más significancia y más relevancia.
  • El avión chocó con el mar.
  • Son noticias aquellos sucedidos que...
  • Unos menores fueron inundados y bloqueados por el agua.
  • Me crea una fuerza para no parar.
  • No se produjeron víctimas personales.
  • En lo que estamos pensando, en lo que estamos haciendo, es en entender...
  • Respecto al apunte de cual van a ser las evoluciones...
  • Unos que no serviría para nada, otros que sí serviría para nada.
  • No hay magia. Hubo unos gérmenes que crecieron, se identificaron y causaron una enfermedad.
  • Tras fuertes lluvias con pedriscos las uvas han quedado inservibles.
  • Se habla de un informe que no hay.
  • Se estaba pasando a informe escrito el informe verbal.
  • Tendría más porcentaje de culpa la empresa Magrudis.
  • No hay ningún lote de ningún producto, de ningún envase, de este producto erróneo.
  • Un puerto que va a hacer diferencias importantes en la clasificación.
  • Tenía una carencia, un instinto de comer carne.
  • Se reunirá, si ha lugar, con un programa fortalecido, ampliado, mejorado, con otros grupos, si hay lugar.
  • Procuran saltar cuando la marea no está completamente vacía.
  • Vi una explosión enorme hacia mi cara.
  • Ellos le están propiciando a sus ciudadanos una situación que ellos consideran inaceptable.
  • He ido muchas veces a comparecer.
  • Investiga la muerte de una persona que ha aparecido muerta.
  • Con el incendio todavía en llamas...
  • Tiene mucho que decir en catorce meses de lo que hemos hecho.
  • Le ha crecido abundante pelo en todas las partes de todo el cuerpo.
  • Había argumentos sólidos para haber hecho esta medida.
  • Es una cantidad muy similar también.
  • Los bares están regentados y destinados a ellos.
  • Él seguía negando que él no había sido.
  • Todavía queda calor.
  • Salvini denosta a los inmigrantes, justo lo contrario de lo que representa este Gobierno.
  • La base estaba en la rapidez de poner el tratamiento.
  • Colas kilométricas que en este momento ascienden a varios kilómetros.
  • Hay otra fecha marcada del calendario.
  • Todo induce a pensar de que entonces Unidas Podemos le daría el parabién.
  • Estamos conformados por representantes de...
  • Los conflictos que no se plantean con mediación no todos se solucionan.
  • Cuenta un poco los antecedentes previos de esta efeméride...
  • Está habiendo un debate bastante ya que de profundidad.
  • Lo que tiene limitado es ninguna actividad que interfiera en…
  • La importancia o la cuestión estriba en que…
  • A ningún profesional de la función pública hay que suponer una incapacidad…
  • Busco soluciones para solucionar una cuestión.
  • No ha habido ninguna capacidad ni ninguna actitud de colaborar.
  • Lo consiguió tras deshacerse al belga.
  • Están pasando muchos destrozos.
  • El auto dice que fue mucha esa responsabilidad.
  • Vientos que alcanzan los 237 kilómetros.
  • Forzar un retraso de la ruptura por 2 o 3 meses más.
  • El despliegue es impresionante. Humano y animal.

Por descontado, la mayoría de los autores de estas joyas lingüísticas, aplican la "corrección" sobrevenida, la puntual, la específica, con total pulcritud. Pero la "corrección" general, la de toda la vida, la aplican con escasa calidad y nula excelencia. Personalmente, preferiría que aplicaran la "corrección" lingüística en todos los casos. Si saben y pueden, que esta es otra.

NOTAS:
  1. Frase hecha: lo que sucede no son "cosas", son hechos.
  2. Empleada según la acepción 2 del diccionario RAE: "Cualidad de correcto", sustantivo que en su acepción 1 significa "Dicho del lenguaje, del estilo, del dibujo, etc.: Libre de errores o defectos, conforme a las reglas".

domingo, 10 de junio de 2018

Ya me salto los semáforos


Ya me salto los semáforos. Y me refiero a los de peatones, claro (aunque espero y deseo -cualquiera sabe- que el futuro no me lleve a generalizar). Esto es un hecho, del cual me he apercibido de forma consciente hoy, hace un rato, en pleno paseo matutino, cuando sumido en lo más profundo de mis pensamientos, se ha superpuesto a los mismos la imagen progresivamente creciente de un monigote luminoso en forma de peatón estático de color rojo. Y me he dicho: caramba, estoy en plena calle, en el cruce de Diagonal con Numancia, cruzando en rojo.  Valga también citar que es domingo, las nueve de la mañana y que prácticamente no había tráfico automovilístico (ahora siempre hay que precisar, pues el adjetivo “rodado” ya no es unívoco ni concluyente). Pero claro, esto no es ningún atenuante, máxime cuando al protagonista se le ha llenado permanentemente la boca de llamadas al cumplimiento de todas las leyes, reglamentaciones y normativas aplicables, a las que les ha concedido siempre la categoría de requisitos establecidos por y para la sociedad, con objeto de garantizar un razonable grado de convivencia entre animales racionales, en oposición a la ley de la selva, sin duda más adecuada para los irracionales.

Y en ese momento, esfumado ya todo atisbo de abstracción mental, he tomado conciencia plena del hecho y, lo más importante, de que la decisión haya sido intuitiva, automática e irreflexiva. Y entonces, siguiendo mi camino (todavía me faltaban tres kilómetros) no he podido dejar de pensar en ello y ha empezado a aflorar en mis recuerdos la clara tendencia que comenzó con incumplimientos esporádicos, vagamente justificables, siguió con un lento y progresivo aumento de frecuencia, hasta llegar al día de hoy en el que he sido consciente de que “ya me salto los semáforos”. Como (casi) todos. Y aquí y ahora he sentido la necesidad de profundizar un poco en esta flagrante vulneración de la calidad (por incumplimiento de un requisito) y con ella, de la excelencia y de mi querida y publicitada ética personal.

Empezaremos por el elemental instinto de supervivencia, el cual doy por supuesto que sigue activo en mi caso. Es decir, aunque me haya encontrado de golpe (conscientemente) en medio de la calle Numancia pasando en rojo, creo que inconscientemente me habré apercibido con un cierto grado de fiabilidad de la ausencia de riesgo (realmente, en el momento del cruce pude verificar la inexistencia de amenaza alguna). Pero esto, más allá de definirme, a diferencia de muchos, como un cobarde que teme la ruleta rusa, tampoco es eximente de nada. Hace falta ir más lejos. Es necesario llegar a identificar una causa creíble que justifique este lamentable hecho, visto desde la perspectiva de mi ética “actual”. O, si es injustificable, cambiarla. Solo así podré saltarme otro semáforo.

Siempre he procurado “tomar decisiones basadas en hechos”, uno de los ocho principios de la calidad que por su simplicidad y lógica más me ha impactado. Y como creo que este principio lo tengo muy arraigado, aun aceptando que no siempre resulta fácil ni práctico, he reflexionado sobre cual o cuales pudieran ser los hechos que me han llevado a tomar la decisión de saltarme los semáforos peatonales. Y hurgando y hurgando en la memoria, me he visto de pie ante el semáforo en rojo en las incontables ocasiones que me he encontrado a lo largo de los casi 1.000 kilómetros que he caminado en los últimos once meses desde mi operación de cadera (aprovecho la ocasión para agradecer al Dr. Morales de Cano su pericia). Y ahí, parado como una estaca, recuerdo haber sido testigo de la infracción sistemática de personas andantes de todo tipo y condición (desde jóvenes imberbes a personas mayores con movilidad reducida), de personas montadas en VMP (vehículos de movilidad personal, según el ayuntamiento: ciclos mono-rueda, patinetes eléctricos, etc.), de usuarios de monopatines, skate-board y similares de tracción animal (nunca mejor dicho) y de los consabidos ciclistas fuera de su carril dedicado. Y recuerdo que a medida que se acumulaba el tiempo de espera semafórica y los kilómetros de paseo (1.000 kilómetros dan para mucho), mi percepción sobre la sociedad que me circundaba y que, obviamente, era una muestra perfectamente aleatoria y representativa de la sociedad en general, iba resultando más y más negativa. Y creo que en esta negativa percepción de la sociedad sobre la desobediencia semafórica peatonal (no peatonal semafórica, porque también la practican “no peatones”) puede residir la causa raíz del desaguisado.

Nos encontramos pues ante unos hechos reales, generalizados y experimentados en primera persona, que, más allá que sean extrapolables (que lo son) a otras actividades o valores de la sociedad, hacen que mi opinión sobre la misma, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales haya caído bajo mínimos. Y me pregunto: ¿puede ésta ser la causa de mi decisión? Creo que sí. ¿Debería haber tomado la decisión antes de proceder a un análisis crítico de los hechos? Creo que no. Pero para esto estoy escribiendo esta entrada. Para analizarlos y justificarla. Veremos si lo consigo.

El hilo principal del razonamiento es que cuando me salto (yo) un semáforo no lo hago porque me molesta que esté ahí, o porque me la refanfinfla, o porque las normas son para los idiotas, o porque mi tiempo es más importante que el de los demás pardillos, o porque “solo es un semáforo”, sino porque mi respeto por la sociedad actual (repito, en los aspectos estrictamente semafórico-peatonales) es cero. Y por ello, mi compromiso personal con el cumplimiento del contrato social representado, en este caso, por la prohibición de saltarse un semáforo, que era total, ha dejado de serlo. Reconozco que esto no me coloca en un plano superior. A buen seguro habrá quien criticará la decisión tildándola de acomodaticia o de vulgar alineamiento con la manada. Y acepto que se puede ver así. Pero no me importa lo más mínimo. Ahora sé porqué lo hago y deseo a todos lo mismo: que sean conscientes del porqué de su infracción, lo que les convertirá en seres semafórica y peatonalmente racionales.

Por lo tanto, en el tema específico que nos ocupa, mi compromiso con el cumplimiento semafórico-peatonal pasa a ser discrecional, quedando este compromiso (eso sí, un tanto atenuado y relativizado) incorporado al catálogo que conforma mi ética personal. O sea, que ya puedo saltármelo (el semáforo, no el compromiso) sin sentirme mal. Uf, que descanso.

lunes, 2 de abril de 2018

El Pueblo


Vivimos una época en la que el vocablo “pueblo” está presente de forma machacona y recurrente en el discurso político. Cotidianamente asistimos a la utilización del mismo, oportunamente adjetivado con objeto de dotarlo de una cierta legitimación geográfica, cultural o tribal, en un sinfín de mensajes que incluyen la atribución colectiva de deseos, convicciones o preferencias, la posesión de derechos históricos inalienables, la exigencia de reconocimiento de los mismos, la denuncia de inacabables memoriales de agravios y ofensas y, por acabar, la llamada a la ejecución de acciones varias formalmente pacíficas que, una vez ejecutadas, en algunos casos no lo son tanto, benévolamente justificadas por la comprensible “indignación” del susodicho “pueblo”.

Resulta evidente que los utilizadores del término dan por supuesto que se trata de un vocablo normalizador e inclusivo que abarca a la totalidad del universo o población¹ situado bajo su égida², sinónimo del vocablo alternativo y para ellos intercambiable “país” utilizado, preferentemente en compañía de una preposición posesiva, en llamadas a la acción: “parada de país”, huelga de país”, etc., y en su forma plural para hacer referencia a imposibles ensoñaciones imperiales³.

Sin entrar en el fondo del asunto, fondo que por turbio y hondo es poco menos que invisible e inalcanzable, el objeto de este artículo es exponer mi punto de vista personal e intransferible sobre la forma, es decir, sobre la oportunidad o validez de la utilización del término “pueblo” en las circunstancias o situaciones expuestas en la introducción, así como mi identificación (o no) con la asignación implícita a determinados colectivos (“pueblo”, “país”) por el mero hecho de su ubicación geográfica o lugar de nacimiento, hecho que por su reiteración ha provocado el hartazgo que a su vez ha sido la causa objetiva de su publicación.

El problema puede plantearse en los siguientes términos: Se dice que el “pueblo piensa, exige, reclama, desea, sufre, lamenta, etc., etc. (la lista sería interminable) algo. Esto es inaceptable. Incumple la acepción 5 (aquí aparece la bicha) pero cumple la 3. O sea, estamos hablando de un “Conjunto de personas de un lugar, región o país”. Sigamos. Obviemos “lugar” y “región” (ningunean el mayestático concepto que le otorgan los esgrimidores del término) y nos quedamos con que “un conjunto de personas de un país hace algo”. Tratemos en primer lugar el vocablo “país. Descartamos la acepción 1 (mal que les pese) y la 2 (en ambas, convendrán conmigo que los territorios no pueden hacer nada) y aceptamos la 3 que refiere a los “habitantes”, término más específico que el genérico “personas”. Por lo tanto, la situación, expresada en su forma más detallada, es ésta: “el conjunto de habitantes de un territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado, hace algo”.

Volvamos a la versión abreviada. Esto es: “El conjunto de habitantes del país hace algo”. Esta elemental oración nos identifica el sujeto⁷ de la acción o acciones (cualesquiera que ellas sean) como “el conjunto de habitantes del país”. ¿Acaso este sujeto es un ser? No. Descartado que sea el sujeto, seamos un poco más flexibles, haciendo abstracción del rigor gramatical, y en aras de la comprensión de la perseverancia de los apelantes al protagonismo del “pueblo”, asignemos al “conjunto de habitantes del país” el papel de agente⁸ o actor⁹ de las supuestas acciones que se le atribuyen o demandan. Pues bien, tampoco puede ser un agente porque “el conjunto” no puede ser una “persona o cosa” (acepción 6) ni, obviamente, “la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo” (acepción 7). Por último, ¿será un actor? Tampoco. Indudablemente, parte del conjunto participa. Pero… ¿el conjunto? No, el conjunto no. En absoluto.

Entonces ¿Cuál es su papel? ¿Cuál es el papel del "conjunto de habitantes del país"? Ni sujeto, ni agente, ni actor. Espectador. Todos lo somos. Todos asistimos al espectáculo, el cual, según la exposición de principios del artículo, me abstendré de calificar. Todos somos espectadores. El "conjunto de habitantes" (incluso muchos de los no habitantes) lo somos.

Resumiendo, las referencias al “pueblo” como detentador de derechos o ejecutor de acciones pasadas, presentes o futuras son inaceptables desde un punto de vista objetivamente gramatical, representando una grosera simplificación tan evidente que me hace dudar sea desconocida por quienes las utilizan de forma recurrente, por lo que me inclino a considerar que se realizan con objetivos espurios¹⁰.

Para terminar, mi posición personal es no sentirme identificado con (ni miembro de) “pueblo” o “país” alguno, fruto de mi profunda convicción en anteponer los derechos individuales a los colectivos, excepción hecha del Estado y de asociaciones, colegios, clubes u organizaciones de adhesión voluntaria y, a poder ser, con cuota de miembro. Eso sí que da derechos 😃.

NOTAS:
(todas las definiciones son del Diccionario R.A.E.)
  1. Ambos términos en terminología estadística.
  2. égida: 3. f. Protección, defensa.
  3. Por su alcance “multinacional” (Francia, Italia) y “multiautonómico” (Aragón, Valencia, Islas Baleares). 
  4. pueblo: 3. m. Conjunto de personas de un lugar, región o país. 5. m. País con gobierno independiente.
  5. país: 1. m. Territorio constituido en Estado soberano. 2. m. Territorio, con características geográficas y culturales propias, que puede constituir una entidad política dentro de un Estado. 3. m. Conjunto de los habitantes de un país.
  6. En mi humilde opinión los territorios son un conjunto de campos, árboles, pedruscos y demás accidentes geográficos o elementos vegetales y minerales, los cuales ni piensan ni detentan derechos históricos ni pueden sentir herida su dignidad ni...
  7. sujeto: 6. m. Fil. Ser del cual se predica o enuncia algo.
  8. agente: 6. m. Persona o cosa que produce un efecto. 7. m. Gram. Expresión gramatical que designa la persona, el animal o la cosa que realiza la acción del verbo;
  9. actor: 1. m. y f. Participante en una acción o suceso.
  10. espurio: 1. adj. bastardo (‖ que degenera de su origen o naturaleza). 2. adj. falso (‖ fingido).